19 Diciembre 2010

En la condición humana el amor va y viene: lo mismo que nace, con vocación de eternidad, muere y desaparece, sin que lo podamos evitar. Pero nada hay más doloroso que el amor no correspondido. Sin embargo, es algo inevitable y tan usual como el frío en invierno. ¿Quién puede decir que nunca ha sufrido un desengaño? El enamoramiento no siempre ha de ser mutuo, ni correspondido. Entonces el cerebro humano se rebela contra el mismo sentimiento amoroso, que puede convertirse en resentimiento, quizás en odio, anidando en el corazón un deseo de venganza, que amenaza con el rencor hacia el ser amado, pero que también destruye a quien lo sufre. Es el momento de acudir al mismísimo demonio (aunque no exista) para que calme la ansiedad del amante y siembre el amor en el corazón amado. Deseo que nunca se cumple. Es el momento de la Oración desesperada.
VANDALIO
A mi ángel malo
(Oración desesperada)
¡Ángel, más no puedo!
Las fuerzas me faltan.
Mil garfios candentes
mi cuerpo desgarran,
volviendo a rasgar, despiadados,
las rojas heridas de mi piel llagada,
abiertas de día,
de noche curadas.
Sentir dolorido que, cuanto
más duele, más grato es al alma.
Sentir de mis cinco sentidos,
dolor en mi sangre, ardor que me abrasa,
que alivia con fuego
mi seca garganta
y aplaca insensible
con hirviente agua
la sed del amor
que nunca se sacia.
Y duermo de noche
en mi triste cama,
soñando placeres
que sueña quien ama.
Delicias carnales
que mueren al alba.
Como el niño rubio que quiere la luna
y llora de pena y de rabia,
porque nunca puede cumplir su deseo,
logrando alcanzarla.
Mas tú sí que puedes llegar hasta donde
mi poder no alcanza.
En su alcoba duerme la niña que roba
la paz de mi alma.
Ve, pero en silencio. Cumple mis deseos
y colma mis ansias.
Llégate a su lecho,
tus manos alarga
y abraza suave su leve contorno
de diosa mimada.
Despacio acaricia,
saborea lento su perfil de nácar;
y después aprieta,
estruja, desgarra,
besa, chupa, muerde,
tritura, quebranta...
Como si en tus venas corrieran furiosas
harpías de negra venganza,
jaurías de lobos hambrientos,
de fauces satánicas;
como si en tus ojos ardieran los fuegos
de todas las fraguas.
Como si volcanes te hubiesen prestado
el calor hirviente de sus rojas lavas,
y el infierno mismo
sus voraces llamas.

Que tu abrazo ardiente, ángel de mis males,
sembrador eterno de mortal cizaña,
resucite al Eros que en su pecho duerme
y destruya el buitre que roe mis entrañas.
servido por Francisco
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12 Diciembre 2010

Don Quijote en su lecho de muerte

Esta inquietante pregunta es, sin duda, una provocación, pero que se ha repetido a lo largo de la historia, porque hay una "duda razonable" sobre su autoría, que nadie ha sabido despejar por completo. Desde la primera impresión de la portada de la maravillosa novela, una prueba de 1604 (cuya copia conservo), figura como autor ("Compuesto por") Miguel de Cervantes Saavedra. Y así ha seguido en las innumerables ediciones que siguieron a la de 1605, dentro y fuera de España, ya en original castellano, ya traducida.
El nombre de Cervantes va unido indisolublemente al Quijote, como autor de sus dos partes (1605 y 1615) según todos los datos conocidos, aunque su biografía presenta lagunas y hechos ciertos que pueden contradecir su autoría. Ante una afirmación tan admitida durante siglos, parece una insensatez plantearse siquiera la duda, por muy "razonable" que pueda parecer. Las razones que abonan esa duda son, sin embargo, lo suficientemente pertinaces como para ser planteadas, discutidas y rechazadas por quien tenga autoridad para ello.
Me enorgullece decir que he leído tres veces la novela completa y estoy dispuesto a comenzar una cuarta, simplemente por el placer de su lectura. Estuve entre los fundadores de la Asociación de Cervantistas y tengo varios estudios sobre el Quijote, lo cual me autoriza a reflexionar sobre si pudo, o no, ser el autor auténtico de la principal obra de la literatura española. Ya se ha discutido sobre la posibilidad de que, detrás de Shakespeare, se escondiera el verdadero autor de sus obras. Lo mismo le ha ocurrido a Cervantes, aunque con menos apoyos críticos. Pero yo quisiera, antes de morir, expresar mis dudas públicamente, para descargo de mi conciencia crítica.
Sin entrar en polémica con nadie, me parece imposible que se tenga por autor del Quijote a un personaje histórico tan alejado de la tranquilidad del estudio y del reposo necesario para pergeñar y redactar un texto repleto de alusiones literarias, humanísticas y geográficas. Nacido en Alcalá de Henares, ciudad entonces más importante que Madrid, al cumplir los tres años, su familia se traslada de Alcalá a Valladolid, donde su padre, cargado de deudas, es embargado y encarcelado. Por poco tiempo, porque enseguida se trasladan a Sevilla y después a Córdoba (Plaza del Potro) durante diez años (1553-1563), donde se supone que hizo los estudios primarios y los de latinidad. A sus veinte años la familia Cervantes está ya en Madrid, al calor de la Corte, donde Miguel recibe clases, al parecer, del famoso latinista Juan López de Hoyos. ¿Pero qué pudo aprender en solo unos meses de asistencia a sus clases? Estos fueron todos sus estudios, digamos "académicos", porque su gran maestra fue la vida, sin pisar los umbrales de ninguna universidad.
El "Mapa de los viajes cervantinos" resulta envidiable para cualquiera que tenga ambiciones turísticas. Su vida fue un perpetuo deambular por ciudades y paisajes distintos, con escaso equipaje y menos dineros. Cruzó el Mediterráneo en varias ocasiones, desde que en 1569 tuvo que huir a Roma, acosado por la Justicia. Sabemos que Cervantes estuvo en Italia durante cinco años (1569-1575), primero como paje de un cardenal y después como soldado alistado en los tercios de Nápoles, participando en la batalla de Lepanto (1571), pero pocos pueden recordar que en su obra menciona no sólo a Roma, sino a casi todas las capitales importantes (Venecia, Florencia, Milán, Bolonia, Génova, Nápoles, Ferrara, Lucca, Trapani, Parma, Palermo) además de las acogedoras Reggio y Mesina, donde estuvo convaleciente después de Lepanto. ¿Todos estos viajes, envidia de cualquier turista de hoy, los pudo hacer en cinco años, alistado a las órdenes de D. Juan de Austria? ¿Tuvo tiempo de leer? ¿Cuántos idiomas sabía? Desde luego, pudo aprender el italiano y las obras de Ariosto, que tan bien conoce el autor del Quijote, las pudo leer en volúmenes sueltos y recopilaciones, en toscano, pero poco más, porque ni tenía tiempo, ni dineros, ni acceso a bibliotecas públicas, que eran inexistentes. Por más que un ilustre cervantista haya intentado imaginar una "biblioteca de Cervantes", no parece probable que la tuviera una persona que no tuvo casa propia hasta sus últimos años, que vivió siempre en posadas, cuarteles o casas de amigos. Una cosa es que citara los libros y otra muy diferente que los poseyera.
Después de Lepanto, ya sabemos de su cautiverio en Argel (1575-1580), lugar que no parece muy propicio para lecturas y escrituras. Los años siguientes son de "pretendiente" en la Corte, sin éxito, hasta que decide casarse por interés con una joven de 19 años, Catalina de Salazar, huyendo de la familia de su amante, Ana Franca, mujer casada con la que tiene a su hija Isabel. Abandona pronto el domicilio conyugal en Esquivias, para servir al rey como recaudador de impuestos. Otra docena de años recorriendo Andalucía (1578-1600) de aquí para allá, siempre en hediondas posadas. ¿Dónde guardar los libros? ¿Dónde los pliegos escritos? Quedan cuatro años para que aparezca impresa la genial novela, pero en ellos da con sus huesos en la cárcel por malversación de fondos, en cuatro ocasiones: 1588, 1592, 1594 y 1597, esta última en Sevilla, donde un fantasioso historiador sitúa los comienzos del Quijote. Llamo fantasioso al insigne Rodríguez Marín porque hay que serlo para imaginar a un preso, manco por más señas, escribiendo en una infecta celda de esa cárcel inmunda, donde no se podía ni respirar aire puro, según cuenta un padre jesuita que la describe con los más negros tintes de incomodidad, suciedad y peleas de valentones. No. Cervantes no pudo escribir una sola línea en ese antro del hampa sevillana. Lamento disentir de esa tradición sin fundamento.
En el año 1600 abandona Sevilla y vuelve con su mujer a Esquivias, y después a Valladolid, donde sus hermanas se dedican a la prostitución, según las opiniones más difundidas. En todo caso, después de la publicación del Quijote, se instala en Madrid con su familia, primero detrás del Hospital de Antón Martín, después en la calle Magdalena, en el número 18 de la calle Huertas, y finalmente en la calle Francos (hoy Cervantes), esquina a la calle León, con su esposa y una criada. Son años de más tranquilidad, en los que pudo escribir con sosiego la segunda parte de la novela. Pero ¿qué decir de la primera? Tuvo que ser escrita durante los años de recaudador en Andalucía, insultado por los vecinos, perseguido por la justicia, encarcelado, sin casa propia, viviendo en malolientes posadas. ¿No es motivo suficiente para la duda?
Si nuestro Miguel de Cervantes fue realmente el autor de la novela habría que añadir a su merecido título de "Príncipe de los Ingenios Españoles" el no menos honroso de "Señor de los milagros". Porque milagro, y no pequeño, es conservar en la memoria los nombres de todos los personajes que cita, sin tener biblioteca propia, ni mesa de trabajo, ni armario para guardar sus manuscritos, sin reales para comprar tanto papel, pluma y tinta, sin unos meses de sosiego para escribir, siempre de acá para allá, entre espadachines, truhanes y mozas de partido. Sin estudios superiores, sin acceso a más bibliotecas que las de los amigos, ¿cómo consiguió escribir la mejor novela de todos los tiempos, en el mejor español del Siglo de Oro, maestro de la lengua, de la fabulación, de la sátira más fina de la sociedad de su tiempo? Escaso de tiempo y de comodidades, falto de la mano izquierda, sin más posibilidades que la facilidad de su pluma y el precioso baúl de sus recuerdos.
