Categoría: Arte
20 Septiembre 2009
Diversidad de religiones (5)
ISLAMISMO. En la primera mitad del siglo séptimo de la era cristiana, un singular profeta semita, de nombre Mahoma, ‘animado' del espíritu divino, predicó una nueva religión monoteísta a los pueblos árabes, cuya doctrina se recoge en el ‘Corán', libro supuestamente inspirado por el único Dios, que toma el nombre de Alá en esta nueva doctrina. Mahoma (o Mohamed, el nombre más común), que nació en La Meca hacia 570 d.C. y falleció el 8 de junio del 632, está enterrado en la ciudad santa que le vio nacer. Lo mismo que Buda, Mahoma gustaba de la meditación en soledad, para encontrarse con un Dios único, que superase en poder a todos los demás del politeísmo imperante en su época, incluso al Dios Supremo de judíos y cristianos, que ya habían abatido, en gran parte, el politeísmo pagano. Lo halló, por fin, en Alá, una deidad de La Meca (santuario pagano anterior al Islam), entre tantas otras, pero cuya realidad fue haciéndose para él cada vez más evidente. ‘Imaginó', pues, que Alá era el Dios único y verdadero, cuya religión había de extender por orden del arcángel Gabriel, ‘autor' de esta ‘revelación' que había tenido en sueños. Su poderosa imaginación no sólo fue la creadora de esas ‘divinas' revelaciones, sino que, además, le ayudó a imaginar un ‘viaje' al paraíso a lomos de una fantástica cabalgadura de nombre Buraq, que en nada tiene que envidiar al Clavileño de nuestro crédulo Sancho Panza.
Huido a la ciudad de Medina el 24 de septiembre de 622, (fecha de la hégira o era musulmana), Mahoma comenzó su predicación "con los ojos puestos en Alá y con un sentimiento de gratitud infinita por el don divino de la vida". Impuso a sus fieles el lema de que "No hay otro Dios que Alá, y Mahoma es su profeta", y les obligó a los cinco rezos diarios, a la práctica de la caridad, a respetar el mes del Ramadán, y a peregrinar a La Meca al menos una vez en la vida. No obstante su éxito como líder religioso y político, su vida íntima deja mucho que desear, ya que su pasión por las mujeres le llevó a desposarse hasta diez veces, primero con una viuda rica y después con una niña de ocho años; su pasión militar fue exterminar a sus enemigos políticos y a las tribus judías de Arabia. A su muerte en 632 comenzaron las disensiones entre los califas, sus sucesores, aunque todos mantuvieron la orden de extender el Islam mediante la ‘guerra santa' contra quienes lo rechazaran
Ismael, hijo de Abraham y de la esclava Agar, es tenido por antepasado de los árabes, el Corán le atribuye el título de profeta, como a Mahoma, y es mencionado entre los que recibieron la revelación de Alá. A la muerte de Mahoma, su sucesor Abú Baker lanzó a los fieles de las tribus árabes a la conquista de otros territorios, convirtiéndolos en guerreros sanguinarios. Los ejércitos árabes tomaron Siria en 636, Jerusalén en 638 y Egipto en 642, conquistas que fueron preludio de una expansión cruenta por el norte hasta Turquía, Irán y la frontera china, y por el oeste al norte de África y España. La enorme y rápida expansión de los ejércitos islámicos por buena parte del mundo habitado es un fenómeno tan sorprendente que desafía toda posible explicación lógica. El califato vivió siglos de esplendor, hasta que fue suprimido en 1924.
En la actualidad, Arabia saudí, Egipto, el Irán de los Ayatolás y Pakistán son la reserva espiritual del Islam, los grandes ‘exportadores' de la fe musulmana por todo el planeta, con numerosas comunidades en América, Filipinas, Indonesia y Europa oriental. Los conflictos con la comunidad judía del Próximo Oriente, ocasionado por la creación del Estado de Israel en 1948, afectan especialmente a los musulmanes de Palestina, Líbano y Siria. Con los cristianos son, no sólo los más numerosos, con más de mil millones de creyentes, sino los más activos proselitistas: es la ‘yihad' o el compromiso de propagar a todos los infieles la palabra de Alá, incluso por medios violentos (Pilles Kepel, La Yihad, Península, 201). Tienen su centro espiritual en La Meca (Arabia), donde veneran una piedra negra (en realidad, un meteorito), atracción de peregrinos de todo el orbe musulmán, aunque conservan en Jerusalén una de las más importantes mezquitas, superior en simbolismo religioso a las de Damasco, Estambul, Ispahan o Córdoba, entre las antiguas, y la deslumbrante de Bahrein, entre las modernas.
El templo o mezquita del Islam se compone de una estancia vacía, reservada para la oración, con el mihrab orientado a La Meca, y el mimbar o púlpito del predicador. La decoración, que carece de imágenes, se limita a las pinturas murales, con frases del Corán o elementos vegetales. En el exterior, el alminar es la torre, desde la que el muecín convoca a la oración. En el Corán se puede leer que "Se han de preferir los hombres a las mujeres, pues Alá otorgó a los primeros cualidades que negó a las segundas". Ellas no tienen obligación de asistir a las mezquitas para la oración, y si lo hacen han de estar separadas de los hombres, a las que han de estar sometidas. Como se puede comprobar también en el tratamiento a la mujer, que ha de cubrirse desde la cabeza a los pies, incluso el rostro, en algunos países extremistas: (Desde el pañuelo o hiyab para cubrir el cabello, hasta la niqab o túnica que sólo deja al descubierto los ojos y las manos entre los suníes, pasando por el burka de Afganistán que cubre los ojos con una rejilla y el chador de los chiíes, que deja ver la cara). La mujer islamista vive inmersa en la consentida poligamia y en la eterna subordinación al varón, a quien su religión concede todos los derechos sobre todas y cada una de sus mujeres, incluso la muerte. Recientemente, un ‘enloquecido' musulmán ha degollado a su propia hija de 18 años en Italia, por el gran ‘pecado' contra Alá de haberse enamorado de un cristiano.
El Islamismo es una religión machista y conquistadora que se propuso extender sus dominios en la Edad Media y que retrocedió al ser expulsada por los ejércitos cristianos una y otra vez. Pero no desfallece y hoy parece que quiere intentarlo de nuevo, siempre al grito guerrero de "¡Alá es grande!" o con métodos más ocultos y sofisticados Como en otros tiempos los cristianos, el Islam mata hoy en el nombre del Dios Clemente y Misericordioso a todo aquel que se oponga a su fe, compatible con las más sangrientas actuaciones, como la autoinmolación por motivos políticos. Es la triste y nefasta consecuencia de todo monoteísmo intolerante. Pese a tanto fanatismo, el Islam (palabra que significa ‘sumisión' a Alá), que está dividido en dos ramas, incompatibles entre sí (Javier Martín, Suníes y Chiíes, los dos brazos de Alá, Catarata, 2008)), y cuyos mensajes son potencialmente violentos (Antonio Elorza, Los dos mensajes del Islam, Ediciones B, 2008), predica la bondad de las acciones, la inmortalidad del alma, la resurrección y el juicio universal, lo mismo que su eterna competidora, la religión cristiana, como que ambas se alimentan de la misma savia, el Antiguo Testamento judío.
