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La Coctelera

La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

Categoría: Canibalismo

6 Septiembre 2009

OJOS QUE NO VEN (82)

 

OJOS QUE NO VEN (82)

Del politeísmo al monoteísmo (2)

 

La Sierra de Atapuerca, en Burgos (España), es un lugar único en el mundo. Aquí se han encontrado los fósiles más viejos de Europa; aquí se ha nombrado una nueva especie (Homo antecesor); aquí se ha descubierto el más antiguo caso de canibalismo; y aquí, finalmente, se han hallado restos de la más primitiva práctica funeraria. De "regalo envenenado" califica Arsuaga la capacidad intelectual con la que se enriquecieron. No sabemos cuándo se alcanzó entre los últimos eslabones del género Homo la conciencia de la vida y de la muerte. Esta ‘conciencia' es el "regalo envenenado" de que habla Arsuaga, porque "aquellos burgaleses de hace 300.000 años deben ser admitidos como miembros de pleno derecho en la misma familia de seres atribulados a la que pertenecemos nosotros". En la llamada Sima de los Huesos se acumularon cuerpos, de hombres y animales, algunos todavía completos, "en un estado de conservación sorprendentemente bueno a pesar de los años transcurridos".

Las prácticas funerarias descubiertas en Atapuerca tienen un enorme interés para rastrear los orígenes de la religión. De momento, se puede asegurar que las únicas criaturas que lloran a sus muertos y tratan con respeto a los cuerpos sin vida somos los humanos (con excepciones que confirman la regla). En la Sima de los Muertos no hay enterramientos, propiamente dichos, sino acumulación de cadáveres, "en un lugar especial". Lo que ya indicaría una conciencia de ‘otra vida' sería el hallazgo de cadáveres enterrados junto a cualquier objeto de su vida terrena. Esta costumbre podría estar ya asentada entre los neandertales de hace 60.000 años, como indican los registros fósiles. Pero, desde luego, eran habituales en la época del arte rupestre, de los adornos personales y de las figurillas femeninas que se han considerado como representación simbólica de las primeras diosas de la historia (hace unos 32.000 años). El culto a los antepasados, siguiendo la opinión de Herbert Spencer, "es la fuente y origen de la religión". Idea que completa Marvin Harris, al tratar del tótem de los pueblos primitivos: "Gran parte de lo que se conoce como totemismo no es sino una forma de culto difuso a los antepasados" (Nuestra especie, Alianza, 1995). Pero el tótem no era más que un objeto sagrado, que ‘representaba' el espíritu de los antepasados en cada tribu o clan familiar.

"La invención de los dioses se debe fundamentalmente al miedo". Esta frase de Petronio, que resume todo lo dicho con insistencia anteriormente, nos devuelve al origen del género Homo, y más concretamente al Homo sapiens, consciente ya de su propio miedo y de esos seres ‘sobrenaturales', a los que debía acudir para eliminarlo. Pero transcurrieron muchos años hasta que ese sentimiento de impotencia ante el miedo dejara de ser individual y tribal para convertirse en colectivo y social, inaugurando la verdadera historia de las religiones. Durante el periodo Epipaleolítico (18.000-9.300 a.C.) los cromañones vivieron en cuevas y abrigos naturales, como cazadores y depredadores, consumidores casi exclusivos de carne, incluida la humana, pero ya con sensibilidad artística y simbólica, que dejaron documentada en las primeras pinturas rupestres. Con el Neolítico (9.300-7.000 a.C.) llegaron los asentamientos, las agrupaciones sociales, las ciudades, la agricultura, la ganadería, la alfarería y la minería, además de la ‘invención' de los dioses y los cultos colectivos. Estas son las coordenadas temporales en las que se ha de encuadrar el nacimiento de las religiones, diversas aunque con un sustrato común: la angustia de la muerte y la ilusión de seguir viviendo ‘más allá'. También se puede aducir que la ciudad más antigua de Europa, Çatal-Hüyük, en los montes turcos de Anatolia, con una antigüedad de unos 7.000 años, contaba con algún palacio custodiado por animales imaginarios, símbolos de entidades sobrenaturales.

