Categoría: Angustia
6 Septiembre 2009
OJOS QUE NO VEN (82)
Del politeísmo al monoteísmo (2)
La Sierra de Atapuerca, en Burgos (España), es un lugar único en el mundo. Aquí se han encontrado los fósiles más viejos de Europa; aquí se ha nombrado una nueva especie (Homo antecesor); aquí se ha descubierto el más antiguo caso de canibalismo; y aquí, finalmente, se han hallado restos de la más primitiva práctica funeraria. De "regalo envenenado" califica Arsuaga la capacidad intelectual con la que se enriquecieron. No sabemos cuándo se alcanzó entre los últimos eslabones del género Homo la conciencia de la vida y de la muerte. Esta ‘conciencia' es el "regalo envenenado" de que habla Arsuaga, porque "aquellos burgaleses de hace 300.000 años deben ser admitidos como miembros de pleno derecho en la misma familia de seres atribulados a la que pertenecemos nosotros". En la llamada Sima de los Huesos se acumularon cuerpos, de hombres y animales, algunos todavía completos, "en un estado de conservación sorprendentemente bueno a pesar de los años transcurridos".
Las prácticas funerarias descubiertas en Atapuerca tienen un enorme interés para rastrear los orígenes de la religión. De momento, se puede asegurar que las únicas criaturas que lloran a sus muertos y tratan con respeto a los cuerpos sin vida somos los humanos (con excepciones que confirman la regla). En la Sima de los Muertos no hay enterramientos, propiamente dichos, sino acumulación de cadáveres, "en un lugar especial". Lo que ya indicaría una conciencia de ‘otra vida' sería el hallazgo de cadáveres enterrados junto a cualquier objeto de su vida terrena. Esta costumbre podría estar ya asentada entre los neandertales de hace 60.000 años, como indican los registros fósiles. Pero, desde luego, eran habituales en la época del arte rupestre, de los adornos personales y de las figurillas femeninas que se han considerado como representación simbólica de las primeras diosas de la historia (hace unos 32.000 años). El culto a los antepasados, siguiendo la opinión de Herbert Spencer, "es la fuente y origen de la religión". Idea que completa Marvin Harris, al tratar del tótem de los pueblos primitivos: "Gran parte de lo que se conoce como totemismo no es sino una forma de culto difuso a los antepasados" (Nuestra especie, Alianza, 1995). Pero el tótem no era más que un objeto sagrado, que ‘representaba' el espíritu de los antepasados en cada tribu o clan familiar.
"La invención de los dioses se debe fundamentalmente al miedo". Esta frase de Petronio, que resume todo lo dicho con insistencia anteriormente, nos devuelve al origen del género Homo, y más concretamente al Homo sapiens, consciente ya de su propio miedo y de esos seres ‘sobrenaturales', a los que debía acudir para eliminarlo. Pero transcurrieron muchos años hasta que ese sentimiento de impotencia ante el miedo dejara de ser individual y tribal para convertirse en colectivo y social, inaugurando la verdadera historia de las religiones. Durante el periodo Epipaleolítico (18.000-9.300 a.C.) los cromañones vivieron en cuevas y abrigos naturales, como cazadores y depredadores, consumidores casi exclusivos de carne, incluida la humana, pero ya con sensibilidad artística y simbólica, que dejaron documentada en las primeras pinturas rupestres. Con el Neolítico (9.300-7.000 a.C.) llegaron los asentamientos, las agrupaciones sociales, las ciudades, la agricultura, la ganadería, la alfarería y la minería, además de la ‘invención' de los dioses y los cultos colectivos. Estas son las coordenadas temporales en las que se ha de encuadrar el nacimiento de las religiones, diversas aunque con un sustrato común: la angustia de la muerte y la ilusión de seguir viviendo ‘más allá'. También se puede aducir que la ciudad más antigua de Europa, Çatal-Hüyük, en los montes turcos de Anatolia, con una antigüedad de unos 7.000 años, contaba con algún palacio custodiado por animales imaginarios, símbolos de entidades sobrenaturales.
La gran expansión urbana se produjo 4.000 años a.C. en Mesopotamia, la "Tierra de los cinco Mares" (Mediterráneo, Caspio, Negro, Rojo y Golfo Pérsico) entre los Montes Zagros (actual Irán) y el desierto de Siria. Enorme extensión regada por los dos grandes ríos, Tigres y Eúfrates, donde se fueron formando durante miles de años grandes depósitos sedimentarios que favorecieron la agricultura. Estas fértiles llanuras fueron el escenario privilegiado del origen de las primeras religiones ‘ritualizadas', en un entorno ciudadano en el que se inventaron, además de los dioses, la escritura, la rueda, el ladrillo, la cerámica, la fragua, la domesticación de algunos animales, las industrias del metal y de la construcción, las necrópolis y los templos. Sin olvidar la jerarquización de la sociedad, con sus reyes y su capital, Uruk (Erec) la más importante de la región durante casi cinco mil años (4.000 a.C.-siglo III d.C.), centro religioso de primer orden, con varios templos célebres, como Kullaba, donde se veneraba al dios An, ‘señor del Cielo', y Eanna, donde recibía culto la diosa de los sumerios Inanna, la Isthar de los acadios y la Astarté de los fenicios. En los templos mesopotámicos había siempre un altar para los sacrificios cruentos. (Michael Roaf, Mesopotamia y el antiguo Oriente Medio, Ed. del Prado, 1992). (Continuará).
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29 Marzo 2009
El mito de la divinidad (5)
Desde luego, no resulta posible demostrar la existencia de ningún dios a través de la lógica, como quiso hacer en el siglo XIII Tomás de Aquino con sus ‘cinco vías'. El filósofo que más se acerca a la definición de la divinidad es el judío Baruc Spinoza, en el siglo XVII, que niega la trascendencia, tomando siempre como base al raciocinio, lo cual le valió el marbete de "el marrano de la razón". El ‘inmanentismo' de Spinoza es una doctrina que sostiene el primado de la experiencia interna religiosa sobre el conocimiento discursivo de Dios. "Sólo puede existir, desde un punto de vista lógico, una única sustancia, que es independiente, inmutable, infinita, causa de sí misma, y que existe de modo necesario y eterno. Dios es causa inmanente, pero no transitiva, de todas las cosas. Fuera de Dios no puede haber ninguna sustancia. Todo lo que es cierto de una esencia es cierto para siempre. El universo, en su conjunto, se convierte en manifestación de una única realidad, Dios: Deus sive Natura (Dios o Naturaleza). Sólo puede haber una sustancia porque ninguna sustancia puede producir otra sustancia. Fuera de Dios nada puede ser ni concebirse, luego el mundo es tan eterno como Dios". Estas y otras sentencias de Spinoza en su Ética se ajustan a una estricta filosofía de la religión, muy alejada de la psicología que lo reduce a un simbolismo de algo ‘presente' para la psique, pero inexistente en la realidad. Panteísmo frente a monoteísmo.
