Publicidad:
La Coctelera

La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

Categoría: alucinaciones

27 Septiembre 2009

OJOS QUE NO VEN (97)

 

III

El dios bíblico (1)

 

Las tres grandes religiones monoteístas se fundamentan en las páginas ‘reveladas' de la Biblia, un conjunto de ‘Libros sagrados', escritos por ‘inspiración divina' casi siempre nocturna, como se ha visto en la Segunda Parte de este libro. Es decir, por imágenes contempladas durante el sueño, o por un enteógeno (sustancia que induce la manifestación de lo divino en la conciencia del usuario, como lo define Fernando Sánchez Dragó -"quien lo probó lo sabe"- añadiendo que es un "fármaco sacramental", prácticamente inocuo) estudiado por Antonio Escohotado en su Historia general de las drogas (Alianza Editorial, 1998).  Una de ellas, la burundanga, productora de alucinaciones, es también ladrona de voluntades, bien conocida sobre todo en América hispana, donde se usa, bebida o inhalada, para culminar una violación. Por otra parte, las drogas endógenas son unas sustancias naturales generadas por el cerebro y otros órganos corporales para ayudar a responder a algún estímulo externo, inhibir el dolor y calmar los nervios. Toda clase de sustancias alucinógenas pueden degenerar en esquizofrenia y anulación de la personalidad, que cada vez se aleja más de la realidad material para vivir en su ‘realidad onírica'. "Los enfermos, dice el psiquiatra español Carlos González Juárez,  oyen una voz en su cabeza que les da órdenes". Son episodios psicóticos, delirios extravagantes de los que el sujeto está convencido, y que pueden durar toda la vida. Incluso los conocidos como "viajes astrales" pueden hoy ser inducidos en el laboratorio mediante una desconexión momentánea de los circuitos cerebrales.

Insisto una vez más en esta valoración de las imágenes soñadas, porque es una inestimable ayuda para la comprensión de la ‘realidad imaginada' que, según nos dicen los psicólogos y psiquiatras, puede sobreponerse en un individuo a los requerimientos de la razón. Más recientemente, las neurociencias nos han ayudado a descubrir el poder de nuestra imaginación y las relaciones, casi siempre conflictivas, entre nuestra razón y nuestras emociones, ambas en el cerebro, que no es más que "un conglomerado de neuronas", según Eduardo Punset, quien añade que  "casi todos los seres humanos compartimos unas creencias concretas, pero cuando ascendemos en la categoría de las ideas abstractas en la jerarquía del córtex, las creencias difieren. Cada religión, por ejemplo, tiene un conjunto diferente de creencias distintas, y no todas pueden ser correctas" (El alma está en el cerebro, Aguilar, 2006).   Todos los ‘libros sagrados' que se escribieron al dictado de una ‘revelación divina' son producto de una imaginación desenfrenada, por escribas que creían en la veracidad de sus visiones y que, quizás con buena fe, quisieron transmitir a sus coetáneos, que los proclamaron ‘profetas' o pregoneros de los deseos de la divinidad. No los descalificaré como fraudulentos, pero sí como visionarios y emocionalmente desequilibrados. En especial los autores bíblicos.

Escrita a lo largo de más de diez siglos (VIII a.C.-II d.C.), traducida, copiada y recopiada en los monasterios medievales, la Biblia fue el primer libro impreso en Europa, el más demandado y del que más ediciones se han hecho en las diversas lenguas y dialectos. Resulta impresionante la visita a bibliotecas especializadas, como la Vaticana de Roma o la Augusta de Wolffenbüttel, donde se conservan espléndidas colecciones bíblicas de todo tiempo y lugar. Con sus miles de comentaristas que, desde el prejuicio de la fe, han intentado salvaguardar para la posteridad el estimado como "depósito de la revelación divina". Revelación que dan por cierta, magnificando el mensaje de virtud, amor y esperanza, pero ocultando las múltiples ocasiones en que el mensaje se transforma en moral depravada de los héroes bíblicos o, peor aún, del propio Yahvéh. Es lo que ocurre, por ejemplo, en la más conocida publicación de hermenéutica bendecida por la Iglesia Católica, excelente, por otra parte, como introducción histórica a la transmisión secular del texto sagrado (Julio Trebolle Barrera, La Biblia judía y la Biblia cristiana, Trotta, 1993).

Los tres pilares sobre los que se asienta el fenómeno religioso son la autoridad, la tradición y la experiencia. Ignorando este último, ya que forma parte de la intimidad personal, una mente verdaderamente libre no puede conformarse con lo que predique una autoridad que se ha constituido a sí misma, al margen de toda racionalidad. La aceptación de un texto pretendidamente ‘revelado' (como los dos ‘Testamentos', el Antiguo y el Nuevo en la religión cristiana) ha de fundamentarse en un juicio crítico de valor, no en piadosas creencias ni en exégesis interesadas de los propios comunicadores de una fe excluyente, siempre impuesta y nunca sujeta al debate de la razón. (Un paréntesis para aclarar que la palabra ‘Testamento' fue una mala traducción, primero de los griegos, que tradujeron  la palabra hebrea berit, que significa ‘alianza', por diathéke, ‘disposición testamentaria', traducida más tarde al latín por ‘testamentum', que es el término que aparece en la versión Vulgata , oficial de la Iglesia Católica desde el Concilio de Trento, en 1546).

En su citado libro, el profesor Trebolle incluye un capítulo dedicado a la hermenéutica y a la crítica textual, en el que claramente expone que "los profetas se inspiraban en tradiciones antiguas para interpretar los acontecimientos de su época" y que "sus discípulos no hicieron más que continuar este proceso interpretativo, creando y recreando el texto".  Al encontrar nuevos significados del texto sagrado, "la interpretación de la Biblia se convirtió en verdadera revelación, a través del trabajo exegético". He aquí un nuevo significado del verbo ‘revelar' que excluye la ‘visión' de la que nos venían hablando todos los profetas. Es, sin duda, una mera ‘interpretación moderna' de los teólogos para sacudirse el yugo de la letra, por muy profética que sea. Es más, justifica con la mayor naturalidad las modificaciones, que expone con múltiples ejemplos, de las Sagradas Escrituras, ya que "durante la época persa, e incluso en una época posterior, la Escritura estuvo abierta a toda clase de interpolaciones y reelaboraciones". Nadie, pues, debe escandalizarse ni rechazar como impías las acusaciones de falsificación de los originales bíblicos, como ocurre, por otra parte, con toda la literatura antigua.

