V
Jesús el Nazareno (1)
La pregunta, obligada, sobre la existencia real y la identidad humana de Jesús, la responden varios historiadores del cristianismo, reunidos en un curso de verano de la Universidad Complutense de Madrid, después editados en forma de libro por Antonio Piñero: ¿Existió Jesús realmente? El Jesús de la historia a debate (Raíces, 2008). La respuesta afirmativa es contundente, a pesar de los pocos datos históricos que se conservan sobre su vida, exceptuados, naturalmente, los textos neotestamentarios. Cosa distinta es la interpretación de su figura y de su obra. Algunos relatos son legendarios (p.e. los milagros ‘contra natura'), otros míticos (sobrenaturales) dependientes de una fe, sin base histórica. La encarnación, el pecado original, la redención, la resurrección, la ascensión o su divinidad, que forman parte del dogma cristiano, son mitos para judíos y musulmanes. Muchos teólogos cristianos defienden el Nuevo Testamento como una mezcla de historia, leyenda y mito, mediante el cual "no podemos saber casi nada sobre la vida y la personalidad de Jesús, porque no muestran ningún interés en ninguna de las dos cosas" en opinión de un conocido profesor de estudios del Nuevo Testamento de la Universidad de Marburgo, quien, además, reconoce que el Jesús de los tres evangelios sinópticos no es idéntico al del cuarto evangelio (R. Bultmann, Teología del Nuevo Testamento, Sígueme, 1997).
La realidad histórica de Jesús, aunque mezclada con invenciones y leyendas, se puede concretar en unos pocos hechos, corroborados por los textos conocidos: nacimiento, predicación y muerte en la cruz. Vida oscura de un judío palestino, según los evangelios sinópticos, hasta el comienzo de la llamada ‘vida pública', cuando su fama entre los judíos del siglo primero se hizo notoria, a consecuencia de los hechos prodigiosos que realizó, generalmente admitidos por los comentaristas como ciertos, si bien "no milagrosos" por la simple razón de que ‘el milagro no puede existir'. Algunos de los fenómenos que se cuentan de Jesús son invenciones obvias (caminar sobre el agua, multiplicar los panes y los peces). La mayoría de los hechos descritos son posibles si prescindimos de las ‘explicaciones' que los convierten en milagros. Jesús no pudo expulsar los demonios, porque, como vimos, los demonios tampoco existen. Pero sí pudo calmar la ansiedad de los ‘lunáticos' y tranquilizar las mentes atormentadas. En todo caso, y aceptando las dudas que sobre su historicidad comenzaron a plantearse en el siglo XVIII, "aunque se terminase por probar su existencia, sería la de un hombre, y no la de una divinidad" (MiltonAsh, La Biblia y 156 de sus personajes, Visión Libros, 2009).
Millares de libros se pueden contabilizar sobre la biografía de Jesús, por lo que resulta casi imposible resumir opiniones múltiples y radicalmente contradictorias. Para uno de esos comentaristas, hoy sigue siendo un "gran desconocido" (Juan Arias, Jesús, ese gran desconocido, Maeva, 2001). El último que conozco es un guión de cine del director danés Carl T. Dreyer, titulado simplemente Jesús de Nazaret (Sígueme, 2009). Hasta llegar a la madurez, la vida de Jesús es conocida para nosotros sobre todo por los fantasiosos relatos de los evangelios apócrifos, escritos por apologetas populares a los que no interesaba la verdad de los hechos, sino la emoción de la fe. Así, podemos ir sumando relatos grabados en la mente de los fieles durante siglos, pero que son pura ficción, sólo relatados por los apócrifos. Por ejemplo, los nombres de los padres de María, Joaquín y Ana, su presentación en el templo y su asunción a los cielos. En cuanto al nacimiento de Jesús, la estampa del ‘portal de Belén', que provoca tantos sentimientos de simpatía y compasión, es, en el mejor de los casos, una estampa ‘trucada'.