La gran expansión urbana se produjo 4.000 años a.C. en Mesopotamia, la "Tierra de los cinco Mares" (Mediterráneo, Caspio, Negro, Rojo y Golfo Pérsico) entre los Montes Zagros (actual Irán) y el desierto de Siria. Enorme extensión regada por los dos grandes ríos, Tigres y Eúfrates, donde se fueron formando durante miles de años grandes depósitos sedimentarios que favorecieron la agricultura. Estas fértiles llanuras fueron el escenario privilegiado del origen de las primeras religiones ‘ritualizadas', en un entorno ciudadano en el que se inventaron, además de los dioses, la escritura, la rueda, el ladrillo, la cerámica, la fragua, la domesticación de algunos animales, las industrias del metal y de la construcción, las necrópolis y los templos. Sin olvidar la jerarquización de la sociedad, con sus reyes y su capital, Uruk (Erec) la más importante de la región durante casi cinco mil años (4.000 a.C.-siglo III d.C.), centro religioso de primer orden, con varios templos célebres, como Kullaba, donde se veneraba al dios An, ‘señor del Cielo', y Eanna, donde recibía culto la diosa de los sumerios Inanna, la Isthar de los acadios y la Astarté de los fenicios. En los templos mesopotámicos había siempre un altar para los sacrificios cruentos. (Michael Roaf, Mesopotamia y el antiguo Oriente Medio, Ed. del Prado, 1992). (Continuará).

 

 

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5 Septiembre 2009

OJOS QUE NO VEN (81)

 

I

Del politeísmo al monoteísmo (1)

 

El enfoque de esta Tercera Parte ha de ser forzosamente histórico, porque los dioses, aunque sean quiméricos,  tienen también su historia. Sin perder de vista que el nacimiento de la religión no se puede entender sin el previo supuesto ilusorio de la existencia de los espíritus, ya que, según enseña Marvin Harris, "Dondequiera que la gente crea en la existencia de uno o más de estos seres, habrá religión"  y más adelante: "El alma explica el misterio de la muerte. Un cuerpo sin vida es un cuerpo privado de su alma para siempre" (Nuestra especie, Alianza, 1995). Si pretendemos bucear hasta encontrar el origen y la causa del sentimiento religioso, deberemos rastrear, por tanto, las huellas en el pasado de algo tan evanescente como la idea del alma en todo lo que el homínido primitivo observe como ‘animado' en su entorno, comenzando por sí mismo. Estas huellas sólo pueden encontrarse en el estudio de la Arqueología, al que dedican su vida, con abnegación y paciencia dignas del mayor de los reconocimientos, cientos de investigadores que hunden sus manos en esa ciénaga de ilusiones perdidas que es la corteza terrestre, el cementerio donde reposan los misterios de la vida.

En octubre de 1996 se celebraron unas jornadas de estudio sobre "La evolución de los homínidos" en el Museo de la Ciencia de Barcelona, cuyas ponencias y discusiones fueron después publicadas con el título de Antes de Lucy. El agujero negro de la evolución humana (Tusquets, 2000). Millón más, millón menos, "hoy sabemos que los hominoideos como grupo se separaron de sus parientes cercanos hace unos 25 millones de años", nos dicen estas páginas, para continuar marcando sus cortes genealógicos: "La separación entre los chimpancés y el género humano tuvo lugar hace unos seis millones de años" y "El homínido más antiguo bien conocido, con  una edad de tres millones de años es el Australopithecus afariensis", que era trepador y bípedo a la vez, como nos confirma el profesor Jordi Agustí. El representante de este primer primate bípedo y trepador encontrado en tierra africana  es una hembra,  "Lucy", nombre que le dio su descubridor, Donald Johanson, en 1974. Pero hay quien establece la transición entre el animal y el hombre dos millones de años antes, con una evolución mucho más lenta (Herbert Wendt, Del mono al hombre (Bruguera, 1981). Admitir que la evolución fuera lenta parece muy sensato, pero es que, además, resultó ser "revolucionaria", como la califica Juan Luis Arsuaga: "Un primate bípedo es algo revolucionario y no representa tan sólo una ligera variante respecto de otros tipos hominoideos. Hay que descartar que todo el esqueleto se modificara drásticamente de una única vez; y por otro lado, no es fácil imaginar cómo se puede pasar de un cuadrúpedo a un bípedo poco a poco" (La especie elegida. La larga marcha de la evolución humana, Temas de Hoy, 1998). 