Dada la vulnerabilidad de sus argumentos y la pudorosa resistencia de los creyentes ante las barbaridades e inmoralidades contenidas en el Antiguo Testamento, la Iglesia Católica no ha tenido más remedio, a fin de acallar comentarios peligrosos, que declarar como dogma de fe la ‘revelación divina' de la Biblia. Así lo establece la constitución dogmática Dei Verbum, del Concilio Vaticano II, donde se puede leer que "la Santa Madre Iglesia, según fe apostólica, tiene por santos y  canónicos los libros enteros del Antiguo y Nuevo Testamento con todas sus partes, porque, escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor". Los escribas elegidos por Dios se vieron limitados y determinados en su redacción, porque escribieron "todo y solo lo que Él quería". Así, pues, concluye el texto: "hay que confesar que los libros de la Escritura enseñan firmemente, con fidelidad y sin error, la verdad que Dios quiso consignar en las Sagradas Letras para nuestra salvación". Al leer estas palabras, me pregunto sobre la salud mental de sus redactores: ¿Es una ‘ceguera voluntaria' o un cinismo condenable sin paliativos?

Con todo respeto para los sesudos varones que intervinieron en la discusión y redacción de esta constitución dogmática, he de poner de manifiesto, haciendo uso solamente de mi pobre raciocinio y juicio crítico mi rechazo más absoluto, primero, a que ningún ser humano pueda imponer a otro dogma alguno de verdad supuestamente ‘revelada', y segundo, a tamaña sarta de incongruencias, expuestas sin soporte racional. El primer y único pasaje de la Biblia en que se afirma la inspiración divina -ajena a la profética- salió de la pluma de Pablo de Tarso, en una de sus cartas (2 Tim.3:16-17), ya avanzado el siglo II de nuestra Era. Tesis que han aprovechado hasta el máximo los teólogos de todos los tiempos y que fue recogida formalmente por el Papa León XIII, declarando que la Biblia era, no sólo un venero de verdades históricas, sino de enseñanza moral conducente a la salvación (Encíclica Providentissimus Deus, 1893). Y más recientemente, se ha escrito que "El Antiguo Testamento es una parte de la Sagrada Escritura de la que no se puede prescindir. Sus libros son libros divinamente inspirados y conservan un valor permanente, porque la Antigua Alianza no ha sido revocada" (Catecismo de la Iglesia católica, 1992, 121). Con estas palabras, tan esclarecedoras, nadie debe llamarse a engaño: La Biblia completa, con sus enormes atrocidades inhumanas, que no se pueden ocultar a ningún lector, es aceptada como ‘palabra de Dios' íntegramente,  en todas sus páginas. No hay mayor incongruencia en los dogmas religiosos. Yahvéh, el sangriento dios bíblico, es el Dios de los judíos, pero también de los cristianos. No merece ni el reconocimiento, ni la adoración de unos ni de otros. (Continuará).

 

servido por Francisco sin comentarios compártelo

20 Septiembre 2009

OJOS QUE NO VEN (91)

 

Diversidad de religiones (5)

 

ISLAMISMO. En la primera mitad del siglo séptimo de la era cristiana, un singular profeta semita, de nombre Mahoma,  ‘animado' del espíritu divino, predicó una nueva religión monoteísta a los pueblos árabes, cuya doctrina se recoge en el ‘Corán', libro supuestamente inspirado por el único Dios, que toma el nombre de Alá en esta nueva doctrina. Mahoma (o Mohamed, el nombre más común), que nació en La Meca hacia 570 d.C. y falleció el 8 de junio del 632, está enterrado en la ciudad santa que le vio nacer. Lo mismo que Buda, Mahoma gustaba de la meditación en soledad, para encontrarse con un Dios único, que superase en poder a todos los demás del politeísmo imperante en su época, incluso al Dios Supremo de judíos y cristianos, que ya habían abatido, en gran parte, el politeísmo pagano. Lo halló, por fin, en Alá, una deidad de La Meca (santuario pagano anterior al Islam), entre tantas otras, pero cuya realidad fue haciéndose para él cada vez más evidente. ‘Imaginó', pues, que Alá era el Dios único y verdadero, cuya religión había de extender por orden del arcángel Gabriel, ‘autor' de esta ‘revelación' que había tenido en sueños. Su poderosa imaginación no sólo fue la creadora de esas ‘divinas' revelaciones, sino que, además, le ayudó a imaginar un ‘viaje' al paraíso a lomos de una fantástica cabalgadura de nombre Buraq, que en nada tiene que envidiar al Clavileño de nuestro crédulo Sancho Panza.

 Huido a la ciudad de Medina el 24 de septiembre de 622, (fecha de la hégira o era musulmana), Mahoma comenzó su predicación "con los ojos puestos en Alá y con un sentimiento de gratitud infinita por el don divino de la vida". Impuso a sus fieles el lema de que "No hay otro Dios que Alá, y Mahoma es su profeta", y les obligó a los cinco rezos diarios, a la práctica de la caridad, a respetar el mes del Ramadán, y a peregrinar a La Meca al menos una vez en la vida. No obstante su éxito como líder religioso y político, su vida íntima deja mucho que desear, ya que su pasión por las mujeres le llevó a desposarse hasta diez veces, primero con una viuda rica y después con una niña de ocho años; su pasión militar fue exterminar a sus enemigos políticos y a las tribus judías de Arabia. A su muerte en 632 comenzaron las disensiones entre los califas, sus sucesores, aunque todos mantuvieron la orden de extender el Islam mediante la ‘guerra santa' contra quienes lo rechazaran

 Ismael, hijo de Abraham y de la esclava Agar, es tenido por antepasado de los árabes, el Corán le atribuye el título de profeta, como a Mahoma, y es mencionado entre los que recibieron la revelación de Alá. A la muerte de Mahoma, su sucesor Abú Baker lanzó a los fieles de las tribus árabes a la conquista de otros territorios, convirtiéndolos en guerreros sanguinarios.  Los ejércitos árabes tomaron Siria en 636, Jerusalén en 638 y Egipto en 642, conquistas que fueron   preludio de una expansión cruenta por el norte hasta Turquía, Irán y la  frontera china, y por el oeste al norte de África y España. La enorme y rápida expansión de los ejércitos islámicos por buena parte del mundo habitado es un fenómeno tan sorprendente que desafía toda posible explicación lógica. El califato vivió siglos de esplendor, hasta que fue suprimido en 1924.

