Categoría: apariciones
27 Octubre 2009
VI
Jesucristo
Cuando muere Jesús, nace Jesucristo. Jesús es hijo de su espacio y de su tiempo, Jesucristo es intemporal y universal. Cuando acaba la vida del Jesús de la historia, comienza la del Jesús resucitado, divinizado y adorado por millones de creyentes como la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. "Son sus discípulos quienes, tras su desaparición física, lo convierten en un héroe y en un dios", en palabras de Antonio Piñero. El nombre de Jesús le fue impuesto por sus padres, siguiendo las órdenes de un ángel (Mt 1:21; Lc 1:31). El sobrenombre de Cristo fue usado por los suyos, al ser tratado como el ‘Ungido', el ‘Mesías', el ‘Señor' en las páginas de los Evangelios. A la pregunta de Jesús: "Y vosotros, quién decís que soy yo?" Pedro responde: "Tú eres el Cristo" (Mc 8:27-30). Pero, "Cristo no nació porque Cristo no es el nombre de una persona, sino una dignidad", afirman los autores de Jesús contra Jesús. Cristo es un concepto teológico, primero egipcio y después bíblico, que hace referencia a un líder victorioso, a un Mesías enviado por Yahvéh para la liberación del pueblo judío. Pero la decepción de los discípulos es real y comprensible tras la crucifixión: "Nosotros esperábamos que sería él quien iba a librar a Israel" (Lc 24:21). La victoria no llegaría hasta pasadas cinco o seis generaciones. En el cementerio del Vaticano se conserva el mosaico cristiano más antiguo (mediados del siglo III) que es una representación del Cristo-Sol subido al carro triunfal del ‘Sol invicto', el dios solar asirio, adorado por Caracalla y otros emperadores, ahora cristianizado.
Al percatarse del doloroso mentís de la cruz, sus discípulos, el converso Pablo, y más adelante los evangelistas, se empeñaron en sustituir al Cristo vencido por el Cristo vencedor. Para ello no había más remedio que falsificar la realidad, ‘inventando' otra que diera esperanzas a los desanimados fieles. Como dice Pablo, "Si Cristo no resucitó, vacía es nuestra predicación, vacía es también vuestra fe" (1Cor 15:14). La resurrección era, pues, de absoluta necesidad para predicar la nueva religión. En los Hechos de los Apóstoles, el ardiente Pablo porfía con los tesalonicenses tres sábados consecutivos para convencerles de que Jesús es, efectivamente, el Cristo: "es Jesús, a quien yo os anuncio" (Hch 17:3-4). "El lastre del muerto va aligerándose, se desvanece ante el prestigio del Resucitado, se engalana con títulos, se corona de gloria. Y puesto que Cristo ha resucitado, Jesús se retira al arcano de la historia", dicen poéticamente Gérard Mordillat y Jérôme Prieur en Jesús contra Jesús. Una polémica visión de la figura de Cristo a partir de las contradicciones de los evangelios (Algar, 2002).
El nombre completo de Jesucristo no se encuentra hasta las cartas conocidas de Pablo de Tarso, escritas hacia la mitad del siglo I, que comienzan siempre con una salutación: "Gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo" (1Cor 1:3; 2Cor 1:2; Gál 1:3; 2Tes 1:2). A los Romanos se presenta como "Pablo, esclavo de Jesucristo" (Ro 1:1). A los Gálatas les confiesa la "revelación" que le convirtió en predicador del Evangelio. "pues ni siquiera yo lo recibí ni aprendí de un hombre, sino por revelación de Jesucristo" (Gál 1:11-12). A los Tesalonicenses los saluda con la expresión "La gracia de Nuestro Señor Jesucristo (esté) con vosotros" (1Tes 5:28). Para los Corintios, en fin, reserva una bendición: "Bendito el Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo" (2Cor 1:3), sugiriendo que el Padre y el Hijo son dos personas distintas. Veinte años después, el nombre aparece en el primer versículo del evangelio de Marcos: "Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios" (Mc 1:1). El último evangelista, Juan, finaliza el suyo diciendo: "Estas (cosas) se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre" (Jn 20:31). Juan, aunque escribe medio siglo después de Pablo, relata los hechos y dichos de Jesús, sin mencionar nunca la palabra Jesucristo.
Con este proceso de transformación del Jesús de la historia en el Cristo de la fe, nace la "cristología". Los primeros cristianos dan una vuelta a la historia: el pobre galileo crucificado va a ser, en adelante, el Cristo, el Señor (kiryos), el Hijo de Dios, que no puede morir. "De este pasmoso sofisma, dicen Mordillat y Prieur, nació una verdad eterna". La confirmación comienza con una ‘visión' o ‘alucinación', cuando un presunto ángel dice a las mujeres en el sepulcro: "Jesús el Nazareno, el crucificado; ha resucitado; no está aquí" (Mc 16:6). Las ideas enfrentadas sobre la divinidad de Jesucristo en esos primeros años quedan magníficamente resumidas por Antonio Piñero, en Los cristianismos derrotados.¿Cuál fue el pensamiento de los primeros cristianos heréticos y heterodoxos? (Edaf, 2007). Primera teoría: Era un hombre normal, que Dios Padre elevó a la gloria y lo sentó a su lado, después de resucitarlo. Así lo manifiesta Pedro en su primer discurso, conservado en los Hechos: "Jesús Nazareno, hombre a quien Dios resucitó..."(Hch 2:22-24). Segunda teoría: Jesús fue un hombre ‘adoptado' por Dios y capacitado para su misión salvadora en el momento de su bautismo (Mc 1:9-11). Tercera teoría: La filiación divina ocurre en el momento mismo de la concepción (Lc 1:30-33). Cuarta teoría: Jesús es Dios antes de ‘encarnarse', vive desde toda la eternidad (Jn 1:1-14), que fue la que, finalmente, venció a las demás teorías sobre su divinidad.
A este respecto, la mención evangélica más explícita sobre la vida eterna la transcribe Juan, (aunque puede ser interpolación posterior; pensemos que ha pasado casi un siglo y nadie asistió a esta conversación entre Jesús y Marta) al responder el Maestro a las dudas de la hermana de Lázaro: "Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás" (Jn 11:25-26). Idea muy acorde con el ideario gnóstico del evangelio de Juan, y que remite a un simbolismo místico de difícil encaje en el realismo de los evangelios sinópticos. El suceso mismo de la resurrección no está recogido en ningún texto del Nuevo Testamento. No hay más constatación que las ‘apariciones' posteriores. No podemos saber, en realidad, siguiendo los evangelios, qué sucedió realmente. El cotejo de los diferentes relatos, por otra parte, no añade más luz, sino que lo oscurece aún más. Las opiniones del erudito profesor Gerd Lüdemann, Director del Instituto de Estudios Cristianos antiguos de la Facultad de Teología en la Universidad de Göttingen, quedan recogidas en su libro más reciente, La resurrección de Jesús. Historia, experiencia, teología (Trotta, 2001). Teorías sorprendentes, que contradicen los textos evangélicos.
Primera: "La marcha de María Magdalena con las otras dos mujeres hasta la tumba de Jesús el día siguiente al sábado difícilmente se puede calificar de histórica. Su fuente es una leyenda surgida tardíamente y encaminada a hacer frente a los ataques de los adversarios, una leyenda que sin una fe ‘cristiana' ya presente de antemano no habría podido existir". Segunda: "La visita de Pedro a la tumba...es una creación posterior, y por consiguiente, sin valor histórico". Tercera: "De la historia de Emaús como tal no podemos aprender casi nada en absoluto sobre lo históricamente especial de la fe cristiana". Cuarta: "El saldo histórico es igual a cero". Quinta: "Sobre el momento cronológico de la resurrección no se puede dar históricamente ninguna indicación. El momento cronológico ‘al tercer día' se eligió para cumplir una profecía veterotestamentaria". Sexta: "El rumor sobre el robo del cadáver de Jesús es históricamente cierto, pero no el robo como tal....Los discípulos, debido a su inmensa decepción, no habrían sido capaces de una impostura así". Séptima: "La tradición del soborno de los guardias del sepulcro no se puede tomar históricamente en serio". Octava: "Los relatos de la resurrección...son composiciones tardías que intentan satisfacer la exigencia relativa al ‘cómo' de la resurrección de Jesús. Carecen, por tanto, de todo valor histórico". Novena: "El encuentro entre Jesús resucitado y Tomás no es histórico".
