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La Coctelera

La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

Categoría: Cerebro

12 Octubre 2009

OJOS QUE NO VEN (11)

 

El dios cristiano (7)

 

 DIOS ESPIRITU SANTO. En la mayoría de los pasajes bíblicos, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, el ‘espíritu de Dios' es una fuerza operante que motiva a los humanos, en función santificadora. No hay un solo lugar en los sinópticos que designe de manera inequívoca al Espíritu Santo como persona de la Divinidad, a no ser en un texto tardío en que Jesús, ya resucitado, ordena a sus discípulos bautizar "en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo" (Mt. 28:19) . Es la primera mención explícita del misterio de la Trinidad, usual en las religiones orientales (como en el hinduismo) y ausente de los textos sagrados judíos, donde sólo se menciona el "espíritu de Yahvéh" como fuerza actuante, idea que se recoge en el Nuevo Testamento como fuerza sobrenatural que ayuda a los creyentes, y que gobierna la comunidad por medio de los apóstoles en el primer cristianismo (Act 1:8; 13:2; 15:28; 20:28). La efusión del Espíritu Santo en la primera Fiesta de Pentecostés (Act 1:8) fue la señal de que actuaba también como "fuerza santificante" (1 Cor 1:2) y como principio de vida eterna (Jn 3:5-8). El Espíritu Santo es, también, el "Espíritu de Cristo" para la cristología de Pablo (Rom 8:9). En las epístolas paulinas, el Espíritu Santo intercede por nosotros (Rom 8:26) y habita en los cristianos (1 Cor 3:16 y 14:25). Por el bautismo se recibe el Espíritu Santo, que convierte al nacido en miembro del ‘cuerpo' místico de Cristo (1 Cor 12:13). Para los cristianos protestantes, la primera obra del Espíritu en el hombre es, según la doctrina de Juan, convencerle del pecado (Jn 16:8-11). Sin esta convicción, nadie puede sentir la necesidad de un ‘salvador', pero este es un ‘don' que se recibe por la fe (Jn 7:39) y que hay que pedir (Lc 11:13).

La imagen del Dios-Espíritu es claramente mítica, ya que, o bien es una simple redundancia, o una emanación energética de Dios. Si ya es impensable una ‘persona' que sea solamente espíritu, mucho más lo es el concepto mismo de Espíritu Santo (o de Verdad, como dice Jesús), idéntico al Padre, y que ‘obedece' las órdenes del Hijo. Todo es tan demencial que la Teología cristiana no encuentra más salida que el acatamiento por la fe. Pero es que, sea Uno o sea Trino, tampoco Dios puede ser un Espíritu (por muy ‘puro' o ‘absoluto' que se le imagine), ya que, fuera del simbolismo, la existencia real de un espíritu incorpóreo es inconcebible, como afirma Bertrand Russell (Religión y Ciencia, FCE, 1951). Además del calificativo "Santo", y del "Espíritu de Verdad" (Jn 16:13), se encuentran en Pablo otros apelativos: "Espíritu de la Promesa", "Espíritu de adopción", "Espíritu de Cristo", "Espíritu del Señor", "Espíritu de Dios", simbolizado en ocasiones por el fuego, el agua, la nube, la luz, la paloma, que invade la mente y el corazón de algunos predestinados, como Juan el Bautista, "lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre" (Lc 1:15).

La misteriosa doctrina de la Santísima Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo) que se incluye entre los dogmas del Cristianismo desde el Concilio de Nicea, fue formulada por primera vez en el siglo III d.C. por Tertuliano, a quien se atribuye el credo quia absurdum ("creo porque es absurdo") precisamente como defensa de lo indefendible, momento en el cual "la teología cristiana abandona definitivamente el terreno de la lógica y el sentido común". como afirma taxativamente un escritor italiano, catedrático de Lógica en la Universidad de Turín  (Piergiorgio Odifreddi, Por qué no podemos ser cristianos, y menos aún católicos, RBA, 2008). Siendo ambos el mismo Dios, resulta patente que el Espíritu ha sido minusvalorado en competencia con el Hijo, tanto en la bibliografía como en la práctica. Quizás por una razón muy humana: al Hijo se le puede ver, mientras que el Espíritu es invisible, y necesita ser simbolizado por una paloma, para que el creyente lo ‘visualice'.

Según dice el Catecismo, "el misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana" (234). La fe apostólica relativa al Espíritu fue reafirmada en el segundo Concilio ecuménico, reunido en Constantinopla en el año 381, al establecer que "creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre". Posteriormente, en el de Toledo, año 638, la Iglesia católica reconoció al Padre como "la fuente y el origen de toda la divinidad". Pero en el año 1438 el Concilio de Florencia se vio obligado a completar la fe, al sentenciar que: "El Espíritu Santo tiene su esencia y su ser a la vez del Padre y del Hijo, y procede eternamente tanto del Uno como del Otro, como de un solo Principio". ¿En qué quedamos? ¿No es Dios eterno? Entonces, ¿cómo puede tener ‘principio'? Por otra parte, ¿cómo es posible que María conciba a su hijo ‘por obra del Espíritu Santo'? ¿Es Dios al mismo tiempo hijo y padre? Otra duda. Según citas repetidas de Pablo, Jesús resucitó por la acción del Espíritu (Rm 6:4; 2 Co 13:4; Flp 3:10; Ef 1:19-22 y Hb 7:16). ¿Cómo se puede entender, entonces, que Jesús dijera: "Doy mi vida para recobrarla de nuevo...Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo"? (Jn 10:17-18) ¿Tenía ese poder, o necesitaba la cooperación del Espíritu? 

Sin acudir a la tesis del politeísmo, la doctrina trinitaria resulta para cualquiera, incluídos los teólogos, un misterio insondable, del que nadie puede dar cuenta minuciosa, porque es absolutamente ajeno al raciocinio del que todos los humanos nos debemos enorgullecer, ya que si la fe es un ‘don' divino, mucho más y muy anterior lo es la razón, atributo específicamente humano, del que ningún ser vivo debe renegar como propio de su especie. De nuevo habrá que acudir a la psicología para explicar, en lo que cabe, la ‘incursión' de los espíritus, por muy santos que sean, en nuestra vida terrena. El cerebro tiene respuesta para todo. (Continuará).