En la actualidad, Arabia saudí, Egipto, el Irán de los Ayatolás y Pakistán son la reserva espiritual del Islam, los grandes ‘exportadores' de la fe musulmana por todo el planeta, con numerosas comunidades en América, Filipinas, Indonesia y Europa oriental. Los conflictos con la comunidad judía del Próximo Oriente, ocasionado por la creación del Estado de Israel en 1948, afectan especialmente a los musulmanes de Palestina, Líbano y Siria. Con los cristianos son, no sólo los más numerosos, con más de mil millones de creyentes, sino los más activos proselitistas: es la ‘yihad' o el compromiso de propagar a todos los infieles la palabra de Alá, incluso por medios violentos (Pilles Kepel, La Yihad, Península, 201).  Tienen su centro espiritual en La Meca (Arabia), donde veneran una piedra negra (en realidad, un meteorito), atracción de peregrinos de todo el orbe musulmán, aunque conservan en Jerusalén una de las más importantes mezquitas, superior en simbolismo religioso a las de Damasco, Estambul, Ispahan o Córdoba, entre las antiguas, y la deslumbrante de Bahrein, entre las modernas.

El templo o mezquita del Islam se compone de una estancia vacía, reservada para la oración, con el mihrab orientado a La Meca,  y el mimbar o púlpito del predicador. La decoración, que carece de imágenes, se limita a las pinturas murales, con frases del Corán o elementos vegetales. En el exterior, el alminar es la torre, desde la que el muecín convoca a la oración. En el Corán se puede leer que "Se han de preferir los hombres a las mujeres, pues Alá otorgó a los primeros cualidades que negó a las segundas". Ellas no tienen obligación de asistir a las mezquitas para la oración, y si lo hacen han de estar separadas de los hombres, a las que han de estar sometidas. Como se puede comprobar también en el tratamiento a la mujer, que ha de cubrirse desde la cabeza a los pies, incluso el rostro, en algunos países extremistas: (Desde el pañuelo o hiyab para cubrir el cabello, hasta la niqab o túnica que sólo deja al descubierto los ojos y las manos entre los suníes, pasando por el burka de Afganistán que cubre los ojos con una rejilla y el chador de los chiíes, que deja ver la cara). La mujer islamista vive inmersa en la  consentida poligamia y en  la eterna subordinación al varón, a quien su religión concede todos los derechos sobre todas y cada una de sus mujeres, incluso la muerte. Recientemente, un ‘enloquecido' musulmán ha degollado a su propia hija de 18 años en Italia, por el gran ‘pecado' contra Alá de haberse enamorado de un cristiano.

El Islamismo es una religión machista y  conquistadora que se propuso extender sus dominios en la Edad Media y que retrocedió al ser expulsada por los ejércitos cristianos una y otra vez. Pero no desfallece y hoy parece que quiere intentarlo de nuevo, siempre al grito guerrero de "¡Alá es grande!" o con métodos más ocultos y sofisticados Como en otros tiempos los cristianos, el Islam mata hoy en el nombre del Dios Clemente y Misericordioso a todo aquel que se oponga a su fe, compatible con las más sangrientas actuaciones, como la autoinmolación por motivos políticos. Es la triste y nefasta consecuencia de todo monoteísmo intolerante. Pese a tanto fanatismo, el Islam (palabra que significa ‘sumisión' a Alá), que está dividido en dos ramas, incompatibles entre sí (Javier Martín, Suníes y Chiíes, los dos brazos de Alá, Catarata, 2008)), y cuyos mensajes son potencialmente violentos (Antonio Elorza, Los dos mensajes del Islam, Ediciones B, 2008), predica la bondad de las acciones, la inmortalidad del alma, la resurrección y el juicio universal, lo mismo que su eterna competidora, la religión cristiana, como que ambas se alimentan de la misma savia, el Antiguo Testamento judío.

Aunque el Corán se escandaliza de la fe cristiana en Jesús como "hijo de Dios" (Corán, 19:17-29¸21-91), lo venera como profeta que inspira su propia búsqueda espiritual. Esta veneración no impide en la actualidad las persecuciones, porque, así como los islamistas son acogidos y respetados en los países democráticos occidentales, los cristianos sufren acoso, torturas y asesinatos en más de 50 países musulmanes. Excepto en Jordania, que disfruta de libertad religiosa, en Arabia saudí impiden no sólo la construcción de templos católicos, sino la exposición pública de la cruz. En Egipto los católicos carecen de opciones para practicar libremente su fe y se les niega la posibilidad de tener representación política. En Irán los conversos al cristianismo son perseguidos a muerte, y en Pakistán la minoría católica está tan humillada y escarnecida que el obispo católico John Joseph se suicidó en 1998 para protestar por la persecución y condena de sus fieles. (¡Una manera no muy católica de protestar!).

 Sin embargo, no hay que considerar a todos los musulmanes como ideológicamente integristas, sino que de su seno, históricamente, han brotado personajes insignes por su caridad, su amor a la belleza, a las ciencias y a las artes, que fecundaron la barbarie europea medieval.. En Andalucía (al-Andalus para los musulmanes) dejaron huella profunda después de casi ocho siglos de dominio del valle del Guadalquivir. Debemos a su cultura el maravilloso minarete almohade de la Giralda sevillana, y la inefable mezquita de Córdoba, desgraciadamente amputada por los reyes cristianos. Sin contar la herencia filosófica y científica, económica, medicinal, palaciega, gastronómica y sensual que ha beneficiado tanto a los pueblos de Occidente (J. Vernet, Lo que Europa debe al Islam de España, El Acantilado, 1999). Pero el respeto, la gratitud y la admiración -si las hay- no son recíprocas.

Unos y otros aseguran que nadie entrará en el paraíso hasta después del Juicio Final, después de una aniquilación general que precederá a la resurrección de los cuerpos, perfectos e incorruptibles, que serán juzgados por Alá y sentenciados al infierno o al paraíso eternos. Paraíso que para los musulmanes es tan fantasioso y falaz como el cristiano: ríos de leche y miel para satisfacer el gusto y doncellas eternamente (?) vírgenes y efebos para satisfacer la sexualidad de los elegidos (¡siempre varones!) en un ininterrumpido gozo sensual. Lo más curioso de esta doctrina de ‘salvación' es que a todos los elegidos les será concedida la gracia de que el ‘Altísimo' los invitará a visitarle todos los viernes (?). No obstante, las diferencias doctrinales son tan grandes que nunca han logrado superar el antagonismo que ha llevado a esas dos religiones monoteístas a enfrentarse en el pasado, con enorme derramamiento de sangre, y en la actualidad amparando la destrucción de Occidente, por obra del terrorismo fanático. (Continuará).

