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La Coctelera

La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

Categoría: catecismo

4 Noviembre 2009

OJOS QUE NO VEN (133)

 

 

Jesucristo (9)

 

 

En el centro de toda controversia teológica entre cristianos está la figura mesiánica de Jesucristo. Desde los comienzos de la nueva religión, con la permanente ebullición de una doctrina que se fue haciendo a golpe de concilios, sínodos y disputas de ‘Santos Padres', el cristiano, por bien  intencionado que esté, se ha hecho siempre las mismas preguntas: ¿Al rezar a Dios, rezo a Jesucristo? ¿Es lo mismo uno que otro? ¿Tienen el mismo poder, la misma misericordia, me aman por igual? ¿Entonces, por qué dos nombres? ¿No existirá entre ellos alguna rivalidad? ¿Y el pobre Espíritu Santo, tan olvidado, es el mismo Dios que Jesucristo? Realmente, este Jesucristo que me predican, ¿es también mi Creador, igual que el Padre, el que todo lo ha hecho? ¿Tienen los tres las mismas cualidades eternas, el mismo amor a sus criaturas? Esto me parece  imposible, porque si Dios es eterno, ¿cómo pudo amar a unos seres que aún no había creado? Si la creación es un ‘acto en el tiempo' ¿cómo pueden coexistir tiempo y eternidad en un mismo Jesucristo? En verdad, estoy confundido.

Cuando el dominico Tomás de Aquino sentencia en su Suma Teológica que "Cristo no tuvo ni fe ni esperanza, pero su caridad era perfecta", está pensando en el Jesucristo de Pablo, no en el Jesús de la cruz. Estas palabras se podrían entender si se atribuyen a un ‘dios' que ‘vive' su divinidad, sin necesidad de esperanza, porque todo lo posee, ni fe porque para él todo es presente. Su biografía no puede ser, por tanto, ningún ejemplo para un cristiano que quiera seguir sus pasos. No se puede imitar ni su fe ni su esperanza, pero sí su caridad, "perfecta" según el teólogo medieval. Pero el aquinatense habla de "caridad", no de "amor", que sabemos son cosas muy diferentes (contra la idea, repetida por el papa Benedicto XVI en su encíclica Caritas in veritate). La primera es voluntaria y puede ser premiada; la segunda, como todo sentimiento, es involuntario y no se puede ‘ordenar', como hace el codicioso Yahvéh en la Biblia, o Jesús en los evangelios. Nada ni nadie, ni siquiera el supuesto Dios, puede ‘obligarme' a amar, porque no depende de mi voluntad.

Ya los escribas bíblicos dejaron escrito en el primer mandamiento del Decálogo que "no tendrás más Dios que a mí" (Dt 5:7) como la más importante obligación del creyente. Pero el cristianismo no dudó en cambiar el texto, con arrogante soberbia y con supina ignorancia filológica, por el que aprendí de niño en el catecismo: "Amarás a Dios sobre todas las cosas". Evidentemente, no es lo mismo. "La Iglesia ha sobrepasado con mucho la intención y la intensidad que el propio Dios reclamó para sí mediante sus supuestas palabras, ganando así, de forma intencionada o casual, un instrumento psicológico fundamental para poder controlar y culpabilizar a su grey con mayor eficacia", dice P.Rodríguez (Mentiras fundamentales de la Iglesia católica, Ediciones B, 1997). Pero hay que insistir en que, según la ciencia psicológica, la voluntad humana no tiene dominio sobre sus sentimientos, que son espontáneos e involuntarios, aunque a su origen inconsciente  pueda seguir la aceptación consciente.

El mismo Jesús, hombre devoto y conocedor de las Sagradas Escrituras, enseña la doctrina del amor a Dios y al prójimo, por la que ha sido reconocido mundialmente como el ‘revolucionario' por excelencia, más que político, religioso. La escena está en el Evangelio de Mateo (aunque no sé si estará manipulada): "Maestro, le preguntan, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley? Él  dijo (siguiendo a Moisés: "Amarás a Yahvéh tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza", Dt 6:5): Amarás al señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo, semejante a este, es: Amarás al prójimo como a ti mismo. De estos dos preceptos penden toda la Ley y los Profetas" (Mt 22:36-40).

Diálogo de suma importancia en la configuración de la doctrina del Amor. (Hay que hacer notar que el evangelista manipula el texto bíblico, omitiendo el nombre de Yahvéh y sustituyendo 'fuerza' por ‘mente', cosa impensable en el experto y devoto judío Jesús de Nazaret)  Si de verdad fuera el Dios Omnisciente, Jesús no hubiera podido dar esta repuesta, puesto que sabría sin lugar a dudas, como cualquier neurocientífico de nuestros días, que el corazón no tiene nada que ver con el sentimiento amoroso: amamos con el cerebro. Ni siquiera el Creador puede obligarnos a amar, a pesar de lo que diga la Biblia. Yo no puedo amar a quien me proponga por un impulso voluntario, si no estoy "atraído" sentimentalmente por ese objeto. ¿Cómo amar lo que se odia, lo que nos repele, lo que rechazamos por fraudulento, por malvado, por infame o cruel? ¿Cómo puedo ‘amar' a Dios si no existe?

La voluntad puede ejercer presión y represión sobre el sentimiento amoroso. En un caso para favorecerlo, en otro para reprimirlo. Pero como el amor es libre y no se deja avasallar, el resultado sólo puede ser la hipocresía y el sufrimiento. Hipocresía, mentira, engaño, falsedad, cuando se aparenta vivir un amor inexistente, forzado por la voluntad. ¡Cuántas tragedias, en la vida y en la literatura, por estas imposiciones familiares, sociales o religiosas! La sugestión puede ser tan fuerte que, deseando mantener a toda costa el amor ficticio, se llega al más violento de los fanatismos, que desean dominar la mente propia o la ajena. Fanático es el que castiga su cuerpo en nombre de Dios, el que se intenta convencer de un amor que en realidad no siente, el padre que obliga a un amor no deseado, el creyente que desea imponer su fe a base de tortura y de miedo. Las ‘represiones' de la voluntad son infinitas, para ocultar la lucha interior entre un amor no sentido y otro que se oculta por miedo o vergüenza.