Según las investigaciones teológicas más recientes, como las del mismo profesor alemán, ya citado, de la resurrección de Jesús sólo se tienen noticias por las apariciones, cuando existe la controversia sobre si el cuerpo era ‘real' o mera ‘apariencia'. Lo que sí parece cierto es que Magdalena, Pedro y los demás discípulos tuvieron ‘vivencias' de Jesús resucitado. Pero nada tienen que ver con el acontecimiento histórico ‘real'. La posible ‘aparición' de Jesús a Pedro es diferente a la de Pablo, ya que éste no lo conocía previamente, y el primero sí. Los sucesos de Pentecostés y la ‘aparición' a ‘más de quinientos' (1Cor 15:6) como fenómeno histórico se puede justificar como un éxtasis colectivo que tuvo lugar en la época primitiva de la comunidad, tal como ha sucedido después en tantas ocasiones, en especial en las ‘apariciones marianas'. Desde el punto de vista de la psicología de masas, los desencadenantes de dicho éxtasis pudieron ser diferentes personas o una sola. Lüdemann habla de una "embriaguez religiosa" que origina las visiones, pero sin intervención divina, sino como expresión exaltada de un proceso psíquico. En consecuencia, "una perspectiva de cosmovisión moderna consecuente debe decir adiós a la resurrección de Jesús como acontecimiento histórico".
Psicológicamente, sin embargo, "Pedro experimentó ‘en una visión' a Jesús vivo, y este acontecimiento condujo a una reacción en cadena sin igual....El círculo de los doce, fundado por Jesús durante su vida, se vio arrastrado por Pedro y ‘vio' igualmente a Jesús...Hoy en día ya no podemos tomar literalmente las afirmaciones sobre la resurrección de Jesús...No fue un hecho histórico, sino un juicio de fe. Digámoslo, por tanto, de forma totalmente concreta: la tumba de Jesús no estaba vacía sino llena, y su cadáver no se esfumó, sino que se descompuso...Con la revolución de la cosmovisión de las ciencias de la naturaleza, las afirmaciones de la resurrección de Jesús han perdido definitivamente su sentido literal". Afirmaciones taxativas del profesor Gerd Lüdemann que, dejando en mal lugar las del apóstol Pablo ("Si Jesús no ha resucitado, vana es vuestra fe") promueve un nuevo sentido cristiano de entender el dogma, "una liberación que lleva en sí la semilla de lo nuevo". Es una teoría similar a la expuesta por el obispo episcopaliano de Nueva Yersey John Shelby Spong en su obra La Resurrección ¿mito o realidad? (Martínez Roca, 1996). Fue el evangelista Lucas quien "transformó radicalmente el relato de la tumba", ‘inventando', además, el episodio que sólo él relata, de la ascensión de Jesús, necesario para completar la victoria de Jesucristo. (Continuará).
servido por Francisco
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27 Septiembre 2009
III
El dios bíblico (1)
Las tres grandes religiones monoteístas se fundamentan en las páginas ‘reveladas' de la Biblia, un conjunto de ‘Libros sagrados', escritos por ‘inspiración divina' casi siempre nocturna, como se ha visto en la Segunda Parte de este libro. Es decir, por imágenes contempladas durante el sueño, o por un enteógeno (sustancia que induce la manifestación de lo divino en la conciencia del usuario, como lo define Fernando Sánchez Dragó -"quien lo probó lo sabe"- añadiendo que es un "fármaco sacramental", prácticamente inocuo) estudiado por Antonio Escohotado en su Historia general de las drogas (Alianza Editorial, 1998). Una de ellas, la burundanga, productora de alucinaciones, es también ladrona de voluntades, bien conocida sobre todo en América hispana, donde se usa, bebida o inhalada, para culminar una violación. Por otra parte, las drogas endógenas son unas sustancias naturales generadas por el cerebro y otros órganos corporales para ayudar a responder a algún estímulo externo, inhibir el dolor y calmar los nervios. Toda clase de sustancias alucinógenas pueden degenerar en esquizofrenia y anulación de la personalidad, que cada vez se aleja más de la realidad material para vivir en su ‘realidad onírica'. "Los enfermos, dice el psiquiatra español Carlos González Juárez, oyen una voz en su cabeza que les da órdenes". Son episodios psicóticos, delirios extravagantes de los que el sujeto está convencido, y que pueden durar toda la vida. Incluso los conocidos como "viajes astrales" pueden hoy ser inducidos en el laboratorio mediante una desconexión momentánea de los circuitos cerebrales.
Insisto una vez más en esta valoración de las imágenes soñadas, porque es una inestimable ayuda para la comprensión de la ‘realidad imaginada' que, según nos dicen los psicólogos y psiquiatras, puede sobreponerse en un individuo a los requerimientos de la razón. Más recientemente, las neurociencias nos han ayudado a descubrir el poder de nuestra imaginación y las relaciones, casi siempre conflictivas, entre nuestra razón y nuestras emociones, ambas en el cerebro, que no es más que "un conglomerado de neuronas", según Eduardo Punset, quien añade que "casi todos los seres humanos compartimos unas creencias concretas, pero cuando ascendemos en la categoría de las ideas abstractas en la jerarquía del córtex, las creencias difieren. Cada religión, por ejemplo, tiene un conjunto diferente de creencias distintas, y no todas pueden ser correctas" (El alma está en el cerebro, Aguilar, 2006). Todos los ‘libros sagrados' que se escribieron al dictado de una ‘revelación divina' son producto de una imaginación desenfrenada, por escribas que creían en la veracidad de sus visiones y que, quizás con buena fe, quisieron transmitir a sus coetáneos, que los proclamaron ‘profetas' o pregoneros de los deseos de la divinidad. No los descalificaré como fraudulentos, pero sí como visionarios y emocionalmente desequilibrados. En especial los autores bíblicos.
Escrita a lo largo de más de diez siglos (VIII a.C.-II d.C.), traducida, copiada y recopiada en los monasterios medievales, la Biblia fue el primer libro impreso en Europa, el más demandado y del que más ediciones se han hecho en las diversas lenguas y dialectos. Resulta impresionante la visita a bibliotecas especializadas, como la Vaticana de Roma o la Augusta de Wolffenbüttel, donde se conservan espléndidas colecciones bíblicas de todo tiempo y lugar. Con sus miles de comentaristas que, desde el prejuicio de la fe, han intentado salvaguardar para la posteridad el estimado como "depósito de la revelación divina". Revelación que dan por cierta, magnificando el mensaje de virtud, amor y esperanza, pero ocultando las múltiples ocasiones en que el mensaje se transforma en moral depravada de los héroes bíblicos o, peor aún, del propio Yahvéh. Es lo que ocurre, por ejemplo, en la más conocida publicación de hermenéutica bendecida por la Iglesia Católica, excelente, por otra parte, como introducción histórica a la transmisión secular del texto sagrado (Julio Trebolle Barrera, La Biblia judía y la Biblia cristiana, Trotta, 1993).
