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La Coctelera

La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

Categoría: cielo

21 Marzo 2009

OJOS QUE NO VEN (65)

 

El mito de los demonios (3)

 Su lugar de residencia, según el imaginario popular, es el abismo de los infiernos, donde reúne para un suplicio eterno a los difuntos fallecidos en pecado mortal (Georges Minois, Historia de los infiernos, Paidós, 2005). Ese abismo, para los escritores medievales, estaba en el centro de la Tierra, precisamente debajo de la ciudad de Jerusalén.  Era el "reino de las sombras" del salmista, en "las profundidades de la Tierra", de donde no se volvía jamás (Job 16:22). Señala Antonio Piñero que estas ideas no hacían más que seguir tradiciones muy antiguas, de las tierras vecinas de Canaán, Ugarit y Babilonia. Es la misma  imagen recogida del "tenebroso Tártaro" de Hesíodo, pero todo hecho de fuego,  el lugar "donde son arrojados los espíritus de los pecadores", que son "sujetados con cadenas por los espíritus vengadores que los torturan sin descanso" (Libro I de Henoc, del siglo I a.C.). No salgo de mi asombro: ¿espíritus ‘vengadores' y espíritus que pueden arder y ser sujetados con cadenas? ¿Qué locura es ésta? Según los profetas Isaías y Ezequiel irían al infierno, además de los pecadores, los incircuncisos y quienes no habían recibido conveniente sepultura (¡), los cuales vagaban como sombras, sin sufrir ninguna otra pena, ya que su culpa era involuntaria.

En el Nuevo Testamento la imagen del infierno sigue más la concepción griega que la hebrea: Espacio de "fuego eterno, llanto, lamentos y crujir de dientes", como el mismo Jesús enseña (Lc 13:28 y Mt 5:22 y 8:12). Aunque nada tan horripilante como las descripciones del Apocalipsis. Pero la imagen popular arranca de dos obras apócrifas (Apocalipsis de Pedro, del siglo II, y Visión de Pablo, del siglo IV). Nos lo confirma el catedrático Antonio Piñero, quien escribe: "En estas obras comienzan a describirse con más detalles las penas de los condenados, que consisten ante todo en fuego, desgarramientos físicos de la carne, olores fétidos, inmersión en excrementos y fango, abundancia de gusanos inmisericordes o angustias en cavidades estrechas y aplastantes".Las disputas teológicas de los primeros siglos de la Iglesia fueron  agrias y de una violencia dialéctica que pocos imaginan. En el tema de la condenación eterna, fue Orígenes (siglo III) quien, apelando a la misericordia divina, se opuso no sólo a la existencia de un infierno eterno, sino que incluso se atrevió a enseñar que el demonio sería, al fin, perdonado por Dios, volviendo a su condición angélica. Sus más poderosos antagonistas fueron san Agustín (siglo IV) y el papa san Gregorio Magno (siglo VII) que defendieron la postura más rigorista, que, al final, resultó vencedora. ¿Dónde estaba, mientras tanto, el Espíritu Santo? ¿Por qué guió la pluma de Orígenes hacia su perdición y siglos más tarde la de Agustín, en su Ciudad de Dios, hacia la victoria dogmática?

El rigorismo de Lutero y demás clérigos protestantes, en el siglo XVI, admitió la doctrina del fuego eterno para los malvados, aunque renunció a las amenazas para mejor controlar la conducta de sus fieles seguidores. El filósofo del XVII Thomas Hobbes se inclinó por la aniquilación total de los malvados, en vez de su condenación eterna, que tanto repugna a la idea de un Dios misericordioso. Por su parte, en el XVIII, el Barón de Holbach proclama que esa condena es incompatible con la justicia divina. Y Kant, su coetáneo, la rechaza porque el miedo al castigo reduce la libertad humana. Otro filósofo, ya en el siglo XIX, sostiene sin más que el infierno no existe (F. Schleiermacher, La fe cristiana, 1831). A día de hoy siguen las opiniones teológicas un camino inseguro, nada acorde con las enseñanzas dogmáticas de la Iglesia. (Al parecer, el Espíritu Santo sigue de vacaciones).