Pero hay bastante más. Hay quien piensa que para escribir una novela sólo se necesita mucha imaginación y soltura con la pluma. Pero este no es el caso, ya que el Quijote es un compendio de sabiduría, no aprendida precisamente en las calles ni en las mazmorras. El autor no se vale solamente de su imaginación, sino que, aparentando locura, razona como el mejor, recordando frases y anécdotas de cientos de libros, no sólo literarios. ¡Qué prodigio de memoria, sin un mal apoyo de notas o apuntes! Quienquiera que fuese el novelista, cita en su obra a todos los escritores importantes, tanto de la antigüedad (Hipócrates, Aristóteles, Platón, Homero, Polidoro, Jenofonte, Solón, Pausanias, Plutarco, Cicerón, Ovidio, Virgilio, Juvenal, Marcial, Tibulo, Terencio) como del renacimiento español (Boscán, Garcilaso, Montemayor, Ercilla, Cetina, Jáuregui, Gil Polo, Laguna, Virués, incluso Marco Polo, el viajero italiano).
Los libros de caballerías no tienen secretos para él: los ha leído todos y sabe los nombres, carácter y comportamiento de todos los personajes, desde Amadís de Gaula y Belianís de Grecia hasta todos los Palmerines, pasando por Tirant lo Blanc, Felixmarte de Hircania y el Orlando de Ariosto. Conoce la Eneida y la Odisea tanto como La fingida Arcadia, Bernardo del Carpio, La Araucana. La Diana y El lazarillo de Tormes. No hay que señalar su conocimiento de la mitología antigua, ya que las leyendas mitológicas son la base cultural de cualquier escritor del Siglo de Oro, que el autor del Quijote conoce como el mejor. Lo mismo cabe decir de las leyendas artúricas y la historia de Grecia y Roma, a las que alude con frecuencia, como la historia de España, desde el rebelde Viriato y el visigodo rey Wamba. ¿Cómo no dudar, sin una respetuosa prevención, de que Cervantes, el viajero impenitente, desgraciado en vida y en amores, sin un mal escritorio, pueda ser el verdadero autor de la enciclopédica novela?Quizás pudiera ser "obra de encantamiento", como insinúa seriamente el caballero loco: "Yo te aseguro, Sancho, que debe de ser algún sabio encantador el autor de nuestra historia".
Que el creador del Quijote fuese el mismo que compuso La Galatea (impresa en 1585) lo insinúa el barbero en el famoso escrutinio de la biblioteca de don Alonso Quijano, en el capítulo primero de la Primera parte. "Muchos años ha que es grande amigo mío ese Cervantes, y sé que es más versado en desdichas que en versos. Su libro tiene algo de buena invención; propone algo y no concluye nada: es menester esperar la segunda parte que promete; quizá con la enmienda alcanzará del todo la misericordia que ahora se le niega". La verdad es que esa misericordia, con tanta humildad demandada, le llegó de inmediato, en compañía de la Fama, en cuanto apareció el Quijote en las librerías. Pero insisto: Miguel de Cervantes, el nacido en Alcalá, ¿fue realmente el verdadero autor de esta "verdadera" historia?
Armando Cotarelo, venerable erudito, compiló las lecturas de Cervantes, que suman 429 títulos. "Imposible que leyera tanto", respondió con arrogancia no exenta de sensatez, otro erudito, González de Amezúa, en 1956. ¿Cómo no dudar de sus lecturas? Lo normal es la duda. Pero ya en su discurso del centenario (1905) en la Universidad Central de Madrid, Menéndez Pelayo había dejado claro que "Cervantes fue hombre de mucha lectura; no podrá negarlo quien haya tenido trato familiar con sus obras" y que "todas las obras de Cervantes prueban una cultura muy sólida y un admirable buen sentido". Don Marcelino no supo decir dónde ni cómo Cervantes adquirió esa inmensa capacidad de conocimientos que se encierran en la inmortal novela. Si en lugar de "Cervantes" el ilustre académico y catedrático que fue Menéndez Pelayo hubiera escrito "el autor del Quijote", no habría nada que objetar. Pero ni por un momento puso en duda que lo fuese el hijo de Alcalá.
Contra lo dicho por algunos críticos románticos, el autor del Quijote no fue un genio individual y aislado, sino que, como todo escritor, tiene sus "fuentes literarias", según ha demostrado el gran cervantista sevillano Francisco Márquez Villanueva. Menéndez Pelayo tenía razón. Toda la cultura antigua y renacentista está volcada en sus libros. ¿Pero, cómo lo consiguió? Si Juan de Valdés, insigne humanista castellano del siglo XVI, de vida sosegada y buena biblioteca en el recogimiento de su casa, confiesa que tardó diez años en leer todos los libros de caballerías ¿cómo admitir que en menos tiempo y con menos sosiego lo hiciera el manco de Lepanto? ¿Qué misterio encierra el llamado "enigma" Cervantes?
A mayor abundamiento, ¿cómo se puede compaginar el soterrado erasmismo y aun el indisimulado anticlericalismo del autor del Quijote, la vida pendenciera, pecadora y a veces criminal del escritor perseguido por la ley, excomulgado por la Iglesia, con las piadosas decisiones del Miguel de Cervantes Saavedra que en 1609 ingresa en la Congregación de Esclavos del Santísimo Sacramento de Madrid y en 1613 en la Orden Tercera de San Francisco, con cuyo hábito es sepultado? Muere en su cama de Madrid el 22 de abril de 1616, después de aquella desgarradora dedicatoria de su novela póstuma, Persiles y Sigismunda, donde se despide de la vida y de su protector, el conde de Lemos. La duda permanece, pero el ánimo se encoge ante la osadía de negarle a Cervantes la autoría del Quijote.
Sin embargo, cualquiera puede resolver las dudas sólo con leer los privilegios reales, necesarios entonces para poder publicar la novela. El de 1604 para la Primera parte, comienza: "Por cuanto por parte de vos, Miguel de Cervantes, nos fue fecha relación que havíades compuesto un libro intitulado El ingenioso hidalgo de La Mancha, el cual os había costado mucho trabajo...". En la Segunda, fechado en marzo de 1615, se dice: "Por cuanto por parte de vos, Miguel de Cervantes Saavedra, nos fue hecha relación que havíades compuesto la Segunda Parte de don Quijote de la Mancha, por ser libro de historia agradable y honesta, y haberos costado mucho trabajo y estudio...". Nótese que en ambas ocasiones se insiste en el "trabajo y estudio" que le había costado la novela ("historia agradable") al autor, algo que, según hemos visto, no se compadece mucho con la ajetreada vida del novelista conocido por Miguel de Cervantes Saavedra. Imaginemos alguna salida al laberinto, sólo como hipótesis.
¿No serían coetáneos dos personajes castellanos con los mismos nombres y apellidos? ¿Acaso sería Miguel el mediocre poeta que da la cara por otro personaje escondido a su sombra? ¿Quién le ofreció la gloria de ser el creador de Don Quijote? ¿A cambio de qué? Pero ¿quién podría esconderse tras el soldado nacido en Alcalá de Henares, de identidad tan documentada pero de vida tan incongruente con la que se perfila en el novelista? No hay respuesta a tanta pregunta. Sólo imaginaciones sin fundamento documental. Sería una ‘herejía' literaria negar esa autoría, avalada por los privilegios reales y tan reconocida mundialmente. Moriré sin haber despejado totalmente mis dudas, pero al menos con la conciencia tranquila de haberlas expuesto, con la esperanza de que algún día no lejano, alguien, favorecido por la diosa Fortuna, logre dar con la documentación definitiva. Aunque, a día de hoy, a pesar de todo, sería una insensatez seguir alimentando tanta pregunta insidiosa. Confieso mi desmedida osadía a la vez que mi admiración por ese fabulador de las mejores páginas de nuestra literatura, que se llamaba Miguel de Cervantes Saavedra, el manco de Lepanto que supo como nadie escudriñar en la locura de la vida. Porque en este mundo de locos, sólo es cuerdo el protagonista de la genial novela. Y sólo hay un "milagro": El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. VANDALIO.
servido por Francisco
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2 Septiembre 2010
Queridos amigos de lengua española, que sois lectores de "La bitácora de Vandalio", en especial los de Uruguay, seguidos en número de lecturas por todos los países americanos, desde Argentina y Chile hasta Canadá, además de los europeos Francia, Portugal, Italia, Alemania, Países Bajos, Gran Bretaña, Grecia, Suecia y Noruega: Os tengo que comunicar que acaba de publicarse en Madrid mi libro LA QUIMERA DE LOS DIOSES. OJOS QUE NO VEN, CORAZÓN QUE NO QUIEBRA, en edición digital y en versión papel, para mayor comodidad que todos los que estáis interesados en este libro, publicado en este sitio de la RED y que algunos habéis leído pacientemente, capítulo por capítulo durante más de un año.
Ahora lo encontraréis no sólo ordenado de comienzo a fin sino ampliado y corregido de forma definitiva.
Podeis `pedir información a Ediciones Visionnet, en la página web www.visionlibros.com , en el correo electrónico vision1@visionnetware.com, por teléfono internacional 0034 913117696, o por fax también internacional 0034917333724. Se encontrará también en todas las grandes librerías de España, a petición del interesado.
Para cualquier información o comentario, mi e-mail es: fap1931@telefonica.net
Espero que disfruteis con la lectura, y que reflexionéis sobre lo escrito, hecho sin ánimo de ofender a nadie. Solamente por interés humano, para abrir los ojos a los continuos descubrimientos de la ciencia, que van destruyendo los mitos y leyendas aprendidaas en una falsa educación, durante tantas generaciones. Y en segundo lugar, como aportación a los trabajos de la Asociación Europa Laica.
Hoy mismo acaba de aparecer en la prensa digital el anuncio de un nuevo libro del eminente científico inglés Stephen Hawking, en el que asegura que la física moderna descarta la idea de un Dios creador. Es esta la Verdad que nos hará Libres, sin dependencia de las doctrinas religiosas que han desangrado todas las civilizaciones, pero con mayor intensidad y perjuicio las mentes de los humanos.
