3 Abril 2009
El mito de las revelaciones (5)
Las revelaciones o ‘mensajes de los dioses' son el objeto primordial de los ‘Libros sagrados', que no se entenderían sin estas enseñanzas destinadas a la mejora y redención del género humano. Se han prodigado a los grandes líderes religiosos, quienes por sí o por sus discípulos dejaron testimonio escrito de estas doctrinas de ‘salvación'; a los grandes profetas, visionarios elegidos para recibir la palabra divina; también a personas humildes, que aseguran haber entrado en contacto con seres sobrenaturales, para transmitir también los mensajes de amor y ayuda moral de sus revelaciones. Estas visiones son realmente ‘apariciones' personales a los videntes, en su gran mayoría identificadas hoy con la Virgen María, madre de Jesús de Nazareth, siempre vestida , de forma que en la visión sólo se aprecian su cara y sus manos. (Me pregunto: ¿en el cielo estarán todos vestidos con ropa terrestre?) . Son famosas las apariciones marianas en Lourdes (Francia) y Fátima (Portugal), acompañadas por cientos de supuestos milagros, que dan viso de verosimilitud a tales visiones. Pero la historia de estas apariciones ‘con mensaje' no se limitan a esos dos países. La competencia es poderosa y múltiple. Alemania, Italia, Polonia, Croacia, México, Nicaragua, Brasil, Egipto y varios países más presumen de haber recibido esas ‘visitas celestiales' con mensaje incluido. La católica España no podía quedarse atrás en esta desenfrenada carrera por competir en la ‘comunicación' sagrada: presumen de apariciones de la Virgen María en Ibros (Jaén), Garabandal (Santander), El Escorial (Madrid), Ceares (Asturias), Utrera (Sevilla) y Villacañas (Toledo) entre las que recuerdo.
Ni que decir tiene que ninguna de estas ‘apariciones' con sus respectivas ‘revelaciones' han de ser admitidas por una persona de juicio crítico y sensato. A pesar de cuantos creen en ello, habrá que repetir que ni existen los espíritus ni la posibilidad de las revelaciones. No cabe duda de que la mentalidad ‘visionaria' está influenciada en los creyentes cristianos por las supuestas apariciones de Jesús resucitado, pero son visiones muy repetidas en todos los libros sagrados, especialmente en los diversos Apocalipsis. Las apariciones en el Antiguo Testamento, exceptuadas las continuas de Yahvéh, han dado pie al vuelo de la imaginación de algunos comentaristas, que se atreven a pensar que no eran debidas a ningún espíritu, sino a seres extraterrestres, como astronautas de otros mundos, que visitaron a Enoc, Noé, Abraham, Moisés, Elías, Ezequiel y otros personajes ‘abducidos'. (Francisco Sánchez López, Extraterrestres en la Biblia, Mágica, 1989). La imaginación no tiene límites.
Existen otras ‘revelaciones' que no son exclusivamente religiosas, sino que insisten en la posibilidad de comunicación del hombre con seres no-terrestres, pero que tampoco pueden catalogarse como ‘dioses'. En la segunda mitad del siglo XX algunos buscaban la verdad en las presuntas ‘revelaciones' de seres de otros mundos, con los que ‘contactaban' no sólo mentalmente, sino incluso en ‘abducciones' marcadas por enseñanzas esotéricas, como las recibidas por el peruano Sixto Paz (líder del Instituto Peruano de Relaciones Interplanetarias) en sus supuestos ‘viajes' a Ganímedes, el mayor de los satélites de Júpiter. Su misión consistiría en difundir las ‘revelaciones' recibidas, a través de la fundación de las ‘Misiones Rama', el mensaje de que ‘nuestro mundo se halla al borde de la destrucción". (José Gregorio González, Contacto inminente, Enigmas, 2008).
También de importancia vital para la Tierra fueron las informaciones recibidas de otros seres, esta vez procedentes del astro UMMO, conocido aquí como Wolf 424, a unos 14,6 años luz de la Tierra, según declaraciones del sacerdote sevillano Enrique López Guerrero. (Mirando a la lejanía del Universo, Plaza Janés, 1978). En los informes (‘revelaciones') ‘ummitas' se menciona a un dios de nombre Ummo, que parece guardar un estrecho paralelismo con el cristiano. Sin embargo, López Guerrero cree que detrás de estas ‘revelaciones' se encuentra el mismo Satanás. El fenómeno OVNI llegó a todas las latitudes del planeta, y todavía sigue convocando a miles de aficionados al misterio. En España, como en Hispanoamérica, la ufología se convirtió en ‘ciencia' embaucadora de los infinitos seguidores, ansiosos buscadores de la verdad del misterio, que tropezaron una y otra vez con el fraude y el engaño, en la tierra abonada por la credulidad. En todo caso, el fenómeno ha de estudiarse dentro de los mitos modernos de las revelaciones imaginadas por la mente humana.
El siglo XX, tan pródigo en revelaciones y creencias paranormales, cuenta en su haber con el más extenso y singular ‘mensaje divino' de todas las épocas. Se trata de un libro publicado en 1955 en los Estados Unidos de América con el nombre The Urantia Book, traducido al español como El libro de Urantia, destinado a ocupar un puesto destacado entre los ‘Libros sagrados' de la Humanidad. Incluso, haciendo uso de la tecnología moderna, tiene un portal en Internet, con el que sus seguidores expanden y comercian su doctrina. Su origen data de 1934 cuando tres personas de Chicago empezaron a recibir unos misteriosos ‘mensajes telepáticos', que dejaron estampados mediante la escritura automática. Estas páginas fueron encerradas en la caja fuerte de un Banco de Chicago, donde permanecieron 16 años hasta que un grupo de interesados en el tema crearon la Fundación Urantia, con la intención de dar a conocer por fin al mundo entero el sorprendente contenido de estas revelaciones, expuestas en 196 documentos y más de dos mil páginas. Ediciones Obelisco ha publicado una Síntesis del Libro de Urantia, que nos permite conocer con bastante detalle estos mensajes, sin necesidad de leer el libro completo. Puede decirse que estas nuevas doctrinas tienen una conexión bastante estrecha con la doctrina cristiana, ya que habla de la Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu infinito), de la creación del hombre y su destino, con la vida de Jesús (completándola con sus 30 años de ‘vida oculta'). Se aparta de la concepción cristiana en la afirmación de que existen muchos universos paralelos, y la relación con ellos del planeta Urantia (que, por supuesto, es la Tierra). La primera llegada a este planeta de los ‘seres celestes' se produjo hace 900 millones de años, procedentes del planeta ‘Satania' (el nombre lo dice todo), que pretendían explorar las posibilidades de instalar aquí una ‘estación experimental'. Estos ‘Portadores de Vida' disolvieron en las aguas oceánicas "el plasma vital", del que surgieron los primeros seres inteligentes, que fueron una especie de monos lemures, los primeros mamíferos protohumanos. No es posible sintetizar la enorme cantidad de datos que aportan estas revelaciones, pero debo resaltar que hay abundancia de espíritus deambulando por sus páginas: "mensajeros" y "ministrantes", "Rectores y "huestes seráficas", incluso rebeldes, al mando de Lucifer.
Los destinatarios de estos mensajes son individuos dotados de "facultades innatas para la percepción extrasensorial", que los reciben de la ‘ultrarrealidad'. Ignacio Darnaude precisa que "el patrimonio de documentos revelados es inmenso", después de haber elaborado la más completa bibliografía del tema (Las otras Biblias de nuestro tiempo. Grandes libros revelados en la modernidad). Baste dejar constancia de que el límite de lo natural sigue siendo rebasado por miles de nuevos ‘creyentes' en esos otros mundos ‘más allá' del planeta Tierra. Pero la misma ingente cantidad de revelaciones y sus diferentes puntos de vista y soluciones para la Humanidad proclama su falsedad, como las miles de religiones que se disputan el indefenso corazón (perdón, mente) del pobre homo sapiens sapiens, tan inseguro, influenciable y crédulo, al que el adjetivo sapiens le viene un poco ancho. No hay ‘revelación' que valga. Lo mismo que le ocurrirá a todos mis hermanos de la especie, por muy sabios que sean, moriré sin llegar a conocer el misterio de la vida.
