OJOS QUE NO VEN (64)
El mito de los demonios (2)
La brujería, forma medieval del culto satánico, llegó a su mayor expansión a finales de la Edad Media y comienzos de la Edad Moderna, motivando la persecución de la Inquisición eclesiástica y los numerosos procesos que nos permiten conocer con detalle sus alucinantes creencias. (María Tausiet et alii, El diablo en la Edad Moderna, Marcial Pons, 2004). El papa Inocencio VIII, en su bula Summis desiderantes afectibus (1484), impulsó la dura represión contra la brujería, afirmando que las brujas no sólo existían, sino que estaban aliadas con el diablo, al que servían para destruir la fe en Cristo. A partir de esta bula, el mundo cristiano conoció una locura colectiva. Conseguidas las confesiones a base de torturas, se supone que en dos siglos (1500-1700) fueron quemadas en la hoguera en toda Europa alrededor de un millón de ‘brujas'. En el siglo anterior (1450-1550) se calcula que sólo en Alemania fueron asesinadas más de cien mil mujeres acusadas de brujería. Como el culto satánico está directamente relacionado con la liberación de las normas morales, especialmente las sexuales, parece que no puede haber reunión de adoradores de Satán (hembras y varones) sin orgía sexual. Cuyo destino final ha de ser la hoguera, según la Iglesia.
Este tipo de confesiones era la más solicitada por los libidinosos inquisidores, hasta lograr las más morbosas, que pudieran satisfacer su lujuriosa curiosidad. Así la posesa Ángela de Foligno muestra sus llagas y dice que, al ser poseída, (el diablo) "no puede menos que desgarrar mi cuerpo dándome golpes terribles...todos mis miembros están llenos de cicatrices" (Max Scholten, Experiencias paranormales, Editors, 1991). El irlandés Tundale, siglo XIII, manifestó haber visto cara a cara a Satanás: "Bestia muy negra, como el azabache, mil manos con 20 dedos, garras de hierro en los pies, cola larguísima". (Nadie debería reírse de estas gigantescas ingenuidades, por piedad ante nuestros hermanos mayores). Una visionaria francesa del siglo XVI confesó haber copulado con el diablo, cuyo pene era de tales proporciones que producía espantoso dolor y ardor de fuego". Para otra, aunque no había visto sus testículos, sí había sentido el semen del diablo, "similar a un torrente de lava". (Sin embargo, en el II Concilio de Nicea, del año 787, se aprobó la conclusión de que "la carne del Diablo era dura como piedra, fría y de fuerza sobrehumana"). Cuantas copularon con él dicen que "arremete de frente, como el macho cabrío". Ni que decir tiene que este tipo de confesiones, sacadas con frecuencia en momentos de insufrible tortura, son la consecuencia de alteraciones psicológicas, como la histeria, o del simple miedo al tormento.
Para conjurar sus poderes se publicaron en la época medieval los grimorios o fórmulas contra la hechicería, siguiendo la orden bíblica: "A la hechicera no dejarás que viva" (Ex 22:18), algunos de los cuales salieron de la pluma de Sumos Pontífices, como León I y Honorio III. Pero debieron servir de poco, ya que el culto a Satán ha proseguido hasta hoy, aunque de forma encubierta, como numerosos ritos satánicos practicados en muchos países de Occidente. (En Italia fue desmantelada hace unos años la secta conocida como "Los ángeles de Sodoma", y en España existían unas cuarenta sectas satánicas a finales del siglo XX, una de las cuales se haría llamar "Hermandad de Satán", según datos de la Conferencia Episcopal). Se cita como ejemplo histórico de propagación en la alta sociedad, las misas negras organizadas en el siglo XVIII por Madame de Montespan, amante del rey de Francia. Por los mismos años Goya dejaba constancia pictórica de un aquelarre, con la invocación al Diablo, en forma de macho cabrío, en un cuadrito conservado en la Fundación Lázaro Galdeano, de Madrid.
A finales del siglo XX y comienzos del siglo XXI se han multiplicado los ritos satánicos, con sus ‘misas negras', los congresos sobre Demonología, sobre hechicería, magia y brujería, las figuraciones diabólicas en novelas, cómics, cine, pintura, publicidad, de forma que podemos decir que "el Diablo está de moda" (VV.AA. Ángeles y demonios, 2004, y Robert Muchembled, Historia del Diablo, Cátedra, 2004). Mito tan difícil de desarraigar como el de los ángeles, que ha conseguido atrapar en sus redes a criaturas débiles, o desesperadas, o desengañadas de todas las demás religiones. La adoración al ‘maléfico' Diablo, quizás por odio a los dioses considerados ‘benéficos', ha culminado con la consagración en Amsterdam, en el año 1976, del primer templo público europeo dedicado a Satán. El satanismo, o culto idolátrico a Satán, que se puede rastrear a través de los siglos (se citan sectas satánicas en el siglo XI), es incompatible con la vida cristiana y su rechazo ha producido el heroísmo de numerosos mártires, como recuerda el Catecismo (2113).
El Diablo, dice la Iglesia, puede ‘entrar' en el cuerpo de un ser humano para obligarle a una conducta perversa, que le prive de una eternidad beatífica, en un acto de ‘posesión', similar al de las brujas del aquelarre. Unas veces resulta una simple conducta malvada, de la que se hace responsable a la influencia diabólica, como en la película El abogado del diablo (1993) de Sydney Lumet. En otras se trata de una verdadera posesión, como en la de Roman Polanski Rosemary's baby (La semilla del diablo), en la cual el actor que oficia la ‘misa negra' es el conocido como ‘Papa negro', fundador de la primera ‘Iglesia de Satanás', oficialmente reconocida en San Francisco (1966). El centro mundial del satanismo se encuentra en la aldea suiza de Stein, donde se alza una abadía en la que se practican los ‘Cinco Mandamientos'. En ellos se ofrece la experiencia de la libertad absoluta, que se logra fornicando con quien se desee, muriendo como se desee y matando a quienes impidan privar al hombre de estos derechos. La fiesta más importante de los seguidores de Satanás es la noche de Halloween, promocionada desde los Estados Unidos de América. Otro aspecto de la posesión diabólica es el ‘pacto' voluntario con el Diablo, para alcanzar algún bien inalcanzable, como la eterna juventud, tema repetido en la literatura, desde el Fausto de Goethe hasta El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde. Otros, como el español don Juan Tenorio, prefieren pactar la salvación a cambio de poseer a todas las mujeres que apetezcan. Así, pero como mensaje de redención del pecador, lo describen el dominico Tirso de Molina, en El burlador de Sevilla, y después el poeta romántico José Zorrilla en Don Juan Tenorio. (Continuará).