Si existe un Dios que quiere mi amor, antes deberá mostrarme su Infinita Bondad, atraerme no con palabras vanas, sino con hechos. Todo lo contrario de lo que la vida me ofrece. Las palabras vuelan, y si quedan escritas, pueden ser alteradas, manipuladas y acomodadas al pensamiento más interesado. Es lo que ha ocurrido con la "palabra de Dios", de todos los dioses, pasados y futuros. Para amar no me bastan las palabras. Con ellas se ha formado, a lo largo de los siglos, "la quimera de los dioses", siendo el Jesucristo de los cristianos, con su triste mirada desde la cruz, uno más entre los ‘quiméricos' dioses que cómodamente se instalan en la conciencia de los sumisos y crédulos creyentes.

Aunque parezca mentira, la filiación divina de Jesucristo no se aprobó hasta el Concilio de Calcedonia (año 451), al que asistieron 700 obispos.  Que Jesucristo fuese Dios dependió, por tanto, de una votación. Pero hay teólogos modernos que lo niegan: "Decir Jesucristo es Dios es una expresión equívoca, que ha dado lugar a malentendidos y desviaciones...Dios se manifiesta en algunos grandes personajes de la Historia de forma humanamente excepcional. Y nosotros, los cristianos, es así como debemos ver a Cristo. No se trata de hacer divino a un hombre, de divinizarle de tal modo que creamos que sea Dios mismo...eso es lo que debe significar para nosotros Cristo: un hombre por medio del cual se manifiestan los valores divinos...hemos de superar todas las afirmaciones teológicas usuales en la Iglesia acerca de Jesucristo" (Enrique Miret Magdalena, El nuevo rostro de Dios, Temas de Hoy, 1989). Un sacerdote católico, de la misma Asociación de teólogos Juan XXIII, José María Díez Alegría, al presentar el libro de Julio Lois, ideólogo de la llamada ‘Teología de la Liberación' en España, se pronunció de forma tajante: "Si Jesús volviera de incógnito a la Tierra, la Iglesia institucional le excomulgaría". Es evidente que la enseñanza de Pablo de Tarso ha fracasado. (Continuará).

 

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12 Octubre 2009

OJOS QUE NO VEN (11)

 

El dios cristiano (7)

 

 DIOS ESPIRITU SANTO. En la mayoría de los pasajes bíblicos, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, el ‘espíritu de Dios' es una fuerza operante que motiva a los humanos, en función santificadora. No hay un solo lugar en los sinópticos que designe de manera inequívoca al Espíritu Santo como persona de la Divinidad, a no ser en un texto tardío en que Jesús, ya resucitado, ordena a sus discípulos bautizar "en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo" (Mt. 28:19) . Es la primera mención explícita del misterio de la Trinidad, usual en las religiones orientales (como en el hinduismo) y ausente de los textos sagrados judíos, donde sólo se menciona el "espíritu de Yahvéh" como fuerza actuante, idea que se recoge en el Nuevo Testamento como fuerza sobrenatural que ayuda a los creyentes, y que gobierna la comunidad por medio de los apóstoles en el primer cristianismo (Act 1:8; 13:2; 15:28; 20:28). La efusión del Espíritu Santo en la primera Fiesta de Pentecostés (Act 1:8) fue la señal de que actuaba también como "fuerza santificante" (1 Cor 1:2) y como principio de vida eterna (Jn 3:5-8). El Espíritu Santo es, también, el "Espíritu de Cristo" para la cristología de Pablo (Rom 8:9). En las epístolas paulinas, el Espíritu Santo intercede por nosotros (Rom 8:26) y habita en los cristianos (1 Cor 3:16 y 14:25). Por el bautismo se recibe el Espíritu Santo, que convierte al nacido en miembro del ‘cuerpo' místico de Cristo (1 Cor 12:13). Para los cristianos protestantes, la primera obra del Espíritu en el hombre es, según la doctrina de Juan, convencerle del pecado (Jn 16:8-11). Sin esta convicción, nadie puede sentir la necesidad de un ‘salvador', pero este es un ‘don' que se recibe por la fe (Jn 7:39) y que hay que pedir (Lc 11:13).

La imagen del Dios-Espíritu es claramente mítica, ya que, o bien es una simple redundancia, o una emanación energética de Dios. Si ya es impensable una ‘persona' que sea solamente espíritu, mucho más lo es el concepto mismo de Espíritu Santo (o de Verdad, como dice Jesús), idéntico al Padre, y que ‘obedece' las órdenes del Hijo. Todo es tan demencial que la Teología cristiana no encuentra más salida que el acatamiento por la fe. Pero es que, sea Uno o sea Trino, tampoco Dios puede ser un Espíritu (por muy ‘puro' o ‘absoluto' que se le imagine), ya que, fuera del simbolismo, la existencia real de un espíritu incorpóreo es inconcebible, como afirma Bertrand Russell (Religión y Ciencia, FCE, 1951). Además del calificativo "Santo", y del "Espíritu de Verdad" (Jn 16:13), se encuentran en Pablo otros apelativos: "Espíritu de la Promesa", "Espíritu de adopción", "Espíritu de Cristo", "Espíritu del Señor", "Espíritu de Dios", simbolizado en ocasiones por el fuego, el agua, la nube, la luz, la paloma, que invade la mente y el corazón de algunos predestinados, como Juan el Bautista, "lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre" (Lc 1:15).

La misteriosa doctrina de la Santísima Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo) que se incluye entre los dogmas del Cristianismo desde el Concilio de Nicea, fue formulada por primera vez en el siglo III d.C. por Tertuliano, a quien se atribuye el credo quia absurdum ("creo porque es absurdo") precisamente como defensa de lo indefendible, momento en el cual "la teología cristiana abandona definitivamente el terreno de la lógica y el sentido común". como afirma taxativamente un escritor italiano, catedrático de Lógica en la Universidad de Turín  (Piergiorgio Odifreddi, Por qué no podemos ser cristianos, y menos aún católicos, RBA, 2008). Siendo ambos el mismo Dios, resulta patente que el Espíritu ha sido minusvalorado en competencia con el Hijo, tanto en la bibliografía como en la práctica. Quizás por una razón muy humana: al Hijo se le puede ver, mientras que el Espíritu es invisible, y necesita ser simbolizado por una paloma, para que el creyente lo ‘visualice'.