Aunque el Corán se escandaliza de la fe cristiana en Jesús como "hijo de Dios" (Corán, 19:17-29¸21-91), lo venera como profeta que inspira su propia búsqueda espiritual. Esta veneración no impide en la actualidad las persecuciones, porque, así como los islamistas son acogidos y respetados en los países democráticos occidentales, los cristianos sufren acoso, torturas y asesinatos en más de 50 países musulmanes. Excepto en Jordania, que disfruta de libertad religiosa, en Arabia saudí impiden no sólo la construcción de templos católicos, sino la exposición pública de la cruz. En Egipto los católicos carecen de opciones para practicar libremente su fe y se les niega la posibilidad de tener representación política. En Irán los conversos al cristianismo son perseguidos a muerte, y en Pakistán la minoría católica está tan humillada y escarnecida que el obispo católico John Joseph se suicidó en 1998 para protestar por la persecución y condena de sus fieles. (¡Una manera no muy católica de protestar!).
Sin embargo, no hay que considerar a todos los musulmanes como ideológicamente integristas, sino que de su seno, históricamente, han brotado personajes insignes por su caridad, su amor a la belleza, a las ciencias y a las artes, que fecundaron la barbarie europea medieval.. En Andalucía (al-Andalus para los musulmanes) dejaron huella profunda después de casi ocho siglos de dominio del valle del Guadalquivir. Debemos a su cultura el maravilloso minarete almohade de la Giralda sevillana, y la inefable mezquita de Córdoba, desgraciadamente amputada por los reyes cristianos. Sin contar la herencia filosófica y científica, económica, medicinal, palaciega, gastronómica y sensual que ha beneficiado tanto a los pueblos de Occidente (J. Vernet, Lo que Europa debe al Islam de España, El Acantilado, 1999). Pero el respeto, la gratitud y la admiración -si las hay- no son recíprocas.
Unos y otros aseguran que nadie entrará en el paraíso hasta después del Juicio Final, después de una aniquilación general que precederá a la resurrección de los cuerpos, perfectos e incorruptibles, que serán juzgados por Alá y sentenciados al infierno o al paraíso eternos. Paraíso que para los musulmanes es tan fantasioso y falaz como el cristiano: ríos de leche y miel para satisfacer el gusto y doncellas eternamente (?) vírgenes y efebos para satisfacer la sexualidad de los elegidos (¡siempre varones!) en un ininterrumpido gozo sensual. Lo más curioso de esta doctrina de ‘salvación' es que a todos los elegidos les será concedida la gracia de que el ‘Altísimo' los invitará a visitarle todos los viernes (?). No obstante, las diferencias doctrinales son tan grandes que nunca han logrado superar el antagonismo que ha llevado a esas dos religiones monoteístas a enfrentarse en el pasado, con enorme derramamiento de sangre, y en la actualidad amparando la destrucción de Occidente, por obra del terrorismo fanático. (Continuará).
servido por Francisco
sin comentarios
compártelo
27 Marzo 2009
El mito de la divinidad (3)
En el idioma español, como en los demás idiomas europeos, la palabra Dios es consustancial a las costumbres sociales, ya que toda la historia de Occidente se ha fraguado, desde el Imperio Romano, en el proyecto ideológico judeo-cristiano. Incluso jurar, pese a estar prohibido, todo acto humano se hace en nombre de Dios, desde el saludo a la despedida, desde la imprecación a la injuria, desde la bendición a la maldición, desde el bautismo a la sepultura. En el riquísimo refranero español, según el Diccionario de refranes publicado por la Real Academia Española (1975), hay cerca de cien refranes alusivos a Dios, en los que el hispano-hablante se somete a la voluntad divina, reconociendo su poder sobre la vida. Es Dios quien ayuda, oye, castiga, juzga, concede beneficios, obra milagros a quien los pide con fe. (Baste citar los más conocidos: "A quien madruga, Dios le ayuda", "El hombre propone y Dios dispo- ne", "A la mujer casta, Dios le basta", "Dios aprieta, pero no ahoga"). ¿Somos conscientes de que apelamos a un ‘fantasma inventado'?
Pero este concepto sociológico de Dios no ha sido siempre el mismo. Ha evolucionado, como es lógico, al mismo ritmo que lo han hecho las distintas y sucesivas civilizaciones que lo han acuñado en los cincuenta y tantos siglos de historia. La ‘invención' del concepto de Dios, que comienza con un homínido temeroso y asombrado, ha continuado en una incesante labor ‘creativa' de un ser humano en creciente progreso intelectual. El Dios bíblico apenas tiene tres mil años de vida, aunque se puedan rastrear sus orígenes en civilizaciones anteriores, porque no hay una divinidad que no haya tomado algo de las precedentes. El atributo más antiguo y el que se ha mantenido con más fuerza a lo largo de la historia humana es el de Dios ‘creador', porque es el enigma que más ha intrigado al hombre de todos los tiempos. En la Tercera Parte de este libro habrá ocasión de tratar de los atributos del dios bíblico, así como de la sorprendente teoría de la íntima relación del monoteísmo hebreo con el monoteísmo egipcio.
Hasta ahora, se ha tratado de Dios como un Ser cuya masculinidad se da por supuesta. Pero no siempre ha sido así. Durante milenios los panteones religiosos eran dominados por divinidades femeninas, algo fácil de entender si advertimos que las primeras formulaciones acerca de una divinidad generadora se hacían por analogía entre los hombres del Paleolítico. La fecundidad era inseparable de lo femenino. Sólo quien posee el maravilloso poder de ‘dar' la vida en el mundo animal, es capaz de originar todo cuanto perciben nuestros sentidos. De forma tajante lo afirma P. Rodríguez: "Durante más de veinte milenios no hubo otro dios que la Diosa paleolítica", adjuntando una relación estadística de las principales imágenes de diosas veneradas por el hombre paleolítico desde hace unos treinta mil años hasta el III milenio a.C. y conocidas gracias a las representaciones iconográficas de Europa y Oriente Próximo. "Resulta absolutamente indiscutible que la primera deidad que ‘gobernó' el destino de la humanidad fue una figura de carácter femenino vinculada, de modo íntimo y directo, con los elementos y sucesos básicos que posibilitan y sustentan la vida". (Dios nació mujer, Ediciones B, 1999). Aunque, luego, al cambiar drásticamente la forma de vida de los humanos, pasando de la cueva y el nomadismo a la agricultura y el sedentarismo, a las ciudades-estado, a la propiedad privada y a las guerras de conquista, la mujer comenzó a perder posiciones en la organización social y las diosas dejaron paso a los dioses varones, y tan pronto como apareció la monarquía (c.3200 a.C.) el rey se presentó como un dios terreno, intermediario entre hombres y súbditos. Historia y novela se confunden.
En cualquier caso, su falsedad ya fue reconocida y anunciada por los grandes pensadores, como el romano Cicerón, que rechazó las ideas de los filósofos griegos sobre las divinidades paganas, considerándolas "ensoñaciones de unas personas que desvarían", lo mismo que los poetas, los adivinos y los magos, pero sobre todo la masa social, el vulgo, "cuyas creencias, por ignorancia de la verdad, se desenvuelven dentro de una falta de rigor absoluta" (De natura deorum, libro I). Cicerón, no obstante, defendía la existencia inmaterial de los dioses, "puesto que tenemos de ellos un conocimiento interior, innato". Pero rechaza la figura antropomorfa, porque "la apariencia humana se asignó a los dioses por una especie de decisión que tomaron los sabios para que el espíritu de los ignorantes pudiese ser conducido con más facilidad hacia el culto divino". La belleza ‘humana' de los dioses fue obra de los artistas. No ocurría así en otros pueblos como los egipcios, los sirios y otros, que adoraban a los animales por su carácter benéfico. (De natura deorum, Gredos, 1999).