FIN DE LA SEGUNDA PARTE
(Para completar este libro OJOS QUE VEN, CORAZÓN QUE NO QUIEBRA se publicará próximamente la Tercera Parte, que lleva por título La quimera de los dioses. Pero agradecería algún comentario de mis lectores, que me anime a seguir escribiendo. Lectores que viven no sólo en España, sino también en Francia, Alemania, Holanda y sobre todo en: Uruguay, Argentina, México, Venezuela, Puerto Rico y los Estados Unidos de América).
servido por Francisco
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2 Abril 2009
El mito de las revelaciones (4)
Para la criatura racional se plantea una primera dificultad, de carácter metafísico: ¿Cómo es posible la "comunicación" entre dos seres tan diferentes como el creador y su criatura? Para ello hay que admitir, con anterioridad, la existencia de un sujeto creador y de un acto creador, con lo que hemos entrado en un círculo vicioso, en un laberinto del que no podemos salir, porque la entrada y la salida conducen al mismo sitio. Creo en la existencia de Dios, porque me lo dice el mismo Dios, a través de su palabra ‘revelada'. Para unas mentes escasamente críticas puede ser ‘razonable' que exista un Ser Superior, creador omnipotente. Pero este juicio, por muy extendido que esté, no conduce a la fe religiosa, que implica la creencia firme en una serie de dogmas, que, como la propia revelación, se basan en la palabra de otras 'autoridades' proféticas, cuyas ‘palabras' se predican como ciertas por una supuesta ‘inspiración' divina, que nadie puede contrastar. Si, como creo, la existencia de un dios es meramente simbólica, difícilmente podrá comunicarse con el ser creado, ni por sí ni por intermediarios
La revelación no es más que un subterfugio para hacer prosélitos sumisos y fieles. No es pensable que un Dios, sabio y amante de sus criaturas, haya optado por comunicarse con ellas a trasvés de intermediarios, a menudo de tan escasa talla moral y de textos tan contradictorios, que bendicen la violencia al mismo tiempo que el amor al prójimo, la pobreza en medio del lujo de sus jerarcas, la sumisión al poder despótico tanto civil como eclesiástico. ¿No han sido las guerras de religión las que más sangre de humanos ha regado la tierra? ¿Cómo es posible que la Iglesia Católica nos proponga como modelos de santidad a dos antagónicos religiosos del siglo XIII, Francisco de Asís, amante de todas las criaturas, con el español Domingo de Guzmán, martillo de herejes, paladín de la sangrienta Inquisición? Del dios infinito tenemos derecho a esperar otro tipo de literatura, otros modelos de santidad y otra clase de intérpretes, más cercanos a la pureza ideal que predican.
Si ese supuesto Dios omnipotente y misericordioso pudiera ‘comunicarse', en forma de inspiración personal, como la simbólica musa inspira al poeta, ¿hubiera tardado tanto en fijar la doctrina de la salvación, que ni aún hoy conocemos en todos sus detalles, y que mañana puede variar? Realmente, si no fuese tan trágico, sería cosa de burlarse despiadadamente de tantos crédulos, incapaces de liberar a su propia razón de las ataduras de la fe impuesta. Por más que se empeñen los teólogos modernos, la doctrina cristiana no puede ignorar las contradicciones y vesanias que ensombrecen los textos bíblicos. La palabra de Dios, por muy ‘revelada' que sea, no puede incitar al error, al odio, a la venganza y al crimen, como ocurre en esa especie de ‘novela negra' que es la Biblia. Para un comentarista libre de prejuicios, no sería posible resumir aquí la serie de disparates que expone como verdades demostradas el profesor de Filosofía de la Religión en la Universidad de Santiago de Compostela, Andrés Torres Queiruga, en las breves páginas que dedica a la ‘Revelación' en la voluminosa obra colectiva que tiene por título Conceptos fundamentales del cristianismo (Trotta, 1993)
No hay religión que no predique una fe. Ni fe religiosa que no necesite de unas ‘verdades' supuestamente ‘reveladas' por un Dios ajeno al hombre y al mundo en que vive, repetidas y predicadas por unos ‘intermediarios' entre la humanidad y la divinidad. Para un creyente católico la oración del credo encierra en unas breves líneas el contenido fundamental y dogmático de su fe. Aprendida en la niñez, pocos se han parado a meditar sobre su origen y significado. Origen que en vano buscaré en los evangelios, puesto que no se redacta hasta el Concilio de Nicea (325 d.C.), sin que se generalice su enseñanza como dogma hasta la Baja Edad Media. La doctrina sobre la divinidad de Jesús de Nazareth contenida en el credo fue el resultado escrito de la victoria teológica sobre el arrianismo. Es decir, que la predicación de Pablo de Tarso no quedó formulada expresamente hasta el siglo IV, precisando la ortodoxia doctrinal del cristianismo, movimiento religioso que ha tenido que batallar férreamente desde sus orígenes con opiniones y creencias adversas para ir dibujando durante varios siglos la doctrina que hoy se considera ‘oficial' de Roma.
La teología dogmática posterior pretendió imponer a la razón humana el misterio de Dios, pero lo único que consiguió fue enemistar cada vez más a la razón con la fe. El citado credo quia absurdum ("creo porque es absurdo"), a pesar de su irracionalidad, llegó a presentarse como la verdad suprema, el único medio de vencer, muy cómodamente, cualquier clase de duda. El sacerdocio cristiano ha predicado, generación tras generación, con sumisión intelectual a la jerarquía, las conclusiones siempre cambiantes y acomodaticias, de los intérpretes más conspicuos de la palabra divina, sean la tradición apostólica, los conocidos como Padres de la Iglesia, definidas como verdades necesarias por los Concilios y los Papas. Para evitar cualquier desviación doctrinal, la Iglesia ha inventado la infalibilidad de la Biblia como "palabra de Dios" y del Sumo Pontífice, como Vicario de Cristo, que, por solo este título, ‘no puede engañarse ni engañarnos'.
Gonzalo Puente Ojea, en su última publicación (La andadura del saber, Siglo XXI, 2003) ha resumido admirablemente la trayectoria eclesiástica que va de la ‘inspiración' a la ‘inerrancia' bíblicas. Comienza por indicar que la autoría de la Sagrada Escritura pertenece, según la Iglesia, al mismísimo Dios que predica. En el siglo XI (Carta de León XI, que incluye el "Símbolo de la fe", año 1053) se afirma que el "Dios y Señor omnipotente es el único autor del Nuevo y del Antiguo Testamento". Profesión de fe que se reitera en 1208, en 1267 y en 1274 por diversos Papas, indicando a los historiadores las duras batallas teológicas libradas en el siglo XIII. Pero "la primera definición dogmática de que la Sagrada Escritura no contiene mentira o error" se encuentra en la Constitución papal Cum inter nonnullos de Juan XXII (1323) y después en la carta Superquibusdam de Clemente VI (1351), donde ya se dice expresamente que "el Nuevo y Antiguo Testamento, en todos los libros que nos ha transmitido la autoridad de la Iglesia Romana, contienen en todo la verdad indubitable" (la cursiva es de Puente Ojea). La Bula de Eugenio IV (1442) Cantate Domino insiste en que "por inspiración del mismo Espíritu Santo han hablado los santos de uno y otro Testamento".
Pero ha de llegar el Concilio de Trento (1546) para que la Iglesia de Roma declare que el Evangelio cristiano es la fuente de la verdad, y asuma la veneración de todos los libros, así del Antiguo como del Nuevo Testamento, comoquiera que un solo Dios es autor de ambos, mediante sucesivas ‘revelaciones', a lo que se suman las tradiciones apostólicas, "por continua sucesión conservada en la Iglesia Católica", declarando anatema a quien no recibiere como sagrados y canónicos los libros mismos íntegros con todas sus partes, y se contienen en la antigua edición de la Vulgata latina. Pasados los siglos, el Concilio Vaticano I (1870) aprobó la "Constitución dogmática sobre la fe católica", en la que se defendían los libros bíblicos no sólo porque "contengan la revelación sin error, sino porque, escritos por inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios por autor". Tesis repetida por otros Papas (1907, 1915, 1920, 1950) hasta llegar al Concilio Vaticano II (1965) en el que se insiste en la verdad de la Escritura: "los Libros Sagrados enseñan sólidamente y fielmente y sin errar la verdad que Dios hizo consignar en dichos libros para nuestra salvación".
