Categoría: alucinógenos
27 Septiembre 2009
III
El dios bíblico (1)
Las tres grandes religiones monoteístas se fundamentan en las páginas ‘reveladas' de la Biblia, un conjunto de ‘Libros sagrados', escritos por ‘inspiración divina' casi siempre nocturna, como se ha visto en la Segunda Parte de este libro. Es decir, por imágenes contempladas durante el sueño, o por un enteógeno (sustancia que induce la manifestación de lo divino en la conciencia del usuario, como lo define Fernando Sánchez Dragó -"quien lo probó lo sabe"- añadiendo que es un "fármaco sacramental", prácticamente inocuo) estudiado por Antonio Escohotado en su Historia general de las drogas (Alianza Editorial, 1998). Una de ellas, la burundanga, productora de alucinaciones, es también ladrona de voluntades, bien conocida sobre todo en América hispana, donde se usa, bebida o inhalada, para culminar una violación. Por otra parte, las drogas endógenas son unas sustancias naturales generadas por el cerebro y otros órganos corporales para ayudar a responder a algún estímulo externo, inhibir el dolor y calmar los nervios. Toda clase de sustancias alucinógenas pueden degenerar en esquizofrenia y anulación de la personalidad, que cada vez se aleja más de la realidad material para vivir en su ‘realidad onírica'. "Los enfermos, dice el psiquiatra español Carlos González Juárez, oyen una voz en su cabeza que les da órdenes". Son episodios psicóticos, delirios extravagantes de los que el sujeto está convencido, y que pueden durar toda la vida. Incluso los conocidos como "viajes astrales" pueden hoy ser inducidos en el laboratorio mediante una desconexión momentánea de los circuitos cerebrales.
Insisto una vez más en esta valoración de las imágenes soñadas, porque es una inestimable ayuda para la comprensión de la ‘realidad imaginada' que, según nos dicen los psicólogos y psiquiatras, puede sobreponerse en un individuo a los requerimientos de la razón. Más recientemente, las neurociencias nos han ayudado a descubrir el poder de nuestra imaginación y las relaciones, casi siempre conflictivas, entre nuestra razón y nuestras emociones, ambas en el cerebro, que no es más que "un conglomerado de neuronas", según Eduardo Punset, quien añade que "casi todos los seres humanos compartimos unas creencias concretas, pero cuando ascendemos en la categoría de las ideas abstractas en la jerarquía del córtex, las creencias difieren. Cada religión, por ejemplo, tiene un conjunto diferente de creencias distintas, y no todas pueden ser correctas" (El alma está en el cerebro, Aguilar, 2006). Todos los ‘libros sagrados' que se escribieron al dictado de una ‘revelación divina' son producto de una imaginación desenfrenada, por escribas que creían en la veracidad de sus visiones y que, quizás con buena fe, quisieron transmitir a sus coetáneos, que los proclamaron ‘profetas' o pregoneros de los deseos de la divinidad. No los descalificaré como fraudulentos, pero sí como visionarios y emocionalmente desequilibrados. En especial los autores bíblicos.
Escrita a lo largo de más de diez siglos (VIII a.C.-II d.C.), traducida, copiada y recopiada en los monasterios medievales, la Biblia fue el primer libro impreso en Europa, el más demandado y del que más ediciones se han hecho en las diversas lenguas y dialectos. Resulta impresionante la visita a bibliotecas especializadas, como la Vaticana de Roma o la Augusta de Wolffenbüttel, donde se conservan espléndidas colecciones bíblicas de todo tiempo y lugar. Con sus miles de comentaristas que, desde el prejuicio de la fe, han intentado salvaguardar para la posteridad el estimado como "depósito de la revelación divina". Revelación que dan por cierta, magnificando el mensaje de virtud, amor y esperanza, pero ocultando las múltiples ocasiones en que el mensaje se transforma en moral depravada de los héroes bíblicos o, peor aún, del propio Yahvéh. Es lo que ocurre, por ejemplo, en la más conocida publicación de hermenéutica bendecida por la Iglesia Católica, excelente, por otra parte, como introducción histórica a la transmisión secular del texto sagrado (Julio Trebolle Barrera, La Biblia judía y la Biblia cristiana, Trotta, 1993).
