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La Coctelera

La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

Categoría: Biblia

6 Noviembre 2009

OJOS QUE NO VEN (135)

 

VII

La cristiandad (1)

 

La existencia de los dioses es tan quimérica como el unicornio. Un dios, sea el que fuere, ha de estar constituido por una serie de atributos que, además de la eternidad, le confieran la dignidad necesaria para ser aceptado por los seres razonantes como "Sumo Hacedor", adornado en grado superlativo por las cualidades que los humanos sean capaces de reconocer en sí mismos. No hay otra forma de imaginar al ‘Padre Creador' de todo cuanto existe. Ni otro modo de enfocar la vida sub specie aeternitatis (‘desde la perspectiva de la eternidad'). Es el supuesto idealista que ha dominado, desde Platón, las ideas culturales y religiosas que han conformado la vida espiritual de la Humanidad.

En su magna obra La esencia del cristianismo, el pensador Ludwig Feuerbach se enfrenta al idealismo para sustituirlo por una antropología materalista, proponiendo que el hombre es el que crea a Dios a su imagen y semejanza, como ya se admite por los pensadores no fanáticos. Es decir, el hombre analiza y selecciona sus propios valores más estimados para proyectarlos fuera de sí mismo, haciéndolos ‘trascendentes' para ‘fabricar' un ser extraordinario, capaz de hacer todo lo que él desea pero no puede. Estos atributos, objetivados en ese ser superior, forman la base de la creencia en la divinidad, que no es más que el hombre sublimado, elevado a la categoría ‘sobrenatural' con dominio absoluto sobre la naturaleza creada. Esta base filosófica del idealismo platónico (y después de Hegel) es, por tanto, una ‘elaboración' humana, de carácter cultural y social, pensada para ‘dignificar' al hombre, aunque de forma inconsciente,  que Feuerbach consiguió demoler con sus argumentos materialistas. Como dicen los autores de La construcción social de la realidad (1967) "este análisis teórico pone al descubierto un movimiento inconsciente en la construcción social de la realidad".

En este sentido, todos los dioses son ‘inventados', creados por la imaginación humana, tan idealista siempre, pero incapaz de analizar sus propias ‘invenciones' a fin de advertir cuánto de insostenible, a la luz de la propia razón,  hay en esos seres extraordinarios, nunca presentes a los sentidos, sino solamente ‘imaginados' por mentes visionarias, en sueños no contrastados ni contrastables, pero sí ‘vividos' intensamente por la autosugestión inconsciente. De esto tienen mucho que decir los psicólogos, aunque la resistencia de los ‘creyentes' sugestionados es más poderosa que cualquier reflexión en contrario. ¿Cómo convencer a los judíos de que su Yahvéh bíblico es tan despótico y cruel que no merece ni el amor ni la obediencia de su pueblo? ¿Cómo a los mahometanos de que las suras coránicas están reñidas con la razón y los derechos humanos? ¿Cómo a los cristianos de que Jesucristo crucificado es un piadoso fariseo judío, sin posibilidad  de ser la ‘encarnación' de la divinidad?

Considerar dioses creadores, seres poderosos y eternos a los miles de dioses que pueblan el panteón politeísta es una falsedad tan evidente que no merece mayor consideración. Quedan las tres religiones monoteístas, las únicas que podrían resistir una argumentación contraria, dado que, si existiera un ser divino, habría de ser, necesariamente, único en su poder creador y providente. Pero ninguna de ellas, aunque subsisten en el día de hoy, resisten las más suaves arremetidas de la razón humana, neutral y ponderada. Baste saber que las tres tienen sus fundamentos en la Biblia, esa sentina de horrores, explícitamente denunciados en libros como el reciente de MiltonAsh, La Biblia ante la Biblia, que deja al descubierto las innumerables contradicciones, incongruencias y falsedades, sucias traiciones, maldades políticas y crueldades incompatibles con cualquier poder ‘divino'. Llámese Yahvéh, llámese Alá (que son nombres de la misma divinidad), el dios perverso que aparece en todos los libros que componen la Biblia sagrada, no puede tener una existencia real, y si la tiene, no es merecedor de la obediencia, la veneración, y mucho menos el amor, de sus frágiles criaturas.

Mientras las tres religiones bíblicas se hacían culpables de odios insuperables y guerras sin fin, otras religiones no bíblicas, como el budismo, anterior al cristianismo, predicaba la tolerancia y permitía a los suyos practicar otras creencias, sin obligar a nadie a venerar al Buda, maestro de sabiduría. El Tíbet, habitado por temidos guerreros, se convirtió, bajo su influencia, en un pueblo pacífico. Por el contrario, la "guerra santa" ha dominado la doctrina monoteísta, tanto de judíos como de cristianos o de musulmanes, haciendo de las riberas del Mediterráneo un campo de batalla secular, cuya historia está irremisiblemente teñida de sangre.

Ya en el siglo XIII a.C. los hebreos asolaron las tierras de Canaán, exterminando, por orden de Yahvéh, cuanto encontraban a su paso, para dar cobijo al ‘pueblo elegido'. Siglos más tarde ocurría lo mismo con el paganismo, con el judaísmo y con el cristianismo, y después con los seguidores de Mahoma, siempre ampliando terrenos a golpe de espada.  Como no es mi propósito valorar la historia del Islam, o del pueblo judío,  me centraré en ese crucificado cuya imagen me acompaña desde la más temprana niñez, y en desmontar lo que siempre me han hecho creer como verdad indiscutible: que Jesucristo es el único Dios, al que debo amar y complacer. Aunque fuera por un motivo tan legítimo como egoísta: satisfacer, en otra vida, el intenso deseo de felicidad que mi cerebro marca como la  meta de mi existencia.

Las religiones monoteístas, al creer que su dios es único, forzosamente han de rivalizar entre sí, derribando primero de sus altares a cualquier otro dios que le pudiera hacer la competencia, como ocurrió con el Yahvéh mosaico entre los hebreos y con el Dios cristiano en el mundo pagano del Imperio. El paganismo no conoce nada similar al pacto entre Yahvéh y el ‘pueblo elegido'.  En el politeísmo ninguna divinidad puede pretender la exclusiva. Pero la intolerancia es una característica esencial del monoteísmo, porque el dios ‘único' siempre es celoso. El cristianismo naciente, al ser una ‘secta' del  judaísmo, convivió en sus primeros años con la sinagoga judía. Pero, al ir separándose de las enseñanzas rabínicas, concitó la ira y el rechazo de la religión ‘madre', que vio no sólo cómo les robaban a sus fieles, sino incluso se  apropiaban de sus Sagradas Escrituras, de sus costumbres y tradiciones.

Para resumir la historia eclesiástica de estos primeros siglos voy a seguir a un historiador alemán, Karlheinz Deschner, cuya magna obra ha sido traducida al español, en nueve volúmenes, con el título de Historia criminal del cristianismo  (Martínez Roca, 1990-95). Título que puede sorprender a muchos por asociar al cristianismo la idea de ‘criminalidad', opuesta radicalmente a la propaganda que las Iglesias cristianas han repartido entre sus fieles, presentándose como el dechado de toda pureza y perfección, tanto doctrinal como moral. Veremos que es todo lo contrario.

Sería ingenuo acudir a los miles de libros apologéticos del cristianismo, donde se repiten los criterios favorables a la fe, disimulando, ocultando o falsificando los datos que puedan existir en contrario. Es lógico que ningún escritor cristiano quiera poner de manifiesto la ‘cara oscura' de su fe, y que solamente se interese por el brillo de sus bellezas, que han de servir para atraer más prosélitos a su causa. Pero, en mi caso, he de buscar precisamente ese ‘lado oscuro', siempre oculto, para completar la verdadera historia de la cristiandad. Historia que comienza con el expolio y la persecución de la religión ‘madre' por sus ‘sectarios hijos'.  La mayor parte de la moral cristiana es judía, de la que también reciben los seguidores de Cristo costumbres y ceremonias, oraciones y ritos, la creencia en los espíritus del bien y del mal, la idea mesiánica y la creencia en el dios único, aunque Yahvéh queda prácticamente anulado por Jesucristo, su Hijo, "de la misma naturaleza que el Padre". Hasta las catacumbas cristianas seguían el modelo de los cementerios subterráneos de los judíos.