Los tres pilares sobre los que se asienta el fenómeno religioso son la autoridad, la tradición y la experiencia. Ignorando este último, ya que forma parte de la intimidad personal, una mente verdaderamente libre no puede conformarse con lo que predique una autoridad que se ha constituido a sí misma, al margen de toda racionalidad. La aceptación de un texto pretendidamente ‘revelado' (como los dos ‘Testamentos', el Antiguo y el Nuevo en la religión cristiana) ha de fundamentarse en un juicio crítico de valor, no en piadosas creencias ni en exégesis interesadas de los propios comunicadores de una fe excluyente, siempre impuesta y nunca sujeta al debate de la razón. (Un paréntesis para aclarar que la palabra ‘Testamento' fue una mala traducción, primero de los griegos, que tradujeron la palabra hebrea berit, que significa ‘alianza', por diathéke, ‘disposición testamentaria', traducida más tarde al latín por ‘testamentum', que es el término que aparece en la versión Vulgata , oficial de la Iglesia Católica desde el Concilio de Trento, en 1546).
En su citado libro, el profesor Trebolle incluye un capítulo dedicado a la hermenéutica y a la crítica textual, en el que claramente expone que "los profetas se inspiraban en tradiciones antiguas para interpretar los acontecimientos de su época" y que "sus discípulos no hicieron más que continuar este proceso interpretativo, creando y recreando el texto". Al encontrar nuevos significados del texto sagrado, "la interpretación de la Biblia se convirtió en verdadera revelación, a través del trabajo exegético". He aquí un nuevo significado del verbo ‘revelar' que excluye la ‘visión' de la que nos venían hablando todos los profetas. Es, sin duda, una mera ‘interpretación moderna' de los teólogos para sacudirse el yugo de la letra, por muy profética que sea. Es más, justifica con la mayor naturalidad las modificaciones, que expone con múltiples ejemplos, de las Sagradas Escrituras, ya que "durante la época persa, e incluso en una época posterior, la Escritura estuvo abierta a toda clase de interpolaciones y reelaboraciones". Nadie, pues, debe escandalizarse ni rechazar como impías las acusaciones de falsificación de los originales bíblicos, como ocurre, por otra parte, con toda la literatura antigua.
Dada la vulnerabilidad de sus argumentos y la pudorosa resistencia de los creyentes ante las barbaridades e inmoralidades contenidas en el Antiguo Testamento, la Iglesia Católica no ha tenido más remedio, a fin de acallar comentarios peligrosos, que declarar como dogma de fe la ‘revelación divina' de la Biblia. Así lo establece la constitución dogmática Dei Verbum, del Concilio Vaticano II, donde se puede leer que "la Santa Madre Iglesia, según fe apostólica, tiene por santos y canónicos los libros enteros del Antiguo y Nuevo Testamento con todas sus partes, porque, escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor". Los escribas elegidos por Dios se vieron limitados y determinados en su redacción, porque escribieron "todo y solo lo que Él quería". Así, pues, concluye el texto: "hay que confesar que los libros de la Escritura enseñan firmemente, con fidelidad y sin error, la verdad que Dios quiso consignar en las Sagradas Letras para nuestra salvación". Al leer estas palabras, me pregunto sobre la salud mental de sus redactores: ¿Es una ‘ceguera voluntaria' o un cinismo condenable sin paliativos?
Con todo respeto para los sesudos varones que intervinieron en la discusión y redacción de esta constitución dogmática, he de poner de manifiesto, haciendo uso solamente de mi pobre raciocinio y juicio crítico mi rechazo más absoluto, primero, a que ningún ser humano pueda imponer a otro dogma alguno de verdad supuestamente ‘revelada', y segundo, a tamaña sarta de incongruencias, expuestas sin soporte racional. El primer y único pasaje de la Biblia en que se afirma la inspiración divina -ajena a la profética- salió de la pluma de Pablo de Tarso, en una de sus cartas (2 Tim.3:16-17), ya avanzado el siglo II de nuestra Era. Tesis que han aprovechado hasta el máximo los teólogos de todos los tiempos y que fue recogida formalmente por el Papa León XIII, declarando que la Biblia era, no sólo un venero de verdades históricas, sino de enseñanza moral conducente a la salvación (Encíclica Providentissimus Deus, 1893). Y más recientemente, se ha escrito que "El Antiguo Testamento es una parte de la Sagrada Escritura de la que no se puede prescindir. Sus libros son libros divinamente inspirados y conservan un valor permanente, porque la Antigua Alianza no ha sido revocada" (Catecismo de la Iglesia católica, 1992, 121). Con estas palabras, tan esclarecedoras, nadie debe llamarse a engaño: La Biblia completa, con sus enormes atrocidades inhumanas, que no se pueden ocultar a ningún lector, es aceptada como ‘palabra de Dios' íntegramente, en todas sus páginas. No hay mayor incongruencia en los dogmas religiosos. Yahvéh, el sangriento dios bíblico, es el Dios de los judíos, pero también de los cristianos. No merece ni el reconocimiento, ni la adoración de unos ni de otros. (Continuará).
servido por Francisco
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20 Septiembre 2009
Diversidad de religiones (5)
ISLAMISMO. En la primera mitad del siglo séptimo de la era cristiana, un singular profeta semita, de nombre Mahoma, ‘animado' del espíritu divino, predicó una nueva religión monoteísta a los pueblos árabes, cuya doctrina se recoge en el ‘Corán', libro supuestamente inspirado por el único Dios, que toma el nombre de Alá en esta nueva doctrina. Mahoma (o Mohamed, el nombre más común), que nació en La Meca hacia 570 d.C. y falleció el 8 de junio del 632, está enterrado en la ciudad santa que le vio nacer. Lo mismo que Buda, Mahoma gustaba de la meditación en soledad, para encontrarse con un Dios único, que superase en poder a todos los demás del politeísmo imperante en su época, incluso al Dios Supremo de judíos y cristianos, que ya habían abatido, en gran parte, el politeísmo pagano. Lo halló, por fin, en Alá, una deidad de La Meca (santuario pagano anterior al Islam), entre tantas otras, pero cuya realidad fue haciéndose para él cada vez más evidente. ‘Imaginó', pues, que Alá era el Dios único y verdadero, cuya religión había de extender por orden del arcángel Gabriel, ‘autor' de esta ‘revelación' que había tenido en sueños. Su poderosa imaginación no sólo fue la creadora de esas ‘divinas' revelaciones, sino que, además, le ayudó a imaginar un ‘viaje' al paraíso a lomos de una fantástica cabalgadura de nombre Buraq, que en nada tiene que envidiar al Clavileño de nuestro crédulo Sancho Panza.
Huido a la ciudad de Medina el 24 de septiembre de 622, (fecha de la hégira o era musulmana), Mahoma comenzó su predicación "con los ojos puestos en Alá y con un sentimiento de gratitud infinita por el don divino de la vida". Impuso a sus fieles el lema de que "No hay otro Dios que Alá, y Mahoma es su profeta", y les obligó a los cinco rezos diarios, a la práctica de la caridad, a respetar el mes del Ramadán, y a peregrinar a La Meca al menos una vez en la vida. No obstante su éxito como líder religioso y político, su vida íntima deja mucho que desear, ya que su pasión por las mujeres le llevó a desposarse hasta diez veces, primero con una viuda rica y después con una niña de ocho años; su pasión militar fue exterminar a sus enemigos políticos y a las tribus judías de Arabia. A su muerte en 632 comenzaron las disensiones entre los califas, sus sucesores, aunque todos mantuvieron la orden de extender el Islam mediante la ‘guerra santa' contra quienes lo rechazaran
Ismael, hijo de Abraham y de la esclava Agar, es tenido por antepasado de los árabes, el Corán le atribuye el título de profeta, como a Mahoma, y es mencionado entre los que recibieron la revelación de Alá. A la muerte de Mahoma, su sucesor Abú Baker lanzó a los fieles de las tribus árabes a la conquista de otros territorios, convirtiéndolos en guerreros sanguinarios. Los ejércitos árabes tomaron Siria en 636, Jerusalén en 638 y Egipto en 642, conquistas que fueron preludio de una expansión cruenta por el norte hasta Turquía, Irán y la frontera china, y por el oeste al norte de África y España. La enorme y rápida expansión de los ejércitos islámicos por buena parte del mundo habitado es un fenómeno tan sorprendente que desafía toda posible explicación lógica. El califato vivió siglos de esplendor, hasta que fue suprimido en 1924.