Como los ‘dioses inventados' son un trasunto de su inventor humano, se les adjudican en las diferentes religiones los mismos atributos, virtudes y vicios de sus inventores, naturalmente aumentados y exagerados, como corresponde a su ‘imaginada' omnipotencia. La obra colectiva de la Biblia, con la biografía hiperbólica de Yahvéh, es el mejor de los ejemplos. Ese dios bíblico, como veremos, es codicioso, vengativo, cruel, implacable y soberbio, al mismo tiempo que puede ser misericordioso, comprensivo, amante de sus hijos y caudillo de su pueblo. El único vicio que no parece haber ‘heredado' de sus ‘creadores' es la lujuria. Quizás porque este dios único no tenía a su lado nadie con quien practicar la vida sexual. En cambio, en el politeísmo, entre los dioses de la antigüedad clásica, como entre la comunidad de la especie humana, había de todo: obsesos sexuales, homosexuales, bisexuales, hermafroditas, travestidos, fieles, infieles, castos y adúlteros, promiscuos y afeminados, andróginos y ninfómanas...Una variedad de perversiones que permitía a cualquier humano sentirse ‘cómodo' en su presencia. (Sabino Perea, El sexo divino, Aldebarán, 1999).
La ‘invención' intelectual de los dioses parece deberse a una necesidad de cohesión social. Así se comprenden las palabras de Voltaire que, en 1774, escribía sobre la cubierta de un libro de Helvetius, unas palabras en francés que, traducidas al español, darían como resultado la conocida frase: "Si Dios no existiera, habría que inventarlo". Y en su Diccionario filosófico, al refutar a Hobbes, admite la necesidad de creer en un Ser supremo, como "preciso para el bien común, que nos sirva a la par de freno y consuelo", en nuestra "desgraciada existencia". Se trata de una "falacia conativa", que diría Puente Ojea. Ese Dios-Consolador es necesario para muchos, pero esa necesidad no demuestra su existencia. Es más, se admite cualquier sustituto, sea cual sea. A este respecto, escribe Paul Johnson (La búsqueda de Dios. Un peregrinaje personal, Planeta, 1997): "La sociedad civil necesita un Dios. No importa cuál"
Es la estrategia político-social de muchos países. En 1954 el Congreso de los Estados Unidos de América incluyó la expresión Under God en el voto de lealtad a su país que Lincoln usó en el discurso de Gettysburg. Y dos años después aparecía en los billetes del dólar la expresión In God we trust (‘Confiamos en Dios'). ¿En qué Dios? En cualquiera. El Presidente Eisenhower proclamó esa necesidad, arropada por la indiferencia: "Nuestro Gobierno no tiene sentido a no ser que esté fundado sobre una fe religiosa profundamente arraigada, y no me importa de qué religión se trate". Más claro imposible. Al puritanismo americano no le importa el individuo sino la colectividad, no la verdad sino la utilidad. La ‘emoción sagrada', el ‘misterio sagrado' que es la base de la religión, ha dejado de existir. Pero una creencia es absolutamente necesaria para el control social, como se ha comprobado en todas las civilizaciones. En esa misma línea, el filósofo ateo Daniel Dennet sostiene que la religión surge en las sociedades humanas como un fenómeno natural, para mejorar la cooperación dentro de los grupos humanos. Es un producto más de la evolución, sin necesidad de aventurar un origen sobrenatural. (Continuará).
servido por Francisco
sin comentarios
compártelo
13 Enero 2009
Mucha gente sigue sin creer en la teoría evolutiva (¿cómo voy a ser pariente de los monos?) pero la Ciencia, aunque pueda ir modificando sus postulados, en esto parece que ha llegado a un consenso universal. Aquello de Adán y Eva comiendo manzanas no pasa de ser un cuento infantil, sólo creído por los más fervorosos ignorantes. El hombre actual desciende, por evolución natural, de unos ancestros que, hace millones de años, dieron origen, por los misteriosos caminos de la genética, a varias ramas de homínidos, entre ellos nosotros, los homo sapiens sapiens. No es que el chimpancé ni el orangután, ni el gorila, sean nuestros hermanos, pero sí son nuestros primos lejanos. Adán, el progenitor de nuestra especie, vivió en África hace unos 270.000 años, según el profesor Robert Dorit, de la Universidad de Yale, pero cuyos descendientes no se aventuraron a expandirse por los demás continentes hasta pasados doscientos mil años. Especie que se diversificó en diferentes ramas, muchas de ellas desaparecidas, como la del ‘visitante' de la Edad del Cobre cuya momia fue encontrada en 1991, en plenos Alpes italianos, a 3.270 metros de altitud. Congelado durante cinco milenios, el análisis de su genoma permitió establecer que pertenece a una rama del homo sapiens que se extinguió hace mucho tiempo, sin dejar más huella de su paso por este mundo de este ‘hombre de Ötzi' alpino.
En la reproducción a tamaño natural de los homínidos que hoy podemos contemplar en el Museo de Ciencias Naturales hay un aspecto que me llama la atención: la ausencia, bastante llamativa, de un vello abundante por todo el cuerpo que mitigara los rigores del frío invernal, al alejarse de la zona ecuatorial. Según dice Spencer Wells, Director del Proyecto Genografic, quien completa lo establecido por el profesor Dorit, los humanos venimos de una familia africana que vivió hace sesenta mil años (escasamente unas dos mil generaciones) y que emigró por la costa africana hasta llegar a Australia; otra oleada lo hizo hace cuarenta y cinco mil años hacia oriente Medio, expandiéndose diez mil años después por Europa; finalmente, una tercera emigración se internó en América por el norte de Siberia hace tan sólo veinte mil años..
Los seres humanos pertenecemos a una sola especie, como se ha demostrado a lo largo de la historia, que se caracteriza por las continuas migraciones y cruces interraciales. Juan Luis Arsuaga afirma taxativamente: "Las tesis racistas no sólo son éticamente abominables, también son científicamente falsas" (El collar del neandertal, Temas de Hoy, 1999). Lo que llamamos ‘razas' humanas son categorías definidas por razones históricas, sociales y culturales. (Véase el libro de Juan Luis Arsuaga/ Ignacio Martínez, La especie elegida: La larga marcha de la evolución humana. 11ª ed. Temas de Hoy, 1998). Marcha que se inicia en el Pleistoceno y aún continúa. Según Francisco Mora, catedrático de Fisiología en la Complutense de Madrid, hubo un momento en la vida de ‘los primeros Adanes', fundamental para su evolución, la llamarada del fuego, que le permitió cocinar los alimentos. "El fuego, espontáneo o producido por él mismo, debió cautivar a los primeros homínidos desde hace ya un millón de años". A las ventajas del calor y la protección contra los demás predadores, se sumó la de cocinar y calentar su dieta diaria, "un fenómeno único y distintivo de la especie humana, que transformó su cerebro" (ya de por sí en constante evolución, por otras causas genéticas).