Tags: islamismo

servido por Francisco sin comentarios compártelo

19 Septiembre 2009

OJOS QUE NO VEN (90)

 

Diversidad de religiones (4)

 

CRISTIANISMO. Prolongación sectaria del judaísmo, cuyos libros sagrados acepta como propios, fundamento del monoteísmo más intransigente. Cerca de dos mil millones de personas, repartidas por todo el mundo, pero en especial por Europa y América (conocido con poco fundamento como el Occidente terrestre) profesan la fe en Jesús el Cristo, judío histórico de la Palestina romana con el que comienza no sólo una nueva religión sino, además, una nueva era, una civilización y una cultura, que ha dado origen a la división de la Historia en dos etapas: antes de Cristo y después de Cristo. A comienzos del siglo XXI, una encuesta periodística reseñaba que el 67 % de los europeos creía en Dios, con mayoría en los países mediterráneos.

En el siglo XV el cristianismo era una religión casi exclusivamente blanca y europea, pero se fue expandiendo gracias a los descubrimientos de nuevas tierras en las que el colonialismo fue decisivo para suplantar a las religiones nativas autóctonas por el nuevo mensaje de ‘salvación'. Organizada en forma piramidal, la Iglesia Católica es la única que tiene un Estado propio, aunque minúsculo, en el centro de Roma, la ‘Ciudad Eterna', con la Santa Sede instalada en el complejo Vaticano, donde ‘reina' como soberano absoluto el Sumo Pontífice o Papa, sucesor como Vicario de Cristo, de Pedro, Príncipe de los Apóstoles y supuesto primer obispo de Roma. El Estado Vaticano se creó en febrero de 1929 por los acuerdos de Letrán, firmados entre la Santa Sede y el dictador italiano Mussolini. Se trata de un Estado de pleno ejercicio, con su moneda, su bandera y su peculiar ‘ejército' de guardias suizos. La soberanía política del Vaticano sobre las 44 hectáreas de su superficie, constituye la garantía de la independencia espiritual del Papado, algo insólito en la historia mundial de las religiones (César Vidal, Pontífices, Península, 2007).

Su doctrina es unitaria, dogmática e intransigente, que se ha ido formando durante siglos, amparada en los ‘libros sagrados' del Antiguo y Nuevo Testamento. Las discusiones teológicas, que comenzaron muy pronto, fueron estableciendo esa doctrina de fe, por obra de los teólogos y los llamados Santos Padres, que ha ido moldeando la cultura occidental durante la Edad Media, aunque ya en el siglo XI se desgajó del tronco común la Iglesia Ortodoxa de Oriente, con leyes costumbres y liturgia propias. Incapaz la Iglesia de Roma de mantener la disciplina universal,  llegó la fragmentación del sistema doctrinal cristiano en varias ramificaciones nacionales, que impusieron reformas no admitidas por la Santa Sede. Los pueblos ‘rebeldes' del siglo XVI se organizaron en comunidades diferenciadas, bajo el rótulo común de protestantismo. Así nacieron en Europa los creyentes en Cristo, pero seguidores de Lutero, Calvino y otros disidentes, como el sádico rey de Inglaterra Enrique VIII. A esta ‘Reforma' protestante se opuso la ‘Contrarreforma' católica, que escindió Europa en dos (Norte y Sur), manteniendo férreamente sus posiciones ideológicas, que el catolicismo refrendó en el Concilio de Trento.

A estas Iglesias, Luterana, Calvinista y Anglicana, se unieron después la Iglesia Holandesa Reformada, la Presbiteriana, la Metodista, la Baptista, la Episcopaliana, la Evangélica, los Testigos de Jehová, la Iglesia de la Cienciología, y así hasta un total de 2.550 movimientos cristianos  contabilizados sólo en los Estados Unidos de América (dato tomado de la Word Christian Encyclopedia, 1982), una nación tan puritana como hipócrita, que se dice ‘protegida por Dios' al mismo tiempo que mantiene la separación constitucional entre Religión y Estado, donde se practica la pena de muerte y que no duda en masacrar pueblos enteros si así lo piden sus intereses. En junio de 2002, mientras un sesudo senador manifestaba que "esta nación es de personas creyentes, y el que no quiera quedarse en ella que se marche", el propio presidente afirmaba muy convencido, que "nuestros derechos provienen directamente de Dios". El Dios cristiano está presente en las leyes y en la tradición americana. Esta firme creencia en la divinidad no es un caso personal, sino que el nombre de Dios preside el himno nacional (God Bless America), las instituciones políticas y judiciales (el Tribunal Supremo comienza todos los días sus sesiones con la frase We Trust in God), las escolares (cada día inicia sus tareas con una oración) y las financieras (en cada billete de dólar se registra la frase: In God We Trust).

Pese a tanta división, todos los movimientos cristianos, incluidas las Iglesias Ortodoxas generalmente de etnia eslava, en el este europeo, y las africanas de Etiopía, tienen como base doctrinal la creencia en Jesús como Hijo de Dios, creador y salvador del hombre, la veracidad de su fe, incompatible con las demás, y la esperanza en una vida ultraterrena más allá de la muerte, eternamente contemplativa del Dios único y verdadero. Esta religión (múltiple en sus interpretaciones) tiene poco más de dos mil años de vida, basada en los libros de la Biblia, fuente de ‘revelaciones' divinas, no importa que sean inhumanas y contradictorias, como veremos. La fe  no conoce barreras ni entiende más que lo que quiere entender, siempre en contradicción con la más elemental racionalidad. Gonzalo Puente Ojea, en su duelo dialéctico con el filósofo Eugenio Trías, aclara que la razón no se propone consagrar verdades eternas, ni ha de ser ‘sacralizada' como sustitutivo de la fe, ya que se define por su radical e incesante función crítica, enemiga de cualquier tipo de ‘revelación sagrada'.

A pesar de considerarse la cuna histórica del catolicismo, Europa está siendo superada por el resto de continentes, tanto por el número de fieles como por su influencia. América Central y África constituyen actualmente los otros dos pilares de la Iglesia Católica. Desde el siglo XVI, gracias a la gran actividad misionera de los religiosos católicos (y protestantes), esta religión se expandió por todos los continentes, suplantando, a veces por la fuerza, a las religiones indígenas y autóctonas, arrollando con su predicación las creencias tradicionales, coartando la libertad de los ‘pobres ignorantes', que no tuvieron la especial gracia de conocer al ‘verdadero Dios'. No ha faltado, desde luego, la buena fe y el entusiasmo de los misioneros, pero la causa no ha podido ser más desgraciada, porque el resultado ha sido una mixtificación de dioses y creencias que han falseado la doctrina original católica. Ese afán proselitista ha causado en las mentes más daño que beneficio. Pese a la ordenación de sacerdotes y obispos nativos, los ‘misterios' de la doctrina cristiana no han suplantado, sino que se han mezclado, en la mayoría de los casos, con las religiones tradicionales, adulterando el mensaje original. Díganlo, si no, los católicos de Brasil, México, Venezuela y todas las repúblicas del Caribe, los de Filipinas, Indonesia o el África negra.