  Es sorprendente la afirmación del principal exorcista oficial del Vaticano, al  ‘revelar' sus diálogos con Satán, en uno de los cuales le confiesa nada menos que "el infierno ha sido creado por el Diablo, no por Dios". Y sabemos, por ‘revelación' de Juan, que "el mundo entero yace en poder del Maligno" (1 Jn 5:19). Incongruente doctrina con la expuesta por el catecismo católico, que recuerda una y otra vez la victoria del Cristo redentor sobre el Diablo, y renovada últimamente por el papa Juan Pablo II: "Nosotros creemos que Jesús ha derrotado definitivamente a Satanás", siendo ésta una de las verdades esenciales de la fe cristiana. Desde  el Concilio Vaticano II, en el siglo XX, el infierno ha sufrido alguna modificación esencial: ya no se trata de un ‘lugar' donde los condenados -y el diablo, por supuesto- sufren un ‘fuego eterno', sino que es un ‘estado' de privación de Dios. En palabras de Juan  Pablo II: "El infierno es la situación de quien se aparta de modo libre y definitivo de Dios...no es un horno ardiente, y rezo para que esté vacío". Renuncia, pues, a la visión infernal propagada, desde los mitos apocalípticos, por la literatura medieval, sobre todo en La Divina Comedia de Dante, o por las estremecedoras pinturas de cuantos se atrevieron a adoctrinar al pueblo con frescos de un realismo tremendista en las escenas del Juicio Final. Para el papa, el fuego del Infierno es sólo una metáfora, como lo es el Purgatorio y el Cielo, que no pasan de ser ‘estados' de conciencia. Así como los teólogos han dejado de hablar del Limbo, por inexistente, y del Infierno, como sede del Diablo, llegará el día en que se imponga la razón y veamos en toda esta parafernalia del temor una invención eclesiástica de los últimos siglos, como lo fuera para los antiguos la invención de los espíritus.     (Continuará).

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12 Marzo 2009

OJOS QUE NO VEN (57)

 

El mito de la inmortalidad (6)

 

Para Juan Pablo II el Cielo tampoco es un lugar físico entre las nubes, sino "una relación viva y personal con la Santísima Trinidad". ¿Cómo se entiende, entonces, el comienzo del ‘Padre nuestro', la oración que nos han obligado a rezar desde pequeños? Para la actualizada doctrina católica, el Cielo es la ‘Casa del Padre', que está en el cielo. ¿Cómo puede ‘estar' en presencia y "en relación" con la Trinidad, de la que forma parte? De nuevo es Pablo de Tarso el responsable de la doctrina católica, en sus epístolas a los Efesios y a los Colosenses, en especial, cuando explica a los Corintios que "tenemos un edificio que es de Dios: una morada eterna, no hecha por mano humana, que está en los cielos. Y así gemimos en este estado, deseando ardientemente ser revestidos de nuestra habitación celeste" (2Cor 5:2). Todo pura imaginación, recibida como verdad indiscutible, sin posibilidad de discusión, porque es dogma fundamental para un creyente, la primera ‘verdad de la fe'. Verdad plasmada por los artistas en pinturas murales como el fresco de Luca Signorelli (1502), titulado El cielo, composición de cuerpos desnudos y ángeles músicos que los recibían  con cánticos, que he podido contemplar en la catedral de Orvieto (Italia). Otros cielos, también abarrotados de ansiosos elegidos (esta vez con ropa) fueron los pintados en lienzos de grandes dimensiones por el Veronés (en el Palais des Beaux-Arts de Lille) y de Palma el joven (en la Pinacoteca Ambrosiana de Milán).

Según el credo católico, Dios es el ‘creador del cielo y de la tierra', que pone de manifiesto lo ilimitado de su poder, expresión que se complementa con otra metáfora decisiva en el Concilio de Nicea-Constantinopla, al añadir "de todo lo visible y lo invisible". Es el ‘acta de bautismo' de los espíritus en la Iglesia de Cristo. El IV Concilio de Letrán vino a especificar con más detalle que Dios, "al comienzo del tiempo, creó a la vez de la nada una y otra criatura, la espiritual y la corporal" (DS 800). El animismo no se entiende, por tanto, sin el mito de la inmortalidad. De este mito depende no sólo la creación (‘invención humana') de los espíritus, en especial del alma personal, ‘espíritu invisible' destinado a la vida eterna. En el Antiguo Testamento ya se conocía a Yahvéh como ‘el Dios del cielo' (Jon 1:9; Esd 1:2; Neh 1-4).  En el Nuevo, se confunde el ‘reino de Dios' con el ‘reino de los cielos' (Mt 21:25; Lc 15:18). Parece que fue un santo del siglo IV, Basilio, el que se propuso encontrar la exacta ubicación de ese lugar en el que habrían de convivir con Dios todos los justos, fuesen ángeles o cuerpos resucitados. Hay quien piensa, entre los teólogos modernos que, al ser tan extensos los cielos astrales, el paraíso inmortal podría estar en una ‘dimensión' distinta a la nuestra.