Ya no necesitaré la ayuda de libros científicos, ni de investigaciones psicológicas o neurológicas para establecer mis puntos de vista y fundamentar mis opiniones y creencias. Ahora tendré que ocuparme de la Historia. Sólo sus datos fidedignos, sus documentos contrastados, su acopio de materiales que respondan a la más severa metodología histórica, serán mi guía en esta última parte, consagrada enteramente a la Historia de la Iglesia cristiana, o mejor, a la cristiandad, el conjunto de las familias religiosas cuyo objeto de culto es Cristo, el Dios de todos los cristianos. No podré ser neutral, desde luego, como cualquier investigador que sea sincero consigo mismo. Pero procuraré esconder  lo mejor posible mis sentimientos y opiniones ante la descarnada realidad de los hechos. Algo imposible para los ‘historiadores apologetas' del cristianismo, que, casi siempre en lucha interior agotadora, han de compaginar las exigencias de su fe con la terca realidad de los hechos contrastados, que acusan de ‘criminal' a esa ideología religiosa que han de respaldar, contrariando a toda recta conciencia. (Continuará).

 

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3 Noviembre 2009

OJOS QUE NO VEN (132)

 

Jesucristo (8)

 

 

Con tantas variantes ideológicas era normal que aquellos primeros cristianos se preguntasen cuál de ellas era la ‘verdadera'.  En un principio, al ser todas y cada una de  ellas  ‘desviaciones sectarias' del judaísmo, entrarían en el grupo de las ‘herejías' (no en el sentido posterior, sino como ‘partidos internos') que se apartaban de la estricta sumisión a la Ley y los Profetas. Al mismo Jesucristo lo llegaron a acusar públicamente de estar poseído por el demonio (Mc 3:22). Por lo que sabemos, las disputas teológicas entre los cristianos comenzaron muy pronto, al carecer de una doctrina común, divinamente ‘inspirada', admitida por todos, sino confrontadas unas con otras, como si de unas teorías filosóficas se tratara. Lo cierto es que ninguno de los primeros Padres (teólogos) de la Iglesia, hasta san Ireneo, cita pasaje alguno de los cuatro evangelios canónicos. El Dios de Verdad había abandonado a sus primeros hijos.

Siguiendo el ejemplo de los rabinos judíos, pronto aparecieron escuelas teológicas que se disputaban esa Verdad, aun coincidiendo en aspectos fundamentales como la creencia en Jesucristo y su resurrección. Adopcionistas, docetistas, ebionitas, elcasaítas, montanistas, milenaristas, marcionitas, socinianos y gnósticos se cuentan entre las principales escuelas teológicas que fueron declaradas ‘herejías' por la facción triunfante, que Piñero califica de "Gran Iglesia". Ella fue la que estableció con autoridad la lista de los libros canónicos, aplazando hasta el siglo IV la admisión del Apocalipsis, rechazado al principio por su doctrina ‘milenarista'. El ‘padre de todas las heterodoxias' en el seno del cristianismo fue, según los Hechos de los Apóstoles (8:9-24) Simón el Mago, que se presentaba como competidor de Jesucristo y como hacedor de milagros, siendo conocidos sus seguidores como simonianos, muy próximos al gnosticismo. Las diferentes versiones del credo de los bautizados hasta llegar al credo definitivo, en el siglo VI, han sido recogidas por J.N.D. Kelly en Los credos primitivos (Secretariado Trinitario,1980).

La ‘Gran Iglesia', es decir, el cristianismo mayoritario, de seguimiento paulino, se conforma fuera de Jerusalén, en un mundo fundamentalmente pagano. Son conversos gentiles o judíos que habían aceptado las enseñanzas de Pablo y que llenaban las iglesias, abandonando las sinagogas. En Israel, la nueva religión fue un fracaso, ya que la inmensa mayoría de los judíos se negó a aceptar a Jesús como Mesías. La organización de la ‘Gran Iglesia' obligaba a proclamar cargos eclesiásticos, con su jerarquía, el cuidado pastoral y el control de la fe, la disciplina y la enseñanza. "El primer testimonio claro de la idea de sucesión apostólica, dice Piñero, unida con la obligación de propagar el Evangelio, se halla en la Primera Epístola de Clemente, al final del siglo I", seguida inmediatamente por  Tertuliano, Hipólito y Orígenes. Antes del año 200, por tanto, la ‘Gran Iglesia' está controlada por una jerarquía episcopal que se considera legítima heredera de los apóstoles de Jesucristo, desaparecidos del organigrama eclesiástico inexplicablemente. "A partir de este momento, los heterodoxos serán más fácilmente detectados y eliminados o proscritos".

Queda demostrado que los cristianos no tuvieron ‘libros ‘sagrados' propios hasta más de un siglo después de su existencia. Y que los defendieron contraatacando, es decir, destruyendo los del adversario, sobre todo desde que contó con la capa protectora del poder político. En su Vida de Constantino, Eusebio de Cesarea afirma que a partir de 326 -es decir, con la Iglesia ya constituida- el Emperador ordenó buscar y destruir los libros de los ‘herejes', persecución que se continuará por sus sucesores con la quema de los libros opuestos a las enseñanzas doctrinales de la ‘Gran Iglesia'. Algunos fueron extremadamente celosos de esta orden, como Teodoredo, obispo de Siria, que confiesa haber perseguido y destruido todos los libros no canónicos de su diócesis. Los cristianos de Éfeso quemaron libros por valor de 50.000 denarios de plata. Contaban para ello, a comienzos del siglo III, con varios ‘catálogos' de herejes, obra de Ireneo de Lyon, Hipólito de Roma o Epifanio de Salamina.

A partir de finales del siglo III van apareciendo otras interpretaciones o ‘herejías' condenadas por el cristianismo oficial, como el maniqueísmo, el arrianismo, el pelagianismo, el monofisitismo, el nestorianismo y el priscialianismo, ampliamente estudiados por Piñero en Los cristianismos derrotados (Edaf, 2007). En total, son 27 las ‘herejías' o heterodoxias consideradas hasta el siglo XII. Unas condenadas y perseguidas ‘desde dentro', como la del español Prisciliano (obispo de Ávila), que defendía que el Dios del Antiguo Testamento no era el mismo que el del Nuevo, y que por ello fue condenado a muerte, siendo el primer cristiano ‘mártir' de su propia Iglesia (F.J.Fernández Conde, Prisciliano y el priscilianismo, Trea, 2008). El cristianismo de los siglos II y III hubo de sufrir sangrientas persecuciones, sobre todo en tiempos del emperador Valerio que en el año 258 ordenó la ejecución de todos los obispos, párrocos y diáconos cristianos, y con mayor furor se persiguió a todos los cristianos en el reinado de Diocleciano (280-305), tema que se verá después.

Las ‘herejías' era, en realidad, interpretaciones erróneas, pero bien intencionadas,  sobre el Jeucristo de la fe, condenadas sucesivamente por los ‘concilios' convocados por los representantes legales del la ‘Gran Iglesia' vencedora, envalentonada desde que, consiguiera la protección del emperador Constantino, que promulgó en el año 313 el llamado "Edicto de Milán", reconociendo a la Iglesia Cristiana como la oficial del Imperio. Bajo su amparo y disciplina, la Iglesia se reunió en el propio palacio imperial de Nicea, al norte de Turquía, en el año 325, para ‘unificar criterios' doctrinales y condenar a herejes, como el obispo Arrio. Fue el primer "Concilio Ecuménico", aunque sólo asistieron obispos orientales, y en el que se solventaron las disputas teológicas, al reconocer que Jesucristo era "Hijo único de Dios...engendrado, no creado".

El segundo se celebró en Constantinopla (año 381) para condenar el monofisitismo de Apolinar y ampliar el dogma, reconociendo que Dios era "una sola sustancia  y tres personas", una de las cuales era Jesucristo. El tercero tuvo lugar en Éfeso (año 431) para condenar a Nestorio y a la herejía adopcionista, que predicaba que Jesús era hijo "adoptivo" de Dios. El cuarto, cerca de Estambul, en Calcedonia (año 451) condenó a Eutiques, pero también continuó la formulación de la ‘esencia divina', al establecer que "Jesucristo era una sola persona con dos naturalezas", divina y humana, lo que permitía considerar a María verdadera Madre de Dios.

El papa Dámaso I (366-384) se proclamó a sí mismo "sucesor de Pedro" y  a Roma "sede apostólica", con autoridad para aprobar cualquier innovación en la doctrina. Poco después, el papa León I (440-461) dejó establecido que el obispo de Roma era el "primado de todos los obispos". Como se ve, el credo, que es la sustancia misma del cristianismo, se ha ido formando siglo tras siglo, sin que la ‘inspiración' divina viniera en ayuda de unos pobres hombres (por supuesto, ni una sola mujer en las controversias ni en las decisiones) que luchaban por sus ideas, pretendiendo que todas eran acordes con la verdad religiosa de Jesucristo, el misterioso Hijo y Segunda Persona de ese Dios trinitario que rechaza de plano cualquier mente gobernada por la razón. Lo que sí parece concluyente es que la victoria de la ‘Gran Iglesia' de Jesucristo era completa en el siglo V aunque su nombre no lograría jamás la unidad de las doctrinas teológicas, y la paz de sus fieles quedaría ausente para siempre. (Continuará).