La intransigencia católica -coherente con su creencia en que el dios que predica es el único verdadero- ha sido la causante de los más sangrientos hechos en la historia de nuestra civilización. Ha desencadenado guerras teológicas, ha perseguido con saña a los disidentes, ha combatido a los ‘infieles' en las Cruzadas medievales, en la moderna Inquisición y en las guerras civiles  de nuestro tiempo. Son tres papas ‘Píos' los que encabezan esta intransigencia: Pío V, el más activo enemigo de la reforma de Lutero; Pío X, famoso por sus excomuniones a principios del siglo XX; Pío XI, que envió al infierno a los comunistas, a los filósofos existencialistas y a los científicos.

La Iglesia Católica nunca fue amiga de las Ciencias, porque se apartan de la fe irracional y sólo confían en la razón y en la experiencia. Como dice Eduardo Punset, "nuestra cultura heredada es dogmática y fanfarrona. Nuestras clases dirigentes decidían quién tenía razón echando un pulso. La ciencia, en cambio, condiciona la existencia de Dios a la experimentación y la prueba". Pero al final se impondrá la racionalidad y comprenderá que la razón también es un don de ese Dios que predican, y que no se la puede humillar de ese modo, obligándola a someterse a la fe, que, al fin y al cabo, es un meme psíquico, es decir, creado culturalmente por la mente humana, sin más dependencia de Dios que la imposible ‘revelación' durante el sueño de un profeta ‘iluminado'. Entre la fe y la razón existe un abismo infranqueable, pese a que la Iglesia actual diga lo contrario, como el papa Juan Pablo II en su encíclica Fides et ratio, donde se declara que "hay una profunda e inseparable unidad entre el conocimiento de la fe y el de la razón". Toda doctrina que intente esta (falsa) unión estará condenada al fracaso, ya que la verdad ‘dogmática', basada en mitos, no tiene ninguna relación con la verdad ‘científica', basada en pruebas ‘razonables', que es la única verdad que la razón humana puede aceptar como tal. La verdad puede matar la ilusión, pero conduce a la verdadera felicidad. (Continuará).

 

 

Tags: cristianismo

servido por Francisco sin comentarios compártelo

15 Septiembre 2009

OJOS QUE NO VEN (86)

 

Del politeísmo al monoteísmo (6)

 

 En el continente americano predomina hoy, entre las religiones indígenas, casi todas mezcladas con las ideas recibidas de Europa, el ‘sincretismo' religioso, que consiste en la mezcla de todas ellas, para obtener una amalgama no sólo imaginativa y respetuosa con las creencias tradicionales, sino, lo que parece más evidente, incapaz de resistir la más mínima crítica de la racionalidad. Se supone por los científicos que la llegada de los humanos al continente americano se produjo por el norte, cuando no existía casi el estrecho hoy conocido como de Bering, hace unos 14.000 años. Los grupos étnicos más conocidos en la antigüedad son: los olmecas, un milenio anterior a nuestra Era, que fueron absorbidos por los mayas, quienes dominaron América central durante seis siglos (desde el siglo IV d.C.) que veneraban a dioses violentos por todas partes, con grandes templos y sacrificios humanos para aplacarlos. También en México, aparecen la cultura de Teotihuacan, adoradores del Sol y de otros dioses celestiales (400 a.C.) y los zapotecas (200 a.C.) con decenas de dioses. En las Antillas se han encontrado huellas mucho más antiguas de pueblos politeístas, como los taínos (2.000 a.C.) y en el sur del continente, a orillas del Pacífico el grupo llamado de Valdivia, con registros fósiles de 3.500 años a.C., al oeste de Guayaquil, al mismo tiempo que se estaba consolidando el poder egipcio.

El fenómeno religioso más antiguo de Perú es la llamada "primera teocracia de los Andes", según los restos milenarios encontrados en Chapín, Paracas y los enigmáticos surcos de Nazca, ya en Chile. En Bolivia la deidad máxima era el Sol, con la Puerta del Sol, en las ruinas de Tiahuanaco, que aún se conserva, de los primeros años de nuestra Era. De la misma época es la cultura mochica en Perú, que tenían por dioses al Sol, a la Luna y a las estrellas. Pero, sin duda, la civilización más avanzada fue la de los incas,  también adoradores del Sol, asentados en Perú desde el siglo XII d.C. con su centro religioso y neurálgico en la ciudad andina de Machu Pichu, cerca de Cuzco. Generalmente, todos ellos eran guerreros a los que no asustaba la sangre, pero que, por sus creencias politeístas,  quedaron asombrados con la llegada de los primeros colonizadores europeos, a quienes se subordinaron como a dioses llegados del Más allá, aunque después sufrieran la crueldad de los sanguinarios conquistadores.

Queda, por fin, el judaísmo, la religión incruenta y monoteísta que se supone nació en tierras palestinas, por obra de los egipcios expulsados de su país a causa de su monoteísmo.  La costumbre israelita no incluía los sacrificios humanos, pero sí los de animales, como ofrendas al dios único. Sabemos que, con motivo de la dedicación del primer templo de Jerusalén por el rey Salomón, se sacrificaron 22.000 bueyes y 120.000 corderos. Naturalmente, el motivo era muy especial y no creo que estos sacrificios se pudieran mantener cada año a ese nivel, pero indica que eran habituales en las fiestas religiosas los sacrificios, sobre todo de corderos. Los hebreos vagaron por el desierto de Canaán durante 40 años, hasta establecerse por la fuerza en un territorio que creían les pertenecía por la promesa de Yahvéh, su ‘dios inventado', que los consideraba -asombrosa autosugestión- su "pueblo elegido". Con este pueblo, destructor de ídolos y dioses extraños, comienza en realidad el auténtico monoteísmo bíblico, extendido después a otras creencias, como el cristianismo y el islamismo, exclusivistas, proselitistas y fanatizadas, que darán lugar a guerras sin cuartel, aunque conviviendo con religiones politeístas en todos los continentes.

