Inicialmente, por supuesto, los genes determinan nuestro crecimiento anatómico y nuestras inclinaciones animales, pero ya veremos que pueden sufrir modificaciones por culpa de los memes. El inicio de la pubertad también es genético. El conocido como "gen del primer beso" activa el hipotálamo, el cual segrega una hormona (la "gonadotropina") que a su vez segrega otras dos, que son las responsables de que ovarios y testículos produzcan "estadiol" y "progesterona", respectivamente, causantes de los cambios físicos y psíquicos de la pubertad. A la proteína "kisspeptina", involucrada también en el cambio, se la conoce como el "elixir hormonal del amor", sentimiento que se puede reducir a un cóctel de neurotransmisores. Ya se ha planteado la posibilidad de crear drogas eficaces para provocar el amor o el desamor, como en la antigua alquimia, con brebajes que se puedan comercializar como ‘fabricantes' de sentimientos. No cabe más radical golpe de gracia para la visión romántica del amor. Todo -o casi todo- en nuestra vida orgánica tiene su origen en la química, incluidos los sentimientos. Aunque el futuro dependerá del ambiente político-social en el que se desarrolle y madure nuestra personalidad.
Porque si ese determinismo fuese exclusivo y universal, todos los seres humanos -desde el primer homínido- seríamos absolutamente iguales, en un mundo monocolor, donde no podría existir la diversidad biológica, afortunadamente originada por las constantes mutaciones -errores- genéticas y por la influencia exterior, la ‘circunstancia' que Ortega y Gasset señalaba como acompañante necesario de la personalidad. No pasa día sin que aparezca un nuevo trastorno físico, desde la obesidad a la calvicie, en conexión con un factor hereditario, pero cada paciente tiene en sus manos la posibilidad de controlar, neutralizar o disminuir sus efectos. Aunque no todo es herencia física; además de las mutaciones genéticas, también existe la herencia cultural -los memes -que nos diferencia y nos individualiza, herencia que, a su vez, podemos transmitir a nuestros descendientes. En el Instituto Max Planck, de Leipzig, el departamento de Genética Evolutiva se estudia la forma en que la cultura y las costumbres quedan impresas en el genotipo humano. En definitiva, el determinismo genético, tanto si es natural y hereditario como si es fruto de alguna manipulación externa, podrá afectar en una gran parte al cuerpo físico y a las manifestaciones sensoriales y temperamentales del individuo humano. Existencialistas y marxistas han pensado que la especie humana no está determinada por nada, que somos pura libertad; sin saber nada, por supuesto, de genes ni de memes, descubrimientos científicos que han venido a destronar la premisa principal de sus razonamientos sociales y políticos. Está demostrado que en el núcleo de todas y cada una de nuestras células está determinada la definición de nuestra naturaleza.
Gran parte de la humanidad sigue sin aceptar este determinismo que no deja resquicios para la libertad. El misterio del origen de la vida, sigue, no obstante, desafiando a los científicos, que se debaten entre dos maneras de entender la vida y la ciencia: la esclavitud y la libertad del hombre. A comienzos del siglo XX, desde las investigaciones de Max Planck sobre la naturaleza de la luz, y de Einstein sobre la relatividad, se fue conociendo que la nueva teoría de los quanta chocaba con la concepción vigente de la naturaleza ondulatoria de la luz, hasta que entre 1923 y 1927 nació la ‘mecánica cuántica', que llega a nuevas conclusiones sobre la luz, partícula y onda a la vez, como se ha dicho. Lo cual equivale a decir que las partículas materiales no se comportan siempre del mismo modo, ni siguiendo unas leyes determinadas (átomos y subdivisiones atómicas, como los electrones) sino que lo hacen de forma aleatoria, azarosa. Un buen golpea favor de la libertad del individuo. En realidad, sólo a nivel microscópico, porque a nivel macroscópico (hasta el celular) sigue reinando el determinismo. La batalla entre determinismo y libertad aún no ha terminado, ni es probable que termine hasta que la nueva física pueda aclarar los más íntimos secretos de la naturaleza. En todo caso, remata estas ideas el profesor de Física de Madrid, Antonio Fernández-Rañada, considerando que "Precisar la combinación exacta de azar y necesidad es clave para poder entender la creación del Cosmos".