Según dice el Catecismo, "el misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana" (234). La fe apostólica relativa al Espíritu fue reafirmada en el segundo Concilio ecuménico, reunido en Constantinopla en el año 381, al establecer que "creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre". Posteriormente, en el de Toledo, año 638, la Iglesia católica reconoció al Padre como "la fuente y el origen de toda la divinidad". Pero en el año 1438 el Concilio de Florencia se vio obligado a completar la fe, al sentenciar que: "El Espíritu Santo tiene su esencia y su ser a la vez del Padre y del Hijo, y procede eternamente tanto del Uno como del Otro, como de un solo Principio". ¿En qué quedamos? ¿No es Dios eterno? Entonces, ¿cómo puede tener ‘principio'? Por otra parte, ¿cómo es posible que María conciba a su hijo ‘por obra del Espíritu Santo'? ¿Es Dios al mismo tiempo hijo y padre? Otra duda. Según citas repetidas de Pablo, Jesús resucitó por la acción del Espíritu (Rm 6:4; 2 Co 13:4; Flp 3:10; Ef 1:19-22 y Hb 7:16). ¿Cómo se puede entender, entonces, que Jesús dijera: "Doy mi vida para recobrarla de nuevo...Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo"? (Jn 10:17-18) ¿Tenía ese poder, o necesitaba la cooperación del Espíritu? 

Sin acudir a la tesis del politeísmo, la doctrina trinitaria resulta para cualquiera, incluídos los teólogos, un misterio insondable, del que nadie puede dar cuenta minuciosa, porque es absolutamente ajeno al raciocinio del que todos los humanos nos debemos enorgullecer, ya que si la fe es un ‘don' divino, mucho más y muy anterior lo es la razón, atributo específicamente humano, del que ningún ser vivo debe renegar como propio de su especie. De nuevo habrá que acudir a la psicología para explicar, en lo que cabe, la ‘incursión' de los espíritus, por muy santos que sean, en nuestra vida terrena. El cerebro tiene respuesta para todo. (Continuará).

 

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27 Septiembre 2009

OJOS QUE NO VEN (97)

 

III

El dios bíblico (1)

 

Las tres grandes religiones monoteístas se fundamentan en las páginas ‘reveladas' de la Biblia, un conjunto de ‘Libros sagrados', escritos por ‘inspiración divina' casi siempre nocturna, como se ha visto en la Segunda Parte de este libro. Es decir, por imágenes contempladas durante el sueño, o por un enteógeno (sustancia que induce la manifestación de lo divino en la conciencia del usuario, como lo define Fernando Sánchez Dragó -"quien lo probó lo sabe"- añadiendo que es un "fármaco sacramental", prácticamente inocuo) estudiado por Antonio Escohotado en su Historia general de las drogas (Alianza Editorial, 1998).  Una de ellas, la burundanga, productora de alucinaciones, es también ladrona de voluntades, bien conocida sobre todo en América hispana, donde se usa, bebida o inhalada, para culminar una violación. Por otra parte, las drogas endógenas son unas sustancias naturales generadas por el cerebro y otros órganos corporales para ayudar a responder a algún estímulo externo, inhibir el dolor y calmar los nervios. Toda clase de sustancias alucinógenas pueden degenerar en esquizofrenia y anulación de la personalidad, que cada vez se aleja más de la realidad material para vivir en su ‘realidad onírica'. "Los enfermos, dice el psiquiatra español Carlos González Juárez,  oyen una voz en su cabeza que les da órdenes". Son episodios psicóticos, delirios extravagantes de los que el sujeto está convencido, y que pueden durar toda la vida. Incluso los conocidos como "viajes astrales" pueden hoy ser inducidos en el laboratorio mediante una desconexión momentánea de los circuitos cerebrales.

Insisto una vez más en esta valoración de las imágenes soñadas, porque es una inestimable ayuda para la comprensión de la ‘realidad imaginada' que, según nos dicen los psicólogos y psiquiatras, puede sobreponerse en un individuo a los requerimientos de la razón. Más recientemente, las neurociencias nos han ayudado a descubrir el poder de nuestra imaginación y las relaciones, casi siempre conflictivas, entre nuestra razón y nuestras emociones, ambas en el cerebro, que no es más que "un conglomerado de neuronas", según Eduardo Punset, quien añade que  "casi todos los seres humanos compartimos unas creencias concretas, pero cuando ascendemos en la categoría de las ideas abstractas en la jerarquía del córtex, las creencias difieren. Cada religión, por ejemplo, tiene un conjunto diferente de creencias distintas, y no todas pueden ser correctas" (El alma está en el cerebro, Aguilar, 2006).   Todos los ‘libros sagrados' que se escribieron al dictado de una ‘revelación divina' son producto de una imaginación desenfrenada, por escribas que creían en la veracidad de sus visiones y que, quizás con buena fe, quisieron transmitir a sus coetáneos, que los proclamaron ‘profetas' o pregoneros de los deseos de la divinidad. No los descalificaré como fraudulentos, pero sí como visionarios y emocionalmente desequilibrados. En especial los autores bíblicos.

Escrita a lo largo de más de diez siglos (VIII a.C.-II d.C.), traducida, copiada y recopiada en los monasterios medievales, la Biblia fue el primer libro impreso en Europa, el más demandado y del que más ediciones se han hecho en las diversas lenguas y dialectos. Resulta impresionante la visita a bibliotecas especializadas, como la Vaticana de Roma o la Augusta de Wolffenbüttel, donde se conservan espléndidas colecciones bíblicas de todo tiempo y lugar. Con sus miles de comentaristas que, desde el prejuicio de la fe, han intentado salvaguardar para la posteridad el estimado como "depósito de la revelación divina". Revelación que dan por cierta, magnificando el mensaje de virtud, amor y esperanza, pero ocultando las múltiples ocasiones en que el mensaje se transforma en moral depravada de los héroes bíblicos o, peor aún, del propio Yahvéh. Es lo que ocurre, por ejemplo, en la más conocida publicación de hermenéutica bendecida por la Iglesia Católica, excelente, por otra parte, como introducción histórica a la transmisión secular del texto sagrado (Julio Trebolle Barrera, La Biblia judía y la Biblia cristiana, Trotta, 1993).