Exceptuando el breve período de culto al dios único Atón, el politeísmo domina entre los pueblos durante miles de años. También fueron politeístas los caldeos, eslavos, celtas, germanos,  iberos, galos, fineses, lituanos, griegos, etruscos y romanos en el continente europeo. En el asiático, los fenicios, persas, asirios, árabes, chinos y japoneses, con miles de dioses en el sintoismo; eran politeístas los pueblos polinesios, y en el continente americano, los mayas de Tikal y Palenque adoraban a quince divinidades y hacían sacrificios de sangre para conjurar y aplacar a los dioses. En el mismo continente,  los dioses aztecas tenían ansia de carne humana, sobre todo de corazones frescos, ya en siglos posteriores. Los dioses ‘imaginados', fuesen cuantos fuesen, siempre tan soberbios y distantes,  necesitaban el olor de la sangre. Al fin y al cabo, no eran más que la imagen viva del hombre, agresivo y sanguinario por naturaleza y por historia. Ni daban ni pedían amor, solamente obediencia y sumisión, respeto y fidelidad, engañando a sus criaturas con una promesa ilusoria de felicidad. Su mandamiento principal era el mismo para todos los humanos: "Cierra los ojos de tu razón y tu corazón no sentirá el aguijón de la duda".

En este breve recorrido histórico, falta por considerar cómo la superstición religiosa ha ido siendo arrinconada por la ciencia, en su avance imparable hacia la Verdad. "Desde el principio de los tiempos, la espiritualidad y la religión se han utilizado para llenar los huecos que la ciencia no comprendía. La salida y la puesta del sol se atribuyeron a Helios y a un carro de fuego. Los terremotos y maremotos a la ira de Poseidón. La ciencia ha demostrado ahora que esos dioses eran ídolos falsos". Esto dice Dan Brown en Ángeles y demonios (Umbriel, 2004), que continúa con estas palabras: "Las Sagradas Escrituras son cuentos...Leyendas e historias de la lucha del hombre por comprender su necesidad de encontrar un significado". Para la Ciencia no hay más criterio de veracidad que la experimentación y el juicio crítico, tan ajeno a mitos y revelaciones, ensueño y alucinaciones, origen de las más absurdas creencias.

La gran masa de humanos, de aquende y allende el océano, de ayer y de hoy, generación tras generación, ha ido transmitiendo y asimilando como verdades evidentes lo que no son más que fantasías interesadas. Somos muy pocos los que nos percatamos, ahora y antes, de que ese "significado" no se puede encontrar de espaldas a la razón, la única ‘herramienta' de que disponemos para emitir juicios de veracidad o falsedad. Ni las leyendas, ni los mitos, ni la fe en nocturnas ‘revelaciones' nos pueden indicar el camino de la verdad. Podremos sentirnos muy satisfechos con esos ‘cuentos de hadas', pero nuestra razón nunca dará su consentimiento a esas imaginaciones irreales, basadas más en sentimientos que en juicios de valor. Sabemos que es mucho más fácil encontrar la (engañosa) felicidad en la senda trillada que nos marcan los ‘hombres de fe', pero también que el ejercicio responsable de la reflexión es lo que nos hace más dignos de la condición humana, aunque para esto sea necesario enfrentarse dialécticamente con la opinión mayoritaria. La democracia nunca podrá imponer leyes ni dioses al más íntimo de los santuarios, la conciencia. Desde ella podré ver, con equidad y sinceridad, lo que ha significado para la humanidad el cúmulo casi infinito de creencias religiosas. (Continuará).

 

 

servido por Francisco sin comentarios compártelo

12 Septiembre 2009

OJOS QUE NO VEN (83)

 

Del politeísmo al monoteísmo (3)

 

Los Imperios sumerios, babilonios y asirios cuentan con una historia ‘mítica', con soberanos legendarios cuyos gobiernos superaban los veinte mil años. La más antigua inscripción que puede ser fechada se refiere al primer rey de la I Dinastía de Ur, unos 3.100 años a.C. Esta es, pues, la datación histórica que se puede considerar más segura en relación con los asentamientos urbanos de Mesopotamia, según indican las Tablas cronológicas del profesor Ernst F. Weidner, que se incluyen en el muy conocido libro, subtitulado "La novela de la Arqueología", que se publicó en España con el título de Dioses, Tumbas y Sabios (Destino, 1953), del investigador alemán C.W. Ceram. En una de las tumbas reales de Ur, donde se hallaron más de mil sarcófagos de los siglos XVIII-XXIV a.C., con riquísimos ajuares funerarios, Sir Leonard Woolley encontró los adornos de oro y joyas pertenecientes a la más antigua reina de la que se tiene noticia, la sumeria Sub-ad, que vivió hace unos cinco mil años.

El primer rey que consiguió unir bajo su cetro el vasto territorio comprendido entre Elam y el Tauro fue Sargón I (2.684-2.630 a.C.) quien, según la leyenda, había nacido de una mujer virgen y abandonado a orillas de un río. Hasta 2.225 a.C. aproximadamente la historia cultural y religiosa de este "país de los dos ríos" es sumero-babilónica, con sus dos capitales Ur y Babilonia. De esta historia solamente nos interesa su vida religiosa, con una divinidad distinta en cada ciudad, a las que se rendían cultos con derramamiento de sangre. (Marduck era el dios protector de Babilonia y se conserva una estela del siglo XXI a.C. en la que se aprecia al rey de Ur haciendo ofrenda a su dios, que rivalizaba en importancia con el de Babilonia). Los reyes se imaginaban ya como ‘representantes' absolutos del dios principal, aunque se veneraban más de cien, imposibles de distinguir al fusionarse los panteones sumerio y acadio.  El rey acadio Naram-Sin (2254-2218 a.C.) al derrotar al vecino pueblo sumerio se hizo adorar como dios, siendo el primero que lo consiguió aún en vida, hace, pues, la friolera de cuarenta y cuatro siglos. (J.A. Black y A.R. Green, God, Demons and Symbols of Ancient Mesopotamia, Londres, 1990).

No tardaron mucho en seguirle otras sociedades jerarquizadas, como la egipcia y la india,  que se habían formado a orillas de los grandes ríos: en el Valle del Nilo (3.200 a.C.) y en el Valle del Indo (2.200 a.C.). Parece que la primera manifestación escrita de las preocupaciones religiosas, (aparte de las simbólicas pinturas y estatuillas totémicas de hace treinta o cuarenta mil años, que nada dicen de Dios, y los altorrelieves de las estelas), se ha encontrado en el antiguo Egipto. En el año 1881 fueron descubiertos en la pirámide de Pepi I, en  Saqqara, los llamados Textos de las Pirámides (c.2345 a.C.),  que son 759 fórmulas de plegarias para que fueran recitadas por el propio rey en su ‘viaje' al Más Allá, donde aparece la primera mención al dios Osiris. Más tarde fueron hallados otros textos similares en otras pirámides, que constituyen los textos religiosos más antiguos de la Humanidad. En uno de los pasajes se hace alusión al "Himno caníbal", que había de recitar el faraón difunto mientras devoraba la ‘carne de los dioses'. Con el tiempo, esta costumbre de las ‘fórmulas mágicas' se hizo común a todos los sarcófagos para que el difunto supiera cuanto debía hacer "para no pasar hambre ni sed en el camino al Más Allá".

