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La Coctelera

La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

Categoría: angeles

23 Marzo 2009

OJOS QUE NO VEN (67)

 

El mito de los demonios (5)

 

Este poder diabólico se puede rastrear en la historia primitiva del cristianismo. Dos contemporáneos de Jesús de Nazareth, al menos, son acusados de tener un pacto diabólico y sufrieron la repulsa de los primeros cristianos. Apolonio de Tiana, cuya biografía dejó escrita Flavio Filóstrato (170-245) está llena de maravillas milagrosas, como las atribuidas a Jesús: resucitaba los muertos, daba la vista a los ciegos, expulsaba a los demonios de los poseídos, discutía con los doctores en el templo de Esculapio. Se decía que el Diablo lo había engendrado en una mujer virgen. A Simón el Mago, que creía ser la encarnación del Dios Padre, se le atribuían poderes mágicos, como la levitación y el vaticinio, por su pacto con el Diablo. San Gregorio Magno, a fines del siglo VI, narra la historia ‘legendaria' del abad Equitius, a quien atormentaban día y noche los demonios de la lujuria, hasta que un ángel le tocó el sexo y lo volvió insensible. (¡Siempre la lujuria en el punto de mira eclesiástico! ¿Pero no es Dios el ‘creador' de la lujuria?).

Son los padres del desierto (siglos III-IV) quienes, menospreciando las cualidades angélicas del Diablo (belleza, sabiduría y poder) lo transforman en un ser terrorífico, de larga descendencia artística, para atemorizar al pueblo. Así lo comenta su más reciente ‘biógrafo': "Los evangelios nos dan una visión dinámica de Satán, un retrato polifacético que en nada se parece al espantajo de los ermitaños ni al tenaz embaucador de las consejas medievales" (Alberto Cousté, Biografía del Diablo, Plaza Janés, 1991). Es la época del ermitaño san Antonio Abad (251-356) y de cuantos se retiraban al desierto para hacer penitencia y huir de las tentaciones del demonio, pero también de los Santos Padres que, con sus escritos, basados en los libros proféticos, contribuyen a elaborar la doctrina básica del cristianismo: Ambrosio (340-397), Jerónimo (3435-420), Gregorio Nacianceno (330-390), Basilio (329-379), Gregorio Niceno (331-396), Juan Crisóstomo (347-407) y Agustín de Hipona (354-430). Todos ellos presentan al Diablo como la ‘bestia' infernal, de aspecto repulsivo, que sólo tiene un empeño: destruir la fe en Cristo y encaminar a los réprobos y apóstatas a las cálidas cavernas del infierno. Son tan eficaces sus argumentos y predicaciones que van consiguiendo una victoria tras otra: El emperador Constantino proclama la libertad de cultos en el Imperio romano y asegura los bienes de la naciente Iglesia (313), el Concilio de Nicea aprueba la fórmula del Credo (325), la última oposición del paganismo se vive durante el efímero reinado de Juliano el Apóstata (361-363). Ya con Teodosio el Grande se amparan las decisiones del Concilio de Nicea (380) y el cristianismo se consolida como la religión estatal (391),  prohibiéndose los cultos paganos (395).

En los años de la caída del Imperio Romano de Occidente el Diablo es una presencia constante y turbadora en el ánimo de todos. Está presente en la Eneida del poeta Virgilio, cuyo libro VI es una obra maestra de la demonología latina. Convocado por el ‘espíritu' de su padre difunto, y guiado por la sibila, Eneas baja al reino de las Tinieblas y lo describe con detalle, en un alarde de imaginación sin precedentes. Lo mismo haría Dante Alighieri siglos después en su Divina Comedia y más tarde el poeta inglés John Milton en El paraíso perdido (1658), que presenta al Diablo como un príncipe triste y sombrío. Entre todos, poetas, pintores y escultores, conforman durante los siglos medievales y renacentistas la imagen de un Diablo zoomorfo, repulsivo y bestial, que permanece en la memoria colectiva de los cristianos más crédulos hasta nuestros días.  Su imagen se deforma, pero su poder se conserva incólume, hasta el punto de instalarse cómodamente en el Vaticano, donde un papa, Juan XII (954-964) brindaba a la salud del diablo, y otro, Silvestre II (999-1003), que era nigromante, evocaba a Satán para librarse del mal. Dante, en su Divina Comedia pone en el infierno de los simoníacos a tres pontífices: Nicolás III (1277-1280), Bonifacio VIII (1294-1303) y Clemente V (1305-1314), el que aniquiló a los templarios y trasladó la santa sede a la ciudad francesa de Avignon. Aun descontando lo que pueda haber de motivos políticos o legendarios en estos sucesos, todos ellos constan en la historia de la Iglesia como verdaderos.

El relato más antiguo sobre los ángeles rebeldes habla de dos mil ángeles caídos, pero la teología escolástica fijó en 133.306.668 el número de los demonios, aunque el Talmud los reduce a 7.405.926. La mejor representación pictórica de esta derrota se conserva en Bruselas, La caída de los ángeles rebeldes, obra de Brueghel el Viejo, obra del siglo XV, en el mismo estilo de los cuadros del Bosco. Una vez más hay que insistir en la trascendental importancia del arte sagrado en la propagación de la fe. Nada sería igual sin la aportación de los artistas para fijar en la memoria la ‘imagen' de lo invisible. Si los conceptos abstractos del Bien y del Mal son para Buda ‘espejismos terrestres', en el arte cristiano estas abstracciones se materializan de forma tal que pasan a ser una representación de la realidad (imaginada). Pero así como los ángeles aparecen una y otra vez en figura atractiva, la representaciones del demonio y del infierno escasean, a no ser en escenas terribles como el juicio final (Giotto).

Cuantos peregrinos se movilizaron en el siglo XII para llegar al ‘Finis Terrae' pudieron contemplar en las iglesias del camino escenas bíblicas y personajes angélicos que flanqueaban la severa figura del Pantocrator. (Ya se sabe que los artistas medievales tomaron como modelo para esta figura del Dios Padre en toda su Majestad a la impresionante y colosal  escultura de Zeus, realizada por Fidias para el templo griego de Olimpia). Pero el demonio siempre fue representado como la bestia infernal, el dragón de las consejas medievales, símbolo del Mal. Así, en uno de los capiteles de la Colegiata de Santillana del Mar (siglo XII) se representa la lucha alegórica entre el Bien y el Mal, personificados en un caballero medieval y en una bestia salvaje, que muere por su espada. El mismo símbolo que se reproduce en todas las artes durante  siglos posteriores, es decir, Satanás como el dragón, vencido, tanto por el arcángel Miguel como por san Jorge, patrono de ciudades y regiones de la Europa cristiana, que lo aniquilan a golpe de lanza o espada. El máximo ejemplo del ‘catecismo de los pobres' esculpido es el Pórtico de la Gloria, de la catedral de Santiago de Compostela, cuya contemplación equivale a una completa catequesis de doctrina cristiana. Allí están los profetas, los apóstoles, pero también los ángeles y los demonios que, con figuras bestiales, arrastran a los condenados, según la visión apocalíptica. (Continuará).