 

 

 

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31 Octubre 2009

OJOS QUE NO VEN (129)

 

Jesucristo (5)

 

Jesús el Nazareno nunca pudo pensar en sí mismo como el Dios que habría de ser adorado durante más de veinte siglos por millones de fieles creyentes en su divinidad como la Segunta Persona de un Dios trinitario, idea herética para el judaísmo que profesaba. Ni en la posibilidad de perdonar los pecados de nadie, ni en fundar ninguna Iglesia (palabra, por cierto, que no aparece en los evangelios), ni en ser el Sumo Sacerdote de ningún rito nuevo (recordemos que los ‘sumos sacerdotes' lo enviaron al patíbulo). Ni nunca oyó la palabra mágica, inventada por Pablo: Jesucristo. Lo que sí fue creciendo en su mente, una vez bautizado, era la convicción de ser el Mesías esperado por los hombres de Israel. Sin esta creencia no se podrá entender ni la entrada triunfal en Jerusalén ni la crucifixión, ni su posición política, que no se puede separar de su mesianismo religioso. Jesús creía firmemente que su generación sería la última (Mc 13:30), idea incompatible con la adscripción a una organización de larga andadura, porque el "Reino de Dios" estaba ya cerca.  

Se vio a sí mismo como ‘mensajero' de Yahvéh. "Sólo siete textos, asegura Piñero en su Guía, afirman que Jesús es Hijo de Dios, pero en ninguno habla de sí mismo". Es más, con modestia, enseña que "sólo Dios es bueno" (Mc 10:18). Tampoco es él, en su supuesta condición de Hijo de Dios, quien reparte los lugares en el Reino, sino el Padre (Mc 10:40), a quien invoca en diez ocasiones, y a quien se entrega con una confianza absoluta, la misma que pide a quienes le escuchan. El apóstol Pedro, llamado a la jefatura de la Iglesia, expone en su primer discurso a los judíos: "Tenga por cierto toda la Casa de Israel que Dios ha hecho Señor y Mesías a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado" (Hch 2:32-36).

No son las palabras que se dirían si realmente Pedro tuviera conciencia de estar hablando del mismo Dios-Yahvéh, Creador y Omnipotente dueño de todo lo creado. El proceso de ‘reinterpretación' de la figura humana de Jesús para transformarla, por medio de la ‘resurrección', en la divina de Jesucristo, es obra indudable de Pablo, como es sabido. Pero este proceso no es pacífico ni sencillo, como también sabemos. La cierta escisión de los primeros cristianos en "hebreos" y "helenistas", según la nomenclatura de Antonio Piñero, dividió la fe entre quienes querían seguir fieles al judaísmo esencial de Jesús y quienes, adoctrinados por Pablo, eran gentiles, que veían a Jesús con ojos muy distintos. Entre estos se hallaba el diácono Esteban, que cuestionaba la validez de la Ley de Moisés como vía exclusiva de salvación y dudaban de la necesidad de un templo para rezar.

El linchamiento de Esteban se enmarca en la primera gran persecución contra los cristianos por parte de las autoridades de Jerusalén (Hch 7:56). "Esteban, lleno de gracia y de poder, reza el texto sagrado, realizaba entre el pueblo grandes prodigios y señales" (Hch 6:8). Es decir, era un discípulo del ‘mago' Jesús Nazareno, que obraba supuestos ‘milagros' y hablaba a las masas con autoridad. Ante el Sumo Sacerdote "miró fijamente al cielo y vio la gloria de Dios y a Jesús que estaba en pie a la diestra de Dios" (de nuevo, un ‘visionario'). Así lo dijo, y "entonces, gritando fuertemente se taparon sus oídos y se precipitaron todos a una sobre él; le echaron fuera de la ciudad y empezaron a apedrearle...Los testigos pusieron sus vestidos a los pies de un joven llamado Saulo" (Hch 7:55-58). Para que no quedara ninguna duda, el escriba denuncia que "Saulo aprobaba su muerte" (Hch 8:1). "Entretanto Saulo hacía estragos en la Iglesia; entraba por las casas, se llevaba por la fuerza hombres y mujeres, y los metía en la cárcel" (Hch 8:3).  Por tanto, el primer mártir de Cristo, sin lugar a dudas, lo fue por mano de Pablo,  el despiadado criminal y después converso, ‘fundador' y primer teólogo de la nueva religión cimentada sobre el recuerdo de Jesucristo.

Pablo, según Piñero, intenta lograr la "cuadratura del círculo": respetar la Ley de Moisés, por un lado, como predicaba Jesús, y por otro su tesis radical de que la Ley no importa, ya que lo único que justifica la salvación es la fe (Gál 3:17-22). La segunda gran aportación de Pablo a la doctrina cristiana fue la transformación del mensaje de Jesús sobre la inminencia del Reino (sólo para los judíos observantes) en un mensaje de salvación universal. La tercera es la divinización absoluta de Cristo, como Hijo de Dios Padre, pre-existente como él: "Para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y para el cual somos; y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y por el cual somos todos nosotros" (1Cor 8:6). No está de más repetir estas ideas, ya que son consustanciales con la historia del cristianismo.

Como lo son, en distinta medida, las del evangelista Juan, que tanto se diferencia de Pablo y de los otros tres evangelios sinópticos. Su evangelio, escrito medio siglo después de las cartas de Pablo, está empapado de la doctrina gnóstica, que vuela muy alto sin apegarse a lo terreno, en una filosofía de carácter místico, para la cual Jesús ya no es el  hombre divinizado sino el Logos, o Palabra de Dios. Como dice Piñero, "El autor del cuarto evangelio, como más conspicuo representante de una escuela teológica diferente, se vio obligado a difundir una visión modificada de la vida y obra de Jesús, ‘corrigiendo' así el punto de vista más superficial, más corpóreo de la tradición sinóptica" (Orígenes del cristianismo. Antecedentes y primeros pasos, El Almendro, 1991). En la época de este evangelio, la nueva institución estaba ya bastante organizada, aunque, al no existir ninguna instancia superior que controlase la doctrina, la variedad era la nota dominante en la dispersión, a veces incluso con enormes contradicciones (José Monserrat Torrens, La Sinagoga cristiana, Muchnick, 1989). El ‘consenso' no llegará hasta la definitiva formación del "canon" sagrado del cristianismo, es decir, el ‘expurgo' de la Escritura.

"El giro paulino, dice Puente Ojea en el citado libro, transmutaría radicalmente todas las categorías que el propio Nazareno -hasta donde las dejan filtrar los sinópticos- empleó y difundió antes de su involuntario sacrificio pascual". Las palabras de Pablo lo transforman todo, es decir, lo desvirtúan a causa de la manipulación. El primer relato en que se habla de la resurrección de Jesús lo hace Pablo, sin mencionar a la Magdalena y demás mujeres: "Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras...fue sepultado...resucitó al tercer día, según las Escrituras...se apareció a Cefas, luego a los doce...y después de todos, como a un aborto, se me apareció a mí".

Esta declaración paulina, cínicamente modesta, esconde lo que Puente Ojea llama "falacia conativa" (se cree lo que se desea creer, porque se supone que el deseo de algo implica la existencia real de ese algo), puesto que las ‘visiones' no tienen nada que ver con la ‘resurrección' del cuerpo, ni lo que digan las Escrituras puede ser ‘causa' de lo sucedido, sino vaticinia ex eventu, profecías forjadas tras los hechos". El cambio de mentalidad ha de comenzar por el hecho inevitable de la muerte, vista antes como término de la vida y después de Cristo como continuación sin final. Pero fue Pablo quien "estableció la singular visión de la discontinuidad de la muerte como ‘transformación' del cuerpo" (James P. Carse, Muerte y existencia, FCE, 1967).

Lo que Pablo defiende es una nueva religión, desvinculada del mesianismo judío, con una divinización que Jesús nunca hubiera aprobado, dado su estricto ideario monoteísta. A la idea ‘revolucionaria' político-religiosa del Nazareno sucede una idea ‘conservadora' del orden social. El Jesús de Pedro, de Santiago, de Juan, no tiene gran parecido con el Jesucristo de Pablo.  Ahora bien, "cuando pasamos del Evangelio de Jesús al de Pablo, lo primero que nos llama la atención es que el Dios del Apóstol no se contenta con recordar a Israel su sentimiento de fidelidad; él mismo elige soberanamente a los suyos y los elige en todas partes" (Alfred Loisy, Los misterios paganos y el misterio cristiano, Paidós, 1990). El Dios de Pablo es misericordioso con quien le parece bien, "se muestra duro con quien quiere" (Rom 9:18), ya no es el de la primera comunidad, el de los primeros discípulos. Para Pablo, el verdadero Cristo es el Cristo espiritual, aquel que, muerto en la cruz, resucitó como espíritu, quien cumple el mismo papel de los ‘dioses sufrientes' en los cultos paganos. Cuando Pablo habla del Cristo crucificado no habla del hombre que sufre, sino del redentor divino, que se entrega por los pecados del mundo (del pasado, del presente y del futuro). Algo que nunca dijo Jesús. (Continuará).