No existen las razas, ya que todos los humanos se pueden aparear entre sí y los rasgos superficiales no indican pertenencia a especie diferente, sino a diferentes culturas; lo que importa es el genoma, prácticamente idéntico en todos los seres humanos. Es decir, que procedemos de un mismo tronco familiar, si nos atenemos a lo que dicen los genes estudiados."La mayoría de los europeos, afirma Wells, el 80% tiene sus antepasados en el Paleolítico, en los cromañones, que son los que salieron en la segunda oleada de emigración de África, y llegaron a Europa Occidental hace unos 35.000 años. Pero hay un 20% de las muestras genéticas europeas que procede de Oriente Medio hace sólo 10.000 años. Fue allí donde la gente comenzó a plantar vegetales y a domesticar animales". Parece que los descubrimientos paleontológicos sustentan la precisión de las fechas, que debemos aceptar, como el cambio de color en el transcurso de las generaciones, puesto que "al ir hacia el norte geográfico, se perdió la melanina de la piel para sintetizar la vitamina D". Pero nada se dice de la pérdida del vello corporal ni se cuestiona la fealdad de nuestros salvajes antepasados (S.Wells, Nuestros antepasados, RBA, 2007). La génesis de la diversidad humana actual ha sido estudiada por dos biólogos catalanes, Jaume Bertranpetit y Cristina Junyent, en Viaje a los orígenes. Una historia biológica de la especie humana, Península, 2000).
La belleza humana idealizada no afloró en el arte hasta unos 500 años antes de nuestra Era, en la Grecia clásica, donde se consiguió, sobre todo en la escultura a tamaño natural, la ‘divina proporción' que parece sustentar (hasta el siglo XX) la belleza ‘canónica'. En el siglo XVI, con el triunfo del idealismo renacentista, los pintores contribuyeron a dar alas a la imaginación para elevar a nuestros primeros padres a la cima del canon estético. Lukas Cranach, Hans Baldung Grien, Alberto Durero y otros maestros, siguiendo las huellas del clasicismo griego, fueron los primeros en dar vida con el pincel a una pareja de progenitores de los que la humanidad pudiera sentirse orgullosa, sin demasiados rasgos salvajes. La belleza renacentista se impuso a la verdad histórica.
Lo que la Ciencia va descubriendo es algo muy distinto. Ya nos habían dicho que los primeros españoles (el "homo antecessor" de Atapuerca) eran grotescos y crueles caníbales, que sólo se diferenciaban de otros simios por el volumen de su cerebro (La tasa de crecimiento neuronal del homo añade a las de esos ‘parientes' unas 250.000 neuronas por minuto en los dos primeros años de vida. Esta parece ser la clave de la hominización). Pero hace unos años nos hemos enterado de algo más trágico: su canibalismo era selectivo, ya que preferían la carne más tierna de los niños, antes de llegar a la pubertad. Y nada de rituales religiosos. Era la elección libre de la dieta. ¿Serían sus propios hijos los sacrificados? Para no llegar al abismo de la crueldad, prefiero pensar que eran los hijos de tribus rivales. Esto nos ayuda a entender la conducta agresiva del hombre actual, de cuyo cerebro no han desaparecido totalmente esas tendencias del hombre primitivo.. Tanto los neandertales como los cromañones eran, pues, de naturaleza violenta, sin más horizonte vital que la supervivencia en un mundo hostil, sin nociones de moralidad, que no sabían distinguir el bien del mal, como falsamente sugiere la historia sagrada. Los neandertales, los españoles al menos, eran de piel clara y pelirrojos, además de tener el grupo cero sanguíneo, como ha quedado establecido por los restos fósiles de la cueva asturiana de El Sidrón, habitada por ellos hace 43.000 años. Pero, además, ambos eran feos para los gustos estéticos actuales, de una fealdad que nos asusta, como hoy nos pueden asustar nuestros primos los gorilas, orangutanes y chimpancés, con quienes compartimos un antepasado común que vivió hace la friolera de 12 millones de años..
Pero si esta apariencia grotesca la pudiéramos aceptar en Adán, ya que, como dice el refrán, "El deseo hace hermoso lo feo", resulta inaceptable para nuestra vanidad una madre Eva con esos rasgos simiescos, con hijos e hijas tan repulsivos como ella. Por cierto, ¿qué se sabe de las "hijas de Eva"? Responde a esta pregunta el profesor de Genética de la Universidad de Oxford, Bryan Sykes, que reduce a siete las que dieron vida a las diversas tribus europeas, aunque separadas por miles de años. Incluso les pone nombre: Úrsula, Helena, Tara, Katrine, Xenia, Velda y Jasmine. Siguiendo la pista de la "Eva mitocondrial", "raíz de todos los linajes maternos de los seis mil millones de habitantes del mundo", puede afirmar que "sólo el linaje de Eva ha sobrevivido sin interrupción hasta la actualidad. Los demás se extinguieron" (Las siete hijas de Eva, Debate, 2001). (Continuará).
servido por Francisco
sin comentarios
compártelo
8 Enero 2009
Nuestras células ‘saben' que tienen los días contados si son sanas, pero muy pocas personas conocen que las células cancerosas, es decir, las enfermas, son prácticamente inmortales, porque se multiplican en clonaciones que sólo cesan con la muerte, cuya llegada facilitan. La responsable, según los biólogos, es una enzima de nombre ‘telomerasa', en cuyo estudio se vuelcan hoy numerosos científicos, para retrasar, que no borrar, la fecha de la putrefacción corporal. La biomedicina nos puede ayudar a seguir viviendo el máximo posible, ya que los estudios más actuales se encaminan a la prolongación de la juventud, actuando sobre los genes, de los que hablaremos más adelante. Pero, pese a todo, el angustioso sentir y vivir es inseparable de la condición humana.
Las diferentes doctrinas de ‘salvación' no han hecho más que multiplicar las causas de la angustia existencial, convertida en ‘angustia de la culpabilidad' La entrada del pecado en la cultura humana, sobre todo con la fantasiosa doctrina cristiana del pecado original, ha supuesto un nuevo origen de angustia para el creyente, que vive temeroso de su culpa y de su probable expulsión del edén imaginado. La filosofía existencialista del siglo XX, encabezada por el fiel protestante danés Sören Kierkegaard (El concepto de la angustia, Espasa-Calpe, 1979) , para quien "la angustia es consecuencia del pecado original", ha significado un revulsivo agónico para las personas angustiadas por su futuro eterno, dependiente de la propia culpa, real o imaginada. En las redes de la filosofía de la angustia han caído ilustres pensadores, como el español Miguel de Unamuno (El sentimiento trágico de la vida), en perpetuo balance entre la esperanza en un dios salvador y la angustia de una culpa irredenta, que destruye esa esperanza. El no-creyente vive con más libertad de pensamiento, sin que la angustia -que siente como los demás- llegue a destruir la emoción de sentirse vivo, disfrutando del presente.