Os deseo paaz y felicidad. VANDALIO
servido por Francisco
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19 Mayo 2008

Casa de Juntas de Guernica
El ensayo que aquí reproduzco, sobre el origen del nombre que los nacionalistas vascos dan a su tierra, va dedicado a los miles de españoles originarios de Vasconia que están diseminados por el mundo y que se sienten españoles de corazón, emigrados forzosa o voluntariamente de la patria que les vio nacer. El catolicismo vasco, que está en el origen del odio y desprecio que los nacionalistas alimentan contra sus hermanos españoles, habrá de responder algún día de la sangre vertida por unos ideales políticos ajenos a la fe.
* * *
El deseo de ruptura del nacionalismo vasco tiene muy pocos años, aun cuando el orgullo de una “identidad” propia sea tan antiguo como las raíces de los pueblos en la prehistoria. Pero es que lo mismo puede decirse de todas las formaciones tribales, independientes y separadas entre sí por la propia dinámica constitutiva de las primeras formaciones humanas. En el caso de Vasconia, la defensa del euskera como idioma singular conservado en Europa, sin dependencia de ningún otro idioma vivo, que obliga a su conservación por parte de todos, no invalida la afirmación científica de que “el vasco es tan europeo como cualquier otro europeo”, sin nada peculiar en su ADN mitocondrial, como han demostrado las investigaciones genéticas de Bryan Sykes . Así, pues, quienes defienden una identidad étnica superior y distinta del resto, deben saber que su argumentación no es científica. Y si pasamos a la historia, ningún vasco que conozca las relaciones con los demás pueblos de la península ibérica podrá empuñar el arma del agravio, como pueblo especialmente maltratado por el resto de los españoles, hasta los tristes años de la dictadura. Es más, sería necio ignorar cuánto debe España, incluida la evolución fonética del castellano, a los nobles hijos de aquellas tierras. Tanto Navarra como Vasconia formaron siempre parte esencial de la historia cultural, política y económica de España.
Ya en el siglo XI, en plena reconquista, Alfonso III de León se firmaba ”rex totius Hispaniae” y el título que aparece en el acta de traslación del rey navarro Sancho III a San Millán, en 1030, es el inequívoco de “Hispaniarum rex”. En el mismo siglo, Guipúzcoa se unió voluntariamente a Castilla, apartándose de los euskaldunes de Navarra, a los que veía como enemigos. Parece mentira, pero en la Edad Media los naturales de Guipúzcoa tenían a mucha honra ser llamados castellanos. Tan era así que, en 1468, la Junta General guipuzcoana hizo jurar a Enrique IV que jamás segregaría a esta provincia del reino de Castilla, ni siquiera con dispensa papal. Otro tanto hicieron los alaveses, incorporados a Castilla en 1332. Siglo y medio antes, en 1179, el rey castellano se convirtió en señor de Vizcaya, y en sus Juntas los procuradores no podían ser admitidos “si no sabían leer y escribir en romance”.
El señorío de Vizcaya y las dos provincias vascongadas fueron siempre la niña mimada de la Corona de Castilla, respetuosa con sus fueros y con la hidalguía ancestral de sus hijos, cristianos viejos , sin mezcla de moros y judíos, a quienes daba preferencia en los empleos públicos y en la confianza regia, a los que eximía del servicio militar y a los que concedía fiscalidad propia. Pero en ninguno de los documentos conservados esas tierras son nominadas como “País Vasco” . Para el reino de España sólo existía el Señorío de Vizcaya y las dos provincias de Guipúzcoa y Álava, ajenas al antiguo reino de Navarra. Ni siquiera la propia Constitución de 1978 reconoce el nombre, como que todavía no estaba diseñado el mapa autonómico de España. Las que sí aparecen citadas son las tres provincias en la disposición derogatoria 2.2: “En tanto en cuanto pudiera conservar alguna vigencia se considera definitivamente derogada la ley de 25 de octubre de 1839 en lo que pudiera afectar a las provincias de Álava, Guipúzcoa y Vizcaya”. Son ocho siglos de vinculación a la Corona de Castilla, sin nombre propio, a diferencia del Principado de Cataluña.
Los conceptos de nación y de patria han ido forjándose durante siglos, pero hasta la Revolución Francesa no se han revestido de la significación moderna, en el sentido de grupo o comunidad con un sentimiento común de pertenencia a una unidad política. Para el siglo XVII, según Maravall, no se puede hablar de naciones propiamente dichas, sino de protonaciones, es decir, de “grupos de gentes con un origen común”, entre las que se establecían lazos de ayuda mutua cuando convivían fuera de su región natal. Es el caso de los estudiantes, agrupados como bien se sabe, en distintos bandos o banderías según su procedencia, diferenciación que servía, incluso, para el reparto de las becas, como hice ver hace bastantes años, al citar la denuncia de Lanz de Casafonda, en el tema de las becas colegiales, que “están repartidas entre otras naciones, como son Vizcaínos, Montañeses, Navarros, Manchegos, Andaluces, Riojanos, y así de los demás Reinos y Provincias de España”(1761) . Pueden consultarse, además, los índices de materias de los diez volúmenes de mi Bibliografía de autores españoles del siglo XVIII (Madrid, 1981-2001) donde aparecen diferenciados los “naturales y originarios” de las diversas regiones españolas, que podían figurar como “nacionales”, al lado de los españoles, franceses, genoveses, portugueses y demás originarios de estados y monarquías con fronteras bien delimitadas. Así, se encuentran citas de la “nación burgense” (1737), de la “nación valenciana” (1767), de la “nación aragonesa” (1768), de la “nación catalana” (1757) y de la “nación vascongada” (1705) , alusión ésta de un vasco sudamericano, que dedica el escrito a sus paisanos, sin referencia política alguna. Con límites semánticos muy borrosos aparecen, también en el XVIII, las palabras patriota y patriotismo, derivados, lo mismo que patricio, del latín patria, que evoca mucho más un sentimiento familiar y de paisanaje que de sistema político .
Idéntica imagen difusa encontramos en otra palabra, país, que se emplea a veces como sinónimo de las anteriores, sin mayor precisión. “Región, Reino, Provincia o territorio” la define el Diccionario de Autoridades (1726-39), acepción que le sirve al catalán Capmany para enlazar la idea de nación con la de patria, a comienzos del siglo XIX: “Donde no hay nación no hay patria; porque la palabra país no es más que la tierra que sustenta personas y bestias al mismo tiempo” . Es decir, de un lado los habitantes y los nacidos; de otro, la tierra que los sustenta o los ha visto nacer. En este sentido, País Vasco es un concepto puramente geográfico, sin connotaciones políticas, al que se ha llegado después de varios siglos de incesante y apasionada búsqueda de una singularidad étnica y lingüística, quizás por analogía con el Pays Basque de Francia. Pero tan impreciso que ni siquiera tiene seguros sus límites territoriales.
Lo cierto es que nunca existió unidad social ni política en la cornisa cantábrica, desde las estribaciones del Pirineo hasta los Picos de Europa, donde comenzaba el territorio de las tribus astures de la prehistoria. Entre uno y otro límite convivieron diferentes familias tribales: váscones (navarros), caristios, várdulos, autrigones y cántabros, quizá con una cierta unidad lingüística, defendida por Caro Baroja, como sustrato anterior a la invasión celta, y con un temperamento belicoso y rebelde, amante de la libertad, que se enfrentaron con valor a los soldados de Roma, a los que, finalmente, se sometieron. Durante la romanización, el territorio conquistado tomó el nombre jurídico-militar de Cantabria, que los vascos asumieron después de la invasión árabe como propio, reflejado incluso en la devoción popular, llevada al teatro en la comedia nueva de Francisco Gómez, Iris de paz en Cantabria, Nuestra Señora de Aránzazu (1736), de la que se conserva un precioso ejemplar en la Biblioteca Universitaria de Sevilla. Desde el siglo IX el pueblo cántabro, huérfano de nombre propio, se divide geográficamente (Asturias de Santillana, Merindad de Trasmiera, Montañas de Burgos, Montañas de Santander) mientras el pueblo vasco asume sin contradicción el de Cantabria. Nombre que no era tenido en cuenta ni siquiera por la Iglesia Católica, que, en sus nominaciones territoriales, no ha aceptado hasta fechas muy recientes la diócesis de Cantabria, al crear el obispado de Santander. A fines del siglo XI, la geografía eclesiástica indica, sin aludir a nombre civil alguno, que el obispado de Calahorra era el centro espiritual del espacio comprendido por Álava, La Rioja, casi toda Vizcaya y parte de Guipúzcoa. Hasta 1861 no se erige la diócesis vasca de Vitoria, sometida a Burgos, pero ya con los límites exclusivos de las tres provincias vascongadas.
Julio Caro Baroja, con la casa familiar a orillas del Bidasoa, y por tanto en la tierra originaria de los váscones, señalaba el vascocantabrismo como una de las “ideas fuerza” dominantes en la historia vasca. Esta tesis, que supone el deseo de asumir como propio el temperamento bravío e indomable de los cántabros, da por sentado que la tierra del pueblo vasco debe llamarse Cantabria. Fue un historiador jesuita, el P. Juan de Mariana, quien sancionó con su autoridad este nombre como propio de la patria vasca, en su Historia General de España (1592), originando las múltiples y agresivas polémicas de la historia posterior, entre quienes ven en el vascocantabrismo la verdadera ascendencia del pueblo vasco y los que consideran que no pasa de ser un mito inventado por algunos interesados en demostrar su amor a la independencia, sin hacer ascos a burdas falsificaciones . Tal es el caso de otro jesuita, Gabriel de Henao, que saca a la luz en 1689 unas pretenciosas Averiguaciones de las antigüedades de Cantabria, enderezadas principalmente a descubrir las de Guipúzcoa, Bizcaya y Álaba, provincias contenidas en ella. En el siglo XVIII es otro jesuita, el P. Larramendi (1690-1766), quien defiende la misma tesis, sin tener escrúpulos en corregir la descripción geográfica de Estrabón, siendo duramente atacado por el agustino Enrique Flórez (1702-1773), el cual rechaza la identificación de cántabros y vascos en su obra La Cantabria (1768). El continuador de su obra, el P. Risco, publica el tomo XXXII de La España sagrada (1779) con el expresivo título de La Vasconia.
