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La Coctelera

La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

Categoría: Aborto

7 Marzo 2009

OJOS QUE NO VEN (52)

 

 

III

El mito de la inmortalidad (1)

 

El andamiaje doctrinal de todas las religiones, especialmente la cristiana, se sustenta sobre dos bases de arenas movedizas, con el inevitable derrumbamiento de todo el edificio en cuanto la razón humana descubra  la debilidad de sus argumentos. Esas dos bases, que los seducidos por los memes adquiridos en la educación creen tan sólidas, son la dignidad del hombre, que merece la felicidad por su ‘imaginada' condición  de ‘hijo del dios inventado', y la esperanza de conseguirla durante toda la eternidad, fiado en las ‘palabras' de ese dios, tan huecas de sentido como el mismo ‘invento' divino. La dignidad del ser humano, tal como yo la veo, no puede residir en ninguna filiación de ese Ser Supremo, que no existe, sino en el propio cerebro de la especie homo sapiens, producto natural de la evolución darwiniana. Ese cerebro, excepcional entre todas las criaturas, que puede reflexionar sobre su propia vida, es algo tan asombrosamente único y maravilloso, que es, por sí mismo, digno de vivir exigiendo el respeto de los demás humanos. Otra cosa es que se lo merezca. La dignidad sería, pues, una derivación de la propia mente evolutiva, cuya psique no es ningún espíritu, sino la función cerebral en sí misma considerada. Donde hay cerebro humano, ha de haber dignidad. Vivida y exigida hasta el momento de la muerte. Por esta razón considero que el aborto no es tal mientras no haya cerebro en el feto. Es la consecuencia lógica de la inexistencia del alma.  

El académico Julio Casares, en su Diccionario etimológico de la lengua española (2ª ed. Gustavo ili, 1959) define la esperanza como un "estado del ánimo en el cual se nos presenta como posible lo que deseamos". Es, por tanto, un sentimiento cuya base es imaginativa ("se nos presenta") y cuya finalidad es, como la de todos los sentimientos, satisfacer un deseo. Se pueden esperar cosas muy diferentes: a/ el cumplimiento de una ley natural (que arraigue el árbol que acabo de plantar, que me hijo crezca fuerte y viva larga vida, que el sol salga cada mañana); b/ el cumplimiento de una ley social (que se haga justicia, que venza el mejor, que respeten mi vida y mi hacienda); c/ el cumplimiento de una ley moral (que mi amigo no me traicione, que mis méritos sean reconocidos, que no se descubran mis secretos); d/ el cumplimiento de una promesa religiosa (que mi vida se prolongue en otro mundo de felicidad).

Según la mitología clásica, Zeus, para castigar a los mortales por haber aceptado el fuego de Prometeo (es decir, el alma) que los elevó por encima de los demás animales, "ordenó al industrioso Hefesto que cuanto antes modelara, con agua y arcilla, un rostro que se asemejara al de las diosas inmortales, de bella, virginal y amable presencia, que fuese el torturador eterno de los hombres" (Hesíodo, Los trabajos y los días). En otras palabras,  creó a la primera mujer para castigar al hombre, instalando en su pecho la índole engañosa, los embustes y el discurrir astuto. Esta mujer recibió el nombre de Pandora. Zeus se la entregó al incauto Epimeteo, hermano de Prometeo, junto con el primer regalo de bodas de la historia: una caja que no debían abrir por ningún motivo. Tal prohibición suscitó la curiosidad femenina, de modo que Pandora abrió la caja y de ella salieron todos los males que afligen al mundo. Hesíodo, el primer machista griego, volcó su ira sobre ella: "De ella, en efecto, nació la estirpe nefasta de las mujeres. ¡Ah, qué desgracia tan inmensa para los hombres mortales!" (Teogonía). "Por suerte, dice un comentarista, en el surtido de la caja no faltaba la Falaz Esperanza. De lo contrario, los hombres, abrumados por las desgracias, seguramente no lo hubieran soportado y se habrían suicidado" (Luciano de Crescenzo, Los mitos de los dioses, Seix Barral, 1994).

Porque es imposible vivir sin esperanza. Por ella comemos, tenemos hijos, plantamos un árbol, rezamos y deseamos. Pero, a tenor de lo dicho, hay diversas clases de esperanza, inseparables de algún deseo, que se puede llegar a realizar o no, con la consiguiente satisfacción o insatisfacción. En cualquier caso, la esperanza desaparece sin mayores consecuencias que la de un contratiempo o una experiencia  placentera, que podremos ‘sentir' en su realidad. Es una vivencia real. Por el contrario, todos los creyentes que sueñan con el cuarto deseo (la esperanza religiosa en la inmortalidad), al despertar verán su engaño. Porque tal esperanza es un mito, una ilusión sentimental.