Los tres pilares sobre los que se asienta el fenómeno religioso son la autoridad, la tradición y la experiencia. Ignorando este último, ya que forma parte de la intimidad personal, una mente verdaderamente libre no puede conformarse con lo que predique una autoridad que se ha constituido a sí misma, al margen de toda racionalidad. La aceptación de un texto pretendidamente ‘revelado' (como los dos ‘Testamentos', el Antiguo y el Nuevo en la religión cristiana) ha de fundamentarse en un juicio crítico de valor, no en piadosas creencias ni en exégesis interesadas de los propios comunicadores de una fe excluyente, siempre impuesta y nunca sujeta al debate de la razón. (Un paréntesis para aclarar que la palabra ‘Testamento' fue una mala traducción, primero de los griegos, que tradujeron  la palabra hebrea berit, que significa ‘alianza', por diathéke, ‘disposición testamentaria', traducida más tarde al latín por ‘testamentum', que es el término que aparece en la versión Vulgata , oficial de la Iglesia Católica desde el Concilio de Trento, en 1546).

En su citado libro, el profesor Trebolle incluye un capítulo dedicado a la hermenéutica y a la crítica textual, en el que claramente expone que "los profetas se inspiraban en tradiciones antiguas para interpretar los acontecimientos de su época" y que "sus discípulos no hicieron más que continuar este proceso interpretativo, creando y recreando el texto".  Al encontrar nuevos significados del texto sagrado, "la interpretación de la Biblia se convirtió en verdadera revelación, a través del trabajo exegético". He aquí un nuevo significado del verbo ‘revelar' que excluye la ‘visión' de la que nos venían hablando todos los profetas. Es, sin duda, una mera ‘interpretación moderna' de los teólogos para sacudirse el yugo de la letra, por muy profética que sea. Es más, justifica con la mayor naturalidad las modificaciones, que expone con múltiples ejemplos, de las Sagradas Escrituras, ya que "durante la época persa, e incluso en una época posterior, la Escritura estuvo abierta a toda clase de interpolaciones y reelaboraciones". Nadie, pues, debe escandalizarse ni rechazar como impías las acusaciones de falsificación de los originales bíblicos, como ocurre, por otra parte, con toda la literatura antigua.

Dada la vulnerabilidad de sus argumentos y la pudorosa resistencia de los creyentes ante las barbaridades e inmoralidades contenidas en el Antiguo Testamento, la Iglesia Católica no ha tenido más remedio, a fin de acallar comentarios peligrosos, que declarar como dogma de fe la ‘revelación divina' de la Biblia. Así lo establece la constitución dogmática Dei Verbum, del Concilio Vaticano II, donde se puede leer que "la Santa Madre Iglesia, según fe apostólica, tiene por santos y  canónicos los libros enteros del Antiguo y Nuevo Testamento con todas sus partes, porque, escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor". Los escribas elegidos por Dios se vieron limitados y determinados en su redacción, porque escribieron "todo y solo lo que Él quería". Así, pues, concluye el texto: "hay que confesar que los libros de la Escritura enseñan firmemente, con fidelidad y sin error, la verdad que Dios quiso consignar en las Sagradas Letras para nuestra salvación". Al leer estas palabras, me pregunto sobre la salud mental de sus redactores: ¿Es una ‘ceguera voluntaria' o un cinismo condenable sin paliativos?

Con todo respeto para los sesudos varones que intervinieron en la discusión y redacción de esta constitución dogmática, he de poner de manifiesto, haciendo uso solamente de mi pobre raciocinio y juicio crítico mi rechazo más absoluto, primero, a que ningún ser humano pueda imponer a otro dogma alguno de verdad supuestamente ‘revelada', y segundo, a tamaña sarta de incongruencias, expuestas sin soporte racional. El primer y único pasaje de la Biblia en que se afirma la inspiración divina -ajena a la profética- salió de la pluma de Pablo de Tarso, en una de sus cartas (2 Tim.3:16-17), ya avanzado el siglo II de nuestra Era. Tesis que han aprovechado hasta el máximo los teólogos de todos los tiempos y que fue recogida formalmente por el Papa León XIII, declarando que la Biblia era, no sólo un venero de verdades históricas, sino de enseñanza moral conducente a la salvación (Encíclica Providentissimus Deus, 1893). Y más recientemente, se ha escrito que "El Antiguo Testamento es una parte de la Sagrada Escritura de la que no se puede prescindir. Sus libros son libros divinamente inspirados y conservan un valor permanente, porque la Antigua Alianza no ha sido revocada" (Catecismo de la Iglesia católica, 1992, 121). Con estas palabras, tan esclarecedoras, nadie debe llamarse a engaño: La Biblia completa, con sus enormes atrocidades inhumanas, que no se pueden ocultar a ningún lector, es aceptada como ‘palabra de Dios' íntegramente,  en todas sus páginas. No hay mayor incongruencia en los dogmas religiosos. Yahvéh, el sangriento dios bíblico, es el Dios de los judíos, pero también de los cristianos. No merece ni el reconocimiento, ni la adoración de unos ni de otros. (Continuará).

 

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23 Marzo 2009

OJOS QUE NO VEN (67)

 

El mito de los demonios (5)

 

Este poder diabólico se puede rastrear en la historia primitiva del cristianismo. Dos contemporáneos de Jesús de Nazareth, al menos, son acusados de tener un pacto diabólico y sufrieron la repulsa de los primeros cristianos. Apolonio de Tiana, cuya biografía dejó escrita Flavio Filóstrato (170-245) está llena de maravillas milagrosas, como las atribuidas a Jesús: resucitaba los muertos, daba la vista a los ciegos, expulsaba a los demonios de los poseídos, discutía con los doctores en el templo de Esculapio. Se decía que el Diablo lo había engendrado en una mujer virgen. A Simón el Mago, que creía ser la encarnación del Dios Padre, se le atribuían poderes mágicos, como la levitación y el vaticinio, por su pacto con el Diablo. San Gregorio Magno, a fines del siglo VI, narra la historia ‘legendaria' del abad Equitius, a quien atormentaban día y noche los demonios de la lujuria, hasta que un ángel le tocó el sexo y lo volvió insensible. (¡Siempre la lujuria en el punto de mira eclesiástico! ¿Pero no es Dios el ‘creador' de la lujuria?).