Prescindiendo de los pormenores de la polémica, estudiada por historiadores de ayer y de hoy, me fijaré sólo en algún dato no tenido en cuenta. Por ejemplo, en los emigrantes. Así, la hermandad que la colonia vasca estableció en el siglo XVIII en la capital de España. Madrid, receptora de inmigrantes, contaba entre sus vecinos a “naturales” de Asturias, de Castilla y León, de Galicia, de Navarra, de la Rioja, etc. Pero nunca se menciona a “naturales” del País Vasco, sino de “Cantabria”, los cuales fundaron en 1715, a imitación de la que ya existía desde 1540 en la capilla de los Vizcaínos de Sevilla, una “Real Congregación Nacional de Hijos y originarios de las tres muy nobles y muy leales Provincias de Cantabria” en el convento de San Felipe el Real, que celebraba todos los años con gran pompa la fiesta de San Ignacio de Loyola. Conozco tres sermones predicados en esta fiesta a los “hijos de Cantabria”: de Juan Antonio de la Quintana (1748), de Juan de Aravaca (1752) y del jesuita Miguel Ignacio de Ordeñana (1753). El mismo nombre de Cantabria se mantuvo en las constituciones de la Hermandad impresas en 1852. Hoy ya la Hermandad se intitula de “Hijos del País Vasco”.
El testimonio literario más inequívoco es el de Cadalso, que en la carta XXVI de sus Cartas marruecas, al señalar las diferencias culturales de las regiones españolas, comenta: “los cántabros, entendiendo por este nombre todos los que hablan el idioma vizcaíno...tienen entre sí tal unión que la mayor recomendación que puede uno tener para con otro es el mero hecho de ser vizcaíno...El señorío de Vizcaya, Guipúzcoa, Álava y el reino de Navarra tienen tal pacto entre sí que algunos llaman estos países las provincias unidas de España”. Por los mismos años, el bibliotecario Estala usa idéntico adjetivo aplicado a un sacerdote vasco, cuando desvela la verdadera autoría de una dura crítica literaria al Filósofo enamorado de Forner, que fue la causa de la ruptura de ambos literatos, al escribir que fue obra de “un tal Iriarte, al que llamábamos el cura cántabro” . Creo que ambos testimonios tienen fuerza suficiente para defender la tesis de que, a finales del siglo XVIII, ni existía la denominación de “País Vasco” ni sus habitantes se sentían políticamente agraviados por ser adjetivados como “cántabros”, ya que era la común denominación que ellos mismos habían elegido, dentro de una comunidad de intereses.
El sintagma País Vasco, que hoy nos parece tan natural, hubo de abrirse camino a lo largo de los años, con la dura competencia de otras denominaciones. Cuando el conde de Peñaflorida funda la “Sociedad Bascongada de los Amigos del País”, excluye a los navarros, pensando sólo en los vascos de las tres provincias, unidos por unas manos enlazadas y un lema común “Irurac Bat” (Tres en una). Da por entendido que el País de referencia es el de las tres provincias, que ya sentían la necesidad de una actuación conjunta, sobre todo en la política cultural y económica, aunque sin usar más nombre definitorio que el de Bizcaya o Cantabria. Llegar al nombre de País Vasco ha supuesto, desde luego, una vacilación secular digna de estudio. Porque, aunque se sobreentiende que el título de la Bascongada alude al “País Vasco”, ni Peñaflorida ni sus amigos así lo especifican. En todos los documentos aparece la “Sociedad Bascongada” de los “Amigos del País”: así, en los Estatutos de 1765 o de 1773 , en los resúmenes de las actas y demás ordenanzas y proyectos de la Sociedad .
Es un hecho, por otra parte, que, desde la creación del Señorío de Vizcaya, alternó en el uso popular Cantabria con el nombre de Bizcaya, que es el que aparece ya en los mapas del siglo XVIII. Lo mismo que en los raros “Kalendarios” y “Guías de forasteros” anuales que, como el de 1757, incluyen un mapa de la península rotulando toda la cornisa cantábrica como Bizcaia , sin diferenciar la Cantabria. Cuando, en 1789, aparece el famoso compendio España dividida en Provincias e Intendencias, la caótica maraña nominal en que se desenvolvía la administración del Antiguo Régimen admitía la existencia en el territorio nacional de cuatro Reinos (Aragón, Navarra, Murcia y Valencia), un Principado (Cataluña), un Señorío (Vizcaya), dos territorios isleños y las Nuevas Poblaciones. Todo lo demás eran Provincias. Para mayor confusión, la provincia de Álava estaba subdividida en 52 “Hermandades”; Vizcaya en 8 “Merindades”, a las que se sumaban los 15 “Concejos” de las Encartaciones del Señorío; la provincia de Guipúzcoa estaba compuesta por 18 “Partidos”, 3 “Alcaldías” y 5 “Uniones”, más el Valle Real de Leniz. Para aclarar el posible confusionismo, en nota a pie de página se decía que “Las Uniones y Alcaldías no son otra cosa que una Congregación de Pueblos, por todos los quales va un Procurador u Apoderado a las Juntas generales que celebra anualmente esta Provincia”. Semejante situación no podía ser beneficiosa ni para la administración ni para los administrados, que no logran encontrar un nombre específico que los distinga de España.
Todavía en 1804, la Guía de postas reconoce este espacio geográfico solamente como Bizcaya. Pero a las Cortes de Cádiz acudieron representantes de las Provincias Vascongadas, no de Vizcaya ni del País Vasco. Incluso Sabino Arana, el padre del separatismo vasco, tituló su libro-manifiesto Bizcaya por su independencia (1892), aunque años después inventara el neologismo Euskadi (1896), término político-administrativo que ha tomado carta de naturaleza en el Estatuto de Guernica, frente a Euskal-Herria, nombre basado en la etnia, portado como enseña reivindicativa, sin reconocimiento jurídico, pero que sirve hoy para denominar el “Museo de Euskal-Herria” de Guernica o publicaciones como el Diccionario político de Euskal-Herria de Iñaki Egaña, mientras se puede adquirir en las librerías el Atlas de Euzkadi, evidenciando así la indeterminación nominal del país.
Para mayor confusión, por las mismas fechas, algunos vascos del 98, como Unamuno, preferían resucitar el nombre de Vasconia, más acorde con la derivación latina, que tuvo su origen en el siglo VII, cuando los francos crearon el Ducado de Vasconia. Lo normal en España, sin embargo, es seguir hablando hasta fin del XIX de las tres Provincias Vascongadas. Hay quien escribe sobre el País Vascongado (1878) o de la Región Vasca (periódico de 1906) pero el cambio de siglo supuso también una creciente valoración popular de la denominación País Vasco, después de la segunda guerra carlista, cuando el nacionalismo reclamó las antiguas leyes y la restauración de las Juntas, pidiendo la protección del euskera, el cual, “por medio de la difusión y enseñanza obligatoria llegue a ser, además del idioma oficial del País Vasco, la lengua nativa de las futuras generaciones”. La tesis del vascocantabrismo seguirá vigente, al menos hasta 1911, según nos hace saber Jon Juaristi en 1987, para quien el vascocantabrismo era ya, en esos momentos, una reliquia histórica.
Las reivindicaciones fueron constantes hasta 1917, año en que las Diputaciones de las tres provincias solicitan del rey Alfonso XIII la autonomía para el territorio, derecho que no fue reconocido hasta la Constitución de 1978 y en su hijuela legal, el Estatuto de Guernica, en cuyo Título preliminar se aprueba que pueda llamarse Euskadi o País Vasco. Son cientos de años en busca de nombre propio, hasta que aparece, por primera vez, en un documento oficial como el Estatuto de Autonomía. Bien lo sabía Jaime Mayor Oreja, cuando en 1999 declaró en Bilbao que “antes del Estatuto no existía el País Vasco”. Aunque setenta años antes ya se hablara del país vasco-francés en un libro definitorio, que ha enseñado el camino al español. Se trata del ensayo histórico de Pierre Harispe Le Pays Basque. Histoire. Langue. Civilisation .
Francisco Aguilar Piñal
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17 Abril 2008
"El Paseo de la Libertad"
R.I.P.A.
Aquí descansan los restos de D. Francisco J. Barnés y Tomás, Doctor en Teología y Filosofía y Letras, Licenciado en Derecho, Catedrático Numerario de esta Universidad Literaria.
Fue sacerdote católico. Mientras creyó en el dogma, practicó los actos de la Religión con dignidad y escrupuloso respeto; cuando después de maduro examen y ejercicios continuados de razón, dejó de creer en el orden sobrenatural (que juzgó fanático), su carácter sincero no le permitió continuar una vida estéril, farisaica, burlando y explotando la credulidad de las gentes. Prosiguió a la naturaleza, nuestra común madre; contrajo matrimonio con digna mujer; fue padre de familia, cuyos deberes no descuidó un instante; y en el trato social con toda clase de personas, se ofreció como hombre sin fuero ni privilegio religioso, no creyó en otros milagros, que en la instrucción y trabajo humanos.
Falleció en la paz de Dios el día 5 de marzo de 1892. A los 58 años de edad.
Este sorprendente epitafio mortuorio se puede leer en una lápida del camposanto de Sevilla, muy cerca de los lujosos mausoleos dedicados a sus difuntos por las más pudientes familias sevillanas, que rezuman tanta piedad cristiana como vanidad mundana, y no lejos de los artísticos monumentos de fervor popular en memoria de los grandes del toreo, como la familia Gallo, encabezada por Joselito, y la familia Rivera, con la colosal escultura de “Paquirri”. Naturalmente, la lápida en cuestión, abandonada y descuidada por el tiempo, queda al margen del cementerio cristiano, en un recoleto paseo de cipreses que está rotulado como “Paseo de la Libertad”. Allí están olvidados, como culpables de su deshonra, los restos de judíos, musulmanes, herejes, apóstatas y ateos, hijos malditos de Sevilla, la ciudad de la Giralda musulmana, pero cristianizada, la Tierra de María Santísima, la del Señor del Gran Poder, de Pasión, del Amor, de tantos crucificados que, como fetiches de un culto mítico, son adorados por las calles de la ciudad en la celebérrima Semana Santa, emocionante para propios y extraños.
Imagino que la copia textual de esta lápida, que lleva más de un siglo esperando que alguien la haga pública, será acogida con alborozo por la familia sevillana Rodríguez Prieto, que en febrero de 2007 declaraba públicamente su apostasía. Excepto la madre, que mantenía su apego a la fe cristiana, el padre y sus diez hijos, todos mayores de cuarenta años, decidían abandonar esa misma fe, declarándose ateos y anunciando su renuncia a pertenecer a la Iglesia Católica, en la que estaban inscritos desde el bautismo. Todos se fotografiaron, sonrientes, tal como aparecen en la web de 20minutos.es, conscientes de haber realizado un acto, no sólo importante en sus vidas, sino de haber tomado el camino más seguro para la felicidad. Disidentes de la doctrina predicada por el catolicismo, han tenido la valentía de que han carecido tantísimos hijos de la Iglesia, incapaces de enfrentarse a la condena social de los cristianos.