En el seno del cristianismo la esperanza es el sentimiento dominante. Cuando el también académico español Pedro Laín Entralgo publica su conocido libro La espera y la esperanza. Historia y teoría del esperar humano (Revista de Occidente, 1957) reconoce que su esperanza es, primordialmente política: "el logro de una España en buena salud, bien vertebrada y en pie, propuesto por la generación de 1914". Sin embargo, amplía su visión a la esperanza de la fe, culminación de una espiritualidad que se asienta en la creencia firme de una vida futura, después de la muerte: "La esperanza cristiana  tiene que ser un misterioso, gratuito y sobrenatural acabamiento de la pasión y del hábito de vivir esperando" porque "un hombre sin esperanza sería un absurdo metafísico". Palabras que me parecen no suficientemente pensadas, porque son conocidas miles de personas que viven en la desesperanza, sin sentir ninguna necesidad de confiar en un futuro de eterna felicidad, tal como nos prometen los imaginativos profetas de la fe religiosa.

En todo su razonamiento Laín sigue las sentencias de Agustín de Hipona, el obispo converso, en especial cuando escribe que "sólo la esperanza puede consolarnos de la fugacidad del presente". La esperanza es, pues, un consuelo, es decir, algo inexistente, una ilusión, un "autoengaño consolador". El santo de Hipona, como los demás Santos Padres del cristianismo, no hizo más que intentar tranquilizar su conciencia anunciando males sin cuento para los réprobos que no admitan sus fantasiosas elucubraciones, sin el más mínimo respeto a las conclusiones de la razón, también creada por ese dios al que dicen servir y predicar. Los textos evangélicos en los que fundamenta su exposición no pueden ser más endebles, aunque demos por supuesto que no son interpolaciones posteriores. El primero es de Mateo: "Después de mi resurrección iré delante de vosotros a Galilea" (Mt XXV, 32). El segundo es de Lucas: "Como relámpago fulgurante, que brilla de un extremo a otro del cielo, así será el Hijo del Hombre en su día" (Luc XVII, 24). El tercero, de Marcos: "Porque quien se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del Hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles" (Mc VIII, 38) y "Veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Poder y venir entre las nubes del cielo" (XIV, 62). ¿Dónde se habla de una vida futura? (Continuará).

 

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5 Marzo 2009

OJOS QUE NO VEN (50)

 

El mito del alma (6)

Incluso algunos grandes pensadores de mi época, a quienes he conocido y tratado, creyentes de sincera fe, han conservado una reticente sumisión a los dogmas recibidos. Sin atreverse a dar el paso a la incredulidad, han manifestado su disconformidad en cuestiones puntuales de la enseñanza católica. Para mí fue particularmente emotiva la sesión de homenaje al profesor Pedro Laín Entralgo, en el mes de abril de 1999, con motivo de la presentación de su último libro Qué es el hombre, premio Jovellanos de ese año. Cuando, postrado en su silla de ruedas, balbuceando las palabras a sus 91 años de edad, proclamó ante el auditorio que renunciaba a la idea del alma, porque estaba ya convencido de su inexistencia, como había apuntado en su otro libro Cuerpo y alma (Espasa-Calpe, 1991)  al escribir que su propósito era "mostrar con documentación  y rigor que las actividades tradicionalmente atribuidas al alma pueden ser razonablemente referidas a la estructura dinámica del cuerpo". Además de convicción razonada, hubo sentimiento contagioso en sus palabras.

Otros dos temas que han dado origen a variedad de hipótesis se refieren a la sede del alma en el cuerpo y al momento de su ‘encarnación'. Un libro demencial, cuyo contenido no responde exactamente al título (Gary Zukav, El lugar del alma, Plaza Janés, 1990), propone que el alma es una porción divina "Dios asume formas individuales, gotitas de agua, reduciendo su poder a pequeñas partículas de conciencia individual". Sin embargo, el enunciado responde a una sincera preocupación de los filósofos desde la antigüedad, al menos desde que Hipócrates afirmara que el alma tiene su sede en el cerebro. Como sabemos, para los egipcios residía en el corazón (ba), el único órgano vital que se mantenía dentro del cuerpo tras la momificación. Descartes la sitúa en la ‘glándula pineal', mientras que el cirujano mayor de Luis XIV,  La Peyronnie, la sitúa en el ‘cuerpo calloso' (1747). Opinión que es rechazada por el médico español Miguel Sabuco, escondido tras el nombre de su hija Oliva Sabuco de Nantes, muy elogiada por el benedictino Feijoo, en el siglo XVIII, por haber defendido que el alma se localizaba en todo el cerebro y no sólo en la glándula pineal.

