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La Coctelera

La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

10 Noviembre 2009

OJOS QUE NO VEN (139)

 

La cristiandad (5)

 

Volviendo al siglo IV, en que se produjo, por obra del emperador Constantino, el giro más impensado en la historia de la cristiandad, se han de enfocar y estudiar con mayor precisión los datos históricos que nos permitan entender semejante evolución, tan radical como inesperada. Lo cuenta, a su empalagosa manera, el mendaz historiador Eusebio, obispo de Cesarea y biógrafo de Costantino (Vita Constantini), al que proclama "primer emperador cristiano", sin hacer mención de su cruel y malvado comportamiento, anterior y posterior a su elección como dueño del Imperio.

Deseoso de una victoria definitiva sobre Majencio, Constantino le confesó que había tenido durante el sueño una visión (¡otro visionario!); "una cruz luminosa en los cielos, por encima del sol poniente, llevando una inscripción: Conquista por esto" (es conocido que la versión ‘manipulada' dice Con este signo vencerás, en latín In hoc signo vinces). Frente al estandarte pagano de Majencio, Constantino decidió portar otro de signo contrario: un lábaro que hizo grabar en los escudos de sus soldados con dos letras griegas cruzadas, una ro y una kappa, anagrama de la palabra Cristo, que fue asumido como símbolo en el siglo XX por la Acción Católica.  Aunque, según el erudito Norman Baynes, en su obra Constantine the Great, la parta alta y redondeada del lábaro representa al sol (el ‘Sol Invictus' pagano, al que Constantino nunca dejó de venerar) en su alianza con el Dios de las cristianos.

Entusiasmado por su victoria, que creyó ser debida a la protección de ese Dios desconocido, con ese lábaro se enfrentó y venció a todos sus enemigos. (No la cruz, como se dice interesadamente, sino el lábaro, que Constantino adoptó como símbolo de su victorioso reinado). Y se mostró agradecido con esa religión que le había procurado la victoria, que era, en realidad, lo único que le interesaba, ya que, sin ser cristiano,  se sirvió del cristianismo para intentar conseguir, tras la victoria, la unidad del Imperio. Cosa harto difícil, ya que las creencias, como es lógico, no se pueden modificar de la noche a la mañana, por ningún edicto ni amenaza legal de la autoridad. La verdad histórica es que Constantino, a raíz de sus victorias, comenzó a favorecer a las comunidades cristianas, otorgando a sus prelados, obispos y sacerdotes,  unos privilegios que les valían reconocimiento oficial, poder eclesiástico y riquezas antes desconocidas, al ser considerados como ‘dignatarios imperiales', con derecho al reparto gratuito de trigo y a usar el correo imperial.

En el año 321 las iglesias fueron autorizadas a recibir herencias, derecho negado a los templos paganos. "Esta costumbre, señala Deschner, se convirtió en una especie de epidemia durante la Edad Media, apoderándose la Iglesia de una tercera parte de la extensión de toda Europa". Constantino también concedió a los obispos atribuciones judiciales para sentenciar en los procesos eclesiásticos y para liberar a los esclavos. Se construyeron muchas iglesias cristianas sobre las ruinas de los templos paganos, entre ellas las siete basílicas romanas, se devolvieron las propiedades confiscadas y se donaron al clero grandes propiedades en Italia, África, Siria, Egipto, Creta y las Galias. Sólo la Iglesia Romana recibió de Constantino más de una tonelada de oro y casi diez toneladas de plata, para decorar la llamada Basílica Constantiniana. Pasar de las catacumbas y las persecuciones a la protección imperial debió suponer para aquellos  fieles un verdadero ‘milagro'. Hay que reconocer, con Alistair Klee, catedrático en Glasgow de Historia de las Religiones, que "proteger a la Iglesia en vez de perseguirla fue una sabia decisión política".

Con ser tantos los beneficios conseguidos, el de mayor trascendencia para la cristiandad fue el que la ‘leyenda' atribuye a la madre del emperador, la futura santa Elena, que fue premiada en su fervoroso intento arqueológico con el ‘descubrimiento' de la cruz en la que Jesús había sido crucificado, en una oscura cueva bajo el monte Calvario, que ordenó registrar, gracias a una visión nocturna (¡otra!). Sobre ella Constantino ordenó edificar la actual basílica del Santo Sepulcro, después de proclamar a los cuatro vientos el hallazgo de la cruz, que pronto fue transformada en miles de trocitos, inapreciables reliquias que lograron aumentar en forma considerable tanto las arcas de la Iglesia como la fidelidad de los ingenuos, al menos tanto como Elena. Porque fueron tres las cruces halladas y para verificar cuál era la que estuvo en contacto con la sangre de Jesús, "el obispo Macario la pudo identificar haciendo que una mujer enferma tocara las tres cruces; la que sanó a la mujer era la auténtica cruz de Cristo". Los historiadores se estremecen ante tanta credulidad, sobre todo después de saber la escasa sensibilidad del emperador, que no suspendió las crucifixiones de los criminales al conocer dicha noticia. (Desde luego, Constantino no era cristiano, ya que sólo se bautizó unos días antes de morir, ¡por un obispo arriano!).

El emperador Constantino, en definitiva, ha pasado a la historia como un cristiano ideal, pese a sus crímenes, gran benefactor y ‘gloria' de la Iglesia, vencedor del paganismo y fundador de la Europa cristiana, prolongada en siglos posteriores por devotos emperadores como Teodosio y Carlomagno, y por el Sacro Imperio Romano-Germánico. A él se deben los primeros grandes templos de la cristiandad, tanto en Roma como en Jerusalén y en ‘su' ciudad, Constantinopla. Su ejemplo sirvió para que algunos creyentes adinerados contribuyeran a la magnificencia de las iglesias construidas desde entonces, como la recién descubierta al norte de Israel, de comienzos del siglo IV, con ricos mosaicos en el suelo, que la arqueología presenta como la primera iglesia cristiana. Precisamente en el centro del templo hay un círculo en el que figuran dos peces, símbolo del zodíaco, pero también de los primitivos cristianos, según el Diccionario de símbolos y mitos, de J.A. Pérez-Rioja (Tecnos, 1971).  

Constantino logró tener a su servicio una Iglesia obediente, lisonjera y agradecida, que atendía a sus peticiones, le reverenciaba como a su señor natural y le permitía convocar concilios y decidir en cuestiones de fe como el pontifex maximus. Aunque la historia de la Iglesia no puede limitarse a la de su jerarquía y sus lazos con el poder civil, la limitación del espacio obliga a concentrarla en la Sede Apostólica y en la vida de sus papas, espejo de toda la cristiandad, con el que se identifican todos los católicos. Aunque las esperadas  virtudes no se correspondan con la realidad y enmascaren muchas veces una vida licenciosa, de apariencia santa.

Esta Iglesia sumisa, que había perdido independencia en pago a su servilismo, admitió el título de Vicario de Cristo para el emperador antes de que lo usaran los mismos papas. Un ‘vicario' cruel, guerrero implacable, que no tenía escrúpulos  en asesinar a cuantos se oponían a sus designios, contra la mansedumbre y el amor predicados por Jesucristo. Pero las acusaciones de la historia van mucho más allá. Su crueldad no era sólo contra sus enemigos políticos. En el año 310 hizo ahorcar a su suegro, el emperador Maximiano y a sus cuñados Licinio y Basiano; en 326 hizo asesinar a Crispo, uno de sus hijos habido en concubinato con Minerva, poco antes de casarse con Fausta, emperatriz a la que hizo ahogar en su propio baño, donando todas sus propiedades en el barrio de Letrán al papa de los cristianos, donde se erigió la Basílica Constantiniana, en cuyo pórtico su estatua colosal recuerda cuánto le debe el mundo cristiano. Porque la Iglesia ‘triunfante' ha preferido siempre olvidar los crímenes y pecados de sus benefactores. En especial los de Constantino, gracias al cual, la Iglesia de Cristo llegó a ser un poder más en la Tierra, con aspiración a ser el mayor en todas las sociedades y culturas.

La ‘protección' imperial se continúa con los sucesivos emperadores y se aumenta con Carlomagno, que, a cambio, exigió en el año 824, que los Papas debieran aguardar la confirmación imperial antes de ser consagrados. "No deja de ser curioso, escribe Antonio Castro Zafra, que hayan sido los propios pontífices quienes, con su peligrosa invención de un Imperium Romanum Christianum, entregaran a los monarcas una serie de derechos que luego habrán de rescatar no sólo por la fuerza de los anatemas y las excomuniones, sino también por la violencia y la guerra. Es, sin embargo, el precio que hubieron de satisfacer para recibir a cambio un reino de este mundo" (Los círculos del Poder). Al nivel de los emperadores, los Papas podían ya disputarles cara a cara el ansiado poder temporal, al que nunca han renunciado. (Continuará).