Pero el caso de este sacerdote, natural de Lorca, y catedrático de la Universidad de Sevilla, que se decide a dar este paso crucial en su vida, a mediados del siglo XIX, es poco frecuente en los anales de la heterodoxia. Alguno hay, como el escritor Blanco White, que se inclina por cambiar de Iglesia, pero sin abandonar su fe en el Cristo de la niñez. Los más se resignan a vivir en el disimulo y la hipocresía, o a abandonar secretamente sus hábitos y creencias. Apostasía es una palabra cargada de sentidos negativos y denigrantes, insulto y menosprecio, rechazo social y condena total de amigos y familiares. Sin embargo, está nimbada de una dignidad suprema, como que es uno de los actos de voluntad que más dignifican al ser humano. Si la Iglesia Católica la considera como un pecado de soberbia, y predica la metáfora de “separar, cortar un miembro podrido”, nada hay más cierto que el valor del apóstata, quien considera podrido, precisamente, al cuerpo doctrinal del que se separa. Es lo que debiera hacer toda persona que, al llegar a la madurez de pensamiento, comprende la falsedad de lo aprendido y decide voluntariamente renegar de la fe del bautismo impuesto.
El texto del epitafio transcrito más arriba fue, sin duda, redactado por los hijos del difunto, autor de Prolegómenos de Historia Universal (Sevilla, 1880) uno de los primeros libros de texto universitarios sobre la materia. Sus hijos, Francisco y Domingo Barnés y Salinas, gracias a la educación recibida en casa de sus padres, se consagraron al estudio, llegando a ser también catedráticos universitarios y miembros activos de la sociedad política. Ingresaron en el partido Izquierda Republicana, de Azaña, fueron diputados en las Cortes republicanas, y el mayor, Francisco, casado con Dorotea González de la Calle, ministro de Instrucción Pública en sustitución de Fernando de los Ríos, en 1933 y 1936. Ambos fueron, además miembros del Patronato de Misiones Pedagógicas (1931-36) y reconocidos “krausistas”, agrupados en la Universidad de Sevilla en torno al catedrático Sales y Ferré. Heterodoxos y anticlericales, como se pone de manifiesto en el epitafio(aunque, al final, se escapa por una rendija del subconsciente la palabra “Dios”).
La Iglesia Católica, en unas diócesis más que en otras, pone toda clase de trabas, reparos e inconvenientes para poner al margen de la partida de bautismo la palabra maldita: “Apostató”. En realidad, es reconocer el fracaso de su predicación. Pero poco importan las anotaciones marginales, ni las falsas estadísticas. La apostasía es un problema muy personal, que no depende ni se deja influir por unas letras de más o de menos. Lo que prima siempre por encima de papeles y presiones ajenas es la libertad de conciencia, que colma de felicidad a quien se siente libre de ataduras doctrinales. Esta libertad es la que me invita a declarar la grandeza de la palabra Apostasía, que la jerarquía eclesiástica se ha encargado de anatematizar, y de castigar, incluso con el fuego, desde que condenó al emperador Juliano “el Apóstata” porque intentó restaurar el paganismo. Nunca aprendió, ni aprenderá, por mucho que predique lo contrario, que la libertad es lo único que dignifica al hombre, con independencia de sus facultades o sus creencias. Y que no hay más fieles que quienes lo son voluntariamente.
No seré yo quien haga prosélitos, ni del ateísmo ni del anticlericalismo (que no son palabras sinónimas), aunque sí defienda la libertad de conciencia para entrar o salir de una determinada religión, según el juicio crítico de cada cual, asistido por la razón, que le indicará qué es lo mejor para alcanzar el sosiego espiritual y la alegría que conduce a la felicidad. En esto consiste la grandeza de la Apostasía. Tal como vieron y constataron los hijos del sacerdote apóstata: “mientras creyó en el dogma”, sirvió a la Iglesia con dignidad y respeto. Cuando “después de maduro examen y ejercicios de razón, dejó de creer en el orden sobrenatural”, se apartó de una vida que consideraba “farisaica” y contrajo matrimonio. La hipocresía es incompatible con una mente libre y honrada, que no es capaz de asimilar el engaño ni de transmitirlo como verdad. Vandalio.
servido por Francisco
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27 Febrero 2008

Ayer he presentado públicamente este libro, leyendo el texto que inserto a continuación, con la intención de informar sobre los mitos que nos mantienen en el infantilismo pre-lógico, del que sólo se puede salir con el uso razonable de nuestro juicio crítico, ese que nos hace abandonar la infancia para convertirnos en adultos.
Gonzalo Puente Ojea, Vivir en la realidad. Sobre mitos, dogmas e ideologías. Madrid, Siglo XXI, 2007.
He aceptado con ilusión, pero también con cierto temor, la invitación que me hizo Gonzalo Puente Ojea para presentar su último libro; último de una saga de once títulos, con un denominador común: la desmitificación de los mitos y creencias trascendentes que han acompañado a la humanidad desde sus mismos comienzos como especie animal razonante. Con ilusión, porque me va a permitir participar en esta cruzada incruenta contra la falsedad mítica de las religiones, y con temor porque no me siento cualificado para resumir con acierto cuanto de verdad histórica y científica se encierra en estas páginas.
Debo expresar, por tanto, mi sincera gratitud al amigo Puente Ojea, pleno de saberes y de experiencia vital, por haberme propuesto para este empeño, en el que espero defraudar lo menos posible. No creo ser el más apropiado, ni tengo méritos suficientes para hacer esta presentación con éxito, como no sea el de lector impenitente de sus libros, a los que tanto debo en mi propia formación ideológica. El que ahora me propongo presentar tiene un título sorprendente: Vivir en la realidad. Pero, puede pensar cualquiera: ¿es que no vivo en la “realidad”? ¿Acaso el mundo en que vivo no me está golpeando continuamente con los duros mazazos de una triste y patética realidad? ¿Por qué me propone como algo nuevo “vivir en la realidad”, si ya no existen, para nuestra desgracia, ni Olimpos ni Arcadias, y Platón hace siglos que nos abandonó? ¿Qué es, en definitiva, la realidad para Puente Ojea? Algo tendrá que ver con la destrucción de los mitos, fetiches y supersticiones de la gran masa de los crédulos que se aferran a los usos, costumbres y tradiciones heredadas, sin usar su juicio crítico, de espaldas a los incesantes descubrimientos científicos. La realidad, como dicen los neurólogos, está en nuestro cerebro. Los sentidos no hacen más que enviarle chispas eléctricas, que se codifican en las neuronas y se asocian con las experiencias guardadas en la memoria. Intentaré explicaros lo que he aprendido en estas densas páginas, de lectura no fácil, pero de contundentes conclusiones, tanto religiosas como políticas.
El mes pasado asistí a la presentación de este mismo libro en el Ateneo de Madrid. El catedrático Antonio Piñero, que lo presentaba, destacó las virtudes del autor, al que reconocía profundos conocimientos, un claro afán docente y unas ideas estimulantes, pero, sobre todo, un esfuerzo intelectual contra toda clase de mitos y una valentía a prueba de contratiempos. En efecto, Puente Ojea es un desmitificador, que me recuerda el grabado de Goya, en el que la “Divina Razón” ahuyenta con un látigo a los cuervos de la ignorancia y la maldad. Precisamente, este libro se construye contra la falacia de tres mitos, condensada en sus tres capítulos: el mito religioso, el mito cristiano y el mito político. Un libro denso y trabajado a conciencia, con un trasfondo apabullante de lecturas ajenas y reflexiones propias.
Pero lo que verdaderamente hay que destacar en nuestro embajador es su indudable “valentía”. Porque enfrentarse al mito religioso en esta sociedad, que vive de prácticas y costumbres ancestrales de infantilismo espiritual, es coger el toro por los cuernos. Lanzar al público ideas contrarias a la fe heredada, reflexionar y predicar la verdad científica, sin supersticiones ni ilusiones míticas, es incompatible con la indiferencia, la ignorancia, la mala conciencia o la sumisión gregaria. Por eso, Puente Ojea es silenciado por los medios de comunicación, por la crítica sometida a lo políticamente correcto, por los avestruces que cierran los ojos y entierran su cabeza ante el peligro. Comprendo su decaimiento, por más que sea temporal, porque para un escritor el silencio es más vejatorio que la crítica. Si te critican, sabes que eres leído, que has golpeado en la mente del prójimo; pero si eres silenciado o ninguneado, lo más probable es que no te hayan leído, y su silencio habrá que achacarlo al odio, a la venganza, al miedo, o lo que es más triste, al menosprecio.
Lo que intenta con sus libros es “iluminar” la realidad, hacernos ver qué es la realidad y qué debemos hacer para vivirla “realmente” sin concesiones al idealismo espiritualista, que la desvirtúa. Quiere no sólo destruir esos mitos, que han regado de sangre los cinco continentes, sino dar un aldabonazo en nuestra conciencia para que nos alejemos de los predicadores del engaño religioso y nos abracemos con decisión al sentido común, que es, como sabemos, el menos común de los sentidos, y a las conclusiones de la ciencia, que nos abren los ojos cada día con nuevos y sensacionales descubrimientos, que afectan a las creencias, y a los que hacemos oídos sordos, por una culpable ignorancia, como si estos temas sólo interesaran a las mentes científicas.
Toda persona culta sabe, o debe saber, quién es Gonzalo Puente Ojea, cuáles son sus coordenadas ideológicas, sus preocupaciones intelectuales, su dedicación a la difusión de la verdad “real” frente al error de la ilusión y del idealismo embaucador. Más que su profesión, interesa su vocación de escritor, empeñado en “levantar el velo de Isis”, para obligarnos a todos a mirar fijamente a los ojos de la diosa, que nos advierte de su engañosa realidad, seductora de los pobres humanos durante milenios. Puente Ojea viene a decirnos que estamos engañados, que no existe ningún dios omnipotente, ni creador, ni misericordioso, ni providente. Que estamos obligados a sacudir las creencias aprendidas y a empeñar nuestro discurso razonante en la búsqueda de la “verdadera verdad”, que no es otra que la dura realidad de la materia, sin ningún espíritu divino que la haga salir de la nada.