Como señala el mismo autor, "La Iglesia es quien define sus fronteras. Pero, además, es también la Iglesia quien establece soberanamente su interpretación". Parapeteada en el misterio de la ‘revelación' y en la sucesión jerárquica apostólica, desde el mismo Pedro, la Iglesia Católica puede permitirse el lujo de ser juez y parte en toda posible discusión dogmática. Por lo visto, ni el propio Jesús de Nazareth, ni los apologetas de la religión después, tuvieron claro el contenido total del canon católico, ya que la Iglesia jerárquica ha ido añadiendo, en el correr de los siglos, nuevos dogmas y creencias al primitivo (siglo IV, al menos) depositum fidei. Así ha ocurrido, por ejemplo, con los dogmas referidos a la madre de Cristo, la Inmaculada Concepción y su Asunción a los cielos, o más recientemente, con la infalibilidad pontificia. (Continuará)
servido por Francisco
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1 Abril 2009
El mito de las revelaciones (3)
Como en toda posible discusión, lo que se hace necesario, en primer lugar, es el deslinde semántico de la palabra discutida. Las más urgentes son la palabra revelación y la palabra fe. ¿Cuántos significados distintos tiene la palabra fe? ¿Cuáles son los límites del contenido religioso de la fe? ¿Son sinónimos fe y creencia? Según la etimología, la fe se basa en la confianza (fides), como todos sus derivados: fidelidad, fiduciario, fideicomiso, fidedigno. Esto supone que la fe se presta a alguien, como indica el verbo fiar, fiarse (me fío de...porque le conozco y me merece confianza). Este acto de fe es libre y voluntario, en tanto que fe profana, sin salir del ámbito de las relaciones humanas. No sucede lo mismo con la fe religiosa, que depende de una ‘revelación' divina, a cuyo invisible autor no conocemos más que por la propia fe. Y si de la ortodoxia católica se trata, esta fe en la palabra revelada no depende de la razón, ni está fundada en la credibilidad de alguien ajeno a mí, a quien no conozco más que por esa misma palabra supuestamente revelada. Es un don gratuito que no depende de la voluntad humana, como queda dicho en los escritos joánicos: "nadie puede venir a mí si el Padre no lo trajere" (Jn, 6:44) y repiten teólogos modernos como Evangelista Vilanova, profesor en una Facultad de Teología de Cataluña (Cap. "Fe" en Conceptos fundamentales del cristianismo, Trotta, 1993) y filósofos de la talla de Gustavo Bueno, para quien, siguiendo la doctrina ortodoxa, "la fe es un don, que Dios concede a quien quiere" (Cuestiones quodlibetales sobre Dios y la Religión, Mondadori, 1989). Como sé por propia y dolorosa experiencia, la fe se puede perder, y es imposible recuperarla por más que lo decida la voluntad. ¿Quién puede asegurar que ‘cree' porque ‘quiere creer'? Es un error teológico, por tanto, afirmar que la fe es una virtud, si no tiene la condición de acto voluntario. Tener fe carece de mérito y de responsabilidad, ya que depende del Padre, del Hijo o del Espíritu Santo.
El verbo creer, que es el comúnmente usado para dar vida activa a la fe, tiene de hecho significaciones múltiples en español, que conviene deslindar para acercarnos con más acierto a la fe de tipo religioso. La creencia expresa el objeto del verbo, y queda modificada por el complemento preposicional. No es lo mismo creer a (acto de confianza en alguien), creer que (suposición) o creer en (algo impersonal). Para creer a "alguien" es preciso un cierto grado de confianza en la persona que habla. Sin este sentimiento previo, es muy difícil aceptar el contenido de la creencia. Puedo creer a mis padres, a mis amigos, a las personas que me hablan con autoridad. Pero si falla esta confianza, se pierde la fe en esa persona. Con la expresión "creo que" puedo significar una opinión ("creo que esta novela es muy buena"), un deseo ("creo que mañana lloverá"), una suposición ("creo que mi mujer me engaña"). Por el contrario, si afirmo que "creo en" algo estoy expresando una certeza moral ("creo en la bondad del ser humano"), física ("creo en la teoría de la relatividad"), psíquica o parapsíquica ("creo en los fantasmas"), religiosa ("creo en Dios").
La tres acepciones tienen sus derivaciones semánticas en la credulidad del sujeto, como componente de su singular temperamento y de su formación intelectual, y en la credibilidad que tal sujeto merece al conjunto de la sociedad. El crédulo es aquel que cree con excesiva facilidad, sin comprobación crítica. Por el contrario, el creyente es el que cree sin duda posible. Llamamos credo al conjunto de doctrinas, religiosas o profanas, que son aceptadas como ciertas por una colectividad y que se profesan por cada creyente, de forma individual. En el caso de la fe católica, el credo es el símbolo de esta fe, predicado y transmitido por la Iglesia de Roma. En cualquier caso, la creencia puede tener un contenido sagrado y otro profano. Al convivir en sociedad hemos de usar constantemente de la fe profana, porque de otro modo no sería posible la convivencia. Puedo creer a pies juntillas la confidencia de un amigo, el contenido de un libro, lo que me pronostican las cartas del tarot o la enseñanza de un profesor, pero lo haré aceptando como válida la palabra de quien me lo comunica, porque considero que merece mi confianza. Creo porque me fío de quien habla. En este sentido, la fe necesita de la confianza, como queda dicho. Por otra parte, decir "creo que me curaré de esta enfermedad", "creo que con mi conducta agradaré a mis padres", "creo que mañana saldrá el sol lo mismo que hoy" son aserciones de fe en un futuro, basadas en que se cumplirán las leyes naturales, éticas y psíquicas, alimentadas por la esperanza de su cumplimiento.
Pero esta fe, que llamo profana, no tiene relación alguna con la espiritualidad. Está fundamentada en la experiencia sensible, en el conocimiento científico, en el raciocinio lógico, en la deducción analógica, en la solidaridad o en el amor. No es esta la fe que aquí interesa, sino aquella que, cerrando los ojos a la realidad y a la propia razón, cree firmemente, con absoluta confianza y sin la más leve impresión de duda, en una verdad supuestamente ‘revelada' por un Ser Divino, infalible y todopoderoso. Por un imperativo ético, no se deben usar las dos acepciones indiscriminadamente. Quien trate de la fe religiosa no debe olvidar que está hablando de una fe ‘revelada', misteriosamente comunicada a los humanos, sin depender de un acto racional y libre. La ‘revelación' esclaviza a quien cree en ella.
La fe religiosa, según san Pablo, es "un medio de conocer las cosas que no se ven"( Heb. 11:1). En otras palabras, hay que desligarla de toda experiencia sensible. Por otra parte, desaparecerá, por innecesaria, al recibir el premio ultramundano de la visión beatífica (I Cor. 13:12). La fe religiosa, por tanto, lo mismo que la esperanza, son ‘virtudes gratuitas', que sólo se dan en la vida terrena, cuando el hombre somete su inteligencia y su voluntad a la creencia ciega en las promesas de un dios inventado, como Jahvéh para los judíos, Alá para los musulmanes o la Santísima Trinidad para los cristianos. Ninguno de ellos tiene existencia real, pero sus creyentes se cuentan por miles de millones en todo el mundo. Si la Biblia es el conjunto de libros sagrados, y por tanto verdaderos, para el judaismo y el cristianismo, el Corán constituye la revelación última y definitiva de Dios. Todo depende, pues, de una imagen cerebral, una ‘revelación' sin existencia real fuera del cerebro.
La fe en Cristo no necesita de milagros ni de más testimonios que la propia palabra de Cristo: "Bienaventurados los que no ven y creen" (Jn. 20:29). Con esta sola frase evangélica se destruye la intención del invocado Creador, que dota a los humanos de razón y de libre albedrío para después pedirle, como a Abraham, el sacrificio de esas dos propiedades que los distinguen de la simple animalidad. La fe en la palabra de un Ente desconocido, sin más testimonio que los escritos de las llamadas ‘Sagradas Escrituras' y de unos interesados comentaristas, cuya hermenéutica se basa, a su vez, en las enseñanzas de esas Escrituras, es, con toda evidencia, el suicidio de la razón humana y la negación de su libertad. Confianza, sumisión y obediencia, tanto a la divinidad como a sus intermediarios. Sobre estas premisas se han levantado gigantescos y frágiles edificios de espiritualidad a lo largo de la historia del hombre. ¿Cómo es posible tanta credulidad en unos textos ajenos a la razón, sin el menor viso de verosimilitud, que han seducido a millones de humanos? ¿No es suficiente como demostración de su falsedad la dispersión de la fe en cientos de sectas, todas diferentes y rivales entre sí?