Sin embargo, la fe en alguna divinidad no significa, en absoluto, la descalificación del creyente. La fe tiene un denominador común, pero muy variadas manifestaciones. No es lo mismo la fe del fanático que la del sabio liberal. Condenar en bloque a todos los creyentes sería traicionar a héroes admirables, artistas o pensadores geniales y seres humanos conmovedores. Un filósofo ateo confiesa: "Tengo demasiada admiración por Pascal, Leibniz, Bach o Tolstoi -sin hablar de Gandhi, Etty Hillesum o Martin Lutero King- como para poder despreciar la fe a que apelaban...Y demasiado afecto por varios creyentes, entre mis allegados, como para pretender herirlos de ninguna manera" (André Comte-Sponville, El alma del ateísmo. Introducción a una espiritualidad sin Dios, Paidós, 2006). Admirable postura que comparto, habiendo sido testigo de innumerables obras de caridad y abnegación de personas muy cercanas, a las que amo y en las que confío. El ateísmo no es incompatible ni con la religiosidad ni con la política. El ateo, si no es indiferente, sigue siendo una persona social, transigente y comprensiva, que no busca ni la confrontación ni el proselitismo. Sólo la libertad de conciencia.
A vueltas con la divinidad, el mundo científico actual está dividido porque algunos se resisten a subordinar sus creencias a su razón. La cuestión numérica, que se aduce para inclinar la balanza a uno ú otro lado, no es importante. Desde que Friedrich Nietzsche dejara escrito -aunque sacado de contexto- aquello de que "Dios ha muerto", muchos hombres de ciencia sostienen una dura lucha interior, que se traduce en ataques de simple nerviosismo o de pánico incontrolado. Dígase lo que se quiera, al cerebro le cuesta muy mucho doblegarse ante la evidencia experimental, que hace innecesaria la existencia de ninguna clase de divinidad. Según el físico mundialmente famoso por su esclerosis lateral amiotrófica, "la evidencia científica sugiere que jamás existió un momento específico en que el mundo se creó; por tanto, no hay motivo para admitir la existencia de un Creador. El universo no parece tener ni fronteras, ni límites, ni principio, ni fin, siempre ha sido autosuficiente". Sus últimas investigaciones le han llevado a concluir que el Big-Bang, el propio universo y el tiempo físico están inmersos en una ‘quinta dimensión' diferente a las tres dimensiones del espacio, más la cuarta del tiempo. (Stephen Hawking, Brevísima historia del tiempo, Crítica, 2005).
Superando la teoría de la relatividad, Hawking llega a postular que "el espacio-tiempo real es tan solo obra de nuestra imaginación" y que el universo no tiene fronteras, ni está afectado por nada fuera del mismo. "No sería ni creado ni destruido. Simplemente sería. ¿Qué lugar habría entonces para un Creador?" (La teoría del todo. El origen y el destino del universo. Debate, 2007). En la parte opuesta, un científico como Leon Lederman, Premio Nobel de Física, sentencia: "Sólo Dios sabe lo que pasó en el principio de los tiempos". Descalifica, así, la especulación científica, quizás por no entenderla, como casi todos nosotros. Pero hay que admitir que esas especulaciones no son gratuitas, sino que están fundamentadas en múltiples deducciones matemáticas y procesos experimentales. No cabe ya más que emplear cada uno su propio juicio crítico, inclinándose por la teoría que le parezca más acertada, rechazando prejuicios y haciendo valer sólo su raciocinio, ese maravilloso instrumento que dignifica al homo sapiens sapiens.
Para el positivismo, con su aversión a la metafísica, la ciencia experimental es la única fuente verdadera del conocimiento. Precisamente porque la religión nace de la emoción del miedo, sentimiento involuntario de angustia y dependencia ante el futuro incierto, para proporcionar al individuo alguna esperanza en su ansiosa búsqueda de felicidad duradera. La ciencia, por el contrario, se basa en la razón deductiva, sin hacer caso de las emociones, busca la verdad por el camino de la experimentación, paso a paso, al margen de revelaciones, mitos y supersticiones. Ni la metafísica ni la teología son capaces de dar una respuesta científica a la pregunta básica: por qué hay algo en lugar de no haber nada. En cambio, el espectacular avance de la ciencia nos va revelando que resulta innecesario acudir a ningún Dios para justificar el origen de la materia, según la teoría del Universo Inflacionario, que propugna un universo sin principio ni fin.
Divididos, como todos los humanos, los científicos buscan la verdad de la naturaleza y de la vida, pero dudan en lo más íntimo de su conciencia, creyendo algunos que esas dudas pueden alimentar una fe inquebrantable. Pero la duda es incansable y ha de estar acompañada inevitablemente por el sufrimiento psíquico. Aunque este dolor del espíritu es lo más noblemente digno que puede soportar cualquier ser humano. Para superarlo, no basta con seguir el consejo de Octavio Fullat: "Nada puede contarse de Dios, ni siquiera que existe. Lo postulamos y nada más" (El pasmo de ser hombre, Ariel, 1995). Porque, en lógica, postulado es una proposición que se admite como verdadera sin pruebas, como fundamento necesario de ulteriores razonamientos. La fe religiosa no puede pasar de esta condición de ‘postulado' imaginario, pero la Verdad exige una base algo más sólida, es decir, razonada, científica, sin someterse a dogmáticas ‘revelaciones' de profetas iluminados. (Continuará)
servido por Francisco
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26 Marzo 2009
El mito de la divinidad (2)
A la postre, por consiguiente, no basta con rechazar la imagen antropomórfica de Dios. Para la Ciencia, es impensable un Creador anterior y ajeno a su criatura. El mundo, todos los mundos posibles, han de explicarse por sí mismos. Algo realmente asombroso para la pequeñez de nuestra inteligencia, pero meta cada día más al alcance de los científicos, como Robert Clarke, quien sintetiza los últimos avances de la Cosmología con una frase, absurda para muchos, pero balance de serias investigaciones: "Todos somos hijos de las estrellas" (El hombre mutante, Edaf, 1990). La existencia del mito puede ser explicada como un gen cultural, que entró en la historia con El Libro de los muertos, de los egipcios, o cuando alguien empezó a escribir el primer capítulo de esa novela imaginativa y contradictoria que es la Biblia. Ese primer escriba, ¿tendría conciencia de estar creando un mito? Lo ignoramos. Lo que sí podemos considerar es la oportunidad de su invención simbólica y posterior consolidación durante siglos para aliviar la angustia y para determinar una moral imperativa que pusiera un poco de orden en las relaciones pasionales de los seres humanos. Habrá que recordar las palabras de Paul Diel: "El simbolismo mítico es un producto psíquico, del que se derivan las múltiples religiones...Todas tienen un solo y único fin: hacer un dique colectivo contra el desbordamiento de la angustia" (El miedo y la angustia, FCE, 1966).