 

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5 Septiembre 2009

OJOS QUE NO VEN (81)

 

I

Del politeísmo al monoteísmo (1)

 

El enfoque de esta Tercera Parte ha de ser forzosamente histórico, porque los dioses, aunque sean quiméricos,  tienen también su historia. Sin perder de vista que el nacimiento de la religión no se puede entender sin el previo supuesto ilusorio de la existencia de los espíritus, ya que, según enseña Marvin Harris, "Dondequiera que la gente crea en la existencia de uno o más de estos seres, habrá religión"  y más adelante: "El alma explica el misterio de la muerte. Un cuerpo sin vida es un cuerpo privado de su alma para siempre" (Nuestra especie, Alianza, 1995). Si pretendemos bucear hasta encontrar el origen y la causa del sentimiento religioso, deberemos rastrear, por tanto, las huellas en el pasado de algo tan evanescente como la idea del alma en todo lo que el homínido primitivo observe como ‘animado' en su entorno, comenzando por sí mismo. Estas huellas sólo pueden encontrarse en el estudio de la Arqueología, al que dedican su vida, con abnegación y paciencia dignas del mayor de los reconocimientos, cientos de investigadores que hunden sus manos en esa ciénaga de ilusiones perdidas que es la corteza terrestre, el cementerio donde reposan los misterios de la vida.

En octubre de 1996 se celebraron unas jornadas de estudio sobre "La evolución de los homínidos" en el Museo de la Ciencia de Barcelona, cuyas ponencias y discusiones fueron después publicadas con el título de Antes de Lucy. El agujero negro de la evolución humana (Tusquets, 2000). Millón más, millón menos, "hoy sabemos que los hominoideos como grupo se separaron de sus parientes cercanos hace unos 25 millones de años", nos dicen estas páginas, para continuar marcando sus cortes genealógicos: "La separación entre los chimpancés y el género humano tuvo lugar hace unos seis millones de años" y "El homínido más antiguo bien conocido, con  una edad de tres millones de años es el Australopithecus afariensis", que era trepador y bípedo a la vez, como nos confirma el profesor Jordi Agustí. El representante de este primer primate bípedo y trepador encontrado en tierra africana  es una hembra,  "Lucy", nombre que le dio su descubridor, Donald Johanson, en 1974. Pero hay quien establece la transición entre el animal y el hombre dos millones de años antes, con una evolución mucho más lenta (Herbert Wendt, Del mono al hombre (Bruguera, 1981). Admitir que la evolución fuera lenta parece muy sensato, pero es que, además, resultó ser "revolucionaria", como la califica Juan Luis Arsuaga: "Un primate bípedo es algo revolucionario y no representa tan sólo una ligera variante respecto de otros tipos hominoideos. Hay que descartar que todo el esqueleto se modificara drásticamente de una única vez; y por otro lado, no es fácil imaginar cómo se puede pasar de un cuadrúpedo a un bípedo poco a poco" (La especie elegida. La larga marcha de la evolución humana, Temas de Hoy, 1998). 

Lo verdaderamente importante para nuestro propósito es determinar el momento en que empezó el cerebro del  homínido a elaborar conceptos abstractos y a ‘crear' símbolos, que son las señas de identidad de la humanidad naciente, y de todo pensamiento religioso, ya que "la conciencia humana emergente exige explicaciones sobre el mundo" (Richard Leakey/ Roger Lewin, Nuestros orígenes. En busca de lo que nos hace humanos, Crítica, 1994). No sólo el  cuándo, también el cómo ha ocupado muchas horas de investigación a los pacientes antropólogos. Algunos con sorprendentes conclusiones, como Oscar Kiss Maerth, quien, escribiendo en un monasterio chino, lanzó la idea del canibalismo como la que podría explicar esta aparición de la conciencia humana, con sus secuelas de ideas abstractas y pensamiento simbólico: "El canibalismo es la causa de la evolución del hombre", escribió. Abandonar, en parte, la comida vegetariana del simio para comer "carne cruda" fue el paso decisivo, aunque ignorado, para la transformación evolutiva de los primates. Y este paso fue dado por un nacido de un cruce entre un mono antropoide africano y una mona asiática, según la teoría de Maerth, que conoció y difundió las ventajas de alimentarse de carne de sus semejantes. Pero lo más sustantivo de esta teoría es que "los primeros hombres se convirtieron en caníbales por su obsesión del sexo", ya que "el primer ser humano fue aquel mono que por vez primera consumió el cerebro fresco de un congénere" porque aumentaba su deseo sexual. El resultado fue un renovado impulso sexual, que le procuraba orgasmos desconocidos. Con razonable sorna podríamos decir que "se corrió la voz" y aquellos primates abandonaron los hábitos vegetarianos para comer la carne de sus congéneres, especialmente el cerebro. (Por supuesto, sólo se hicieron carnívoros los hombres, comenzando tal ‘hazaña' en Mesopotamia). Concluye Maerth que "unas cien mil generaciones se han dedicado a comer cerebros". El canibalismo, despojado de connotaciones imaginativas, ha pasado a ser una hipótesis generalmente aceptada.

También Salvador Moyá, geólogo mallorquín, admite que el género homo nació por pasar de una dieta vegetativa a otra carnívora (Antes de Lucy) necesaria para aumentar el tamaño del cerebro, pero añadiendo que "la aparición del género humano hace 2,5 millones de años fue debida a las nuevas presiones selectivas de la vida en la sabana".  Una de estas ‘presiones' debió ser la lucha por el espacio vital en un lugar donde escaseaban los alimentos. Primero, entre clanes diferentes, luego entre los miembros de una misma familia. Recordemos las palabras de Arsuaga, al hablar de los huesos hallados en la Gran Dolina de Atapuerca: "los restos humanos de la Gran Dolina aparecen mezclados con los de animales, y bastante rotos. Algunos presentan estrías de corte producidas por el filo de un instrumento de piedra empleado con ánimo de separar la carne del hueso. Está, pues, claro que fueron descarnados y consumidos allí mismo por otros humanos. Se trata de la evidencia más antigua conocida de este tipo de práctica" (La especie elegida, Temas de Hoy, 1998). Porque "el debate sobre el primer poblamiento humano de Europa (fijado en torno al medio millón de años) iba a cambiar para siempre en el verano de 1994 con los descubrimientos de la Gran Dolina en España". Su antigüedad, calculada entonces en unos 780.000 años, supera ya el millón en la consideración de los investigadores de estas cuevas de la Sierra burgalesa de Atapuerca.