La clave del arco, que sostiene todo el entramado teológico, está en la palabra revelación o manifestación de los misterios sagrados, es decir, comunicación de la divinidad creadora con la criatura mortal. Esa comunicación ha quedado registrada no hace mucho (la más antigua no llega a tener cuatro mil años) en los conocidos como "Libros sagrados", cuya primera expresión pudiera ser el Libro de los muertos del pueblo egipcio, pero con escasa influencia en la vida posterior del mundo occidental, que divide sus creencias religiosas en los tres monoteísmos rivales: el judío, con el Antiguo Testamento y la Torah; el islamita o musulmán, con el Corán; y el cristiano, basado en las enseñanzas del Antiguo y del Nuevo Testamento. En la historia de la evolución humana no hay un momento preciso que pueda señalarse como el de la ‘invención' de los dioses. La ‘actualización' de los sentimientos religiosos depende a su vez del crecimiento lentísimo del cerebro. Se calcula que los primeros individuos de la humanidad se fueron multiplicando hasta llegar a los ochenta y tantos millones en el año 6.000 a.C., y a los más de seis mil millones de la actualidad (Fiorenzo Facchini, El origen del hombre, Aguilar, 1990). . Es decir que la historia ‘computable' del homo sapiens equivale a la del homo religiosus, siempre a la zaga de la evolución cerebral.
Además, como expone Gonzalo Puente Ojea (Elogio del ateísmo. Los espejos de una ilusión, Siglo XXI, 1995)), la revelación, "cuya definición es imposible tanto conceptual como históricamente, permite modificar, corregir o ampliar el conjunto de enunciados que constituyen su objeto, en función de circunstancias contingentes y cambiantes". Así se llega a la idea absurda de la ‘revelación abierta', admitiendo una fe que puede evolucionar, dejando inerme al pobre creyente, cuyas más firmes creencias religiosas puede ver modificadas de la noche a la mañana. Si hoy la fe me advierte de la existencia de verdades irrefutables, mañana la ortodoxia teológica puede decirme algo distinto, dejando mi fe al albur de la cambiante circunstancia. A menos que alguien asuma que su fe es sencillamente seguir la senda marcada por el pastor, es decir, confundir la fe con la obediencia ciega, porque sólo el pastor conoce el camino del aprisco. Contra los interesados en el ‘entendimiento' entre la fe y la razón, en especial algunos científicos católicos, no hay componendas posibles. La razón nunca podrá admitir como cierto el ‘absurdo', mientras que la fe se basa en él, como dice la sentencia eclesiástica: credo quia absurdum ( "creo porque es absurdo"). ¿Hay mayor desvarío intelectual? (Continuará)
servido por Francisco
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31 Marzo 2009
El mito de las revelaciones (2)
Este sentimiento, tan humano y profundo, de la ‘revelación' o ‘intuición' de lo ‘sagrado' en los individuos lo explica muy bien el citado profesor de la universidad de Bolonia Fiorenzo Facchini, antropólogo de reconocido prestigio: "Desde el momento en que tuvo conciencia de sí mismo, el hombre no pudo dejar de percibir su diferencia en relación a los seres de su entorno, ni dejar de asombrarse por la bóveda celeste, los astros, el poder de la naturaleza...Y más allá del asombro, la percepción de algo que sobrepasa al hombre y lo trasciende, frente a lo que se siente impotente o cuya naturaleza ignora. Estas fueron las experiencias que engendraron el sentimiento de lo sagrado". Sentimiento que, debido a la ignorancia primitiva, indefectiblemente tuvo que venir acompañado del terror a lo desconocido, de la angustiosa dependencia de ‘algo' inexplicable, fuese natural o sobrenatural, causa de la aparición y destrucción última de todo lo viviente. Sentimiento de la mente individual, pero en el mismo grado de la colectiva, en cuyo caso, "lo que digamos de la religión debe ser cierto para los distintos miembros de la familia", como precisa Walter Kaufmann (Crítica de la Religión y la Filosofía, FCE, 1983, p. 107). El sentimiento de la religión, que comienza siendo personal, se alimenta necesariamente de la cultura ambiental, que propicia la creación de los mitos y de los ritos colectivos.
Pero no deja de ser un sentimiento, una intuición, sin más fundamento que la imaginación, la poderosa imaginación del hombre, ‘creadora' del mundo sobrenatural. El origen del homo sapiens y el del sentimiento religioso deben tener, más o menos, la misma edad evolutiva, ya que, según los estudiosos, la creencia en espíritus separados del cuerpo es una propiedad inherente a la misma mente humana. Para el antropólogo Juan Luis Arsuaga, investigador de Atapuerca, como para tantos otros investigadores no creyentes en el ‘fideísmo', nuestra mente tiene esa función imaginativa, que nos separa y distingue de otras especies. Pero el edificio de la religión no puede construirse sin la amalgama de la fe, que no necesita para nada de la razón. Sí de la imaginación, que da carta de naturaleza a una supuesta ‘revelación', arropada y defendida por el ‘criterio de autoridad' de los intérpretes de la también supuesta divinidad. El soporte es, pues, bastante frágil, ya que puede hundirse tras cualquier sacudida de los argumentos científicos, cada día más numerosos, fundados en la razón y en la experimentación, que van poniendo cerco a tanta ‘revelación imaginada'.
Gustavo Bueno en El animal divino (Pentalfa, 1985) propone definir la religión como "religación de los hombres con los númenes", entendiendo por numen "un centro de voluntad e inteligencia" que puede estar incardinado en humanos (chamanes, héroes, profetas, santos, etc.) o en animales totémicos. La conclusión de Bueno es que "los hombres hicieron a los dioses a imagen y semejanza de los animales". Así, la religión dejaría de ser de origen social, como quiere Émile Durkheim en Las formas elementales de la vida religosa, para convertirse en una "categoría ontológico-antropológica, en una relación real entre los hombres reales y los númenes reales". Acude al envite Gonzalo Puente Ojea, afirmando con rotundidad que "la religión es invención, ilusión, y no realidad de númenes inexistentes" (Ateísmo y religiosidad, Siglo XXI, 1997). Siendo el animismo la mayor de las ilusiones, "la hipótesis animista no menoscaba en absoluto la realidad de las religiones como hechos históricos, como productos antropológicos". Lo que el autor niega no es la ‘realidad' sino la ‘veracidad' de las religiones. "Sueños y visiones -sigue diciendo- son los dos motores principales del animismo original, activados por la experiencia de la muerte...Esta idea seminal del alma, imprecisa, es una invención del ser humano, que germina por el temor, en el deseo de supervivencia". Para entender con más precisión el origen del sentimiento religioso hay que recordar, con Puente Ojea, que "la ilusión animista es un fenómeno previo respecto de la ilusión religiosa". Primero es el ‘alma', el espíritu que lo anima y después la necesidad de conseguir por cualquier medio la supervivencia personal. Porque lo que no deja lugar a dudas es que el sentimiento religioso es íntimo y muy personal: lo que busco es ‘mi' felicidad, ‘mi' salvación eterna, ‘mi' supervivencia en otro mundo mejor que éste. El sentimiento religioso se hace colectivo cuando el clan sistematiza los mitos, organiza los ritos y propone el culto a los familiares fallecidos. Así como el fetichismo es individual, el totemismo es un fenómeno corporativo, que encuentra en el ‘totem' el espíritu familiar que identifica y protege al clan, con poderes tan mágicos como los del fetiche. Algo que todavía no es religión, porque no ha sido algo ‘revelado'.
Si la soledad, la menesterosidad y el ansia de inmortalidad del hombre son estímulos que favorecen el nacimiento de la espiritualidad, la necesidad de un orden social y de una autoridad respetada por todos está en el origen de la religiosidad colectiva, sometida al poder de los ‘espíritus' inventados. Hay que saber distinguir, por tanto, la ilusión que da origen a las ‘almas' y la que inventa a los ‘dioses' (no importa que sean femeninos ni múltiples). Esta reflexión, laica y racional, da un vuelco total a la doctrina recibida. Ya no es un dios quien ‘crea' al hombre ‘a su imagen y semejanza', sino que es el hombre quien ‘crea' al dios creador para dar con una explicación satisfactoria al misterio de la vida. Y para ello va creando un mundo nuevo de imágenes alucinatorias, cubriendo la realidad que le rodea con el velo de la mitología, que no es única ni uniforme para todas las agrupaciones religiosas. Las hay, incluso, que carecen de dioses, como el budismo o el jainismo. Pero en todas hay un elemento común, que forma parte constitutiva de la condición humana: el deseo de felicidad y supervivencia, que parece garantizado por las ‘revelaciones sagradas'. La religión, todas las religiones, serían el medio más apto para alcanzar esta necesidad vital del cerebro evolucionado. Porque, como afirma Durkheim: "No hay religiones que sean falsas. Todas son verdaderas a su manera, todas responden, aunque de formas diferentes, a ciertas condiciones dadas de la existencia humana". Lo mismo exponen los dos antropólogos más celebrados en el tema de las religiones comparadas: Brian Morris (Introducción al estudio antropológico de la religión, Paidós, 1995) y E.E. Evans-Pritchard (Teorías de la religión primitiva, Siglo XXI, 1991).