Son los padres del desierto (siglos III-IV) quienes, menospreciando las cualidades angélicas del Diablo (belleza, sabiduría y poder) lo transforman en un ser terrorífico, de larga descendencia artística, para atemorizar al pueblo. Así lo comenta su más reciente ‘biógrafo': "Los evangelios nos dan una visión dinámica de Satán, un retrato polifacético que en nada se parece al espantajo de los ermitaños ni al tenaz embaucador de las consejas medievales" (Alberto Cousté, Biografía del Diablo, Plaza Janés, 1991). Es la época del ermitaño san Antonio Abad (251-356) y de cuantos se retiraban al desierto para hacer penitencia y huir de las tentaciones del demonio, pero también de los Santos Padres que, con sus escritos, basados en los libros proféticos, contribuyen a elaborar la doctrina básica del cristianismo: Ambrosio (340-397), Jerónimo (3435-420), Gregorio Nacianceno (330-390), Basilio (329-379), Gregorio Niceno (331-396), Juan Crisóstomo (347-407) y Agustín de Hipona (354-430). Todos ellos presentan al Diablo como la ‘bestia' infernal, de aspecto repulsivo, que sólo tiene un empeño: destruir la fe en Cristo y encaminar a los réprobos y apóstatas a las cálidas cavernas del infierno. Son tan eficaces sus argumentos y predicaciones que van consiguiendo una victoria tras otra: El emperador Constantino proclama la libertad de cultos en el Imperio romano y asegura los bienes de la naciente Iglesia (313), el Concilio de Nicea aprueba la fórmula del Credo (325), la última oposición del paganismo se vive durante el efímero reinado de Juliano el Apóstata (361-363). Ya con Teodosio el Grande se amparan las decisiones del Concilio de Nicea (380) y el cristianismo se consolida como la religión estatal (391),  prohibiéndose los cultos paganos (395).

En los años de la caída del Imperio Romano de Occidente el Diablo es una presencia constante y turbadora en el ánimo de todos. Está presente en la Eneida del poeta Virgilio, cuyo libro VI es una obra maestra de la demonología latina. Convocado por el ‘espíritu' de su padre difunto, y guiado por la sibila, Eneas baja al reino de las Tinieblas y lo describe con detalle, en un alarde de imaginación sin precedentes. Lo mismo haría Dante Alighieri siglos después en su Divina Comedia y más tarde el poeta inglés John Milton en El paraíso perdido (1658), que presenta al Diablo como un príncipe triste y sombrío. Entre todos, poetas, pintores y escultores, conforman durante los siglos medievales y renacentistas la imagen de un Diablo zoomorfo, repulsivo y bestial, que permanece en la memoria colectiva de los cristianos más crédulos hasta nuestros días.  Su imagen se deforma, pero su poder se conserva incólume, hasta el punto de instalarse cómodamente en el Vaticano, donde un papa, Juan XII (954-964) brindaba a la salud del diablo, y otro, Silvestre II (999-1003), que era nigromante, evocaba a Satán para librarse del mal. Dante, en su Divina Comedia pone en el infierno de los simoníacos a tres pontífices: Nicolás III (1277-1280), Bonifacio VIII (1294-1303) y Clemente V (1305-1314), el que aniquiló a los templarios y trasladó la santa sede a la ciudad francesa de Avignon. Aun descontando lo que pueda haber de motivos políticos o legendarios en estos sucesos, todos ellos constan en la historia de la Iglesia como verdaderos.

El relato más antiguo sobre los ángeles rebeldes habla de dos mil ángeles caídos, pero la teología escolástica fijó en 133.306.668 el número de los demonios, aunque el Talmud los reduce a 7.405.926. La mejor representación pictórica de esta derrota se conserva en Bruselas, La caída de los ángeles rebeldes, obra de Brueghel el Viejo, obra del siglo XV, en el mismo estilo de los cuadros del Bosco. Una vez más hay que insistir en la trascendental importancia del arte sagrado en la propagación de la fe. Nada sería igual sin la aportación de los artistas para fijar en la memoria la ‘imagen' de lo invisible. Si los conceptos abstractos del Bien y del Mal son para Buda ‘espejismos terrestres', en el arte cristiano estas abstracciones se materializan de forma tal que pasan a ser una representación de la realidad (imaginada). Pero así como los ángeles aparecen una y otra vez en figura atractiva, la representaciones del demonio y del infierno escasean, a no ser en escenas terribles como el juicio final (Giotto).

Cuantos peregrinos se movilizaron en el siglo XII para llegar al ‘Finis Terrae' pudieron contemplar en las iglesias del camino escenas bíblicas y personajes angélicos que flanqueaban la severa figura del Pantocrator. (Ya se sabe que los artistas medievales tomaron como modelo para esta figura del Dios Padre en toda su Majestad a la impresionante y colosal  escultura de Zeus, realizada por Fidias para el templo griego de Olimpia). Pero el demonio siempre fue representado como la bestia infernal, el dragón de las consejas medievales, símbolo del Mal. Así, en uno de los capiteles de la Colegiata de Santillana del Mar (siglo XII) se representa la lucha alegórica entre el Bien y el Mal, personificados en un caballero medieval y en una bestia salvaje, que muere por su espada. El mismo símbolo que se reproduce en todas las artes durante  siglos posteriores, es decir, Satanás como el dragón, vencido, tanto por el arcángel Miguel como por san Jorge, patrono de ciudades y regiones de la Europa cristiana, que lo aniquilan a golpe de lanza o espada. El máximo ejemplo del ‘catecismo de los pobres' esculpido es el Pórtico de la Gloria, de la catedral de Santiago de Compostela, cuya contemplación equivale a una completa catequesis de doctrina cristiana. Allí están los profetas, los apóstoles, pero también los ángeles y los demonios que, con figuras bestiales, arrastran a los condenados, según la visión apocalíptica. (Continuará).

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21 Marzo 2009

OJOS QUE NO VEN (65)

 

El mito de los demonios (3)

 Su lugar de residencia, según el imaginario popular, es el abismo de los infiernos, donde reúne para un suplicio eterno a los difuntos fallecidos en pecado mortal (Georges Minois, Historia de los infiernos, Paidós, 2005). Ese abismo, para los escritores medievales, estaba en el centro de la Tierra, precisamente debajo de la ciudad de Jerusalén.  Era el "reino de las sombras" del salmista, en "las profundidades de la Tierra", de donde no se volvía jamás (Job 16:22). Señala Antonio Piñero que estas ideas no hacían más que seguir tradiciones muy antiguas, de las tierras vecinas de Canaán, Ugarit y Babilonia. Es la misma  imagen recogida del "tenebroso Tártaro" de Hesíodo, pero todo hecho de fuego,  el lugar "donde son arrojados los espíritus de los pecadores", que son "sujetados con cadenas por los espíritus vengadores que los torturan sin descanso" (Libro I de Henoc, del siglo I a.C.). No salgo de mi asombro: ¿espíritus ‘vengadores' y espíritus que pueden arder y ser sujetados con cadenas? ¿Qué locura es ésta? Según los profetas Isaías y Ezequiel irían al infierno, además de los pecadores, los incircuncisos y quienes no habían recibido conveniente sepultura (¡), los cuales vagaban como sombras, sin sufrir ninguna otra pena, ya que su culpa era involuntaria.