 

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9 Noviembre 2009

OJOS QUE NO VEN (138)

 

La cristiandad (4)

 

Hitos importantes en la historia del cristianismo primitivo son las persecuciones que sufrieron desde el poder civil pagano, como ya se ha dicho,  con trágicos episodios que motivaron el martirio de muchos creyentes (la mayoría envueltos en leyendas piadosas) que sirvieron, por contraste, para avivar el fortalecimiento de la fe en Jesucristo, el dios por el que morían en el tormento o en coliseo ante fieras hambrientas. "Las investigaciones más serias y no refutadas por nadie calculan la cifra de víctimas cristianas, unas veces en 3.000, otras en 1.500 para el total de tres siglos de persecuciones" (Deschner) contra las enormes cantidades que cita la propaganda católica, ya que "la mayoría de las actas de los mártires son falsificaciones" basadas en las páginas de la primera Historia de la Iglesia, a comienzos del siglo IV, en las que el obispo de Cesarea, Eusebio, ofrece datos ‘inventados' y numerosas falsedades, con tal de glorificar al primer emperador que protegió a los cristianos, Constantino I, fundador de Constantinopla protector y mecenas de la Iglesia naciente. Así lo afirma el historiador J. Moreau en su obra Eusebio de Cesarea (1966).

Las mentiras del famoso obispo, fanático donde los haya,  son de tal calibre que, más que impresionar a sus lectores mueven a risa, si no fuera tan dramático su intento de criminalizar a los paganos. Según este falso historiador, a las víctimas cristianas los paganos les arrancaban las carnes a cuchilladas, les rompían las piernas, les cortaban las narices, orejas y manos, les clavaban agujas en las uñas, abrían profundas heridas con sus latigazos y las abrasaban con plomo derretido, las freían en parrillas a fuego lento, como a san Lorenzo. Decapitaban a mujeres y niños hasta un centenar cada día, aunque en otras ciudades fueron quemados vivos. Nadie puede creer semejantes bulos infantiles, amaños de la realidad para impresionar a los fieles.

La realidad histórica es que ningún emperador tuvo un empeño especial en perseguir a los cristianos, con tal de que le reconocieran como ‘dios'. Así ocurrió con Nerón en el año 64, y con sus sucesores Trajano y Marco Aurelio, aunque la virulencia en las persecuciones se avivó en las celebraciones del primer milenario de Roma, en el año 248. Por supuesto, no todos los perseguidos fueron ‘mártires', también hubo ‘traidores' que se acobardaban ante el suplicio y renegaban de la fe de Cristo. Otro historiador, Lactancio, abomina de los emperadores Decio (249-251), Valeriano (253-260), Diocleciano (284-305) y su yerno Galerio (305-311), en cuyo reinado "la hoguera, las crucifixiones y las fieras eran el pan de cada día".

Este último emperador, que murió de un pestilente cáncer genital, firmó poco antes de morir, el 30 de abril de 311, el llamado Edicto de tolerancia, por el que ponía fin a las persecuciones contra los cristianos y proclamaba que el cristianismo era una religión lícita, al parecer por influencia de su esposa Valeria. Había terminado, por obra del más abominable de los emperadores, la ‘noche oscura' de las catacumbas, y se iniciaba el esplendor de la victoria de Jesucristo sobre  los demás ‘dioses', aunque podemos comprender que todo un imperio no se muda de creencias de la noche a la mañana por un edicto imperial. Aunque soterrada, la lucha continuaba.

Antes del edicto había aparecido en escena  un guardaespaldas imperial, de nombre Constancio, nacido cerca de Sofía, que tras una rápida carrera ‘política', había sido promovido a césar en 293 y nombrado emperador de Occidente en 305. Casado con la emperatriz Teodora, había vivido en concubinato  con Elena, supuesta princesa británica, que en realidad era una tabernera de los Balcanes, que le dio un hijo, Constantino, del que se mofaban como "el hijo de la concubina". Esta futura santa, que era "autoritaria, intrigante y totalmente desprovista de escrúpulos", al decir de los historiadores, consiguió el destierro de Teodora, para asegurar el trono a su propio hijo, Constantino, quien logró que las tropas a su mando lo nombraran emperador a la muerte de su padre, el 25 de julio del año 306.

Como buen militar, se impuso a sus detractores mediante las sucesivas guerras, que le convirtieron en el "espanto del Rin". Un cronista oficial de Tréveris, donde estableció su sede, dejó escrito que diezmó a los brúcteros, robó sus ganados, incendió sus aldeas y lanzó a los prisioneros al circo para que fuesen pasto de las fieras. En 311 aplastó a los alamanos y a los francos, cuyos reyes, Ascarico y Merogasio, fueron despedazados por osos hambrientos. Fue tal el aplauso general que instituyó en Tréveris (en cuyo anfiteatro, el décimo en importancia de los 71 conocidos, cabían 20.000 personas) la fiesta anual de fieras contra hombres, conocida como los "juegos francos".

Además de Constantino, había en el Imperio romano otros tres emperadores: Majencio en Occidente (Italia y África), Maximino Daia en Oriente (Mesopotamia y Egipto) y Licinio (Retia y Panonia). Esta tetrarquía, instituida por Diocleciano para consolidar el gigantesco imperio, no duró mucho. Con la ‘ayuda' del dios de los cristianos, Constantino pudo derrotar a los otros tres. El primero, Majencio, cayó en la célebre batalla del Puente Milvio, cerca de Roma, en la primavera del año 312, celebrada por los historiadores de la Iglesia como el "nacimiento del imperio cristiano". Decapitado Majencio, toda su familia fue exterminada por orden de Constantino. Lo mismo le ocurrió a la del abatido Maximino Daia, que murió "devorado por un fuego invisible que le envió Dios", como dice Lactancio. En el verano de 324 Constantino se enfrentó con su cuñado Licinio, que fue derrotado a orillas del Bósforo. Según el cronista, "cuarenta mil cadáveres quedaron sobre el campo de batalla". Licinio fue estrangulado y sus seguidores perseguidos y exterminados. Después de diez años de guerras civiles, Constantino quedó como "caudillo del orbe entero", dueño absoluto del Imperio romano.

Estos apuntes sobre la Historia de Roma son necesarios para entender el futuro de toda la cristiandad, ya que con el emperador Constantino la religión cristiana pasa de ser perseguida, a religión oficial y dueña de su propio destino, muy diferente del que había vivido durante los tres siglos precedentes. Por fin, Jesucristo podía ser adorado como Dios, sin prohibiciones ni violencias. Todo lo contrario. La protección del poder civil sería un dulce almibarado que ya nunca querría perder. Como dice el autor que estudia este reinado, Alistair Kee: "Ahora la Iglesia dejó de participar en los padecimientos de Cristo y puso sus ojos en la gloria de Constantino" (Constantino contra Cristo, Martínez Roca, 1990). Pero a costa de olvidar la fidelidad al primero, cambiando radicalmente su postura gracias a las ‘golosinas' que recibía del segundo. Así continúa, progresivamente, hasta que en el siglo XI, el papa Gregorio VII manifiesta claramente la ‘vocación de poder' de la Iglesia cristiana, para mejor conseguir los "bienes espirituales". El apogeo se alcanza con Inocencio III (1198-1216) cuando la sociedad admite sin  reparos jurídicos, que "la fuente de todo Poder" proviene de Dios, y por tanto, "de su Iglesia" (Antonio Castro Zafra, Los círculos del Poder. Apparat Vaticano, Editorial Popular, 1987)

Pasadas varias generaciones de fieles cristianos, dispuestos incluso al martirio más horrible por defender su salvación eterna, la interpretación del mensaje evangélico varió considerablemente, ‘adaptándose' a las circunstancias, traicionando, en cierto modo, la memoria de sus mártires. El Jesús mesiánico, que rechazó el conformismo político del pueblo de Israel, sometido al poder de Roma, ya era presentado en los escritos de Pablo de forma muy diferente, recomendando a los corintios que no hicieran esfuerzos por salir de su condición de siervos (1Cor 7:22). Con mayor claridad lo dice en su epístola a los Romanos: "Sométanse todos a las autoridades constituidas, pues no hay autoridad que no provenga de Dios...Quien se opone a la autoridad, se rebela contra el orden divino" (Ro, 13:1-2). Insiste en ello uno de sus discípulos, el autor de la primera carta de Pedro: "Por amor del Señor estad sujetos a toda institución humana, ya al emperador como soberano, ya a los gobernadores como delegados suyos...Tal es la voluntad de Dios" (1Pe 2: 13-15). Ante la decadencia del Imperio, la máxima  ‘autoridad', encarnada en el emperador, pasa en siglo XI a ser ostentada por el Papa de Roma. La historia es conmovedora y lamentable, pero cierta y de funestas consecuencias. El antagonismo ideológico es absoluto, pero la teología posterior ha minimizado su importancia, para cubrir las falacias teológicas de la Iglesia, que, desde Pablo y contra las enseñanzas de Jesús, siempre ha estado muy a gusto en la alianza ‘acomodaticia' entre el Trono y el Altar. (Continuará)