Los tres pilares sobre los que se asienta el fenómeno religioso son la autoridad, la tradición y la experiencia. Ignorando este último, ya que forma parte de la intimidad personal, una mente verdaderamente libre no puede conformarse con lo que predique una autoridad que se ha constituido a sí misma, al margen de toda racionalidad. La aceptación de un texto pretendidamente ‘revelado' (como los dos ‘Testamentos', el Antiguo y el Nuevo en la religión cristiana) ha de fundamentarse en un juicio crítico de valor, no en piadosas creencias ni en exégesis interesadas de los propios comunicadores de una fe excluyente, siempre impuesta y nunca sujeta al debate de la razón. (Un paréntesis para aclarar que la palabra ‘Testamento' fue una mala traducción, primero de los griegos, que tradujeron la palabra hebrea berit, que significa ‘alianza', por diathéke, ‘disposición testamentaria', traducida más tarde al latín por ‘testamentum', que es el término que aparece en la versión Vulgata , oficial de la Iglesia Católica desde el Concilio de Trento, en 1546).
En su citado libro, el profesor Trebolle incluye un capítulo dedicado a la hermenéutica y a la crítica textual, en el que claramente expone que "los profetas se inspiraban en tradiciones antiguas para interpretar los acontecimientos de su época" y que "sus discípulos no hicieron más que continuar este proceso interpretativo, creando y recreando el texto". Al encontrar nuevos significados del texto sagrado, "la interpretación de la Biblia se convirtió en verdadera revelación, a través del trabajo exegético". He aquí un nuevo significado del verbo ‘revelar' que excluye la ‘visión' de la que nos venían hablando todos los profetas. Es, sin duda, una mera ‘interpretación moderna' de los teólogos para sacudirse el yugo de la letra, por muy profética que sea. Es más, justifica con la mayor naturalidad las modificaciones, que expone con múltiples ejemplos, de las Sagradas Escrituras, ya que "durante la época persa, e incluso en una época posterior, la Escritura estuvo abierta a toda clase de interpolaciones y reelaboraciones". Nadie, pues, debe escandalizarse ni rechazar como impías las acusaciones de falsificación de los originales bíblicos, como ocurre, por otra parte, con toda la literatura antigua.
Dada la vulnerabilidad de sus argumentos y la pudorosa resistencia de los creyentes ante las barbaridades e inmoralidades contenidas en el Antiguo Testamento, la Iglesia Católica no ha tenido más remedio, a fin de acallar comentarios peligrosos, que declarar como dogma de fe la ‘revelación divina' de la Biblia. Así lo establece la constitución dogmática Dei Verbum, del Concilio Vaticano II, donde se puede leer que "la Santa Madre Iglesia, según fe apostólica, tiene por santos y canónicos los libros enteros del Antiguo y Nuevo Testamento con todas sus partes, porque, escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor". Los escribas elegidos por Dios se vieron limitados y determinados en su redacción, porque escribieron "todo y solo lo que Él quería". Así, pues, concluye el texto: "hay que confesar que los libros de la Escritura enseñan firmemente, con fidelidad y sin error, la verdad que Dios quiso consignar en las Sagradas Letras para nuestra salvación". Al leer estas palabras, me pregunto sobre la salud mental de sus redactores: ¿Es una ‘ceguera voluntaria' o un cinismo condenable sin paliativos?
Con todo respeto para los sesudos varones que intervinieron en la discusión y redacción de esta constitución dogmática, he de poner de manifiesto, haciendo uso solamente de mi pobre raciocinio y juicio crítico mi rechazo más absoluto, primero, a que ningún ser humano pueda imponer a otro dogma alguno de verdad supuestamente ‘revelada', y segundo, a tamaña sarta de incongruencias, expuestas sin soporte racional. El primer y único pasaje de la Biblia en que se afirma la inspiración divina -ajena a la profética- salió de la pluma de Pablo de Tarso, en una de sus cartas (2 Tim.3:16-17), ya avanzado el siglo II de nuestra Era. Tesis que han aprovechado hasta el máximo los teólogos de todos los tiempos y que fue recogida formalmente por el Papa León XIII, declarando que la Biblia era, no sólo un venero de verdades históricas, sino de enseñanza moral conducente a la salvación (Encíclica Providentissimus Deus, 1893). Y más recientemente, se ha escrito que "El Antiguo Testamento es una parte de la Sagrada Escritura de la que no se puede prescindir. Sus libros son libros divinamente inspirados y conservan un valor permanente, porque la Antigua Alianza no ha sido revocada" (Catecismo de la Iglesia católica, 1992, 121). Con estas palabras, tan esclarecedoras, nadie debe llamarse a engaño: La Biblia completa, con sus enormes atrocidades inhumanas, que no se pueden ocultar a ningún lector, es aceptada como ‘palabra de Dios' íntegramente, en todas sus páginas. No hay mayor incongruencia en los dogmas religiosos. Yahvéh, el sangriento dios bíblico, es el Dios de los judíos, pero también de los cristianos. No merece ni el reconocimiento, ni la adoración de unos ni de otros. (Continuará).