El mito de la ‘Divinidad creadora' se transmite como el relato esotérico de los orígenes, como una realidad, imaginada y simbólica, aunque asumida como real, generación tras generación. Esta falsedad objetiva actúa, sin embargo, como una verdad mítica universal, de origen psicológico, inseparable de la naturaleza pensante del hombre, porque "los mitos, como repite Diel, son una respuesta imaginada y simbólicamente disfrazada a una interrogación respecto de la existencia del universo". El relato mítico del Dios judeo-cristiano es de carácter sobrenatural, se considera verdadero y sagrado, se refiere a una creación, implica el conocimiento del origen de las cosas y se vive personalmente como una experiencia religiosa, cumpliendo así los condicionantes que para el verdadero mito propone Mircea Eliade. ("Creo porque me consuela", dice Martin Gardner). De ahí que, al ser Dios una convicción íntima y personal, emocional antes que racional, aunque carente de un refrendo científico, su estudio haya de ser objeto de la Psicología más que de la Filosofía o de la Teología.
La idea de Dios es una maravillosa invención del hombre, necesaria para poner orden en el caos de su conciencia primitiva y para evitar su auto-destrucción. Puesto que "saberse hombre es saberse contingente", la única salida posible al laberinto de la vida es la creación de Dios. Es decir, la creación del Mito por excelencia. Mito salvador, a condición de no olvidar su significación simbólica, sin realidad objetiva pasada, presente o futura. La aceptación plena de esta certidumbre es la condición inexcusable para alcanzar la hombría, es decir, la madurez total de la vida humana. Tesis confirmada por Feuerbach, al sentenciar con toda claridad que la idea de Dios es una gran creación del hombre (La esencia del cristianismo, Tecnos, 1993). Es la única salida racional al problema teológico de Dios, aunque deje inexplicado el origen misterioso de la existencia, aunque el Dios ‘creado' haya de sufrir la esclavitud de vivir en la mente de los humanos como un "apagafuegos" de la ignorancia y el temor de todos los nacidos de mujer.
Privando al hombre de su origen divino, Darwin solucionó el enigma de la evolución humana, afirmando que todos los seres orgánicos estamos emparentados. La vida es un mecanismo ciego, natural, sin objetivo. Por muy absurdo que parezca, la biología actual confirma que el origen de los seres vivos se puede explicar sin necesidad de acudir a un acto creador, mucho más absurdo e incomprensible. La idea de un universo eterno, capaz de originar la vida orgánica mediante combinaciones químicas de materia inorgánica, sin un agente exterior, excede mi capacidad de comprensión, pero nunca podré aceptar la idea contraria de un creador ajeno al universo, espíritu puro, que se ‘entretiene' creando mundos tan imperfectos, miserables y amorales como el que nos ha tocado vivir. Mucho menos si los dioses se figuran zoomorfos o antropomorfos como los que encabezan las grandes religiones. Con el sanguinario Yahvéh no quisiera ir ni a una fiesta de cumpleaños. El consuelo que anima a Gardner para creer es solamente el 10,3% de las motivaciones de los creyentes, según una encuesta. La primera motivación (28,6%) es porque la razón no puede encontrar otra explicación a la ‘perfección natural' (¿) del universo; la segunda (20,6%) se limita a decir que es un "sentimiento íntimo"; y las dos últimas, que se pronuncian son, "porque lo dice la Biblia" (9,8%) y "por la necesidad de creer en algo" (8,2%).
En mi primera infancia la palabra Dios se manifestaba a mi conciencia como una imagen virtual del Poder por excelencia, con el que no cabían ni dudas ni rebeldías, sino la sumisión incondicional del ser insignificante, impotente y afortunado en su incierto destino. Lo mismo le ha ocurrido a todos los bautizados del mundo. Pero no quiero generalizar. Mi concepto de Dios tiene tanta vida como yo. Conmigo nació, conmigo ha evolucionado y conmigo morirá. Porque cada cual tiene el suyo, propio e intransferible. Nadie puede saber con exactitud cuál es la imagen que de Dios tienen los demás, porque es una experiencia interior, aunque condicionada por la estructura sociopolítica y por una educación impuesta, enemiga de la libertad de conciencia. Mi Dios fue concebido por analogía con los poderes que me rodeaban: familia, educadores, autoridades políticas. Quizás esto sirva como elemento unificador, pero sólo para quienes conviven conmigo, en mi tiempo y en mi espacio geográfico. Hay otros muchos millones de seres para quienes la palabra Dios de hecho significa algo muy distinto.
Para Erich Fromm, en su libro titulado Y seréis como dioses (Paidós, 1974), no todos los humanos somos conscientes de la importancia de la experiencia espiritual o religiosa. La mayoría vive y muere sin tener del concepto Dios más que una leve tintura, que no les hace perder el sueño. El hombre huye del dolor y busca la felicidad: es la primera ley natural, cuya consecuencia lógica es que busque desesperadamente el cese de todo tipo de sufrimiento. Este impulso innato, este deseo irreprimible es el primer paso para su liberación, mediante el uso de sus facultades mentales de reflexión y de decisión, que lo separa del mundo animal. Todos huimos del dolor físico, que es el más común y primario, pero esa no es la única liberación. Para el pensamiento crítico hay un dolor psicológico, más intenso cuanto más profundo, que consiste en ignorarlo todo sobre sí mismo y sobre cuanto le rodea: de ahí que su mayor felicidad sea la búsqueda de la verdad ‘verdadera', es decir, la sabiduría, el conocimiento, que implica la respuesta a las eternas preguntas: ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? ¿Qué sentido tiene el universo? ¿Qué sentido tiene mi vida?
Este último interrogante encubre, en su ingenua inconsciencia, el origen mismo del sentimiento religioso. La solución puede tener un nombre cualquiera, pero en la sociedad que me da cobijo intelectual se conoce como Dios, cuatro letras que han enraizado en nuestra conciencia lingüística como el concepto espiritual indispensable para sentirnos arropados en la miseria de nuestro paso por la Tierra. Sin darnos cuenta, Dios se cuela, como el huésped más familiar, en nuestras casas, en nuestras conversaciones, en nuestros modismos, en nuestros sueños, en cada uno de nuestros actos inconscientes. Dios siempre está ahí, imaginado como dueño y señor, en la vida de miles de millones de humanos. Es el Único Señor del universo, con poder para premiar y castigar, socorrer en las necesidades, auxiliar en las desgracias, atender las plegarias, consolar al atribulado y amparar a los suyos, es decir, a quienes se abandonen a su voluntad y cumplan sus mandamientos, sin venerar a otros dioses. Celoso de sus prerrogativas, el Ser Único aborrece la idolatría, como la mayor de las traiciones. Y no sólo el Jehová bíblico. También Alá ordena a los suyos: "Matad a los politeístas, allá donde los encontréis" (Corán, IX, 5), porque "No sois vosotros quienes los matáis. Es Dios" (Corán, VIII, 17). No hay Dios único sin fanatismo. (Continuará).