 

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8 Noviembre 2009

OJOS QUE NO VEN (137)

 

La cristiandad (3)

 

Con la destrucción de Jerusalén en el año 70 por las legiones romanas, y la predicación apostólica, propiciada por la diáspora,  en viajes conocidos sólo por los Hechos de los Apóstoles, el cristianismo se fue expandiendo por todo el Imperio, en cuya capital se constituyó en el siglo II una comunidad de creyentes en Cristo. En ella figura, según el cómputo legendario de la Iglesia católica,  como primer obispo de Roma el apóstol Pedro, siendo Pablo el predicador de mayor influencia, con su Carta a los Romanos, del año 56, verdadero tratado teológico para afianzar en su fe a los cristianos de una iglesia (la romana) que él no había fundado, "porque vuestra fe se pregona en el mundo entero" (Ro 1:8). Pero el fundamento de la Sede Apostólica en Roma es muy frágil. En un libro de inexcusable lectura podemos leer que: "El apóstol Pedro es una buena muestra de hasta dónde puede llegar la imaginación de los teólogos para deducir lo que no consta en parte alguna, que él proyectara, ni mucho menos que llevara a cabo a lo largo de su vida: la puesta en marcha del Papado". (Antonio Castro Zafra, Los círculos del Poder. Apparat Vaticano, Editorial Popular, 1987).

Ni la palabra Iglesia ni la primacía de Pedro aparecen en los veintisiete libros del Nuevo Testamento, excepto en el evangelista Mateo, que es el único que reproduce las ‘supuestas' palabras de Jesús: "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra construiré mi Iglesia" (Mt 16:18). Es extraño que nadie más dijera ni una sola palabra en asunto tan importante, ausencia que han aprovechado todos los opositores a la Silla de Pedro. Según el mismo autor "hasta mediados del siglo III no aparece un obispo de Roma (Esteban I, 254-257) que cite este texto de Mateo para imponer su doctrina sobre otros obispos". Entre los teólogos son muchos los que defienden que estas palabras son una interpolación tardía, para legitimar las aspiraciones del obispo de Roma, porque el Papado perpetuo no encaja en el contexto de la predicación de Jesús, que está determinada por la expectación del fin próximo (Hans Küng). En los primeros siglos las distintas sedes eran independientes entre sí y carecían de jurisdicción una sobre otra. Los historiadores más serios no encuentran razones científicas para asegurar que Pedro hubiese estado en Roma, y mucho menos que desde allí gobernase a la Iglesia de Cristo, tan desparramada por las orillas del Mediterráneo.

Cuando Pedro escapa de la cárcel de Jerusalén, los Hechos de los Apóstoles dicen simplemente que "se fue a otro lugar".  Nadie habla de Roma, ni siquiera Pablo, que en el año 57 anuncia su visita a los romanos. "Pedro ha desaparecido tras el Concilio de Jerusalén de los libros del Nuevo Testamento", afirma Antonio Castro. Las dos "cartas" atribuidas a Pedro son espurias, lo mismo que la leyenda sobre el martirio y muerte de Pedro, cuyos restos reposarían, según la tradición, en el subsuelo vaticano, ‘descubiertos' milagrosamente en 1950, para confirmar la teoría del Primado. La misma incertidumbre afecta al martirio de san Pablo, cuyos restos, según fuentes del Vaticano, han sido hallados en el año 2006 en la basílica de San Pablo Extramuros de Roma. Pero no pasan de piadosas consideraciones, porque resulta imposible a estas alturas determinar con certeza la identidad de estos restos.

Pablo,  el apóstol que no había convivido con Jesús, es el único que dejó algún escrito sobre la nueva religión, las conocidas epístolas, base doctrinal de los futuros evangelios. No obstante, existen otras "cartas", (cuya autoría apostólica ha sido discutida) una de Santiago, dos de Pedro y tres de Juan, , amén de otras de personajes conocidos pero no apostólicos, como Bernabé, Ignacio de Antioquía, Justino Mártir y otros obispos, que ejercieron influencia a la hora de la constitución de la doctrina ‘oficial' del cristianismo con sus Epístolas Pastorales, transmisoras del ‘depósito' de la fe, en las que "se ve claramente que la Iglesia se va preparando para una estancia de larga duración en el mundo", algo contrario al mensaje de Jesús. El concepto de Iglesia institucional es incompatible con la ‘inminencia' del Reino proclamada por Jesús.

Según dice Piñero, "el gobierno de las primeras comunidades paulinas no estaba estrictamente organizado según cargos eclesiásticos con funciones bien determinadas. Eran los maestros y profetas (al estilo judío) los que, en comunicación directa con el Espíritu, regían la comunidad". Pero, a finales del siglo I, ya estaban organizadas jerárquicamente, al modo imperial. Timoteo y Tito, dos discípulos de Pablo reciben el encargo y el carisma de predicar la fe de Cristo mediante la imposición de las manos (1Tim 4:14 y 2Tim 1:6). A pesar de lo cual, la abundancia de doctrinas dispares y hasta contradictorias en el seno de la naciente religión no propiciaban precisamente la unidad teológica, como ha estudiado J. Monserrat (La Sinagoga Cristiana, Muchnik, 1989).

Sin embargo, antes del año 200, según Piñero, la "Gran Iglesia" aparece ya consolidada y controlada por una jerarquía que se justifica como sucesora legítima de los seguidores inmediatos de Jesús. Esta jerarquía controla no sólo la elección de los cargos eclesiásticos, sino también el uso y la interpretación de las únicas Escrituras que tiene entonces el grupo cristiano, el Antiguo Testamento,  y el conocido como "depósito de la fe", formado ya por tradición y consenso entre las iglesias más importantes de la cristiandad. Hay que apreciar en este párrafo la reveladora palabra del ‘consenso' para dictaminar, ‘democráticamente', cuál iba a  ser en adelante el verdadero ‘depósito de la fe', que no se pudo determinar en su totalidad hasta siglos después de la existencia formal del cristianismo (pensemos que la infalibilidad pontificia es casi de nuestros días). Los obispos ("episcopo=vigilante"), elegidos inicialmente entre los fieles y clérigos para dirigir cada grupo eclesiástico, son, también a partir del siglo II, los introductores en las comunidades cristianas (como era regla común en la vida civil) de la simonía, esto es, la compra-venta de cargos, y del nepotismo, o la reserva de los mismos por ‘herencia familiar', vicios sociales que, no por acostumbrados y consentidos, harían menos daño a la cristiandad en siglos posteriores.

Por otra parte, hasta el año 180 no quedó establecido el ‘canon' de libros sagrados que sustituyeran al Antiguo Testamento, después de medio siglo de discusiones teológicas. "La formación del canon, tal como se solidificó en su enorme variedad, significa más un espaldarazo a la pluralidad de confesiones cristianas que una llamada a la unidad y a la homogeneidad", según Antonio Piñero (Orígenes del cristianismo El Almendro, 1991) quien  en otro lugar sostiene su tesis: "El Nuevo Testamento fue una suerte de ‘cajón de sastre' de concepciones teológicas, fruto de un pacto entre diversas tendencias dentro de la Gran Iglesia en Roma y otras comunidades importantes. Por tanto, la teología del Nuevo Testamento es tan amplia y variada que deja un ancho campo para defender ideas teológicas opuestas y a veces contradictorias".