Pero debemos recordar que nuestra especie ni es única ni privilegiada. Sólo somos los ‘inquilinos temporales' de este planeta, que convivimos con otros muchos inquilinos, y cuyos antecesores en esta misma vivienda desaparecieron como especie hace mucho tiempo (se dice que desaparecen unas 30.000 especies de seres vivientes cada año). Una de ellas, la más parecida a nosotros, los humanos modernos, fueron los ‘hombres de Neandertal', los "primeros pensadores", que eran miembros de "una humanidad paralela que evolucionó en Europa durante cientos de miles de años de forma independiente y separada de nuestro linaje", aunque con un ancestro común (Juan Luis Arsuaga, El collar del neandertal. En busca de los primeros pensadores,  Temas de Hoy, 1999). "Aunque originarios de Europa, sigue diciendo Arsuaga, los neandertales salieron de nuestro pequeño continente para poblar el Asia central y el Oriente Próximo. Toda esta época (entre hace 127.000 y 40.000 años) es el ‘tiempo de los neandertales'. En esta última fecha, es decir, hace unos 40.000 años, aparecieron en la Península Ibérica y en Europa unos inmigrantes de origen africano, nuestros antepasados: los primeros representantes europeos de la especie Homo sapiens, conocidos popularmente como hombres de Cro-Magnon o cromañones". Después de convivir en el mismo espacio durante unos diez mil años, es decir, hace 30.000 años, los neandertales desaparecieron como especie por causas todavía no precisas. "Desde entonces, concluye el infatigable Arsuaga, somos los únicos humanos y los únicos homínidos sobre el planeta". Última conclusión: los primates han vivido durante millones de años en el bosque, siendo trepadores. Solamente los humanos hemos poblado tierras  con escasa  o nula arboleda, por nuestra condición bípeda, hace escasos miles de años. (Continuará)

 

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4 Septiembre 2009

OJOS QUE NO VEN (80)

 

La quimera de los dioses (2)

 

Las diversas religiones regulan el tiempo de sus fieles creyentes, tanto en su intimidad como en la colectividad. No podemos minimizar su influencia en la mayoría de las personas, angustiadas tanto por el presente como por el futuro. A pesar de la violencia, que nunca falta, millones de fieles de religiones distintas conviven en buena armonía, sin preocuparse excesivamente ni por la ideología ni por la teología. Pero es cierto que la paz siempre es precaria. Y que la religión todavía sigue siendo un poder, y como tal, encierra el conflicto en la misma medida que las nubes contienen la tormenta. "Paz o guerra, persecuciones o fraternidad: la religión lo permite todo, lo justifica todo. Los dioses proponen y los hombres disponen" es la teoría más difundida. No obstante, el mensaje de paz se puede (y se debe) imponer al mensaje agresivo. Para ello no hay más que un camino: "Mediante la educación cívica, mediante la enseñanza ilustrada de la historia de las religiones y de las civilizaciones, y sobre todo mediante una ley laica" (Dioses: Modos de empleo, Museo de Europa, 2008). Yo añadiría algo que me parece de suma importancia: el acercamiento a la Ciencia, que poco a poco nos está levantando el velo de la ignorancia (muchas veces consentida) para acercarnos a una verdad demostrada, insospechada y que alumbrará al ‘hombre nuevo', libre de ataduras religiosas que, en todo caso, debe reducirse al ámbito personal.

"La libertad de no creer es la primera libertad del ser humano", es una sentencia muy conocida de Paul Kurtz,  que se completa con esta otra: "Miles de años de fe ciega en lo sobrenatural parecen haber creado en el cerebro algo así como un ganglio religioso". Estas palabras del premio Nobel español Santiago Ramón y Cajal (Recuerdos de mi vida) remiten al cerebro toda reflexión que se haga sobre la vida espiritual. Afirmación que asume y reproduce el catedrático Francisco Mora en su estudio ¿Enferman las mariposas del alma? Cerebro, Locura y diversidad humana  (Alianza Editorial, 2004) con estas otras: "El cerebro posee el sustrato último de toda experiencia, inefable o no, lo que incluye la propia experiencia religiosa". Es decir, que a la teología de tiempos pasados, basada en "revelaciones" místicas, han de suceder en nuestros días las neurociencias o estudio fisiológico, biológico y psicológico del cerebro humano, donde se forjan todas las experiencias religiosas.

Para el Diccionario de Neurociencia (Alianza Editorial, 2004), la mente humana "es material y refiere a la expresión de la función cerebral. Para otros, muy pocos hoy, su naturaleza es espiritual, no-material". La experiencia religiosa, por tanto "se coaliga con sentimientos, sean éstos de alegría, de amor o incluso de miedo y temor. Tanto en la soledad como en los ritos en donde se comparte la experiencia con otros, el ingrediente básico es emocional...Y es que nuestro propio cerebro, en su desmedido afán de supervivencia, nos eleva al infinito. Y construimos aquí, en nuestro mundo de todos los días, un nuevo mundo más allá en ese afán de querer seguir vivos" (¿Enferman las mariposas del alma?). Lo mismo ocurre con la sociedad, que ‘necesita' un Dios, sea el que sea, para evitar el caos y la barbarie. Aunque vaya en contra de los postulados de la razón y la sensatez del entendimiento humano. "Al final del siglo XX, dice Paul Jhonson, la idea de un Dios personal continúa tan viva y real como siempre en las mentes de millones de hombres y mujeres de todo el planeta" (La búsqueda de Dios. Un peregrinaje personal, Planeta, 1997).

Para los ideólogos del "diseño inteligente", quienes niegan la veracidad de la evolución, pretendiendo salvaguardar la idea de una divinidad ‘creadora' y responsable de su creación, las tesis científicas contrarias no merecen el más mínimo respeto. Hay científicos que quieren, a toda costa, probar la existencia de Dios, como William Dembski, Philip Jhonson o Hugo Ross, pero la palma de la osadía se la lleva Michael Behe, cuyo libro La caja negra de Darwin (Andrés Bello, 2000) es considerado como "la Biblia del diseño inteligente". Desde otro punto de vista ofrece una visión ‘creacionista' el físico Frank Tipler en La física de la inmortalidad (Alianza Editorial, 2005). Si hubiera unanimidad en las opiniones habría muerto la Ciencia. 

Las polémicas entre filósofos y teólogos no han dejado de aflorar en la vida cultural de los hombres, al menos desde el nacimiento de la Filosofía quinientos años antes de Cristo. Pero eran disquisiciones o elucubraciones sin fundamento científico, basadas solamente en la Lógica, la Historia y las Escrituras, lo que permite arrinconar sus ideas en el baúl de los recuerdos. Al menos hasta 1776, año en que muere el filósofo escocés David Hume, el primer europeo que murió confesándose ateo impenitente.  Pero las Neurociencias de nuestros días están obligando a dar un giro espectacular a la idea clásica del ser humano. Citaré un párrafo del libro editado por el Vaticano (Neuroscience and the Person, 1999), en el que se hacen unas reflexiones que hubieran sido consideradas heréticas no hace muchos años. "¿Por qué negar la relación entre las neurociencias y la acción divina? -se pregunta el teólogo autor del libro-.