Siguiendo la estela de Epicuro y de miles de intelectuales posteriores, Puente Ojea se declara ateo convencido. De hecho, su libro más significativo se titula Elogio del ateísmo. Pero no caigamos en el error de pensar que eliminando a la divinidad de nuestras preocupaciones hemos llegado a la meta de la realidad. Todavía hay un escalón que subir, una torre más alta que conquistar. Porque la idea de dios tiene un basamento que suele pasar desapercibido, pero que es imprescindible para construir el mito de la divinidad. Me refiero al alma, al espíritu, a los espíritus inventados por los primitivos humanos, fantasía que ha dominado el pensamiento, los sentimientos y la conducta de la especie hasta el día de hoy, construyendo las ideologías religiosas sobre arenas movedizas.
Hagamos una prueba. Imaginemos que charlamos en la intimidad con nuestro mejor amigo. Si le pregunto: ¿tú crees que Dios existe?, responderá con un gesto de suficiencia, que él, intelectual progresista, no reconoce ningún lazo de sometimiento religioso, y que, por supuesto, no cree en Dios. Pero si le pregunto: ¿tú crees que tenemos un alma?, dudará, porque, según comenta, el alma es algo necesario para entender el funcionamiento de la vida, las emociones, la conciencia, el sentimiento del yo y todas esas funciones que no vemos pero que experimentamos, incluidas las fantasías del sueño. Otra cosa será admitir que, después de la muerte, mi alma vaya a vivir otra vida, separada de mi cuerpo, al menos durante una temporada, hasta que la trompeta final nos convoque a esa fantasmagórica reunión de los cuerpos resucitados, el más absurdo de los dogmas católicos.
Puente Ojea insiste, una y otra vez, en que la idea de un dios es secundaria, que todo empezó por la invención de los espíritus, del alma individual, y posteriormente, de la divinidad, espíritu elevado a la categoría suprema. Así, pues, el primer mito a derribar es el animismo. En este punto sus conclusiones son tajantes: “La impugnación radical de este mito fundacional ya no tiene su sede en las caducas argumentaciones metafísicas y silogísticas en el marco de la tradición platónico-aristotélica bautizada por Tomás de Aquino, sino en el severo dominio de las ciencias empíricas, y en particular de todas las neurociencias”. Es decir, que ni el platonismo, ni el escolasticismo, ni el cartesianismo, con su ya marchitada doctrina dualista, pueden ofrecernos más que especulaciones de más o menos interés histórico-filosófico, sino que la respuesta adecuada a tantas preguntas sólo puede encontrarse en la ciencia, y más concretamente en las neurociencias. “Vivir en la realidad, dice el autor en la última página del libro, es liberarse de la falsedad en sus diversas manifestaciones metafísicas, religiosas, psicológicas y políticas”.
Esa falsedad, a la que hay que rebajarle una excesiva carga de voluntarismo, para dejarla en simple error fanático, involuntario en la mayoría de los casos, es el ambiente intelectual en el que ha vivido la humanidad desde sus comienzos. La mayoría de los humanos hemos sido víctimas de nuestra condición de inmadurez racional que a algunos les dura hasta los últimos momentos de la vida. Yo no puedo reprochar a mis honestos y amables predecesores que hayan vivido en ese error inducido, porque carecían de los medios necesarios para salir de él. Incluso a los más conspicuos filósofos, que han especulado y sentenciado sobre la verdad de la trascendencia, sin más instrumentos que su razón. Todos han navegado en las procelosas aguas de la metafísica, sin una tabla salvadora de verdad empírica. Nada digo de los teólogos, que han naufragado en una disciplina no científica. Porque la Teología, contra lo que tantos proclaman, no es una ciencia. No lo puede ser porque el teólogo carece de libertad para investigar y proponer, ya que ha de obedecer y someterse a unos prejuicios y creencias dogmáticas incompatibles con la libertad de pensamiento y de investigación, sustrato de la ciencia.
La búsqueda de la verdad ha cambiado de rumbo radicalmente en la segunda mitad del siglo XX. A la filosofía y a la teología han sucedido los trascendentales avances de la ciencia empírica, sobre todo en el estudio del cerebro. El bioquímico londinense Sir Francis Crick, premio Nobel de Medicina en 1962 por su descubrimiento de la estructura molecular del ADN, prosiguió sus investigaciones hasta dar un paso decisivo en el estudio del cerebro, que se titula en español La búsqueda científica del alma (1994), “hipótesis desconcertante” y senda científica por la que han seguido cientos de estudiosos de esa maravilla de la naturaleza que guarda el secreto de nuestra identidad, es decir, de nuestra mente y de nuestra conciencia, producto efímero de la compleja actividad de los millones de neuronas que conforman el cerebro humano. El concepto de alma no es ni una realidad espiritual ni siquiera una metáfora. Es un producto ilusorio de nuestra imaginación. Pero el profesor Crick es consciente de que esta verdad será difícil de asimilar por la mayoría de los mortales: “No resulta fácil creer que somos el resultado del comportamiento minucioso de un conjunto de células nerviosas”. Es, desde luego, una “hipótesis revolucionaria”, pero en el siglo XXI ya nadie debe ignorar que el alma, como ente espiritual, distinto del cuerpo, es un mito que debemos rechazar.
En el mismo campo del estudio neuronal se han situado en los últimos treinta años, científicos de fama universal, como Antonio Damasio, Matt Ridley, Paul Davies, Paul y Patricia Churchland, R. Jackendoff, V. Stenger, Stephen Hawking, D. Wegner o el catedrático de Psiquiatría de Harvard, John J. Ratey, autor de un conocido Manual de instrucciones del cerebro, donde se sintetizan los últimos descubrimientos sobre el funcionamiento cerebral, las percepciones, la memoria, las emociones, el lenguaje y las procesos de la conciencia. En España contamos con excelentes neurólogos, cuyos nombres deben ser conocidos, como Manuel Martín Loeches, de la Universidad Carlos III; Nicanor Ursúa, de la Universidad del País vasco; Francisco Mora y Francisco Javier Rubia, de la Complutense de Madrid; Nicolas Acarin, jefe de neurología del hospital Vall d’Hebron, de Barcelona; Fernando García de Haro, psiquiatra del Hospital madrileño Gregorio Marañón; Ramón Lapiedra, catedrático de Física teórica de la Universidad de Valencia. Todos ellos han publicado imprescindibles estudios sobre el cerebro. Este último, en su libro sobre Las carencias de la realidad, asevera que la gran revolución científica del siglo XX, después de la teoría de la relatividad, es el descubrimiento de la física cuántica, que aspira a describir las leyes fundamentales de la naturaleza, mediante el estudio de la mecánica cuántica, a escala microscópica. Sus resultados, dice, “son contrarios al sentido común, pero están respaldados por múltiples experimentos”.
La actividad mental es una mera función del cerebro, como se encargan de explicarnos quienes lo investigan, con una minuciosidad impensable hasta el día de hoy. Todo sentimiento, pensamiento, recuerdo, volición, acto de lenguaje, de conducta moral o inmoral, doloroso o placentero, tiene su origen en las redes neuronales. Incluso se ha llegado a decir que la falta de un pliegue en la corteza cerebral podría explicar la genialidad de Einstein. En el rincón del cerebro conocido como glándula pineal, allí donde Descartes pensaba que estaba la sede del alma, sólo se ha descubierto la melatonina, hormona que regula el ritmo vital de los animales. Y ya sabemos que, gracias las nuevas tecnologías, es posible captar la imagen de un pensamiento en milésimas de segundo. Conocemos el lugar exacto del cerebro donde se puede actuar quirúrgicamente para dejar a una persona sin habla, sin visión, sin memoria o sin la capacidad de leer o escribir. ¿No eran éstas las funciones reservadas al alma?
Es tal la importancia y la envergadura de la investigación cerebral, que ya han aparecido en muchos estudios superiores varias disciplinas de las Neurociencias, siendo la Neurociencia cognitiva el centro de todas estas materias relacionadas con el cerebro, ninguna de las cuales tienen al alma como supuesto necesario del conocimiento. El genial antropólogo británico E.B. Tylor, de finales del siglo XIX, a quien debe Gonzalo Puente Ojea su entrega apasionada a la antropología, fue el primero en hablar de la “invención animista”, sin saber, por supuesto, nada de sinapsis neuronales, ni de electroencefalogramas, ni de los progresos acelerados que iban a dar lugar al sensacional despliegue de las neurociencias. Su afirmación de que “todas las formas de religión son tributarias del animismo” fue la base de partida para el despegue intelectual de nuestro diplomático, reflejado en la docena de títulos que ha dado a luz en los últimos treinta años. En este de Vivir en la realidad consolida sus posiciones ideológicas sobre pilares de conocidos científicos. El neurobiólogo Rodolfo Llinás, a quien debe la idea de que las funciones cerebrales son producidas por la controlada actividad eléctrica de las neuronas, con diversas oscilaciones de voltaje, que ha ido evolucionando con la especie, pero que de ninguna manera apareció de pronto, como sugiere la idea de un alma eterna, creada inmortal, motor de toda función cerebral de la persona. El cerebro ya no es un problema filosófico, sino científico, cuya capacidad se mide en herzios, como las pilas. Llega a decir, extremando sus pasmosas afirmaciones que “con arquitecturas funcionales adecuadas, sería posible generar una “conciencia” en otras entidades no biológicas”, como los robots.
Puente Ojea busca su segundo apoyo científico en otro gran estudioso de la conciencia, Daniel Dennet, empirista sin reservas, que repite su negación del dualismo cartesiano apoyando la tesis de que la existencia de las almas es imposible, porque la conciencia humana es un producto de la evolución, tanto biológica como cultural. La mente, es decir, el alma, según Dennet, “no pasa de ser un conjunto de funciones materiales del cerebro”. Y añade que “la divisoria antropológica entre el mundo de la ciencia y el mundo de la fe se sitúa hoy en esa falsa creencia en el alma como algo diferente del cuerpo”.