Ni la filosofía, ni por supuesto la teología, meramente especulativas, podrán ya dar una razón válida de lo que es y puede llegar a ser la vida del hombre sobre la Tierra. Hay que denunciar también la irrelevancia y en muchas ocasiones el fraude de la historia humana escrita en los ‘Libros sagrados'. Esta historia está grabada solamente en los códigos profundos de nuestro cerebro, todavía ignorados, pero cuyos secretos nos irán desvelando las futuras investigaciones biológicas y psicológicas. Será la Ciencia, sin duda, la que proporcionará las respuestas adecuadas a las angustiosas preguntas del ser humano, que las religiones no han podido ofrecer más que por medio de irracionales ‘revelaciones'. La única verdad evidente a mis ojos es la de mi finitud y mi muerte.
La fe religiosa en un dios me puede ayudar a sobrellevar mi angustia hasta ese momento, pero sin olvidar que su existencia y sus atributos son mera imaginación. Seré mucho más feliz si acepto mi destino, sin falsas esperanzas de supervivencia. Buscar y llegar a la verdad a través de la reflexión científica es el único camino cierto de felicidad para el ser humano que, sin sometimiento religioso, acepta las conclusiones de la Ciencia como la gran meta alcanzada por la razón, madre de la conciencia crítica y libre. ¿Qué códigos hay en lo más profundo de nuestro cerebro que nos empujan, no sólo a seguir vivos, sino a querer trascender nuestra propia historia biológica? Las respuestas no pueden ser más nítidas: En la Neurociencia actual no parece haber duda alguna de que ‘todo' lo que es el mundo que nos rodea y en el que vivimos, lo que nos incluye a nosotros mismos, es filtrado y en muy buena medida ‘creado' por nuestro propio cerebro...Y con ello se llega a la conclusión de que no hay verdades ‘reveladas' que no hayan pasado ‘por' y se hayan elaborado ‘en' el cerebro del hombre. La revelación también es un mito. (Continuará).
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30 Marzo 2009
VII
El mito de las revelaciones (1)
Inventar un espíritu creador, por muy excelso que sea, no es suficiente para calmar la angustia primordial del ser humano. Angustia que no desaparece hasta que comprende su error, la falsa idea de que hay algo más tras la vida terrestre. Así lo proclamaban los romanos cuando cantaban públicamente en el teatro: Post mortem nihil est; ipsaque mors nihil ("Nada hay tras la muerte, la misma muerte no es nada"), frase repetida por Séneca y recogida por Voltaire en sus Cartas filosóficas. Para quien sueña con otra vida, esta vez sin sufrimiento ni final, es comprensible que la angustia de perder tanto bien domine su vida terrena. De ahí el ‘invento' de los dioses y la necesidad de su ‘religación' con ellos. El planeta Tierra es, en frase de Cicerón en su Deorum natura, "como una casa común de dioses y hombres". Por supuesto, en distintos niveles, como en las películas sobre la burguesía inglesa, unos ‘arriba' y otros ‘abajo'. Unos mandan y otros obedecen. Quienes habitan el piso ‘sobrenatural' ordenan la vida de los habitantes del piso inferior, ‘natural' y propio de los sirvientes. Los dioses sólo pueden, según su naturaleza, ‘dar órdenes' a sus criaturas, y éstas no tienen más remedio que mostrar la sumisión de los súbditos, venerar y ‘suplicar' para no ser expulsados del paraíso.
Porque un Ser Supremo, si es ‘creador', ha de atender después al ‘mantenimiento' de su creación. Como en cualquier obra humana, es preciso controlar el paulatino desgaste de la obra y fortalecer los cimientos de la fe en el constructor, para que no se marchite la esperanza de una larga vida. El ‘alma' humana (es decir, la ‘psique') necesita la curación y el apoyo de la divinidad en sus momentos de dolor y decaimiento. Esta es la motivación de toda súplica al Todopoderoso, el sentido de la oración en cuanto invocación a la misericordia de ese Dios ‘inventado', como el mejor remedio para recobrar la salud perdida. "La oración es la medicina más barata", dice Burt Lancaster en la película de Richard Brooks El fuego y la palabra (1960). Esto ya supone una ‘relación' entre creador y criatura. Un indicio de que es posible ‘hablar con la divinidad', en la seguridad de que escucha y atiende las súplicas. La idea fue recogida por el doctor Larry Dossey al escribir su tratado en el que confirma que La oración es una buena medicina (Obelisco, 2005) o la escritora Rosemary E. Guiley en El poder de la oración (Martínez Roca, 1996). La oración es una enseñanza básica en cualquier religión, ya que propicia el ‘intercambio' entre ambos mundos, el natural y el sobrenatural, que todas predican. Incluso el espiritismo tiene sus fórmulas de Oraciones espiritistas (Obelisco, 1993).
Aunque es absurdo pedir a Dios que modifique su creación a favor de nuestros mezquinos intereses, ni las Iglesias ni los fieles renuncian a este asidero de esperanza, por muy engañoso que sea. La oración puede ser individual o colectiva, pero siempre se trata de un intento de traspasar el límite entre lo natural y lo sobrenatural. A veces no es necesario siquiera creer en un dios personal, como nos demuestra el budismo, para el que la oración es algo esencial. La psicología habla de ‘autosugestión', con efecto tranquilizante. Según la ciencia, el registro de las ondas cerebrales durante el acto de orar o meditar indica que hay disminución del lactato en la sangre y aumento de la resistencia eléctrica en la piel, lo que demuestra el poder ansiolítico de la oración profunda. Sea respondida o no, se sabe que es beneficiosa para la salud. Si en la oración pensamos -hay quien está muy seguro de que es así- que Dios nos escucha, en la meditación, por el contrario, es Dios quien nos habla. Según Jesús de Nazareth, la fe "mueve montañas", es capaz de conseguir lo imposible. El creyente lo cree sin dudar y en esa su íntima relación con su Dios encuentra la felicidad. Bendito sea el ‘consolador', aunque no exista más que en su imaginación.
Aunque existen oraciones pre-fabricadas, la auténtica oración-religación es la que sale espontáneamente del corazón (perdón, de la mente) con humildad y sencillez. Su efecto es la unión ‘mística' con la divinidad, algo que sólo comprenden quienes llegan a ella. Para el doctor Mora "Dios no se entiende, se siente" (El cerebro sintiente, Ariel, 2000). Es un sentimiento, gratificante y liberador, de intenso éxtasis en momentos-cumbre, aunque también puede producir una desesperación profunda, como señala el autor, quien apunta al lóbulo temporal del cerebro como asociado a las experiencias religiosas. "A los neurocientíficos, añade, no nos gusta mucho hablar de religión...Pero resulta cada vez más difícil ante la nueva perspectiva de la concepción del hombre en un marco de conocimiento mucho más amplio que en épocas anteriores". La neuroteología, que trata de la localización de las áreas cerebrales relacionadas con la fe, es investigada principalmente por el neurólogo americano Andrew Newberg, mediante tomografías o fotografías del cerebro en estado de meditación. Hay estudiosos que defienden la tesis de que las experiencias religiosas son producidas por señales eléctricas en los lóbulos temporales, que pueden ser provocadas por situaciones de ansiedad, crisis dolorosas o falta de oxígeno o glucosa en sangre. Sus efectos son muy parecidos a los ataques epilépticos, como los sufridos por Pablo de Tarso o Teresa de Jesús (Ciencia-Mente, Obra colectiva, Olañeta, 1998). No salimos del ámbito imaginativo.