La codificación de las ideas religiosas egipcias se expresa tanto en papiro (Libro de los muertos) como en las paredes de las estancias mortuorias, agrupados en los llamados Textos de las Pirámides ,el "texto fundacional del Egipto antiguo", como lo ha calificado Christian Jacq, su comentador más reciente (El origen de los dioses. Claves para descifrar los Textos de las Pirámides, Martínez Roca, 1999), quien añade que "el Egipto faraónico es nuestra madre espiritual", la primera fijación escrita (por supuesto, en jeroglíficos) de una preocupación por una vida ultraterrena, además de una preocupación más ‘mundana', la de mantener el orden y la armonía en la sociedad, función reservada al Faraón, hijo de Ra, la luz divina del Sol, que lo ha engendrado, cuya comprensión está negada al mortal.

La institución faraónica no es de origen humano, sino divino, según  los Textos:"No hay en el Faraón ningún miembro vacío de Dios; el cuerpo de Faraón es el de Dios". Lo sorprendente es que unos y otros, creadores o beneficiarios del mito, estaban convencidos de la verdad de sus ensoñaciones. Como dice J. Campbell: "Los Faraones del Egipto dinástico creían en su divinidad temporal, es decir, estaban locos. Además, estaban apoyados, enseñados, halagados y alentados en esta creencia por sus sacerdotes, sus padres, esposas, consejeros y súbditos, quienes también creían que eran dioses. Es decir, toda la sociedad había enloquecido" (Las máscaras de Dios: Mitología oriental, Alianza Editorial, 1991). Esta divinización de una persona concreta, por muy noble que sea, supera y sublima el concepto de la divinidad (totémica) que poseyeron durante miles de años los hombres del Paleolítico, y que todavía conservan los indígenas actuales de regiones aisladas.

El panteón egipcio, desde la unificación del norte y el sur del país, que tuvo lugar c. el año 3.000 a.C., queda constituido por dioses principales como Ptah, Seth, Amón, Horus,  Isis, Osiris, Hathor, Anubis, Maat, Sober venerados en grandes templos, entre otros menos conocidos, que habitaban en santuarios locales, donde el pueblo llano presentaba sus ofrendas.  (T. Gómez Cordero, Diccionario de los dioses y mitos del Antiguo Egipto, Océano Ámbar, 2003).   Pero hay un solo Dios creador, principio de todas las cosas, incluido el Faraón: el dios Atum, que prolonga su propia creación cogiéndose el falo con la mano y masturbándose para dar origen con su semen creador a la pareja primordial (la Luz y el Fuego) y a los demás dioses, que protegen y veneran al Faraón, hijo predilecto del Creador, sagrado como El y encarnación viva de los dioses, a los que consagra majestuosos templos en ambas orillas del Nilo, atendidos por una casta sacerdotal que dominaba tanto la burocracia política como la religiosa. (S. Quirke, La religión del Antiguo Egipto, Oberón, 2003). En uno de ellos, el de Karnak, había relieves de jóvenes dioses mostrando sus largos penes erectos. Es la manifestación palmaria de que la vida, tanto de dioses como de hombres, tenía un origen sexual y nada espiritual, ‘grosera' imitación de las potencias animales. Siglos más tarde, los cristianos, liderados por el anacoreta san Antonio, destrozaron las imágenes y derribaron parcialmente los templos. La rivalidad no perdona. (Continuará).

 

servido por Francisco 1 comentario compártelo

27 Febrero 2009

OJOS QUE NO VEN (44)

 

El poder de la imaginación (5)

Hora es ya de volver los ojos a la ciencia para que nos descubra algunos de los misteriosos caminos que conducen al gran ‘poder de la imaginación'. El éxtasis es un fenómeno psicológico en el cual el individuo tiene la impresión de sentir cómo su mente se une con la divinidad en un plano trascendente, al cual se siente transportado. Es algo próximo a la cima del orgasmo sexual, de breve duración pero de intensidad suma, que han experimentado algunos místicos, como Santa Teresa de Jesús. A este respecto, el doctor neoyorquino Mike Samuels comenta: "El éxtasis es un estado no ordinario de la mente que incluye situaciones de trance, sueños lúcidos, visiones, alucinaciones, ensueños y meditación profunda". A ello pueden contribuir situaciones extremas como el frenesí colectivo que produce la oratoria emocionante de un líder, el magnetismo de una mirada hipnótica, los rituales que provocan un trance, sea con músicas o danzas, la concentración profunda de una meditación o la inspiración poética, casos en los que la emoción es tan intensa que anula la percepción sensorial de la realidad.

Estos y otros ‘estados alterados de conciencia', que pueden ir acompañados de pérdida de la sensibilidad corporal, son estados naturales en circunstancias propicias, pero también  pueden ser originados por el uso de plantas psicotrópicas, que modifican la actividad cerebral, aumentando el ‘poder de la imaginación', que se lanza por caminos desconocidos, experimentando situaciones tan irreales como ‘verdaderas' para la conciencia.. El deseo de tener experiencias ‘límite' forma parte de la condición humana, amante del peligro, sea natural o inducido. La imaginación actúa en este caso con una fuerza irrefrenable, que puede ser motivo de alucinaciones de carácter místico, pero también esquizofrénico. El terapeuta Robert A. Johnson indica que "la gran tragedia de la sociedad occidental es el hecho de que hayamos perdido la habilidad de experimentar el poder transformador del gozo. Buscamos el éxtasis por todas partes, pero en un nivel muy profundo permanecemos insatisfechos" (Éxtasis, Kairós, 1992).

Son los psicólogos quienes han de darnos las claves del ‘poder de la imaginación' en los humanos visionarios de todas las épocas, suponiendo siempre que las ‘visiones' y ‘alucinaciones' son estados alterados de la conciencia. Tanto durante la vigilia como durante el sueño. A este respecto, el psicólogo del Darwin College (Cambridge), Nicholas Humphrey, enseña que "cuando alguien duerme, ninguna señal proveniente de la retina llega al centro perceptivo o sensorial, y de ese modo la imaginería onírica es dueña del campo". Frase que completa con esta otra: "Las imágenes oníricas no sólo son más vívidas y menos fugaces que las de la vigilia, sino que son también más propensas a errores extravagantes"  (Una historia de la mente. La evolución y el nacimiento de la conciencia, Gedisa, 1995).