Aparto el libro de mi vista, porque no salgo de mi asombro. ¿Cómo ha permitido Jesucristo que su doctrina sea el fruto de un ‘pacto', elaborado por ‘consenso' entre unos cuantos teólogos visionarios, ‘iluminados por el Espíritu'? ¿Por qué eran ellos los verdaderos padres de la ortodoxia, y no los ‘herejes', combatidos con tanta vesania por Ireneo de Lyon, Hipólito de Roma, Eusebio de Cesarea, Epifanio de Salamina y tantos otros? Una vez más, como a lo largo de toda la Historia, se confirma que quien tiene la fuerza consigue la victoria. También ocurre en la Historia de las Religiones, pero se invalida así su pretendida ‘inspiración' divina. (Continuará)

 

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7 Noviembre 2009

OJOS QUE NO VEN (136)

 

La cristiandad (2)

 

Fue Pablo de Tarso, el fariseo converso, quien primero abrió el fuego contra los judíos, considerándolos culpables de la muerte de Jesucristo y negándoles su condición de ‘pueblo elegido'; según él, los verdaderos hijos de Israel eran ya los cristianos, sobre todo los de origen pagano (Gál 6:16). En los Hechos de los apóstoles quedan señalados una y otra vez como "traidores y asesinos". El Evangelio de Juan, que es el texto más antijudío de la Biblia, los presenta  más de cincuenta veces como enemigos de Jesús.  Ignacio, obispo de Antioquía de Siria, escribió, a comienzos del siglo II, varias epístolas contra los judíos. Se hicieron indignos de la divina Alianza, dice, "por sus prevaricaciones", por lo que Jerusalén e Israel estaban "condenados a desaparecer". Esto se escribía a mediados del siglo II. Son estremecedores los epítetos que les dedica san Justino, de la misma época, muy complacido por la destrucción de Jerusalén a manos de los romanos, lo que considera "castigo del cielo", refiriéndose a los judíos como "degenerados, idólatras, hijos de ramera y sacos de maldad".

La acusación de deicidio se fija a fines del siglo II, pero ya a comienzos del siglo III se van multiplicando los escritos Contra los judíos. San Cipriano, obispo de Cartago en 248, después de divorciarse de su mujer, predicaba que los judíos "tienen por padre al diablo". Tertuliano, Orígenes, Hipólito de Roma, Gregorio Niseno, san Atanasio, Eusebio de Cesarea, y otros teólogos del siglo III no perdonan las más sucias y denigrantes expresiones contra los hijos de Abraham, a pesar de que el cristianismo se había apropiado del Antiguo Testamento, olvidando para siempre el sagrado nombre de Yahvéh, algo insólito en la historia de las religiones. La ‘hija' había repudiado a sus progenitores. Este es el comienzo de la religión cristiana, en rebelión contra su propia madre.

San Efrén, en el siglo IV, fue uno de los más encarnizados enemigos de los judíos, y le siguieron otros Santos Padres, como san Juan Crisóstomo, quien, según Deschner, "difama a los judíos más gravemente que ninguno de sus predecesores"; san Jerónimo los aborrece de tal forma que se burla de ellos y les niega la posibilidad del arrepentimiento al final de los tiempos, cosa que incluso san Pablo les había concedido; san Hilario de Poitiers se negaba a comer en la misma mesa que los judíos. ¡Y todos ellos fueron santificados, pese a sus insultos y vejaciones, por la Iglesia posterior!

Pero el antijudaísmo no se limitaba a las opiniones particulares. Sin salir del siglo IV, el Sínodo de Elvira, (año 306), amenaza con la excomunión a quien se atreviera a saludarlos; el Sínodo de Antioquía (año 341) prohibió a los sacerdotes entrar en una sinagoga. Por edicto imperial del año 315 tanto el judío proselitista como el cristiano converso eran reos de muerte. En 388 se prohibieron los matrimonios mixtos, fueron expulsados del ejército romano y de los cargos públicos. Para entonces ya el cristianismo era la religión oficial del Imperio y todas estas normas han de ser achacadas a su malévolo influjo excluyente.

Con idéntica saña, la cristiandad primitiva abomina del politeísmo pagano, adjetivo que aparece en el siglo IV para designar a todos los no cristianos. Los mitos antiguos, basados en las vidas inmorales de los dioses greco-latinos, escandalizaban a los cristianos, quienes no creían en esas leyendas contadas por Homero, Hesíodo y Ovidio, pero sí en que el ‘invisible' Espíritu Santo pudiese dejar embarazada a una doncella judía sin comprometer su virginidad. ¡La misma hipocresía que se viene repitiendo desde entonces! La propaganda anti-pagana, como la anti-judía, destinada a personas de pocas luces, no se limitaba a la sensata manifestación de Tertuliano de que el mayor y más incomprensible de los pecados era la "adoración de múltiples dioses", sino a la difamación, apta sólo para mentes infantiles, de que "los paganos comían carne de cristianos para que éstos no pudiesen resucitar el Día del Juicio", como dejó escrito un pagano converso de Roma, un tal Tatiano, en su libro Discurso a los creyentes de Grecia (año 172).

Como era de esperar, institucionalmente, la "Gran Iglesia" reacciona también contra los paganos, rivales en la lucha religiosa. A comienzos del siglo IV, el citado Sínodo de Elvira  promulgó una serie de disposiciones contra el culto a los ídolos, contra la magia, contra las costumbres paganas, contra el matrimonio mixto, contra los sacerdotes idólatras, todo lo cual implicaba la excomunión.   Sin embargo, no eran éstos los más temibles y temidos enemigos. Los peores estaban ‘dentro de casa'. La palabra más usada, que acaban blandiendo unos cristianos contra otros es "hereje". Cada grupo o comunidad de seguidores de Jesucristo tenía su particular visión de la doctrina predicada por los teólogos y la defendía contra los demás, a los que acusaba de herejía. El mismo san Jerónimo, tan respetado entre los Doctores de la Iglesia, dejó escrito: "Ningún hereje es cristiano. Pero si no es cristiano, todo hereje es demonio".

Hemos de volver al estudio más completo, el de Antonio Piñero en su luminoso estudio sobre Los cristianismos derrotados (Edaf, 2007) que subtitula con una inquietante pregunta: ¿"Cuál fue el pensamiento de los primeros cristianos heterodoxos"? Porque, poco después de escritos los evangelios canónicos, las primeras comunidades cristianas estaban ya divididas doctrinalmente, como se puede comprobar en la edición de Daniel Ruiz Bueno Padres Apostólicos y Padres Apologistas griegos del siglo II  (BAC, 1954) en textos que van desde el año 110 hasta el 180 d.C. aproximadamente. El escenario resultante es el de enfrentamientos y revueltas, agrias disputas y falta de unidad en la doctrina cristiana. ¿Cómo es posible que esto ocurriera al siglo escaso de la muerte de Jesús?  ¿No había quedado claro su mensaje?  me vuelvo a preguntar. Parece que no, a tenor de las múltiples corrientes de interpretación, que hacían inviable la unidad, aunque todos se enorgullecieran de ser discípulos de Cristo.

Eran tiempos en los que "se estaba creando la primera construcción dogmática del cristianismo, aún en fase formativa", según sentencia Piñero. Jesús no había dejado aclarado si el Padre y el Hijo eran un solo dios, por lo cual unos pensaban (docetistas) que el cuerpo de Jesús era una mera apariencia; otros (monarquianos) pensaban que el Padre se encarnó con el Hijo; había quienes defendían que Jesús era un hombre judío, "adoptado" por el Padre en forma metafórica (adopcionistas); que el Dios cristiano era único, una sola ‘persona', pero se manifestaba en tres formas diferentes; que la humanidad de Jesús fue asumida por la divinidad (modalistas).

Si para unos (ebionitas) la salvación exigía guardar íntegramente la ley de Moisés, incluida la circuncisión, los que pensaban en contrario eran malvados herejes, como Pablo, a quien consideraban  el falso profeta por excelencia. El Apocalipsis de Juan dio origen también a divergencias notables entre los primeros cristianos, al enfrentarse al problema de la resurrección de los muertos y la gloria final, que unos veían inmediata (Justino, Ireneo, Hipólito), después del reinado de Jesús durante mil años (milenaristas) y otros no(Orígenes, Gregorio Nacianceno, Cirilo de Jerusalén). Esto explica las dificultades que tuvo el Apocalipsis para ser reconocido como libro sagrado.

El converso Marción fundó en Roma, en el año 140, una Iglesia cristiana (marcionitas) de raíces gnósticas, que presentaba a Yahvéh como un ser perverso, que pudo crear el mundo, pero no ser el Dios Supremo. Jesucristo sería la encarnación en este mundo del Dios Bueno, en oposición al Dios bíblico. Marción dio a su iglesia unas ‘Sagradas Escrituras', anterior a los libros canónicos, y se proclamó discípulo incondicional de Pablo de Tarso. Su influencia en Siria y Armenia perduró hasta el siglo V. Según los textos hallados en Nag Hammadi, hasta mediados del siglo XX no se ha podido conocer su doctrina, cristiana por supuesto, como las demás, que admitía una divinidad ‘compleja' (gnósticos), siendo Jesucristo la emanación de su Sabiduría y  el ‘antiguo' Yhavéh un ‘demiurgo' secundario (Textos gnósticos. Biblioteca de Nag Hammadi, Trotta, 2007).