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24 Enero 2009
Pero, sin duda, debo comenzar por un libro cuyo solo título me seduce: El cerebro: manual de instrucciones, publicado en español en 2003, de John J. Ratey, catedrático de psiquiatría de Harvard, donde me informo de la estructura básica y la actividad química de mi cerebro, que da vida a nuestras emociones, percepciones, ideas y pensamientos, acciones y reacciones. Acabo de terminar su lectura y ya saco dos conclusiones que no deberé olvidar: 1.Para mantener el cerebro en forma es necesario forzarlo a una actividad constante (como los músculos del cuerpo, pero sin necesidad de ir al gimnasio). 2. El lenguaje ha cambiado sustancialmente. Si los psicólogos, desde Freud, han venido hablando del "yo" (la conciencia), del "superyo" (el subconsciente), del "ello" (el instinto animal) o el "sí" de Young (superconsciente) y otras palabras difíciles de entender, ahora ya podemos hablar de hormonas, de sustancias químicas observables y manipulables que están en el origen de la actividad cerebral, como la serotonina, la oxitocina, la dopamina, la vasopresina y otras muchas palabras a las que tendré que ir acostumbrándome, si quiero profundizar en la realidad de mi cerebro.
En mis años de estudiante aprendí algo sobre los ‘instintos', que satisfacen los impulsos animales, como los de nutrición o reproducción, tan necesarios para la vida. (El instinto ‘gregario', tan común por la desidia humana, ha sido el enemigo a abatir en cada instante de mi vida). Pero ya los estudios psicológicos han superado esta etapa del conocimiento, para acercar la lupa a otros conceptos más modernos. De momento, me basta con saber que "el yo" consciente, que supera al instinto, se caracteriza por el conflicto entre imaginación y razón, "lo que se convierte, según Diel, en causa de la desorientación angustiada en su forma específicamente humana".La angustia se produce cuando el hombre tiene conciencia de su fin. Entonces, la imaginación la convierte en sentimiento ‘sagrado', que no teme a la muerte. La eternidad será una imagen onírica del ‘más allá', tanto más atractiva cuanto mayor sea la angustia ‘sagrada'. La imaginación excita la emoción religiosa, que se encarga de conjurar la angustia mediante el culto, que asegura el favor de las divinidades. La imaginación no lo sabe, pero su caldo de cultivo es la ignorancia. Hay que esperar a la Ciencia para que ésta sea superada y aquélla dominada. Cuando el príncipe Hamlet sostiene la calavera del bufón Yorick, en el acto V de la tragedia shakesperiana, recuerda con nostalgia su gracia, sus chanzas y sus piruetas, pero no elogia al cerebro que se alojaba en su interior, ahora convertido en podredumbre que le revuelve el estómago por su hedor insoportable. Ni Shakespeare, con su portentosa fantasía, podía imaginar que esa masa informe cerebral que daba vida al bufón era una tupida red de neuronas, cuyos secretos la ciencia no lograría descubrir hasta pasados cuatro siglos.
Hoy sabemos, gracias a la rápida evolución de las neurociencias, que el cerebro humano es el objeto más complejo del universo, compuesto por más de cincuenta mil millones de neuronas o células nerviosas. Supongo que nadie las ha podido contar una a una, pero yo me fío de los cálculos difundidos por los neurólogos, quienes me aseguran, además, que cada una de ellas puede tener, a través de sus prolongaciones (axones y dendritas) miles de conexiones sinápticas instantáneas con otras neuronas (traslado de información de unas a otras en las sinapsis o puntos de encuentro). Lo cual quiere decir que en mi cerebro, en teoría, se cuentan por billones las conexiones, enlaces o sinapsis, las cuales ocasionan unos impulsos eléctricos que viajan por el cerebro a una rapidez de 320 Km/s configurando mi personalidad. Los números marean y parece increíble que tal actividad se produzca dentro de mi cabeza sin yo darme cuenta. Pero el doctor Riley es taxativo: "Es mayor el número de formas posibles de conectar las neuronas en el cerebro que el de átomos del universo". (Otros, más prudentes, las comparan con las estrellas de la Vía Láctea). Para el Nobel de Medicina (1972) Gerald Edelman, "contar el número de neuronas y sus conexiones nos llevaría unos 32 millones de años". En todo caso, el cerebro es el gran "disco duro" humano, metáfora informática que nos ayuda a entender algo mejor su estructura y funciones, y al que José Antonio Jáuregui define como "el ordenador emocional del hombre" (Cerebro y emociones, Maeva, 1997).
Esas conexiones conforman una red neuronal que sirve para controlar las funciones físicas y químicas del individuo, cuyas reacciones se producen a causa de los neurotransmisores, hormonas que son mensajeros químicos, con estimulación eléctrica. Las neuronas (células del cerebro) que, por cualquier causa, no se conexionan, mueren por falta de actividad (sin conexión no hay vida). Estas conexiones se realizan gracias a los largos ‘axones' (como los brazos del pulpo) de cada neurona, que se acercan a las células vecinas para ‘comunicarse', formando una intrincada ‘red' cargada de electricidad que determina mis pensamientos, deseos y movimientos. Mueren si no las activo, pero en cambio, nuevas experiencias pueden activar las células creando nuevos axones, sobre todo en el período de la pubertad y juventud, y cuantas más veces se repita una conexión, más fuerte será la ruta (o autopista) informativa. La pedagogía actúa, sin saberlo, de acuerdo con esta máxima: repite y repite hasta que quede "grabada" la información. Podemos aumentar nuestras capacidades, porque "tenemos pruebas", dice Riley, de que el desarrollo es un proceso continuo, gracias a la sucesión de imágenes que nos van proporcionando los sentidos. Todo un misterio apasionante.
Esta actividad se da en todos los cerebros de mamíferos, pero lo que nos hace humanos es la corteza cerebral, cada día mejor estudiada. Es, en definitiva, el triunfo de la carne sobre el imaginado espíritu, porque como dice el profesor Karl Vogt, "el cerebro humano segrega pensamientos como el estómago jugo gástrico, el hígado bilis y el riñón orina". Con todo, las neuronas y sus sinapsis son sólo piezas de una unidad mayor: los circuitos neuronales o ‘sistemas de neuronas' cuya actividad es todavía objeto de estudio. Los experimentos neurológicos son complicados y exigen tiempo y paciencia: hemos de tener presente que solamente en un milímetro cúbico de corteza cerebral puede haber un millón de neuronas y más de diez mil millones de sinapsis, como nos asegura el doctor Mora (El problema cerebro-mente, Alianza Editorial, 1995). Toda la información se codifica en el cerebro como en un ordenador: entrada, procesamiento y salida de la información. (Continuará).
