Categoría: ateismo
5 Octubre 2009
El dios bíblico (8)
El más reciente comentarista bíblico, sin más títulos para la exégesis que su racionalidad, su gran erudición y un gran acopio de amor a la verdad y al duro trabajo de la reflexión madura, es un español ya citado, escondido tras el seudónimo de MiltonAsh, nombre con el que dirige una página web en Internet (elhorror.net), y con el que va publicando, en varios tomos, La Biblia ante la Biblia, la Historia, la Ciencia y la Mitología (Libros en Red, 2005), es decir, breves comentarios a todos los versículos bíblicos, con apoyatura bibliográfica de los propios textos cristianos (Biblia de Jerusalén, Vulgata Latina, Biblia de Nácar-Colunga y la protestante de Reina-Valera, todas ellas con comentarios de "ilustres exégetas de la más pura ortodoxia"). Como era de esperar, comienza afirmando que "el estudio moderno de estos libros ha evidenciado diferencias de estilo, repeticiones y desorden en las narraciones, que impiden ver en el Pentateuco una obra que haya salido íntegra de la mano de un solo autor", algo ya reconocido por teólogos como Trebolle. De hecho, las últimas páginas del tomo I se dedican a las contradicciones halladas en el Pentateuco: en una primera lista llegan a 636 las contradicciones, desde el Génesis al Deuteronomio. Una segunda lista, de 28 entradas, se dedica a poner de manifiesto las contradicciones insalvables entre los textos bíblicos, la historia y los conocimientos razonables del homo sapiens sapiens.
Ejemplo de creencias irracionales son los primeros capítulos del Génesis, más propios de una mente infantil que de un adulto reflexivo. Los personajes bíblicos, salvo contadas excepciones, carecen de refrendo histórico, y buena parte de los hechos que cuenta son verdades ‘imaginadas'. Corroborado también por la ciencia filológica y arqueológica, el dios bíblico no es único y singular, privativo del pueblo hebreo, sino uno de tantos adorados por los pueblos de Oriente Medio, escogido y apropiado por Abraham, que lo transformó en el Yahvéh de la Biblia promotor del pacto con el pueblo de Israel. El presunto contenido espiritual es totalmente contrario a lo esperado, como lo es el dios imaginado: sanguinario, xenófobo, misógino, macabro, anticientífico, vengativo, ignorante y falso. También son falsas las profecías, formuladas cuando el suceso ya se había producido. La ‘alianza' de Yahvéh se hizo con personajes paganos, politeístas, como Abram. Moisés, personaje legendario, tampoco conocía a Yahvéh (Ex 18). Los padres de la nación hebrea son hijos del incesto, todos consanguíneos (Abraham y Sara eran hermanastros, de procedencia pagana; Isaac y Rebeca eran primos, y tío y sobrina; Jacob y Raquel eran tío y sobrina). En la Biblia es total el desprecio por la vida humana, ya que se predica constantemente la ‘guerra santa' para ocupar los territorios vecinos. También es notable, en medio de perversiones consentidas, la aversión al sexo, presentándolo como pecado, y a la mujer como inductora al pecado. Se legaliza la esclavitud, la pena de muerte, la poligamia, el adulterio.
En definitiva, la ‘palabra de dios' no es más que un fraude, un montaje de los sucesivos escribas, basado en historias ajenas, trasladadas oralmente de generación en generación. Ese Dios inventado, ‘escogido' entre otros dioses y promovido a la exaltación de Ser Supremo y Único, no conoce la palabra amor, tan predicada para todos los seres humanos, pero sólo aplicada a los ‘elegidos' de Yahvéh, en un contexto singular y escasamente representativo (Lv 19:18). El Dios-Creador de los hebreos es un dios parcial, que solamente piensa en ‘su' pueblo, y en los vecinos a los que se debe exterminar, desconociendo la propia existencia de otras tierras y otros hombres también criaturas suyas, si se ha de dar crédito a las palabras ‘inspiradas' del Génesis (Gn 12:3). No es posible resumir cuanto se comenta en los tomos de La Biblia ante la Biblia, la Historia, la Ciencia y la Mitología. Sólo cabe la recomendación de su lectura, el único estudio completo existente, "análisis crítico de toda la Biblia cristiana", como reza el subtítulo. No hay más que exégesis crítica, no laudatoria como suelen ser los comentarios de autores creyentes, es decir, irracionales, que se guían por su fe, no por su razón.
En su A History of Israel (1987), John Bright, citado por MiltonAsh, escribe que "No podemos atribuir a los patriarcas la fe del Israel posterior. Históricamente no es exacto afirmar que el Dios de los patriarcas fue Yahvéh. El ‘yahvismo' comienza con Moisés...Cualquiera que sea el origen del culto a Yahvéh, no se han encontrado todavía indicios de él antes de Moisés". Este legendario personaje (fuese quien fuese) escogió entre los existentes de la Mesopotamia bíblica un dios terrible, que se hiciese temer, para poder llevar a su pueblo a la conquista de Canaán. No necesitaba un dios amoroso, misericordioso, blando en definitiva. Yahvéh era un dios-demonio, responsable del exterminio de los enemigos, el único que podía servir para tal empeño conquistador. Responsable del Bien y del Mal, capaz de establecer un ‘pacto' con su pueblo, aunque fuese derramando la sangre de los suyos en la circuncisión. El propio Éxodo afirma que antes de Moisés los israelitas no conocían a Yahvéh (Ex 3:13-15), porque es un ‘dios quenita, no hebreo', al que adoraron después de salir de Egipto, según el profeta Oseas: "Pero yo, el Señor, tu dios desde Egipto" (Os 12:10) y "Yo te conocí en el desierto, en la tierra ardiente y seca" (Os 13:5-6).