No se puede predecir el porvenir de la especie humana a la que pertenecemos, que biológicamente es muy joven (unos 200.000 años). Podría evolucionar durante millones de años, pero ya no estaría sujeta de la misma manera al proceso de selección natural, en el que interfieren demasiados condicionantes, por lo que el cambio, si lo hay, ha de ser mucho más lento y su futuro impredecible. Lo que parece cierto es que la ciencia biológica podrá controlar -hasta ciertos límites- el envejecimiento celular y los procesos cancerosos. Pero la vida, cuyo misterioso origen desconocemos, tendrá también un final no menos misterioso. Lo que sí puedo constatar es que, en el vertiginoso latido de mi corta existencia, he sido víctima de la tiranía tanto de mis genes como de los memes que me han tocado en suerte, aunque mi personalidad se ha forjado en lucha constante con unos y otros. Podré ser hijo del azar, pero he resistido a última hora los embates del juego despótico que me ha tocado sufrir en este minúsculo planeta de una pequeña galaxia, de uno de los posibles universos eternamente cambiantes. El ser humano cree que es dueño de su cuerpo, de sus pasiones y sentimientos. Pero no es cierto. Si nos paramos a pensar, nos damos cuenta de que somos esclavos de una vida que nos ha tocado en suerte, controlada por unas minúsculas moléculas que jamás hemos visto, llamadas genes. Se comportan siguiendo unas leyes que no pueden transgredir, cimentadas en un ‘egoísmo' inmisericorde, que sólo piensa en sobrevivir. (Continuará).
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Si consideramos que el origen de la vida fue un "azar", se sigue que debemos estar solos en el universo. Como dijo el bioquímico francés Jacques Monod, "nuestro número salió en el juego de la ruleta". En el frontispicio de su conocido ensayo El azar y la necesidad (Barral Editores, 1971) dejó impresa la famosa sentencia de Demócrito:"Todo lo que existe en el universo es fruto del azar y la necesidad". La necesaria consecuencia es un duro golpe para la soberbia humana, que se cree superior por el hecho de tener un cerebro más evolucionado, efecto de una acción ‘divina'. Monod nos hace abrir los ojos a la humillante realidad: "Nosotros nos creemos necesarios, inevitables, ordenados desde siempre. Todas las religiones, casi todas las filosofías, una parte de la ciencia, atestiguan el incansable, heroico esfuerzo de la humanidad negando desesperadamente su propia contingencia". Pero lo que parece cierto es que el azar interviene no sólo en el origen, sino en los actos más nimios de todo ser viviente, por más que nos cueste creerlo, como lo diagnostica Leonard Mlodinow en El andar del borracho. Cómo el azar gobierna nuestras vidas (Crítica, 2008). El origen de la vida sigue siendo un misterio, a falta de una demostración definitiva, aunque son muchos los científicos que se inclinan por esta solución de la ‘lotería biológica', como el español Ginés Morata, premio Príncipe de Asturias de Investigación, que no duda en adherirse a la tesis de que "la vida es un proceso único, que apareció en este planeta al azar".
Fijar el origen de la vida en un instante de suerte, un ‘juego de azar' en el que la unión ‘no programada' de átomos de materia inorgánica produce ‘por casualidad' una molécula de materia orgánica, origen de toda vida en este planeta, es desde luego un misterio difícilmente aceptable para nuestra mente, tan dependiente de los sentidos. Pero mucho más absurda me parece la idea de una creación ‘sobrenatural', ex nihilo, por un ser omnipotente que, para mayor ludibrio de su omnipotencia, creó una humanidad no sólo defectuosa sino malvada, incapaz de comprender tanto beneficio ‘divino', como se supone que es la vida. El gran Lucrecio versifica esta idea en su De rerum natura (en traducción del abate Marchena, Cátedra, 1990), capítulo V, vv. 278-283: "Suponiendo que yo mismo ignorara/ de los principios la naturaleza,/ a asegurar, no obstante, me atreviera/ cielo y naturaleza contemplando,/ que no puede ser hecha por los dioses/ máquina tan viciosa e imperfecta".
A la hipótesis del nacimiento misterioso de la vida como proceso azaroso único e irrepetible suceden otros pasos, no menos misteriosos pero ya no hipotéticos sino aclarados por la Ciencia, que cada día nos sorprende con nuevos descubrimientos. En uno de los últimos números de la revista Nature se publica un hallazgo definitivo para calcular, aproximadamente (millón de años más, millón menos), la fecha de la aparición del oxígeno, y por tanto de la vida tal como la conocemos, en la atmósfera terrestre. Vida que tuvo su primera manifestación en el moho que comenzó a cubrir las rocas hace unos 2.200 millones de años. Hasta entonces, desde los 4.500 millones de años, fecha en que se calcula la formación de nuestro planeta, el aire era totalmente irrespirable, compuesto por hidrógeno, monóxido de carbono y metano, combinación gaseosa incompatible con la vida basada en el oxígeno. (Aunque, como sabemos, ya se ha demostrado que existe ‘otra vida', en bacterias que no necesitan en absoluto la luz del sol ni el oxígeno para sobrevivir). Paulatinamente, durante más de dos mil millones de años, cifra escalofriante para nuestras insignificantes dimensiones temporales, esta atmósfera se fue oxigenando, es decir, fue siendo sustituida por un nuevo gas, el oxígeno, que permitiría, con el tiempo, alimentar una nueva vida orgánica, la nuestra, basada precisamente en la respiración del oxígeno, por incomprensible paradoja "enemigo feroz de todas las moléculas necesarias para la vida", como resume Frank Zindler en una página de la web Sin Dioses, en la que señala que "uno de los motivos para que la vida no se origine espontáneamente hoy es que la presencia de oxígeno lo hace imposible".