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18 Marzo 2009

OJOS QUE NO VEN (62)

 

El mito de los ángeles (5)

Entre todos los seres angélicos, la Biblia cita en varias ocasiones a uno muy especial y distinto de los demás, que parece confundirse con el  Dios hebreo, a quien se conoce como el "Ángel de Yahvéh". Su presencia equivale a la presencia divina (Ex 32:34; Is 63:9) y aparece con más frecuencia en los libros proto y deuterocanónicos (Tob 5:21; Est 15:16; Ecle 48:24). El ángel de Yahvéh habla con Agar como si fuera el mismo Dios: "Yo multiplicaré tu descendencia de manera que no podrá contarse" (Gen 16:10). Aunque no es posible demostrar una identificación absoluta, lo cierto es que este "ángel" no se halla en el mismo plano identitario de los restantes ángeles, cuya distinción con la divinidad siempre es nítida. Contradicción tan evidente ha tenido diversas interpretaciones, entre las que parecen más sensatas las que admiten interpolaciones posteriores, para reforzar la idea de un Dios trascendente y único.

Todas estas fantasiosas leyendas, dispares y disparatadas, han calado tan profundamente en la mitología popular que son muy difíciles de desarraigar. Sobre todo después de haber sido tema de inspiración para los mejores artistas de todos los tiempos, que dieron visos de realidad a tan ridículas creencias en sociedades compuestas, en su mayoría, por personas analfabetas. Hasta el "Coro de ángeles del Paraíso" pintado por Gustav Klimt en el Edificio de la Secesión, de Viena, en el siglo XX, los pintores cristianos han rivalizado en dejar constancia de su propio concepto de la visión angélica, tanto en pintura como en escultura o relieve. En el siglo XII, y siguientes, especialmente durante la expansión del estilo románico, los ángeles pueblan las paredes y retablos de las iglesias europeas, para adoctrinamiento del pueblo iletrado. Decoran las paredes de las iglesias románicas, como en la cripta de la catedral inglesa de Canterbury o en la catalana de  San Clemente de Tahull,  y visigóticas, como de la San Román, en Toledo, ambas joyas de la España medieval. Los ángeles pintados en los murales de la ermita segoviana de la Vera Cruz (1.125) fueron pasados a lienzo y trasladados al Museo del Prado, donde se conservan. Por otra parte, hay ángeles en bajorrelieve en casi todas las portadas románicas de los siglos XII y XIII. A destacar  las del pórtico de la Gloria, de Santiago de Compostela, o en Santo Domingo, de Soria. En el estilo gótico de la arquitectura medieval, la evocación angélica se plasma en las preciosas vidrieras que iluminan el templo.

Si toda esta pintura está idealizada, al servicio de una espiritualidad que renegaba de la carne, a partir del Renacimiento se va notando la evolución hacia el naturalismo, que reivindica para el cuerpo humano la belleza negada hasta entonces. Hay que reconocer una gran diferencia de estilos entre los ángeles etéreos pintados, por ejemplo, por Fra Angélico (La coronación de la Virgen, rodeada de una idealizada multitud de ángeles, en el Louvre), y los muy humanos de Rubens, Zurbarán y Murillo, del que cabe destacar la belleza del "Ángel de la Guarda" de la catedral de Sevilla. Entre estos dos extremos se sitúan otros grandes pintores de ángeles, como el Perugino, Benozzo Gozzoli, Ghirlandaio, Jan van Eick, Hans Memlinc, Jacopo Bellini, Leonardo da Vinci, Hugo van der Goes, Miguel Ángel (que prescinde del halo de la santidad, como antes Piero della Francesca y Botticelli), Rafael Sanzio y tanto otros renacentistas, cuyos ángeles "deben considerarse entre los más fantásticos vuelos de la imaginación que se hayan concebido" (Godwin).

El destino de los ángeles, por supuesto, como el de todos los humanos ‘elegidos' es la Gloria celestial, presidida por la Santísima Trinidad en la doctrina católica, como supo recoger acertadamente el genial Tiziano en su cuadro "La Gloria", del Museo del Prado (1554). Según el Catecismo católico, el "Cielo" no es sólo el "lugar propio de Dios", sino también el de "las criaturas espirituales" que rodean a Dios (I, 327). En cuanto a la existencia de los ángeles, declara rotundamente que es "una verdad de fe", es decir, que quien no crea en ellos se aparta voluntariamente de la comunidad cristiana, ya que tiene tanta validez doctrinal como el misterio de la Santísima Trinidad, la divinidad de Jesús, la virginidad de María o todos los demás dogmas aceptados y predicados por la Iglesia. "El testimonio de la Escritura es tan claro como la unanimidad de la Tradición" (I, 328). En el fin de los tiempos, "el Señor vendrá en su esplendor con todos sus ángeles" para "subir a los Cielos a los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente purificados...Son para siempre semejantes a Dios, porque lo ven ‘tal cual es', lo que es conocido como ‘visión beatífica' (I, 1023).   Naturalmente, en compañía de los ángeles, de todos los santos y del Dios trino, "El Cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha" (I, 1024).

Con estas falsas ‘verdades inventadas', basadas únicamente en la supuesta autoridad de quien las dice, el mensaje religioso cristiano ha embaucado durante veinte siglos a los devotos creyentes, incapaces de reaccionar por falta de información, de voluntad y de audacia frente a los predicadores -quiero creer que engañados más que engañosos- de doctrinas tan escasamente creíbles, sin más asidero en la realidad que sus vanas palabras. Si los ángeles existieran de verdad, se hubieran rebelado todos contra el Creador de tanta maldad como rodea a los humanos en este planeta destinado a la desolación y la muerte. Sin embargo, hay que reconocer que los ángeles están de moda, tanto en libros como en el cine, o en las series de televisión. No hay más que recordar las andanzas del ángel custodio que consigue rescatar sus alas salvando del abismo a James Stewart en la película ¡Qué bello es vivir! de Frank Capra. También un ángel amable y servicial (encarnado por el actor Michael Landon) era el protagonista de la serie televisiva Autopista hacia el cielo. Hace años la periodista norteamericana Sophy Burnham describió en El libro de los ángeles sus supuestos encuentros con estos seres celestes. Lo más sorprendente es que recibió multitud de testimonios de personas que decían haber tenido experiencias similares. En España, la actriz Lucía Bosé ha creado una fundación cultural para instalar en el abandonado castillo de Turégano (Segovia) el primer museo dedicado exclusivamente al mundo de los ángeles.

Es cierto. El interés por lo sobrenatural y lo paranormal ha crecido de forma exponencial en la segunda mitad del siglo XX, con origen en la puritana sociedad de los Estados Unidos de América, donde los fabricantes de mitos de la Nueva Era han hecho de los ángeles un fácil y sustancioso negocio. A ello han contribuido, sin duda, los ‘avistamientos' de los llamados Ovnis (Objetos Volantes No Identificados), las imaginadas ‘abducciones' y los supuestos contactos con seres extraterrestres, que, en ningún caso pueden ser confundidos con espíritus inmateriales, que es lo único que aquí nos interesa. En todo caso, es una muestra más de la fértil imaginación de la especie humana. Fantasía que sabe crear nuevos héroes voladores, tipo Superman, Spiderman, Batman, y algún otro, mitad hombre mitad ángel, que siembran de esperanza el triste futuro de la humanidad, transformando la envoltura sin prescindir del mito. (Continuará).