No hay concordancia en los evangelios sobre si tuvo lugar en una cueva, en una gruta o en un pesebre; es falsa la presencia de la mula y el buey; no pudo nacer en diciembre, porque en invierno no pastan las ovejas al relente (el 25 de diciembre, como se ha dicho antes, es una fecha convencional, para hacer coincidir su nacimiento con el de otros dioses, como Mitra, el hombre-dios en el que creían muchísimos paganos de la época); no hubo ni reyes ni magos que se llamaran Gaspar, Melchor y Baltasar; por último, no pudo nacer en Belén (nunca se le llama ‘Jesús de Belén' sino ‘Jesús de Nazaret'), contra lo que dicen Mateo (2:1) y Lucas (2:4). "Jesús nació en Nazaret con toda seguridad, y sólo después, cuando se creía que era el Mesías, se compuso la historia de su nacimiento en Belén", escribe Piñero (Guía para entender el Nuevo Testamento). Pero hay que salvar un escollo: Nazaret no aparece nombrado ni en la Biblia ni en los historiadores judíos. "Sólo sabemos por las excavaciones arqueológicas que era un lugar de asentamiento humano desde la Edad del Bronce, de tradición agrícola, y que en época de Jesús pudo tener todo lo más unos mil quinientos habitantes" (Antonio Piñero, Jesús. La vida oculta según los evangelios rechazados por la Iglesia, Esquilo, 2007). También es inverosímil la noticia evangélica del censo que obliga a los padres de Jesús a trasladarse de Nazaret a Belén, ya que no hubo tal censo en época de Augusto. Y está demostrado que nació cinco o seis años antes de la fecha aceptada desde el siglo VI.
Una ‘invención' posterior para dignificar la ascendencia davídica de Jesús fue la de incluir en sus respectivos evangelios, tanto Mateo (1:1-17) como Lucas (3:23-38), la genealogía de Jesús, con tan mala fortuna que no coinciden en casi nada. "Fueron pergeñadas, dice Piñero, separadamente con la intención teológica de emparentar a Jesús con David una vez que la creencia en que aquel era el Mesías fue absolutamente firme entre sus seguidores". Otra ‘invención' similar, para enaltecer su figura y ponerla al mismo nivel que otros ‘hombres-dios' de la historia (como Zoroastro, Buda, Khrisna, Mitra y otros hombres destacados como Pitágoras, Platón y Alejandro Magno), fue la de su concepción sobrenatural, que Mateo y Lucas incluyen en sus textos, así como la no-virginidad de su madre después del parto, ya que ambos aluden con normalidad a los ‘hermanos' de Jesús, incluso con sus nombres propios: Santiago, José, Simón y Judas (Mt 12:46; 13:55, Mc 3:31-35, 6:3). El primero, Santiago, gobernó la primitiva Iglesia de Jerusalén.
En cuanto a la ilusoria concepción ‘por obra del Espíritu Santo' no entró en la doctrina como ‘dogma de fe' hasta siglos después. La virginidad de María, algo tan sensible para las mentes cristianas, es una ‘invención' tardía, ya que ni siquiera Pablo la menciona, ni al hablar de la concepción (Rom 1:3) ni del nacimiento de Jesús (Gál 4:4) y no se proclama que fue "virgen y exenta de pecado" hasta el Concilio de Éfeso (431 d.C.). Según el dogma, Jesús fue concebido milagrosamente, sin semen de ningún humano, sino por ‘obra' del Espíritu Santo. La Iglesia católica considera que esta ‘concepción virginal' es el signo de que Jesús es verdaderamente ‘Hijo de Dios' (Catecismo, 495). Pero el argumento es como el pez que se muerde la cola. ¿Cuál es la causa y cuál el efecto? ¿Por qué tanto empeño en respetar la virginidad? ¿Es que acaso romper el himen de una mujer no fue mandato del mismo Dios para multiplicar la vida? ¿Por qué saltan de alegría los católicos al aplaudir el dogma de que María fue virgen "antes del parto, en el parto y después del parto"? ¿Por qué propone la Iglesia católica la virginidad como el máximo ejemplo de santidad? Está falseando las Escrituras, contra la orden divina, y trastocando el orden natural, contra las maravillas del sexo y del amor.
Propuesta como dechado de todas las virtudes, María fue una muchacha judía como otras tantas, deseosa de amar y ser amada, hasta el punto de que tuvo varios hijos. Es impensable, por tanto, que hiciese alguna distinción entre el primogénito -Jesús- , concebido ‘milagrosamente', y sus hermanos, nacidos por ‘obra de varón'. Si fuera así, ¿podríamos imaginar siquiera, el sufrimiento de esta madre, sabiendo que su hijo mayor era distinto de los otros, y al que no podría ni adoctrinar ni regañar, aunque todos habían mamado la misma leche? ¿Fue realmente, el Jesús niño tan distinto de sus hermanos, o de los demás niños de su entorno?¿Se mostró superior a ellos? ¿No hizo travesuras? ¿No sintió el reclamo del deseo amoroso? La oscuridad más absoluta nos envuelve, porque no podemos fiarnos de las simplezas que nos cuentan los evangelios apócrifos. ¿Y María? ¿Cuál fue su vida de viuda con hijos a los que alimentar? ¿No se ensoberbeció al pensar que era la ‘madre de dios'? Como no quiero destruir su imagen de humildad y recato, creo que el evangelio de Lucas pone en su boca palabras que nunca dijo: "Desde ahora, todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha obrado en mí maravillas aquel que es todopoderoso" (Lc 1:48-52). Son palabras de un teólogo cursi, no de una sencilla y humilde mujer judía. (Continuará).