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8 Enero 2009
Nuestras células ‘saben' que tienen los días contados si son sanas, pero muy pocas personas conocen que las células cancerosas, es decir, las enfermas, son prácticamente inmortales, porque se multiplican en clonaciones que sólo cesan con la muerte, cuya llegada facilitan. La responsable, según los biólogos, es una enzima de nombre ‘telomerasa', en cuyo estudio se vuelcan hoy numerosos científicos, para retrasar, que no borrar, la fecha de la putrefacción corporal. La biomedicina nos puede ayudar a seguir viviendo el máximo posible, ya que los estudios más actuales se encaminan a la prolongación de la juventud, actuando sobre los genes, de los que hablaremos más adelante. Pero, pese a todo, el angustioso sentir y vivir es inseparable de la condición humana.
Las diferentes doctrinas de ‘salvación' no han hecho más que multiplicar las causas de la angustia existencial, convertida en ‘angustia de la culpabilidad' La entrada del pecado en la cultura humana, sobre todo con la fantasiosa doctrina cristiana del pecado original, ha supuesto un nuevo origen de angustia para el creyente, que vive temeroso de su culpa y de su probable expulsión del edén imaginado. La filosofía existencialista del siglo XX, encabezada por el fiel protestante danés Sören Kierkegaard (El concepto de la angustia, Espasa-Calpe, 1979) , para quien "la angustia es consecuencia del pecado original", ha significado un revulsivo agónico para las personas angustiadas por su futuro eterno, dependiente de la propia culpa, real o imaginada. En las redes de la filosofía de la angustia han caído ilustres pensadores, como el español Miguel de Unamuno (El sentimiento trágico de la vida), en perpetuo balance entre la esperanza en un dios salvador y la angustia de una culpa irredenta, que destruye esa esperanza. El no-creyente vive con más libertad de pensamiento, sin que la angustia -que siente como los demás- llegue a destruir la emoción de sentirse vivo, disfrutando del presente.
Las firmes creencias en los mitos cristianos han golpeado con fuerza en el corazón de los creyentes hasta límites de crueldad, basando las causas de la angustia en el miedo al castigo más que en la posible pérdida de la unión mística con la divinidad. A ello han contribuido las obras de arte sufragadas por el estamento eclesiástico, que desde la Edad Media, tras las fallidas profecías acerca del fin del mundo al finalizar el primer milenio de nuestra Era, se volcaron en plasmar en mármoles y pinturas los imaginados castigos del infierno. El arte románico, primero, y después el gótico, pusieron delante de los ojos las más atroces escenas de sufrimiento que debían padecer los esclavos de sus pasiones. No hay más que darse una vuelta por las catedrales francesas de los siglos XII y XIII para evidenciar esta nueva pedagogía del castigo impulsada por la Iglesia del misericordioso Cristo. Nôtre-Dame de París es la primera, pero no hay que desdeñar las fachadas de la catedral de Amiens, en la que un monstruoso dragón devora a los condenados, como en la bellísima Santa María Magdalena de Vézelay. El dragón es sustituido por un Satanás hambriento devorando a los pecadores en la iglesia parroquial de Conques y en el baptisterio de San Giovanni, en Florencia, entre otros monumentos de toda la cristiandad.
Obsesionado por la angustia del pecado, un grandioso cuanto enigmático pintor del Renacimiento, el Bosco, dejó plasmados en sus imaginativas obras, tanto los placeres del cielo (El jardín de las delicias) como los actos pecaminosos a que se entregan los humanos (La mesa de los pecados capitales). Aunque sería interminable la simple nómina de este tipo de obras artísticas, tan intimidatorias como falaces, no quiero dejar de recordar una pintura mural de la bella biblioteca del monasterio español de San Lorenzo del Escorial, del siglo XVI, en la que se retratan fielmente los horrores que sufren los pecadores en las ‘calderas de Pedro Botero', según la enseñanza católica. Tan activa ha sido la Iglesia Católica (y también la puritana Reforma) en su estrategia de lucha contra el pecado que alguien ha podido catalogarlos en un volumen de más de quinientas páginas (Jorge Vigil Rubio, Diccionario razonado de vicios, pecados y enfermedades morales, Alianza Editorial, 1999).
El miedo al pecado, causa de la condenación eterna, ha llevado a los más extremistas creyentes a la reclusión total en la soledad del desierto, de las cuevas roqueñas o de los monasterios de vida regular, dando origen al fenómeno del monacato, tanto oriental como occidental, cuya motivación no puede ser otra que la angustia existencial llevada a sus últimas consecuencias (Juan María Labra, Atlas histórico de los monasterios, Ed. San Pablo, 2004). Incongruencia sobre incongruencia en la doctrina cristiana. El Creador de todo lo es también de la sexualidad humana, con los placeres que conlleva, pero, al mismo tiempo, condena el sexo como el pecado más abominable, alentando la abstinencia como la mayor de las virtudes. En definitiva, el sexo, predicado como causa del pecado, es el culpable, a su vez, del delirio angustioso que conduce a los más extravagantes comportamientos, como la castración ‘por amor de Dios'. Una noticia actual, fechada en Salamanca, nos hace saber que "un hombre de 30 años de edad se mutiló el pene y lo tiró posteriormente al retrete de su domicilio, asegurando que lo hizo para no pecar más". El muy ignorante no sabía que el deseo sexual no procede del pene, sino de los testículos, cuya emasculación constituye la verdadera ‘castración'.
En suma, la angustia existencial, que tiene su raíz en la realidad de la muerte, se aumenta hasta límites grotescos cuando interviene la religión, con sus falsas promesas y sus nefastas amenazas. Aunque todavía un cuarenta por ciento de los científicos dicen creer en algún dios (según la encuesta realizada por E.J.Larson y L.Withman, publicada en la revista Nature, 1996) la soterrada batalla entre fe y ciencia algún día tendrá que inclinar la balanza del lado de la segunda, definitivamente, como parece razonable, contra la opinión de Ian G. Barbour, que propone en Religión y ciencia (2004) una religión descafeinada, que asuma tanto la fe como la ciencia, en una especie de ‘consenso', incompatible con los postulados científicos y con la esencia doctrinal de las religiones. Aunque no se descubran nunca todos los misterios de la naturaleza, lo realizado hasta hoy es suficiente para admitir que la idea de un dios creador, providente y amoroso juez es absurda y pueril, incompatible con la razón, por más que se sustente en poderosos sentimientos y la apoyen los sumos pontífices. La religión no es verdadera porque sus militantes estén en mayoría, ya que la religiosidad es íntima y personal, y en muchos casos cuestión de costumbre y apariencia social. Quien sea feliz aceptando una fe, que se abrace a ella, pero sin impedir que los demás puedan buscarla en otra parte. (Continuará).
servido por Francisco
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7 Enero 2009
Soy consciente de que la vida es, también de forma tópica, un camino que lleva a un final, siempre nebuloso, que no me permite ver más allá. El horizonte es algo que no termina, que siempre está ahí, alejándose mientras más avanzo, seduciendo a mi curiosidad, pero sin entregarse jamás. Sé que soy mortal, aunque "mi inconsciente se cree inmortal", como enseñó Freud, porque sólo una creencia muy fuerte en mi propia inmortalidad permite destruir la angustia que me produce la idea de mi desaparición. Esta es la razón de ser de todas las religiones, que han predicado la existencia de un ser espiritual, independiente del cuerpo, al que denominaron alma, derivado del latín ‘ánima', con el sentido de ‘hálito', ‘soplo', algo tan invisible como el aire que respiramos. Pero a la que no sólo hacen responsable de la actividad del cuerpo, sino que, además, la imaginan como la esencia de la persona, destinada a la inmortalidad.