Se puede pronunciar la palabra cielo con varias significaciones. No sólo la citada como ‘morada de la Santísima Trinidad', del ejército de ángeles y de los justos después del Juicio Final. Allí está el ‘trono' de Dios, el ‘palacio de Dios' (Sal 11:5 y 103:19); Sal 17:7), donde Cristo, desde su ascensión, "está sentado a la diestra del Padre", como se puede leer en varios escritos neotestamentarios (Mc 16:19, Act 3:21, Heb 8:1). También se usa como equivalente a firmamento, conjunto de estrellas en lenguaje de astrónomos, es decir, un ‘espacio' exterior al planeta Tierra. Espacio infinito para la ciencia actual, en continua expansión, donde las estrellas nacen, viven y mueren en incesante actividad de millones de años. De ese espacio ¿qué sitio ocupa la divinidad? ¿actuará sobre todos y cada uno de los átomos que componen el universo? ¿nos revelará algún día en que consiste el 90% de la materia oscura interestelar, tan codiciada por los  científicos? ¿moriré sin saber exactamente qué son los agujeros negros? ¿es verdad que hay más de un cielo? ¿no fue Pablo arrebatado al ‘tercer cielo'? Algunos escritos apócrifos hablan de cinco, siete y hasta de diez cielos. ¿Cuál será mi morada? ¿Qué sufrimiento me estará reservado por mi incredulidad, tan ‘razonable'?

La más imaginativa descripción cristiana del cielo o paraíso se la debemos al Apocalipsis de Juan, que ha servido de inspiración a cientos de artistas en los últimos veinte siglos. Según el autor, un ángel "me mostró la santa ciudad de Jerusalén, que descendía del cielo de parte de Dios. Tenía la gloria de Dios y su resplandor era semejante a la piedra más preciosa, como piedra de jaspe, resplandeciente como cristal. Tenía un muro grande y alto. Tenía doce puertas y en las puertas había doce ángeles...El material del muro era jaspe y la ciudad era de oro puro, semejante al vidrio limpio. Las cimientos del muro de la ciudad estaban adornados con piedras preciosas...La ciudad no tiene necesidad de Sol ni de Luna para que resplandezcan en ella, porque la gloria de Dios la ilumina y el Cordero es su lámpara". Añadamos la noción de paraíso que aprenden los musulmanes y tendremos una idea aproximada de lo inverosímil de las ideas de inmortalidad que se han transmitido de generación en generación, dejando embaucados a la mayoría de los mortales. Para los griegos destinados a la felicidad se ‘inventaron' los ‘Campos Elíseos'; para los egipcios, los ‘Campos de la felicidad'; para los nórdicos el Walhala, y así todas las religiones tienen su ‘cielo de inmortalidad', sean  las religiones indígenas o más elaboradas, como el budismo, hinduismo y taoísmo.

En el Antiguo Testamento ya aparece la amenaza del juicio en boca de los profetas (Is 13:27, Jer 46:51; Ez 25:32) y en el Apocalipsis se describen con espanto los últimos días de la humanidad, con la aparición del Anticristo, de la ‘Bestia' de de los cuatro ‘jinetes' que asolarán la Tierra. (Miguel Hernán, El Apocalipsis que viene, Ciencia 3, 1997) La ‘segunda' venida de Cristo, en toda su majestad y con el ‘sano' propósito de colocar a cada uno en su sitio, precederá a esa espectacular puesta en escena que en la doctrina cristiana se conoce como Juicio final, garante de toda inmortalidad, sea para bien o para mal. La entrada en el Cielo cristiano no debe ser nada fácil, porque los aspirantes se han de someter a ese estricto y sumarísimo Juicio Final, que también ha tentado a los artistas medievales y renacentistas. Modelo de portadas catedralicias, con el ‘Justo Juez' haciendo justicia (¡difícil papeleta!) al separar a buenos y malos, es la de Nôtre-Dame de París. Pinturas murales destacadas por su grandiosidad son las conservadas en la cabecera de templos tan conocidos como la Catedral vieja de Salamanca, y la basílica de Santa Cecilia, en Albi (Francia). Aunque ninguna tan espectacular como El juicio universal, la pintura al fresco de Miguel Ángel que preside la Capilla Sixtina del Vaticano, donde creo que la belleza no puede sacar más partido a la fantasía, con casi cuatrocientas figuras, en las que resultan conmovedoras las de los cuerpos difuntos que resucitan al toque  de las trompetas angélicas, mientras el arcángel Miguel lee el ‘libro de los elegidos'. Allí no hay espíritu, sólo carne, pero carne resplandeciente de inmortalidad. Incluso son bellos los cuerpos de los condenados, empujados al abismo por el barquero Caronte. En Granada se conserva un lienzo renacentista de Luis de Vargas, que representa el Juicio Final con un colorido exuberante, parecido al políptico del pintor flamenco Roger van der Leiden, y al tríptico de Hans Memling, en Bruselas, con ángeles que dejan pasar al Cielo y demonios que arrastran al Infierno. Los artistas son los más convincentes predicadores. (Continuará).