Este es el dios bíblico, de corto pasado, ya que tiene sólo tres mil años (muchos menos que otros dioses más antiguos), pero de gran futuro, gracias al fanático judaísmo y a su primitiva ‘secta', el cristianismo. Un dios, cuyos fervientes servidores han sabido ‘instalar', sin apenas resistencia moral, su culto y adoración, en la conciencia de millones de personas, incapaces de reaccionar racionalmente ante tanto engaño. La ignorancia solamente podrá ser vencida por la ciencia, como se constata a principios del siglo XXI. Con este libro en la mano nadie podrá encontrar en sus páginas alimento de verdad, de bondad y de amor, para alimentar una mente racional. Pondré como ejemplo las recientes declaraciones de un joven pero reconocido director de cine, Alejandro Amenábar, que ha manifestado textualmente: "mi falta de fe se la debo a la Biblia". Basta leer ese ominoso conjunto de maldades inconfesables de un pretendido dios, que condenarían a un pobre humano, para que una mente sana reconozca su equivocación y vuelque su corazón a la verdad que, a día de hoy, solamente se puede encontrar en la Ciencia. (Continuará).
servido por Francisco
sin comentarios
compártelo
4 Octubre 2009
El dios bíblico (7)
Esta devota sumisión a la ‘palabra de Dios' escrita por los visionarios de otros tiempos, no se limita a su inicial destinatario, el pueblo judío, sino que se transmite intacta a ‘hijuelas' monoteístas, el cristianismo y el islamismo, con sus inevitables variantes. Todos la veneran como manantial de la ‘verdad' trascendente, por más que choque frontalmente con las advertencias en contrario del juicio razonable. La Iglesia Católica incluye textos ‘escogidos' de esa palabra ‘divina' en sus ritos litúrgicos, pero ignora aquellos textos que no le convienen. Los protestantes, en todas sus ramificaciones, mantienen como base de su doctrina la ‘justificación por la fe' y el ‘sometimiento a los dictados de la Biblia'. Incluso en la atrasada África, la Biblia es objeto supremo de adoración para la Iglesia cristiana de Etiopía, que cuenta con seis millones de creyentes, y cuyos popes la llevan en procesión, como si se tratara del mismo Dios.
Si causa sorpresa contemplar en las televisiones americanas la exaltada predicación de los numerosos ‘telepredicadores' que anuncian sus descabelladas doctrinas, no menos sorprendido resulta el huésped de cualquier hotel de los Estados Unidos de América cuando encuentra en la mesilla de noche de la habitación un ejemplar de la Biblia como reclamo publicitario. Una de esas ‘nuevas religiones' americanas, la Sociedad para la Investigación de la Creación, organización dirigente del movimiento creacionista, requiere a sus miembros firmar un documento que especifique su fe en las Sagradas Escrituras, del tenor siguiente: "La Biblia es la Palabra escrita de Dios, y porque creemos que toda ella es inspirada, todas sus afirmaciones son histórica y científicamente verdaderas en todos los autógrafos originales. Para el estudioso de la Naturaleza esto significa que el relato de los orígenes en el Génesis es una presentación factual de simples verdades históricas. Todos los tipos básicos de criaturas vivientes, incluyendo al hombre, fueron hechas directamente por actos creadores de Dios durante la Semana de la creación tal como se describe en el Génesis. Cualesquiera cambios biológicos que hayan ocurrido desde la Creación han constituido solamente cambios dentro de los tipos originales creados". No puede quedar más en evidencia la ceguera que produce la fe, al rechazar cuanto enseña la ciencia y aprueba la razón. Es el homo sapiens degenerado abrazando amorosamente la ignorancia.
Si, como decía Lutero, "quien quiera ser cristiano debe arrancarle los ojos a la razón", no cabe duda de que la autoridad del Antiguo Testamento queda invalidada cuando se abren bien los ojos de la razón. La ‘Palabra de Dios' que se predica en el culto cristiano, y por supuesto en el judío, no tiene nada que ver con esa otra ‘palabra' de la maldad ‘divina' escondida en la Biblia, cuya veracidad queda testimoniada documentalmente, pero que las sinagogas y las iglesias cristianas tienen a bien ocultar a sus fieles. La coherencia no es la virtud de los exégetas. Por eso no es de extrañar que un doctor en Sagrada Escritura haya escrito no hace mucho cosas como estas: "El Antiguo Testamento no debe ser norma absoluta de conducta para el cristiano, ni tampoco motivo de escándalo" o que "si existe algo evidente en la historia de Israel es la certeza de que Dios ama a su pueblo" (Conceptos fundamentales del cristianismo, Trotta, 1993, 34 y 37). ¿Puede aceptarse tal inconsecuencia, sobre todo, si se conoce a fondo la Escritura? La exégesis bíblica de todos los tiempos, comenzando por los Santos Padres, no es más que una secuencia de actos voluntaristas que intentan escamotear la verdad, ocultando cuanto pueda dañar la imagen prefabricada de un Yahvéh inexistente.