Lo verdaderamente importante para nuestro propósito es determinar el momento en que empezó el cerebro del  homínido a elaborar conceptos abstractos y a ‘crear' símbolos, que son las señas de identidad de la humanidad naciente, y de todo pensamiento religioso, ya que "la conciencia humana emergente exige explicaciones sobre el mundo" (Richard Leakey/ Roger Lewin, Nuestros orígenes. En busca de lo que nos hace humanos, Crítica, 1994). No sólo el  cuándo, también el cómo ha ocupado muchas horas de investigación a los pacientes antropólogos. Algunos con sorprendentes conclusiones, como Oscar Kiss Maerth, quien, escribiendo en un monasterio chino, lanzó la idea del canibalismo como la que podría explicar esta aparición de la conciencia humana, con sus secuelas de ideas abstractas y pensamiento simbólico: "El canibalismo es la causa de la evolución del hombre", escribió. Abandonar, en parte, la comida vegetariana del simio para comer "carne cruda" fue el paso decisivo, aunque ignorado, para la transformación evolutiva de los primates. Y este paso fue dado por un nacido de un cruce entre un mono antropoide africano y una mona asiática, según la teoría de Maerth, que conoció y difundió las ventajas de alimentarse de carne de sus semejantes. Pero lo más sustantivo de esta teoría es que "los primeros hombres se convirtieron en caníbales por su obsesión del sexo", ya que "el primer ser humano fue aquel mono que por vez primera consumió el cerebro fresco de un congénere" porque aumentaba su deseo sexual. El resultado fue un renovado impulso sexual, que le procuraba orgasmos desconocidos. Con razonable sorna podríamos decir que "se corrió la voz" y aquellos primates abandonaron los hábitos vegetarianos para comer la carne de sus congéneres, especialmente el cerebro. (Por supuesto, sólo se hicieron carnívoros los hombres, comenzando tal ‘hazaña' en Mesopotamia). Concluye Maerth que "unas cien mil generaciones se han dedicado a comer cerebros". El canibalismo, despojado de connotaciones imaginativas, ha pasado a ser una hipótesis generalmente aceptada.

También Salvador Moyá, geólogo mallorquín, admite que el género homo nació por pasar de una dieta vegetativa a otra carnívora (Antes de Lucy) necesaria para aumentar el tamaño del cerebro, pero añadiendo que "la aparición del género humano hace 2,5 millones de años fue debida a las nuevas presiones selectivas de la vida en la sabana".  Una de estas ‘presiones' debió ser la lucha por el espacio vital en un lugar donde escaseaban los alimentos. Primero, entre clanes diferentes, luego entre los miembros de una misma familia. Recordemos las palabras de Arsuaga, al hablar de los huesos hallados en la Gran Dolina de Atapuerca: "los restos humanos de la Gran Dolina aparecen mezclados con los de animales, y bastante rotos. Algunos presentan estrías de corte producidas por el filo de un instrumento de piedra empleado con ánimo de separar la carne del hueso. Está, pues, claro que fueron descarnados y consumidos allí mismo por otros humanos. Se trata de la evidencia más antigua conocida de este tipo de práctica" (La especie elegida, Temas de Hoy, 1998). Porque "el debate sobre el primer poblamiento humano de Europa (fijado en torno al medio millón de años) iba a cambiar para siempre en el verano de 1994 con los descubrimientos de la Gran Dolina en España". Su antigüedad, calculada entonces en unos 780.000 años, supera ya el millón en la consideración de los investigadores de estas cuevas de la Sierra burgalesa de Atapuerca.

Pero debemos recordar que nuestra especie ni es única ni privilegiada. Sólo somos los ‘inquilinos temporales' de este planeta, que convivimos con otros muchos inquilinos, y cuyos antecesores en esta misma vivienda desaparecieron como especie hace mucho tiempo (se dice que desaparecen unas 30.000 especies de seres vivientes cada año). Una de ellas, la más parecida a nosotros, los humanos modernos, fueron los ‘hombres de Neandertal', los "primeros pensadores", que eran miembros de "una humanidad paralela que evolucionó en Europa durante cientos de miles de años de forma independiente y separada de nuestro linaje", aunque con un ancestro común (Juan Luis Arsuaga, El collar del neandertal. En busca de los primeros pensadores,  Temas de Hoy, 1999). "Aunque originarios de Europa, sigue diciendo Arsuaga, los neandertales salieron de nuestro pequeño continente para poblar el Asia central y el Oriente Próximo. Toda esta época (entre hace 127.000 y 40.000 años) es el ‘tiempo de los neandertales'. En esta última fecha, es decir, hace unos 40.000 años, aparecieron en la Península Ibérica y en Europa unos inmigrantes de origen africano, nuestros antepasados: los primeros representantes europeos de la especie Homo sapiens, conocidos popularmente como hombres de Cro-Magnon o cromañones". Después de convivir en el mismo espacio durante unos diez mil años, es decir, hace 30.000 años, los neandertales desaparecieron como especie por causas todavía no precisas. "Desde entonces, concluye el infatigable Arsuaga, somos los únicos humanos y los únicos homínidos sobre el planeta". Última conclusión: los primates han vivido durante millones de años en el bosque, siendo trepadores. Solamente los humanos hemos poblado tierras  con escasa  o nula arboleda, por nuestra condición bípeda, hace escasos miles de años. (Continuará)