 

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11 Marzo 2009

OJOS QUE NO VEN (56)

 

El mito de la inmortalidad (5)

La idea de la inmortalidad supone, desde luego, la creencia de que la vida futura será eterna, en algún ‘lugar' desconocido, siempre imaginado,  aunque de características radicalmente diferentes según sean de felicidad o de infelicidad. La tradición cristiana los ha reducido a cuatro: Cielo, Infierno, Purgatorio y Limbo. Pero esta ‘imaginativa' creencia no es exclusiva del cristianismo. Casi todas las religiones predican la salvación/condenación eternas. En la antigüedad, el judaísmo veía en el sheol  una existencia post-mortem sombría para todos, pero después se impuso la teoría de los fariseos, que sí creían en un cielo de venturas sin fin, idea que transmitieron tanto al Cristianismo como al Islam. Estas dos religiones aceptaron más tarde la creencia en un Purgatorio temporal. Los griegos señalaban el Hades como el lugar al que las almas de los muertos llegaban tras la travesía en la barca de Caronte por la laguna Estigia. El budismo cree en el Infierno como escenario transitorio, dentro del ciclo de las reencarnaciones. Los hindúes creen hasta en 21 infiernos diferentes. En la mitología nórdica, el tenebroso reino de Hel se reserva para las almas de quienes no lograban entrar en el paraíso del Walhala.  Precisamente las divergencias doctrinales sobre el Purgatorio dieron origen a las secesiones ortodoxas y protestantes en el seno del cristianismo.

A pesar de tales divergencias, la inmortalidad  de los mortales es predicada por la casi totalidad de las religiones. Naturalmente, como esperanza de felicidad en un Cielo ‘imaginado' para quienes lo merezcan, y de castigo eterno en un Infierno también ‘imaginado', para los acusados de mala conducta. ¿Habráse visto mayor ingenuidad infantil? El miedo al castigo mantiene a los niños en el ‘buen sendero', aunque todo sea ficticio y promueva la hipocresía en las mentes aún inmaduras. Esta es exactamente, la condición de quienes creen estos cuentos de buenos y malos, aunque hayan alcanzado la madurez corporal. Su inmadurez es mental y psicológica. Sobre esta falta de madurez racional se asientan las doctrinas religiosas, en un pertinaz empeño de ‘salvar' al hombre de su ignorancia y de su permanente inclinación al mal, que impide alcanzar la vida social idealizada. Al caer en tales redes ideológicas, la persona renuncia a su razón, a su juicio crítico, para cerrar los ojos y entregarse cómodamente en los brazos de los ‘contadores de cuentos'.

La doctrina cristiana sobre la vida futura se ha ido modificando con el tiempo. Sin estar anunciada en las escrituras, la idea del Limbo fue admitida por la tradición como "un lugar sin tormento, pero alejado de Dios", destinado a las criaturas que hubiesen muerto antes de ser bautizados. Un lugar ‘imparcial' si se puede decir así, ya que esos pobres niños no merecían la condenación eterna, pero tampoco la visión beatífica de Dios. (En el Palacio Real de Madrid se conserva un curioso lienzo de Juan de Flandes, La bajada de Cristo al limbo, en el que los ‘ocupantes' de tan fantástico lugar presentan barba poblada y abundantes melenas, sin que se aprecie la existencia de ningún niño). Teoría que la teología más reciente, con el Sumo Pontífice a la cabeza, rechaza con la sencilla reflexión de que "existen serias razones teológicas para creer que los niños no bautizados que mueren se salvarán y disfrutarán de la visión de Dios".  Así, de un plumazo, se reescribe la doctrina, sin el  más mínimo pudor intelectual, ante la indiferencia de los sumisos creyentes, que siempre oyeron decir que sin el bautismo no se limpiaría la ‘mancha' del pecado original. La disculpa es que la existencia del Limbo nunca fue considerado un dogma, por lo que ya ni se menciona en el nuevo catecismo.