Ni exégesis ni hermenéutica. Ni biblistas ni teólogos. Nadie necesita intermediarios para leer un libro, por muy ‘revelado' que se suponga. Lo que la lectura de la Biblia está pidiendo a gritos a todo ser humano digno de tal nombre es una gran dosis de sentido común y de racionalidad, tanto si se los considera libros históricos, como si se los lee como obras literarias o simbólicas. (En este último caso, si todo es metafórico, ¿de qué pecado, de qué salvación están hablando las Sagradas Escrituras?). Ni una interpretación psicoanalítica de la Biblia, como la de los judíos argentinos Daniel Schoffer y Elina Wechsler (La metáfora milenaria, Paidós, 1993) ni la sensacionalista propuesta de Harold Bloom, insinuando que la parte más antigua del Antiguo Testamento fue escrita por una mujer (El libro de J, Interzona, 1995), pueden distraernos de nuestra sustancial conclusión: Para ser ateo no es preciso ser marxista. Basta tener un juicio medianamente crítico y libertad de pensamiento. La verdad es incompatible con la superstición, con la mentira y con los mitos, ficciones novelescas con que están adornadas las páginas históricas de las Sagradas Escrituras. Así lo asegura Gary Greenberg, Presidente de la Sociedad Bíblica de Nueva York en su libro 101 mitos de la Biblia. Cómo crearon los escribas los relatos bíblicos (Ed. Océano, 2002).
Me detengo un momento en mis reflexiones y vuelvo a leer lo escrito, comprendiendo que mi pasión por la Verdad ha ahogado muchos sueños de infancia. Pero me siento en paz conmigo mismo. Ni he mentido ni pretendo engañar a ningún incauto. Me limito a exponer, sin prejuicios, lo que he podido encontrar en el Antiguo Testamento que hiera frontalmente mis sentimientos o mis principios éticos, sin distorsiones, ni sacando las frases fuera de contexto. Todas las citas, ‘Palabra de Dios' para los teólogos, están tomadas literalmente de la más actualizada edición castellana de la Biblia. De ellas deduzco una divinidad celosa, codiciosa, falible y cruel. Y me pregunto, sorprendido: ¿Cómo es posible que tales palabras hayan sido escamoteadas durante más de veinte siglos a la casi totalidad de los creyentes de tres religiones? Todavía más: ¿Cómo ha podido crecer la espiritualidad con el alimento envenenado de la mentira religiosa? Yo mismo, ¿cómo he podido vivir engañado tantos años? ¿Y mis amigos? ¿Y mis seres más queridos? ¿Cómo las diferentes confesiones religiosas han podido embaucar a tantos durante tanto tiempo?
No soy agresivo ni beligerante. A nadie quiero apartar de sus fuentes de felicidad, aunque considere que son engañosas. Pero no tengo más remedio que proclamar la verdad que se ha abierto camino en mis razonamientos, sin tapujos de falso pudor: Yahvéh, el Dios de la Biblia, el Dios de los judíos, cristianos y musulmanes, tal como aparece dibujado en el Antiguo Testamento, es una falsedad manifiesta, un ente de ficción, una leyenda piadosa, un mito inventado hace treinta y tantos siglos. A mi razón no le satisfacen las interpretaciones que magnifican unas palabras, en detrimento de las más comprometidas, aunque sea con la excusa de una lectura 'simbólica' o ‘alegórica'. Además, según la cronología y la arqueología, muchos de los sucesos narrados en la Biblia, en los que el Dios bíblico habría participado, "simplemente no existieron, salvo quizá en la imaginación de sus autores" (R.L. Fox, La versión no autorizada. Verdad y ficción en la Biblia, Planeta, 1992).
Las falsedades, incongruencias y manipulaciones de la Biblia no tendrían mayor importancia si no fuera porque se trata de libros sagrados, que siguen influyendo, después de treinta y tantos siglos, en millones de personas, incautas y crédulas, ansiosas de agarrarse a un clavo ardiendo para ahogar sus dudas de intrascendencia, por el horror que les produce la vuelta irremisible a la nada de donde proceden. A este respecto, hemos de agradecer sus estudios críticos a los biblistas que se han atrevido, sobre todo desde el siglo XVIII, a dinamitar la creencia en la inerrancia de estos escritos, poniendo de manifiesto sus evidentes errores, y con mayor énfasis sus falsedades, interpolaciones y contradicciones, para intentar curar la ceguera de sus lectores, enfermedad que calma la angustia y el miedo al más allá. Porque, como intitulo este libro, OJOS QUE NO VEN, CORAZÓN QUE NO QUIEBRA. (Continuará).