Hoy también se admite la filiación cristiana de la religión de Mani, un profeta iraní del siglo III, el cual se presentaba como "verdadero apóstol de Jesucristo" y que expandió sus doctrinas ‘reveladas' desde Mesopotamia hasta la India y China (maniqueismo)".  Afín a las ideas gnósticas son las predicadas por Simón el Mago, que logró convencer a muchos discípulos (simonianos) con sus ‘milagros', las de un tal Bardesanes (bardesianistas) y otros que daban rienda suelta a sus pasiones carnales, en orgías ‘espirituales' en las que tomaban el semen con sus manos y lo bebían afirmando que era ‘el cuerpo de Cristo' y lo mismo hacían con la sangre menstrual, ‘sangre de Cristo' (fibionitas).

Por el contrario, otros grupos exigían a los suyos un extremo ascetismo, renunciando a toda experiencia carnal (encratistas). La oposición radical entre espíritu y materia es la que aparece en algunos evangelios apócrifos, como el de Tomás o el de los Egipcios, que alimentan una vida ascética cuya finalidad es la eliminación de los sexos (M.W.Meyer, Las enseñanzas secretas de Jesús, Grijalbo, 1986). Para un sirio del siglo II, "el matrimonio y la procreación proceden de Satanás".  No parece que tales palabras sean más que un consejo de perfección, pero lo cierto es que la ‘Gran Iglesia' consideró herética la continencia extrema. Estas y otras ideas explican la exclusión de los evangelios apócrifos de la doctrina oficial de la Iglesia, pero confirman el caos ideológico que vivieron los primeros cristianos, sin más asidero doctrinal que la tradición oral de los ‘dichos' de Jesús y las cartas de Pablo, que fueron los textos iniciales de la doctrina ‘oficial', aunque dirigidas a comunidades cristianas alejadas del mundo judío, que se negó, en su inmensa mayoría a reconocer a Jesús como el Mesías.

Era evidente que la unidad de los cristianos sólo se podía conseguir mediante el control jerárquico de la tradición, las escrituras, los cargos y la sucesión apostólica. Se tuvo que abrir, necesariamente, una brecha insalvable y profunda entre hermanos: ortodoxos y heterodoxos. Quien definiera la ‘ortodoxia' y la defendiera con éxito se haría con el poder eclesiástico (Continuará).

 

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6 Noviembre 2009

OJOS QUE NO VEN (135)

 

VII

La cristiandad (1)

 

La existencia de los dioses es tan quimérica como el unicornio. Un dios, sea el que fuere, ha de estar constituido por una serie de atributos que, además de la eternidad, le confieran la dignidad necesaria para ser aceptado por los seres razonantes como "Sumo Hacedor", adornado en grado superlativo por las cualidades que los humanos sean capaces de reconocer en sí mismos. No hay otra forma de imaginar al ‘Padre Creador' de todo cuanto existe. Ni otro modo de enfocar la vida sub specie aeternitatis (‘desde la perspectiva de la eternidad'). Es el supuesto idealista que ha dominado, desde Platón, las ideas culturales y religiosas que han conformado la vida espiritual de la Humanidad.

En su magna obra La esencia del cristianismo, el pensador Ludwig Feuerbach se enfrenta al idealismo para sustituirlo por una antropología materalista, proponiendo que el hombre es el que crea a Dios a su imagen y semejanza, como ya se admite por los pensadores no fanáticos. Es decir, el hombre analiza y selecciona sus propios valores más estimados para proyectarlos fuera de sí mismo, haciéndolos ‘trascendentes' para ‘fabricar' un ser extraordinario, capaz de hacer todo lo que él desea pero no puede. Estos atributos, objetivados en ese ser superior, forman la base de la creencia en la divinidad, que no es más que el hombre sublimado, elevado a la categoría ‘sobrenatural' con dominio absoluto sobre la naturaleza creada. Esta base filosófica del idealismo platónico (y después de Hegel) es, por tanto, una ‘elaboración' humana, de carácter cultural y social, pensada para ‘dignificar' al hombre, aunque de forma inconsciente,  que Feuerbach consiguió demoler con sus argumentos materialistas. Como dicen los autores de La construcción social de la realidad (1967) "este análisis teórico pone al descubierto un movimiento inconsciente en la construcción social de la realidad".

En este sentido, todos los dioses son ‘inventados', creados por la imaginación humana, tan idealista siempre, pero incapaz de analizar sus propias ‘invenciones' a fin de advertir cuánto de insostenible, a la luz de la propia razón,  hay en esos seres extraordinarios, nunca presentes a los sentidos, sino solamente ‘imaginados' por mentes visionarias, en sueños no contrastados ni contrastables, pero sí ‘vividos' intensamente por la autosugestión inconsciente. De esto tienen mucho que decir los psicólogos, aunque la resistencia de los ‘creyentes' sugestionados es más poderosa que cualquier reflexión en contrario. ¿Cómo convencer a los judíos de que su Yahvéh bíblico es tan despótico y cruel que no merece ni el amor ni la obediencia de su pueblo? ¿Cómo a los mahometanos de que las suras coránicas están reñidas con la razón y los derechos humanos? ¿Cómo a los cristianos de que Jesucristo crucificado es un piadoso fariseo judío, sin posibilidad  de ser la ‘encarnación' de la divinidad?

Considerar dioses creadores, seres poderosos y eternos a los miles de dioses que pueblan el panteón politeísta es una falsedad tan evidente que no merece mayor consideración. Quedan las tres religiones monoteístas, las únicas que podrían resistir una argumentación contraria, dado que, si existiera un ser divino, habría de ser, necesariamente, único en su poder creador y providente. Pero ninguna de ellas, aunque subsisten en el día de hoy, resisten las más suaves arremetidas de la razón humana, neutral y ponderada. Baste saber que las tres tienen sus fundamentos en la Biblia, esa sentina de horrores, explícitamente denunciados en libros como el reciente de MiltonAsh, La Biblia ante la Biblia, que deja al descubierto las innumerables contradicciones, incongruencias y falsedades, sucias traiciones, maldades políticas y crueldades incompatibles con cualquier poder ‘divino'. Llámese Yahvéh, llámese Alá (que son nombres de la misma divinidad), el dios perverso que aparece en todos los libros que componen la Biblia sagrada, no puede tener una existencia real, y si la tiene, no es merecedor de la obediencia, la veneración, y mucho menos el amor, de sus frágiles criaturas.

Mientras las tres religiones bíblicas se hacían culpables de odios insuperables y guerras sin fin, otras religiones no bíblicas, como el budismo, anterior al cristianismo, predicaba la tolerancia y permitía a los suyos practicar otras creencias, sin obligar a nadie a venerar al Buda, maestro de sabiduría. El Tíbet, habitado por temidos guerreros, se convirtió, bajo su influencia, en un pueblo pacífico. Por el contrario, la "guerra santa" ha dominado la doctrina monoteísta, tanto de judíos como de cristianos o de musulmanes, haciendo de las riberas del Mediterráneo un campo de batalla secular, cuya historia está irremisiblemente teñida de sangre.

Ya en el siglo XIII a.C. los hebreos asolaron las tierras de Canaán, exterminando, por orden de Yahvéh, cuanto encontraban a su paso, para dar cobijo al ‘pueblo elegido'. Siglos más tarde ocurría lo mismo con el paganismo, con el judaísmo y con el cristianismo, y después con los seguidores de Mahoma, siempre ampliando terrenos a golpe de espada.  Como no es mi propósito valorar la historia del Islam, o del pueblo judío,  me centraré en ese crucificado cuya imagen me acompaña desde la más temprana niñez, y en desmontar lo que siempre me han hecho creer como verdad indiscutible: que Jesucristo es el único Dios, al que debo amar y complacer. Aunque fuera por un motivo tan legítimo como egoísta: satisfacer, en otra vida, el intenso deseo de felicidad que mi cerebro marca como la  meta de mi existencia.

Las religiones monoteístas, al creer que su dios es único, forzosamente han de rivalizar entre sí, derribando primero de sus altares a cualquier otro dios que le pudiera hacer la competencia, como ocurrió con el Yahvéh mosaico entre los hebreos y con el Dios cristiano en el mundo pagano del Imperio. El paganismo no conoce nada similar al pacto entre Yahvéh y el ‘pueblo elegido'.  En el politeísmo ninguna divinidad puede pretender la exclusiva. Pero la intolerancia es una característica esencial del monoteísmo, porque el dios ‘único' siempre es celoso. El cristianismo naciente, al ser una ‘secta' del  judaísmo, convivió en sus primeros años con la sinagoga judía. Pero, al ir separándose de las enseñanzas rabínicas, concitó la ira y el rechazo de la religión ‘madre', que vio no sólo cómo les robaban a sus fieles, sino incluso se  apropiaban de sus Sagradas Escrituras, de sus costumbres y tradiciones.