 

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17 Marzo 2009

OJOS QUE NO VEN (61)

 

El mito de los ángeles (4)

A estas insensateces, impropias de un sesudo estudioso de la Teología, se añadía la memez de que los ángeles hablaban en latín, mientras que para los no menos sesudos rabinos judíos, su lengua era, naturalmente, el hebreo. Lo triste no es que estos teólogos, rabinos, cabalistas y tantos otros comentaristas de los textos sagrados, se dejaran guiar por las invenciones inverosímiles de los visionarios escribas antiguos, sacrificando el juicio crítico de la razón en el altar de la fe con absoluta impunidad, sino que tales aberraciones fuesen tenidas como verdades indiscutibles por los crédulos fieles, tanto cristianos como mahometanos o judíos, sin que las voces discordantes se hayan multiplicado con éxito en la acomodaticia sociedad de los siglos posteriores. Realmente la fe ciega, mucho más que el amor.

Ese mundo angelical, inmaterial y escondido a los ojos mortales, no podría mantenerse (a juicio de los pobres humanos) sin una jerarquía y una férrea disciplina, como cualquier ejército terrestre. La Tríada superior está integrada por los Serafines, Querubines y Tronos, que son las criaturas espirituales más cercanas a Dios, situado en el centro del universo celeste. Los Serafines entretienen su eterno aburrimiento cantando sin cesar el trisagio (santo, santo, santo) en hebreo, por supuesto. Son seres de luz, con cuatro cabezas y seis alas, tal como los vio el profeta Isaías, aunque Ezequiel añade que sus alas estaban llenas de ojos. Ya durante el humanismo renacentista se los representa con frecuencia con instrumentos musicales, incluso cantando, como en el cuadro de la Natividad, de Piero della Francesca, en el que unos serafines cantores amenizan las horas del Dios recién nacido (sin el halo de la santidad en una fecha tan temprana como 1474). Tres años más tarde, da Forli insiste en el tema, con sus "Ángeles músicos", de Roma, y después con los suyos Fra Angélico, en Florencia, y Memlinck, en Bruselas. Los Querubines destacan por su belleza, aunque sólo en el rostro, a juzgar por el cuadro "Virgen con el Niño y querubines" (1485) que se conserva en Milán, en el que los querubines no tienen más que cabeza y alas, representación que copiaron muchos artistas barrocos.  Los Tronos son descritos en parecidos términos (Ez 1:13-19). En la segunda Tríada se incluyen las Dominaciones, las Virtudes y las Potestades, guardianes del Cielo, de las cuales se desgajaron los ángeles rebeldes, capitaneados por Lucifer. De las Virtudes se dice con total seriedad en el apócrifo Libro de Adán y Eva que actuaron de comadronas en el parto de Caín.  En la tercera Tríada figuran los Principados, que tienen a su cargo las grandes ciudades, los Arcángeles y los Ángeles propiamente dichos, que se ocupan de los asuntos concernientes a los humanos. Entre otras muchas representaciones artísticas de la "corte celestial", cabe destacar la bóveda renacentista que enriquece la impresionante Capilla Real de la Catedral de Sevilla.

Son los arcángeles, según el Apocalipsis, los que "comandan las legiones del Cielo en su constante batalla contra los Hijos de las Tinieblas". El más popular es Miguel, héroe indispensable en la eterna lucha contra el Mal, a quien los artistas representan vestido de armadura y blandiendo una espada en su mano derecha, teniendo a sus pies al derrotado Satán, como el de Rafael en el Louvre. Según este libro profético, Miguel "atará al dragón satánico durante mil años" (20:1). (Ya pasó el milenio y parece que Satán campa a sus anchas por todo el mundo, sin que disminuya su poder).

En toda la cristiandad habrá miles de ciudades, monasterios, iglesias y retablos dedicados a San Miguel, siempre con la espada, dispuesto a vencer a un enemigo que es invencible y eterno por naturaleza. Pondré como ejemplo la capilla de los Santos ángeles, dedicada a San Miguel, en la iglesia de Saint-Sulpice de Paris. Gabriel es el Gobernador del Edén, quien dictó el Corán a Mahoma, según la doctrina islámica. Su flor preferida es una azucena, símbolo de la pureza, con la que aparece cuando anuncia a María la buena nueva de su milagrosa concepción (Recordemos las numerosas "anunciaciones" que guardan los museos, entre las que destacan las de Botticelli en el Metropolitan de Nueva York, Florencia y Glasglow; Tiziano en Venecia, Fra Angélico en Madrid). Rafael es el ángel sanador, que alivia el dolor de Abraham en la circuncisión, rito que había sufrido en su edad madura. Parece que no es cierta la leyenda que cuenta haberle hecho a Noé el regalo de un libro de medicina. En cambio, está descrito con todo lujo de detalles en la Escritura que enseñó a Tobías los secretos médicos durante un viaje (Tob 6:1-9). En el excelente cuadro de Botticini, el pintor se permite la licencia de alterar la leyenda, incluyendo junto al joven Tobías, no sólo a Rafael, sino también a Miguel y Gabriel. Los tres son santos muy venerados en la cristiandad y son nombres frecuentes entre los bautizados, así como patronos de cofradías, iglesias, pueblos y ciudades, como la ciudad de Córdoba, en España. Entre otros arcángeles conocidos, hay que citar los nombres de Uriel, Sariel, Remiel, Raziel y Ragüel, que fue excluido del santoral católico el año 745 d.C. "por ser un demonio que se hizo pasar por santo". Metratrón es el "escriba celestial", que los gnósticos confunden con Satán, Príncipe de las Tinieblas. En el Islam es el arcángel Gabriel el encargado de capitanear las huestes musulmanas contra los cristianos, que encomiendan su victoria a "Santiago matamoros". (¡Qué desvarío!).

El último Orden de la jerarquía celestial, y el más próximo a los hombres, es el de los Ángeles, muy numeroso, ya que, según la Cabala judía su número invariable es de 301.655.722 ángeles. (¿Cuántos mortales habrán correspondido a cada uno desde el comienzo de la humanidad, si hoy somos más de seis mil millones los que convivimos en el planeta?). Muchas fuentes hebreas primitivas afirman que los ángeles, sin embargo, son creados cada mañana, como el rocío, "con cada hálito del Todopoderoso", según el Talmud, que asegura que los ángeles se mueren de repente cada día, para renacer al día siguiente. Para la Iglesia católica los ángeles son inmortales, como cualquier espíritu, anteriores a la creación del universo, pero creados todos al mismo tiempo por el Dios Eterno y Omnipotente, servidores impávidos, soldados ‘robóticos', sin emociones visibles. (Sólo de uno conocemos su simpatía, el ‘Ángel de la Sonrisa', escultura gótica en la fachada de la catedral de Reims, del siglo XIII). Escultores y pintores tienen en su ‘haber' estas maravillas de la imaginación. (Continuará).