servido por Francisco
sin comentarios
compártelo
15 Septiembre 2009
Del politeísmo al monoteísmo (6)
En el continente americano predomina hoy, entre las religiones indígenas, casi todas mezcladas con las ideas recibidas de Europa, el ‘sincretismo' religioso, que consiste en la mezcla de todas ellas, para obtener una amalgama no sólo imaginativa y respetuosa con las creencias tradicionales, sino, lo que parece más evidente, incapaz de resistir la más mínima crítica de la racionalidad. Se supone por los científicos que la llegada de los humanos al continente americano se produjo por el norte, cuando no existía casi el estrecho hoy conocido como de Bering, hace unos 14.000 años. Los grupos étnicos más conocidos en la antigüedad son: los olmecas, un milenio anterior a nuestra Era, que fueron absorbidos por los mayas, quienes dominaron América central durante seis siglos (desde el siglo IV d.C.) que veneraban a dioses violentos por todas partes, con grandes templos y sacrificios humanos para aplacarlos. También en México, aparecen la cultura de Teotihuacan, adoradores del Sol y de otros dioses celestiales (400 a.C.) y los zapotecas (200 a.C.) con decenas de dioses. En las Antillas se han encontrado huellas mucho más antiguas de pueblos politeístas, como los taínos (2.000 a.C.) y en el sur del continente, a orillas del Pacífico el grupo llamado de Valdivia, con registros fósiles de 3.500 años a.C., al oeste de Guayaquil, al mismo tiempo que se estaba consolidando el poder egipcio.
El fenómeno religioso más antiguo de Perú es la llamada "primera teocracia de los Andes", según los restos milenarios encontrados en Chapín, Paracas y los enigmáticos surcos de Nazca, ya en Chile. En Bolivia la deidad máxima era el Sol, con la Puerta del Sol, en las ruinas de Tiahuanaco, que aún se conserva, de los primeros años de nuestra Era. De la misma época es la cultura mochica en Perú, que tenían por dioses al Sol, a la Luna y a las estrellas. Pero, sin duda, la civilización más avanzada fue la de los incas, también adoradores del Sol, asentados en Perú desde el siglo XII d.C. con su centro religioso y neurálgico en la ciudad andina de Machu Pichu, cerca de Cuzco. Generalmente, todos ellos eran guerreros a los que no asustaba la sangre, pero que, por sus creencias politeístas, quedaron asombrados con la llegada de los primeros colonizadores europeos, a quienes se subordinaron como a dioses llegados del Más allá, aunque después sufrieran la crueldad de los sanguinarios conquistadores.
Queda, por fin, el judaísmo, la religión incruenta y monoteísta que se supone nació en tierras palestinas, por obra de los egipcios expulsados de su país a causa de su monoteísmo. La costumbre israelita no incluía los sacrificios humanos, pero sí los de animales, como ofrendas al dios único. Sabemos que, con motivo de la dedicación del primer templo de Jerusalén por el rey Salomón, se sacrificaron 22.000 bueyes y 120.000 corderos. Naturalmente, el motivo era muy especial y no creo que estos sacrificios se pudieran mantener cada año a ese nivel, pero indica que eran habituales en las fiestas religiosas los sacrificios, sobre todo de corderos. Los hebreos vagaron por el desierto de Canaán durante 40 años, hasta establecerse por la fuerza en un territorio que creían les pertenecía por la promesa de Yahvéh, su ‘dios inventado', que los consideraba -asombrosa autosugestión- su "pueblo elegido". Con este pueblo, destructor de ídolos y dioses extraños, comienza en realidad el auténtico monoteísmo bíblico, extendido después a otras creencias, como el cristianismo y el islamismo, exclusivistas, proselitistas y fanatizadas, que darán lugar a guerras sin cuartel, aunque conviviendo con religiones politeístas en todos los continentes.
Exceptuando el breve período de culto al dios único Atón, el politeísmo domina entre los pueblos durante miles de años. También fueron politeístas los caldeos, eslavos, celtas, germanos, iberos, galos, fineses, lituanos, griegos, etruscos y romanos en el continente europeo. En el asiático, los fenicios, persas, asirios, árabes, chinos y japoneses, con miles de dioses en el sintoismo; eran politeístas los pueblos polinesios, y en el continente americano, los mayas de Tikal y Palenque adoraban a quince divinidades y hacían sacrificios de sangre para conjurar y aplacar a los dioses. En el mismo continente, los dioses aztecas tenían ansia de carne humana, sobre todo de corazones frescos, ya en siglos posteriores. Los dioses ‘imaginados', fuesen cuantos fuesen, siempre tan soberbios y distantes, necesitaban el olor de la sangre. Al fin y al cabo, no eran más que la imagen viva del hombre, agresivo y sanguinario por naturaleza y por historia. Ni daban ni pedían amor, solamente obediencia y sumisión, respeto y fidelidad, engañando a sus criaturas con una promesa ilusoria de felicidad. Su mandamiento principal era el mismo para todos los humanos: "Cierra los ojos de tu razón y tu corazón no sentirá el aguijón de la duda".