Similar transformación ha sufrido la idea del Infierno como ‘lugar' de perdición. Fue el propio Papa Juan Pablo II quien, contradiciendo la secular doctrina católica, se atrevió a decir en público que ni el Cielo ni el Infierno eran lugares físicos, sino más bien ‘estados del espíritu' humano". ¡Adiós a las calderas de Pedro Botero! El Papa polaco explicaba que "la condena consiste en el definitivo alejamiento escogido por la persona durante su vida, y sellado para siempre con la muerte".  Todo sea con tal de acercar la doctrina a estos ‘cambiantes' tiempos. Ya poco queda de las ‘visiones' de los artistas, como las anónimas miniaturas medievales, las del poeta italiano Dante Alighieri en su obra La Divina Comedia, magistralmente ilustrada  por Gustavo Doré, las del Bosco en sus cuadros del Museo del Prado, Miguel Ángel y casi todos los pintores renacentistas de cuadros religiosos, incluso las de Marina Núñez, en nuestros días, cuya obra ‘infernal' se expuso hace unos meses en la catedral de Burgos.

La doctrina católica, no seguida por las demás confesiones cristianas, siempre ha definido el Purgatorio como el lugar al que van destinados quienes mueren sin estar limpios de todo pecado, "a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del Cielo". También fue Juan Pablo II quien eliminó la ubicación del Purgatorio, para sentenciar que era solamente una ‘condición', un ‘estado' de purificación, hasta lograr el beneplácito del santo portero del Cielo, el apóstol Pedro. Para el Papa polaco estas almas sufren el tormento de su estado, a la espera del juicio final. Se las suele llamar las "ánimas benditas" y agradecen cuantas oraciones se hagan en este mundo para ‘salir' de ese estado, en el que se supone sufren penas de fuego como en el infierno. Este trance expiatorio no tiene nada de original, ya que se encuentra también en las tradiciones religiosas de egipcios, hebreos, griegos y romanos. En los primeros siglos del cristianismo fue considerada idea pagana, condenada incluso por Agustín de Hipona, pero el Papa Gregorio I, Doctor de la Iglesia, la recibió como cristiana, al parecer, después de haber leído a Virgilio, quien aseguraba haber sacado de aquel trance al mismísimo emperador Trajano, a fuerza de oraciones.

A finales del siglo XI la Iglesia católica empezó a aplicar las indulgencias para la remisión de las penas, por orden de los Papas Urbano II y Bonifacio VIII, para beneficiar a los cruzados que quisieran ir a liberar Jerusalén. La doctrina del Purgatorio alcanzó calidad de dogma religioso en el Concilio de Florencia (1439) y poco después comenzó el comercio de las indulgencias (especie de salvoconducto para el Cielo), con sustanciosos beneficios económicos para quienes las predicaban (Las promulgadas en 1507 y 1514 sirvieron para la construcción de la Basílica Vaticana). El Concilio de Trento (1563) confirmó doctrinalmente la existencia del Purgatorio, frente a quienes lo negaban (protestantes y ortodoxos) perdiendo más de la mitad de sus fieles. ¡Errónea y vacua decisión, revocada cuatro siglos más tarde!  Vaivenes doctrinales que sólo sirven para confirmar que tales doctrinas no son más verdaderas que los ‘imaginados' espíritus.    

La devoción popular ha intervenido también en la difusión del mito, al creer ciegamente en la intervención de algunos difuntos en la liberación de las ´ánimas', como santa Afra y santa Águeda, por haber sufrido el martirio del fuego; san Gregorio Magno, por haber sido el primer papa en haber creído tal superchería; santa Odilia, por haber sacado a su padre de aquel tenebroso lugar; santa Teresa de Jesús, por haber confesado que los ángeles, a su ruego, habían sacado algunas almas del Purgatorio; san Nicolás de Tolentino, porque dejó escrito que tres ánimas se le aparecieron de noche en su celda,    agradecidas por haberlas sacado con sus oraciones del Purgatorio. Pero, sin duda, la más extendida de estas devociones es a la Virgen del Carmen, cuyo escapulario, a modo de tótem primitivo, protege a vivos y a difuntos, ayudándoles a alcanzar la tan deseada felicidad eterna. (Continuará).

 

Tags: inmortalidad

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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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