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16 Marzo 2009

OJOS QUE NO VEN (60)

 

El mito de los ángeles (3)

A partir del siglo primero los ángeles se adueñan de las páginas de los libros del Nuevo Testamento, tanto canónicos como apócrifos, para anunciar buenas nuevas, como la concepción milagrosa del Bautista (Lc 1:11ss) y de Jesús de Nazareth (Lc 1:26ss), el nacimiento de Jesús a los pastores (Lc 2:8ss), su resurrección a las mujeres (Lc 24:23; Mt 28:2ss; Mc 16:5; Jn 20:12). También es un ángel el que conforta a Jesús en el desierto (Mc 1:13; Mt 4:11) y en su agonía (Lc 22:43). (Hay que recordar el "Cristo muerto sostenido por un ángel", de Alonso Cano y "Jesús asistido por ocho ángeles", de Lanfranco, en el Museo napolitano de Capodimonte). Es el mismo Jesús, en dos pasajes que parecen interpolados, quien presenta a los ángeles con palabras más propias de una fantasiosa mente humana que del Hijo de Dios. Al escoger a sus primeros discípulos, los quiere impresionar con esta solemne frase: "Yo os aseguro que veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del Hombre" (Jn 1:51). Y en la escena del prendimiento, al ordenar a Pedro que envaine su espada, le reprocha en parecidos términos: "¿Piensas que no puedo yo rogar a mi Padre, que pondría al punto a mi disposición más de doce legiones de ángeles?" (Mt 26:53). No son ciertamente las palabras que diría el Dios espíritu puro, rebajándose a las pobres imágenes humanas,  hablando de "cielo abierto" y de "legiones de ángeles" para demostrar su omnipotencia. Gabriel no sólo se aparece a María para anunciarle su embarazo, sino su muerte (Libro del reposo de María).

En otros pasajes, principalmente los referidos al juicio final, los ángeles ocupan lugar de privilegio. Al llegar el fin del mundo, ellos serán los encargados de "reunir" a los elegidos: "Él enviará a sus ángeles con sonora trompeta y reunirán de los cuatro vientos a sus elegidos" (Mt 24:31). La imagen poética de la trompeta tampoco parece muy apropiada para destacar el severo momento del juicio, el más importante para las humanas criaturas en el diseño de la doctrina cristiana, aunque haya servido de inspiración a multitud de artistas medievales y renacentistas. Todos ellos se basan en el evangelio de Mateo: Cuando "el Hijo del Hombre venga en su gloria, acompañado de todos sus ángeles, se sentará en el trono de su gloria" (Mt 25:31) para atemorizar a los malos y confirmar en su gozo a los buenos. Los ángeles, siempre al servicio de Yahvéh, cumplirán al fin de los días su cometido justiciero, tal como se lee en la parábola de la cizaña: "la siega es el fin del mundo y los segadores son los ángeles" (Mt 13:39), que cortarán la cizaña, porque "el que me niegue delante de los hombres será negado delante de los ángeles de Dios" (Lc 12:8).  Como obra poética tiene su encanto, pero ninguna persona sensata podrá dar crédito a estas escenas de terror, con supuestas palabras atribuidas al Dios de misericordia.

Pablo de Tarso, que no veía con buenos ojos la prepotencia de los seres angélicos en la mentalidad popular cristiana del siglo primero, se preocupa de establecer en su predicación la absoluta superioridad de Cristo. Por eso, enseña en una de sus epístolas que "Dios resucitó a Cristo y lo sentó a su diestra, por encima de todo Principado, Potestad, Virtud y Dominación" (Ef 1:19). Y en otro lugar que "en Él fueron creadas todas las cosas del Cielo y de la Tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados y las Potestades" (Col 1:15).  Los ángeles son, en definitiva, espíritus enteramente subordinados a Dios, que "sirven al Cristo y a su misión redentora" (Heb 1:14). Como ejemplo de ayuda a los humanos, se incluye en los Hechos de los Apóstoles que un ángel de luz se aparece al apóstol Pedro y le libera de sus cadenas (Hch 12:15), escena pintada por Rafael Sanzio en un mural de las estancias vaticanas y por Valdés Leal en la catedral de Sevilla.  Esta misión angélica está reservada al llamado entre los cristianos "Ángel de la Guarda", según se canta en los Salmos: "Él dará orden a sus ángeles de guardarte en todos tus caminos" (Sal 91:11). Uno de estos ángeles fue el que sustituía en las tareas de labranza al santo Isidro de Madrid, mientras éste se dedicaba a la oración (Museo de San Isidro, Madrid) o el que, más recientemente, atendía a los fogones de un fraile cocinero, devoto franciscano, que solía caer en frecuentes éxtasis, tal como representa Murillo en su precioso cuadro del Louvre "La cocina de los ángeles". Pero la Iglesia católica no autorizó el culto al Ángel de la Guarda  hasta el año 1609.

Las visiones del autor del Apocalipsis que han inspirado a tantos artistas (pienso en las vidrieras de la catedral de Winchester, en las miniaturas monacales del Beato de Liébana y en los maravillosos manuscritos conventuales de los siglos XII y XIII) son plasmadas en actos de reverencia de los seres celestiales, adorando a Yahvéh rostro en tierra (7:12) o marcando en la frente a los elegidos (7:1). La fantasía del escriba vidente llega a su culminación cuando los describe: "Ví a otro ángel poderoso que bajaba del cielo envuelto en una nube, con el arco iris sobre su cabeza, su rostro como el sol, y sus piernas como columnas de fuego" (10:1). Eran tantos que no se podían contar: "En la visión oí la voz de una multitud de ángeles que estaba alrededor del Trono. Su número era de miríadas de miríadas de millares" (5:11). Más concreto es el Talmud, donde se sentencia que a cada judío, al nacer, se le asignan nada menos que once mil ángeles custodios. Después de muchas disputas teológicas, el "Doctor angélico" Tomás de Aquino dejó establecido en el siglo XIII que existían nueve Órdenes de espíritus celestiales, divididos en tres grupos o Tríadas, y que cada arcángel estaba al frente de 496.000 miríadas de ángeles. Sin embargo, otros teólogos, para llevar la contraria, sostenían que cada Orden o Coro de ángeles estaba compuesto, según la Escritura, de 6.666 legiones, estando cada legión integrada por 6.666 ángeles. Pura fantasía. (Continuará).