 

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30 Octubre 2009

OJOS QUE NO VEN (128)

 

Jesucristo (4)

 

El médico y pastor presbiteriano Levi H. Dowling, en su obra El Evangelio  Acuario de Jesús el Cristo (Eyras, 1978) con más de cincuenta ediciones durante el siglo XX, sostiene que durante los años de su ‘vida oculta' Jesús viajó por la India, Tibet y Nepal, donde habría aprendido las bases doctrinales de las enseñanzas de Buda, teniendo conocimiento también de la religión de Zaratustra a su paso por Persia y Asiria. Lo más notable es que asegura este pastor ‘visionario' que Jesús aprendió filosofía en Grecia y que ingresó en una ‘fraternidad secreta' durante su estancia en Egipto. Marginando el supuesto 'ingreso' en dicha fraternidad, muchos comentaristas dan por buena la estancia de Jesucristo en Egipto, país vecino cuya influencia sobre la Palestina antigua nadie debe ignorar si quiere entender algo de la mentalidad hebrea. En el Museo Arqueológico de Palestina se conservan muchos amuletos egipcios y fenicios, que demuestran la realidad de esa influencia de tipo religioso.

Recordemos que Jesucristo fue admirado y aplaudido por las masas, más que por su predicación, por los prodigios que hacía para corroborar la verdad de sus palabras o para el beneficio de los más necesitados. Pero, como sabemos, no era el único ‘hacedor de milagros' en su época, considerados ‘magos', como Simón Mago (Hch 8:9-24), que tendría un gran predicamento en Samaría y en Roma, donde se proclamó un ‘dios'. Como ya hemos visto, también lo fue el griego Apolonio de Tiana, a quien, incluso, el emperador Caracalla ordenó consagrar un templo. Parece ser que fue el escritor Porfirio el primero en comparar a Apolonio con Jesús. Ambos con el calificativo de "mago", pero sin la consideración divina, ya que, como dijo el cristiano Eusebio "ningún hombre puede hacer milagros", para respaldar la condición divina de Jesucristo. Sin embargo, uno y otro tenían en común, según sus defensores, que habían aprendido en Egipto las artes mágicas, y que por ellas habían sido perseguidos.  Aunque los dos se diferenciaban de la mayoría de los magos, que utilizaban sacrificios de animales, conjuros complicados, trabajaban por dinero y eran tramposos, sus ‘milagros' eran ilusorios, intrascendentes y de corta duración, basados en trucos al alcance de cualquiera que los hubiera aprendido.

No enseñaban la virtud, siendo ellos mismos inmorales y tramposos, sin ofrecer nada que significara un camino de salvación. Por otra parte, "los cristianos insistían en que, a diferencia de cualquier mago, Jesús y su vida habían sido predichos por los profetas del Antiguo Testamento, y sus proclamaciones habían sido confirmadas por su resurrección de entre los muertos, apariciones después de su muerte y ascensión al cielo. Los seguidores de Apolonio no tenían profecías que presentar, pero tenían el gran ‘milagro' de su escapatoria de la muerte e invocaban su ascensión y apariciones después de su muerte" (Morton Smith, Jesús el Mago, Martínez Roca, 1988). Si Jesucristo era Dios ¿por qué no lo podía ser Apolonio de Tiana?

El hallazgo reciente, en un pecio del puerto de Alejandría, de una ‘vasija' o ‘taza' de una sola asa, de cerámica, datada a mitad del siglo I d.C., ha venido a revolucionar el mundo académico de la arqueología. Porque en su costado, con letras griegas de fácil lectura, se puede ver una inscripción que, traducida, podría decir: "Por Chrestos el mago". Si hiciera referencia a Jesucristo, en lo que no están de acuerdo todavía los estudiosos, vendría a confirmar la valoración popular de Jesús como "mago" y vendría a ser la primera referencia conocida de Jesucristo, unos pocos años antes de que Pablo escribiera su primera carta a los Tesalonicenses. El recipiente, que he podido contemplar de cerca, puede ser una simple taza de uso común, o quizás una vasija ritual. Pero es un indicio más de que Cristo y la magia no estaban tan distanciados. El retrato popular del Jesús itinerante era principalmente el de un ‘hacedor de milagros', por lo que Celso, enemigo de los cristianos, comenzó su ataque diciendo que hacía sus milagros mediante la magia, aprendida en Egipto. Continúa vertiendo acusaciones sin más fundamento que su odio a Jesucristo, llamándole, entre otras cosas, "bandido", "embustero" y "jactancioso", pero "lo que no se discute, añade Morton Smith, es que el nombre de Jesús continuaba utilizándose en la magia como el de un poder sobrenatural por cuya autoridad podían ser conjurados los demonios".

Hay constancia de que el nombre de Jesús aparece en conjuros paganos, tanto como en los exorcismos cristianos, y su figura aparece, incluso con una ‘varita mágica' en una placa de vidrio dorado del siglo IV de la Biblioteca Vaticana. Numerosos actos de ‘magia' se suceden en la vida de Jesús, desde el bautismo a la eucaristía ("un rito mágico inconfundible"), pasando por la expulsión de los demonios y las curaciones más o menos sensacionalistas. Le acusaban de obrar estos prodigios "por obra de Belcebú", el mismo ‘espíritu' que lo condujo al desierto (Mc 1:12). Pero también otros expulsaban demonios sin que fueran acusados como él. No es fácil deslindar las líneas divisorias del retrato ‘oficial' de Jesucristo, según las tradiciones conservadas en los evangelios. Jesús el "mago", Jesús el "Hijo de Dios" o Jesús simplemente "Dios", Segunda persona de la Trinidad cristiana. "Cada uno de ellos, escribe Morton Smith, es intrínsecamente increíble, ya que los tres explican los fenómenos de la vida de Jesús según los términos de un mundo mitológico de demonios y divinidades que no existe". ¿Sería una plausible explicación la ‘magia blanca' sustentada en ‘trucos' y habilidades del mago?

Los evangelios nos dicen que algunos de sus seguidores primeros creían que era un ‘profeta' antiguo, como Elías (Mc 6-15; 8:28), Jeremías (Mt 21:11, 46) o quizás Moisés (Jn 6:14; 7:40; Hch 7:35-40). Pero después corrigen la apelación, para dejar bien establecido que es el Mesías (Mc 8:28-30; Lc 24:19-26; Jn 4:19-25). Sabemos, sin embargo, que si los profetas hicieron ‘milagros' no era por su propio poder, sino por invocación a Yahvéh. Tampoco tenían poder para expulsar los demonios, ni para perdonar los pecados, ni para profetizar el fin del mundo aunque algunos, como Elías y Eliseo pudieran leer los pensamientos ajenos, cosas que sí hizo Jesucristo. Las diferencias son notables. Pero es comprensible que los evangelistas quisieran presentar la figura del Maestro como superior a cualquier personaje del Antiguo Testamento, ya que uno de sus propósitos era, precisamente renovar y superar la Ley mosaica, aunque predicando su cumplimiento (Mt 5:17).

La ciencia, que no puede admitir ningún tipo de milagro por ser contrario a las leyes inmutables de la naturaleza, no se preocupa del tema, abandonado en manos de las religiones, aunque ninguna de ellas puede presumir de tener el dominio exclusivo sobre los prodigios inexplicables. Ni siquiera Jesucristo y su Iglesia, que amparan la existencia -múltiple y variopinta- del milagro, que consiste en la ruptura con las leyes naturales, pero que exige a sus más fieles para ser canonizados como escogidos, en posesión ya de la vida eterna. ¿Hay mayor contradicción? De san Juan Bosco se dice que poseía poderes paranormales; a san José de Copertino se le llama "el fraile volador" por sus continuas bilocaciones, que también tienen un ejemplo en la monja española María de Ágreda. El cristianismo cuenta entre los suyos a unos doscientos santos que ‘levitaban' con facilidad, como santa Teresa de Jesús, san Ignacio de Loyola, san Felipe Neri, santo Tomás de Aquino, y otros menos conocidos. En todo caso, no sirven para gran cosa en la invocación a los dioses,  pues "sería inútil afirmar que los milagros de Jesús y de los santos demuestran la supremacía de la cristiandad" (D. Scout Rogo, El enigma de los milagros. Una investigación paracientífica de los fenómenos portentosos,  Martínez Roca, 1990).