 La mayoría de los teólogos cristianos en la era moderna han seguido a René Descartes  como anteriores teólogos lo hicieran con Platón y así han asumido una visión dual de la naturaleza humana (seres humanos constituidos por alma -o mente- y cuerpo). Hasta ahora, por tanto, la acción de Dios en la esfera humana podía interactuar libre y directamente con las almas (esferas del espíritu). Pero dado que las neurociencias actuales cada vez aportan más peso a los argumentos de la unidad del ser humano (un puro organismo físico), ello ha puesto en serio desafío a los comités teológicos, que ven que si Dios tiene algo que hacer con sus criaturas humanas debe hacerlo a través de la interacción con sus cuerpos y más particularmente aún con sus cerebros". Pero esta postura acomodaticia, interesada y contraria a la doctrina tradicional, es privativa de algunos teólogos, que ven cómo se desmorona el edificio total de la fe. La historia, sin embargo, es muy distinta, y a ella hemos de acudir para conocer la nuestra.

. (¡Qué humor negro se necesita para calificar de sapiens a quien todo lo ignora, mucho más cuando el adjetivo se duplica, para apartarnos a una más que prudencial distancia de los demás animales!) ¿Existe algún ser superior a mí, de infinitos atributos, a quien pueda culpar de mi existencia? ¿Cuál es mi destino? A estas preguntas responde, en forma poética, el reciente libro del físico catalán David Jou, que analiza las sucesivas respuestas de la historia humana a lo largo del tiempo, abordando el tema de las ‘dimensiones ocultas de las supercuerdas' de la física cuántica, empeñada en descubrir el inefable misterio del origen de la vida, al margen de cualquier ‘diseño inteligente'.(Reescribiendo el Génesis. De la gloria de Dios al sabotaje del universo , Destino, 2008). (Continuará)

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7 Marzo 2009

OJOS QUE NO VEN (52)

 

 

III

El mito de la inmortalidad (1)

 

El andamiaje doctrinal de todas las religiones, especialmente la cristiana, se sustenta sobre dos bases de arenas movedizas, con el inevitable derrumbamiento de todo el edificio en cuanto la razón humana descubra  la debilidad de sus argumentos. Esas dos bases, que los seducidos por los memes adquiridos en la educación creen tan sólidas, son la dignidad del hombre, que merece la felicidad por su ‘imaginada' condición  de ‘hijo del dios inventado', y la esperanza de conseguirla durante toda la eternidad, fiado en las ‘palabras' de ese dios, tan huecas de sentido como el mismo ‘invento' divino. La dignidad del ser humano, tal como yo la veo, no puede residir en ninguna filiación de ese Ser Supremo, que no existe, sino en el propio cerebro de la especie homo sapiens, producto natural de la evolución darwiniana. Ese cerebro, excepcional entre todas las criaturas, que puede reflexionar sobre su propia vida, es algo tan asombrosamente único y maravilloso, que es, por sí mismo, digno de vivir exigiendo el respeto de los demás humanos. Otra cosa es que se lo merezca. La dignidad sería, pues, una derivación de la propia mente evolutiva, cuya psique no es ningún espíritu, sino la función cerebral en sí misma considerada. Donde hay cerebro humano, ha de haber dignidad. Vivida y exigida hasta el momento de la muerte. Por esta razón considero que el aborto no es tal mientras no haya cerebro en el feto. Es la consecuencia lógica de la inexistencia del alma.  

El académico Julio Casares, en su Diccionario etimológico de la lengua española (2ª ed. Gustavo ili, 1959) define la esperanza como un "estado del ánimo en el cual se nos presenta como posible lo que deseamos". Es, por tanto, un sentimiento cuya base es imaginativa ("se nos presenta") y cuya finalidad es, como la de todos los sentimientos, satisfacer un deseo. Se pueden esperar cosas muy diferentes: a/ el cumplimiento de una ley natural (que arraigue el árbol que acabo de plantar, que me hijo crezca fuerte y viva larga vida, que el sol salga cada mañana); b/ el cumplimiento de una ley social (que se haga justicia, que venza el mejor, que respeten mi vida y mi hacienda); c/ el cumplimiento de una ley moral (que mi amigo no me traicione, que mis méritos sean reconocidos, que no se descubran mis secretos); d/ el cumplimiento de una promesa religiosa (que mi vida se prolongue en otro mundo de felicidad).

Según la mitología clásica, Zeus, para castigar a los mortales por haber aceptado el fuego de Prometeo (es decir, el alma) que los elevó por encima de los demás animales, "ordenó al industrioso Hefesto que cuanto antes modelara, con agua y arcilla, un rostro que se asemejara al de las diosas inmortales, de bella, virginal y amable presencia, que fuese el torturador eterno de los hombres" (Hesíodo, Los trabajos y los días). En otras palabras,  creó a la primera mujer para castigar al hombre, instalando en su pecho la índole engañosa, los embustes y el discurrir astuto. Esta mujer recibió el nombre de Pandora. Zeus se la entregó al incauto Epimeteo, hermano de Prometeo, junto con el primer regalo de bodas de la historia: una caja que no debían abrir por ningún motivo. Tal prohibición suscitó la curiosidad femenina, de modo que Pandora abrió la caja y de ella salieron todos los males que afligen al mundo. Hesíodo, el primer machista griego, volcó su ira sobre ella: "De ella, en efecto, nació la estirpe nefasta de las mujeres. ¡Ah, qué desgracia tan inmensa para los hombres mortales!" (Teogonía). "Por suerte, dice un comentarista, en el surtido de la caja no faltaba la Falaz Esperanza. De lo contrario, los hombres, abrumados por las desgracias, seguramente no lo hubieran soportado y se habrían suicidado" (Luciano de Crescenzo, Los mitos de los dioses, Seix Barral, 1994).

Porque es imposible vivir sin esperanza. Por ella comemos, tenemos hijos, plantamos un árbol, rezamos y deseamos. Pero, a tenor de lo dicho, hay diversas clases de esperanza, inseparables de algún deseo, que se puede llegar a realizar o no, con la consiguiente satisfacción o insatisfacción. En cualquier caso, la esperanza desaparece sin mayores consecuencias que la de un contratiempo o una experiencia  placentera, que podremos ‘sentir' en su realidad. Es una vivencia real. Por el contrario, todos los creyentes que sueñan con el cuarto deseo (la esperanza religiosa en la inmortalidad), al despertar verán su engaño. Porque tal esperanza es un mito, una ilusión sentimental.