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15 Marzo 2009

OJOS QUE NO VEN (59)

 

El mito de los ángeles (2)

La particularidad más notable en los espíritus corporeizados por todos los artistas es su representación con alas en la espalda, desplegadas o no, según las circunstancias. En numerosos frescos de las tumbas egipcias del Valle de los Reyes aparecen seres alados y en algunos la diosa Isis es protegida, y quizás fecundada, por un animal alado, mientras que en los palacios sumerios y asirios son seres monstruosos con alas los guardianes del palacio real. Pero las alas a la espalda de un ‘espíritu humanizado' evocan siempre la facultad de volar. Así, la diosa sumeria Lilit (identificada como la primera esposa de Adán, más tarde concubina de Satán) que se muestra alada y desnuda, portando la llave de la vida (el ankh egipcio) en un bajorrelieve de dos mil años antes de nuestra Era. En la región de los etruscos se han descubierto también tumbas de 500 años a.C. con pinturas aladas. La mitología clásica hace a Pegaso caballo volador, con el artificio de las alas. Ocurre algo semejante con Hipnos, el dios del sueño entre los griegos, que tiene alas en la cabeza, o con el romano Mercurio, que las tiene en los pies.

El dios del Amor, Eros para los griegos, Cupido para los romanos, siempre es un efebo con pequeñas alas que le permiten trasladarse súbita y rápidamente de un lugar a otro para traspasar los corazones con la flecha del amor. Del siglo V a.C. es la famosa estatua parisina de la Niké alada, diosa griega de la Victoria, que se puede contemplar en el Louvre. En la cristiandad no se permitió representar a los ángeles en pinturas y esculturas hasta el segundo Concilio de Nicea (787). A partir de entonces, los artistas comenzaron a decorar con ángeles los templos y manuscritos sagrados del cristianismo, aunque las fuentes de inspiración fueron paganas, como las citadas, siempre con alas, inequívoco símbolo de los invisibles espíritus. Además del cristianismo, estos seres totalmente espirituales son reconocidos como  tales, con existencia real en los libros sagrados de otras grandes religiones, como el zoroastrismo, el hinduismo, el judaísmo y el islamismo.

Este atributo o distintivo repetido es, sin duda, un símbolo de la facultad voladora que los humanos primitivos imaginaron como imprescindibles para unos seres que han de comunicar el Cielo con la Tierra. Estos apéndices voladores, casi siempre en reposo, los convierten en seres mixtos, mitad ave mitad persona, reproducidos con ropajes de época, menos en la mitología pagana, que se muestran desnudos, y en el barroco cristiano, cuando  artistas como Rubens y Murillo los imaginan como niños rollizos siempre de raza blanca. (Recuerdo un famoso bolero popularizado por Machín, "Angelitos negros", en el que se reprocha al artista: "por qué al pintar angelitos/ te olvidaste de los negros..."). Y desde luego, alados y desnudos, aunque respetando la infantil inocencia, con atributos masculinos, velados en la mayoría de las ocasiones. (Es de advertir que en el Antiguo Testamento no hay distinción de sexos en el mundo sobrenatural).

Las diferentes leyendas paganas sobre los "seres alados" fueron acogidas y manipuladas por los escribas cristianos, no sólo en los libros que la Iglesia reconoció como canónicos sino también, y en mayor medida, en los que quedaron separados como apócrifos, tanto los que se reconocen como históricos, como los didácticos o apocalípticos. Entre estos últimos destaca el libro de Henoc, venerado como canónico por la Iglesia etiópica, más fantasioso que ningún otro. El vidente describe la aparición de "seres de ojos brillantes" añadiendo que "sus vestiduras eran extraordinarias, de color de púrpura, y como si fueron con plumaje; tenían sobre las espaldas algo que sólo sabría describir como parecido a unas alas doradas". Ya tenemos el mito perfilado. El autor, que menciona también a los ángeles rebeldes, cita a cuatro arcángeles: Miguel, Gabriel, Rafael y Uriel. Este último tiene la misión de "tratar con los que han sido seleccionados para recibir una ampliación del período de tiempo de su vida" (En XL, 1:10).

La confusión entre ángeles y dioses es tan antigua como los primeros textos bíblicos, cuando los escribas hebreos escogieron a Yahvéh, entre los demás dioses vecinos, como el único verdadero dios, al que debían alabanza y obediencia, en contrapartida a la selectiva "alianza" de protección que sirvió de base al sometimiento del pueblo judío. En los textos apócrifos se decía que los demás dioses formaban la "corte" de Yahvéh, pero en la versión de los Setenta los traductores esquivaron la dificultad simplemente traduciendo "dioses" por "ángeles" (A. Díez Macho, Apócrifos del Antiguo Testamento, Cristiandad, 1984). Esta "inocente" mistificación ha ocultado la verdad de los primeros textos durante siglos, obligando a peripecias exegéticas incomprensibles para salvar la veracidad de los textos sagrados. En realidad, el culto a los ángeles procede del antiguo culto a los dioses mesopotámicos.

Para el redactor del libro de Job, los ángeles estaban ya presentes en la creación, pues Yavéh increpa al Job lastimero: "¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la Tierra? ¿Quién asentó su piedra angular, entre el clamor a coro de las estrellas del alba y las aclamaciones de todos los Hijos de Dios?" (Job 38:7). Sabemos por otros pasajes que, para Job, los "Hijos de Dios" eran los propios ángeles (Job 1:6) que subían y bajaban por la escalera que unía el Cielo con la Tierra en la célebre visión (Gén 28:12). Los espíritus angélicos eran incorpóreos por su misma naturaleza espiritual (1 Re 22:21; Dan 3:86; Sab 7:23), pero podían revestirse de carne humana y hacer frente a la gravedad, como ocurrió en el episodio de la lucha que uno de ellos mantuvo con Job durante la noche (Gén 32:26). También el profeta Ezequiel, al ser transportado desde Caldea a Jerusalén, en un carro conducido por ángeles, declara que llegó a oír "el batir de sus alas". Pero, desde luego, no dejan huellas, ni su cuerpo necesita alimentarse, ni se reproducen ni sufren dolor, a pesar de su comportamiento engañosamente humano, como sugieren los textos sagrados.

Como se sabe, casi todas las referencias bíblicas tienen su fundamento en una visión profética. Según Miqueas, los ángeles forman el "ejército de Yahvéh", porque, según confiesa, "he visto a Yahvéh sentado en un trono y todo el ejército de los cielos estaba a su lado" (1 Re 22:19). Lo confirma Josué, quien, cerca de Jericó, tuvo la fortuna de ver a un ángel con una espada en la mano, que se presentó: "Yo soy el Jefe del ejército de Yahvéh" (Jos 5:14) y el salmista los califica de "héroes potentes" (Sal 103:20). Aunque los orígenes del mito angélico son antiquísimos, basados en palabras de algún escriba visionario, debe admitirse que en el desarrollo del mismo han influido causas materiales y préstamos doctrinales, a través de las leyendas paganas anteriores, sobre todo durante el destierro de los hebreos en Babilonia. Lo sorprendente es su vitalidad posterior, que ha llegado hasta el muy racional y científico siglo XXI, tanto en la creencia y veneración de los ángeles buenos, protectores de la humana fragilidad y solícitos servidores de la Divinidad, como en su versión negativa del "ángel rebelde", seguidor de Satán, Príncipe de las Tinieblas y enemigo declarado del Dios cristiano, sin más finalidad que seducir y arrastrar al homo sapiens al pecado y la condenación eterna. (Continuará).