Algunos pensadores, incluidos eminentes filósofos de otros tiempos, han supuesto que, aunque el cuerpo sea perecedero, su alma no perecería jamás, ya que gozaba del privilegio de la inmortalidad, por el mero hecho de su esencia ‘espiritual'. Algunos han llegado a pensar que el alma individual no era más que una parte del alma universal. Opinión muy antigua, compartida por egipcios, caldeos y hebreos y sabios de Oriente. Por supuesto, las tres religiones del ‘Libro' no dudan al afirmar que el alma individual, obra máxima del creador, está destinada a la vida eterna. De esta forma, el hombre, en su ignorancia, se ha creído con derecho a formar parte de la ‘familia' divina, y vive angustiado pensando en la expulsión del paraíso soñado.
Sin embargo, siguiendo las enseñanzas de Sócrates, recogidas en el Fedón del filósofo griego Platón, he de enfrentar el momento de la muerte sin angustia ni temor al más allá. El filósofo "debe estar alegre ante el rostro de la muerte". ¿Por qué? Oigamos al poeta nicaragüense Rubén Darío, que escribe en el Diálogo de los centauros:
¡La Muerte! Yo la he visto. No es demacrada y mustia,
ni ase corva guadaña, ni tiene faz de angustia.
Es semejante a Diana, casta virgen como ella;
en su rostro hay la gracia de la núbil doncella
y lleva una guirnalda de rosas siderales.
En su siniestra tiene verdes palmas triunfales,
y en su diestra una copa con agua de olvido.
A sus pies, como un perro, yace un amor dormido.
Los mismos dioses buscan la dulce paz que vierte.
La pena de los dioses es no alcanzar la Muerte.
Si la muerte es una virgen atractiva, su abrazo es el fin del deseo, el momento álgido de la felicidad. La paradoja es evidente. Si por un lado, deseo fervientemente la inmortalidad, por otro, como buen filósofo (es decir, alguien que usa su razón para preguntarse por las causas últimas), he de reconocer que soy esclavo del tiempo y que hasta los dioses me envidian porque ellos están condenados a la inmortalidad, ese eterno ‘aburrimiento' del que nunca podrán escapar. La muerte es la condición de la vida. Sin ella en el horizonte no hubiéramos tenido la posibilidad de existir. Pero, a la hora de la verdad, el deseo de seguir con vida es universal, hasta el último suspiro, como escribía Cervantes poco antes de morir, "puesto ya el pie en el estribo de la muerte", en la dedicatoria de su Persiles al conde de Lemos: "El tiempo es breve. Las ansias crecen, las esperanzas menguan, y con todo llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir". Angustia que es privilegio reservado al ser humano, ya que sólo él sufre el terror de imaginarse su propia muerte. "Vivir, dice un filósofo francés, es un reino de sombras habitado por la angustia...aunque no hay más angustias que las imaginarias", para después añadir que "la desesperanza es el mejor remedio contra el pesimismo, ya que conduce ‘sin angustia' a la celebración alegre del presente" (André Compte-Sponville, El mito de Ícaro, A. Machado Libros, 2001). ‘Desesperanza'. Es decir, lo contrario de la esperanza. Quien nada espera, nada teme, ningún sufrimiento angustioso enturbia su existencia. La ciencia lo confirma, al decir que "hay pruebas sustanciales de que la angustia puede manifestarse sin dolor" (David Bakan, Enfermedad, dolor, sacrificio, 1968).
Las reflexiones y los problemas filosóficos, por supuesto, no acaban aquí. Reconociendo la temporalidad como algo consustancial a mi vida, mi primordial interés debe ser el conocimiento de mi condición humana, para huir del dolor, del engaño, de la falsedad de tantas palabras, de la crueldad, del egoísmo insolidario y de la vanidad destructora de creerme un ser necesario, hijo de no se sabe qué dios, destinado a no se sabe qué paraíso. La distinción que hace el filósofo Gustavo Bueno entre ‘individuo' y ‘persona' llega al extremo de distinguir entre ‘muerte' y ‘fallecimiento': la persona no nace ni muere; hay cadáveres de individuos, pero no de personas. La persona sigue viviendo, después de la muerte del individuo, en la memoria de los demás, siendo su recuerdo y sus creaciones una forma de permanecer vivo. Aunque esta reflexión pueda ser muy filosófica y alentadora, no creo que ayude gran cosa a la percepción de la muerte.
(Continuará).
servido por Francisco
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5 Enero 2009
I
La angustia existencial
El sentimiento angustioso que, en ciertas ocasiones, nos embarga, acongoja y golpea con fuerza en el corazón, sin motivo aparente, no es un estado somático exclusivamente, sino que es tanto orgánico como psíquico, confundido a veces con el miedo. Es, en definición del psicólogo Paul Diel, una "inquietud fundamental, causada por la dependencia de un mundo capaz de constituir un obstáculo para la satisfacción de necesidades vitales...el vértigo que produce el extravío de la razón, su incapacidad para encontrar la verdad" (El miedo y la angustia, FCE, 1966). El sufrimiento psíquico producido por el miedo es un fenómeno natural que afecta a todos los animales, emocionados por el temor a lo desconocido. En los humanos, al miedo se suma la angustia, que es un sentimiento de impotencia, una amenaza vaga e indeterminada, un peligro quizás sólo intuido, como es el cómo y el cuándo de nuestra muerte. Como derivación del temor, la angustia rompe el equilibrio del ser bajo la influencia de una situación traumatizante, real o imaginada. La reacción puede ser de ataque o de huída, pero también paralizante, por un espasmo que inhibe el movimiento, como en todos los casos de miedo estresante, que impide la acción.