En la actualidad, Arabia saudí, Egipto, el Irán de los Ayatolás y Pakistán son la reserva espiritual del Islam, los grandes ‘exportadores' de la fe musulmana por todo el planeta, con numerosas comunidades en América, Filipinas, Indonesia y Europa oriental. Los conflictos con la comunidad judía del Próximo Oriente, ocasionado por la creación del Estado de Israel en 1948, afectan especialmente a los musulmanes de Palestina, Líbano y Siria. Con los cristianos son, no sólo los más numerosos, con más de mil millones de creyentes, sino los más activos proselitistas: es la ‘yihad' o el compromiso de propagar a todos los infieles la palabra de Alá, incluso por medios violentos (Pilles Kepel, La Yihad, Península, 201). Tienen su centro espiritual en La Meca (Arabia), donde veneran una piedra negra (en realidad, un meteorito), atracción de peregrinos de todo el orbe musulmán, aunque conservan en Jerusalén una de las más importantes mezquitas, superior en simbolismo religioso a las de Damasco, Estambul, Ispahan o Córdoba, entre las antiguas, y la deslumbrante de Bahrein, entre las modernas.
El templo o mezquita del Islam se compone de una estancia vacía, reservada para la oración, con el mihrab orientado a La Meca, y el mimbar o púlpito del predicador. La decoración, que carece de imágenes, se limita a las pinturas murales, con frases del Corán o elementos vegetales. En el exterior, el alminar es la torre, desde la que el muecín convoca a la oración. En el Corán se puede leer que "Se han de preferir los hombres a las mujeres, pues Alá otorgó a los primeros cualidades que negó a las segundas". Ellas no tienen obligación de asistir a las mezquitas para la oración, y si lo hacen han de estar separadas de los hombres, a las que han de estar sometidas. Como se puede comprobar también en el tratamiento a la mujer, que ha de cubrirse desde la cabeza a los pies, incluso el rostro, en algunos países extremistas: (Desde el pañuelo o hiyab para cubrir el cabello, hasta la niqab o túnica que sólo deja al descubierto los ojos y las manos entre los suníes, pasando por el burka de Afganistán que cubre los ojos con una rejilla y el chador de los chiíes, que deja ver la cara). La mujer islamista vive inmersa en la consentida poligamia y en la eterna subordinación al varón, a quien su religión concede todos los derechos sobre todas y cada una de sus mujeres, incluso la muerte. Recientemente, un ‘enloquecido' musulmán ha degollado a su propia hija de 18 años en Italia, por el gran ‘pecado' contra Alá de haberse enamorado de un cristiano.
El Islamismo es una religión machista y conquistadora que se propuso extender sus dominios en la Edad Media y que retrocedió al ser expulsada por los ejércitos cristianos una y otra vez. Pero no desfallece y hoy parece que quiere intentarlo de nuevo, siempre al grito guerrero de "¡Alá es grande!" o con métodos más ocultos y sofisticados Como en otros tiempos los cristianos, el Islam mata hoy en el nombre del Dios Clemente y Misericordioso a todo aquel que se oponga a su fe, compatible con las más sangrientas actuaciones, como la autoinmolación por motivos políticos. Es la triste y nefasta consecuencia de todo monoteísmo intolerante. Pese a tanto fanatismo, el Islam (palabra que significa ‘sumisión' a Alá), que está dividido en dos ramas, incompatibles entre sí (Javier Martín, Suníes y Chiíes, los dos brazos de Alá, Catarata, 2008)), y cuyos mensajes son potencialmente violentos (Antonio Elorza, Los dos mensajes del Islam, Ediciones B, 2008), predica la bondad de las acciones, la inmortalidad del alma, la resurrección y el juicio universal, lo mismo que su eterna competidora, la religión cristiana, como que ambas se alimentan de la misma savia, el Antiguo Testamento judío.
Aunque el Corán se escandaliza de la fe cristiana en Jesús como "hijo de Dios" (Corán, 19:17-29¸21-91), lo venera como profeta que inspira su propia búsqueda espiritual. Esta veneración no impide en la actualidad las persecuciones, porque, así como los islamistas son acogidos y respetados en los países democráticos occidentales, los cristianos sufren acoso, torturas y asesinatos en más de 50 países musulmanes. Excepto en Jordania, que disfruta de libertad religiosa, en Arabia saudí impiden no sólo la construcción de templos católicos, sino la exposición pública de la cruz. En Egipto los católicos carecen de opciones para practicar libremente su fe y se les niega la posibilidad de tener representación política. En Irán los conversos al cristianismo son perseguidos a muerte, y en Pakistán la minoría católica está tan humillada y escarnecida que el obispo católico John Joseph se suicidó en 1998 para protestar por la persecución y condena de sus fieles. (¡Una manera no muy católica de protestar!).
Sin embargo, no hay que considerar a todos los musulmanes como ideológicamente integristas, sino que de su seno, históricamente, han brotado personajes insignes por su caridad, su amor a la belleza, a las ciencias y a las artes, que fecundaron la barbarie europea medieval.. En Andalucía (al-Andalus para los musulmanes) dejaron huella profunda después de casi ocho siglos de dominio del valle del Guadalquivir. Debemos a su cultura el maravilloso minarete almohade de la Giralda sevillana, y la inefable mezquita de Córdoba, desgraciadamente amputada por los reyes cristianos. Sin contar la herencia filosófica y científica, económica, medicinal, palaciega, gastronómica y sensual que ha beneficiado tanto a los pueblos de Occidente (J. Vernet, Lo que Europa debe al Islam de España, El Acantilado, 1999). Pero el respeto, la gratitud y la admiración -si las hay- no son recíprocas.
Unos y otros aseguran que nadie entrará en el paraíso hasta después del Juicio Final, después de una aniquilación general que precederá a la resurrección de los cuerpos, perfectos e incorruptibles, que serán juzgados por Alá y sentenciados al infierno o al paraíso eternos. Paraíso que para los musulmanes es tan fantasioso y falaz como el cristiano: ríos de leche y miel para satisfacer el gusto y doncellas eternamente (?) vírgenes y efebos para satisfacer la sexualidad de los elegidos (¡siempre varones!) en un ininterrumpido gozo sensual. Lo más curioso de esta doctrina de ‘salvación' es que a todos los elegidos les será concedida la gracia de que el ‘Altísimo' los invitará a visitarle todos los viernes (?). No obstante, las diferencias doctrinales son tan grandes que nunca han logrado superar el antagonismo que ha llevado a esas dos religiones monoteístas a enfrentarse en el pasado, con enorme derramamiento de sangre, y en la actualidad amparando la destrucción de Occidente, por obra del terrorismo fanático. (Continuará).
servido por Francisco
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3 Abril 2009
El mito de las revelaciones (5)
Las revelaciones o ‘mensajes de los dioses' son el objeto primordial de los ‘Libros sagrados', que no se entenderían sin estas enseñanzas destinadas a la mejora y redención del género humano. Se han prodigado a los grandes líderes religiosos, quienes por sí o por sus discípulos dejaron testimonio escrito de estas doctrinas de ‘salvación'; a los grandes profetas, visionarios elegidos para recibir la palabra divina; también a personas humildes, que aseguran haber entrado en contacto con seres sobrenaturales, para transmitir también los mensajes de amor y ayuda moral de sus revelaciones. Estas visiones son realmente ‘apariciones' personales a los videntes, en su gran mayoría identificadas hoy con la Virgen María, madre de Jesús de Nazareth, siempre vestida , de forma que en la visión sólo se aprecian su cara y sus manos. (Me pregunto: ¿en el cielo estarán todos vestidos con ropa terrestre?) . Son famosas las apariciones marianas en Lourdes (Francia) y Fátima (Portugal), acompañadas por cientos de supuestos milagros, que dan viso de verosimilitud a tales visiones. Pero la historia de estas apariciones ‘con mensaje' no se limitan a esos dos países. La competencia es poderosa y múltiple. Alemania, Italia, Polonia, Croacia, México, Nicaragua, Brasil, Egipto y varios países más presumen de haber recibido esas ‘visitas celestiales' con mensaje incluido. La católica España no podía quedarse atrás en esta desenfrenada carrera por competir en la ‘comunicación' sagrada: presumen de apariciones de la Virgen María en Ibros (Jaén), Garabandal (Santander), El Escorial (Madrid), Ceares (Asturias), Utrera (Sevilla) y Villacañas (Toledo) entre las que recuerdo.