 

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15 Marzo 2009

OJOS QUE NO VEN (59)

 

El mito de los ángeles (2)

La particularidad más notable en los espíritus corporeizados por todos los artistas es su representación con alas en la espalda, desplegadas o no, según las circunstancias. En numerosos frescos de las tumbas egipcias del Valle de los Reyes aparecen seres alados y en algunos la diosa Isis es protegida, y quizás fecundada, por un animal alado, mientras que en los palacios sumerios y asirios son seres monstruosos con alas los guardianes del palacio real. Pero las alas a la espalda de un ‘espíritu humanizado' evocan siempre la facultad de volar. Así, la diosa sumeria Lilit (identificada como la primera esposa de Adán, más tarde concubina de Satán) que se muestra alada y desnuda, portando la llave de la vida (el ankh egipcio) en un bajorrelieve de dos mil años antes de nuestra Era. En la región de los etruscos se han descubierto también tumbas de 500 años a.C. con pinturas aladas. La mitología clásica hace a Pegaso caballo volador, con el artificio de las alas. Ocurre algo semejante con Hipnos, el dios del sueño entre los griegos, que tiene alas en la cabeza, o con el romano Mercurio, que las tiene en los pies.

El dios del Amor, Eros para los griegos, Cupido para los romanos, siempre es un efebo con pequeñas alas que le permiten trasladarse súbita y rápidamente de un lugar a otro para traspasar los corazones con la flecha del amor. Del siglo V a.C. es la famosa estatua parisina de la Niké alada, diosa griega de la Victoria, que se puede contemplar en el Louvre. En la cristiandad no se permitió representar a los ángeles en pinturas y esculturas hasta el segundo Concilio de Nicea (787). A partir de entonces, los artistas comenzaron a decorar con ángeles los templos y manuscritos sagrados del cristianismo, aunque las fuentes de inspiración fueron paganas, como las citadas, siempre con alas, inequívoco símbolo de los invisibles espíritus. Además del cristianismo, estos seres totalmente espirituales son reconocidos como  tales, con existencia real en los libros sagrados de otras grandes religiones, como el zoroastrismo, el hinduismo, el judaísmo y el islamismo.

Este atributo o distintivo repetido es, sin duda, un símbolo de la facultad voladora que los humanos primitivos imaginaron como imprescindibles para unos seres que han de comunicar el Cielo con la Tierra. Estos apéndices voladores, casi siempre en reposo, los convierten en seres mixtos, mitad ave mitad persona, reproducidos con ropajes de época, menos en la mitología pagana, que se muestran desnudos, y en el barroco cristiano, cuando  artistas como Rubens y Murillo los imaginan como niños rollizos siempre de raza blanca. (Recuerdo un famoso bolero popularizado por Machín, "Angelitos negros", en el que se reprocha al artista: "por qué al pintar angelitos/ te olvidaste de los negros..."). Y desde luego, alados y desnudos, aunque respetando la infantil inocencia, con atributos masculinos, velados en la mayoría de las ocasiones. (Es de advertir que en el Antiguo Testamento no hay distinción de sexos en el mundo sobrenatural).

Las diferentes leyendas paganas sobre los "seres alados" fueron acogidas y manipuladas por los escribas cristianos, no sólo en los libros que la Iglesia reconoció como canónicos sino también, y en mayor medida, en los que quedaron separados como apócrifos, tanto los que se reconocen como históricos, como los didácticos o apocalípticos. Entre estos últimos destaca el libro de Henoc, venerado como canónico por la Iglesia etiópica, más fantasioso que ningún otro. El vidente describe la aparición de "seres de ojos brillantes" añadiendo que "sus vestiduras eran extraordinarias, de color de púrpura, y como si fueron con plumaje; tenían sobre las espaldas algo que sólo sabría describir como parecido a unas alas doradas". Ya tenemos el mito perfilado. El autor, que menciona también a los ángeles rebeldes, cita a cuatro arcángeles: Miguel, Gabriel, Rafael y Uriel. Este último tiene la misión de "tratar con los que han sido seleccionados para recibir una ampliación del período de tiempo de su vida" (En XL, 1:10).

La confusión entre ángeles y dioses es tan antigua como los primeros textos bíblicos, cuando los escribas hebreos escogieron a Yahvéh, entre los demás dioses vecinos, como el único verdadero dios, al que debían alabanza y obediencia, en contrapartida a la selectiva "alianza" de protección que sirvió de base al sometimiento del pueblo judío. En los textos apócrifos se decía que los demás dioses formaban la "corte" de Yahvéh, pero en la versión de los Setenta los traductores esquivaron la dificultad simplemente traduciendo "dioses" por "ángeles" (A. Díez Macho, Apócrifos del Antiguo Testamento, Cristiandad, 1984). Esta "inocente" mistificación ha ocultado la verdad de los primeros textos durante siglos, obligando a peripecias exegéticas incomprensibles para salvar la veracidad de los textos sagrados. En realidad, el culto a los ángeles procede del antiguo culto a los dioses mesopotámicos.

Para el redactor del libro de Job, los ángeles estaban ya presentes en la creación, pues Yavéh increpa al Job lastimero: "¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la Tierra? ¿Quién asentó su piedra angular, entre el clamor a coro de las estrellas del alba y las aclamaciones de todos los Hijos de Dios?" (Job 38:7). Sabemos por otros pasajes que, para Job, los "Hijos de Dios" eran los propios ángeles (Job 1:6) que subían y bajaban por la escalera que unía el Cielo con la Tierra en la célebre visión (Gén 28:12). Los espíritus angélicos eran incorpóreos por su misma naturaleza espiritual (1 Re 22:21; Dan 3:86; Sab 7:23), pero podían revestirse de carne humana y hacer frente a la gravedad, como ocurrió en el episodio de la lucha que uno de ellos mantuvo con Job durante la noche (Gén 32:26). También el profeta Ezequiel, al ser transportado desde Caldea a Jerusalén, en un carro conducido por ángeles, declara que llegó a oír "el batir de sus alas". Pero, desde luego, no dejan huellas, ni su cuerpo necesita alimentarse, ni se reproducen ni sufren dolor, a pesar de su comportamiento engañosamente humano, como sugieren los textos sagrados.

Como se sabe, casi todas las referencias bíblicas tienen su fundamento en una visión profética. Según Miqueas, los ángeles forman el "ejército de Yahvéh", porque, según confiesa, "he visto a Yahvéh sentado en un trono y todo el ejército de los cielos estaba a su lado" (1 Re 22:19). Lo confirma Josué, quien, cerca de Jericó, tuvo la fortuna de ver a un ángel con una espada en la mano, que se presentó: "Yo soy el Jefe del ejército de Yahvéh" (Jos 5:14) y el salmista los califica de "héroes potentes" (Sal 103:20). Aunque los orígenes del mito angélico son antiquísimos, basados en palabras de algún escriba visionario, debe admitirse que en el desarrollo del mismo han influido causas materiales y préstamos doctrinales, a través de las leyendas paganas anteriores, sobre todo durante el destierro de los hebreos en Babilonia. Lo sorprendente es su vitalidad posterior, que ha llegado hasta el muy racional y científico siglo XXI, tanto en la creencia y veneración de los ángeles buenos, protectores de la humana fragilidad y solícitos servidores de la Divinidad, como en su versión negativa del "ángel rebelde", seguidor de Satán, Príncipe de las Tinieblas y enemigo declarado del Dios cristiano, sin más finalidad que seducir y arrastrar al homo sapiens al pecado y la condenación eterna. (Continuará).