En este breve recorrido histórico, falta por considerar cómo la superstición religiosa ha ido siendo arrinconada por la ciencia, en su avance imparable hacia la Verdad. "Desde el principio de los tiempos, la espiritualidad y la religión se han utilizado para llenar los huecos que la ciencia no comprendía. La salida y la puesta del sol se atribuyeron a Helios y a un carro de fuego. Los terremotos y maremotos a la ira de Poseidón. La ciencia ha demostrado ahora que esos dioses eran ídolos falsos". Esto dice Dan Brown en Ángeles y demonios (Umbriel, 2004), que continúa con estas palabras: "Las Sagradas Escrituras son cuentos...Leyendas e historias de la lucha del hombre por comprender su necesidad de encontrar un significado". Para la Ciencia no hay más criterio de veracidad que la experimentación y el juicio crítico, tan ajeno a mitos y revelaciones, ensueño y alucinaciones, origen de las más absurdas creencias.
La gran masa de humanos, de aquende y allende el océano, de ayer y de hoy, generación tras generación, ha ido transmitiendo y asimilando como verdades evidentes lo que no son más que fantasías interesadas. Somos muy pocos los que nos percatamos, ahora y antes, de que ese "significado" no se puede encontrar de espaldas a la razón, la única ‘herramienta' de que disponemos para emitir juicios de veracidad o falsedad. Ni las leyendas, ni los mitos, ni la fe en nocturnas ‘revelaciones' nos pueden indicar el camino de la verdad. Podremos sentirnos muy satisfechos con esos ‘cuentos de hadas', pero nuestra razón nunca dará su consentimiento a esas imaginaciones irreales, basadas más en sentimientos que en juicios de valor. Sabemos que es mucho más fácil encontrar la (engañosa) felicidad en la senda trillada que nos marcan los ‘hombres de fe', pero también que el ejercicio responsable de la reflexión es lo que nos hace más dignos de la condición humana, aunque para esto sea necesario enfrentarse dialécticamente con la opinión mayoritaria. La democracia nunca podrá imponer leyes ni dioses al más íntimo de los santuarios, la conciencia. Desde ella podré ver, con equidad y sinceridad, lo que ha significado para la humanidad el cúmulo casi infinito de creencias religiosas. (Continuará).
servido por Francisco
sin comentarios
compártelo
3 Septiembre 2009
OJOS QUE NO VEN,
CORAZÓN QUE NO QUIEBRA
TERCERA PARTE
Sumario
La quimera de los dioses
- I. Del politeísmo al monoteísmo
- II. Diversidad de las religiones
- III. El dios bíblico
- IV. El dios cristiano
- V. Jesús Nazareno
- VI. Jesucristo
- VII. La cristiandad
Epílogo
La quimera de los dioses (1)
"Una religión verdadera, que interese a todos los hombres en todas las épocas y en todos los lugares, debió ser eterna, universal y evidente; ninguna posee estos tres caracteres. Todas, por consiguiente, han sido demostradas como falsas por partida triple"
(Diderot, Pensamientos filosóficos)
En el año 2008 el Museo de Europa organizó una exposición itinerante sobre "La experiencia religiosa hoy", que bajo el título genérico de Dios(es):Modos de empleo, tuvo como objetivo visitar las principales capitales europeas (Bruselas, París, Madrid, Berlín) para ofrecer una mirada sobre las religiones del mundo, haciendo hincapié en lo que cada una de ellas tiene de universal y de particular. Este objetivo culmina con la explícita conclusión de que "sólo la separación entre religión y Estado garantiza la convivencia armoniosa entre las religiones", exactamente lo contrario de lo que, desgraciadamente, ha ocurrido como norma general en la historia de la Humanidad, con rivalidades sangrientas entre familias, clanes, tribus, estados y pueblos, por motivos religiosos. La violencia, la intransigencia y la sangre ha sido siempre la consecuencia más inhumana de las enemistades entre distintos credos, en especial, los monoteístas y todos los que quieren ‘imponer' a su dios como el único verdadero.
Consideradas las religiones como hechos socioculturales, su actividad afecta a las civilizaciones del planeta, en especial a la occidental, tan cosmopolita y acogedora de la gran diversidad de creencias religiosas que conviven en ella, sin la virulencia de tiempos pasados. La salvación de Europa pasa, pues, por la convivencia entre distintos credos, con voluntad de comprensión, de tolerancia y respeto hacia todos, sin renunciar a los valores de libertad y solidaridad que hoy la caracterizan. Precisamente lo que defiende el laicismo religioso, la única solución para la convivencia en paz de todas las religiones. El debate, sin embargo, sigue abierto. Mientras unos pensadores, como el filósofo francés Marcel Gauchet, piensan que es irreversible la "salida de la religión" de la vida social, otros, como Régis Debray, sostienen que "toda sociedad necesita un sistema de creencias que le sirva de cemento y le impida disolverse en un individualismo desenfrenado".