En el seno del cristianismo la esperanza es el sentimiento dominante. Cuando el también académico español Pedro Laín Entralgo publica su conocido libro La espera y la esperanza. Historia y teoría del esperar humano (Revista de Occidente, 1957) reconoce que su esperanza es, primordialmente política: "el logro de una España en buena salud, bien vertebrada y en pie, propuesto por la generación de 1914". Sin embargo, amplía su visión a la esperanza de la fe, culminación de una espiritualidad que se asienta en la creencia firme de una vida futura, después de la muerte: "La esperanza cristiana  tiene que ser un misterioso, gratuito y sobrenatural acabamiento de la pasión y del hábito de vivir esperando" porque "un hombre sin esperanza sería un absurdo metafísico". Palabras que me parecen no suficientemente pensadas, porque son conocidas miles de personas que viven en la desesperanza, sin sentir ninguna necesidad de confiar en un futuro de eterna felicidad, tal como nos prometen los imaginativos profetas de la fe religiosa.

En todo su razonamiento Laín sigue las sentencias de Agustín de Hipona, el obispo converso, en especial cuando escribe que "sólo la esperanza puede consolarnos de la fugacidad del presente". La esperanza es, pues, un consuelo, es decir, algo inexistente, una ilusión, un "autoengaño consolador". El santo de Hipona, como los demás Santos Padres del cristianismo, no hizo más que intentar tranquilizar su conciencia anunciando males sin cuento para los réprobos que no admitan sus fantasiosas elucubraciones, sin el más mínimo respeto a las conclusiones de la razón, también creada por ese dios al que dicen servir y predicar. Los textos evangélicos en los que fundamenta su exposición no pueden ser más endebles, aunque demos por supuesto que no son interpolaciones posteriores. El primero es de Mateo: "Después de mi resurrección iré delante de vosotros a Galilea" (Mt XXV, 32). El segundo es de Lucas: "Como relámpago fulgurante, que brilla de un extremo a otro del cielo, así será el Hijo del Hombre en su día" (Luc XVII, 24). El tercero, de Marcos: "Porque quien se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del Hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles" (Mc VIII, 38) y "Veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Poder y venir entre las nubes del cielo" (XIV, 62). ¿Dónde se habla de una vida futura? (Continuará).

 

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5 Marzo 2009

OJOS QUE NO VEN (50)

 

El mito del alma (6)

Incluso algunos grandes pensadores de mi época, a quienes he conocido y tratado, creyentes de sincera fe, han conservado una reticente sumisión a los dogmas recibidos. Sin atreverse a dar el paso a la incredulidad, han manifestado su disconformidad en cuestiones puntuales de la enseñanza católica. Para mí fue particularmente emotiva la sesión de homenaje al profesor Pedro Laín Entralgo, en el mes de abril de 1999, con motivo de la presentación de su último libro Qué es el hombre, premio Jovellanos de ese año. Cuando, postrado en su silla de ruedas, balbuceando las palabras a sus 91 años de edad, proclamó ante el auditorio que renunciaba a la idea del alma, porque estaba ya convencido de su inexistencia, como había apuntado en su otro libro Cuerpo y alma (Espasa-Calpe, 1991)  al escribir que su propósito era "mostrar con documentación  y rigor que las actividades tradicionalmente atribuidas al alma pueden ser razonablemente referidas a la estructura dinámica del cuerpo". Además de convicción razonada, hubo sentimiento contagioso en sus palabras.

Otros dos temas que han dado origen a variedad de hipótesis se refieren a la sede del alma en el cuerpo y al momento de su ‘encarnación'. Un libro demencial, cuyo contenido no responde exactamente al título (Gary Zukav, El lugar del alma, Plaza Janés, 1990), propone que el alma es una porción divina "Dios asume formas individuales, gotitas de agua, reduciendo su poder a pequeñas partículas de conciencia individual". Sin embargo, el enunciado responde a una sincera preocupación de los filósofos desde la antigüedad, al menos desde que Hipócrates afirmara que el alma tiene su sede en el cerebro. Como sabemos, para los egipcios residía en el corazón (ba), el único órgano vital que se mantenía dentro del cuerpo tras la momificación. Descartes la sitúa en la ‘glándula pineal', mientras que el cirujano mayor de Luis XIV,  La Peyronnie, la sitúa en el ‘cuerpo calloso' (1747). Opinión que es rechazada por el médico español Miguel Sabuco, escondido tras el nombre de su hija Oliva Sabuco de Nantes, muy elogiada por el benedictino Feijoo, en el siglo XVIII, por haber defendido que el alma se localizaba en todo el cerebro y no sólo en la glándula pineal.

El problema parece intrascendente, pero no lo es en la actualidad, cuando se ofrecen tantas posibilidades de trasplantes de órganos. Cierto que aún no se ha llegado al trasplante exitoso de una masa  cerebral completa, pero sí a extirpaciones de partes de esa masa, con los interrogantes científicos inherentes a tal clase de operaciones quirúrgicas. Se diría que el alma se puede ‘dividir', ya que extirpada una parte de la masa cerebral, el sujeto puede seguir viviendo, quizás disminuido, pero vivo. Si el órgano trasplantado no es vital, como las extremidades, riñones, hígado, incluso páncreas y pulmones, no parece que peligre la ‘identidad' de la persona. Tampoco si se trata del corazón, una vez aceptado que no es más que un músculo-motor, sin relación con los sentimientos, como es creencia común. Si a un ser humano, como parece que ya se ha hecho y seguirá haciéndose en el futuro, se le amputan todos sus miembros excepto el cerebro completo, mantiene viva su conciencia y personalidad. Entonces, ¿dónde sino en el cerebro se puede alojar la conciencia, el ‘yo' individual?

Si, como parece, la identidad de una persona reside en la memoria, allá donde se esconda esa memoria será la ubicación de la supuesta alma. El monstruo del doctor Frankenstein ¿tendría el alma  alojada en la memoria del difunto criminal? ¿Sin posibilidad de redención? ¿Era realmente un ser humano ‘individualizado'? Lo único que pueden demostrar y asegurar los científicos es que sin cerebro no hay vida. Como dice el investigador español Javier de Felipe, "el cerebro no se puede sustituir; si lo cambiamos, cambia nuestra esencia. Somos nuestro cerebro" (En conversación con Eduardo Punset, Cara a cara con la vida, la muerte y el universo, Destino, 2004).Con palabras muy parecidas se expresa el catedrático de Psicología en Harvard, Steven Pinker: "La conciencia no reside en un alma etérea...es la actividad del cerebro".