Para resumir la historia eclesiástica de estos primeros siglos voy a seguir a un historiador alemán, Karlheinz Deschner, cuya magna obra ha sido traducida al español, en nueve volúmenes, con el título de Historia criminal del cristianismo  (Martínez Roca, 1990-95). Título que puede sorprender a muchos por asociar al cristianismo la idea de ‘criminalidad', opuesta radicalmente a la propaganda que las Iglesias cristianas han repartido entre sus fieles, presentándose como el dechado de toda pureza y perfección, tanto doctrinal como moral. Veremos que es todo lo contrario.

Sería ingenuo acudir a los miles de libros apologéticos del cristianismo, donde se repiten los criterios favorables a la fe, disimulando, ocultando o falsificando los datos que puedan existir en contrario. Es lógico que ningún escritor cristiano quiera poner de manifiesto la ‘cara oscura' de su fe, y que solamente se interese por el brillo de sus bellezas, que han de servir para atraer más prosélitos a su causa. Pero, en mi caso, he de buscar precisamente ese ‘lado oscuro', siempre oculto, para completar la verdadera historia de la cristiandad. Historia que comienza con el expolio y la persecución de la religión ‘madre' por sus ‘sectarios hijos'.  La mayor parte de la moral cristiana es judía, de la que también reciben los seguidores de Cristo costumbres y ceremonias, oraciones y ritos, la creencia en los espíritus del bien y del mal, la idea mesiánica y la creencia en el dios único, aunque Yahvéh queda prácticamente anulado por Jesucristo, su Hijo, "de la misma naturaleza que el Padre". Hasta las catacumbas cristianas seguían el modelo de los cementerios subterráneos de los judíos.

Ya no necesitaré la ayuda de libros científicos, ni de investigaciones psicológicas o neurológicas para establecer mis puntos de vista y fundamentar mis opiniones y creencias. Ahora tendré que ocuparme de la Historia. Sólo sus datos fidedignos, sus documentos contrastados, su acopio de materiales que respondan a la más severa metodología histórica, serán mi guía en esta última parte, consagrada enteramente a la Historia de la Iglesia cristiana, o mejor, a la cristiandad, el conjunto de las familias religiosas cuyo objeto de culto es Cristo, el Dios de todos los cristianos. No podré ser neutral, desde luego, como cualquier investigador que sea sincero consigo mismo. Pero procuraré esconder  lo mejor posible mis sentimientos y opiniones ante la descarnada realidad de los hechos. Algo imposible para los ‘historiadores apologetas' del cristianismo, que, casi siempre en lucha interior agotadora, han de compaginar las exigencias de su fe con la terca realidad de los hechos contrastados, que acusan de ‘criminal' a esa ideología religiosa que han de respaldar, contrariando a toda recta conciencia. (Continuará).

 

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5 Noviembre 2009

OJOS QUE NO VEN (134)

 

Jesucristo (10)

 

 

Esta fractura con la doctrina cristiana es la culminación de veinte siglos de disputas teológicas. Desde sus comienzos, como sabemos, la ‘secta' judía fue elaborando textos y doctrinas hasta llegar al consenso suficiente para poder hablar de una "nueva religión", lo cual no ocurrió hasta la declaración formal del ‘canon' o lista de libros sagrados cristianos y de la ‘edición' del primer Catecismo (año 385) para la enseñanza de la doctrina, obra del capadocio Gregorio de Nisa (335-385), uno de los primeros Padres de la Iglesia.  Nadie piense, por tanto, que lo enseñado por Jesucristo ha sido respetado siempre y en todo lugar como única  ‘palabra de Dios'. Ni que sea un Dios Omnipotente y Sabio quien se deja manipular como un títere durante más de veinte siglos. La historia de ese supuesto ‘dios', de nombre Jesucristo, es la historia de la Iglesia cristiana, irreconocible  ya desde sus comienzos ‘paulinos' para su ‘supuesto' fundador.

Porque el enfrentamiento no se ha limitado a batallas más o menos intelectuales. La sangre ha estado siempre presente en todas sus páginas. Unas veces perseguida, otras perseguidora. Consecuencia inevitable y trágica de un monoteísmo intransigente y de un proselitismo perseverante, basado en un argumento de caridad tan engañoso como arrogante. Quizás fueran de Jesús las palabras del Evangelio de Mateo: "Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes..."(Mt 28:19). Pero antes ya lo había señalado el ‘visionario' Pablo, asegurando que Dios "quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad" (1Tm 2:4). Naturalmente, la ‘verdad' para Pablo son sus enseñanzas, ‘recibidas' directamente de Yahvéh. Nadie debe olvidar que los evangelios se escribieron muchos años después de las cartas de Pablo y que, más que reflejar los ‘dichos' exactos de Jesús, reflejan las vívidas y apasionadas sentencias de Pablo, el ‘auténtico' fundador del cristianismo, mejor, de las muy diversas Iglesias cristianas, como veremos. Pablo se valió del Jesús de la historia para ‘inventar' un dios, distinto pero no subordinado del bíblico Yahvéh, al que conocemos como Jesucristo.

Pero este ‘nuevo' dios no vino en son de paz. Como Pablo, sus amigos y seguidores sufrieron las iras y la trágica crueldad de los siempre victoriosos romanos, que los arrastraron al arenoso suelo del coliseo, sobre todo en el siglo III, para festín de fieras salvajes y jolgorio del populacho, ávido de emociones sangrientas. Hasta que un emperador, Constantino, consciente de que la unidad religiosa del Imperio era el mejor sostén para la unidad política, se inclinó por aceptar a ese dios ‘nuevo', de nombre Jesucristo, que con tanto éxito entre las masas hacía competencia a los antiguos dioses paganos. Cedió a sus pastores su propio palacio de Nicea y llegó a un acuerdo ‘positivo' para ambos. Pero las persecuciones no acabaron de un día para otro, ni las víctimas ni los verdugos fueron los mismos. Un giro sustancial que cambió la Historia.

De la noche a la mañana, los perseguidos se convirtieron en perseguidores, quizás con mayor saña, que se vio ejemplificada en la afrentosa muerte de la bella Hipatia de Alejandría, el ‘primer mártir pagano', asesinada por orden del obispo Cirilo, más tarde santo. Era una joven filósofa neoplatónica que tuvo la mala fortuna de caer en manos del más intransigente y feroz de los obispos, enemigo a muerte de los paganos. Acusada de bruja, su carruaje fue asaltado por los esbirros de Cirilo, que la condujeron a una iglesia y allí, "despojándola de sus vestidos, con fragmentos de cerámica la torturaron hasta matarla. Luego, desmembrada, la quemaron". Así lo narra su biógrafo y en forma novelada la han dado a conocer últimamente Olalla García (El jardín de Hipatia, Espasa, 2009), y Clelia Martínez Maza (Hipatia: la estremecedora historia de la última gran filósofa de la Antigüedad, La Esfera de los libros, 2009), años después del estudio de María Dzielska (Hipatia de Alejandría, Siruela, 2004), inmortalizada hoy en la película de Amenábar Ágora (2009). Ocurrió en el año 415 de nuestra Era. 

Todavía faltaban doscientos años para que apareciera en el horizonte el árabe Mahoma que, en nombre de Alá (el propio Yahvéh, ya que reconocía la Biblia judía) se presentó a sí mismo como el ‘verdadero profeta' del dios único, enardeciendo a las resecas mentes del desierto con doctrinas impregnadas de fanatismo, que se oponían a la ‘verdadera religión' de Jesucristo. El choque fue inevitable. La sangre corrió a raudales por uno y otro bando, con las tremendas consecuencias que se narran en cualquiera de las historias de Occidente. Si los cristianos se escudaban en el poder político para progresar en su expansión geográfica, el proselitismo islámico fue espoleado por la agresiva intransigencia de quien se cree fiel creyente al mismo tiempo que guerrero de la causa más justa.