servido por Francisco
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Ya estudié las partes y funciones del cerebro, pero era muy joven para comprender toda su complejidad. En esa trama y urdimbre de la red neuronal, la masa total no es uniforme, ni todas sus partes tienen la misma función. Me bastará con una consulta a una base de datos o al Atlas del sistema nervioso, para recordar nombres y funciones, pero no es suficiente ese conocimiento. Lo fundamental es que, por ejemplo, mi respiración depende del bulbo raquídeo, y mi equilibrio del cerebelo; que la pequeña amígdala genera las emociones; que el hipotálamo regula mis deseos de hambre y sed; que no podría soñar sin el mesencéfalo en buenas condiciones; que mis sentimientos de amor, odio, envidia, tristeza o alegría son productos elaborados en mi sistema límbico. Así, como enseñan los neurobiólogos, no se necesita ningún "espíritu" invisible que los ponga en marcha.
De sorpresa en sorpresa, de asombro en asombro, voy constatando que los experimentos científicos lo reducen todo a impulsos eléctricos, originados por las combinaciones químicas de las hormonas. En la naturaleza no existen los colores ni los sonidos, ni los olores, tal como los perciben nuestros sentidos. Son longitudes de onda que nuestro cerebro traduce en las correspondientes sensaciones, como nos aclara el catedrático F.J. Rubia (Qué sabes de tu cerebro? Temas de Hoy, 2006). Descartes pensaba que el alma humana residía en la glándula pineal, escondida en lo más profundo del cerebro. Pero ya sabemos que esta glándula es sólo la productora de una hormona, que bautizaron como "melatonina", con la singularidad de que esa fabricación sólo se produce por la noche, huyendo de la luz. Esta melatonina pone en marcha el reloj biológico de los animales, es decir, que rige el ritmo vital de todos los vertebrados. Esto explica mis "depresiones de invierno" y la euforia primaveral, ya que la luz frena la producción de ese componente químico. ¿No es maravilloso? Ya sé por qué "la primavera la sangre altera": porque hay menos melatonina en mi sangre.
No obstante, aún no he llegado a comprender por qué pienso, razono y puedo ser creativo. Una cosa son las emociones y las reacciones involuntarias de mi personalidad, pero ¿qué me hace diferente de los demás mamíferos? ¿qué hace diferentes a hembras y varones? Leo en algún libro que los cerebros de hombres y mujeres presentan algunas diferencias, y por tanto sus funciones también difieren. Por ejemplo, los dos hemisferios del cerebro femenino "charlan" continuamente entre sí, lo que les produce un flujo de dopamina, la productora del placer neurológico, mientras que los masculinos pueden guardar silencio durante horas. Es sabido que los fetos empiezan teniendo un sexo femenino pero, a las ocho semanas, los incipientes testículos de los varones comienzan a producir testosterona, que se multiplica con la pubertad, quedando esclavizados a ella el resto de la vida, como nos enseña el doctor Brizendine, neuropsiquiatra americano. Por su parte, asegura el mismo profesor, las hembras son las que en realidad seleccionan al macho que les conviene. El feminismo podría tener una base científica. "La condición sexual básica o primaria en el ser humano es la femenina. La naturaleza masculina es fruto de un trabajo de corrección de esa estructura básicamente femenina", asegura Hugo Liaño, Jefe de Neurología de la Clínica Puerta de Hierro, en su obra Cerebro de hombre, cerebro de mujer (Ediciones B, 2000). La identidad de género sólo se puede explicar por el cerebro. Están en un error tanto los que hablan de enfermedad como los que acusan de viciosos a los homosexuales. Está demostrado, por ejemplo, que el hipocampo es mayor en el varón que en la hembra, que la homosexualidad masculina está fijada en una zona específica del cromosoma X y que los transexuales masculinos tienen el hipocampo tan pequeño como las mujeres. Todos los secretos residen en el cerebro.
La ciencia neurológica me dice que no tengo un cerebro, sino tres. A saber: un cerebro heredado de los primeros reptiles, donde están situados los mandos para controlar la vigilia, el sueño y las reacciones automáticas. Otro, superpuesto, paleo-mamífero, similar en todos los mamíferos, que coordina la memoria y las emociones. Un tercero, plenamente humano, que envuelve a los anteriores y que constituye la corteza, fábrica del pensamiento abstracto. Si los dos primeros me recuerdan que soy animal, el tercero me dignifica como poseedor del intelecto (aunque no todos los humanos pueden presumir de una conducta inteligente). El cerebro, al contrario que el resto del cuerpo, no siente dolor. Se le pueden clavar miles de agujas sin que el paciente sufra. Pero todos los científicos coinciden en que la actividad del cerebro depende de las órdenes recibidas de genes y memes, que interaccionan constantemente en las diferentes zonas neuronales. En la actualidad, su capacidad se ha multiplicado en forma exponencial, gracias a Internet, porque, como dice Damasio, los programas informáticos "ayudan al cerebro a ser más creativos y capaces". (¿Alguien lo pone en duda?).