Ni que decir tiene que ninguna de estas ‘apariciones' con sus respectivas ‘revelaciones' han de ser admitidas por una persona de juicio crítico y sensato. A pesar de cuantos creen en ello, habrá que repetir que ni existen los espíritus ni la posibilidad de las revelaciones. No cabe duda de que la mentalidad ‘visionaria' está influenciada en los creyentes cristianos por las supuestas apariciones de Jesús resucitado, pero son visiones muy repetidas en todos los libros sagrados, especialmente en los diversos Apocalipsis. Las apariciones en el Antiguo Testamento, exceptuadas las continuas de Yahvéh, han dado pie al vuelo de la imaginación de algunos comentaristas, que se atreven a pensar que no eran debidas a ningún espíritu, sino a seres extraterrestres, como astronautas de otros mundos, que visitaron a Enoc, Noé, Abraham, Moisés, Elías, Ezequiel y otros personajes ‘abducidos'. (Francisco Sánchez López, Extraterrestres en la Biblia, Mágica, 1989). La imaginación no tiene límites.
Existen otras ‘revelaciones' que no son exclusivamente religiosas, sino que insisten en la posibilidad de comunicación del hombre con seres no-terrestres, pero que tampoco pueden catalogarse como ‘dioses'. En la segunda mitad del siglo XX algunos buscaban la verdad en las presuntas ‘revelaciones' de seres de otros mundos, con los que ‘contactaban' no sólo mentalmente, sino incluso en ‘abducciones' marcadas por enseñanzas esotéricas, como las recibidas por el peruano Sixto Paz (líder del Instituto Peruano de Relaciones Interplanetarias) en sus supuestos ‘viajes' a Ganímedes, el mayor de los satélites de Júpiter. Su misión consistiría en difundir las ‘revelaciones' recibidas, a través de la fundación de las ‘Misiones Rama', el mensaje de que ‘nuestro mundo se halla al borde de la destrucción". (José Gregorio González, Contacto inminente, Enigmas, 2008).
También de importancia vital para la Tierra fueron las informaciones recibidas de otros seres, esta vez procedentes del astro UMMO, conocido aquí como Wolf 424, a unos 14,6 años luz de la Tierra, según declaraciones del sacerdote sevillano Enrique López Guerrero. (Mirando a la lejanía del Universo, Plaza Janés, 1978). En los informes (‘revelaciones') ‘ummitas' se menciona a un dios de nombre Ummo, que parece guardar un estrecho paralelismo con el cristiano. Sin embargo, López Guerrero cree que detrás de estas ‘revelaciones' se encuentra el mismo Satanás. El fenómeno OVNI llegó a todas las latitudes del planeta, y todavía sigue convocando a miles de aficionados al misterio. En España, como en Hispanoamérica, la ufología se convirtió en ‘ciencia' embaucadora de los infinitos seguidores, ansiosos buscadores de la verdad del misterio, que tropezaron una y otra vez con el fraude y el engaño, en la tierra abonada por la credulidad. En todo caso, el fenómeno ha de estudiarse dentro de los mitos modernos de las revelaciones imaginadas por la mente humana.
El siglo XX, tan pródigo en revelaciones y creencias paranormales, cuenta en su haber con el más extenso y singular ‘mensaje divino' de todas las épocas. Se trata de un libro publicado en 1955 en los Estados Unidos de América con el nombre The Urantia Book, traducido al español como El libro de Urantia, destinado a ocupar un puesto destacado entre los ‘Libros sagrados' de la Humanidad. Incluso, haciendo uso de la tecnología moderna, tiene un portal en Internet, con el que sus seguidores expanden y comercian su doctrina. Su origen data de 1934 cuando tres personas de Chicago empezaron a recibir unos misteriosos ‘mensajes telepáticos', que dejaron estampados mediante la escritura automática. Estas páginas fueron encerradas en la caja fuerte de un Banco de Chicago, donde permanecieron 16 años hasta que un grupo de interesados en el tema crearon la Fundación Urantia, con la intención de dar a conocer por fin al mundo entero el sorprendente contenido de estas revelaciones, expuestas en 196 documentos y más de dos mil páginas. Ediciones Obelisco ha publicado una Síntesis del Libro de Urantia, que nos permite conocer con bastante detalle estos mensajes, sin necesidad de leer el libro completo. Puede decirse que estas nuevas doctrinas tienen una conexión bastante estrecha con la doctrina cristiana, ya que habla de la Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu infinito), de la creación del hombre y su destino, con la vida de Jesús (completándola con sus 30 años de ‘vida oculta'). Se aparta de la concepción cristiana en la afirmación de que existen muchos universos paralelos, y la relación con ellos del planeta Urantia (que, por supuesto, es la Tierra). La primera llegada a este planeta de los ‘seres celestes' se produjo hace 900 millones de años, procedentes del planeta ‘Satania' (el nombre lo dice todo), que pretendían explorar las posibilidades de instalar aquí una ‘estación experimental'. Estos ‘Portadores de Vida' disolvieron en las aguas oceánicas "el plasma vital", del que surgieron los primeros seres inteligentes, que fueron una especie de monos lemures, los primeros mamíferos protohumanos. No es posible sintetizar la enorme cantidad de datos que aportan estas revelaciones, pero debo resaltar que hay abundancia de espíritus deambulando por sus páginas: "mensajeros" y "ministrantes", "Rectores y "huestes seráficas", incluso rebeldes, al mando de Lucifer.
Los destinatarios de estos mensajes son individuos dotados de "facultades innatas para la percepción extrasensorial", que los reciben de la ‘ultrarrealidad'. Ignacio Darnaude precisa que "el patrimonio de documentos revelados es inmenso", después de haber elaborado la más completa bibliografía del tema (Las otras Biblias de nuestro tiempo. Grandes libros revelados en la modernidad). Baste dejar constancia de que el límite de lo natural sigue siendo rebasado por miles de nuevos ‘creyentes' en esos otros mundos ‘más allá' del planeta Tierra. Pero la misma ingente cantidad de revelaciones y sus diferentes puntos de vista y soluciones para la Humanidad proclama su falsedad, como las miles de religiones que se disputan el indefenso corazón (perdón, mente) del pobre homo sapiens sapiens, tan inseguro, influenciable y crédulo, al que el adjetivo sapiens le viene un poco ancho. No hay ‘revelación' que valga. Lo mismo que le ocurrirá a todos mis hermanos de la especie, por muy sabios que sean, moriré sin llegar a conocer el misterio de la vida.