El problema parece intrascendente, pero no lo es en la actualidad, cuando se ofrecen tantas posibilidades de trasplantes de órganos. Cierto que aún no se ha llegado al trasplante exitoso de una masa  cerebral completa, pero sí a extirpaciones de partes de esa masa, con los interrogantes científicos inherentes a tal clase de operaciones quirúrgicas. Se diría que el alma se puede ‘dividir', ya que extirpada una parte de la masa cerebral, el sujeto puede seguir viviendo, quizás disminuido, pero vivo. Si el órgano trasplantado no es vital, como las extremidades, riñones, hígado, incluso páncreas y pulmones, no parece que peligre la ‘identidad' de la persona. Tampoco si se trata del corazón, una vez aceptado que no es más que un músculo-motor, sin relación con los sentimientos, como es creencia común. Si a un ser humano, como parece que ya se ha hecho y seguirá haciéndose en el futuro, se le amputan todos sus miembros excepto el cerebro completo, mantiene viva su conciencia y personalidad. Entonces, ¿dónde sino en el cerebro se puede alojar la conciencia, el ‘yo' individual?

Si, como parece, la identidad de una persona reside en la memoria, allá donde se esconda esa memoria será la ubicación de la supuesta alma. El monstruo del doctor Frankenstein ¿tendría el alma  alojada en la memoria del difunto criminal? ¿Sin posibilidad de redención? ¿Era realmente un ser humano ‘individualizado'? Lo único que pueden demostrar y asegurar los científicos es que sin cerebro no hay vida. Como dice el investigador español Javier de Felipe, "el cerebro no se puede sustituir; si lo cambiamos, cambia nuestra esencia. Somos nuestro cerebro" (En conversación con Eduardo Punset, Cara a cara con la vida, la muerte y el universo, Destino, 2004).Con palabras muy parecidas se expresa el catedrático de Psicología en Harvard, Steven Pinker: "La conciencia no reside en un alma etérea...es la actividad del cerebro".

El otro tema trascendente, en relación con el alma, es el referente a su unión con el cuerpo. Si es Dios mismo, como enseña la doctrina católica, quien crea cada alma individual, ¿en qué momento ocurre la ‘encarnación' del alma espiritual en el cuerpo mortal?  El problema se complica cuando, al intentar encontrar una respuesta, se presenta la duda de si un retrasado mental o un embrión humano son portadores del alma inteligente, inmortal y destinada a la eterna felicidad. Pero vayamos al embrión: Si según Tomás de Aquino, el eminente teólogo medieval, autor de la Suma Teológica, Dios introduce el alma racional sólo cuando el feto es un cuerpo ya formado, la consecuencia es que los embriones no son ‘seres humanos', contra la doctrina más actualizada, que defiende lo contrario. (La encíclica de Pablo VI Humanae Vitae, de 1960, confirma la "perversidad" de la contracepción -mejor, contraconcepción- y el aborto, doctrina ratificada por Juan Pablo II y su sucesor en el Pontificado).

La tesis de ‘embrión=persona' no es compartida ni por las iglesias protestantes, ni por ninguna otra religión, incluidas las monoteístas. Según el Talmud, el libro sagrado del judaísmo, el embrión se convierte en persona gradualmente, en el segundo mes del embarazo. Para la religión islámica, el alma entra en el cuerpo cuarenta días después de la concepción. Con este criterio, se admite sin reparos la experimentación con células embrionarias antes de la formación de los órganos vitales, en un plazo aproximado de seis semanas. (Un embrión, antes de los 20 días tiene una dimensión inferior al milímetro, y no tiene órganos ni tejidos diferenciados. El corazón comienza a latir en la cuarta semana tras la fecundación y el cerebro, considerado como el lugar de la conciencia, no tiene actividad hasta la octava semana de la gestación).  La tesis de que el embrión, desde la fecundación, es ya un ser humano es racionalmente insostenible, al menos para la ciencia moderna. Es solamente un ‘futurible' humano. (Continuará).

 

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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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