servido por Francisco
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14 Septiembre 2009
Del politeísmo al monoteísmo (5)
Otras religiones de gran trascendencia en la historia de la Humanidad irán apareciendo, ajenas a la del "pueblo elegido", pero politeístas como todos los pueblos mesopotámicos y casi todos los del Extremo Oriente. Excepto una, el zoroastrismo, la religión del antiguo Irán (Persia), del siglo XI a.C., que impuso la fe en un dios único, Ahura Mazda, "el Señor único". Por su parte, el hinduismo, con su ‘trinidad' divina, el budismo, del siglo VI a.C., o el jainismo, también del siglo VI a.C., no exigen derramamiento de sangre en los sacrificios. El shintoismo japonés, anterior a las doctrinas de Buda, importadas de China, tiene un panteón de dioses venerados como ‘kami', sinónimo de sobrenatural, pero que están ‘humanizados', ya que les gusta la poesía, la música y la danza. En el taoísmo chino existen también numerosas divinidades, siempre presididas por el Emperador de Jade. Podrán ser ‘dioses' muy diferentes los que reciben adoración entre los pueblos del Extremo Oriente, pero la variedad excluye el monoteísmo.
Es difícil determinar cuándo comienza la historia de la religión griega, aunque sabemos que los poemas homéricos, donde se invocan a los dioses venerados en Grecia, se escribieron en los siglos VIII-VII a.C. seiscientos años después de la Guerra de Troya, que es su principal argumento. En el Mar Egeo, entre los años 3.000 y 1.000 a.C. florecieron tres grandes culturas de la Edad del Bronce, con reminiscencias de carácter religioso: la cicládica, la minoica (isla de Creta) y la micénica (de Micenas). La primera procede de las Islas Cícladas, ricas en minerales, cuyos habitantes dejaron huellas de su paso con un arte estilizado, muy alejado del arte griego clásico. La isla central es Delos, que estuvo habitada desde el tercer milenio a.C. y donde, según la tradición, nacieron el dios Apolo y su hermana Ártemis, hijos de Zeus. Una vía sagrada, flanqueada por leones, conduce al viajero a los tres templos dedicados a Apolo y al templo dórico dedicado a las doce divinidades olímpicas. Otro recinto sagrado está dedicado a los dioses extranjeros, entre ellos el templo de la diosa Isis.
La isla de Creta, trampolín cultural y comercial entre el Medio Oriente y el mundo griego, carecía de grandes templos, ya que la vida religiosa se limitaba a la intimidad doméstica o a los lugares sagrados de las montañas, consagrados a la Diosa Madre, con numerosos exvotos que hablan de múltiples divinidades. Pero en los palacios descubiertos se han encontrado archivos civiles en tabletas de arcilla de 1.400 años a.C. (Cnosos) y ofrendas funerarias, con máscaras de oro, que indican un culto a los antepasados. En el archivo de Pilos se han descubierto, además, listas de los dioses cretenses. Los asentamientos humanos descubiertos en Creta demuestran que la isla estuvo ya habitada hace nueve mil años, con emigrantes procedentes del Oriente Próximo.
Las primeras tumbas micénicas, en el Peloponeso, datan de los siglos XVII y XVI a.C. con una máscara real en láminas de oro, de 1.500 años de antigüedad, y estatuillas religiosas de la Diosa Madre. En la península las ciudades-estado tenían cada una su dios protector, con grandes santuarios fuera de sus murallas. En la capital, Atenas, la acrópolis ("ciudad en lo alto") dominaba la vida urbana ya desde el tercer milenio a.C. con edificios religiosos dedicados a Zeus, Dioniso, Asclepio, Temis, Apolo, Ártemis y el grandioso Partenón, en honor a la gran Atenea Partenos, esculpida en oro y marfil, como el Zeus de Olimpia, por mano del gran escultor Fidias. Otros santuarios famosos fueron los de Elelusis, en honor de la diosa Deméter; el ya citado de Olimpia, regado por el río Alfeo, con el colosal templo de Zeus, el padre de los dioses; y Delfos, al pie del monte Parnaso, donde el oráculo de Apolo respondía a las preguntas de los fieles que a él acudían, con el templo más rico y venerado de Grecia.