Las firmes creencias en los mitos cristianos han golpeado con fuerza en el corazón de los creyentes hasta límites de crueldad, basando las causas de la angustia en el miedo al castigo más que en la posible pérdida de la unión mística con la divinidad. A ello han contribuido las obras de arte sufragadas por el estamento eclesiástico, que desde la Edad Media, tras las fallidas profecías acerca del fin del mundo al finalizar el primer milenio de nuestra Era, se volcaron en plasmar en mármoles y pinturas los imaginados castigos del infierno. El arte románico, primero, y después el gótico, pusieron delante de los ojos las más atroces escenas de sufrimiento que debían padecer los esclavos de sus pasiones. No hay más que darse una vuelta por las catedrales francesas de los siglos XII y XIII para evidenciar esta nueva pedagogía del castigo impulsada por la Iglesia del misericordioso Cristo. Nôtre-Dame de París es la primera, pero no hay que desdeñar las fachadas de la catedral de Amiens, en la que un monstruoso dragón devora a los condenados, como en la bellísima Santa María Magdalena de Vézelay. El dragón es sustituido por un Satanás hambriento devorando a los pecadores en la iglesia parroquial de Conques y en el baptisterio de San Giovanni, en Florencia, entre otros monumentos de toda la cristiandad.
Obsesionado por la angustia del pecado, un grandioso cuanto enigmático pintor del Renacimiento, el Bosco, dejó plasmados en sus imaginativas obras, tanto los placeres del cielo (El jardín de las delicias) como los actos pecaminosos a que se entregan los humanos (La mesa de los pecados capitales). Aunque sería interminable la simple nómina de este tipo de obras artísticas, tan intimidatorias como falaces, no quiero dejar de recordar una pintura mural de la bella biblioteca del monasterio español de San Lorenzo del Escorial, del siglo XVI, en la que se retratan fielmente los horrores que sufren los pecadores en las ‘calderas de Pedro Botero', según la enseñanza católica. Tan activa ha sido la Iglesia Católica (y también la puritana Reforma) en su estrategia de lucha contra el pecado que alguien ha podido catalogarlos en un volumen de más de quinientas páginas (Jorge Vigil Rubio, Diccionario razonado de vicios, pecados y enfermedades morales, Alianza Editorial, 1999).
El miedo al pecado, causa de la condenación eterna, ha llevado a los más extremistas creyentes a la reclusión total en la soledad del desierto, de las cuevas roqueñas o de los monasterios de vida regular, dando origen al fenómeno del monacato, tanto oriental como occidental, cuya motivación no puede ser otra que la angustia existencial llevada a sus últimas consecuencias (Juan María Labra, Atlas histórico de los monasterios, Ed. San Pablo, 2004). Incongruencia sobre incongruencia en la doctrina cristiana. El Creador de todo lo es también de la sexualidad humana, con los placeres que conlleva, pero, al mismo tiempo, condena el sexo como el pecado más abominable, alentando la abstinencia como la mayor de las virtudes. En definitiva, el sexo, predicado como causa del pecado, es el culpable, a su vez, del delirio angustioso que conduce a los más extravagantes comportamientos, como la castración ‘por amor de Dios'. Una noticia actual, fechada en Salamanca, nos hace saber que "un hombre de 30 años de edad se mutiló el pene y lo tiró posteriormente al retrete de su domicilio, asegurando que lo hizo para no pecar más". El muy ignorante no sabía que el deseo sexual no procede del pene, sino de los testículos, cuya emasculación constituye la verdadera ‘castración'.
En suma, la angustia existencial, que tiene su raíz en la realidad de la muerte, se aumenta hasta límites grotescos cuando interviene la religión, con sus falsas promesas y sus nefastas amenazas. Aunque todavía un cuarenta por ciento de los científicos dicen creer en algún dios (según la encuesta realizada por E.J.Larson y L.Withman, publicada en la revista Nature, 1996) la soterrada batalla entre fe y ciencia algún día tendrá que inclinar la balanza del lado de la segunda, definitivamente, como parece razonable, contra la opinión de Ian G. Barbour, que propone en Religión y ciencia (2004) una religión descafeinada, que asuma tanto la fe como la ciencia, en una especie de ‘consenso', incompatible con los postulados científicos y con la esencia doctrinal de las religiones. Aunque no se descubran nunca todos los misterios de la naturaleza, lo realizado hasta hoy es suficiente para admitir que la idea de un dios creador, providente y amoroso juez es absurda y pueril, incompatible con la razón, por más que se sustente en poderosos sentimientos y la apoyen los sumos pontífices. La religión no es verdadera porque sus militantes estén en mayoría, ya que la religiosidad es íntima y personal, y en muchos casos cuestión de costumbre y apariencia social. Quien sea feliz aceptando una fe, que se abrace a ella, pero sin impedir que los demás puedan buscarla en otra parte. (Continuará).
servido por Francisco
sin comentarios
compártelo
30 Junio 2007
Voy, como en peregrinación, en busca de la Colina sagrada (Kryziu Kalnas) que descuella, siendo tan poca cosa, en las infinitas llanuras del norte de Lituania. El nombre bien podría ser el de una superproducción cinematógráfica en los años dorados de Cinecittà. Pero no. Su nombre evoca la “santidad” de un terreno que se eleva a muy poca altura en la región báltica de Siauliai. Lugar bendecido por el papa Juan Pablo II, y que la cristiandad venera como altar del sacrificio. Miles y miles de peregrinos dejan allí, clavadas en tierra, las cruces de madera que, de todas formas y tamaños, simbolizan el testimonio de fe de muchas generaciones. Pisar aquella colina supone, para los creyentes, un acto de solidaridad comunitaria en la misma fe católica, pero también un desagravio a tanta sangre derramada por esa fe. Comenzó siendo un cementerio de cuerpos, pero después se convirtió en un semillero de ideales compartidos del que se espera broten nuevas flores de santidad. Hoy día, las cruces allí clavadas no son sólo ni mayoritariamente lituanas, sino que provienen de todos los rincones del mundo católico
El lugar, sin mayores connotaciones sagradas que el recuerdo de los mártires que han derramado la sangre por sus creencias religiosas desde hace tres siglos, no tiene nada de misterioso, conmovedor o místico. Es, más bien, una vulgar colina, de aspecto tétrico y repulsivo, venerada por los fieles católicos, sembrada de cruces, símbolos de una fe que, en sus orígenes, fue la misma fe del patriarca Abraham, el hebreo elegido como “padre de los creyentes”, aunque después se bifurcara en dogmas y ritos diferentes para reverenciar, amar y obedecer al mismo dios creador.
La historia de la colina está vinculada a la defensa política y religiosa de los lituanos frente a los despóticos caprichos del zar de todas las Rusias, dispuesto a implantar la ortodoxia en todos sus dominios. En 1831 y 1863, fechas de esas rebeliones bañadas en sangre, los rebeldes lituanos, básicamente católicos, fueron enterrados aquí y recordados con una cruz, símbolo cristiano por excelencia. Pasados los años y los motivos iniciales, la piadosa costumbre se ha institucionalizado y las peregrinaciones de católicos romanos se multiplican, dejando todas su recuerdo en forma de cruz, comprado allí mismo, entre otros objetos religiosos cuya venta produce no pocos beneficios a los dueños de tan singular mercadillo. Lituania muestra así su ferviente sumisión a Roma, a pesar de lo deseos zaristas y de haber sido invadida en el siglo XVI por las ideas luteranas que aún conservan los países vecinos.