Ya en 1924 el profesor Ribot enseñaba que "los conflictos del psiquismo son el resultado de un antagonismo entre ‘emociones' y ‘reflexión' (La psicología de los sentimientos). Todos los experimentos posteriores confirman que los tres cerebros que nos constituyen se pueden reducir a dos mentalidades: una emocional (más antigua, de origen animal) y otra racional (más moderna, exclusiva de la especie humana). Ambas dependen de las informaciones recibidas por la percepción sensorial con cuyos datos el cerebro construye una especie de holograma, que la memoria conserva, como indica Karl Pribran, neurofisiólogo de la Universidad de Stanford. Los dos hemisferios cerebrales están compuestos de cuatro lóbulos (temporales, frontales, parietales y occipitales) donde se procesan las informaciones sensoriales, pero están recubiertos por algo mucho más importante: una fina piel de pocos milímetros de espesor, la corteza cerebral (también conocida como "cortex", del latín "cerebral cortex"), que cubre las circunvalaciones de los lóbulos. Esta corteza integra las funciones mentales más superiores, la movilidad general, la percepción y el raciocinio. ¿No podríamos llamarla "la piel de la conciencia"?
Creo que estoy en el buen camino, porque, según el tópico, "la pasión por aprender es la herramienta para sobrevivir". Hace cien mil años, el cerebro humano era igual que el de hoy en su estructura, aunque las experiencias lo van modernizando constantemente en sus funciones. El sistema nervioso surgió y evolucionó a partir de la necesidad de moverse, por eso sólo tienen cerebro los animales que lo necesitan. Según el profesor Gregory, "el cerebro no se ha diseñado para buscar la verdad, sino para sobrevivir". Antonio Damasio, por su parte, repite que nacemos con un mandamiento que se lleva en los genes: "Cada operación de nuestro cerebro gira alrededor del problema de mantener la vida". En otras palabras, yo diría que nos pasamos nuestra corta vida luchando siempre con la muerte, batalla cuyo final ya conocemos.
¿Por qué me llevo la mano al corazón cuando estoy alterado emocionalmente? Los egipcios creían que en el corazón tenía su residencia el alma, pero el sentir popular lo ha visto desde siempre como el responsable de nuestras inclinaciones apasionadas, como reza el refrán: "Corazón apasionado no quiere ser aconsejado". Desgraciadamente para los ‘apasionados', el corazón es sólo un músculo, al que, no obstante, debo la vida, porque solamente deja de funcionar con la muerte. Sabido es que los latidos aumentan las pulsaciones en cualquier alteración emocional, pero lo cierto es que el amor -como cualquier otra emoción o sentimiento- reside en el cerebro. El amor, afirma en una entrevista Eric Kandel, bioquímico de la Universidad de Columbia, "es el símbolo del instinto de supervivencia", y Francisco Mora, en Los laberintos del placer confirma que "todas las decisiones son tomadas siempre por el cerebro para maximizar el placer" (por ejemplo, la consumición de drogas, ya demostrado con las cabras en libertad).
También debo saber que hay una distinción muy importante entre emoción y sentimiento, porque la primera es inconsciente o refleja y el segundo es consciente, aunque todo lo que es consciente pasa a ser inconsciente con el uso repetido (qué trabajo -consciente- me costó aprender a conducir, hasta que la repetición lo convirtió en inconsciente) porque "los procesos mentales necesitan formación y práctica" (Ratey). Tener conciencia de un sentimiento significa prestar atención al golpe de la emoción, hacer voluntario lo que es involuntario. Esta parece ser la base de la conciencia: la atención que se presta a lo que indican los sentidos. Tema que ocupa las investigaciones del colombiano Rodolfo Llinás, Jefe de Neurociencia en la Escuela de Medicina de la Universidad de Nueva York. Detectar novedades y buscar recompensa son las dos fuerzas primarias que dirigen nuestra atención, gracias a la amígdala (en el corazón del sistema límbico) que asigna un significado emocional a la información recibida. Esto es lo que nos enseña el profesor Llinás, que termina sentenciando que quienes carecen de amígdala pierden todo vínculo emocional con el exterior. "Atención y conciencia son niveles diferentes de la misma actividad cerebral". (Continuará).
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