El otro tema trascendente, en relación con el alma, es el referente a su unión con el cuerpo. Si es Dios mismo, como enseña la doctrina católica, quien crea cada alma individual, ¿en qué momento ocurre la ‘encarnación' del alma espiritual en el cuerpo mortal?  El problema se complica cuando, al intentar encontrar una respuesta, se presenta la duda de si un retrasado mental o un embrión humano son portadores del alma inteligente, inmortal y destinada a la eterna felicidad. Pero vayamos al embrión: Si según Tomás de Aquino, el eminente teólogo medieval, autor de la Suma Teológica, Dios introduce el alma racional sólo cuando el feto es un cuerpo ya formado, la consecuencia es que los embriones no son ‘seres humanos', contra la doctrina más actualizada, que defiende lo contrario. (La encíclica de Pablo VI Humanae Vitae, de 1960, confirma la "perversidad" de la contracepción -mejor, contraconcepción- y el aborto, doctrina ratificada por Juan Pablo II y su sucesor en el Pontificado).

La tesis de ‘embrión=persona' no es compartida ni por las iglesias protestantes, ni por ninguna otra religión, incluidas las monoteístas. Según el Talmud, el libro sagrado del judaísmo, el embrión se convierte en persona gradualmente, en el segundo mes del embarazo. Para la religión islámica, el alma entra en el cuerpo cuarenta días después de la concepción. Con este criterio, se admite sin reparos la experimentación con células embrionarias antes de la formación de los órganos vitales, en un plazo aproximado de seis semanas. (Un embrión, antes de los 20 días tiene una dimensión inferior al milímetro, y no tiene órganos ni tejidos diferenciados. El corazón comienza a latir en la cuarta semana tras la fecundación y el cerebro, considerado como el lugar de la conciencia, no tiene actividad hasta la octava semana de la gestación).  La tesis de que el embrión, desde la fecundación, es ya un ser humano es racionalmente insostenible, al menos para la ciencia moderna. Es solamente un ‘futurible' humano. (Continuará).

 

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2 Marzo 2009

OJOS QUE NO VEN (47)

 

El mito del alma (3)

La idea común de un alma racional con la que ha convivido desde la prehistoria la especie humana está fundamentada, por tanto, sobre la arena movediza de una fantasía mítico-religiosa, que protegió al ser humano, tan ignorante y temeroso, contra la angustia de lo desconocido y la desesperación de la muerte inevitable. Leyendas y tradiciones míticas, libros incomprensiblemente llamados ‘sagrados', afirmaciones visionarias, autosugestiones y fanáticas creencias en ‘otro' mundo rebosante de la felicidad negada en éste, han hecho posible el nacimiento de todas las religiones con una premisa común: la existencia de un ‘espíritu' invisible, individual, portador de la vida, inmortal y destinado, como ser independiente de toda materia, a un paraíso igualmente imaginado, con sede en ese cielo estrellado que durante la noche nos estremece por su belleza. Pura elucubración, sin un respaldo mínimamente razonable. Más allá de cohetes y estaciones espaciales, el hombre prudente no ha de caer en la tentación de dirigir la vista al espacio sideral suspirando por re-encontrarse con sus seres queridos.

En la actualidad, la neurobiología me dice que alma y mente vienen a ser la misma cosa, puesto que la construcción del cerebro humano no es fruto de un ‘acto creador', sino que es un proceso constante de intercambio entre los códigos genéticos de cada persona y la información del medio ambiente, y no se limita a un momento único -sea éste el de la concepción, la gestación o el parto- sino que se va perfeccionando a lo largo de toda la vida, como asegura el profesor Mora (El reloj de la sabiduría, Alianza, 2004).  La ciencia me dice que todas aquellas discusiones teológicas sobre la ‘infusión', el ‘momento' y la ‘sede' del alma son palabras vanas de quienes estaban presos de su ignorancia ‘invencible', ya que no tenían a su disposición las armas científicas de la investigación moderna. No hay, pues, que culparlos sino disculparlos. No así a los que siguen en el día de hoy tan tercas y fanáticas ideas de sumisión a los ‘espíritus imaginados' por los hombres de otros tiempos.

Todos -y con mayor responsabilidad los profesionales de las ciencias biológicas, antropológicas y neurológicas- tenemos en este comienzo del siglo XXI la obligación de seguir con escrupulosa constancia los nuevos y desmitificadores descubrimientos de la ciencia contemporánea, admirando y agradeciendo el ímprobo trabajo de los científicos, que nos muestran una verdad no sospechada por nuestros mayores. Al mismo tiempo que nos debemos congratular de haber vivido en esta época, convulsa en lo político, pero esperanzadora en la comprensión de la realidad y en la explicación de algunos de los misterios que angustian a la humanidad desde sus albores, si bien aún quedan muchos velos por destapar para disfrutar de la verdad absoluta. Si todo quedara hoy al descubierto, ¿qué dejaríamos para alimentar la curiosidad de nuestros descendientes?  

La fuente de información de tales ‘saberes' eran los sacerdotes, los sabios de la época, hombres al fin y al cabo, que trasladaban a la mente popular cuantas fantasías imaginaban, con el único propósito de someter al pueblo a la disciplina y temor del soberano, supuesto representante de los dioses en la tierra. La base de estas fantasías no eran otras que las supuestas ‘revelaciones' divinas a los miembros del sacerdocio, muchos siglos antes de escritas las contradictorias páginas de la Biblia. Hoy sabemos que nadie les habló, ni los astros inanimados, ni los animales sagrados, ni ninguna otra criatura ligada a la materia pudo ‘revelar' los secretos divinos de la vida y de la muerte  a egipcios, sumerios o hebreos. Ni siquiera en lo más profundo de los santuarios egipcios, donde los dioses de piedra (incluido algún faraón, como Ramsés II en Abu Simbel) permanecían siempre mudos. Todo lo más que una mente despierta puede aceptar es la existencia de ‘trances alucinatorios', es decir, pura imaginación, a veces favorecida por alucinógenos o enfermedades epilépticas: "Algunos científicos piensan...que las intensas experiencias espirituales pueden ser debidas a la epilepsia del lóbulo temporal, una enfermedad neurológica que causa descargas eléctricas anormales en el sistema límbico" (Dean Hamer, El gen de Dios, Espasa Calpe, 200). Todos los dioses, anteriores y posteriores al mundo egipcio, nacieron a la vida en la mente alucinada, es decir, enferma,  de sus ‘inventores'.