 

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13 Enero 2009

OJOS QUE NO VEN (13)

 

 

 Mucha gente sigue sin creer en la teoría evolutiva (¿cómo voy a ser pariente de los monos?)  pero la Ciencia, aunque pueda ir modificando sus postulados, en esto parece que ha llegado a un consenso universal. Aquello de Adán y Eva comiendo manzanas no pasa de ser un cuento infantil, sólo creído por los más fervorosos ignorantes. El hombre actual desciende, por evolución natural, de unos ancestros que, hace millones de años, dieron origen, por los misteriosos caminos de la genética, a varias ramas de homínidos, entre ellos nosotros, los homo sapiens sapiens. No es que el chimpancé ni el orangután, ni el gorila, sean nuestros hermanos, pero sí son nuestros primos lejanos. Adán, el progenitor de nuestra especie, vivió en África hace unos 270.000 años, según el profesor Robert Dorit, de la Universidad de Yale, pero cuyos descendientes  no se aventuraron a expandirse por los demás continentes hasta pasados doscientos mil años. Especie que se diversificó en diferentes ramas, muchas de ellas desaparecidas, como la del ‘visitante' de la Edad del Cobre cuya momia fue encontrada en 1991, en plenos Alpes italianos, a 3.270 metros de altitud. Congelado durante cinco milenios, el análisis de su genoma  permitió establecer que pertenece a una rama del homo sapiens que se extinguió hace mucho tiempo, sin dejar más huella de su paso por este mundo de este ‘hombre de Ötzi' alpino.

En la reproducción a tamaño natural de los homínidos que hoy podemos contemplar en el Museo de Ciencias Naturales  hay un aspecto que me llama la atención: la ausencia, bastante llamativa, de un vello abundante por todo el cuerpo que mitigara los rigores del frío invernal, al alejarse de la zona ecuatorial. Según dice Spencer Wells, Director del Proyecto Genografic, quien completa lo establecido por el profesor Dorit,  los humanos venimos de una familia africana que vivió hace sesenta mil años (escasamente unas dos mil generaciones) y que emigró por la costa africana hasta llegar a Australia; otra oleada lo hizo hace cuarenta y cinco mil años hacia oriente Medio, expandiéndose diez mil años después por Europa; finalmente, una tercera emigración se internó en América por el norte de Siberia hace tan sólo veinte mil años..

 Los seres humanos pertenecemos a una sola especie, como se ha demostrado a lo largo de la historia, que se caracteriza por las continuas migraciones y cruces interraciales. Juan Luis Arsuaga afirma taxativamente: "Las tesis racistas no sólo son éticamente abominables, también son científicamente falsas" (El collar del neandertal, Temas de Hoy, 1999). Lo que llamamos ‘razas' humanas son categorías definidas por razones históricas, sociales y culturales. (Véase el libro de Juan Luis Arsuaga/ Ignacio Martínez, La especie elegida: La larga marcha de la evolución humana. 11ª ed. Temas de Hoy, 1998). Marcha que se inicia en el Pleistoceno y aún continúa. Según Francisco Mora, catedrático de Fisiología en la Complutense de Madrid, hubo un momento en la vida de ‘los primeros Adanes', fundamental para su evolución, la llamarada del fuego, que le permitió cocinar los alimentos. "El fuego, espontáneo o producido por él mismo, debió cautivar a los primeros homínidos desde hace ya un millón de años". A las ventajas del calor y la protección contra los demás predadores, se sumó la de cocinar y calentar su dieta diaria, "un fenómeno único y distintivo de la especie humana, que transformó su cerebro" (ya de por sí en constante evolución, por otras causas genéticas).