Pero, según el imaginario griego, sus doce principales dioses tenían su residencia (donde vivían adornados con los mismos vicios y virtudes de sus ‘inventores' humanos) en el monte Olimpo: Zeus, Hera, Apolo, Ártemis, Afrodita, Hermes, Ares, Poseidón, Hefesto, Atenea y Dioniso. También había templos para dioses extranjeros, bien acogidos por los griegos, como el babilonio Adonis y la egipcia Isis. El resultado final de siglos de creación y recreación de mitos fue una religión en la que no había iglesia, ni clero, ni dogma, ni textos sagrados, sólo leyendas mitológicas, narradas teológicamente por Hesíodo en la Teogonía (también del siglo VIII a.C.) la primera narración ordenada del origen de los dioses. "A la herencia oriental, dice García Gual, se une el anhelo de sistematización y de explicación, rasgos del pensamiento griego en sus inicios" (La Grecia antigua: En la cuna de Occidente, número monográfico de la revista Muy interesante, 2006).
Al carecer de sacerdotes, los griegos recurrieron a los oráculos, como el de Delfos, donde una pitonisa en trance transmitía el mensaje divino tras ingerir o inhalar un alucinógeno. Pero ningún griego, devoto o sabio filósofo, abrió las puertas al monoteísmo. Su panteón ("todos los dioses") estaba colmado de divinidades ‘humanizadas', humanos venerados como dioses, ninfas y héroes semi-dioses, frutos de la más fantasiosa imaginación, para intentar explicar el misterio de la vida y los secretos de la condición humana. La figura mayestática de Zeus, obra de Fidias, serviría siglos más tarde a los artistas para imaginar al dios Padre de los cristianos. Pensando en su influencia cultural, somos herederos del pensamiento griego, como se intitula una obra sintética de Meter Levi, Grecia es la cuna de Occidente (Ed. del Prado, 1992)
Pero la mitología europea no se acaba en Grecia. Tras ella, el pueblo etrusco, que habitaba en el siglo VII a.C. en las llanuras italianas comprendidas entre el Tíber y el Arno, tomaron de sus vecinos tanto la escritura como la religión. Era un pueblo supersticioso, cuyos ‘arúspices' consultaban los deseos divinos examinando las entrañas de los animales sacrificados. Al principio, sus dioses eran objetos simbólicos, pero después, influenciado por Grecia y Fenicia, construyeron templos a la diosa fenicia Astarté y a los dioses griegos. Aunque su principal divinidad era el dios Voltumna, honrado cerca de Orvieto. Más tarde, el poder de Roma expande por el mundo conquistado las ideas y los dioses griegos, asumidos como propios para completar el panteón romano. Los restos arqueológicos han permitido comprobar establecimientos humanos en los alrededores de Roma hace unos 5.000 años, por asentamientos de pueblos venidos del norte de Europa. Basta consultar el Diccionario de la Mitología griega y romana (Labor, 1966) de P. Grimal, para darnos cuenta de que el pueblo romano, más guerrero que místico, supersticioso y práctico, prefiere asimilar a los dioses griegos, confundiéndolos con los propios, mediante el simple expediente de cambiar de nombre. Así, Zeus pasó a ser Júpiter; Hera, Juno; Afrodita, Venus; Ares, Marte; Hefesto, Vulcano; Atenea, Minerva; Crono, Saturno; Pan, Silvano; Poseidón, Neptuno; Dioniso, Baco. Algunos como el gran dios Apolo conservó su nombre, muy venerado en Roma.
La difusión de los cultos mistéricos provenientes del Oriente, está atestiguada por los numerosos santuarios dedicados a dioses no romanos, como Cibeles, Jano, Isis, Serapis y Mitra, el dios persa del Sol. El culto del dios Mitra, muy extendido por todo el Imperio, fue el gran competidor del cristianismo, condenado durante siglos a vivir en las catacumbas., por las persecuciones de los emperadores, hasta conseguir su aprobación por un edicto de Constantino (313 d. C.). La religión romana, a diferencia de otras antiguas, no era una religión revelada, ni sus dioses promulgaron jamás normas o mandamientos de conducta, como explica John Scheid (La religión en Roma, Ed. Clásicas, 1991), aunque recibían la veneración de sus fieles mediante actos rituales de oraciones y ofrendas, una especie de contrato entre los humanos y sus dioses protectores. (Continuará).