El tema ya interesó a los psicólogos del siglo XX, que comenzaron el estudio sistemático de las alucinaciones. Para el profesor Th.Ribot, las numerosas variedades de la epilepsia dan origen a toda suerte de alucinaciones, que "si son sugeridas, agradables o desagradables, van acompañadas de un acrecentamiento o disminución de la presión en el dinamómetro" (La psicología de los sentimientos, Daniel Jorro, 1924). Dos años más tarde, H. Höffding precisó que hay que distinguir entre ilusión y alucinación, aunque sólo sea una diferencia de grado, dos alteraciones cerebrales que pueden ser efecto de una ingestión de alucinógenos, como la absenta o el opio. Su conclusión es que "la imaginación es la facultad de crear nuevas representaciones concretas", a veces ayudada por los opiáceos. Es necesario detenerse en esta precisión del verbo crear, porque se producen "imágenes de personas o cosas que no se habían visto nunca". Con otras palabras, "el sujeto ve y oye hablar de formas que no están presentes, pero que tienen para él tanta realidad que no duda de su existencia". (Bosquejo de una psicología basada en la experiencia, Daniel Jorro, 1926). No duda porque la ‘fe' se lo impide. El consumo de absenta, la ‘bebida maldita' (llegaba a los 90º de graduación) tan común entre los literatos bohemios de fines del siglo XIX, sobre todo en el Montmartre parisino, fue prohibido en el año 1915 por sus consecuencias enajenantes y alucinógenas, próximas a la locura. Pero no era ni la primera ni  la única pócima de efectos ‘mágicos'.  Todo producto destilado con alto grado de alcohol tiene parecidas consecuencias, aunque de menor intensidad. Pero no dejan de actuar sobre la fantasía.

Más precisa y contundente, si cabe, es la afirmación del doctor Shermer: "Las experiencias espirituales y místicas sólo son producto de la fantasía". Inducidas por alcaloides como la atropina, que provoca la sensación de levitación o vuelo; la ketamina, que sirve para experimentar sensaciones extracorpóreas; por el consumo de dimetiltriptamina se agiganta el entorno; la belladona y otros alcaloides inducen una sensación de bienestar momentáneo, con alucinaciones visuales y auditivas si se trata de la LSD (Dietilamida del ácido lisérgico). La experiencia extra-corpórea (ECM) es una confusión entre realidad y fantasía, como los sueños, que se confunden con el despertar...y que continúa siendo "uno de los grandes misterios de la psicología" (Michael Shermer, Por qué creemos en cosas raras. Pseudociencia, superstición y otras confusiones de nuestro tiempo, Alba Ed. 2008). No hay duda para la Psicología: la mente humana es capaz de crear su propia realidad imaginativa.

Sin embargo, hay que añadir algo importante: las alucinaciones, experiencias místicas o visiones, han de tener una base cultural individualizada. Toda visión, por muy modificada que esté, ha de tener un fundamento imaginativo propio de la cultura en la que se ha formado el actor visionario. "Es impensable que un budista pueda ver en el marco de esa experiencia mística a figuras como la Virgen María, de la misma manera que un místico cristiano nunca en sus visiones ha podido ver a hablar con figuras de otras religiones". Son palabras del profesor Francisco J. de la Rubia (La conexión divina. La experiencia mística y la neurobiología, Crítica, 2003) quien añade que este fenómeno de la experiencia mística no es exclusivo de las religiones, ya que pueden acceder a él personas ateas o escépticas. Y a continuación precisa que  se debe separar la experiencia mística, que no es sensorial, de las visiones en las que intervienen los sentidos. Aunque es cierto que todas nuestras experiencias, incluidas las religiosas, tienen una base orgánica cerebral. Fuera del cerebro no hay nada.

En épocas remotas, pudieron interesar al homo ciertas especies vegetales que producen similares efectos, como la belladona, la datura, el beleño o la mandrágora, tan comunes en Europa; o el peyote, la ayahuasca, la ruda o la adormidera del opio, en tierras americanas. A esto habría que añadir que la falta de oxígeno estimula el lóbulo temporal, el hipocampo y el sistema límbico, con parecidas consecuencias. Pero existe una sustancia endémica, que se encuentra en amplias zonas del planeta, que puede explicar con mayor eficacia la evolución cerebral de los homínidos. Es la psilocibina, cuya ingestión disuelve los límites de la conciencia, sin peligro para la vida, pero procura alucinaciones y apariciones en quienes añaden a su dieta el hongo que la produce. Además, como ha comprobado la ciencia, para sufrir alucinaciones no se necesitan peligrosas sustancias alucinógenas como las citadas; hoy basta estimular determinadas regiones del sistema límbico cerebral mediante fenómenos eléctricos transitorios para ‘ver' lo irreal. A día de hoy nadie puede dudar del extraordinario ‘poder de la imaginación' para ‘inventar' que ha viso (o creído ver) algún espíritu.

Lo ha demostrado Michael A. Persinger, catedrático de psicología en la Laurentian University de Canadá, que ha constatado cómo sus pacientes tenían la sensación de estar en presencia de seres espirituales, como Jesús, la Virgen María, Mahoma y otros, estimulando eléctricamente el lóbulo temporal derecho. Alguno, que era agnóstico, manifestó haber sido abducido por alienígenas. De sus experimentos, Persinger concluye, como relata Hamer, que la experiencia de Dios es un producto del cerebro humano, modulada por la historia personal de cada individuo, pero acompañada por una superproducción de endorfinas. Lo mismo se puede decir de las visiones celestiales, inducidas por el consumo de drogas enteógenas, como han expuesto, entre otros, Aldous Huxley, Kenneth Ring o Stanislav Grof. En definitiva, el ‘poder de la imaginación' es, en último término, puramente hormonal. Sin la química y las sinapsis neuronales no es posible ni la ‘conexión divina' ni siquiera la posibilidad de la religión. (Continuará).

servido por Francisco sin comentarios compártelo


Sobre mí

Avatar de Francisco

La bitácora de Vandalio

Madrid, España
ver perfil »
contacto »
Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
Estadisticas y contadores web gratis
Estadisticas Gratis

Fotos

Francisco Aguilar Piñal todavía no ha subido ninguna foto.

¡Anímale a hacerlo!

Buscar

suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

¿Qué es esto?

Crea tu blog gratis en La Coctelera