 

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14 Marzo 2009

OJOS QUE NO VEN (58)

 

 

IV

El mito de los ángeles (1)

 

 Inventarse un espíritu que gobierne el cuerpo es algo sensato cuando agobia el misterio y las infinitas preguntas quedan sin respuesta. Como lo es dar vida en la imaginación a otros espíritus que cumplen funciones parecidas y explicativas de otros tantos enigmas de nuestra naturaleza. ¿Alguien se puede extrañar de que un niño, al despertar de su cerebro, pregunte por qué crecen las plantas o qué significan las luces que iluminan el cielo? O en otros momentos, de mayor curiosidad, ¿por qué ha muerto mi mamá? ¿Dónde vive ahora? ¿Por qué hay tantas desgracias, si Dios es tan bueno? ¿Quiénes son esos ángeles que veo en las estampas?

Las respuestas a tanta curiosidad acumulada se han generado siempre en mundos distintos, como la filosofía, la religión o la ciencia. El mundo de la religión (mejor, de las religiones) tiene su asiento en la fe, sumisión absoluta de la razón a las palabras de unos profetas visionarios que creen haber encontrado en los sueños la ‘revelación divina' que explica todos los misterios. La filosofía, ejercitando la poderosa facultad de la razón humana, deduce y argumenta, pero no puede dar respuesta cabal sin el auxilio de la experimentación científica. Si no nos podemos extrañar de las preguntas infantiles, tampoco podemos acusar de perversos inventores a nuestros primitivos antepasados, que, sin el apoyo de la ciencia, dejaron correr su imaginación aceptando como ciertas las descabelladas fantasías que calmaban su angustia.

La invención de los espíritus angélicos, estirpe de seres invisibles como las almas y los dioses, es tan fantástico disparate como el bálsamo de Fierabrás, pero que puede surtir un efecto calmante si  se tiene una fe firme en los mágicos encantamientos. Con el paso de los siglos y las civilizaciones los espíritus angélicos han superado, sin apenas oposición,  las barreras racionales del cerebro humano, para instalarse cómodamente entre las creencias más profundas de la inmensa mayoría de los mortales. Son ya tantos los estudios publicados sobre estos seres sobrenaturales y tal su importancia cualitativa y cuantitativa que ha sido posible publicar en inglés un Diccionario de los ángeles, gracias al minucioso trabajo de Gustav Davidson y el ingenioso escritor Dan Brown ha podido vender en España medio millón de ejemplares de su novela Ángeles y demonios (Umbriel, 2004). Con muy diversas interpretaciones, se han podido citar las obras de algunos videntes o ‘mediums' de mayor popularidad que tratan en sus libros del mundo de los ángeles, por ejemplo, las Voces angélicas desde el mundo espiritual (1874), de James Lawrence.  Pero es en el siglo XX, y más concretamente en los Estados Unidos de América, donde se ha desatado la fiebre por oír las voces de seres supuestamente sobrenaturales, sobre todo a partir del Libro de Urantia (1955) del ‘medium' de Chicago Wilfrec Custer Kellog, que ofrece en más de dos mil páginas respuestas y soluciones a los mayores enigmas de la historia, tanto religiosos como científicos, y que su traductor al castellano atribuye a la "monstruosa invención de algún cerebro genial". Antes, habían aparecido los Coloquios con seres angélicos (1944) de Gitta Mallasz y los comunicados de carácter científico-espiritual emitidos por un "colectivo de arcángeles" (1954) con destino al matrimonio de California Ernest y Ruth L. Norman, que suman en total unas 38.000 páginas.

Desde Nueva York nos llegó  el libro de Francis Steiger Reflejos en una mirada angélica (1982) y unos años después Los ángeles como mensajeros (1993) de Terry L. Taylor  y Ángeles, los mensajeros misteriosos (1995) de Rex Hanck. En el mismo estilo Giuditta Dembech publicó El gran libro de los ángeles (1996) y con el mismo título, pero con ejercicios prácticos para contactar con ellos, el escrito por Jack Lawson (1997). Por otra parte, una editorial española ha comenzado a editar una Biblioteca básica de los ángeles, con títulos sugestivos pero más cercanos a la mística que a la ciencia. Uno de los libros más difundidos en español es el titulado Ángeles. Una especie en peligro de extinción (Robin Book, 1991) de Malcolm Godwin, acertado resumen de cuanto nos cuentan de ángeles y demonios los libros sagrados y de su  vertiginosa evolución entre las nuevas generaciones. Incluso en la California americana pervive el nombre de Los Ángeles en una ciudad fundada por los misioneros españoles.

Parece ser que en unas tablillas arcillosas sumerias, con una antigüedad de doce mil años, se habla ya de "unos seres misteriosos, resplandecientes y ojos brillantes", que enseñaron a los nativos la agricultura, la metalurgia y la escritura. No cabe dudar de su importancia para la humanidad, ya que, según el supuesto escriba, "antes de la aparición de los seres de ojos resplandecientes, la gente penetraba en las cuevas a cuatro patas, comía hierba directamente del suelo y bebía directamente de ríos y manantiales". Aunque algún comentarista se apresure a ver en estas palabras la confirmación de una visita extraterrestre, con misión ‘educadora' de los humanos, sigue en pie la teoría de una mitificación, ya que éstos no serían seres invisibles ni tendrían facultades sobrenaturales como los espíritus angélicos. Aunque se conozcan algunos precedentes de seres alados en las primeras civilizaciones sumerias, egipcias, asirias y babilónicas, "los ángeles, como afirma Godwin, siguen siendo básicamente una creación judía". (Continuará).

 

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18 Febrero 2009

OJOS QUE NO VEN (36)

La invención de los espíritus (1)

La Imaginación:

Esta potencia soberbia, enemiga de la razón,

que se complace en controlarla o dominarla,

para mostrar cuán poderosa es en todo,

ha establecido en el hombre una segunda naturaleza.

(Pascal, Pensamientos)

En los festejos populares de todas las culturas, conservados hasta hoy, caminar o saltar sobre el fuego significa trascender la pobre condición humana, como señala Mircea Eliade (Mitos, sueños y misterios, Grupo Libro 88, 1991). Es una manifestación pública de la pequeñez del ser humano, que desea ser inmortal pero se sabe impotente ante la naturaleza que le rodea y que, inevitablemente, le conducirá al sufrimiento, la enfermedad y la muerte. Males que, superando al fuego, deberá conjurar suplicando la continuación de la supervivencia a esos ‘entes’ no materiales que gobiernan el universo, sean luces celestiales o espíritus poderosos, invisibles a los ojos mortales. De aquí a la consideración del ‘misterio de la vida’ no hay más que un paso, sobre todo si de un humano primitivo se trata, tan ignorante del sentido de su existencia y tan lejano de las explicaciones científicas modernas, que a nosotros nos sirven para aclarar el ‘misterio’, sin necesidad de desafiar la potencia simbólica del fuego.