servido por Francisco
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27 Febrero 2009
El poder de la imaginación (5)
Hora es ya de volver los ojos a la ciencia para que nos descubra algunos de los misteriosos caminos que conducen al gran ‘poder de la imaginación'. El éxtasis es un fenómeno psicológico en el cual el individuo tiene la impresión de sentir cómo su mente se une con la divinidad en un plano trascendente, al cual se siente transportado. Es algo próximo a la cima del orgasmo sexual, de breve duración pero de intensidad suma, que han experimentado algunos místicos, como Santa Teresa de Jesús. A este respecto, el doctor neoyorquino Mike Samuels comenta: "El éxtasis es un estado no ordinario de la mente que incluye situaciones de trance, sueños lúcidos, visiones, alucinaciones, ensueños y meditación profunda". A ello pueden contribuir situaciones extremas como el frenesí colectivo que produce la oratoria emocionante de un líder, el magnetismo de una mirada hipnótica, los rituales que provocan un trance, sea con músicas o danzas, la concentración profunda de una meditación o la inspiración poética, casos en los que la emoción es tan intensa que anula la percepción sensorial de la realidad.
Estos y otros ‘estados alterados de conciencia', que pueden ir acompañados de pérdida de la sensibilidad corporal, son estados naturales en circunstancias propicias, pero también pueden ser originados por el uso de plantas psicotrópicas, que modifican la actividad cerebral, aumentando el ‘poder de la imaginación', que se lanza por caminos desconocidos, experimentando situaciones tan irreales como ‘verdaderas' para la conciencia.. El deseo de tener experiencias ‘límite' forma parte de la condición humana, amante del peligro, sea natural o inducido. La imaginación actúa en este caso con una fuerza irrefrenable, que puede ser motivo de alucinaciones de carácter místico, pero también esquizofrénico. El terapeuta Robert A. Johnson indica que "la gran tragedia de la sociedad occidental es el hecho de que hayamos perdido la habilidad de experimentar el poder transformador del gozo. Buscamos el éxtasis por todas partes, pero en un nivel muy profundo permanecemos insatisfechos" (Éxtasis, Kairós, 1992).
Son los psicólogos quienes han de darnos las claves del ‘poder de la imaginación' en los humanos visionarios de todas las épocas, suponiendo siempre que las ‘visiones' y ‘alucinaciones' son estados alterados de la conciencia. Tanto durante la vigilia como durante el sueño. A este respecto, el psicólogo del Darwin College (Cambridge), Nicholas Humphrey, enseña que "cuando alguien duerme, ninguna señal proveniente de la retina llega al centro perceptivo o sensorial, y de ese modo la imaginería onírica es dueña del campo". Frase que completa con esta otra: "Las imágenes oníricas no sólo son más vívidas y menos fugaces que las de la vigilia, sino que son también más propensas a errores extravagantes" (Una historia de la mente. La evolución y el nacimiento de la conciencia, Gedisa, 1995).
El tema ya interesó a los psicólogos del siglo XX, que comenzaron el estudio sistemático de las alucinaciones. Para el profesor Th.Ribot, las numerosas variedades de la epilepsia dan origen a toda suerte de alucinaciones, que "si son sugeridas, agradables o desagradables, van acompañadas de un acrecentamiento o disminución de la presión en el dinamómetro" (La psicología de los sentimientos, Daniel Jorro, 1924). Dos años más tarde, H. Höffding precisó que hay que distinguir entre ilusión y alucinación, aunque sólo sea una diferencia de grado, dos alteraciones cerebrales que pueden ser efecto de una ingestión de alucinógenos, como la absenta o el opio. Su conclusión es que "la imaginación es la facultad de crear nuevas representaciones concretas", a veces ayudada por los opiáceos. Es necesario detenerse en esta precisión del verbo crear, porque se producen "imágenes de personas o cosas que no se habían visto nunca". Con otras palabras, "el sujeto ve y oye hablar de formas que no están presentes, pero que tienen para él tanta realidad que no duda de su existencia". (Bosquejo de una psicología basada en la experiencia, Daniel Jorro, 1926). No duda porque la ‘fe' se lo impide. El consumo de absenta, la ‘bebida maldita' (llegaba a los 90º de graduación) tan común entre los literatos bohemios de fines del siglo XIX, sobre todo en el Montmartre parisino, fue prohibido en el año 1915 por sus consecuencias enajenantes y alucinógenas, próximas a la locura. Pero no era ni la primera ni la única pócima de efectos ‘mágicos'. Todo producto destilado con alto grado de alcohol tiene parecidas consecuencias, aunque de menor intensidad. Pero no dejan de actuar sobre la fantasía.