FIN DE LA SEGUNDA PARTE
(Para completar este libro OJOS QUE VEN, CORAZÓN QUE NO QUIEBRA se publicará próximamente la Tercera Parte, que lleva por título La quimera de los dioses. Pero agradecería algún comentario de mis lectores, que me anime a seguir escribiendo. Lectores que viven no sólo en España, sino también en Francia, Alemania, Holanda y sobre todo en: Uruguay, Argentina, México, Venezuela, Puerto Rico y los Estados Unidos de América).
servido por Francisco
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16 Marzo 2009
El mito de los ángeles (3)
A partir del siglo primero los ángeles se adueñan de las páginas de los libros del Nuevo Testamento, tanto canónicos como apócrifos, para anunciar buenas nuevas, como la concepción milagrosa del Bautista (Lc 1:11ss) y de Jesús de Nazareth (Lc 1:26ss), el nacimiento de Jesús a los pastores (Lc 2:8ss), su resurrección a las mujeres (Lc 24:23; Mt 28:2ss; Mc 16:5; Jn 20:12). También es un ángel el que conforta a Jesús en el desierto (Mc 1:13; Mt 4:11) y en su agonía (Lc 22:43). (Hay que recordar el "Cristo muerto sostenido por un ángel", de Alonso Cano y "Jesús asistido por ocho ángeles", de Lanfranco, en el Museo napolitano de Capodimonte). Es el mismo Jesús, en dos pasajes que parecen interpolados, quien presenta a los ángeles con palabras más propias de una fantasiosa mente humana que del Hijo de Dios. Al escoger a sus primeros discípulos, los quiere impresionar con esta solemne frase: "Yo os aseguro que veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del Hombre" (Jn 1:51). Y en la escena del prendimiento, al ordenar a Pedro que envaine su espada, le reprocha en parecidos términos: "¿Piensas que no puedo yo rogar a mi Padre, que pondría al punto a mi disposición más de doce legiones de ángeles?" (Mt 26:53). No son ciertamente las palabras que diría el Dios espíritu puro, rebajándose a las pobres imágenes humanas, hablando de "cielo abierto" y de "legiones de ángeles" para demostrar su omnipotencia. Gabriel no sólo se aparece a María para anunciarle su embarazo, sino su muerte (Libro del reposo de María).
En otros pasajes, principalmente los referidos al juicio final, los ángeles ocupan lugar de privilegio. Al llegar el fin del mundo, ellos serán los encargados de "reunir" a los elegidos: "Él enviará a sus ángeles con sonora trompeta y reunirán de los cuatro vientos a sus elegidos" (Mt 24:31). La imagen poética de la trompeta tampoco parece muy apropiada para destacar el severo momento del juicio, el más importante para las humanas criaturas en el diseño de la doctrina cristiana, aunque haya servido de inspiración a multitud de artistas medievales y renacentistas. Todos ellos se basan en el evangelio de Mateo: Cuando "el Hijo del Hombre venga en su gloria, acompañado de todos sus ángeles, se sentará en el trono de su gloria" (Mt 25:31) para atemorizar a los malos y confirmar en su gozo a los buenos. Los ángeles, siempre al servicio de Yahvéh, cumplirán al fin de los días su cometido justiciero, tal como se lee en la parábola de la cizaña: "la siega es el fin del mundo y los segadores son los ángeles" (Mt 13:39), que cortarán la cizaña, porque "el que me niegue delante de los hombres será negado delante de los ángeles de Dios" (Lc 12:8). Como obra poética tiene su encanto, pero ninguna persona sensata podrá dar crédito a estas escenas de terror, con supuestas palabras atribuidas al Dios de misericordia.
Pablo de Tarso, que no veía con buenos ojos la prepotencia de los seres angélicos en la mentalidad popular cristiana del siglo primero, se preocupa de establecer en su predicación la absoluta superioridad de Cristo. Por eso, enseña en una de sus epístolas que "Dios resucitó a Cristo y lo sentó a su diestra, por encima de todo Principado, Potestad, Virtud y Dominación" (Ef 1:19). Y en otro lugar que "en Él fueron creadas todas las cosas del Cielo y de la Tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados y las Potestades" (Col 1:15). Los ángeles son, en definitiva, espíritus enteramente subordinados a Dios, que "sirven al Cristo y a su misión redentora" (Heb 1:14). Como ejemplo de ayuda a los humanos, se incluye en los Hechos de los Apóstoles que un ángel de luz se aparece al apóstol Pedro y le libera de sus cadenas (Hch 12:15), escena pintada por Rafael Sanzio en un mural de las estancias vaticanas y por Valdés Leal en la catedral de Sevilla. Esta misión angélica está reservada al llamado entre los cristianos "Ángel de la Guarda", según se canta en los Salmos: "Él dará orden a sus ángeles de guardarte en todos tus caminos" (Sal 91:11). Uno de estos ángeles fue el que sustituía en las tareas de labranza al santo Isidro de Madrid, mientras éste se dedicaba a la oración (Museo de San Isidro, Madrid) o el que, más recientemente, atendía a los fogones de un fraile cocinero, devoto franciscano, que solía caer en frecuentes éxtasis, tal como representa Murillo en su precioso cuadro del Louvre "La cocina de los ángeles". Pero la Iglesia católica no autorizó el culto al Ángel de la Guarda hasta el año 1609.
Las visiones del autor del Apocalipsis que han inspirado a tantos artistas (pienso en las vidrieras de la catedral de Winchester, en las miniaturas monacales del Beato de Liébana y en los maravillosos manuscritos conventuales de los siglos XII y XIII) son plasmadas en actos de reverencia de los seres celestiales, adorando a Yahvéh rostro en tierra (7:12) o marcando en la frente a los elegidos (7:1). La fantasía del escriba vidente llega a su culminación cuando los describe: "Ví a otro ángel poderoso que bajaba del cielo envuelto en una nube, con el arco iris sobre su cabeza, su rostro como el sol, y sus piernas como columnas de fuego" (10:1). Eran tantos que no se podían contar: "En la visión oí la voz de una multitud de ángeles que estaba alrededor del Trono. Su número era de miríadas de miríadas de millares" (5:11). Más concreto es el Talmud, donde se sentencia que a cada judío, al nacer, se le asignan nada menos que once mil ángeles custodios. Después de muchas disputas teológicas, el "Doctor angélico" Tomás de Aquino dejó establecido en el siglo XIII que existían nueve Órdenes de espíritus celestiales, divididos en tres grupos o Tríadas, y que cada arcángel estaba al frente de 496.000 miríadas de ángeles. Sin embargo, otros teólogos, para llevar la contraria, sostenían que cada Orden o Coro de ángeles estaba compuesto, según la Escritura, de 6.666 legiones, estando cada legión integrada por 6.666 ángeles. Pura fantasía. (Continuará).
servido por Francisco
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10 Marzo 2009
El mito de la inmortalidad (4)
Antes de finalizar el siglo I d.C. los cristianos ya se apartaron de la costumbre pagana de incinerar a los muertos, prefiriendo la inhumación, lo que suponía creer en la resurrección del cuerpo, aunque fuese en forma "espiritual", como enseñaba Pablo: "Hermanos, os digo que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción heredará la incorruptibilidad. Os comunico un secreto: no todos moriremos, pero todos nos transformaremos" (1Cor XV:50). Y añade en su segunda carta a los Corintios: "las cosas visibles son pasajeras, mas las invisibles son eternas" (2Cor 4:18). Así, sin más apoyo que su propia palabra, Pablo va componiendo una doctrina novedosa que no se deduce directamente de lo predicado por Jesús en su vida pública, sino que se aprovecha de la credulidad popular para dar un sostén doctrinal a sus afirmaciones, puramente imaginarias. Como tantas otras de su época, como veremos. "La corriente paulina puede inscribirse entre esas corrientes revolucionarias que exaltan el espíritu sobre el cuerpo" (Elena Muñiz, La cristianización de la religiosidad pagana, Actas, 2008). La gran originalidad del cristianismo paulino consistió, en pocas palabras, en ofrecer a la especie humana una vida de ultratumba que implicase la eterna felicidad, no encontrada en este mundo. El mito de la esperanza los mantenía en su fe.