La Ciencia viene en nuestra ayuda, para decirnos con toda solemnidad que "el mundo es pura ilusión". Es una frase dicha por la neurocientífica gallega, Susana Martínez-Conde, del Instituto Neurológico Barrow, de Phoenix (Arizona. EE.UU.) experta en las percepciones visuales, que es el objeto principal de sus investigaciones, para completar su afirmación con esta otra, fruto de muchos años de trabajo: "No hay nunca una percepción que sea una réplica exacta de la realidad. El cerebro no intenta reconstruir la realidad tal y como es, sino que construye nuestra experiencia subjetiva, y la correspondencia nunca es total". Es decir, todo lo que hay es mi cerebro es ‘sólo mío' y puede no reflejar exactamente lo que hay fuera de mí. Bien lo saben los magos, que "utilizan ilusiones ópticas y visuales en sus espectáculos, apoyándose en las ilusiones cognitivas que ocurren en nuestros circuitos neuronales. Los trucos de magia buscan generalmente romper la relación normal causa-efecto". La investigadora española reconoce con humildad que "calculamos que hay dos docenas de áreas del cerebro que se dedican al procesamiento visual, y apenas sabemos cómo funcionan las tres primeras". Sus experimentos analizan las posiciones de los ojos mil veces por segundo, para apreciar las conexiones entre las percepciones visuales y las ilusiones. De nuevo, el subconsciente nos juega malas pasadas, porque la vista puede ir por un lado y por otro nuestros pensamientos subliminales, de los que no nos damos cuenta. ¿No son las revelaciones meras ilusiones?
Con nuestra mente podemos construir universos de ficción, mundos imaginarios y casi siempre simbólicos, de cuya existencia real no se duda. Como en el sueño fisiológico, esas imágenes no se generan a voluntad sino caprichosamente o por motivaciones extrañas al sujeto. Pero son intensas y capaces de originar deducciones fantasiosas de la mente, que no sabe distinguir entre imágenes oníricas y realidad, en ambos casos seres reales, aunque separados del cuerpo. Seres que conforman un ‘mundo simbólico', tan vivo y real para el sujeto como el material que le rodea, capaces de hablar y de comunicarse. Los sentidos no intervienen en el proceso, pero pueden ‘imaginar' que oyen voces, que traban conversación y que reciben mensajes de esos seres imaginados. Es el fundamento psicológico de las revelaciones. Parece claro que la creencia ‘animista' favorece esta contemplación de un mundo sobrenatural, en el que todo es posible. Creencias que se originan en la persona por deducción propia, o inducida, pero las consecuencias pronto dejan de ser individuales para transformarse en colectivas. Es muy posible que sin la ‘sociedad', por muy tribal que fuera, no se habría sistematizado el sentimiento religioso. (Continuará).
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29 Marzo 2009
El mito de la divinidad (5)
Desde luego, no resulta posible demostrar la existencia de ningún dios a través de la lógica, como quiso hacer en el siglo XIII Tomás de Aquino con sus ‘cinco vías'. El filósofo que más se acerca a la definición de la divinidad es el judío Baruc Spinoza, en el siglo XVII, que niega la trascendencia, tomando siempre como base al raciocinio, lo cual le valió el marbete de "el marrano de la razón". El ‘inmanentismo' de Spinoza es una doctrina que sostiene el primado de la experiencia interna religiosa sobre el conocimiento discursivo de Dios. "Sólo puede existir, desde un punto de vista lógico, una única sustancia, que es independiente, inmutable, infinita, causa de sí misma, y que existe de modo necesario y eterno. Dios es causa inmanente, pero no transitiva, de todas las cosas. Fuera de Dios no puede haber ninguna sustancia. Todo lo que es cierto de una esencia es cierto para siempre. El universo, en su conjunto, se convierte en manifestación de una única realidad, Dios: Deus sive Natura (Dios o Naturaleza). Sólo puede haber una sustancia porque ninguna sustancia puede producir otra sustancia. Fuera de Dios nada puede ser ni concebirse, luego el mundo es tan eterno como Dios". Estas y otras sentencias de Spinoza en su Ética se ajustan a una estricta filosofía de la religión, muy alejada de la psicología que lo reduce a un simbolismo de algo ‘presente' para la psique, pero inexistente en la realidad. Panteísmo frente a monoteísmo.
Sin embargo, la fe en alguna divinidad no significa, en absoluto, la descalificación del creyente. La fe tiene un denominador común, pero muy variadas manifestaciones. No es lo mismo la fe del fanático que la del sabio liberal. Condenar en bloque a todos los creyentes sería traicionar a héroes admirables, artistas o pensadores geniales y seres humanos conmovedores. Un filósofo ateo confiesa: "Tengo demasiada admiración por Pascal, Leibniz, Bach o Tolstoi -sin hablar de Gandhi, Etty Hillesum o Martin Lutero King- como para poder despreciar la fe a que apelaban...Y demasiado afecto por varios creyentes, entre mis allegados, como para pretender herirlos de ninguna manera" (André Comte-Sponville, El alma del ateísmo. Introducción a una espiritualidad sin Dios, Paidós, 2006). Admirable postura que comparto, habiendo sido testigo de innumerables obras de caridad y abnegación de personas muy cercanas, a las que amo y en las que confío. El ateísmo no es incompatible ni con la religiosidad ni con la política. El ateo, si no es indiferente, sigue siendo una persona social, transigente y comprensiva, que no busca ni la confrontación ni el proselitismo. Sólo la libertad de conciencia.
A vueltas con la divinidad, el mundo científico actual está dividido porque algunos se resisten a subordinar sus creencias a su razón. La cuestión numérica, que se aduce para inclinar la balanza a uno ú otro lado, no es importante. Desde que Friedrich Nietzsche dejara escrito -aunque sacado de contexto- aquello de que "Dios ha muerto", muchos hombres de ciencia sostienen una dura lucha interior, que se traduce en ataques de simple nerviosismo o de pánico incontrolado. Dígase lo que se quiera, al cerebro le cuesta muy mucho doblegarse ante la evidencia experimental, que hace innecesaria la existencia de ninguna clase de divinidad. Según el físico mundialmente famoso por su esclerosis lateral amiotrófica, "la evidencia científica sugiere que jamás existió un momento específico en que el mundo se creó; por tanto, no hay motivo para admitir la existencia de un Creador. El universo no parece tener ni fronteras, ni límites, ni principio, ni fin, siempre ha sido autosuficiente". Sus últimas investigaciones le han llevado a concluir que el Big-Bang, el propio universo y el tiempo físico están inmersos en una ‘quinta dimensión' diferente a las tres dimensiones del espacio, más la cuarta del tiempo. (Stephen Hawking, Brevísima historia del tiempo, Crítica, 2005).
Superando la teoría de la relatividad, Hawking llega a postular que "el espacio-tiempo real es tan solo obra de nuestra imaginación" y que el universo no tiene fronteras, ni está afectado por nada fuera del mismo. "No sería ni creado ni destruido. Simplemente sería. ¿Qué lugar habría entonces para un Creador?" (La teoría del todo. El origen y el destino del universo. Debate, 2007). En la parte opuesta, un científico como Leon Lederman, Premio Nobel de Física, sentencia: "Sólo Dios sabe lo que pasó en el principio de los tiempos". Descalifica, así, la especulación científica, quizás por no entenderla, como casi todos nosotros. Pero hay que admitir que esas especulaciones no son gratuitas, sino que están fundamentadas en múltiples deducciones matemáticas y procesos experimentales. No cabe ya más que emplear cada uno su propio juicio crítico, inclinándose por la teoría que le parezca más acertada, rechazando prejuicios y haciendo valer sólo su raciocinio, ese maravilloso instrumento que dignifica al homo sapiens sapiens.
Para el positivismo, con su aversión a la metafísica, la ciencia experimental es la única fuente verdadera del conocimiento. Precisamente porque la religión nace de la emoción del miedo, sentimiento involuntario de angustia y dependencia ante el futuro incierto, para proporcionar al individuo alguna esperanza en su ansiosa búsqueda de felicidad duradera. La ciencia, por el contrario, se basa en la razón deductiva, sin hacer caso de las emociones, busca la verdad por el camino de la experimentación, paso a paso, al margen de revelaciones, mitos y supersticiones. Ni la metafísica ni la teología son capaces de dar una respuesta científica a la pregunta básica: por qué hay algo en lugar de no haber nada. En cambio, el espectacular avance de la ciencia nos va revelando que resulta innecesario acudir a ningún Dios para justificar el origen de la materia, según la teoría del Universo Inflacionario, que propugna un universo sin principio ni fin.