En el principio de la especie, rodeado de misterios y fenómenos naturales que no comprendía, el hombre primitivo hubo de imaginar (no, desde luego, por revelación de ningún dios) la existencia (ilusoria) de unos seres invisibles y poderosos, causantes de todos los fenómenos adversos de la naturaleza, pero también de su propia existencia, inexplicable en su sentido último del porqué y para qué de una vida no solicitada, que implicaba la esclavitud a unos deseos, sentimientos y emociones no controlados, tanto como a la violencia, el sexo, la comida, el sueño y la muerte. Sin duda, algún ‘espíritu’ gobernaba sus pensamientos y sus movimientos. También imaginó lo propio en la vida vegetal y animal, incluso en los diversos sucesos de la naturaleza inanimada, dando vida en su imaginación a unos seres no materiales, portadores de la ‘animación’ vital y del dominio de la naturaleza, que tenían su origen y morada en el cielo estrellado. Y en la cúspide de esta imaginada ‘familia celestial’ señoreaban los ‘espíritus supremos’, dioses creadores y dueños absolutos de todo lo material, a cuyo servicio estaban miríadas de espíritus inferiores, que constituían los ‘ejércitos celestiales’.

Estas y otras ideas afines venían a mi imaginación al visitar, en la periferia de Antequera (España), el magnífico conjunto arqueológico de dólmenes del Neolítico, en especial al entrar, con admiración y ánimo sobrecogido, en el primer lugar megalítico de culto ‘sagrado’ de la península, el dolmen de Menga, construido con enormes bloques de piedra hace más de seis mil años. Muy cerca, el dolmen funerario de Viera, donde estas primeras comunidades agrarias, agricultores y pastores andaluces de una misma identidad tribal, enterraban a sus difuntos en una fosa común. Sin poderlo precisar con exactitud, el hombre primitivo tenía ya una idea –falsa pero activa- de los dioses y del alma individual que animaba su voluntad, su razón y sus sentimientos.

La transmisión oral de estas creencias dio origen a los primeros códigos religiosos, mejor, a las múltiples y muy distintas religiones que, basándose en la supremacía de lo ‘sagrado’, comenzaron a organizar la vida social de las comunidades tribales, sin más apoyo que la poderosa imaginación del homo sapiens. Sus consecuencias acompañan a la historia de la humanidad como la sombra al cuerpo en un día soleado y luminoso. Incluso en nuestros días, mediante un esfuerzo casi sobrehumano, cualquier persona que intente hacer valer su razón y los incesantes hallazgos de la Ciencia sobre los desvaríos de la imaginación, por encima de sentimientos y creencias, habrá de entablar una titánica lucha contra el resto de la sociedad que sigue creyendo en dioses, ángeles, demonios, almas y demás espíritus creados por la fantasía humana. Yo, desde luego, no puedo concebir lo inmaterial, y mucho menos, como diría Pascal, “cómo un cuerpo puede estar unido con un espíritu”. Por eso quiero escapar de la ‘estafa’ intelectual con que han querido someter mi docilidad los interesados ‘vendedores de maravillas’ en cualquier parte de los cinco continentes.

La creencia en los espíritus inmortales –llámense almas, ángeles o dioses- es una opción de fe. Nadie los ha visto ni oído, como no sea en sueños nocturnos o provocados por sustancias alucinógenas, en experiencias místicas inenarrables. Ni los sentidos ni la razón ni la ciencia tienen nada que decir en este asunto. Sólo la fantasía, la poderosa imaginación del ser humano, que imagina la existencia de seres invisibles para encontrar alguna explicación al misterio de la vida. Con meridiana claridad lo expone, desde el lado de la ciencia, el neurólogo español más conocido, el catedrático Francisco Mora: “Ante una pregunta o serie de preguntas no contestables, o un problema que uno no puede resolver, el cerebro innatamente tiende a ‘conjeturar’, a ‘inventarse’ algo” (El sueño de la inmortalidad, Alianza, 2003). Así, el estudio de los espíritus pertenece a la fe, y sus capciosas conclusiones sólo pueden ser asumidas por una persona de fe, es decir, que prescinda de su juicio crítico, de su razón, y se entregue con fervor irracional en brazos de una creencia no demostrable.

Entre la fe y la razón no hay componendas posibles, por más que alguien pretenda “estar en misa y repicando”, como advierte gráficamente el refranero español. Son dos mundos antitéticos, que marchan por caminos divergentes condenados a no encontrarse jamás. El estudio científico de la ‘invención’ los espíritus, por el contrario, es posible gracias a la psicología, incluso a la psiquiatría, y a la disección experimental propia de las neurociencias, que excluye de su horizonte racional cuanto han dicho los visionarios, tanto de ayer como de hoy. Visionarios a los que no se debe culpar –yo, al menos, así lo pienso- por haber creído a pies juntillas en sus ficciones oníricas, alimentadas por sus memes ambientales o por sus deseos incontrolados de vida eterna. Todos –o casi todos, para no generalizar- los que han predicado la ‘buena nueva’ de la salvación lo han hecho de buena fe, con deseo de conseguir una futura humanidad éticamente aceptable, y gozosa en su disfrute de la divinidad, aunque para ello hayan tenido que verse obligados a esclavizar los cerebros, sometiéndolos a su fantasioso criterio. Soy de la opinión de que a ninguno de esos ‘apóstoles de la verdad’ (a casi ninguno) se le puede acusar de propagar conscientemente una ‘mentira’, por muy piadosa que sea. Doy por supuesto que no han tenido ni tienen intención de engañar, sino tan sólo de consolar y ‘redimir’ a los hombres de un ‘pecado’ de ignorancia o de soberbia. Como se ve, no lo han conseguido. Porque la ciencia avanza a pasos agigantados y cada día nos abre los ojos a una nueva realidad: todo(o casi todo, de momento) lo mitificado por el hombre puede ser explicado por la ciencia.

Esa ‘creación’ o ‘invento’ de los primeros humanos, que fueron los espíritus, es el comienzo de una interminable batalla por la explicación de la existencia. En esta secular batalla entre creyentes y no-creyentes, espiritualistas y materialistas, han tenido hasta hoy la voz cantante los primeros, pero es de esperar que la mente racional reaccione ante los avances de la ciencia y sustituya su fe por meras costumbres tradicionales. La espiritualidad es heredada, como dice Hamer, “un rico tapiz en el que la naturaleza es la urdimbre y la educación la trama”. Los genes heredados me predisponen, pero son los memes socialkes y culturales, aprendidos, los que me esclavizan. El ser humano podrá en el futuro seguir imaginando espíritus, almas, ángeles, demonios y dioses, pero a sabiendas de que no existen en la realidad, sino que fueron ‘inventados’ por sus ignorantes antepasados, mitificando las múltiples energías de la naturaleza, a las que ha denominado espíritus. En primer lugar, su alma. (Continuará).

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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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