La conversión de Pablo, por su singularidad, le revestía de un carisma de que carecían los demás conversos, fuesen judíos o gentiles. Era una experiencia única, que fascinaba a cuantos creían su relato, transcrito por Lucas (Hech 9:3-9), donde se afirmaba que Saulo (después Pablo) había sido visitado por el propio Jesús, que le recriminó su conducta de perseguidor de cristianos y le movió a la conversión con una pregunta sin respuesta: "¿por qué me persigues?" Se trata de una visión, como la de su discípulo Ananías, pero acompañada de un supuesto milagro, ceguera por tres días, que cambió radicalmente su destino. Letrados o indoctos, todos le oían con estupor, como extrañados de doctrina tan nueva, sobre todo en lo referente a la esperanza en la próxima venida del Mesías (1Cor 1:7; 1Tes 4:14), en la resurrección de cuerpos y almas (Rom 8:11; 1Cor 15:42 y 5:2-4), en la vida eterna (Rom 2:7; 2Cor 5:4); en el goce infinito de Dios (1Tes 10:16) y en la manifestación de la gloria divina (Rom 5:2). Toda una teología sobre el Más Allá sacada de la nada, o mejor, de las palabras siempre enigmáticas del Jesús histórico, pronunciadas (supuestamente, si los evangelios no fueron manipulados) medio siglo antes, pero refrendadas por una, también supuesta, visión o alucinación de carácter epiléptico. En su primera carta a los Corintios, Pablo se muestra muy explícito: "Si la esperanza no me ofrece la victoria total sobre la muerte, y si mi cuerpo no resucita como cuerpo espiritual e incorrupto, mi esperanza no vale nada". Y más adelante, con mayor claridad: "Si se predica que Cristo ha resucitado de entre los muertos ¿cómo andan diciendo algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos? Si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, vacía es nuestra predicación, vacía también vuestra fe" (1Cor 15:12-14).
La esperanza religiosa, en sí, no es más que una abstracción, un símbolo de lo que se espera, que es una vida futura, por toda la eternidad, después de haber alcanzado la inmortalidad del cuerpo (porque la del alma ya se supone según los católicos). Todos esperan alcanzar la felicidad en otra vida, difusamente imaginada en un ‘más allá' del planeta Tierra. Doctrina difundida como la única cierta, que ha sido asimilada sin dificultad porque coincide con los deseos más profundos del ser humano. Pero no debemos considerar como algo sobrenatural el deseo de existir, que será siempre la esencia del hombre. Todos los psicólogos enseñan que la supervivencia es el lugar de encuentro entre la esencia y la existencia de los humanos. La pasión por la existencia no es en nosotros más que una consecuencia natural de un ser sensible cuya esencia es querer conservarse en la vida. "Las más simples reflexiones sobre la naturaleza de nuestra alma deberían convencernos de que la idea de su inmortalidad no es más que una ilusión" (Holbach)
El doctor Mora nos recuerda que la inmortalidad, tan deseada, es sólo un mito, como el que se nos relata en el quinto de los himnos homéricos: Zeus, ante la súplica de Aurora, diosa del amanecer, confiere a Titono, su amado, el don de la inmortalidad. Llega la vejez, con su decrepitud, y Titono ruega con insistencia al Padre de los Dioses el don de la muerte, que no se le concede. "Titono, posiblemente loco, todavía vaga -según alguna versión- entre las olas de los inmensos océanos" (Francisco Mora, El sueño de la inmortalidad, Alianza, 2003). El sueño de la inmortalidad no parece, pues, deseable. Una sola esperanza es razonable, como dejó escrito Sigmund Freud: "no puedo habituarme a las miserias y a la angustia de la vejez y pienso con nostalgia en el paso a la nada". Esa esperanza no incluye la felicidad, ni por supuesto, la inmortalidad. Para no volvernos locos, pensemos con Javier Muguerza que "con esperanza, sin esperanza, y aun contra toda esperanza, la razón es nuestro único asidero" (La razón sin esperanza, Taurus, 1977).
Pero si creo en la inmortalidad, mi muerte ya no será un temible castigo sino la puerta abierta a otra vida. Eso dicen los que creen en la eternidad de la vida humana, nacida en el tiempo, pero destinada a vivir por siempre, eternamente. ¡Terrible adverbio! Más de una vez he pensado en esa eternidad posible como un verdadero castigo, al perder mi identidad, ya que dejaría de ser yo para convertirme en ‘otro' ser distinto del que está ahora mismo pensando y escribiendo. Aunque existiera otra vida después de mi muerte, desde luego no sería la misma vida que me hace ser como soy en este planeta. Sería ‘otro' distinto, con una personalidad diferente, a pesar de cuanto predican los teólogos, porque es imposible que el animal temporal que soy pueda ser un ‘no-animal eterno', en el que por supuesto, no me reconocería. Un ser totalmente ‘espiritualizado' según la doctrina paulina, sin mis sentidos ni el cuerpo que me constituye en este mundo. Y si soy un ser distinto, ¿qué me puede importar ahora vivir eternamente? ¡Qué aburrimiento! El escritor Alan Watts habla de la "terrible monotonía del placer eterno". (¿Qué decir, entonces, de esa demencia religiosa que habla del "sufrimiento eterno"?). Solamente los místicos, afectados por una cierta neurosis, como afirman los médicos, desean vivamente la transformación en un ser diferente, que disfrute eternamente. Pero los visionarios no pueden entender que ese supuesto placer será ‘otro' quien lo disfrute.
Por otra parte, si continuáramos en el siguiente mundo con la misma personalidad que tenemos en éste, ¿para qué la muerte? Le quitaríamos a la vida terrenal la amenaza del tiempo, que nos va llevando a la muerte. Algo imposible, aun para un dios omnipotente. Por eso Aristóteles, con toda razón, se opone a su maestro Platón, y niega la inmortalidad. Los creyentes sin fisura en una vida posterior a la muerte están convencidos, no sólo de que existe un alma inmortal, sino además, de que la muerte es la entrada a ‘otro' mundo, en el que la persona humana se convierte en "energía psíquica en estado puro". Algo tan delirante como las alucinaciones místicas, y que confirma la idea de que ya no seré yo quien viva. Conclusión ignorada por cuantos sueñan con la inmortalidad, ese meme insaciable que "come el coco" (expresión castiza del español) a millones de humanos, seducidos por el consuelo que predica el cristianismo. Y que llega a los más sublimes literatos de todos los tiempos. Quiero recordar aquí dos tercetos memorables del gran pecador y cínico sacerdote español, pero eximio poeta, Lope de Vega, quien, a la hora de la muerte, y pensando en la otra vida, canta a su amada:
"Bien sé que he de vestirme el postrer día
otra vez estos huesos, y que verte
mis ojos tienen y esta carne mía.
Esta esperanza vive en mí tan fuerte
que con ella no más tengo alegría
en los tristes momentos de la muerte".
(Continuará).
servido por Francisco
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27 Febrero 2009
El poder de la imaginación (5)
Hora es ya de volver los ojos a la ciencia para que nos descubra algunos de los misteriosos caminos que conducen al gran ‘poder de la imaginación'. El éxtasis es un fenómeno psicológico en el cual el individuo tiene la impresión de sentir cómo su mente se une con la divinidad en un plano trascendente, al cual se siente transportado. Es algo próximo a la cima del orgasmo sexual, de breve duración pero de intensidad suma, que han experimentado algunos místicos, como Santa Teresa de Jesús. A este respecto, el doctor neoyorquino Mike Samuels comenta: "El éxtasis es un estado no ordinario de la mente que incluye situaciones de trance, sueños lúcidos, visiones, alucinaciones, ensueños y meditación profunda". A ello pueden contribuir situaciones extremas como el frenesí colectivo que produce la oratoria emocionante de un líder, el magnetismo de una mirada hipnótica, los rituales que provocan un trance, sea con músicas o danzas, la concentración profunda de una meditación o la inspiración poética, casos en los que la emoción es tan intensa que anula la percepción sensorial de la realidad.