Son muchas las reflexiones que provocan la vista de esta superpoblada y muy visitada santa colina. La más llamativa es el mal gusto dominante en la ordenación (inexistente) en la colocación de las cruces, clavadas a ambos lados del camino ascendente de la colina, donde la cruz más reciente roba espacio y prioridad a la más antigua, sin orden ni concierto. El caos se reproduce al constatar que el tamaño de la cruz se corresponde con el precio que se paga por ella, y que los menos favorecidos cuelgan sobre las cruces de mayor tamaño otras más pequeñas, imposibles de clavar en tierra. El capricho más absoluto se impone sobre la disciplina porque no existe allí ninguna autoridad ni civil ni eclesiástica que la ordene
Lo fundamental es que los peregrinos evocan con respeto y veneración a los mártires católicos sacrificados por su fe, en cualquier época o país, y en cualquiera contienda de enfrentamiento, generalmente religioso, aunque sea de hermanos en la misma fe original. El origen lituano ya se ha convertido en recordatorio universal de la sangre derramada en defensa de las creencias católicas. Y el catolicismo oficial, tan aficionado a coleccionar reliquias de santos, encuentra en esta colina un relicario ideal, aclamado y reverenciado por el pueblo, en cuyas entrañas se conservan el cuerpo y la sangre de miles de católicos enfrentados a la herejía ortodoxa de los zares. Un cementerio santo, una colina sagrada donde sólo reposan los rebeldes lituanos y polacos ¿Se ofrecieron todos voluntariamente al sacrificio? Poco importa.
La Iglesia católica reserva para ellos un sitio preferente en el cielo de los santos, aunque el triste recordatorio de la muerte se imponga sobre la alegría de saber que todos ellos alcanzan la gloria celestial. Como ocurre con el Islam y su promesa de un paraíso hedonista al fanático que se suicida aniquilando infieles
Pero no puedo evitar la denuncia de la hipocresía católica, que con tanta reverencia se ocupa de sus mártires y olvida la sangre, los caudalosos ríos de sangre que ella misma ha provocado en las innumerables guerras de religión en las que ha participado, contra sus propios hermanos en la fe bíblica. Nadie puede olvidar el genocidio de los cristianos cátaros de Francia en el siglo XII, a los millares de musulmanes masacrados por los cristianos en las Cruzadas medievales, a los fieles a la ortodoxia eslava, a los millones de cristianos “protestantes” que regaron con su sangre los suelos de Europa en el siglo XVI, las “cacerías” de brujas, blasfemos, bígamos, judaizantes y herejes que cayeron bajo las férreas manos de la Inquisición, en torturas sin piedad, condenas injustas, muertes a garrote vil o en hogueras donde los pecadores purgaban sus culpas ideológicas a fuego lento. La Iglesiacatólica sólo se ha portado bien con los suyos, cuyo recuerdo sustenta, anima y fortalece la represión moral que ha de mantener a los fieles en la verdad, en su” verdad, frente a la “otra” verdad, defendida por creyentes tan fanáticos o más que ellos
Pero no tienen nada de extraño estos comportamientos sanguinarios en las religiones bíblicas, obedientes servidoras del más sanguinario de todos los dioses que imaginó la antigüedad. Prescindiendo de toda otra reflexión sobre la existencia de algún dios, es imposible absolutamente que Yahvéh, el odioso dios de "la Biblia", aceptado y venerado por judíos, cristianos y musulmanes, tenga algún parentesco con ninguna clase de divinidad. Es el dios del desprecio absoluto por las criaturas ¡”no elegidas”! por él, a las que persigue a muerte. ¿Qué tiene de extraño que sus seguidores –judíos, musulmanes y todas las sectas cristianas- sigan su ejemplo y no tengan reparo en derramar la sangre del “enemigo” en su (destructiva) fe?
La “colina sagrada” lituana es una simple muestra más del arraigado fanatismo cristiano y de la irracionalidad que se perpetúa, generación tras generación, en millones de personas adultas incapaces de reconocer la superstición y de seguir la senda de la racionalidad. El sentimiento religioso es individual e intransferible, como lo es la prometida salvación. Fetiches como esta colina sirven tan sólo para cohesionar a un grupo, uniendo con el pegamento de la fe compartida las esperanzas individuales. Aunque a nadie perjudiquen estos rituales de muerte, son letales para un futuro en el que la humanidad llegue a ser patrimonio de la razón, lo único que nos dignifica en el cómputo general de la biodiversidad. Vandalio
servido por Francisco
sin comentarios
compártelo
15 Diciembre 2006
.jpg)
Cristo crucificado de B. Cellini
San Lorenzo de El Escorial (Madrid)
En el largo proceso de la hominización (¿un millón de años?) la mente humana tuvo que ir “humanizándose” lentamente (“Natura non facit saltus” decían los antiguos). Ignoro (aunque temo que no) si hemos llegado en la actualidad a la perfección última y definitiva del cerebro. (¿Podremos seguir evolucionando?)
En cualquier caso, imagino la inmensa perplejidad del homo sapiens, desde sus comienzos, ante lo que contemplaba como “extraño”, la naturaleza y los demás seres vivos que le rodeaban, sin percatarse de que él también formaba parte de esa naturaleza. Es lógico que una de esas “extrañezas” fuese todo lo relativo a la concepción, nacimiento y muerte de un nuevo ser. Las preguntas no se hicieron esperar: ¿Por qué se necesitan dos individuos “complementarios” para dar origen a una nueva vida? ¿Por qué el sexo produce placer? ¿Por qué el parto produce dolor? Son enigmas que han acompañado a la humanidad durante miles de años y han dado origen a variadas interpretaciones que, en último término, siempre conducen al responsable de la vida, que para la inmensa mayoría, siempre es el creador.
Hemos de hablar, por tanto, del sentido religioso del cuerpo y de la sexualidad, un misterio que fascina, al remitir la respuesta a los tiempos oscuros, cuando el dios desconocido, imaginado, tomó la decisión de la separación de sexos. ¿Y cual sería el sexo del dios? Durante los primeros milenios, la creencia más extendida fue de la considerar a la divinidad con cuerpo femenino, porque, como escribe P. Rodríguez: “Ese ser invisible y todopoderoso sólo podía ser mujer, jamás varón. Solamente quien posee el maravilloso poder del parto puede ser tomado, por analogía, como capaz de originar cuanto está vivo” (Dios nació mujer, 1999). Así, como dice el mismo autor, “las diosas femeninas dominarán los panteones religiosos...Durante más de veinte milenios no hubo otro dios que la Diosa paleolítica”. Es lo que nos dicen los vestigios conservados de aquellas épocas de pasos vacilantes y temerosos: las imágenes femeninas de arcilla con el pubis remarcado, pinturas rupestres de vulvas estilizadas, vientres grávidos de una hembra humana: era la Gran Diosa.