Le sigue la exposición de las tesis del biólogo escocés Richard Dawkins, que da un paso más y afirma que los errores genéticos son nuestros verdaderos creadores, son “la razón última de nuestra existencia”. Si los genes de cada célula contienen la información biológica necesaria para el diseño de un nuevo ser, los memes son los replicadores culturales que modifican nuestro cerebro, por la presión del ambiente que nos rodea y que nos esclaviza a una ideología dominante. (Por cierto, y entre paréntesis, aconsejaría al autor que se olvidara del femenino memas, que utiliza siguiendo la opinión de Balari, para volver al masculino memes, que se acomoda mejor a la lengua española, por atracción analógica con los genes). La importancia primordial de los memes para el nacimiento de las religiones se fundamenta en la fuerza de la fe ciega, que “asegura, dice Dawkins, su propia perpetuación por el simple e inconsciente recurso de rechazar o desalentar una investigación racional”.
El abanico de problemas que nos desconcierta a partir de la negación del alma es apabullante y afecta a la libertad, la responsabilidad, la culpa, la moral y sus anejos de sacrificio o hedonismo, a la viabilidad de la voluntad y tantos otros misterios de origen psicológico, relacionados con el determinismo o indeterminismo de la persona. Por su parte, el discapacitado investigador más famoso de la historia, el catedrático inglés Stephen Hawking, que prefiere hablar de inteligencia, en vez de conciencia, proclama que todo se reduce a leyes químicas y físicas. Todo lo contrario de los visionarios animistas, como el sueco del siglo XVIII Swedenborg, quien declaró que tomaba el té con el mismo Jesucristo, como relata Borges, y conversaba con los espíritus angélicos, los cuales le impulsaban a demostrar científicamente la existencia e inmortalidad de las almas. A pesar de ser un gran científico, la demencia mística pudo con su vida. “Si las leyes científicas son correctas, Dios es un extraño y debe ser eliminado”, leía Puente Ojea en la revista Scientific American, hace un año, cuando remataba la redacción de este libro.
Las inmediatas consecuencias del mito animista es la de buscar al alma espiritual un destino final muy distinto al del cuerpo, condenado a la descomposición. De aquí la doctrina de la salvación, firme columna del edificio religioso. Salvación ¿de qué? De la desaparición, por supuesto. Si no ha de ser inmortal ¿para qué queremos el alma? Entrar con esta batería de argumentos contra el dualismo es dar la batalla por ganada, aunque el adversario, cegado por la fe, no se rendirá fácilmente. Descartando las demás religiones orientales, como el budismo y el jainismo, que también entran en sus consideraciones, Puente Ojea de dedica fundamentalmente a rebatir el mito cristiano, aunque, a grandes rasgos, lo mismo se puede aplicar a las religiones monoteístas bíblicas, el judaísmo y el islamismo, reivindicadoras de idéntico fanatismo mítico y exclusivista. Tan visionario fue Abraham como Mahoma o como el evangelista Marcos, discípulo de Pablo de Tarso, el judío que se convirtió en el creador del Cristo Redentor en un ataque epiléptico.
Pasando del método científico al histórico, Puente Ojea repasa sus conocidos argumentos sobre la fabulación evangélica, iniciada por Marcos y seguida por los demás evangelios canónicos, con rechazo interesado de los ochenta y tantos restantes, apócrifos para los primeros teólogos que dejaron establecido el canon. Por supuesto, la fabulación paulina del Cristo salvador vale tanto para la Iglesia Católica como para el resto de los cristianos, desde los luteranos a los ortodoxos, o a los cientos de sectas en que se hallan divididos los seguidores del Evangelio. Todos ellos, creyentes en Cristo, miles de millones, viven inmersos en el mito. Unos de buena fe, otros con engaño asumido y remunerado. El homo sapiens, homo religiosus por naturaleza, es de vida tan corta y tan frágil, que necesita agarrarse a un clavo ardiendo para defender su escaso patrimonio de felicidad, aunque sea imaginada y efecto de un meme heredado difícil de desarraigar. Como resumen de su pensamiento, el autor escribe que “la fe pospascual ha nacido de un salto histórico y teológico tan inverosímil que la única cuestión que queda por explicar es cómo se produjo ese salto. El evangelio de Marcos, a partir de la cristología forjada por Pablo veinte años antes, es un documento excepcional para descubrir la asombrosa tergiversación histórica que llevó del Jesús judío al Cristo de la fe”.
Finalmente, el mito político, consecuencia de la historia eclesiástica de los últimos veinte siglos, se entiende solamente a partir de la interacción entre los Estados y el complejo entramado de la Iglesia con el poder político desde el siglo V, que ha ido en aumento hasta que los súbditos se transforman en ciudadanos, por sucesivos golpes revolucionarios en el Occidente cristiano. En España, cuya historia conoce bien el diplomático Puente Ojea, las sucesivas etapas monárquicas o republicanas han perfilado unas relaciones con altibajos, sin llegar nunca a la armonía ideal entre ambos poderes, que solamente se puede conseguir mediante la adopción de la doctrina laicista, que supere la insuficiente declaración constitucional de no-confesionalidad. El laicismo no es enemigo de ninguna religión, ni de creencias o convicciones, sino que las ampara a todas por igual. Una conciencia libre es el requisito primero de todas las libertades que pueda reclamar un individuo. Esta decisiva conquista intelectual y política, definida como supremacía de la libertad de conciencia sobre todo otro poder es el signo y nota distintiva de Occidente como cuna de la doctrina de los derechos humanos. Por ello, concluye el autor, el Estado no debe tener preferencia por ninguna convicción religiosa, atea o agnóstica, sino limitarse a protegerlas a todas en su existencia legal, “como lo hace con cualesquiera otras asociaciones civiles de derecho privado”.
Los mitos son creencias infundadas, supersticiones que han derivado en costumbre, pajarracos de enormes alas que ocultan el sol de la verdad, pero que, de hecho, orientan la vida de miles de humanos de ayer y de hoy a los que debemos respetar pero que conviene instruir para que salgan de su voluntaria ignorancia. En este sentido, creo que Gonzalo Puente Ojea no nació para diplomático, sino para destruir los mitos que dominan a la mayoría de la humanidad. Su vida no tendría sentido si sólo hubiera sido embajador ante la Santa Sede; el sentido de su vida está contenido en la impagable Biblioteca Gonzalo Puente Ojea, que perdurará para enseñanza y desmitificación de las futuras generaciones. VANDALIO.
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18 Febrero 2008
El triunfo de David sobre Goliat, de Poussin.
Cuando un mito (es decir, un engaño) tiene raíces religiosas, nada hay más difícil de desarraigar. Los altorrelieves de las fachadas de las catedrales españolas de Santo Domingo de la Calzada y Santiago de Compostela, primorosamente cincelados por artistas románicos en el siglo XIII, dan fe de una creencia mantenida durante más de un milenio, que venera a David como el rey ejemplar de Israel, tocador de la cítara y autor de los salmos bíblicos, no sólo entre su pueblo judío, sino con la importancia suficiente para ser presentado públicamente en los pórticos de las iglesias cristianas. Hay sabemos que ni los salmos (al menos en su mayoría) son suyos ni su vida fue tan ejemplar como nos quieren hacer creer los creyentes en el dios del Antiguo Testamento. Dos arqueólogos judíos, Israel Finkelstein, catedrático en la universidad de Tel Aviv, y Neil Asher Silberman, del Center for Archeology de Bélgica, autores de La Biblia desenterrada, han publicado recientemente otro libro fundamental: David y Salomón. En busca de los reyes sagrados de la Biblia y de las raíces de la tradición occidental (2007), donde se precisa cómo evolucionó la leyenda de estos reyes judíos, y cómo esta leyenda configuró la historia. Anteriormente, Jonathan Kirsch había publicado en español otro estudio desmitificador: David. La verdadera historia del rey de Israel (2002), en el que ya aparecía a grandes rasgos la personalidad del rey-pastor: violento, sanguinario, manipulador, falto de escrúpulos. David ya no es la imagen idealizada en un contexto religioso, sino una persona de carne y hueso, con grandes pecados sobre sus espaldas. Ni la Iglesia Católica se atrevió a santificarlo.
Pero la leyenda bíblica sigue todavía con buena salud. A ello no sólo han contribuido los artistas de la gubia (recordemos a Miguel Ángel) y del pincel (Pussin), los asombrosos colores de las vidrieras góticas, que pasaron a la historia como “la Biblia de los pobres”, ni las miles de ediciones de la Biblia que inundaron las bibliotecas de Occidente. Además del papel, el celuloide contribuyó no poco a la exaltación de los grandes protagonistas del Antiguo y del nuevo Testamento. El personaje del rey David, intocable para el fanatismo judío, fue encarnado en la pantalla por actores de relieve, como Gregory Peck, Jeff Chandler, Timothy Buttoms y Richard Gere, que llevaron su distorsionada figura a la mente de millones de espectadores. Para un conocido comentarista, creyente por supuesto, el rey David es “piadoso, poeta excepcional y uno de los personajes más sugestivos de la historia universal, epítome de todas las virtudes que adornarían a los israelíes en los milenios venideros”. No se pueden decir más necedades, ni más mentiras en menos palabras. Para los que creen en un Cristo mesiánico, de la dinastía de David, la respuesta más documentada y demoledora, profecía por profecía, se puede encontrar en el más reciente libro de MiltonAsh, Jesús, el falso Mesías (2008).
Fuera de los relatos bíblicos, no se sabe prácticamente nada del rey David, cuya misma existencia ha sido puesta en duda, aunque en el primer libro de las Crónicas se dice, interesadamente, que “la fama de David se extendió por todas las regiones, pues Yahvé le hizo temible a todas las naciones” (14, 17). Parece que se han perdido algunos libros sagrados que lo confirmaban: “Los hechos del rey David están escritos en la historia del vidente Samuel, en la Historia del profeta Natán y en la historia del vidente Gad” (I Cro 2, 29-30), ninguno de los cuales se conocen. Pero lo que sí conocemos por la Biblia es suficiente para señalar a David como un “sádico asesino genocida, malvado, inmisericorde e hipócrita”. Estos adjetivos no son míos, sino que pertenecen a los comentarios que aparecen en el tomo II de la obra La Biblia ante la Biblia, la Historia, la ciencia y la mitología, publicado en 2006 por MiltonAsh, quien continúa con meticulosidad en el tomo III (2007) sacando a luz las incongruencias, las contradicciones y sobre todo la extrema crueldad de esta “novela del pueblo judío”, como titulé uno de mis artículos sobre la Biblia, cuyas páginas destilan sangre de víctimas inocentes. El autor agrega este párrafo que no necesita comentario: “David, el más grande antepasado del Mesías cristiano, tiene el dudoso honor de ocupar un lugar preferente entre los más grandes sádicos y asesinos de todos los que pueden encontrarse en la Biblia, tanto que hasta Moisés y Josué, otros dos criminales, se darían vergüenza de hacerse una foto con él”.