En el Nuevo Testamento la imagen del infierno sigue más la concepción griega que la hebrea: Espacio de "fuego eterno, llanto, lamentos y crujir de dientes", como el mismo Jesús enseña (Lc 13:28 y Mt 5:22 y 8:12). Aunque nada tan horripilante como las descripciones del Apocalipsis. Pero la imagen popular arranca de dos obras apócrifas (Apocalipsis de Pedro, del siglo II, y Visión de Pablo, del siglo IV). Nos lo confirma el catedrático Antonio Piñero, quien escribe: "En estas obras comienzan a describirse con más detalles las penas de los condenados, que consisten ante todo en fuego, desgarramientos físicos de la carne, olores fétidos, inmersión en excrementos y fango, abundancia de gusanos inmisericordes o angustias en cavidades estrechas y aplastantes".Las disputas teológicas de los primeros siglos de la Iglesia fueron  agrias y de una violencia dialéctica que pocos imaginan. En el tema de la condenación eterna, fue Orígenes (siglo III) quien, apelando a la misericordia divina, se opuso no sólo a la existencia de un infierno eterno, sino que incluso se atrevió a enseñar que el demonio sería, al fin, perdonado por Dios, volviendo a su condición angélica. Sus más poderosos antagonistas fueron san Agustín (siglo IV) y el papa san Gregorio Magno (siglo VII) que defendieron la postura más rigorista, que, al final, resultó vencedora. ¿Dónde estaba, mientras tanto, el Espíritu Santo? ¿Por qué guió la pluma de Orígenes hacia su perdición y siglos más tarde la de Agustín, en su Ciudad de Dios, hacia la victoria dogmática?

El rigorismo de Lutero y demás clérigos protestantes, en el siglo XVI, admitió la doctrina del fuego eterno para los malvados, aunque renunció a las amenazas para mejor controlar la conducta de sus fieles seguidores. El filósofo del XVII Thomas Hobbes se inclinó por la aniquilación total de los malvados, en vez de su condenación eterna, que tanto repugna a la idea de un Dios misericordioso. Por su parte, en el XVIII, el Barón de Holbach proclama que esa condena es incompatible con la justicia divina. Y Kant, su coetáneo, la rechaza porque el miedo al castigo reduce la libertad humana. Otro filósofo, ya en el siglo XIX, sostiene sin más que el infierno no existe (F. Schleiermacher, La fe cristiana, 1831). A día de hoy siguen las opiniones teológicas un camino inseguro, nada acorde con las enseñanzas dogmáticas de la Iglesia. (Al parecer, el Espíritu Santo sigue de vacaciones).

  Es sorprendente la afirmación del principal exorcista oficial del Vaticano, al  ‘revelar' sus diálogos con Satán, en uno de los cuales le confiesa nada menos que "el infierno ha sido creado por el Diablo, no por Dios". Y sabemos, por ‘revelación' de Juan, que "el mundo entero yace en poder del Maligno" (1 Jn 5:19). Incongruente doctrina con la expuesta por el catecismo católico, que recuerda una y otra vez la victoria del Cristo redentor sobre el Diablo, y renovada últimamente por el papa Juan Pablo II: "Nosotros creemos que Jesús ha derrotado definitivamente a Satanás", siendo ésta una de las verdades esenciales de la fe cristiana. Desde  el Concilio Vaticano II, en el siglo XX, el infierno ha sufrido alguna modificación esencial: ya no se trata de un ‘lugar' donde los condenados -y el diablo, por supuesto- sufren un ‘fuego eterno', sino que es un ‘estado' de privación de Dios. En palabras de Juan  Pablo II: "El infierno es la situación de quien se aparta de modo libre y definitivo de Dios...no es un horno ardiente, y rezo para que esté vacío". Renuncia, pues, a la visión infernal propagada, desde los mitos apocalípticos, por la literatura medieval, sobre todo en La Divina Comedia de Dante, o por las estremecedoras pinturas de cuantos se atrevieron a adoctrinar al pueblo con frescos de un realismo tremendista en las escenas del Juicio Final. Para el papa, el fuego del Infierno es sólo una metáfora, como lo es el Purgatorio y el Cielo, que no pasan de ser ‘estados' de conciencia. Así como los teólogos han dejado de hablar del Limbo, por inexistente, y del Infierno, como sede del Diablo, llegará el día en que se imponga la razón y veamos en toda esta parafernalia del temor una invención eclesiástica de los últimos siglos, como lo fuera para los antiguos la invención de los espíritus.     (Continuará).

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19 Marzo 2009

OJOS QUE NO VEN (64)

 

El mito de los demonios (2)

 La brujería, forma medieval del culto satánico, llegó a su mayor expansión a finales de la Edad Media y comienzos de la Edad Moderna, motivando la persecución de la Inquisición eclesiástica y los numerosos procesos que nos permiten conocer con detalle sus alucinantes creencias. (María Tausiet et alii, El diablo en la Edad Moderna, Marcial Pons, 2004). El papa Inocencio VIII, en su bula Summis desiderantes afectibus (1484), impulsó la dura represión contra la brujería, afirmando que las brujas no sólo  existían, sino que estaban aliadas con el diablo, al que servían para destruir la fe en Cristo. A partir de esta bula, el mundo cristiano conoció una locura colectiva. Conseguidas las confesiones a base de torturas, se supone que en dos siglos (1500-1700) fueron quemadas en la hoguera en toda Europa alrededor de un millón de ‘brujas'. En el siglo anterior (1450-1550) se calcula que sólo en Alemania fueron asesinadas más de cien mil mujeres acusadas de brujería.  Como el culto satánico está directamente relacionado con la liberación de las normas morales, especialmente las sexuales, parece que no puede haber reunión de adoradores de Satán (hembras y varones) sin orgía sexual. Cuyo destino final ha de ser la hoguera, según la Iglesia.