Esta sustitución de los gases letales, por nuestro gas ‘vital', fue posible gracias a una bacteria microscópica, la llamada cianobacteria, fabricante de oxígeno, cuyos fósiles han sido ahora encontrados en rocas sedimentarias de Australia. La ‘fabricación' continua de oxígeno (por la fotosíntesis bacteriana) durante esos millones de años que transcurren entre la primera aparición de estas primordiales bacterias, hace unos 3.500 millones de años, hasta los 2.500 millones en que se supone la aparición de los primeros seres vivos, hizo a la atmósfera de nuestro planeta totalmente apta para la vida basada en el oxígeno por la acumulación del nuevo gas. Vida microscópica, primero, pero que fue evolucionando hacia seres cada vez más complejos, de los que nos quedan múltiples registros fósiles. Esta lenta evolución desde la invisible bacteria al gigantesco dinosaurio es uno de los más asombrosos misterios de la vida. Recientes estudios de la Universidad de Stanford han descubierto que esa mágica evolución se produjo en dos saltos o fases. Diríamos que fueron dos ‘estiramientos' en el aumento del tamaño animal: uno hace unos dos mil millones de años (Paleoproterozoico) y otro hace unos quinientos millones de años (Ordovícico). Lo curioso es que este aumento corporal en las especies coincide con dos aumentos en la oxigenación del planeta, que son considerados su causa inmediata.
La vida multicelular fue en aumento constante, naciendo nuevas especies cada vez de mayor tamaño, ya en el océano, ya en la tierra, ya en el aire, con dominio absoluto de los insectos, que aún recubren la superficie terrestre. (Hace pocos meses se ha descubierto en la costa cantábrica de España el mayor yacimiento europeo de ámbar, con insectos desconocidos, de más de cien millones de años. Aunque el ADN más antiguo conservado es el de un gorgojo de hace 120 millones de años). Así hasta llegar a los gigantescos dinosaurios, que desaparecieron del planeta hace 65 millones de años. Les sucedieron los mamíferos, y entre ellos los primates, familia zoológica a la que pertenecemos. Familia muy reciente la del homo, sin derechos de antigüedad, ni de primacía, ni de soberanía, ya que el planeta en el que vivimos pertenece por derecho propio a los microorganismos, cuyo peso, en conjunto, podría ser de unos diez mil billones (¿) de toneladas. Pero la mente humana, ensoberbecida, nos convierte en el ‘rey de la creación', con palabras devotas que escamotean la realidad.
Teoría contraria al azar es la que expone Christian de Duve, Premio Nobel de Medicina, para quien "el universo es un ‘semillero' de vida y ésta emerge como consecuencia automática de las leyes de la naturaleza". Y remacha su pensamiento con esta otra frase: "Vida y mente emergen, no como resultado de accidentes rarísimos, sino como manifestaciones materiales de la materia, escritas en el tejido del universo" (La vida en evolución: moléculas, mente y significado, Crítica, 2004). La paradoja es evidente: Si descartamos los milagros, ¿cómo puede ser la vida predeterminada e inevitable en lugar de ser un accidente insólito? Stephen Jay Gould, fundador del Movimiento Escéptico, se inclina por esto último: "La historia de la vida en la Tierra es una ‘lotería gigantesca'. Los millones de pasos fortuitos que construyen nuestra propia historia evolutiva nunca sucederán por segunda vez" (La vida maravillosa, Crítica, 2006). Si unos piensan que la vida surgió a nivel atómico y otros a nivel celular, una tercera vía es la que defiende un químico alemán, especializado en materiales sintéticos, Bruno Vollmert, que habla, en lenguaje sólo apto para científicos, de macromoléculas y de la "síntesis del ADN como policondensación". Este es su razonamiento:
El ADN es una macromolécula especial (Ácido Desoxirribo Nucleico), instalada en el núcleo celular en forma de dos hebras paralelas enrolladas y portadora de la información genética en una serie de genes unidos entre sí en forma de cadena. Lo más asombroso es que "el ADN pertenece a los poliésteres y por su estructura molecular está emparentado con las fibras sintéticas de poliéster". Es decir, "todas las moléculas que juegan un papel en relación con la evolución son macromoléculas. Es asimismo indiscutible que las leyes de la síntesis de las macromoléculas fueron halladas a través de investigaciones experimentales de la síntesis de plásticos y fibras sintéticas" (Bruno Vollmert, La molécula y la vida, Gedisa, 1998). Como en los plásticos, el azar rige la autoorganización espontánea del ADN. El cómo, dice el antidarwinista Vollmer, "nunca lo sabremos". (Continuará).
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