Algo parecido ocurre en religiones orientales, como el hinduismo, donde existen  muchos faquires y santones con poderes espirituales, lo mismo que los chamanes de Africa, Mongolia o Alaska, entre indios de religiones primitivas, todos ellos con facultades especiales para realizar prodigios inexplicables. Aunque la mayoría de las personas sensatas creen imposible el milagro, y piensan más en hábiles ‘trucos' de magia, el mundo de los hechos milagrosos puede parecer un poco menos enigmático y exasperante si lo consideramos a la luz de la parapsicología,  la ciencia de lo paranormal, o incluso a la luz de las nuevas ciencias neurológicas. "La mente humana -concluye Rogo- es la responsable de la creación de los milagros".Por otra parte, los más recientes estudios sobre el cerebro admiten como causas de estos ‘supuestos milagros' la hipnosis, las alucinaciones colectivas, o las extrañas conexiones neuronales, todavía en estudio. En ello están empeñados los científicos de varias universidades, como la de Copenhague o la de Johns Hopkins en EE.UU. Todo cambiará cuando la ciencia llegue al más sensacional de sus descubrimientos dentro de la física cuántica, la comprobación de la teoría de cuerdas, que unificará todas las teorías conocidas y dará la explicación a todos los que hoy consideramos ‘misterios' de la naturaleza.  (Continuará).

 

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29 Octubre 2009

OJOS QUE NO VEN (127)

 

Jesucristo (3)

 

Sobre la biografía del apóstol converso Pablo, san Pablo para los cristianos, no hace falta profundizar mucho, porque es bastante conocida. Sobre todo su condición de fariseo devoto, perseguidor de los primeros cristianos y después convertido en el más firme defensor de la creencia en Jesús Nazareno como verdadero Hijo de Dios, Salvador y Redentor del género humano. Tendría unos quince años más que Jesús, a quien no conoció personalmente (2Cor 5:16) y sabía de memoria las Escrituras. Según Piñero, la ‘conversión' (o ‘llamada' según sus palabras), tuvo lugar unos tres años después de la muerte de Jesús. Esa ‘visión' o ‘revelación', propia según los psicólogos, de una grave enfermedad epiléptica,  lo transformó de tal forma que sus palabras y sus obras no sólo fueron determinantes para el futuro del cristianismo (Gál 1:13-14 y Hch 9:28-29), sino que sentaron las bases de una teología nueva, la que sustituye el mensaje de Jesús sobre la inminencia del Reino (judío)  en un mensaje de salvación universal. Sustituye al "Hijo del Hombre" por "Hijo de Dios", y sobre todo por el título de "Señor", reservado antiguamente a Dios. "La salvación debía ser abierta, comenta Piñero, para todos, porque por ese tiempo era doctrina ética muy difundida por los estoicos la sustancial unidad e igualdad del género humano". Pablo evita los títulos de "Mesías", "Ungido" o simplemente "Cristo", para usar, como hemos visto, el de Señor y el combinado que ha prevalecido con los tiempos: Jesucristo.

El catedrático Antonio Piñero, tan buen conocedor de la época, expone una brillante idea para explicar la rápida y amplia difusión de las nuevas doctrinas paulinas en las tierras bañadas por el Mare Nostrum. Los paganos "temerosos de Dios", pero que no se habían circuncidado ni tenían intención de hacerlo, constituían el campo virgen de la actividad apostólica de Pablo, que tuvo que ingeniárselas para convencerlos. "Su esfuerzo, dice Piñero, puede compararse al de un buen vendedor que intenta colocar su producto en un mercado nada fácil...donde pululaban otros vendedores de ideas religiosas: seguidores de los Misterios, filósofos que buscaban adeptos para sus escuelas, predicadores ambulantes de religiones orientales, etc. A todos ellos opuso Pablo un mensaje denso pero simple a la vez: todo lo que aquellos prometían lo ofrecía Jesucristo mejor, más sencillo y...gratis". Todos buscaban la salvación futura, la inmortalidad, que es anhelo congénito de todo humano. Pero las religiones paganas exigían la "iniciación en los Misterios" de las diversas divinidades ‘salvadoras' (Isis, Deméter, Adonis, Mitra, Serapis...) y estos rituales eran muy costosos, a veces duraban meses (por ejemplo, en Eleusis) y había que pasar mucho tiempo fuera del hogar en casas de huéspedes, teniendo que pagar, además, los gastos del santuario. Pero llega Pablo y ofrece la salvación sin moverse de casa y gratis, con extrema facilidad.  El éxito estaba asegurado.

Situándose en el polo opuesto del judaísmo, Pablo asegura que la Ley de Moisés no tiene ya ninguna eficacia salvadora. Jesucristo ha venido para sustituirla por la "ley del amor", la circuncisión por el bautismo, que perdona los pecados, y los ritos paganos por la eucaristía. El Salvador se ha encarnado y sacrificado para expiar todos los pecados, pasados, presentes y futuros: "Cristo murió por nuestros pecados" (1Cor 15:3). (¿Hay mayor comodidad?). La contrapartida es sencilla, para las almas simples: basta creer con ‘fe ciega' que Jesucristo es Dios, que nos ama y que nos llevará a la eterna felicidad si le somos fieles. Ya la "alianza" no es de obediencia sino de fe y de amor (Gál 2:15-21; 5:13-14; Rom 3:21-31). Este Salvador es de naturaleza sustancialmente divina (1Cor 2:8), Flp 2:6-9; Gál 4:4-6) que, aun siendo el Mesías, no completó su labor redentora hasta después de la resurrección. "La doctrina de la ‘justificación por la fe', dice Piñero, fue una gran revolución teológica en su tiempo".

A pesar de todo, Pablo no piensa que está fundando una nueva religión; pues sigue siendo fiel a la Escritura sagrada. Para él, el cristianismo es solamente una ‘renovación' del judaísmo bíblico. La Ley antigua cumplió su función hasta que vino Jesucristo, el  Salvador, que nunca se propuso liquidar la antigua Ley. El cristianismo es el único judaísmo posible, pero, de hecho, a partir de la predicación de Pablo, y quizás sin él ser consciente de ello, aparece una ‘nueva religión'. Entonces, ¿quién es el fundador del cristianismo, Jesús o Pablo? Según Piñero, "no hubo, ni pudo haberlo, un único fundador", la doctrina ‘se fue haciendo' entre todos y duró varias generaciones. Aunque Pablo, desde luego, es el primer gran teólogo del cristianismo, porque antes de la cruz no hay cristianismo: Jesús no "pudo ser el fundador del cristianismo, ya que éste nace más tarde que él" (Piñero). Saulo-Pablo fue el hombre que "creó a Jesucristo",  el "fundador" del cristianismo, con varios ‘secretos' en su haber, como su parentesco con el rey Herodes el Grande (nieto por parte de padre) y su participación en el martirio de Esteban y presuntamente en el más luctuoso recuerdo de la historia de Roma, ya que fue "el verdadero responsable del incendio de Roma, obra de cristianos fanáticos", que inculparon a Nerón (Robert Ambelain, El hombre que creó a Jesucristo. La vida secreta de san Pablo (Martínez Roca, 1985).

Además, la doctrina varía. La de Pablo supone un "corte radical" con la de Jesús. Para empezar, siguiendo en esto a Piñero, "Jesús se veía a sí mismo como un ser humano normal, aunque con una relación especialísima con Dios; Pablo, por el contrario, hace de Jesús un ser divino pre-existente... El personaje que comienza a poner los cimientos de la nueva religión es Pablo de Tarso y no Jesús de Nazaret". El estudio del entorno social y político, religioso y escatológico en el que se desarrollan los acontecimientos evangélicos hace concluir al insobornable catedrático que "una de las grandes tareas que tiene ante sí la teología del siglo XXI es encarar el problema del hiato entre lo que fue Jesús y lo que de él se dijo.

El ‘credo' de la Iglesia tiene poco que ver con el ‘credo' del Jesús histórico y eso debe ser explicado claramente en las clases de teología". Es un torpedo dialéctico en la línea de flotación de la Iglesia católica, que deberá afrontar en el futuro.  Sobre todo si, como dicen algunos estudiosos, los Evangelios, sean canónicos o apócrifos, no cuentan toda la verdad. Existen, al parecer,  otros evangelios ‘secretos', doctrinas misteriosas guardadas celosamente y hace poco desveladas y comentadas por la Gran Logia Suprema de los Rosacruces, que se creen los depositarios, a través de sucesivas sociedades secretas, de las ‘verdaderas' enseñanzas de Jesucristo (H. Spencer Lewis, Las doctrinas secretas de Jesús, 1979, y Martin W. Meyer, ed. Las enseñanzas secretas de Jesús, Crítica, 1986). Por lo visto, no es suficiente el enredo doctrinal de los textos ‘oficiales' del cristianismo y se necesitan algunos más para terminar de aniquilar en los humanos el deseo, nunca satisfecho, de saber con exactitud qué sentido tiene la vida y cuántas doctrinas ‘salvadoras' ha conocido la historia, en especial,  la de Jesucristo-Pablo.