La realidad es que la globalización propiciada por los medios de comunicación, con sus incesantes cambios técnicos de modernización, y el flujo humano de las crecientes inmigraciones, hacen que todas las religiones estén ya presentes en todas partes. Fenómeno que no se puede ignorar desde un punto de vista social, pero tampoco individual, porque la razón y el juicio crítico impulsan cada día más la inmersión personal en el inabarcable misterio de la vida. Porque todas las religiones suponen la existencia de un mundo del más allá, invisible, extraño y familiar a la vez. Pero no todas lo conciben de la misma manera. "Una de cada tres personas es cristiana; las otras dos pueden seguir cualquiera de las grandes religiones del planeta...o adorar a un pequeño ídolo. Todas tienen en común la vivencia de lo sagrado, unos preceptos morales y sus lugares particulares donde recogerse con la divinidad": así resume el tema la revista Muy especial en el número 25 (1996) dedicado al ‘mundo de las religiones'. Vandalio. (Continuará).
servido por Francisco
sin comentarios
compártelo
29 Marzo 2009
El mito de la divinidad (5)
Desde luego, no resulta posible demostrar la existencia de ningún dios a través de la lógica, como quiso hacer en el siglo XIII Tomás de Aquino con sus ‘cinco vías'. El filósofo que más se acerca a la definición de la divinidad es el judío Baruc Spinoza, en el siglo XVII, que niega la trascendencia, tomando siempre como base al raciocinio, lo cual le valió el marbete de "el marrano de la razón". El ‘inmanentismo' de Spinoza es una doctrina que sostiene el primado de la experiencia interna religiosa sobre el conocimiento discursivo de Dios. "Sólo puede existir, desde un punto de vista lógico, una única sustancia, que es independiente, inmutable, infinita, causa de sí misma, y que existe de modo necesario y eterno. Dios es causa inmanente, pero no transitiva, de todas las cosas. Fuera de Dios no puede haber ninguna sustancia. Todo lo que es cierto de una esencia es cierto para siempre. El universo, en su conjunto, se convierte en manifestación de una única realidad, Dios: Deus sive Natura (Dios o Naturaleza). Sólo puede haber una sustancia porque ninguna sustancia puede producir otra sustancia. Fuera de Dios nada puede ser ni concebirse, luego el mundo es tan eterno como Dios". Estas y otras sentencias de Spinoza en su Ética se ajustan a una estricta filosofía de la religión, muy alejada de la psicología que lo reduce a un simbolismo de algo ‘presente' para la psique, pero inexistente en la realidad. Panteísmo frente a monoteísmo.
Sin embargo, la fe en alguna divinidad no significa, en absoluto, la descalificación del creyente. La fe tiene un denominador común, pero muy variadas manifestaciones. No es lo mismo la fe del fanático que la del sabio liberal. Condenar en bloque a todos los creyentes sería traicionar a héroes admirables, artistas o pensadores geniales y seres humanos conmovedores. Un filósofo ateo confiesa: "Tengo demasiada admiración por Pascal, Leibniz, Bach o Tolstoi -sin hablar de Gandhi, Etty Hillesum o Martin Lutero King- como para poder despreciar la fe a que apelaban...Y demasiado afecto por varios creyentes, entre mis allegados, como para pretender herirlos de ninguna manera" (André Comte-Sponville, El alma del ateísmo. Introducción a una espiritualidad sin Dios, Paidós, 2006). Admirable postura que comparto, habiendo sido testigo de innumerables obras de caridad y abnegación de personas muy cercanas, a las que amo y en las que confío. El ateísmo no es incompatible ni con la religiosidad ni con la política. El ateo, si no es indiferente, sigue siendo una persona social, transigente y comprensiva, que no busca ni la confrontación ni el proselitismo. Sólo la libertad de conciencia.
A vueltas con la divinidad, el mundo científico actual está dividido porque algunos se resisten a subordinar sus creencias a su razón. La cuestión numérica, que se aduce para inclinar la balanza a uno ú otro lado, no es importante. Desde que Friedrich Nietzsche dejara escrito -aunque sacado de contexto- aquello de que "Dios ha muerto", muchos hombres de ciencia sostienen una dura lucha interior, que se traduce en ataques de simple nerviosismo o de pánico incontrolado. Dígase lo que se quiera, al cerebro le cuesta muy mucho doblegarse ante la evidencia experimental, que hace innecesaria la existencia de ninguna clase de divinidad. Según el físico mundialmente famoso por su esclerosis lateral amiotrófica, "la evidencia científica sugiere que jamás existió un momento específico en que el mundo se creó; por tanto, no hay motivo para admitir la existencia de un Creador. El universo no parece tener ni fronteras, ni límites, ni principio, ni fin, siempre ha sido autosuficiente". Sus últimas investigaciones le han llevado a concluir que el Big-Bang, el propio universo y el tiempo físico están inmersos en una ‘quinta dimensión' diferente a las tres dimensiones del espacio, más la cuarta del tiempo. (Stephen Hawking, Brevísima historia del tiempo, Crítica, 2005).
Superando la teoría de la relatividad, Hawking llega a postular que "el espacio-tiempo real es tan solo obra de nuestra imaginación" y que el universo no tiene fronteras, ni está afectado por nada fuera del mismo. "No sería ni creado ni destruido. Simplemente sería. ¿Qué lugar habría entonces para un Creador?" (La teoría del todo. El origen y el destino del universo. Debate, 2007). En la parte opuesta, un científico como Leon Lederman, Premio Nobel de Física, sentencia: "Sólo Dios sabe lo que pasó en el principio de los tiempos". Descalifica, así, la especulación científica, quizás por no entenderla, como casi todos nosotros. Pero hay que admitir que esas especulaciones no son gratuitas, sino que están fundamentadas en múltiples deducciones matemáticas y procesos experimentales. No cabe ya más que emplear cada uno su propio juicio crítico, inclinándose por la teoría que le parezca más acertada, rechazando prejuicios y haciendo valer sólo su raciocinio, ese maravilloso instrumento que dignifica al homo sapiens sapiens.