Más precisa y contundente, si cabe, es la afirmación del doctor Shermer: "Las experiencias espirituales y místicas sólo son producto de la fantasía". Inducidas por alcaloides como la atropina, que provoca la sensación de levitación o vuelo; la ketamina, que sirve para experimentar sensaciones extracorpóreas; por el consumo de dimetiltriptamina se agiganta el entorno; la belladona y otros alcaloides inducen una sensación de bienestar momentáneo, con alucinaciones visuales y auditivas si se trata de la LSD (Dietilamida del ácido lisérgico). La experiencia extra-corpórea (ECM) es una confusión entre realidad y fantasía, como los sueños, que se confunden con el despertar...y que continúa siendo "uno de los grandes misterios de la psicología" (Michael Shermer, Por qué creemos en cosas raras. Pseudociencia, superstición y otras confusiones de nuestro tiempo, Alba Ed. 2008). No hay duda para la Psicología: la mente humana es capaz de crear su propia realidad imaginativa.
Sin embargo, hay que añadir algo importante: las alucinaciones, experiencias místicas o visiones, han de tener una base cultural individualizada. Toda visión, por muy modificada que esté, ha de tener un fundamento imaginativo propio de la cultura en la que se ha formado el actor visionario. "Es impensable que un budista pueda ver en el marco de esa experiencia mística a figuras como la Virgen María, de la misma manera que un místico cristiano nunca en sus visiones ha podido ver a hablar con figuras de otras religiones". Son palabras del profesor Francisco J. de la Rubia (La conexión divina. La experiencia mística y la neurobiología, Crítica, 2003) quien añade que este fenómeno de la experiencia mística no es exclusivo de las religiones, ya que pueden acceder a él personas ateas o escépticas. Y a continuación precisa que se debe separar la experiencia mística, que no es sensorial, de las visiones en las que intervienen los sentidos. Aunque es cierto que todas nuestras experiencias, incluidas las religiosas, tienen una base orgánica cerebral. Fuera del cerebro no hay nada.
En épocas remotas, pudieron interesar al homo ciertas especies vegetales que producen similares efectos, como la belladona, la datura, el beleño o la mandrágora, tan comunes en Europa; o el peyote, la ayahuasca, la ruda o la adormidera del opio, en tierras americanas. A esto habría que añadir que la falta de oxígeno estimula el lóbulo temporal, el hipocampo y el sistema límbico, con parecidas consecuencias. Pero existe una sustancia endémica, que se encuentra en amplias zonas del planeta, que puede explicar con mayor eficacia la evolución cerebral de los homínidos. Es la psilocibina, cuya ingestión disuelve los límites de la conciencia, sin peligro para la vida, pero procura alucinaciones y apariciones en quienes añaden a su dieta el hongo que la produce. Además, como ha comprobado la ciencia, para sufrir alucinaciones no se necesitan peligrosas sustancias alucinógenas como las citadas; hoy basta estimular determinadas regiones del sistema límbico cerebral mediante fenómenos eléctricos transitorios para ‘ver' lo irreal. A día de hoy nadie puede dudar del extraordinario ‘poder de la imaginación' para ‘inventar' que ha viso (o creído ver) algún espíritu.
Lo ha demostrado Michael A. Persinger, catedrático de psicología en la Laurentian University de Canadá, que ha constatado cómo sus pacientes tenían la sensación de estar en presencia de seres espirituales, como Jesús, la Virgen María, Mahoma y otros, estimulando eléctricamente el lóbulo temporal derecho. Alguno, que era agnóstico, manifestó haber sido abducido por alienígenas. De sus experimentos, Persinger concluye, como relata Hamer, que la experiencia de Dios es un producto del cerebro humano, modulada por la historia personal de cada individuo, pero acompañada por una superproducción de endorfinas. Lo mismo se puede decir de las visiones celestiales, inducidas por el consumo de drogas enteógenas, como han expuesto, entre otros, Aldous Huxley, Kenneth Ring o Stanislav Grof. En definitiva, el ‘poder de la imaginación' es, en último término, puramente hormonal. Sin la química y las sinapsis neuronales no es posible ni la ‘conexión divina' ni siquiera la posibilidad de la religión. (Continuará).
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