No obstante, el secretismo, que acompaña siempre al hombre intrigante, no se para en la mera salvaguardia de una doctrina de salvación. A lo largo de toda la historia del género humano han existido ‘sociedades secretas' que, relacionadas o no con el poder político, han pretendido no sólo suplantar sino casi siempre exterminar todo vestigio de los dioses y de las religiones, muy en especial las establecidas en Occidente sobre la fe y la moral del cristianismo. Pienso, por ejemplo, ahora tan de moda, en los Illuminati del siglo XVI o en el  Priorato de Sión, tan relacionado con la descendencia carnal de Jesucristo (Luis Miguel Martínez Otero, El Priorato de Sión. Los que están detrás, Obelisco, 2004). Según otros autores, se trataría de una "religión secreta" que nació en el antiguo Egipto y que ha llegado hasta nuestros días, a través del gnosticismo, el hermetismo, el catarismo, la Orden de los Templarios,  Illuminati, Francmasones y Rosacruces, a los que se deben responsabilizar de las grandes catástrofes sociales,  que han intentado cambiar el rumbo de la historia (Robert Bauval y Graham Hancock Talismán, Martínez Roca, 2008). Para estos autores, el ‘sello' de estas ‘sociedades secretas' ha dejado su huella incluso en las grandes urbes como Washington, Nueva York, Filadelfia o París. La fantasía no tiene límites.  (Continuará).

 

 

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21 Octubre 2009

OJOS QUE NO VEN (120)

 

Jesús el Nazareno (6)

 

Para el profesor Schonfield, que ha consagrado toda su vida académica a estudiar la figura del Jesús histórico, no hay ninguna duda de que, como han señalado tantos otros estudiosos, Jesús de Nazaret no pretendió fundar ninguna nueva religión. Era un judío que proclamaba, como el Bautista,  el arrepentimiento de los pecados y la próxima llegada de la esperanza judía: el Reino de Dios. Sería ingenuo pensar en una nueva religión si esta llegada era inminente. No fue, por tanto, el fundador del cristianismo, tal como se ha enseñado hasta la fecha, sino un devoto judío, que hablaba a los judíos sobre una próxima liberación político-religiosa. Así lo entendían las masas enfervorizadas que le aclamaban como el Mesías esperado. Este mensaje no tiene nada que ver con la idea de un Dios encarnado, redentor y salvador del género humano, que proclaman las iglesias cristianas.

Su mensaje se dirige a unos oyentes judíos, fomentando la idea de una liberación. Jesús no siguió el modelo de los grandes fundadores de religiones: no dictó ninguna ley,  ni un conjunto doctrinal detallado y sistematizado. Como sabemos, no dejó nada escrito, ni construyó templos que compitieran con los judíos o con los paganos. Sus enseñanzas siempre fueron orales, y nunca habló de una ‘institución' de carácter religioso, de la que él se sintiera un líder o ‘fundador'. ¿Cómo es posible, entonces, que se haya propagado durante siglos esta falsa idea? Porque esta falsedad era inconfesable. Sin ella se hundiría el edificio completo. Escribe Schonfield: "Sería una píldora muy difícil de tragar el que una institución que se confiesa de origen divino y que afirma ser guiada por el Espíritu Santo tuviera que confesar ahora haber vivido en un grave error durante diecinueve siglos". (Hugo J. Schonfield, Jesús ¿Mesías o Dios?, Martínez Roca, 1987). Como veremos, la fe cristiana se basó, años más tarde, en una imagen divina que participaba de las características del antiguo paganismo.

Tras la muerte de Jesús, la ‘Iglesia primitiva' de Jerusalén se organizó alrededor de su hermano menor, Santiago, extendiendo la idea de que el muerto-resucitado era el Mesías anunciado por Moisés. "Dicha organización fue conocida comúnmente como los nazoreanos...y tenía mucho más que ver con la historia judía que con la historia cristiana". Estos ‘cristianos' originales, con los apóstoles y los ancianos, capitaneados por Santiago, constituían un ‘partido' de carácter político-religioso. "Únicamente esta personalidad santa, pero muy decidida, pudo haber mantenido unidos los entremezclados y diversos ingredientes del movimiento nazoreano, que comprendía a los zelotes, los fariseos, los esenios y otros...La religión de los nazoreanos era judaica, en una forma que enfatizaba la estricta observancia de las ordenanzas mosaicas...Lo que distinguía a los nazoreanos era su creencia de que Jesús había sido nombrado Mesías por Dios...Los sacerdotes que se unieron al partido nazoreano siguieron siendo sacerdotes judíos, continuaron cumpliendo con sus obligaciones en el Templo". (Hugo J. Schonfield, El partido de Jesús, Martínez Roca, 1988). La tablilla infamante de la cruz no admite discusión: "Jesús el Nazareno, Rey de los judíos" (Jn 19:19). Y  Pedro, en el patio del Sumo Sacerdote es acusado: "Tú también estabas con Jesús, el Nazareno" (Mc 14:67).

El término "nazoreano" me ha llamado la atención, porque me era desconocido. A Jesús se le conoce en varios pasajes de los evangelios como nazoraios, vocablo griego que algunos derivan de Nazaret y otros de una etimología ideológica. He buscado en el diccionario bíblico católico y sólo aparecen las formas "nazareno" y "nazireo" (Serafín de Ausejo, Diccionario de la Biblia, Herder, 1987). Tampoco en el protestante, donde se recogen "nazareno" y "nazareo" (Vila Escuain, Nuevo diccionario bíblico ilustrado, Clie, 1990). El "nazareo", según este diccionario, era una persona, hombre o mujer, consagrada a Dios, sin apartarse de la vida social. Este voto temporal le prohibía consumir vino, cortarse el cabello o tocar a un difunto. Era una institución bíblica que tuvo entre sus miembros a Sansón y Samuel, y quizás también a Juan el Bautista. El diccionario católico propone la voz "nazireo", del hebreo nazỉr, con el mismo significado de "consagrado". En todo caso, el partido "nazoreano" no tiene nada que ver con Nazaret, ya que sus miembros eran de diferentes partes de Judea y Galilea. Puede quedar la duda de si el letrero de la cruz aludía al nacimiento de Jesús o al ‘partido'. No se ponen de acuerdo los lingüistas, mientras que la mayoría cristiana prefiere entenderlo como oriundo de Nazaret. Decisión más piadosa que científica, puesto que muchos dudan de la propia existencia de Nazaret, siguiendo la Enciclopedia Judaica, donde se lee que "la primera mención de Nazaret aparece no antes del siglo III d.C."

En los Hechos de los Apóstoles (24:5) tampoco se aclara la cuestión, ya que varía según las traducciones. Para la Biblia de Jerusalén, Pablo es acusado ante el Sanedrín de ser "el jefe principal de la secta de los nazoreos". Para la Sagrada Biblia de la BAC, es "el caudillo de la secta de los nazarenos". En ambos casos se habla (correctamente) de una "secta" judía y de la jefatura de Pablo, pero se traduce mal el título de la secta, que, en ningún caso se relaciona con Nazaret. Es inverosímil, por tanto, buscar la etimología en una minúscula (si es que existiera) población de Galilea. Piñero, obviando la versión de la Biblia de Jerusalén, se inclina decididamente por la palabra "nazareno", con que eran conocidos los primeros seguidores de Jesús, aunque también se decían "mesianistas". No tenían Escrituras propias, sino que se regían por las propias del Antiguo Testamento. Cuando la nueva fe se extendió fuera de Palestina, "en concreto, en Antioquia, de Siria, alguien inventó el nombre de cristianos", derivado del griego christós, que significa el ungido, el mesías (Antonio Piñero, Guía para entender el Nuevo Testamento, Trotta, 2006). Pero tampoco este título es original, ya que en Egipto el dios Horus, el hijo de Isis, era conocido también como KRST, el "ungido". "El nuevo grupo, sigue diciendo Piñero, pensaba que los demás judíos habían abandonado de hecho la Alianza con Dios, ya que rechazaban al Mesías enviado. Y si los cristianos eran el verdadero Israel, no necesitaban nuevas Escrituras". (Continuará).