Divididos, como todos los humanos, los científicos buscan la verdad de la naturaleza y de la vida, pero dudan en lo más íntimo de su conciencia, creyendo algunos que esas dudas pueden alimentar una fe inquebrantable. Pero la duda es incansable y ha de estar acompañada inevitablemente por el sufrimiento psíquico. Aunque este dolor del espíritu es lo más noblemente digno que puede soportar cualquier ser humano. Para superarlo, no basta con seguir el consejo de Octavio Fullat: "Nada puede contarse de Dios, ni siquiera que existe. Lo postulamos y nada más" (El pasmo de ser hombre, Ariel, 1995). Porque, en lógica, postulado es una proposición que se admite como verdadera sin pruebas, como fundamento necesario de ulteriores razonamientos. La fe religiosa no puede pasar de esta condición de ‘postulado' imaginario, pero la Verdad exige una base algo más sólida, es decir, razonada, científica, sin someterse a dogmáticas ‘revelaciones' de profetas iluminados. (Continuará)
servido por Francisco
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28 Marzo 2009
El mito de la divinidad (4)
El concepto de ‘utilidad social' tiene poco o nada que ver con la teología, cuya doctrina se fundamenta en la fe religiosa , es decir, en el asentimiento firme, sin mezcla de duda alguna, en la existencia real y personal , no inventada, de un Ser supremo, cuyo atributo más esencial es la Omnipotencia, al que los pobres mortales debemos amor, obediencia y temeroso respeto, según la doctrina católica. Sea debida a la tradición, al sentimiento o a la fe, la creencia en ese Dios personalizado que actúa sobre el universo, no puede ser demostrada por la razón humana, pese a los teólogos que así lo vienen afirmando desde Tomás de Aquino. La razón, como tantos otros filósofos han repetido hasta la saciedad, no puede admitir que el mal y el sufrimiento, inseparables de la historia de la humanidad, puedan ser obra de ese mismo Dios, entre cuyos atributos teológicos se cuentan la Bondad y la Justicia infinitas. Incluso un matemático puede, con relativa facilidad, demostrar la inconsistencia de las "pruebas" escolásticas de la existencia divina. (John Allen Paulos, Elogio de la irreligión. Un matemático explica por qué los argumentos a favor de la existencia de Dios, sencillamente, no se sostienen, Tusquets, 2009). Ni la Filosofía ni la Teología encontrarán la salida del laberinto. Me parece que sólo la Psicología podría acercarse algo al origen simbólico de la Divinidad, buceando en el pozo aún mal explorado de la conciencia del hombre, donde nace y vive la fe, esa engañosa ilusión que alimenta el mito de Dios, ese Dios absolutamente necesario de Voltaire.
La idea de una divinidad necesaria nació en la mente del primer homínido que intentó explicarse la existencia de sí mismo y de cuanto le rodeaba. Nuestro primer ancestro -sea quien fuere- pasa, pues, del asombro ante lo incomprensible a creador de sus propias imágenes. A una de ellas, derivada de su propia ‘alma', la llama Dios. Deberíamos abandonar, por consiguiente, la definición del hombre como "animal racional" para aceptar la de "animal creador", propuesta por R. Frondizi (Introducción a los problemas fundamentales del hombre, FCE, 1977), mucho más precisa, que incluye la posibilidad del razonamiento, pero que pone el énfasis en la capacidad creadora del hombre, origen de todos los mitos y símbolos que han jalonado su historia y su cultura.
La Psicología nos pone sobre la pista de una creencia religiosa que no es algo distinto de un anhelo común de hallar refugio sobrenatural ante certezas inevitables como el dolor y la muerte, sucesos cotidianos para los que el hombre nunca ha logrado encontrar una explicación racional. El hombre primitivo, que no tiene más referencia experimental que su propio yo, proyecta su conciencia en la imagen de un ser divino al que aplica todos sus atributos -porque no conoce otros- en grado superlativo, suponiendo que al no ser aprehendido por la experiencia sensible, vive en un ‘plano sobrenatural', el mismo en el que supone debe existir la parte pensante y sentimental de su propio ser corporal, a la que llama alma o espíritu, que, además de ser la más noble, imaginaba ser la única accesible a la divinidad incorpórea. Nace, así, la creencia animista, que da razón de la vida como dualidad ontológica (hombre-espíritu, natural-sobrenatural) y que es el primer paso, necesario, para la "creación" de Dios.
Pero ese paso no podría haberse dado si no fuera por la misma condición del primate ‘humanizado', lanzado a la satisfacción de sus deseos, lo mismo que cualquier otro primate, pero en este caso un intenso y novedoso deseo sublimado, como dice Schopenhauer, por las "necesidades metafísicas" de su complejo cerebro. Ahora ya el homínido tiene un gran deseo de saber, de resolver el enigma de la existencia, para cuya satisfacción ‘inventa' la práctica de la magia, las creencias en lo sobrenatural, el culto a los antepasados, el animismo...y la religión, como se conocía ya en 1845 leyendo a Ludwig Feuerbach (La esencia de la religión). El deseo ‘metafísico' es el origen, la esencia misma de la religión. Quien no tiene ningún deseo de conocer la verdad tampoco tiene necesidad de ningún dios. Es feliz en su ignorancia. Pero esta sensación, que podía ser perdonable en siglos anteriores, no lo es hoy, ya que la ciencia nos abre los ojos a la verdad, aunque se ‘quiebre' el corazón. "Frente a la servidumbre emocional que impone la fe, el pensamiento científico ofrece una liberación revolucionaria", acertada frase que tomo del psicólogo José luis González de Rivera. Porque "la ciencia demuestra la vocación del hombre por ser dueño de sí mismo, aun a costa de perder la felicidad de la ignorancia".
Son múltiples las ideas que se han ido fraguando a lo largo de las generaciones sobre el origen del hombre, casi todas carentes de lógica. Hay quien ha propuesto que la creación humana fue obra de un monstruo (sumerios, coreanos); a partir de un huevo inicial (chinos, japoneses, persas); a partir de las aguas (birmanos, sumerios, islandeses); por orden de un dios (egipcios, griegos, hebreos, mayas); por nadie, ya que el mundo es inmutable por toda la eternidad, y por tanto, no ha existido la creación (indios, jainitas). Pero ya sabemos que los mitos tienen poco que ver con la realidad y menos con la ciencia. Una mente racional sabrá distinguirlos y darles el valor que tienen, siempre simbólico, en una escala axiológica de valoraciones. A mí, particularmente, me encantan los mitos porque veo en ellos reflejada mi condición humana. Pero sabiendo dónde están los límites de la realidad, sea material o psicológica. El ‘ojo de Horus', por ejemplo, presidía todas las acciones de los antiguos egipcios, y el poder de Zeus era indiscutido para los griegos, pero eran sólo símbolos de la omnipresencia y de la omnipotencia del dios imaginado. ¿Creían de verdad los sumerios en la inmortalidad de los seres que dibujaban en sus tablillas de arcilla hace catorce mil años? "Los humanos no tienen rival a la hora de imaginar", leemos en El viaje al amor (Destino, 2007) de Eduardo Punset, quien concluye que la imaginación, es un "poder fascinante y desconocido".
Para el esoterismo hebreo tiene gran importancia todo lo relacionado con las letras y las palabras, en tanto que ‘causantes de la realidad'. La meditación sobre el ‘Nombre de Yahvéh' (el Innombrable) constituye uno de los pilares de la iniciática cabalística. Lo mismo cabe decir del mundo islámico, para el que basta el nombre de Alá para ‘realizar' la transformación mística en el corazón del hombre, según la doctrina sufista expuesta por el murciano del siglo XII Ibn Al'Arabí en El secreto de los nombres de Dios (Editora Regional de Murcia, 1997). La vía mística -es decir, psicológica- parece ser la única que puede expresar algo de lo que se puede entender por ‘divinidad'. En nuestros días, el filósofo español Xavier Zubiri es contrario a la demostración de la existencia de Dios por las ‘vías' del Aquinatense, que, en definitiva, está empapado de la metafísica de Aristóteles, que "ni es de sentido común, ni un dato de la experiencia". Hay que emprender una vía distinta, dice Zubiri, para llegar al conocimiento de Dios, que es el ‘fundamento' de lo real: "Lo que todos entendemos por Dios no es una esencia metafísica, sino una realidad última, fuente de todas las posibilidades que el hombre tiene...El hombre está fundamentado en la divinidad, metafísicamente inmerso en ella" (El hombre y Dios, Alianza, 1984). A lo que responde el también filósofo Gustavo Bueno, que ve en la tesis de Zubiri más religión que filosofía: "Su teoría, próxima al panteísmo, lleva al absurdo de que el ateo no es otra cosa que un hombre ‘desfundamentado'. (Cuestiones cuodlibetales sobre Dios y la Religión, Mondadori, 1989). El ateísmo está fundamentado en la razón. (Continuará).