Lo mismo se puede decir de las antiguas civilizaciones mesopotámicas, de similar   antigüedad, que asumieron con naturalidad la creencia en seres alados y dioses invisibles, además de un ‘alma' individual, codiciada presa en la eterna batalla entre el Bien y el Mal, destinada a prolongar la vida del hombre más allá de la muerte, con el premio o castigo a su conducta terrenal. Sin embargo, fueron los egipcios, según Heródoto (siglo V a.C.), los primeros en afirmar que el ‘alma' del ser humano es inmortal y está destinada a un paraíso ultraterreno. Para los antiguos egipcios, el ser humano tiene una constitución compleja: El jat es el cuerpo perecedero. El ba es el alma inmortal. El Ib/Ab es el corazón, sede del pensamiento. El Ju es la inteligencia. El ka es la fuerza vital o espíritu divino que anima el ba. El Sejem es la energía que los mantiene unidos. Para mayor complejidad, también los dioses tienen su ka en mayor número. En Filae, a orillas del Nilo, aún se puede admirar el templo de Isis, donde estaba la tumba de su esposo Osiris, y adonde era creencia común que venían las almas de los difuntos (ka) para que el dios les facilitara la entrada en el cielo. Doctrina perpetuada tanto en las inscripciones de las tumbas como en el sagrado Libro de los muertos. El símbolo de la vida está representado por la cruz ansada (ankh), portada por dioses y faraones. Tendremos que volver en otro capítulo sobre estas doctrinas ilusorias. (Continuará).

 

Tags: alma

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1 Marzo 2009

OJOS QUE NO VEN (46)

 

El mito del alma (2)

Para los estudiosos de la condición humana, en especial los antropólogos, queda muy claro que el concepto de alma es múltiple, al menos tan diverso como culturas han existido y existen (Marc Augé, El genio del paganismo, Muchnik,1993). Sin embargo, aunque la doctrina sobre el alma se haya modificado a lo largo de la historia en las diferentes poblaciones humanas, su idea se ha mantenido como "una entidad animadora, separable y superviviente, el vehículo de la existencia personal individual", como reconoce el famoso antropólogo Edward Tylor. Idea tan fuertemente arraigada en la conciencia que se da por cierta, señalando al discrepante como falto de juicio, indigno de pertenecer a la comunidad,  con mayor motivo si es un científico. Así lo expresó en un ensayo muy divulgado el francés Jacques Monod: "El animismo establecía entre la Naturaleza y el Hombre una profunda alianza, fuera de la cual no se extiende más que una horrible soledad" (El azar y la necesidad).

Entre nosotros ha sido Gonzalo Puente Ojea quien más ha insistido en la falsedad ‘animista', siguiendo las enseñanzas de Tylor, catedrático de antropología en la Universidad de Oxford, que es "el único antropólogo que supo situar en el lugar que le corresponde la investigación del fenómeno religioso, comenzando por la genética...y hallando en el mecanismo psicológico y evolutivo del ‘animismo' el fundamento indispensable de la religión". Y en otra parte: "La ficción animista condenó al ser humano a existir encadenado a crueles poderes ilusorios forjados por su propia mente. Eludir la muerte equivalió a hipotecar la vida. Este es el sino de las religiones como promesas de salvación" (Animismo. El umbral de la religión, Siglo XXI, 2005). La interpretación que del supuesto ‘espíritu' vivificante hace el homo sapiens sapiens es coherente, pero falsa, basada en el pragmatismo de la idea ‘animista' para racionalizar las emociones y estados alterados de conciencia que le colmaban de angustia. Sir Francis Crick lo dejó escrito con nitidez: "algún día toda la Humanidad llegará a aceptar que la idea del alma y la promesa de una vida eterna han sido un engaño" (2003).

Según Tylor, "el hombre primitivo no inventó el alma por una deducción lógica, sino por inferencias intuidas en el contexto de múltiples experiencias vitales que generaban en él un estado de perplejidad, inquietud y angustia". Su consecuencia más inmediata es un sentimiento arrollador, de entera sumisión a los imaginados ‘espíritus' sin los que no se entiendía la vida de los cuerpos animados. Como dice Marvin Harris, refiriéndose a esa multiplicidad de seres inventados, invisibles y extracorpóreos, "dondequiera que la gente crea en la existencia de uno o más de estos seres, habrá religión" (Our Kind, Harper, 1990). A partir de estas creencias,  la humanidad ha  vivido convencida del dualismo alma/cuerpo y de la necesaria realidad del ‘animismo', que es como decir, de la vivencia religiosa, hasta nuestros días, en que, según Puente Ojea, "vivimos una fase anárquica del animismo, donde las iglesias y las sectas compiten ferozmente en el marketing de lo irracional".

Aunque pueda existir una sinonimia entre alma y espíritu, como bien saben los traductores, la equivalencia de las palabras no modifica la conclusión del razonamiento. El mismo autor lo explicita de la siguiente forma: "Por llamar espíritus a las almas viudas de los cuerpos no se altera  ni un ápice la falsedad ontológica que promovió la invención animista al confundir la mente -función física de las estructuras anatómico-fisiológicas del cerebro- con una entidad fantasmal (ghost) que más tarde designaron como anima spiritualis los forjadores de la teología". El filósofo español Ortega y Gasset llegó a la misma conclusión científica de que "el alma  no es una hipótesis metafísica, sino una actividad cerebral" (Vitalidad, alma, espíritu, 1924).  El auténtico científico, no contaminado por la ‘obligación' de pensar como ‘subordinado religioso', no tiene más remedio que rechazar el animismo como lo han entendido y defendido algunos grandes filósofos de la historia que no llegaron a conocer las extraordinarias conclusiones de la ciencia neurológica. (Descartes dejó escrito que "el alma, por la que soy lo que soy, es completamente distinta del cuerpo...Incluso si no existiera el cuerpo, el alma no dejaría de ser lo que es". Este fue el "gran error de Descartes", según Damasio). Me atengo a las  conclusiones que mis lecturas  y mi razón me dictan como verdad, siguiendo la huella del librepensamiento "la ciencia establece hoy que todos los fenómenos mentales son funciones del cerebro...La energía física es todo lo que hay" (Puente Ojea).