 

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19 Octubre 2009

OJOS QUE NO VEN (118)

 

Jesús el Nazareno (4)

 

Una de las enseñanzas bíblicas más arraigadas en el pueblo judío era la próxima llegada del Mesías prometido, que habría de regir a Israel, tras el final de la dominación extranjera. En los primeros años de su tercer decenio de vida, Jesús tuvo noticia de que cerca de allí, a orillas del Jordán, un ‘hombre santo' anunciaba esa llegada y bautizaba en nombre del "Reino de Dios", que estaba ya muy próximo, predicando el arrepentimiento y el perdón de los pecados. Humillándose ante Juan, Jesús de Nazaret se sometió a su bautismo y al salir del agua tuvo una experiencia mística, imposible de conocer, pero que el Bautista explica como una ‘visión': "He visto al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y se quedaba sobre él" (Jn 1:32). Una vez más, una alucinación o visión alucinatoria  (y por tanto, carente de realidad) pone la base roqueña de una creencia trascendental. Proclamar esta ‘visión' era tanto como admitir que ese Jesús recién bautizado era el Mesías anunciado por los profetas. Pero sabiendo que la expectativa judía no identificaba a Jesús con el Mesías, ni al Mesías con Dios, idea incompatible con el monoteísmo judío, sino como su enviado, su ‘Hijo predilecto', sucesor en el trono de David a título de Rey. No lo identifica con Dios (Joseph Klausner, Jesús de Nazaret. Su vida, su época, sus enseñanzas, Paidós. 2006).

Contra  la apreciación del gran biblista Geza Vermes, quien defiende que los títulos de Mesías y de Hijo de Dios le fueron aplicados por sus seguidores, podemos aceptar con otros estudiosos, como Schonfield, la absoluta sinceridad de Jesús al creerse el Mesías prometido. Aún más, que detrás de él había un activo "grupo secreto" con motivaciones políticas y aspiraciones religiosas, recogidas en un desaparecido "evangelio secreto de Marcos", con enseñanzas esotéricas. "La correcta comprensión de Jesús empieza por tomar conciencia de que él se identificaba a sí mismo con la realización de la esperanza mesiánica". Únicamente sobre esta base adquieren toda su inteligibilidad las tradiciones que rodean su figura.

No era ningún charlatán que tuviera la intención de engañar voluntaria y deliberadamente a su pueblo, o que supiera que presentarse como Mesías era un acto fraudulento. No existe la menor sospecha de fraude por su parte. Al contrario, nadie puede estar más seguro de su vocación que el propio Jesús, y ni siquiera la amenaza de una muerte inminente mediante la horrible tortura de la crucifixión logran hacerle negar su mesianismo" (Hugo J. Schonfield, El complot de Pascua, Martínez Roca, 1987). Esto refuerza el hecho de que el cristianismo posterior pusiese todo el empeño en ‘asumir' que Jesús de Nazaret era el Mesías anunciado en la Biblia. Mesías que, como sabemos, aún siguen esperando los judíos ortodoxos, porque ser el Mesías es una profunda convicción, pero falaz, del propio Jesús, prolongada en la doctrina cristiana, cuyos fundamentos son inestables, fruto de la imaginación en sus comienzos, y fraude reiterado en los apologetas del cristianismo posterior.

Bautizado ya, y emocionado por la experiencia mística, de la que salió convencido de ser ‘Hijo de Dios' (uno más en la historia) Jesús Nazareno guió sus pasos al desierto (¿Qumrán?), donde, como es sabido por los evangelios, hizo penitencia y ‘recibió' la visita de Satanás, dispuesto a que también se humillara ante él, sin conseguirlo (Mc 1:12-13). A continuación marchó a Galilea, donde escogió a los pescadores Simón y Andrés como sus primeros discípulos,  comenzando su ‘vida pública' de predicador itinerante, con el mensaje bíblico (idéntico al de los esenios): "El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva" (Mc 1:14-17). Mateo y Lucas siguen a Marcos y dejan por escrito que Jesús recorrió los pueblos y aldeas de Galilea, Judea, Decápolis y Transjordania predicando en las sinagogas y curando a los enfermos, a los poseídos por el demonio, a los lunáticos y paralíticos. Más que sus palabras, sus hechos prodigiosos atraían a la muchedumbre, que le pedían más y más milagros.

Así durante todo el tiempo de su ‘vida pública', de poco más de un año, sin casa propia, alojándose y aceptando el sustento que le daban sus admiradores ("el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza", Mt 8:20), siempre acompañado por sus doce discípulos, que, según los teólogos, representaban a las doce tribus de Israel (Mc 3:16). Pero también sabemos que el número doce era mítico, repetido en las mitologías paganas (Horus, Buda, Dionisos, Mitra y otras divinidades solares), o incluso en la mitología celta (Doce son los caballeros del rey Arturo). Todos son simbolismos de los signos del Zodiaco y de los meses del año. También pudo ser un ‘invento' evangélico el dejar establecido que fueron doce los discípulos de Jesús.

A diferencia de Juan el Bautista, Jesús no bautizaba. Ni pretendía fundar una nueva religión, como se verá más adelante.  Sólo predicaba el cambio de vida, porque el Reino de Dios estaba próximo (Mc. 1:15; Lc 10:9; Mc 11:9-10). Esta idea del Reino, conforme a las promesas de la Alianza, era el mensaje fundamental que ocupaba la actividad ‘misionera' de Jesús. Aunque nunca dijera explícitamente en qué consistía ese "Reino", todos entendían que aspiraba a la liberación político-religiosa del pueblo judío. El no cumplimiento de esta profecía, que sólo advirtieron las generaciones posteriores, ha distorsionado de tal manera el mensaje de Jesús, que el cristianismo paulino sustituye la idea de un reino material y temporal (exclusivo de la tierra de Israel) por la dominante después del reino celestial y eterno. Es una de las mistificaciones de la doctrina evangélica que marcan a perpetuidad la evolución de la nueva religión (ya no secta judía) cristiana.

Con la mirada fija en los próximos acontecimientos escatológicos (el final del mundo) Jesús proclama una ética de ‘imposible cumplimiento', como afirma Piñero, porque, de cumplirse, la humanidad "quedaría aniquilada", ya que predica la hostilidad contra los bienes materiales, la marginación del trabajo y la creatividad, y finalmente el poco aprecio de los vínculos familiares (Mc 3:31-35). Pregona la radicalidad más extrema: "Si alguno viene a mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas, y hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo" (Lc 14:26). El matrimonio y la familia no serán necesarios en el nuevo Reino: "los que tienen mujer, vivan como si no la tuviesen". No hay que respetar a los difuntos, ni honrar a los padres: "Sígueme y deja que los muertos entierren a sus muertos" (Mt 8:21-22). Con otras palabras: ‘Esto se acaba'. Vivid sólo para conseguir un puesto en el "Reino", cerca de Dios. Como anota el profesor Piñero, "una comunidad estable no puede regirse por estas normas propugnada por Jesús. Ponerlas en práctica con todas sus consecuencias significaría el fin de cualquier sociedad organizada".  Menos mal que los anacoretas, que hicieron caso de estos consejos, ni fueron muchos ni su influencia se dejó notar en las grandes masas de la sociedad.

"Desde la vuelta del Exilio (siglo V a.C.) -escribe Piñero- se había ido formando en Israel la concepción de que un reinado de Dios era incompatible con el hecho de que el pueblo elegido estuviera dominado por príncipes extranjeros" (Guía para entender el Nuevo Testamento, Trotta, 2007).  Esta idea explica la sutil negativa de Jesús a pagar el tributo al César (Mc 11:17), y la reacción acusatoria de sus enemigos, ya que "anda amotinando a nuestra nación, oponiéndose a que se paguen tributos al César" (Lc 23:2). Los romanos vieron en él un peligro político para Roma y por eso lo ejecutaron como un rebelde (Mc 15:27). Sin embargo, la postura de Jesús no exigía una victoria militar, ni hizo nada por reclutar un ejército o plantar cara al poderío de Roma. Lo que no impide ver muestras de violencia en su conducta en determinadas ocasiones, como la expulsión de los mercaderes del Templo o la incitación a comprar una espada (Lc 22:36). En todo caso, el eje central y más atractivo del mensaje de Jesús, según Mateo (5:1-12) son las Bienaventuranzas y los ‘nuevos mandamientos' de la mansedumbre, de la reconciliación, la paz y el amor (Sermón de la Montaña, Mt 5:38-48), algo que se ha predicado como la seña de identidad de los cristianos, con escaso éxito, por cierto, durante veinte siglos.(Continuará).