No existen las razas, ya que todos los humanos se pueden aparear entre sí y los rasgos superficiales no indican pertenencia a especie diferente, sino a diferentes culturas; lo que importa es el genoma, prácticamente idéntico en todos los seres humanos. Es decir, que procedemos de un mismo tronco familiar, si nos atenemos a lo que dicen los genes estudiados."La mayoría de los europeos, afirma Wells, el 80% tiene sus antepasados en el Paleolítico, en los cromañones, que son los que salieron en la segunda oleada de emigración de África, y llegaron a Europa Occidental hace unos 35.000 años. Pero hay un 20% de las muestras genéticas europeas que procede de Oriente Medio hace sólo 10.000 años. Fue allí donde la gente comenzó a plantar vegetales y a domesticar animales".  Parece que los descubrimientos paleontológicos sustentan la precisión de las fechas, que debemos aceptar, como el cambio de color en el transcurso de las generaciones, puesto  que "al ir hacia el norte geográfico, se perdió la melanina de la piel para sintetizar la vitamina D".  Pero nada se dice  de la pérdida del vello corporal ni se cuestiona la fealdad de nuestros salvajes antepasados (S.Wells, Nuestros antepasados, RBA, 2007). La génesis de la diversidad humana actual ha sido estudiada por dos biólogos catalanes, Jaume Bertranpetit y Cristina Junyent, en Viaje a los orígenes. Una historia biológica de la especie humana, Península, 2000).

La belleza humana idealizada no afloró en el arte hasta unos 500 años antes de nuestra Era, en la Grecia clásica, donde se consiguió, sobre todo en la escultura a tamaño natural, la ‘divina proporción' que parece sustentar (hasta el siglo XX) la belleza ‘canónica'. En el siglo XVI, con el triunfo del idealismo renacentista, los pintores contribuyeron a dar alas a la imaginación para elevar a nuestros primeros padres a la cima del canon estético. Lukas Cranach, Hans Baldung Grien, Alberto Durero y otros maestros, siguiendo las huellas del clasicismo griego,  fueron los primeros en dar vida con el pincel a una pareja de progenitores de los que la humanidad pudiera sentirse orgullosa, sin demasiados rasgos salvajes. La belleza renacentista se impuso a la verdad histórica.

Lo que la Ciencia va descubriendo es algo muy distinto. Ya nos habían dicho que los primeros españoles (el "homo antecessor" de Atapuerca) eran grotescos y crueles caníbales, que sólo se diferenciaban de otros simios por el volumen de su cerebro (La tasa de crecimiento neuronal del homo añade a las de esos ‘parientes' unas 250.000 neuronas por minuto en los dos primeros años de vida. Esta parece ser la clave de la hominización). Pero hace unos años nos hemos enterado de algo más trágico: su canibalismo era selectivo, ya que preferían la carne más tierna de los niños,  antes de  llegar a la pubertad. Y nada de rituales religiosos. Era la elección libre de la dieta. ¿Serían sus propios hijos los sacrificados? Para no llegar al abismo de la crueldad, prefiero pensar que eran los hijos de tribus rivales. Esto nos ayuda a entender la conducta agresiva del hombre actual, de cuyo cerebro no han desaparecido totalmente esas tendencias del hombre primitivo.. Tanto los neandertales como los cromañones eran, pues, de naturaleza violenta, sin más horizonte vital que la supervivencia en un mundo hostil, sin nociones de moralidad, que no sabían distinguir el bien del mal, como falsamente sugiere la historia sagrada. Los neandertales, los españoles al menos, eran de piel clara y pelirrojos, además de tener el grupo cero sanguíneo, como ha quedado establecido por los restos fósiles de la cueva asturiana de El Sidrón, habitada por ellos hace 43.000 años. Pero, además, ambos eran feos para los gustos estéticos actuales, de una fealdad que nos asusta, como hoy nos pueden asustar nuestros primos los gorilas, orangutanes y chimpancés, con quienes compartimos un antepasado común que vivió hace la friolera de 12 millones de años..

Pero si esta apariencia grotesca la pudiéramos aceptar en Adán,  ya que, como dice el refrán, "El deseo hace hermoso lo feo", resulta inaceptable para nuestra vanidad una madre Eva con esos rasgos simiescos, con hijos e hijas tan repulsivos como ella.  Por cierto, ¿qué se sabe de  las "hijas de Eva"? Responde a esta pregunta el profesor de Genética de la Universidad de Oxford, Bryan Sykes, que  reduce a siete las que dieron vida a las diversas tribus europeas, aunque separadas por miles de años. Incluso les pone nombre: Úrsula, Helena, Tara, Katrine, Xenia, Velda y Jasmine. Siguiendo la pista de la "Eva mitocondrial", "raíz de todos los linajes maternos de los seis mil millones de habitantes del mundo",  puede afirmar que "sólo el linaje de Eva ha sobrevivido sin interrupción hasta la actualidad. Los demás se extinguieron" (Las siete hijas de Eva, Debate, 2001).  (Continuará).

 

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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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