Al profundizar en el problema de la angustia existencial, la psicología no puede evitar el encuentro con el simbolismo, fuente última de la angustia. "Es indudable, en opinión de Diel, que el simbolismo mítico es un producto psíquico del que se derivan las múltiples religiones, asientos de la cultura de los pueblos, y que tienen todas un solo y único fin: hacer un dique colectivo contra el desbordamiento de la angustia". Para Freud, que trató el tema de la esquizofrenia, vinculada en siglos pasados a la ‘posesión demoníaca', el enfermo no es un poseso, sino una víctima de "la angustia que lo obsesiona". Es el caso de algún poeta, como Blas de Otero, que, tras pasar por un sanatorio psiquiátrico, publica Ancia (1958) el poemario de la angustia. Sin llegar a ese estado enfermizo, todos nos hemos sentido en algún momento poseídos por la angustia vital, que es involuntaria, pero que necesita ser apaciguada. El hombre primitivo supo ya cómo hacerlo: mediante los simbolismos de la mitología, vana tentativa de explicar lo inexplicable, con el fin de vencer la angustia. Si la razón no me satisface, lo hará mi imaginación, aunque lo obtenido no sea real sino con validez exclusiva para el sentimiento, verídico sólo como símbolo.
Los mitos son una respuesta imaginada (y simbólicamente disfrazada con formas naturales y antropoides) a unos interrogantes esenciales para el hombre: la existencia del universo, la génesis de la vida, la condición y el destino del ser humano y de toda la naturaleza (¿para qué?), el misterio de la vida y de la muerte. Hay que buscar la verdad para calmar la angustia de la duda, sustituyéndola por el júbilo del conocimiento, y en su defecto por las explicaciones mitológicas. Mientras no se encuentren las respuestas satisfactorias, y la angustia siga presionando nuestro cerebro, la razón no descansará, seguirá en estado de alerta, que reclama su apaciguamiento vital. Pero la razón sabe que tropieza una y otra vez con el infinito y con lo indefinible. Angustia metafísica frente a lo incomprensible. En primer lugar, la muerte, fuente de la angustia primordial, porque es el regreso al no-ser. Pero en segundo lugar, la angustia se hace insoportable cuando a la desaparición del ser se une la posible culpabilidad, como sentimiento que sanciona las faltas o pecados que pueden condicionar la supervivencia post-mortem del creyente. Esta sanción es definida por Diel como "el tormento de la angustia culpable", o si la angustia está reprimida en el subconsciente, como "el monstruo que devora al hombre". La "angustia sagrada" ante la muerte es el misterio en que se apoyan todas las religiones. Sin embargo, las creencias y las ideologías, al buscar un consuelo para la angustia, no logran sino exacerbarla, eliminando el pensamiento crítico.
Decía Epicuro que no hay motivo racional para temer a la muerte, porque mientras vivimos no está presente, y cuando está presente nosotros ya no estamos. Certero axioma que no podrá evitarme el sentimiento de angustia que me atormenta al pensar en la muerte. Sobre todo el cómo y el cuándo visitará mi casa la Dama Negra de los poetas. Aparte de su segura visita, nada sé de ella. Al final ya de mis días, sólo tengo la visión emocional de su presencia al haber ido desapareciendo los seres amados, que tanto dolor me ha producido. He visto sus consecuencias en los demás, pero aún no ha llegado el momento de ‘mi' experiencia. Es más, puedo suponer el sufrimiento, el desasosiego, la angustia del amigo moribundo, pero no sé exactamente qué es la muerte, ni por qué vivo ni por qué muero. Sólo sé que no hay vida personal ni antes ni después de la muerte. Este total desconocimiento es, sin duda, la causa de mi mayor angustia existencial.
En su libro Sistema de la naturaleza, el repetidamente citado Holbach trae unas brillantes páginas sobre la muerte, algunos de cuyos párrafos no me resisto a transcribir. Siguiendo a Epicuro y a la conocida máxima de Bacon de que "los hombres temen a la muerte por la misma razón que los niños tienen miedo de la oscuridad", el filósofo francés escribe: "El hombre, que existe, no puede hacerse una idea de la no existencia. Como este estado le inquieta, su imaginación se pone a trabajar para representarle bien o mal, a falta de experiencia, este estado incierto. Acostumbrado a pensar, sentir, ser puesto en acción y gozar de la sociedad, considera una desgracia la disolución que lo privará de los objetos y las sensaciones que su naturaleza actual ha convertido en necesarias para él, que le impedirá sentir su ser y le quitará sus placeres para hundirlo en la nada [...] Pero ¿no basta el sueño profundo para darnos una idea verdadera de la nada? ¿Acaso no nos priva de todo? ¿Acaso la muerte es otra cosa que un largo y profundo sueño? El hombre la teme sólo porque no puede hacerse una idea de la muerte. Dejaría de temerla si tuviera de ella una idea verdadera [...] Los temores a la muerte son vanas ilusiones que deberían desaparecer tan pronto como este acontecimiento necesario se considere bajo un punto de vista verdadero [...] Despojemos a la muerte de estas vanas ilusiones y veremos que no es más que el sueño de la vida, que este sueño no será perturbado por ninguna pesadilla, y que ningún despertar desagradable tendrá lugar después de ella. Morir es dormir [...] Débil mortal, ¿pretendes existir siempre? [...] Vive en paz mientras la naturaleza lo permite y muere sin temor si tu espíritu está iluminado por la razón".(Continuará).
servido por Francisco
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4 Enero 2009
La biología ha de fundamentarse en la química y en la física, si descartamos por ilusoria la tesis de la divinidad creadora. Para saber lo que es la vida hemos de partir de los ácidos nucleicos, las proteínas, el agua, el azúcar, las grasas y demás componentes que integran un cuerpo vivo. Todos ellos siguen las mismas pautas en el resto de la materia del universo. En 1944 Erwin Schrödinger, uno de los padres de la física cuántica, después de Max Planck y Werner Heisenberg, escribió un libro titulado ¿Qué es la vida?, donde invitaba al abandono de la antigua teoría ‘vitalista', pues estaba seguro de que la vida podría explicarse en términos de átomos y partículas. Frente a esta postura iconoclasta, los ‘animistas' aún piensan que, aunque todo pueda explicarse en clave de física y química, es muy difícil establecer los límites de lo viviente. (¿Son seres vivos los espermatozoides, las semillas, las células de nuestro cuerpo?). Una de las claves del problema consiste en decidir si existe o no una frontera definida entre lo vivo y lo inerte. Los que optan por una respuesta afirmativa reconocen implícitamente la existencia de un alma que alienta y vivifica a todos los organismos.
Aristóteles dudaba ante la llama, que nace, se alimenta, crece y muere como un ser vivo, mientras exista suficiente combustible. Igual que los organismos, la llama de la vela respira (toma oxígeno del aire), se alimenta (de cera), excreta (gases), responde a estímulos (como la corriente de aire) y desaparece con el final de la combustión. Este ejemplo y algún otro pueden engañar al común de los mortales. De aquí la importancia del descubrimiento y estudio de los genes, inequívoca expresión de la vida orgánica, que se reproduce mediante un código de información genética. El mismo Darwin se admiraba de lo descubierto cuando escribía: "El organismo más humilde es algo mucho más elevado que el polvo inorgánico que pisamos, y nadie con una mente imparcial puede estudiar una criatura viva, por muy humilde que sea, sin maravillarse de su estructura y propiedades". Claro que esta declaración, en sí, no conduce necesariamente a la creación sobrenatural, más bien al reconocimiento de nuestra impotencia: "El misterio del principio de todas las cosas es insoluble para nosotros" (Darwin).