"Los sentimientos forman la base de lo que los seres humanos han descrito durante milenios como el alma o el espíritu humanos". Es la conclusión a la que llega Antonio R.Damasio en su citado libro El error de Descartes. La emoción, la razón y el cerebro humano (Crítica, 1999). Y añade: "Hay que desplazar el espíritu de su pedestal en ninguna parte, hasta un lugar concreto: el cerebro". Somos deudores, pues, de los grandes ‘errores' que nos han transmitido filósofos como Descartes y teólogos como Agustín de Hipona. Alma y espíritu, ideas religiosas cargadas de simbolismo, no pierden su dignidad por ser consideradas como estados complejos y únicos de un organismo corporal, también único y complejo como la mente. Comunicarse por ‘símbolos' (como el lenguaje) es un signo específico del cerebro humano. Los símbolos llamados espíritus fueron una falsa coartada de la ignorancia humana, que se fue acostumbrando a responsabilizarlos de todo fenómeno natural que no podía comprender. Pero, como dice Ignacio Careaga: "más allá de la física no hay nada. Nada a lo que poder llamar metafísica". (Continuará).

Tags: alma, metafisica

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28 Febrero 2009

OJOS QUE NO VEN (45)

 

II

El mito del alma (1)

Cuenta la leyenda mitológica, narrada por Hesíodo en su Teogonía (522), que el titán Prometeo creó al hombre, moldeándolo con arcilla, y después le entregó una chispa del fuego sagrado, que él mismo había robado del Olimpo. La ira de Zeus, el padre de los dioses, le condenó a quedar encadenado a perpetuidad a una roca del Cáucaso, donde un buitre le roería el hígado durante el día, renovado milagrosamente durante la noche. Allí estuvo sufriendo varios siglos, hasta ser liberado por Hércules, el héroe mítico que después sería divinizado. Entre las varias interpretaciones que se pueden dar a este mito, la que se difundió por Grecia en el siglo IV a.C. era que Prometeo habría sido el "creador" del hombre, al otorgarle el fuego de la vida, pero seis siglos más tarde, ya la leyenda se completa con la intervención de la diosa Minerva, que es quien infunde personalmente el espíritu, personificado en Psique, con alas de mariposa.

En otras palabras, el fuego de Prometeo es el ‘espíritu' que fecunda la arcilla humana para que nazca la conciencia que dará vida al homo religiosus, el cual se define por una experiencia ‘sagrada', simbólica, que le induce a regular su conducta, acatando con firmeza las exigencias ideológicas del simbolismo religioso. El homo religiosus, primate consciente de su ‘yo', que hunde sus raíces en el paleolítico, "se mueve en un universo simbólico de mitos y ritos", como reconoce el antropólogo Fiorenzo Facchini (Tratado de antropología de lo sagrado, Trotta, 1995). Es de suponer que no todos los primitivos humanos tuvieron acceso directo a esta realidad simbólica, pero quienes sí lo consiguieron ocuparon por este mismo hecho una situación dominante en las primeras colectividades o clanes tribales, que se han ido sucediendo después con el nombre de chamanes, brujos, gurús o sacerdotes de las religiones más elaboradas. Habrá quien piense que el símbolo responde a una realidad espiritual, pero su propiedad más característica es su virtualidad, es decir, un producto de la imaginación, imagen sin existencia real fuera de la conciencia, aunque en ésta pueda aparecer como viva y realmente existente (Es un producto de la fantasía, como Peter Pan o el Ratoncito Pérez, que sólo ‘viven' en una mente infantil). Esta fe individual en los símbolos se hace colectiva con facilidad, mediante los ritos y ceremonias ‘sagradas' que acompañan a toda institución religiosa.

.El filósofo alemán Inmanuel Kant, padre de la Ilustración, dejó escrito en su obra Sueños de un visionario que  "la naturaleza espiritual no se conoce sino que se supone", porque "la representación de uno mismo como un espíritu, esto es, el alma, se adquiere mediante inferencia", al carecer de experiencia que la evidencie. O como afirma explícitamente otro filósofo moderno: "No hay nada que pueda llevar a afirmar con seguridad la existencia real del individuo fuera del cuerpo" (Ferrater Mora, El ser y la muerte). Al no tener el hombre una ‘experiencia' de su espíritu, ha de contentarse con una ‘vaga sensación' de su existencia, alimentada por la educación, es decir, por el meme heredado (religioso o no) como una verdad incomprensible pero indiscutible, porque así lo exige la lógica de su propia conciencia individual. ¿Cómo es posible que mi pobre cuerpo, tan impotente y efímero, pueda actuar por sí solo, sin un ‘motor espiritual' que lo ‘anime'? ¿Y cómo pueden tener actividad las plantas y los animales sin un ‘motor' similar? Ningún organismo vivo (dicen los creyentes) puede tener existencia sin una ‘esencia' espiritual que lo anime. De eso tratan las religiones, nacidas por el poder de la imaginación y alimentadas por la ignorancia. Por eso siempre han temido a la ciencia, fuente de sabiduría.

Para Paul Diel, el origen del hombre está unido indisolublemente a la idea de religiosidad,  constitutiva de su conciencia. Estas son sus palabras: "La mutación del consciente en ‘conciencia' crea al hombre, al ser capaz no sólo de ‘sentir' el terror sagrado, sino también de vencerlo por la vía de la ‘espiritualización-sublimación', cuya primera manifestación histórica es el animismo (existencia del alma después de la muerte), la forma más primitiva de religiosidad" (Dios y la divinidad, FCE, 1986). A esta hipótesis sobre el origen de la religiosidad, responde el catedrático español Francisco J. Rubia que "la conciencia es el más llamativo de los engaños cerebrales...Puede crear una imagen del mundo imaginada, útil para la supervivencia, pero falsa" (El cerebro nos engaña, Temas de Hoy, 2000). Creo que ambos tienen razón. El cerebro puede crear una imagen falsa del mundo y de la religiosidad, pero esto no invalida su carácter simbólico, que nunca pretende ser verdadero. El cerebro sería así, mitopoyético, una palabreja que lo identifica como ‘creador de mitos'.

Este espíritu ‘animador' del cuerpo humano, al que los latinos llamaron anima, derivado en alma para los hispanohablantes, debe estar unido forzosamente a un cuerpo mortal: será creado ‘para' un cuerpo determinado, dando origen a la persona y compartiendo su destino final. Después de seculares disputas teológicas, la Iglesia católica acepta la creación ‘ex nihilo' (de la nada) por Dios en el momento de la fecundación, pero se opone decididamente a la desaparición final, antes bien, como base de toda su doctrina de salvación, enseña que el alma o espíritu de los seres humanos continúa viviendo durante toda la eternidad. Algo incongruente, pero admitido sin oposición por quienes han recibido el ‘don' de la fe, interesados en que su vida se pueda prolongar indefinidamente. Mucho más absurdas, aunque no es el momento de analizarlas, son las teorías, admitidas por una gran parte de la Humanidad, de la ‘reencarnación' después de la muerte, o de la ‘resurrección' del cuerpo para acompañar al alma en ese periplo futuro de  vida eterna.  (Continuará).

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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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