Para el positivismo, con su aversión a la metafísica, la ciencia experimental es la única fuente verdadera del conocimiento. Precisamente porque la religión nace de la emoción del miedo, sentimiento involuntario de angustia y dependencia ante el futuro incierto, para proporcionar al individuo alguna esperanza en su ansiosa búsqueda de felicidad duradera. La ciencia, por el contrario, se basa en la razón deductiva, sin hacer caso de las emociones, busca la verdad por el camino de la experimentación, paso a paso, al margen de revelaciones, mitos y supersticiones. Ni la metafísica ni la teología son capaces de dar una respuesta científica a la pregunta básica: por qué hay algo en lugar de no haber nada. En cambio, el espectacular avance de la ciencia nos va revelando que resulta innecesario acudir a ningún Dios para justificar el origen de la materia, según la teoría del Universo Inflacionario, que propugna un universo sin principio ni fin.
Divididos, como todos los humanos, los científicos buscan la verdad de la naturaleza y de la vida, pero dudan en lo más íntimo de su conciencia, creyendo algunos que esas dudas pueden alimentar una fe inquebrantable. Pero la duda es incansable y ha de estar acompañada inevitablemente por el sufrimiento psíquico. Aunque este dolor del espíritu es lo más noblemente digno que puede soportar cualquier ser humano. Para superarlo, no basta con seguir el consejo de Octavio Fullat: "Nada puede contarse de Dios, ni siquiera que existe. Lo postulamos y nada más" (El pasmo de ser hombre, Ariel, 1995). Porque, en lógica, postulado es una proposición que se admite como verdadera sin pruebas, como fundamento necesario de ulteriores razonamientos. La fe religiosa no puede pasar de esta condición de ‘postulado' imaginario, pero la Verdad exige una base algo más sólida, es decir, razonada, científica, sin someterse a dogmáticas ‘revelaciones' de profetas iluminados. (Continuará)
servido por Francisco
sin comentarios
compártelo
28 Marzo 2009
El mito de la divinidad (4)
El concepto de ‘utilidad social' tiene poco o nada que ver con la teología, cuya doctrina se fundamenta en la fe religiosa , es decir, en el asentimiento firme, sin mezcla de duda alguna, en la existencia real y personal , no inventada, de un Ser supremo, cuyo atributo más esencial es la Omnipotencia, al que los pobres mortales debemos amor, obediencia y temeroso respeto, según la doctrina católica. Sea debida a la tradición, al sentimiento o a la fe, la creencia en ese Dios personalizado que actúa sobre el universo, no puede ser demostrada por la razón humana, pese a los teólogos que así lo vienen afirmando desde Tomás de Aquino. La razón, como tantos otros filósofos han repetido hasta la saciedad, no puede admitir que el mal y el sufrimiento, inseparables de la historia de la humanidad, puedan ser obra de ese mismo Dios, entre cuyos atributos teológicos se cuentan la Bondad y la Justicia infinitas. Incluso un matemático puede, con relativa facilidad, demostrar la inconsistencia de las "pruebas" escolásticas de la existencia divina. (John Allen Paulos, Elogio de la irreligión. Un matemático explica por qué los argumentos a favor de la existencia de Dios, sencillamente, no se sostienen, Tusquets, 2009). Ni la Filosofía ni la Teología encontrarán la salida del laberinto. Me parece que sólo la Psicología podría acercarse algo al origen simbólico de la Divinidad, buceando en el pozo aún mal explorado de la conciencia del hombre, donde nace y vive la fe, esa engañosa ilusión que alimenta el mito de Dios, ese Dios absolutamente necesario de Voltaire.
La idea de una divinidad necesaria nació en la mente del primer homínido que intentó explicarse la existencia de sí mismo y de cuanto le rodeaba. Nuestro primer ancestro -sea quien fuere- pasa, pues, del asombro ante lo incomprensible a creador de sus propias imágenes. A una de ellas, derivada de su propia ‘alma', la llama Dios. Deberíamos abandonar, por consiguiente, la definición del hombre como "animal racional" para aceptar la de "animal creador", propuesta por R. Frondizi (Introducción a los problemas fundamentales del hombre, FCE, 1977), mucho más precisa, que incluye la posibilidad del razonamiento, pero que pone el énfasis en la capacidad creadora del hombre, origen de todos los mitos y símbolos que han jalonado su historia y su cultura.