A día de hoy, la cosmovisión planteada por los descubrimientos de la mecánica cuántica no admite otro mundo que el percibido por los sentidos, con la sorprendente conclusión de que el universo puede haber aparecido espontáneamente, sin necesidad de un dios creador. Y el organismo más maravilloso que ha surgido de este nacimiento espontáneo, es decir, el cerebro humano, con todos sus productos mentales, desde los sentimientos a la volición o el pensamiento, no necesitan para actuar a ningún ser sobrenatural, según dictamina el científico español Francisco J. Rubia en su libro ¿Qué sabes de tu cerebro? (Temas de Hoy, 2006). Por imposible que pueda parecer, todo se ha de explicar por la materia, lo único existente como insisten una y otra vez los materialistas, encabezados por Holbach. Dios y mi alma son ‘entes' imaginados. Mi conciencia existe porque existe mi cerebro. Fuera de él no podría existir. Para entender su existencia ‘natural', el hecho de que "hay una base física en la conciencia similar al funcionamiento de los ordenadores", debo acudir a las palabras de una especialista en física cuántica: "La materia y la conciencia están tan íntimamente unidas que, o bien la conciencia es una propiedad de la materia, o más aún, surgen ambas de la misma fuente: los fenómenos cuánticos. Cada uno de estos puntos de vista saca a la conciencia del dominio de lo sobrenatural, y la convierte en materia apropiada para la investigación científica" (Danah Zohar, La conciencia cuántica, Plaza-Janés, 1990).
El misterio de la vida no podrá ser desvelado mediante fantasías oníricas de videntes que presuman de contactar con una divinidad invisible, ente sagrado que sirve de poderosa espada para cortar el nudo gordiano del misterio inexplicable. Por el contrario, la ciencia experimental va abriendo cada día más puertas conducentes al sancta sanctorum del templo misterioso de la vida, que parece estar cubierto por el velo de la mecánica cuántica, ‘metafísica experimental' que no está al alcance de una inteligencia normal, pero que hace exclamar a un ilustre valenciano, Doctor en Física teórica, que "Sin la mecánica cuántica todo es falsa ilusión" (Ramón Lapiedra, Las carencias de la realidad, Tusquets, 2008). Después de la teoría de la relatividad, diseñada por Einstein, la otra gran revolución científica del siglo XX fue la física cuántica, que aspira a describir las leyes fundamentales de la naturaleza a escala microscópica. Los resultados son contrarios al sentido común, pero están respaldados por numerosos y creíbles experimentos. El conocido filósofo Paul Kurtz, profesor emérito de filosofía en la Universidad Estatal de Nueva York, y autor de libros básicos, como Defendiendo la Razón: Ensayos de Humanismo secular y escepticismo (Lima, AERPFA, 2002) asegura en su revista Skeptical Inquirer, que "todo tiene una explicación científica, ya que la ciencia va descubriendo las causas de lo que ocurre, desde que se liberó de la revelación, de la sumisión a lo absoluto".
Sin embargo, también en los últimos años se han multiplicado las voces contrarias a la investigación científica, amparadas en la dignidad de los sentimientos religiosos y los valores morales. "El tiempo sólo cobra sentido si lo consideramos sub especie aeternitatis (Laura Bossi, Historia natural del alma, La balsa de la Medusa, 2008). El creacionismo del ‘diseño inteligente' es la doctrina de los más puritanos, que defienden la interpretación literal de la Biblia, con un dios creador de toda vida compleja, en oposición a las teorías evolucionistas. Más actual es la doctrina del creacionismo ‘cognitivo-conductual, que admite la evolución solamente hasta la creación ‘divina' de la mente humana, imposible de explicar por la evolución. A pesar de las múltiples investigaciones que las respaldan, estos ingenuos fanáticos creen que la Tierra fue creada hace sólo diez mil años y que los dinosaurios son de anteayer. Los seguidores de esta "Ciencia de la Creación" son mayoritariamente norteamericanos, aunque su mensaje ha llegado a Europa, con bastantes adeptos en el Reino Unido y en Holanda, incluso a Rusia, donde el Movimiento Creacionista Ruso busca evidencias que confirmen la exactitud del Génesis. Pero, a pesar de tanto ataque despiadado, el darwinismo, aunque modificado, sigue vivo en la conciencia científica, gracias a los numerosos descubrimientos paleontológicos, que confirman la estrecha relación biológica que hubo entre todas las especies hace millones de años. "Ningún científico que lo sea de verdad puede admitir el creacionismo", asegura el Doctor en Neurociencia Cognitiva Manuel Martín-Loeches en su libro La mente del homo sapiens (Aguilar, 2008).
Aunque quiméricas, las creencias irracionales, tanto novedosas como tradicionales, van en aumento, en perjuicio de la verdadera ciencia. La credulidad, inherente a la condición humana, se fundamenta en la ignorancia, se sostiene en la ingenuidad y se acomoda en el error y en el abandono, por comodidad, del juicio crítico. Así lo reconoce el psicólogo Michael Shermer, que comenta todas las ‘falacias' de la credulidad (Por qué creemos en cosas raras. Pseudociencia, superstición y otras confusiones de nuestro tiempo, Alba, 2008). La consecuencia es el autoengaño, alimentado siempre por la fascinación del misterio, que la ciencia intenta desvelar, pero que todas las religiones han defendido como algo ‘sagrado' que se debe proteger de la mirada inquisitiva de los fieles. Lo ‘sagrado' es un ente abstracto, sin realidad fuera de la imaginación, que las religiones han inventado para atemorizar a los humanos y tenerlos sometidos a las inventadas divinidades, poderes invisibles que son admitidos por los pusilánimes sin dudar ni un instante en su realidad ‘espiritual', que los han de ‘salvar' de la muerte eterna. Creencia que es deudora de la esperanza, sentimiento que nos ilusiona con la inmortalidad, como ya dijo el poeta inglés Alexander Pope en un conocido verso "De la esperanza nace lo eterno en el corazón del hombre" (Ensayo sobre el hombre, 1733).
Aceptar las monstruosidades, errores y engaños de la Biblia, como hacen los creacionistas, es una muestra más de la ‘ceguera voluntaria' con que tantas personas, inteligentes en mayor o menor grado, se dejan convencer por la seductora superstición. Lo dijo sabiamente el filósofo Pascal, al comprobar la irracionalidad humana, deudora de unos sentimientos que nos mueven al compás del viento ideológico: "los hombres son unos juncos pensantes". La fe religiosa, en mayor grado cuanto más fanática, puede ser explicada, simplemente, por esa credulidad irracional que calma la intranquilidad y la angustia de una existencia sin sentido que sólo conduce a la certeza de la muerte. (Continuará).
servido por Francisco
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