Contra la cruz, la media luna. Símbolos de una fe conquistada por la fuerza de las armas. El campo de batalla parece apaciguado, pero en tierras del Islam nunca se ha consentido ningún templo que no sea la mezquita, y en las iglesias cristianas todavía campea en retablos y pórticos la figura sanguinaria del apóstol Santiago enarbolando la espada  para cortar las cabezas de los infieles mahometanos (la misma escena se repite en otros ‘santos' como Millán de la Cogolla). Es la triste historia de esa endiablada carrera de las religiones monoteístas que nunca han de conseguir la paz de la humanidad porque así lo deciden las ‘fuerzas sobrenaturales'. Es la eterna "Quimera de los dioses", fantasía que busca la trascendencia donde no hay más que misterio inabarcable. Pero ya se sabe: la frivolidad es hija de la comodidad y "no hay mejor ciego que el que no quiere ver". O, como dijo Cervantes, dibujando la cobardía humana: "Ojos que no ven, corazón que no quiebra". Para los ciegos cristianos su dios eterno se llama Jesucristo. (Continuará).

 

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4 Noviembre 2009

OJOS QUE NO VEN (133)

 

 

Jesucristo (9)

 

 

En el centro de toda controversia teológica entre cristianos está la figura mesiánica de Jesucristo. Desde los comienzos de la nueva religión, con la permanente ebullición de una doctrina que se fue haciendo a golpe de concilios, sínodos y disputas de ‘Santos Padres', el cristiano, por bien  intencionado que esté, se ha hecho siempre las mismas preguntas: ¿Al rezar a Dios, rezo a Jesucristo? ¿Es lo mismo uno que otro? ¿Tienen el mismo poder, la misma misericordia, me aman por igual? ¿Entonces, por qué dos nombres? ¿No existirá entre ellos alguna rivalidad? ¿Y el pobre Espíritu Santo, tan olvidado, es el mismo Dios que Jesucristo? Realmente, este Jesucristo que me predican, ¿es también mi Creador, igual que el Padre, el que todo lo ha hecho? ¿Tienen los tres las mismas cualidades eternas, el mismo amor a sus criaturas? Esto me parece  imposible, porque si Dios es eterno, ¿cómo pudo amar a unos seres que aún no había creado? Si la creación es un ‘acto en el tiempo' ¿cómo pueden coexistir tiempo y eternidad en un mismo Jesucristo? En verdad, estoy confundido.

Cuando el dominico Tomás de Aquino sentencia en su Suma Teológica que "Cristo no tuvo ni fe ni esperanza, pero su caridad era perfecta", está pensando en el Jesucristo de Pablo, no en el Jesús de la cruz. Estas palabras se podrían entender si se atribuyen a un ‘dios' que ‘vive' su divinidad, sin necesidad de esperanza, porque todo lo posee, ni fe porque para él todo es presente. Su biografía no puede ser, por tanto, ningún ejemplo para un cristiano que quiera seguir sus pasos. No se puede imitar ni su fe ni su esperanza, pero sí su caridad, "perfecta" según el teólogo medieval. Pero el aquinatense habla de "caridad", no de "amor", que sabemos son cosas muy diferentes (contra la idea, repetida por el papa Benedicto XVI en su encíclica Caritas in veritate). La primera es voluntaria y puede ser premiada; la segunda, como todo sentimiento, es involuntario y no se puede ‘ordenar', como hace el codicioso Yahvéh en la Biblia, o Jesús en los evangelios. Nada ni nadie, ni siquiera el supuesto Dios, puede ‘obligarme' a amar, porque no depende de mi voluntad.

Ya los escribas bíblicos dejaron escrito en el primer mandamiento del Decálogo que "no tendrás más Dios que a mí" (Dt 5:7) como la más importante obligación del creyente. Pero el cristianismo no dudó en cambiar el texto, con arrogante soberbia y con supina ignorancia filológica, por el que aprendí de niño en el catecismo: "Amarás a Dios sobre todas las cosas". Evidentemente, no es lo mismo. "La Iglesia ha sobrepasado con mucho la intención y la intensidad que el propio Dios reclamó para sí mediante sus supuestas palabras, ganando así, de forma intencionada o casual, un instrumento psicológico fundamental para poder controlar y culpabilizar a su grey con mayor eficacia", dice P.Rodríguez (Mentiras fundamentales de la Iglesia católica, Ediciones B, 1997). Pero hay que insistir en que, según la ciencia psicológica, la voluntad humana no tiene dominio sobre sus sentimientos, que son espontáneos e involuntarios, aunque a su origen inconsciente  pueda seguir la aceptación consciente.

El mismo Jesús, hombre devoto y conocedor de las Sagradas Escrituras, enseña la doctrina del amor a Dios y al prójimo, por la que ha sido reconocido mundialmente como el ‘revolucionario' por excelencia, más que político, religioso. La escena está en el Evangelio de Mateo (aunque no sé si estará manipulada): "Maestro, le preguntan, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley? Él  dijo (siguiendo a Moisés: "Amarás a Yahvéh tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza", Dt 6:5): Amarás al señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo, semejante a este, es: Amarás al prójimo como a ti mismo. De estos dos preceptos penden toda la Ley y los Profetas" (Mt 22:36-40).

Diálogo de suma importancia en la configuración de la doctrina del Amor. (Hay que hacer notar que el evangelista manipula el texto bíblico, omitiendo el nombre de Yahvéh y sustituyendo 'fuerza' por ‘mente', cosa impensable en el experto y devoto judío Jesús de Nazaret)  Si de verdad fuera el Dios Omnisciente, Jesús no hubiera podido dar esta repuesta, puesto que sabría sin lugar a dudas, como cualquier neurocientífico de nuestros días, que el corazón no tiene nada que ver con el sentimiento amoroso: amamos con el cerebro. Ni siquiera el Creador puede obligarnos a amar, a pesar de lo que diga la Biblia. Yo no puedo amar a quien me proponga por un impulso voluntario, si no estoy "atraído" sentimentalmente por ese objeto. ¿Cómo amar lo que se odia, lo que nos repele, lo que rechazamos por fraudulento, por malvado, por infame o cruel? ¿Cómo puedo ‘amar' a Dios si no existe?

La voluntad puede ejercer presión y represión sobre el sentimiento amoroso. En un caso para favorecerlo, en otro para reprimirlo. Pero como el amor es libre y no se deja avasallar, el resultado sólo puede ser la hipocresía y el sufrimiento. Hipocresía, mentira, engaño, falsedad, cuando se aparenta vivir un amor inexistente, forzado por la voluntad. ¡Cuántas tragedias, en la vida y en la literatura, por estas imposiciones familiares, sociales o religiosas! La sugestión puede ser tan fuerte que, deseando mantener a toda costa el amor ficticio, se llega al más violento de los fanatismos, que desean dominar la mente propia o la ajena. Fanático es el que castiga su cuerpo en nombre de Dios, el que se intenta convencer de un amor que en realidad no siente, el padre que obliga a un amor no deseado, el creyente que desea imponer su fe a base de tortura y de miedo. Las ‘represiones' de la voluntad son infinitas, para ocultar la lucha interior entre un amor no sentido y otro que se oculta por miedo o vergüenza.

Si existe un Dios que quiere mi amor, antes deberá mostrarme su Infinita Bondad, atraerme no con palabras vanas, sino con hechos. Todo lo contrario de lo que la vida me ofrece. Las palabras vuelan, y si quedan escritas, pueden ser alteradas, manipuladas y acomodadas al pensamiento más interesado. Es lo que ha ocurrido con la "palabra de Dios", de todos los dioses, pasados y futuros. Para amar no me bastan las palabras. Con ellas se ha formado, a lo largo de los siglos, "la quimera de los dioses", siendo el Jesucristo de los cristianos, con su triste mirada desde la cruz, uno más entre los ‘quiméricos' dioses que cómodamente se instalan en la conciencia de los sumisos y crédulos creyentes.

Aunque parezca mentira, la filiación divina de Jesucristo no se aprobó hasta el Concilio de Calcedonia (año 451), al que asistieron 700 obispos.  Que Jesucristo fuese Dios dependió, por tanto, de una votación. Pero hay teólogos modernos que lo niegan: "Decir Jesucristo es Dios es una expresión equívoca, que ha dado lugar a malentendidos y desviaciones...Dios se manifiesta en algunos grandes personajes de la Historia de forma humanamente excepcional. Y nosotros, los cristianos, es así como debemos ver a Cristo. No se trata de hacer divino a un hombre, de divinizarle de tal modo que creamos que sea Dios mismo...eso es lo que debe significar para nosotros Cristo: un hombre por medio del cual se manifiestan los valores divinos...hemos de superar todas las afirmaciones teológicas usuales en la Iglesia acerca de Jesucristo" (Enrique Miret Magdalena, El nuevo rostro de Dios, Temas de Hoy, 1989). Un sacerdote católico, de la misma Asociación de teólogos Juan XXIII, José María Díez Alegría, al presentar el libro de Julio Lois, ideólogo de la llamada ‘Teología de la Liberación' en España, se pronunció de forma tajante: "Si Jesús volviera de incógnito a la Tierra, la Iglesia institucional le excomulgaría". Es evidente que la enseñanza de Pablo de Tarso ha fracasado. (Continuará).