En efecto, no hay más que acudir a la Biblia para comprobar la veracidad de estas afirmaciones. Como se puede ver en I Sam 27, antes de convertirse en rey vivió de la rapiña y el botín que obtenía de saquear a sus víctimas; y después de suceder al desobediente Saúl, cumplió todas las órdenes de exterminio dictadas por Yahvé: conquistó la fortaleza de Sión, derrotó y aniquiló a filisteos, moabitas, amonitas, arameos, edomitas y cuantos “ocupaban” la tierra supuestamente destinada por Yahvé a los israelitas. Porque, como confesó, siguiendo estas órdenes, “persigo a mis enemigos hasta exterminarlos” (II Sam 22). A los habitantes de Rabbat “los sacó fuera y mandó que unos fuesen aserrados, haciendo pasar sobre otros trillos forrados con puntas de hierro, y despedazarlos con cuchillos” (II Sam 12, 26-31). En otro lugar: “David saqueaba estas tierras, sin dejar con vida ni a hombres ni a mujeres, y se apoderaba de las ovejas y bueyes, asnos, camellos y vestidos” (I Sam 27, 8)).
La popular historia del pastor David cortando la cabeza del gigante Goliat no parece cierta a los estudiosos, que la toman como una fabulación para aumentar la gloria de David. Pero sí lo son, cotejadas con la historia, las anécdotas sobre su vida guerrera o sexual. Todo relatado en los dos libros de Samuel, en los Salmos, en Crónicas y en Reyes. La conocida como Biblia de Jerusalén arguye, con toda naturalidad, que la invasión de un territorio ocupado y la masacre de sus habitantes es legítima porque responde a una orden divina. David tenía treinta años cuando subió al trono (1010 a C.), y reinó durante cuarenta años, en los cuales no tuvo tregua para los enemigos. En I Sam, 28 se narra cómo David, para obtener como esposa a Mical, la hija del rey Saúl, salió con su tropa a matar a doscientos filisteos, con la sola intención de rebanarles el prepucio, que fue la condición para la boda, a la que no fue fiel, porque tuvo once hijos de otras esposas y múltiples concubinas (II Sam 5). Pero esto no obsta para que fuera bisexual, puesto que amaba sobre todas a Jonatán: “Tu amor fue para mí más delicioso que el amor de las mujeres” (II Sam 2,26). Enamorado de Betsabé, ordenó que su marido Urías fuera enviado a primera línea de combate, donde finalmente murió, dejándole el campo libre para poseer a Betsabé, que fue la madre de Salomón, hijo del adulterio y usurpador del reino de Israel, que le correspondía al primogénito, Adonías. David infringió la ley de Yahvé, que condenaba a muerte a los adúlteros, pero en este caso le perdonó, “y el Señor estaba con él” (II Sam 12).
Ciertamente, la moral puede variar con las épocas y las sociedades, pero hay una ética universal a la que no parecen seguir estos héroes bíblicos, aunque repugnan tanto hoy como ayer. David es un modelo de hipocresía, rezando a su dios mientras comete los más horrendos crímenes. Es un pecador, que mata para conseguir sus deseos sexuales, que tortura sin misericordia, despreciando vidas y haciendas. Pero, según los salmos, él no se siente culpable de nada: “mi boca no ha pecado como hacen los hombres…por los caminos de tu ley he guardado mis pasos, de tus senderos no se han ido mis pies” (Salm 17, 3-5). “No lleves mi alma con los pecadores, ni mi vida con la de los hombres sanguinarios, estos que tienen las manos llenas de crímenes” (Salm 26, 9). Como buen criminal, era además hipócrita y mentiroso, el polo opuesto de la ejemplaridad que debe adornar a todo monarca, sobre todo cuando cree que ha asido investido por la divinidad. Vandalio.
servido por Francisco
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17 Enero 2008

Esponja-lámpara
Este año los Reyes Magos me han traído un regalo sorprendente y singular: es un libro de gran formato titulado Criaturas abisales, de la conocida productora y periodista científica Claire Nouvian, cuya labor de difusión sobre la fauna y la flora de la Tierra merece el mayor de los elogios. El fondo marino es uno de los últimos reductos que la ciencia debe conquistar. Este libro es un paso importantísimo para difundir la buena nueva de las maravillas escondidas en las fosas marinas, aguas impenetrables donde viven criaturas endémicas y desconocidas para el hombre hasta el día de hoy, seres de belleza oculta, enigmática y espectacular, de vida libre, indómita y múltiple, primitiva y microscópica en la mayoría de las casos, pero vida al fin y al cabo, eslabones de la misma cadena molecular a la que pertenezco.

GALATEA YETI
Son seres extraños y frágiles, de cuerpo muchas veces transparente o translúcido, gelatinoso pero resistente a la enorme presión del agua, ya que viven a más de mil metros de profundidad. Carecen de cerebro, de huesos, de una visión y unos sentidos que no necesitan al vivir en la más absoluta oscuridad. Unos expelen toxinas mortales, otros son carroñeros, pero todos depredadores. En ese ambiente hostil nacen, se desarrollan, se multiplican, y mueren sin que nadie conozca de su existencia ni pueda apreciar su belleza, o su repulsiva fealdad, ni la agresividad a que están condenados para sobrevivir. Más de dos mil especies se han contabilizado ya en esas “profundidades abisales”, en expresión acuñada por el científico Laplace a fines del siglo XVIII, con la extraordinaria singularidad de ser casi todos bioluminiscentes, es decir, que emiten ráfagas de luz propia para defenderse o para atraer sexualmente a sus congéneres. No sé con qué fundamento, los científicos han establecido sus orígenes hace más de quinientos millones de años, con una fecundidad tan asombrosa que algunas especies pueden poner hasta mil huevos por día.

DRAGON NEGRO
De esta biodiversidad tan surrealista hay que destacar las especies que viven por debajo de los 2.500 metros, profundidad a la que, por no recibir el más mínimo rayo de sol, no puede realizarse la fotosíntesis que da vida a las plantas. En oposición a quienes consideran que la vida procede en su totalidad de los rayos solares, en esas simas de la eterna noche la vida nace por quimiosíntesis, es decir, por combinaciones químicas, incluso con productos tóxicos, con metabolismo que no necesita el oxígeno, sobre todo en los alrededores de los géiseres termales submarinos. La energía química sustituye a la solar.Esta quimiosíntesis es el descubrimiento más inesperado y sensacional del siglo XX, tanto en oceanografía como en biología, abriendo nuevos caminos a las investigaciones sobre el origen de la vida. Como el mar, en estas enormes profundidades no produce ningún tipo de alimento, estas criaturas se ven precisadas a subir a capas superiores durante la noche para abastecerse, tarea que les ocupa varias horas, según la profundidad de su hábitat.

GUSANO ABISAL
Este siglo XX, en el que me ha tocado vivir, es, sin duda, el más afortunado en el avance de la ciencia. En este sentido, el conocimiento de los fondos marinos no se pudo hacer hasta 1934, con la primera bastisfera, pero el gran paso se dio en 1977, con el inicio de los cada vez más sofisticados submarinos de investigación que pueden bajar a esas aguas antes impenetrables, y con la indispensable ayuda de los grandes adelantos fotográficos. Gracias a ellos, los grandes “aventureros” submarinos de nuestra época han podido fotografiar y clasificar miles de especies no sólo desconocidas, sino prácticamente inimaginables. Ahora sabemos de la existencia allá debajo de varias clases de medusas y pulpos de escasos centímetros, con apellidos analógicos (luminoso, de cristal, dumbo, paraguas) como los de fantasmagóricos peces (víbora, telescópico, sapo espinoso, dragón, fútbol, trípode, elefante) o gusanos (el sinóforo gigante, que mide cincuenta metros de largo, es el animal más grande del planeta). Los hay cuya sola vista produce espanto, como el “vampiro de los abismos”, el “diablo negro”, el “pez ogro”, el “vampiro del infierno”, el “dragón negro”, el “tiburón lagarto”. Otros son más amables a la vista, como el “calamar cacatúa”, la “pluma de mar”, los “gusanos de hielo” o la delicada “bailarina española”. Hay un curioso “sofonóforo” seductor, que, a modo de fuegos artificiales, expele chispas luminosas para atraer al sexo opuesto.

BAILARINA ESPAÑOLA
“Los fondos abisales –dice Robert Ballard- son el mayor museo del mundo”. Pero museo repartido por todos los fondos marinos, donde hay treinta fosas de seis mil o más metros de profundidad, alcanzando cuatro de ellas los diez kilómetros, presión que han de soportar estas criaturas, casi todas endémicas de un solo lugar. Son los abismos del planeta, que, acompañados por las inmensas cavernas terrestres, esconden todavía los secretos mejor guardados de la vida terrestre.

SINÓFORO SEDUCTOR
Pero no menos subyugantes que estos abismos naturales son los abismos psicológicos del ser humano, en cuyo oscuro interior se pueden encontrar los sentimientos más ocultos, las pasiones más devoradoras, cuyo descubrimiento produce una emoción tan sobrecogedora como las que abruman al submarinista ávido de ignotas sensaciones. Si cierro los ojos y buceo en las profundidades de mi mente puedo hallarme en situaciones semejantes, desde la ternura al horror, desde la atracción a la repulsión, desde la admiración al desprecio, desde la simpatía al impulso seductor. Es el abismo de la condición humana. En la práctica, el abismo carece de límites, y la psique del hombre puede caer en otros abismos de los que suele ser muy difícil salir, como el de los alucinógenos, el del fanatismo ideológico, el de la culpa imborrable, el de la esclavitud moral, el de la enfermiza adicción sexual. Pero todo mortal, por el hecho de serlo, ha de vivir en el abismo de la angustia intelectual, al menos en algún momento de su vida. Cuando todo lo veo negro, abandonado por el sol de la esperanza, sin saber quién soy, ni de dónde vengo, ni cuál es mi destino. El que no se ha sentido nunca angustiado por estas cuestiones puede decirse que no ha vivido.
Vandalio.
servido por Francisco
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