Este tipo de confesiones era la más solicitada por los libidinosos inquisidores, hasta lograr las más morbosas, que pudieran satisfacer su lujuriosa curiosidad. Así la posesa Ángela de Foligno muestra sus llagas y dice que, al ser poseída, (el diablo) "no puede menos que desgarrar mi cuerpo dándome golpes terribles...todos mis miembros están llenos de cicatrices" (Max Scholten, Experiencias paranormales, Editors, 1991). El irlandés Tundale, siglo XIII, manifestó haber visto cara a cara a Satanás: "Bestia muy negra, como el azabache, mil manos con 20 dedos, garras de hierro en los pies, cola larguísima". (Nadie debería reírse de estas gigantescas ingenuidades, por piedad ante nuestros hermanos mayores). Una visionaria francesa del siglo XVI confesó haber copulado con el diablo, cuyo pene era de tales proporciones que producía espantoso dolor y ardor de fuego". Para otra, aunque no había visto sus testículos, sí había sentido el semen del diablo, "similar a un torrente de lava". (Sin embargo, en el II Concilio de Nicea, del año 787, se aprobó la conclusión de que "la carne del Diablo era dura como piedra, fría y de fuerza sobrehumana"). Cuantas  copularon con él dicen que "arremete de frente, como el macho cabrío". Ni que decir tiene que este tipo de confesiones, sacadas con frecuencia en momentos de insufrible tortura, son la consecuencia de alteraciones psicológicas, como la histeria, o del simple miedo al tormento.  

Para conjurar sus poderes se publicaron en la época medieval los grimorios o fórmulas contra la  hechicería, siguiendo la orden bíblica: "A la hechicera no dejarás que viva" (Ex 22:18), algunos de los cuales salieron de la pluma de Sumos Pontífices, como León I y Honorio III. Pero debieron servir de poco, ya que el culto a Satán ha proseguido hasta hoy, aunque de forma encubierta, como numerosos ritos satánicos practicados en muchos países de Occidente. (En Italia fue desmantelada hace unos años la secta conocida como "Los ángeles de Sodoma", y en España existían unas cuarenta sectas satánicas a finales del siglo XX, una de las cuales se haría llamar "Hermandad de Satán", según datos de la Conferencia Episcopal). Se cita como ejemplo histórico de propagación en la alta sociedad, las misas negras organizadas en el siglo XVIII por Madame de Montespan, amante del rey de Francia. Por los mismos años Goya dejaba constancia pictórica de un aquelarre, con la invocación al Diablo, en forma de macho cabrío, en un cuadrito conservado en la Fundación Lázaro Galdeano, de Madrid. 

  A finales del siglo XX y comienzos del siglo XXI se han multiplicado los  ritos satánicos, con sus ‘misas negras', los congresos sobre Demonología, sobre hechicería, magia y brujería, las figuraciones diabólicas en novelas, cómics, cine, pintura, publicidad, de forma que podemos decir que "el Diablo está de moda" (VV.AA. Ángeles y demonios, 2004, y Robert Muchembled, Historia del Diablo, Cátedra,  2004). Mito tan difícil de desarraigar como el de los ángeles, que ha conseguido atrapar en sus redes a criaturas débiles, o desesperadas, o desengañadas de todas las demás religiones. La adoración al ‘maléfico' Diablo, quizás por odio a los dioses considerados ‘benéficos', ha culminado con la consagración en Amsterdam, en el año 1976, del primer templo público europeo dedicado a Satán. El satanismo, o culto idolátrico a Satán, que se puede rastrear a través de los siglos (se citan sectas satánicas en el siglo XI), es incompatible con la vida cristiana y su rechazo ha producido el heroísmo de numerosos mártires, como recuerda el Catecismo (2113).

El Diablo, dice la Iglesia, puede ‘entrar' en el cuerpo de un ser humano para obligarle a una conducta perversa, que le prive de una eternidad beatífica, en un acto de ‘posesión', similar al de las brujas del aquelarre. Unas veces resulta una simple conducta malvada, de la que se hace responsable a la influencia diabólica, como en la película El abogado del diablo  (1993) de Sydney Lumet. En otras se trata de una verdadera posesión, como en la de Roman Polanski Rosemary's baby (La semilla del diablo), en la cual el actor que oficia la ‘misa negra' es el conocido como ‘Papa negro', fundador de la primera ‘Iglesia de Satanás', oficialmente reconocida en San Francisco (1966). El centro mundial del satanismo se encuentra en la aldea suiza de Stein, donde se alza una abadía en la que se practican los ‘Cinco Mandamientos'. En ellos se ofrece la experiencia de la libertad absoluta, que se logra  fornicando con quien se desee, muriendo como se desee y matando a quienes impidan privar al hombre de estos derechos. La fiesta más importante de los seguidores de Satanás es la noche de Halloween, promocionada desde los Estados Unidos de América. Otro aspecto de la posesión diabólica es el ‘pacto' voluntario con el Diablo, para alcanzar algún bien inalcanzable, como la eterna juventud, tema repetido en la literatura, desde el Fausto de Goethe hasta El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde. Otros, como el español don Juan Tenorio, prefieren pactar la salvación a cambio de poseer a todas las mujeres que apetezcan. Así, pero como mensaje de redención del pecador, lo describen el dominico Tirso de Molina, en El burlador de Sevilla, y después el poeta romántico José Zorrilla en Don Juan Tenorio. (Continuará).      

 

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18 Marzo 2009

OJOS QUE NO VEN (63)

 

 

V

El mito de los demonios (1)

 

El Catecismo de la Iglesia Católica (edición de 1992) se ocupa del diablo en varias ocasiones. La primera, sin mencionarlo directamente, se refiere a la "voz seductora" que, "por envidia, hace caer en la muerte a nuestros primeros padres" (Gén 3:1-5). Apoyándose en otros dos textos bíblicos (Jn 8:44 y Ap 12:9) enseña que "La Escritura y la Tradición de la Iglesia (supuestas fuentes indiscutibles de la verdad) ven en este ser un ángel caído, llamado Satán o Diablo" (391). Esta caída consiste en la elección libre de estos "espíritus creados que rechazaron radical e irrevocablemente a Dios y su Reino". Afirmación que recoge lo dictado en el año 1215 por el IV Concilio de Letrán: "El diablo y los otros demonios fueron creados por Dios con una naturaleza buena, pero ellos se hicieron a sí mismos malos". Porque el diablo "es pecador desde el principio" (1 Jn 3:8) y "padre de la mentira" (Jn 8:44). Son, pues, seres enteramente libres de pecar, espíritus creados para el bien, pero rebeldes contra su creador, cuyo pecado no puede ser perdonado (392-392). Con esta ‘invención' humana, se daba explicación algo coherente a la dualidad de su condición (bondad/maldad) al mismo tiempo que trasladaba al ámbito empíreo la ‘actividad bélica' entre dos facciones de los ‘ejércitos celestiales', a imitación de la belicosidad que impera en la Tierra, mostrando, además, que también hay ‘espíritus' obedientes y rebeldes al Todopoderoso Dios.