 

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3 Noviembre 2009

OJOS QUE NO VEN (132)

 

Jesucristo (8)

 

 

Con tantas variantes ideológicas era normal que aquellos primeros cristianos se preguntasen cuál de ellas era la ‘verdadera'.  En un principio, al ser todas y cada una de  ellas  ‘desviaciones sectarias' del judaísmo, entrarían en el grupo de las ‘herejías' (no en el sentido posterior, sino como ‘partidos internos') que se apartaban de la estricta sumisión a la Ley y los Profetas. Al mismo Jesucristo lo llegaron a acusar públicamente de estar poseído por el demonio (Mc 3:22). Por lo que sabemos, las disputas teológicas entre los cristianos comenzaron muy pronto, al carecer de una doctrina común, divinamente ‘inspirada', admitida por todos, sino confrontadas unas con otras, como si de unas teorías filosóficas se tratara. Lo cierto es que ninguno de los primeros Padres (teólogos) de la Iglesia, hasta san Ireneo, cita pasaje alguno de los cuatro evangelios canónicos. El Dios de Verdad había abandonado a sus primeros hijos.

Siguiendo el ejemplo de los rabinos judíos, pronto aparecieron escuelas teológicas que se disputaban esa Verdad, aun coincidiendo en aspectos fundamentales como la creencia en Jesucristo y su resurrección. Adopcionistas, docetistas, ebionitas, elcasaítas, montanistas, milenaristas, marcionitas, socinianos y gnósticos se cuentan entre las principales escuelas teológicas que fueron declaradas ‘herejías' por la facción triunfante, que Piñero califica de "Gran Iglesia". Ella fue la que estableció con autoridad la lista de los libros canónicos, aplazando hasta el siglo IV la admisión del Apocalipsis, rechazado al principio por su doctrina ‘milenarista'. El ‘padre de todas las heterodoxias' en el seno del cristianismo fue, según los Hechos de los Apóstoles (8:9-24) Simón el Mago, que se presentaba como competidor de Jesucristo y como hacedor de milagros, siendo conocidos sus seguidores como simonianos, muy próximos al gnosticismo. Las diferentes versiones del credo de los bautizados hasta llegar al credo definitivo, en el siglo VI, han sido recogidas por J.N.D. Kelly en Los credos primitivos (Secretariado Trinitario,1980).

La ‘Gran Iglesia', es decir, el cristianismo mayoritario, de seguimiento paulino, se conforma fuera de Jerusalén, en un mundo fundamentalmente pagano. Son conversos gentiles o judíos que habían aceptado las enseñanzas de Pablo y que llenaban las iglesias, abandonando las sinagogas. En Israel, la nueva religión fue un fracaso, ya que la inmensa mayoría de los judíos se negó a aceptar a Jesús como Mesías. La organización de la ‘Gran Iglesia' obligaba a proclamar cargos eclesiásticos, con su jerarquía, el cuidado pastoral y el control de la fe, la disciplina y la enseñanza. "El primer testimonio claro de la idea de sucesión apostólica, dice Piñero, unida con la obligación de propagar el Evangelio, se halla en la Primera Epístola de Clemente, al final del siglo I", seguida inmediatamente por  Tertuliano, Hipólito y Orígenes. Antes del año 200, por tanto, la ‘Gran Iglesia' está controlada por una jerarquía episcopal que se considera legítima heredera de los apóstoles de Jesucristo, desaparecidos del organigrama eclesiástico inexplicablemente. "A partir de este momento, los heterodoxos serán más fácilmente detectados y eliminados o proscritos".

Queda demostrado que los cristianos no tuvieron ‘libros ‘sagrados' propios hasta más de un siglo después de su existencia. Y que los defendieron contraatacando, es decir, destruyendo los del adversario, sobre todo desde que contó con la capa protectora del poder político. En su Vida de Constantino, Eusebio de Cesarea afirma que a partir de 326 -es decir, con la Iglesia ya constituida- el Emperador ordenó buscar y destruir los libros de los ‘herejes', persecución que se continuará por sus sucesores con la quema de los libros opuestos a las enseñanzas doctrinales de la ‘Gran Iglesia'. Algunos fueron extremadamente celosos de esta orden, como Teodoredo, obispo de Siria, que confiesa haber perseguido y destruido todos los libros no canónicos de su diócesis. Los cristianos de Éfeso quemaron libros por valor de 50.000 denarios de plata. Contaban para ello, a comienzos del siglo III, con varios ‘catálogos' de herejes, obra de Ireneo de Lyon, Hipólito de Roma o Epifanio de Salamina.

A partir de finales del siglo III van apareciendo otras interpretaciones o ‘herejías' condenadas por el cristianismo oficial, como el maniqueísmo, el arrianismo, el pelagianismo, el monofisitismo, el nestorianismo y el priscialianismo, ampliamente estudiados por Piñero en Los cristianismos derrotados (Edaf, 2007). En total, son 27 las ‘herejías' o heterodoxias consideradas hasta el siglo XII. Unas condenadas y perseguidas ‘desde dentro', como la del español Prisciliano (obispo de Ávila), que defendía que el Dios del Antiguo Testamento no era el mismo que el del Nuevo, y que por ello fue condenado a muerte, siendo el primer cristiano ‘mártir' de su propia Iglesia (F.J.Fernández Conde, Prisciliano y el priscilianismo, Trea, 2008). El cristianismo de los siglos II y III hubo de sufrir sangrientas persecuciones, sobre todo en tiempos del emperador Valerio que en el año 258 ordenó la ejecución de todos los obispos, párrocos y diáconos cristianos, y con mayor furor se persiguió a todos los cristianos en el reinado de Diocleciano (280-305), tema que se verá después.

Las ‘herejías' era, en realidad, interpretaciones erróneas, pero bien intencionadas,  sobre el Jeucristo de la fe, condenadas sucesivamente por los ‘concilios' convocados por los representantes legales del la ‘Gran Iglesia' vencedora, envalentonada desde que, consiguiera la protección del emperador Constantino, que promulgó en el año 313 el llamado "Edicto de Milán", reconociendo a la Iglesia Cristiana como la oficial del Imperio. Bajo su amparo y disciplina, la Iglesia se reunió en el propio palacio imperial de Nicea, al norte de Turquía, en el año 325, para ‘unificar criterios' doctrinales y condenar a herejes, como el obispo Arrio. Fue el primer "Concilio Ecuménico", aunque sólo asistieron obispos orientales, y en el que se solventaron las disputas teológicas, al reconocer que Jesucristo era "Hijo único de Dios...engendrado, no creado".

El segundo se celebró en Constantinopla (año 381) para condenar el monofisitismo de Apolinar y ampliar el dogma, reconociendo que Dios era "una sola sustancia  y tres personas", una de las cuales era Jesucristo. El tercero tuvo lugar en Éfeso (año 431) para condenar a Nestorio y a la herejía adopcionista, que predicaba que Jesús era hijo "adoptivo" de Dios. El cuarto, cerca de Estambul, en Calcedonia (año 451) condenó a Eutiques, pero también continuó la formulación de la ‘esencia divina', al establecer que "Jesucristo era una sola persona con dos naturalezas", divina y humana, lo que permitía considerar a María verdadera Madre de Dios.

El papa Dámaso I (366-384) se proclamó a sí mismo "sucesor de Pedro" y  a Roma "sede apostólica", con autoridad para aprobar cualquier innovación en la doctrina. Poco después, el papa León I (440-461) dejó establecido que el obispo de Roma era el "primado de todos los obispos". Como se ve, el credo, que es la sustancia misma del cristianismo, se ha ido formando siglo tras siglo, sin que la ‘inspiración' divina viniera en ayuda de unos pobres hombres (por supuesto, ni una sola mujer en las controversias ni en las decisiones) que luchaban por sus ideas, pretendiendo que todas eran acordes con la verdad religiosa de Jesucristo, el misterioso Hijo y Segunda Persona de ese Dios trinitario que rechaza de plano cualquier mente gobernada por la razón. Lo que sí parece concluyente es que la victoria de la ‘Gran Iglesia' de Jesucristo era completa en el siglo V aunque su nombre no lograría jamás la unidad de las doctrinas teológicas, y la paz de sus fieles quedaría ausente para siempre. (Continuará).

 

 

 

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