Los egiptólogos saben que, antes de la unificación del Bajo y Alto Egipto, a comienzos del siglo XXXI a.C., eran dos, la “Diosa Buitre” y la “Diosa Serpiente”, las diosas dominantes en ambos reinos. Más tarde, en la antigua Grecia, fue la diosa Gea, la Tierra, la “madre de todos los dioses”, título que le arrebató su nieto Zeus. Y en la misma cultura griega, como en las culturas mesopotámicas, el mito se transformó, en beneficio de los dioses masculinos, cuyos ídolos fueron apareciendo hacia el milenio VI a.C. Entonces, todos los dioses jóvenes que cumplían como amantes de la Diosa eran hijos de la propia Diosa, y debían ser sacrificados anualmente. Recordemos los mitos de las relaciones incestuosas de Afrodita y Cibeles con sus respectivos hijos, Adonis y Atis. Como afirma Gerda Lerner, “el código de Hammurabi (1750 a.C.) señala el comienzo de la institucionalización de la familia patriarcal” (La creación del patriarcado, 1990). De forma similar a las sociedades mesopotámicas, el pueblo hebreo, al organizarse como sociedad confederada de tribus, adoró a un dios varón, de perfil absolutista, guerrero y muy varonil, relegando a la mujer, y por ende a la Diosa Madre, a un papel secundario.
La evolución de los mitos en la Grecia clásica fue algo diferente. Zeus, que es llamado “Metropator” (es decir, Padre y Madre) en un himno órfico, se comporta en sus relaciones como un ser tanto heterosexual como homosexual, es decir, bisexual. Se cuentan sus numerosas conquistas femeninas (transformándose en cisne, en toro, en lluvia de oro) pero también las tuvo con jóvenes masculinos, como el bello Ganímedes, al que rapta transformado en águila. Incluso se comporta como hembra, al ser emasculado, y se saja la ingle, como cuenta Dionisio, para hacerse una cavidad al modo de vagina, que le pudiera permitir el parto de su hija Atenea. Otros tres dioses, hijos de Zeus, son concebidos sin concurso de mujer: Dionyso, Agdistis y Adonis, divinidades bisexuales. En el mundo clásico tanto la bisexualidad como el travestismo, cambio de sexo y de rol, las violaciones y castraciones, el hermafroditismo, la zoofilia y la androginia son palabras de uso común, aunque en Roma los niños nacidos andróginos, es decir, con los dos sexos, eran sacrificados nada más nacer, como seres mostruosos y portadores de maleficios, arrojándolos al mar o siendo enterrados vivos.
Todo esto lo cuenta el doctor Sabino Perea, experto en el mundo clásico, quien añade que “los filósofos neoplatónicos y los cristianos primitivos insistieron en buscar una explicación alegórica –especulativa- para entender el origen del mundo a partir de los elementos macho y hembra primigenios como parte de la divinidad” (El sexo divino, 1999). Uno de los apologistas cristianos, Clemente de Alejandría, explica que Adán era “hombre y mujer” porque estaba hecho a imagen y semejanza de Dios. Las personas creyentes y piadosas pueden escandalizarse, porque las enseñanzas cristianas han omitido siempre tratar del “sexo divino”, quizá para no enredarse en complicadas disputas teológicas, como fue el caso de los ángeles. Los teólogos cristianos nunca han querido tratar el tema y, de hecho, en el catecismo de la Iglesia Católica no se habla para nada del sexo de Dios, porque es un ser espiritual, pero tampoco de Jesús, el “hijo de Dios”, “en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado” (Concilio Vaticano II, “Gaudium et spes”, 22,2). Si es así, ¿por qué avergonzarse de los órganos sexuales de Jesús, siempre ocultados por la imaginería cristiana? Por los mismos años en que se cubrían con “bragas” superpuestas los órganos genitales de las magníficas pinturas de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, el genial escultor italiano Benvenuto Cellini esculpía para el monasterio madrileño de El Escorial, donde se conserva, un espléndido crucificado en mármol, que exhibe sin pudor sus atributos varoniles (y que los devotos monjes de ayer y de hoy ocultan con un paño de seda).
Como es sabido, la intransigencia cristiana sobre todo lo relacionado con el sexo tiene su origen en la doctrina paulina, y después, en las enseñanzas de san Agustín de Hipona, un obseso de la castración sexual, de la culpa de la mujer en la condena del hombre y de la herencia maldita del pecado original. Desde entonces, la Iglesia, que encubre su misoginia con las devociones marianas, aborrece el sexo, que admite sólo, con determinadas condiciones, para la procreación. En la Trinidad, dogma principal de su doctrina, no existe la feminidad. El Espíritu Santo es asexuado, como tal espíritu. El Padre y el Hijo son varones, representados y predicados siempre como tales. Si el hombre fue creado “a imagen y semejanza de Dios” ¿a semejanza de quién fue creada la mujer?
Se debe concluir que, a pesar de tantos siglos de elucubraciones, todavía no se tiene una idea clara, ni siquiera en la doctrina cristiana, de la realidad divina, de las causas de la sexualidad, ni de cómo es posible que seamos la “imagen” de un dios que carece de cuerpo, de sexo y de sentimientos. Porque nada de eso hay sin un cerebro que lo produzca, lo dirija y lo organice. Cabe preguntarse si también nuestro cerebro es “imagen” de Dios, que carece de él. Paradoja tras paradoja, me quedo con la sensación de que el “sexo de los dioses” es un mito tan antiguo como el de los ángeles, un invento del homo sapiens para “humanizar” a los imaginados espíritus, pobladores de sueños y padres de los misterios incomprendidos. Vandalio.
servido por Francisco
sin comentarios
compártelo
25 Noviembre 2006

Psique es seducida por el dios Cupido, símbolo del Amor. Museo del Louvre.
Imagino una noche estrellada. ¡Qué maravilla! Pero el sentido de la vista me está engañando. Mejor dicho, es el cerebro quien recibe la información sensorial y me engaña en una primera etapa. Porque lo que veo me dice que esos puntos brillantes están todos en el mismo plano, inmovilizados. Sin embargo, cuando hago uso de mi razón, ilustrada por mis conocimientos astronómicos, comprendo que esa maravilla es engañosa. No sólo las estrellas están en diferentes planos, a millones de kilómetros, sino que están en perpetuo movimiento, completando un recorrido de unos 250 millones de años de duración en órbita alrededor de la galaxia. La misma Tierra que nos cobija está en rotación permanente, sin que nos demos cuenta. O estamos boca abajo, según nuestros coordenadas, cuando todo sugiere que la cabeza está siempre por encima de los hombros. Pero deshacer el engaño no es fácil para quien no cuenta con los complejos conocimientos necesarios. La ignorancia ha dominado siempre al homo sapiens y ha favorecido el nacimiento de todas las religiones.
“El cerebro nos engaña” es la conclusión favorita del profesor Francisco J. Rubia, quien ha titulado así uno de sus estudios neurológicos (El cerebro nos engaña. 2001). Ya sabíamos que los sentidos no son de fiar, pero, a su parecer, tampoco lo es nuestra razón. Incluso la conciencia del YO también es una ilusión cerebral, que puede almacenar en una vida hasta ciento treinta personalidades distintas, unidas por el hipocampo, órgano que desarrolla su actividad en el sistema límbico, lo más profundo de nuestro cerebro. Como cambiamos continuamente, incluidas las células de nuestro cuerpo, somos unos organismos cambiantes, con la conciencia de haber vivido varias vidas. ¿Soy yo, realmente, en mi madurez, el mismo niño que recuerdo? Ciertamente no, porque uno de los factores que más interactúan en ese cambio es la cultura. Una persona sin estudios, aislada de la sociedad, difícilmente saldrá de la infancia cultural y no vivirá una vida plena de humanidad.