La Psicología nos pone sobre la pista de una creencia religiosa que no es algo distinto de un anhelo común de hallar refugio sobrenatural ante certezas inevitables como el dolor y la muerte, sucesos cotidianos para los que el hombre nunca ha logrado encontrar una explicación racional. El hombre primitivo, que no tiene más referencia experimental que su propio yo, proyecta su conciencia en la imagen de un ser divino al que aplica todos sus atributos -porque no conoce otros- en grado superlativo, suponiendo que al no ser aprehendido por la experiencia sensible, vive en un ‘plano sobrenatural', el mismo en el que supone debe existir la parte pensante y sentimental de su propio ser corporal, a la que llama alma o espíritu, que, además de ser la más noble, imaginaba ser la única accesible a la divinidad incorpórea. Nace, así, la creencia animista, que da razón de la vida como dualidad ontológica (hombre-espíritu, natural-sobrenatural) y que es el primer paso, necesario, para la "creación" de Dios.
Pero ese paso no podría haberse dado si no fuera por la misma condición del primate ‘humanizado', lanzado a la satisfacción de sus deseos, lo mismo que cualquier otro primate, pero en este caso un intenso y novedoso deseo sublimado, como dice Schopenhauer, por las "necesidades metafísicas" de su complejo cerebro. Ahora ya el homínido tiene un gran deseo de saber, de resolver el enigma de la existencia, para cuya satisfacción ‘inventa' la práctica de la magia, las creencias en lo sobrenatural, el culto a los antepasados, el animismo...y la religión, como se conocía ya en 1845 leyendo a Ludwig Feuerbach (La esencia de la religión). El deseo ‘metafísico' es el origen, la esencia misma de la religión. Quien no tiene ningún deseo de conocer la verdad tampoco tiene necesidad de ningún dios. Es feliz en su ignorancia. Pero esta sensación, que podía ser perdonable en siglos anteriores, no lo es hoy, ya que la ciencia nos abre los ojos a la verdad, aunque se ‘quiebre' el corazón. "Frente a la servidumbre emocional que impone la fe, el pensamiento científico ofrece una liberación revolucionaria", acertada frase que tomo del psicólogo José luis González de Rivera. Porque "la ciencia demuestra la vocación del hombre por ser dueño de sí mismo, aun a costa de perder la felicidad de la ignorancia".
Son múltiples las ideas que se han ido fraguando a lo largo de las generaciones sobre el origen del hombre, casi todas carentes de lógica. Hay quien ha propuesto que la creación humana fue obra de un monstruo (sumerios, coreanos); a partir de un huevo inicial (chinos, japoneses, persas); a partir de las aguas (birmanos, sumerios, islandeses); por orden de un dios (egipcios, griegos, hebreos, mayas); por nadie, ya que el mundo es inmutable por toda la eternidad, y por tanto, no ha existido la creación (indios, jainitas). Pero ya sabemos que los mitos tienen poco que ver con la realidad y menos con la ciencia. Una mente racional sabrá distinguirlos y darles el valor que tienen, siempre simbólico, en una escala axiológica de valoraciones. A mí, particularmente, me encantan los mitos porque veo en ellos reflejada mi condición humana. Pero sabiendo dónde están los límites de la realidad, sea material o psicológica. El ‘ojo de Horus', por ejemplo, presidía todas las acciones de los antiguos egipcios, y el poder de Zeus era indiscutido para los griegos, pero eran sólo símbolos de la omnipresencia y de la omnipotencia del dios imaginado. ¿Creían de verdad los sumerios en la inmortalidad de los seres que dibujaban en sus tablillas de arcilla hace catorce mil años? "Los humanos no tienen rival a la hora de imaginar", leemos en El viaje al amor (Destino, 2007) de Eduardo Punset, quien concluye que la imaginación, es un "poder fascinante y desconocido".
Para el esoterismo hebreo tiene gran importancia todo lo relacionado con las letras y las palabras, en tanto que ‘causantes de la realidad'. La meditación sobre el ‘Nombre de Yahvéh' (el Innombrable) constituye uno de los pilares de la iniciática cabalística. Lo mismo cabe decir del mundo islámico, para el que basta el nombre de Alá para ‘realizar' la transformación mística en el corazón del hombre, según la doctrina sufista expuesta por el murciano del siglo XII Ibn Al'Arabí en El secreto de los nombres de Dios (Editora Regional de Murcia, 1997). La vía mística -es decir, psicológica- parece ser la única que puede expresar algo de lo que se puede entender por ‘divinidad'. En nuestros días, el filósofo español Xavier Zubiri es contrario a la demostración de la existencia de Dios por las ‘vías' del Aquinatense, que, en definitiva, está empapado de la metafísica de Aristóteles, que "ni es de sentido común, ni un dato de la experiencia". Hay que emprender una vía distinta, dice Zubiri, para llegar al conocimiento de Dios, que es el ‘fundamento' de lo real: "Lo que todos entendemos por Dios no es una esencia metafísica, sino una realidad última, fuente de todas las posibilidades que el hombre tiene...El hombre está fundamentado en la divinidad, metafísicamente inmerso en ella" (El hombre y Dios, Alianza, 1984). A lo que responde el también filósofo Gustavo Bueno, que ve en la tesis de Zubiri más religión que filosofía: "Su teoría, próxima al panteísmo, lleva al absurdo de que el ateo no es otra cosa que un hombre ‘desfundamentado'. (Cuestiones cuodlibetales sobre Dios y la Religión, Mondadori, 1989). El ateísmo está fundamentado en la razón. (Continuará).
servido por Francisco
sin comentarios
compártelo