El ‘pecado', además de rebeldía contra el Creador, podía estar ocasionado, según la mayoría de los teólogos, por algún otro ‘vicioso' comportamiento, como el orgullo, la lujuria, la desobediencia, la excesiva libertad, la envidia, en fin, que determinó la terrible batalla celestial, en la que las huestes de Miguel expulsaron para siempre del Paraíso a esos ángeles rebeldes. Uno de los Santos Padres, Juan Damasceno, remacha el clavo: "no hay arrepentimiento para ellos después de la caída, como no hay arrepentimiento para los hombres después de la muerte". El Diablo es, además, en definición apocalíptica, el "Señor de la muerte", vencido por el Redentor resucitado, quien, desde entonces, "tiene las llaves de la muerte y del Hades" (Ap 1:18) habiéndonos liberado "del poder de Satanás y de la muerte" (1086). En el sacramento del bautismo, y después en la confirmación, se ha de expresar públicamente la "renuncia a Satanás", como requisito indispensable para pertenecer a la Iglesia católica.

Si el espíritu del maligno ‘se apodera' de un pobre creyente, la misma Iglesia acude en su ayuda por medio del ‘exorcismo', ritual dramático al que se han sometido a lo largo de la historia monjas, frailes, sacerdotes e incluso obispos ‘poseídos', y que ha dado origen a multitud de leyendas, libros y películas tremendistas. La práctica del exorcismo (1673), que el mismo Jesús practicó (M 1:25) y encomendó a sus apóstoles (Mc 3:156, 7, 13; 16:17)   ha sido renovada, después de cuatro siglos, por el papa Juan Pablo II en 1998, año en que se actualizó el ‘sagrado' Rituale Romanum.  Durante el Renacimiento humanista, época de crisis religiosa y vivencias satánicas, los remedios contra la posesión podían ser tan ridículos como dar al poseso un vomitivo de altramuces, repollo, beleño y ajo, aderezado con un poco de cerveza y agua bendita. Otras veces, como recuerda irónicamente Bertrand Russell, "para expulsar al demonio se atacaba su orgullo con malos olores, sustancias desagradables y obscenidades. Por tales medios, los jesuitas de Viena arrojaron 12.652 diablos en el año 1583. Cuando fallaban estos métodos, el paciente era azotado, pero si el demonio se resistía, era torturado". Al parecer, éste era un remedio infalible. El más reciente manual de exorcistas lo ha publicado un sacerdote español con el título latino de Daemoniacum, cuyo autor asegura, con absoluta seriedad que "Dios, un ser espiritual e infinito, creó a su vez seres espirituales pero finitos, que son los espíritus", por lo que no parece incongruente decir que el demonio "es un ser espiritual, sin cuerpo, completamente etéreo e inmaterial". Con absoluta seriedad también, me pregunto: ¿Es que puede haber espíritus "finitos" e "infinitos"? ¿Cuáles serán los límites del espíritu, para poder ser llamado "finito"? ¿Se puede jugar con palabras vacías de sentido? ¿Dónde está el pudor del teólogo que predica tales majaderías? ¿Andan tan escasos de juicio racional?

Para los creyentes católicos la existencia del Diablo es verdad de fe, no mera tradición cultural: "Por su pasión, Cristo nos libró de Satán y del pecado" enseña el Catecismo (1708). Porque la noción de pecado va unida, en el credo católico, a la influencia satánica en la conducta humana. Incluso el sabio Tomás de Aquino llegó más lejos, al afirmar que "constituye un dogma de fe el hecho de que los demonios generan el viento, las tormentas y la lluvia de fuego". Es decir, que está detrás de las catástrofes naturales, como otros lo ven detrás de fenómenos hasta hoy inexplicables, como la telepatía, la telequinesia, la videncia, la levitación, los viajes astrales y tantos otros sucesos paranormales. En resumen, todo lo que pueda ser dañino o peligroso para el hombre, proviene del poder satánico, carcomido por la envidia, como dice el Libro de la Sabiduría: "Por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen" (Sb 2:24). ¿Estaremos poseídos todos los españoles, siempre tan envidiosos?

Admitida la existencia del Mal en el mundo, como antítesis del Bien, la personificación del Mal es necesaria como contraposición a la personificación del Bien (Jeffrey B. Russell, El Príncipe de las tinieblas. El poder del Mal y del Bien en la historia, Andrés Bello, 1996)). Sin Dios no tiene sentido el Diablo, y lo mismo que la sombra hace resaltar la luz, sin el Diablo no se puede concebir a Dios redentor, vencedor del Mal, creaciones todas de la mente humana. Porque es el hombre el creador de todos los espíritus por obra de su poderosa imaginación. El Diablo, así, no sería otra cosa que "el resultado de los esfuerzos de la mente humana para encontrar una explicación lógica al problema del mal" (Georges Minois, Breve historia del diablo, Paidós, 2005). Ya lo predicaban hace siglos los egipcios, quienes veían en la antítesis Bondad/Maldad, un reflejo de la eterna lucha entre sus dioses Horus (el Bien) y Set (el Mal), necesaria para que el Bien pueda existir, lo que no sucedería si le faltase su antagonista el Mal. Pero ya sabemos que la creación de Satanás y todos los seres angélicos, buenos o malos, procede del mundo iraní del siglo VI a.C. por obra del pensador Zoroastro (o Zaratustra) con su doctrina del dualismo Bondad/Maldad. (Lynn Picknett, La historia secreta de Lucifer, Planeta, 2007) que ha dominado el imaginario de quienes no encuentran otra explicación a sus luchas internas. (Continuará).

 

Tags: satan, exorcismo

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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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