servido por Francisco
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27 Marzo 2009
El mito de la divinidad (3)
En el idioma español, como en los demás idiomas europeos, la palabra Dios es consustancial a las costumbres sociales, ya que toda la historia de Occidente se ha fraguado, desde el Imperio Romano, en el proyecto ideológico judeo-cristiano. Incluso jurar, pese a estar prohibido, todo acto humano se hace en nombre de Dios, desde el saludo a la despedida, desde la imprecación a la injuria, desde la bendición a la maldición, desde el bautismo a la sepultura. En el riquísimo refranero español, según el Diccionario de refranes publicado por la Real Academia Española (1975), hay cerca de cien refranes alusivos a Dios, en los que el hispano-hablante se somete a la voluntad divina, reconociendo su poder sobre la vida. Es Dios quien ayuda, oye, castiga, juzga, concede beneficios, obra milagros a quien los pide con fe. (Baste citar los más conocidos: "A quien madruga, Dios le ayuda", "El hombre propone y Dios dispo- ne", "A la mujer casta, Dios le basta", "Dios aprieta, pero no ahoga"). ¿Somos conscientes de que apelamos a un ‘fantasma inventado'?
Pero este concepto sociológico de Dios no ha sido siempre el mismo. Ha evolucionado, como es lógico, al mismo ritmo que lo han hecho las distintas y sucesivas civilizaciones que lo han acuñado en los cincuenta y tantos siglos de historia. La ‘invención' del concepto de Dios, que comienza con un homínido temeroso y asombrado, ha continuado en una incesante labor ‘creativa' de un ser humano en creciente progreso intelectual. El Dios bíblico apenas tiene tres mil años de vida, aunque se puedan rastrear sus orígenes en civilizaciones anteriores, porque no hay una divinidad que no haya tomado algo de las precedentes. El atributo más antiguo y el que se ha mantenido con más fuerza a lo largo de la historia humana es el de Dios ‘creador', porque es el enigma que más ha intrigado al hombre de todos los tiempos. En la Tercera Parte de este libro habrá ocasión de tratar de los atributos del dios bíblico, así como de la sorprendente teoría de la íntima relación del monoteísmo hebreo con el monoteísmo egipcio.
Hasta ahora, se ha tratado de Dios como un Ser cuya masculinidad se da por supuesta. Pero no siempre ha sido así. Durante milenios los panteones religiosos eran dominados por divinidades femeninas, algo fácil de entender si advertimos que las primeras formulaciones acerca de una divinidad generadora se hacían por analogía entre los hombres del Paleolítico. La fecundidad era inseparable de lo femenino. Sólo quien posee el maravilloso poder de ‘dar' la vida en el mundo animal, es capaz de originar todo cuanto perciben nuestros sentidos. De forma tajante lo afirma P. Rodríguez: "Durante más de veinte milenios no hubo otro dios que la Diosa paleolítica", adjuntando una relación estadística de las principales imágenes de diosas veneradas por el hombre paleolítico desde hace unos treinta mil años hasta el III milenio a.C. y conocidas gracias a las representaciones iconográficas de Europa y Oriente Próximo. "Resulta absolutamente indiscutible que la primera deidad que ‘gobernó' el destino de la humanidad fue una figura de carácter femenino vinculada, de modo íntimo y directo, con los elementos y sucesos básicos que posibilitan y sustentan la vida". (Dios nació mujer, Ediciones B, 1999). Aunque, luego, al cambiar drásticamente la forma de vida de los humanos, pasando de la cueva y el nomadismo a la agricultura y el sedentarismo, a las ciudades-estado, a la propiedad privada y a las guerras de conquista, la mujer comenzó a perder posiciones en la organización social y las diosas dejaron paso a los dioses varones, y tan pronto como apareció la monarquía (c.3200 a.C.) el rey se presentó como un dios terreno, intermediario entre hombres y súbditos. Historia y novela se confunden.
En cualquier caso, su falsedad ya fue reconocida y anunciada por los grandes pensadores, como el romano Cicerón, que rechazó las ideas de los filósofos griegos sobre las divinidades paganas, considerándolas "ensoñaciones de unas personas que desvarían", lo mismo que los poetas, los adivinos y los magos, pero sobre todo la masa social, el vulgo, "cuyas creencias, por ignorancia de la verdad, se desenvuelven dentro de una falta de rigor absoluta" (De natura deorum, libro I). Cicerón, no obstante, defendía la existencia inmaterial de los dioses, "puesto que tenemos de ellos un conocimiento interior, innato". Pero rechaza la figura antropomorfa, porque "la apariencia humana se asignó a los dioses por una especie de decisión que tomaron los sabios para que el espíritu de los ignorantes pudiese ser conducido con más facilidad hacia el culto divino". La belleza ‘humana' de los dioses fue obra de los artistas. No ocurría así en otros pueblos como los egipcios, los sirios y otros, que adoraban a los animales por su carácter benéfico. (De natura deorum, Gredos, 1999).
Como los ‘dioses inventados' son un trasunto de su inventor humano, se les adjudican en las diferentes religiones los mismos atributos, virtudes y vicios de sus inventores, naturalmente aumentados y exagerados, como corresponde a su ‘imaginada' omnipotencia. La obra colectiva de la Biblia, con la biografía hiperbólica de Yahvéh, es el mejor de los ejemplos. Ese dios bíblico, como veremos, es codicioso, vengativo, cruel, implacable y soberbio, al mismo tiempo que puede ser misericordioso, comprensivo, amante de sus hijos y caudillo de su pueblo. El único vicio que no parece haber ‘heredado' de sus ‘creadores' es la lujuria. Quizás porque este dios único no tenía a su lado nadie con quien practicar la vida sexual. En cambio, en el politeísmo, entre los dioses de la antigüedad clásica, como entre la comunidad de la especie humana, había de todo: obsesos sexuales, homosexuales, bisexuales, hermafroditas, travestidos, fieles, infieles, castos y adúlteros, promiscuos y afeminados, andróginos y ninfómanas...Una variedad de perversiones que permitía a cualquier humano sentirse ‘cómodo' en su presencia. (Sabino Perea, El sexo divino, Aldebarán, 1999).
La ‘invención' intelectual de los dioses parece deberse a una necesidad de cohesión social. Así se comprenden las palabras de Voltaire que, en 1774, escribía sobre la cubierta de un libro de Helvetius, unas palabras en francés que, traducidas al español, darían como resultado la conocida frase: "Si Dios no existiera, habría que inventarlo". Y en su Diccionario filosófico, al refutar a Hobbes, admite la necesidad de creer en un Ser supremo, como "preciso para el bien común, que nos sirva a la par de freno y consuelo", en nuestra "desgraciada existencia". Se trata de una "falacia conativa", que diría Puente Ojea. Ese Dios-Consolador es necesario para muchos, pero esa necesidad no demuestra su existencia. Es más, se admite cualquier sustituto, sea cual sea. A este respecto, escribe Paul Johnson (La búsqueda de Dios. Un peregrinaje personal, Planeta, 1997): "La sociedad civil necesita un Dios. No importa cuál"
Es la estrategia político-social de muchos países. En 1954 el Congreso de los Estados Unidos de América incluyó la expresión Under God en el voto de lealtad a su país que Lincoln usó en el discurso de Gettysburg. Y dos años después aparecía en los billetes del dólar la expresión In God we trust (‘Confiamos en Dios'). ¿En qué Dios? En cualquiera. El Presidente Eisenhower proclamó esa necesidad, arropada por la indiferencia: "Nuestro Gobierno no tiene sentido a no ser que esté fundado sobre una fe religiosa profundamente arraigada, y no me importa de qué religión se trate". Más claro imposible. Al puritanismo americano no le importa el individuo sino la colectividad, no la verdad sino la utilidad. La ‘emoción sagrada', el ‘misterio sagrado' que es la base de la religión, ha dejado de existir. Pero una creencia es absolutamente necesaria para el control social, como se ha comprobado en todas las civilizaciones. En esa misma línea, el filósofo ateo Daniel Dennet sostiene que la religión surge en las sociedades humanas como un fenómeno natural, para mejorar la cooperación dentro de los grupos humanos. Es un producto más de la evolución, sin necesidad de aventurar un origen sobrenatural. (Continuará).
servido por Francisco
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