 

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18 Octubre 2009

OJOS QUE NO VEN (117)

 

Jesús el Nazareno (3)

 

Lo más probable es que la lengua materna de Jesús fuese el arameo, aunque con conocimientos del hebreo y del griego. Pudo aprender en Nazaret el oficio paterno (los evangelios sólo afirman que era un ‘artesano'), aunque por el estilo de su predicación posterior, sus conocimientos materiales provenían de la agricultura y de la pesca. Su cultura ‘humana' era extensa para su época y su lugar, a juzgar por las discusiones en el templo con escribas y fariseos, a los doce años, lo que ha provocado varios intentos de explicar los ‘orígenes' de su formación. No perteneció a la casta sacerdotal, sino que fue un laico muy religioso, preocupado por los pobres, los enfermos y el cumplimiento de la Ley mosaica.  Se ha discutido su pertenencia a la secta de los fariseos (Hyam Maccoby, Jesús, the Pharisee, SMCPress, 2003) basándose en algunas referencias evangélicas, ya que comía y discutía con ellos de cuestiones religiosas, pero sin fundamento sólido, sobre todo teniendo en cuenta, como ocurrió con el fariseo converso Pablo, las duras rivalidades posteriores (Hacia el año 100 d.C. los fariseos introdujeron una maldición contra los cristianos en la oración diaria que se rezaba en sus sinagogas, según comenta Morton Smith).

Se ha discutido también su aspecto físico, basándose en las profecías bíblicas. Isaías decía del Mesías que "no hay hermosura en él", idea que retomaron los comentaristas Justino, Tertuliano, Comodiano y san Ireneo, que llegó a calificar a Jesús de "informe" y de "indecoroso". Por el contrario, el salmo 45 lo aclama como "el más hermoso de los hombres", idea que agrada a la mayoría de los teólogos. Los pintores suelen representarlo con barba y larga melena, ya adulto, nunca como un joven imberbe. De todas formas, parece lo más probable que los artistas, a partir del siglo IV que es cuando aparecen las primeras representaciones personales, tomaran como ejemplo para el Cristo Redentor, Pantocrátor, la imagen majestuosa del Zeus olímpico de Fidias. (John y Elizabeth Romer, Las siete maravillas del mundo, Serbal, 1996). En cuanto a la efigie del crucificado, la primera vez que aparece es en un relieve en marfil de siglo V d.C. que se conserva en el British Museum.

Es precisamente en Londres donde se vio por primera vez el rostro posible de Jesús, ‘reconstruido' digitalmente a partir del estudio informático de calaveras judías del siglo I, en una emisión seriada de la BBC en el año 2001, con el título de The Son of God ("El Hijo de Dios"). "No es el rostro exacto de Jesús, confirmó la emisora, pero nos da una idea de su aspecto real, según la información científica de que disponemos". Pero hay más. En el verano de 1999 los medios de comunicación dieron la noticia del hallazgo de 56 monedas de bronce con la efigie de Jesús, halladas en las cercanías del lago Tiberíades. Salidas de alguna ceca cristiana, entre los siglos X y XI, muestran a Jesús de pie, con la cruz detrás de él, y al reverso se puede leer, en griego, en unas "Jesús, el Mesías, Rey de Reyes" y en otras, "Jesús, el Mesías, el Vencedor". Las monedas se pueden ver en el departamento de Arqueología de la Universidad Hebrea de Jerusalén. Con la reserva de que esas imágenes dependen de la imaginación de un artista que la ‘inventó' mil años después, lo mismo que los demás pintores y escultores de la historia antigua.

Después de la anécdota de su enfrentamiento dialéctico con los doctores en el Templo, a sus doce años, José, el padre ‘putativo' de Jesús desaparece de la historia. No está ya presente en las bodas de Caná de Galilea (Jn 1) ni en los relatos de su vida pública, donde sólo encontramos en alguna ocasión a su madre y sus hermanos. Jesús es, por tanto, huérfano de padre cuando se decide a seguir una vida de predicador itinerante, comenzando por los pueblos de Galilea. De María, su madre, tan idealizada por los pintores cristianos, sabemos poco, pero su imagen de ternura, bondad y amor ha servido a los católicos para mostrarla como el modelo máximo de santidad. De ella se han dicho  muchas tonterías, empezando por san Agustín, quien afirmó que parió a Jesús "per auream" (por la oreja), ignorancia supina envuelta en un recato infantil, que la Iglesia ha mantenido durante siglos, por temor a un acto tan natural como emocionante, la llegada al mundo de una nueva vida. La más razonable defensa de María, como mujer, la ha hecho un obispo episcopaliano, John Shelby Spong, en su libro Jesús, hijo de mujer (Martínez Roca, 1993).

Propuesta como dechado de todas las virtudes, María fue una muchacha judía como otras tantas, deseosa de amar y ser amada, hasta el punto de que tuvo seis hijos, tal como se deduce de algunos textos cristianos. Es impensable, por tanto, que hiciese alguna distinción entre el primogénito -Jesús- , concebido ‘milagrosamente', y sus hermanos,  nacidos por ‘obra de varón'. Si fuera así, ¿podríamos imaginar siquiera, el sufrimiento de esta madre, sabiendo que su hijo mayor era distinto de los otros, y al que no podría ni adoctrinar ni regañar, aunque todos habían mamado la misma leche? ¿Fue realmente, el Jesús niño tan distinto de sus hermanos, o de los demás niños de su entorno? ¿Se mostró superior a ellos? ¿No hizo travesuras? ¿No sintió el reclamo del deseo amoroso? La oscuridad más absoluta nos envuelve, porque no podemos fiarnos de las simplezas que nos cuentan los evangelios apócrifos. ¿Y María? ¿Cuál fue su vida de viuda con hijos a los que alimentar? ¿No se ensoberbeció al pensar que era la ‘madre de dios'? Como no quiero destruir su imagen de humildad y recato, creo que el evangelio de Lucas pone en su boca palabras que nunca dijo: "Desde ahora, todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha obrado en mí maravillas aquel que es todopoderoso" (Lc 1:48-52). Son palabras de un teólogo cursi, no de una humilde judía. 

Nada sabemos con certeza tampoco de los viajes que se le atribuyen a Jesús en esos años de juventud y madurez, aunque son muchas las elucubraciones que se hacen, con mayor o menor fundamento. Podría haberse quedado en casa, como hijo mayor, para ayudar a su madre en la dura tarea de educar y alimentar a sus cuatro hermanos y dos hermanas. Podría haber viajado por el extranjero, como apuntan otros, hasta conseguir una cultura superior (mágica, según veremos). O simplemente, llevar una vida retraída y solitaria, dedicado a la oración y la caridad, con visitas esporádicas a la comunidad esenia de Qumrám, al norte del Mar Muerto.  Lo que parece cierto es que hasta sus 33 años no hay constancia de que se hiciera notar por sus palabras o mensajes mesiánicos, ni por sus curaciones milagrosas, si exceptuamos las excentricidades apócrifas. Fue un joven y un adulto normal, sin especiales señas de identidad, pero muy versado en las Escrituras, que llegó a saber de memoria.

Esta realidad, que desborda cada una de sus palabras, ha suscitado la idea de que el joven Jesús de Nazaret hubiera vivido y aprendido durante los años de su ‘vida oculta' en el desierto de Qumrán, como un miembro más de la comunidad de los esenios, amigo y discípulo predilecto del Maestro de Perfección.  "Según todas las trazas, fue la escuela teológica y moral donde aprendió a leer los Libros Sagrados y a reanimar su espíritu", afirma Balbontín, siguiendo a Renan (José Antonio Balbontín, Jesús y los rollos del Mar Muerto, 1986). Si fuera verdad, explicaría muchas cosas del Jesús histórico, no del Jesús de la fe, que para tantos cristianos poseía desde su concepción toda la Sapiencia Divina, contra lo que se dice en el evangelio, tras su vuelta a Nazaret, es decir, que "crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría" (Lc 2:40). La misma teoría es defendida por el gran especialista en el tema, Edmond B. Székely, editor en cuatro volúmenes del Evangelio de los Esenios y autor de varios estudios sobre los rollos del Mar Muerto, entre las que debemos destacar Jesús, el esenio y Las enseñanzas de los esenios (Sirio, 2000).

 Nada se sabe del fundador de los esenios, pero sí de sus normas y reglas de vida, sobre todo después del esencial descubrimiento de los ‘rollos' en las cuevas del desierto, en 1948. Tras las derrotas de Jerusalén (70 d.C.) y Masada (74 d.C.) desaparecieron de la escena tanto los esenios como los saduceos y los zelotes. Lo que parece cierto es que estos manuscritos "no son literatura cristiana" (Geza Vermes, Los manuscritos del Mar Muerto, Muchnik Ed. 1984). Aunque existen los paralelismos, entre los esenios había unos elementos de intolerancia, rigidez y exclusivismo, que se apartan de la doctrina, mucho más humana, de Jesús de Nazaret. Sin embargo, queda el interrogante: ¿habría convivido Jesús con los estrictos esenios durante algunos años de su ‘vida oculta'? Su extenso conocimiento de la Biblia ¿se debería a esos años de retiro y estudio? Nadie puede responder, hoy por hoy, con certeza absoluta. (Continuará).

 

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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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