También la espiritualidad es cambiante, se puede provocar mediante experiencias rituales y procesos místicos, muy vívidos en personas sensibles. Desde luego, el cerebro nunca me dirá la verdad de la religión, sencillamente porque no la sabe. El cerebro lo que hace es producir endorfinas, productoras de placer, que me van indicando lo que debo o no debo hacer para mi supervivencia. Porque, a juicio del profesor Rubia, la libertad es también una ilusión cerebral. “No hacemos lo que queremos, sino que queremos lo que hacemos”, afirma el neurólogo en un juego de palabras. Es la corteza cerebral la que va “creando” la realidad. Así, los colores no existen fuera de mi mente ... ¿Quién lo diría? Pues sí. El cerebro es el autor de cuanto vemos, pensamos y sentimos. Apretando más las tuercas, podría decirse que la materia (el cerebro) es la que crea la espiritualidad, basándose en alteraciones de orden neuronal, como la epilepsia, que dio grandes místicos (San Pablo, Santa Teresa y un largo etcétera)o inducidas por efectos mecánicos o psíquicos. Esto se conoce en neurobiología como el “síndrome de Gastaut-Geschwind”. La experiencia religiosa no depende, pues, de la razón sino del sentimiento, exacerbado por motivos ajenos a la propia religiosidad. En contra del pensamiento común, esto es lo que la ciencia nos enseña.
El cerebro, que almacena nuestras impresiones en la memoria, guarda lo que cree importante para la supervivencia. Pero tampoco la memoria es de fiar. Todo el proceso memorístico es inconsciente, porque también se almacenan recuerdos que influyen en nuestra conducta, pero que no conocemos, y que a veces nos sorprenden a nosotros mismos. Dice el mismo profesor que el cerebro “necesita información, y cuando no la tiene la inventa”. No le importa que sea falsa, con tal de que cumpla puntualmente la suprema finalidad: la defensa del organismo, la supervivencia. No ha de extrañar, pues, que el cerebro humano sea generador de fabulaciones y creador de mitos. La parte frontal del cerebro (que es la incorporación más moderna en la evolución) es la que nos permite vivir en sociedad, al inhibir los instintos y ordenar la conducta con la única finalidad de proteger la vida y la continuación de la especie.
Con estas premisas, no resulta difícil comprender que también la religión es un producto engañoso del cerebro. Porque es necesaria para mantener la esperanza en los seres humanos más desprotegidos. Los más llegaron a pensar, desde el comienzo del razonamiento, que la materia debía estar imbuida de algún tipo de esencia espiritual o alma que la hace vivir. El filósofo griego Aristóteles propuso la teoría de la “fuerza vital” o “psique” que dotaba a los organismos vivos de notables propiedades, como el movimiento y la autonomía, el deseo y el amor. (En cualquier caso, esta psique aristotélica era diferente de la posterior “alma” cristiana, que es imaginada como una entidad independiente del cuerpo). Aunque el vitalismo está hoy desacreditado, y no necesitamos de una fuerza semejante para explicar lo que sucede en nuestro interior, resulta imprescindible la idea de un “algo” no material para entender la respuesta de un organismo vivo a su entorno sin vida. Esto, para algunos autores como Paul Davies, es simplemente un pack de información, es decir, un software compuesto de células neuronales que están en continua y vertiginosa comunicación.
El cerebro nos engaña al hacernos creer en la necesidad absoluta de un ser superior, responsable de nuestra vida, desde el nacimiento hasta la muerte, y más allá. Admitido el engaño, aunque sea provisionalmente, permanece la eterna pregunta: Si prescindimos del dios creador y providente, ¿qué nos queda para entender nuestra vida? La respuesta está en la ciencia. Acerquémonos a la naturaleza con humildad y repitamos la pregunta. Nos responderán miles de científicos, ese tesoro escondido de la especie humana, que día a día van descubriendo sus secretos y sustituyendo las creencias por las certezas. Aún así, nunca desaparecerá la suspicacia del creyente religioso, que recela de las afirmaciones científicas. Al fin y al cabo, los científicos son hombres, no dioses. Por comodidad, la mayoría prefiere basar su fe en el engaño.
¿Incluidos los sentimientos? ¿También somos engañados por el beso del Amor? Desde luego, nada hay menos romántico que las conclusiones de la razón, que también puede engañarnos. Vandalio.
servido por Francisco
1 comentario
compártelo
19 Octubre 2006
Ampliando el título de Américo Castro, extiendo la marginación a todos los humanos, presentes, pasados y futuros. Pero no entiendo lo mismo por la expresión “al margen” que el adjetivo aplicado a los “marginados”. Mientras que ésta es una marginación muy a pesar de quien la sufre, la primera es no sólo consentida, sino buscada afanosamente. Los pobres marginados son los chabolistas de todas las grandes capitales, los inmigrantes que huyen de la pobreza, los clochards que pernoctan en tiendas de campaña a orillas del Sena. Aunque algunos se autoexcluyan de la sociedad por motivos de insumisión, de incompatibilidad familiar, incluso por pereza o falta de ánimo para afrontar los embates de la vida, todos ellos merecen nuestra compasión, nuestra ayuda y nuestro respeto. Pero no la consideración del poderoso. Como dice el “sapientísimo Kalícatres” (Federico Jiménez Losantos), mirando a un pobre, “los ricos no te tienen envidia”.
Ellos son quienes han conseguido, por caminos de corrupción muchas veces, por motivos inconfesables casi siempre, vivir “al margen” de esa misma sociedad, que los adula y los halaga mientras cordialmente los envidia o incluso los odia. Me refiero, naturalmente, a los poderosos de este mundo. Poder que difícilmente se puede conseguir sin dinero y sin intrigas injustificables, tanto en las ámbitos políticos como en los sociales o religiosos. En el mismo París de los mendigos ribereños, se abre estos días una rutilante exposición de pinturas del gran Tiziano, en la que brillan por derecho propio los retratos de los más ilustres personajes de la época del pintor, que, tan entregado al esplendor de la nobleza y de la naciente burguesía, no tuvo tiempo –ni seguramente intención- de plasmar en sus lienzos escenas de mendicantes y pobretones “marginados”, como sí hizo nuestro gran Velázquez, cuyos cuadros se exponen también con éxito sin precedentes en la gran National Gallery de Londres.
Los ricos y poderosos son los “humanos al margen”, que supuestamente han conseguido zafarse de las miserias de la vida y aparentar una felicidad de la que carecen. Son los grandes retratistas, como Velázquez y Tiziano, quienes nos acercan a esa realidad interior donde reina la soberbia, la vanidad, la lujuria, la agresividad, la avaricia, la gula, la codicia, la ambición...Todos los vicios, menos la envidia. Aunque sólo fuera por esta razón de un realismo psicológico que nos acerca a los más oscuros rincones de la condición humana, mi gran pasión artística que son los retratos se ve colmada con la pintura de los siglos pasados. La destrucción del arte, promovida por la pintura moderna, desde el cubismo y la abstracción, es también la destrucción del espejo mágico del retrato, que enaltece al pintor y descubre la realidad de los más íntimos sentimientos humanos. Tanto de los que viven “al margen” como de los “marginados”. ¿Qué podríamos saber de la historia de los hombres y mujeres, antes de la fotografía, sin la maravilla de los retratos y demás composiciones realistas de la historia del arte? Vandalio
Francisco I (1538) por Tiziano

Mendigo (1640) por Murillo
servido por Francisco
sin comentarios
compártelo