Estos y otros ‘estados alterados de conciencia', que pueden ir acompañados de pérdida de la sensibilidad corporal, son estados naturales en circunstancias propicias, pero también pueden ser originados por el uso de plantas psicotrópicas, que modifican la actividad cerebral, aumentando el ‘poder de la imaginación', que se lanza por caminos desconocidos, experimentando situaciones tan irreales como ‘verdaderas' para la conciencia.. El deseo de tener experiencias ‘límite' forma parte de la condición humana, amante del peligro, sea natural o inducido. La imaginación actúa en este caso con una fuerza irrefrenable, que puede ser motivo de alucinaciones de carácter místico, pero también esquizofrénico. El terapeuta Robert A. Johnson indica que "la gran tragedia de la sociedad occidental es el hecho de que hayamos perdido la habilidad de experimentar el poder transformador del gozo. Buscamos el éxtasis por todas partes, pero en un nivel muy profundo permanecemos insatisfechos" (Éxtasis, Kairós, 1992).
Son los psicólogos quienes han de darnos las claves del ‘poder de la imaginación' en los humanos visionarios de todas las épocas, suponiendo siempre que las ‘visiones' y ‘alucinaciones' son estados alterados de la conciencia. Tanto durante la vigilia como durante el sueño. A este respecto, el psicólogo del Darwin College (Cambridge), Nicholas Humphrey, enseña que "cuando alguien duerme, ninguna señal proveniente de la retina llega al centro perceptivo o sensorial, y de ese modo la imaginería onírica es dueña del campo". Frase que completa con esta otra: "Las imágenes oníricas no sólo son más vívidas y menos fugaces que las de la vigilia, sino que son también más propensas a errores extravagantes" (Una historia de la mente. La evolución y el nacimiento de la conciencia, Gedisa, 1995).
El tema ya interesó a los psicólogos del siglo XX, que comenzaron el estudio sistemático de las alucinaciones. Para el profesor Th.Ribot, las numerosas variedades de la epilepsia dan origen a toda suerte de alucinaciones, que "si son sugeridas, agradables o desagradables, van acompañadas de un acrecentamiento o disminución de la presión en el dinamómetro" (La psicología de los sentimientos, Daniel Jorro, 1924). Dos años más tarde, H. Höffding precisó que hay que distinguir entre ilusión y alucinación, aunque sólo sea una diferencia de grado, dos alteraciones cerebrales que pueden ser efecto de una ingestión de alucinógenos, como la absenta o el opio. Su conclusión es que "la imaginación es la facultad de crear nuevas representaciones concretas", a veces ayudada por los opiáceos. Es necesario detenerse en esta precisión del verbo crear, porque se producen "imágenes de personas o cosas que no se habían visto nunca". Con otras palabras, "el sujeto ve y oye hablar de formas que no están presentes, pero que tienen para él tanta realidad que no duda de su existencia". (Bosquejo de una psicología basada en la experiencia, Daniel Jorro, 1926). No duda porque la ‘fe' se lo impide. El consumo de absenta, la ‘bebida maldita' (llegaba a los 90º de graduación) tan común entre los literatos bohemios de fines del siglo XIX, sobre todo en el Montmartre parisino, fue prohibido en el año 1915 por sus consecuencias enajenantes y alucinógenas, próximas a la locura. Pero no era ni la primera ni la única pócima de efectos ‘mágicos'. Todo producto destilado con alto grado de alcohol tiene parecidas consecuencias, aunque de menor intensidad. Pero no dejan de actuar sobre la fantasía.
Más precisa y contundente, si cabe, es la afirmación del doctor Shermer: "Las experiencias espirituales y místicas sólo son producto de la fantasía". Inducidas por alcaloides como la atropina, que provoca la sensación de levitación o vuelo; la ketamina, que sirve para experimentar sensaciones extracorpóreas; por el consumo de dimetiltriptamina se agiganta el entorno; la belladona y otros alcaloides inducen una sensación de bienestar momentáneo, con alucinaciones visuales y auditivas si se trata de la LSD (Dietilamida del ácido lisérgico). La experiencia extra-corpórea (ECM) es una confusión entre realidad y fantasía, como los sueños, que se confunden con el despertar...y que continúa siendo "uno de los grandes misterios de la psicología" (Michael Shermer, Por qué creemos en cosas raras. Pseudociencia, superstición y otras confusiones de nuestro tiempo, Alba Ed. 2008). No hay duda para la Psicología: la mente humana es capaz de crear su propia realidad imaginativa.
Sin embargo, hay que añadir algo importante: las alucinaciones, experiencias místicas o visiones, han de tener una base cultural individualizada. Toda visión, por muy modificada que esté, ha de tener un fundamento imaginativo propio de la cultura en la que se ha formado el actor visionario. "Es impensable que un budista pueda ver en el marco de esa experiencia mística a figuras como la Virgen María, de la misma manera que un místico cristiano nunca en sus visiones ha podido ver a hablar con figuras de otras religiones". Son palabras del profesor Francisco J. de la Rubia (La conexión divina. La experiencia mística y la neurobiología, Crítica, 2003) quien añade que este fenómeno de la experiencia mística no es exclusivo de las religiones, ya que pueden acceder a él personas ateas o escépticas. Y a continuación precisa que se debe separar la experiencia mística, que no es sensorial, de las visiones en las que intervienen los sentidos. Aunque es cierto que todas nuestras experiencias, incluidas las religiosas, tienen una base orgánica cerebral. Fuera del cerebro no hay nada.
En épocas remotas, pudieron interesar al homo ciertas especies vegetales que producen similares efectos, como la belladona, la datura, el beleño o la mandrágora, tan comunes en Europa; o el peyote, la ayahuasca, la ruda o la adormidera del opio, en tierras americanas. A esto habría que añadir que la falta de oxígeno estimula el lóbulo temporal, el hipocampo y el sistema límbico, con parecidas consecuencias. Pero existe una sustancia endémica, que se encuentra en amplias zonas del planeta, que puede explicar con mayor eficacia la evolución cerebral de los homínidos. Es la psilocibina, cuya ingestión disuelve los límites de la conciencia, sin peligro para la vida, pero procura alucinaciones y apariciones en quienes añaden a su dieta el hongo que la produce. Además, como ha comprobado la ciencia, para sufrir alucinaciones no se necesitan peligrosas sustancias alucinógenas como las citadas; hoy basta estimular determinadas regiones del sistema límbico cerebral mediante fenómenos eléctricos transitorios para ‘ver' lo irreal. A día de hoy nadie puede dudar del extraordinario ‘poder de la imaginación' para ‘inventar' que ha viso (o creído ver) algún espíritu.
Lo ha demostrado Michael A. Persinger, catedrático de psicología en la Laurentian University de Canadá, que ha constatado cómo sus pacientes tenían la sensación de estar en presencia de seres espirituales, como Jesús, la Virgen María, Mahoma y otros, estimulando eléctricamente el lóbulo temporal derecho. Alguno, que era agnóstico, manifestó haber sido abducido por alienígenas. De sus experimentos, Persinger concluye, como relata Hamer, que la experiencia de Dios es un producto del cerebro humano, modulada por la historia personal de cada individuo, pero acompañada por una superproducción de endorfinas. Lo mismo se puede decir de las visiones celestiales, inducidas por el consumo de drogas enteógenas, como han expuesto, entre otros, Aldous Huxley, Kenneth Ring o Stanislav Grof. En definitiva, el ‘poder de la imaginación' es, en último término, puramente hormonal. Sin la química y las sinapsis neuronales no es posible ni la ‘conexión divina' ni siquiera la posibilidad de la religión. (Continuará).
servido por Francisco
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