Categoría: Ciencia
4 Octubre 2009
El dios bíblico (7)
Esta devota sumisión a la ‘palabra de Dios' escrita por los visionarios de otros tiempos, no se limita a su inicial destinatario, el pueblo judío, sino que se transmite intacta a ‘hijuelas' monoteístas, el cristianismo y el islamismo, con sus inevitables variantes. Todos la veneran como manantial de la ‘verdad' trascendente, por más que choque frontalmente con las advertencias en contrario del juicio razonable. La Iglesia Católica incluye textos ‘escogidos' de esa palabra ‘divina' en sus ritos litúrgicos, pero ignora aquellos textos que no le convienen. Los protestantes, en todas sus ramificaciones, mantienen como base de su doctrina la ‘justificación por la fe' y el ‘sometimiento a los dictados de la Biblia'. Incluso en la atrasada África, la Biblia es objeto supremo de adoración para la Iglesia cristiana de Etiopía, que cuenta con seis millones de creyentes, y cuyos popes la llevan en procesión, como si se tratara del mismo Dios.
Si causa sorpresa contemplar en las televisiones americanas la exaltada predicación de los numerosos ‘telepredicadores' que anuncian sus descabelladas doctrinas, no menos sorprendido resulta el huésped de cualquier hotel de los Estados Unidos de América cuando encuentra en la mesilla de noche de la habitación un ejemplar de la Biblia como reclamo publicitario. Una de esas ‘nuevas religiones' americanas, la Sociedad para la Investigación de la Creación, organización dirigente del movimiento creacionista, requiere a sus miembros firmar un documento que especifique su fe en las Sagradas Escrituras, del tenor siguiente: "La Biblia es la Palabra escrita de Dios, y porque creemos que toda ella es inspirada, todas sus afirmaciones son histórica y científicamente verdaderas en todos los autógrafos originales. Para el estudioso de la Naturaleza esto significa que el relato de los orígenes en el Génesis es una presentación factual de simples verdades históricas. Todos los tipos básicos de criaturas vivientes, incluyendo al hombre, fueron hechas directamente por actos creadores de Dios durante la Semana de la creación tal como se describe en el Génesis. Cualesquiera cambios biológicos que hayan ocurrido desde la Creación han constituido solamente cambios dentro de los tipos originales creados". No puede quedar más en evidencia la ceguera que produce la fe, al rechazar cuanto enseña la ciencia y aprueba la razón. Es el homo sapiens degenerado abrazando amorosamente la ignorancia.
Si, como decía Lutero, "quien quiera ser cristiano debe arrancarle los ojos a la razón", no cabe duda de que la autoridad del Antiguo Testamento queda invalidada cuando se abren bien los ojos de la razón. La ‘Palabra de Dios' que se predica en el culto cristiano, y por supuesto en el judío, no tiene nada que ver con esa otra ‘palabra' de la maldad ‘divina' escondida en la Biblia, cuya veracidad queda testimoniada documentalmente, pero que las sinagogas y las iglesias cristianas tienen a bien ocultar a sus fieles. La coherencia no es la virtud de los exégetas. Por eso no es de extrañar que un doctor en Sagrada Escritura haya escrito no hace mucho cosas como estas: "El Antiguo Testamento no debe ser norma absoluta de conducta para el cristiano, ni tampoco motivo de escándalo" o que "si existe algo evidente en la historia de Israel es la certeza de que Dios ama a su pueblo" (Conceptos fundamentales del cristianismo, Trotta, 1993, 34 y 37). ¿Puede aceptarse tal inconsecuencia, sobre todo, si se conoce a fondo la Escritura? La exégesis bíblica de todos los tiempos, comenzando por los Santos Padres, no es más que una secuencia de actos voluntaristas que intentan escamotear la verdad, ocultando cuanto pueda dañar la imagen prefabricada de un Yahvéh inexistente.
Ni exégesis ni hermenéutica. Ni biblistas ni teólogos. Nadie necesita intermediarios para leer un libro, por muy ‘revelado' que se suponga. Lo que la lectura de la Biblia está pidiendo a gritos a todo ser humano digno de tal nombre es una gran dosis de sentido común y de racionalidad, tanto si se los considera libros históricos, como si se los lee como obras literarias o simbólicas. (En este último caso, si todo es metafórico, ¿de qué pecado, de qué salvación están hablando las Sagradas Escrituras?). Ni una interpretación psicoanalítica de la Biblia, como la de los judíos argentinos Daniel Schoffer y Elina Wechsler (La metáfora milenaria, Paidós, 1993) ni la sensacionalista propuesta de Harold Bloom, insinuando que la parte más antigua del Antiguo Testamento fue escrita por una mujer (El libro de J, Interzona, 1995), pueden distraernos de nuestra sustancial conclusión: Para ser ateo no es preciso ser marxista. Basta tener un juicio medianamente crítico y libertad de pensamiento. La verdad es incompatible con la superstición, con la mentira y con los mitos, ficciones novelescas con que están adornadas las páginas históricas de las Sagradas Escrituras. Así lo asegura Gary Greenberg, Presidente de la Sociedad Bíblica de Nueva York en su libro 101 mitos de la Biblia. Cómo crearon los escribas los relatos bíblicos (Ed. Océano, 2002).
Me detengo un momento en mis reflexiones y vuelvo a leer lo escrito, comprendiendo que mi pasión por la Verdad ha ahogado muchos sueños de infancia. Pero me siento en paz conmigo mismo. Ni he mentido ni pretendo engañar a ningún incauto. Me limito a exponer, sin prejuicios, lo que he podido encontrar en el Antiguo Testamento que hiera frontalmente mis sentimientos o mis principios éticos, sin distorsiones, ni sacando las frases fuera de contexto. Todas las citas, ‘Palabra de Dios' para los teólogos, están tomadas literalmente de la más actualizada edición castellana de la Biblia. De ellas deduzco una divinidad celosa, codiciosa, falible y cruel. Y me pregunto, sorprendido: ¿Cómo es posible que tales palabras hayan sido escamoteadas durante más de veinte siglos a la casi totalidad de los creyentes de tres religiones? Todavía más: ¿Cómo ha podido crecer la espiritualidad con el alimento envenenado de la mentira religiosa? Yo mismo, ¿cómo he podido vivir engañado tantos años? ¿Y mis amigos? ¿Y mis seres más queridos? ¿Cómo las diferentes confesiones religiosas han podido embaucar a tantos durante tanto tiempo?
No soy agresivo ni beligerante. A nadie quiero apartar de sus fuentes de felicidad, aunque considere que son engañosas. Pero no tengo más remedio que proclamar la verdad que se ha abierto camino en mis razonamientos, sin tapujos de falso pudor: Yahvéh, el Dios de la Biblia, el Dios de los judíos, cristianos y musulmanes, tal como aparece dibujado en el Antiguo Testamento, es una falsedad manifiesta, un ente de ficción, una leyenda piadosa, un mito inventado hace treinta y tantos siglos. A mi razón no le satisfacen las interpretaciones que magnifican unas palabras, en detrimento de las más comprometidas, aunque sea con la excusa de una lectura 'simbólica' o ‘alegórica'. Además, según la cronología y la arqueología, muchos de los sucesos narrados en la Biblia, en los que el Dios bíblico habría participado, "simplemente no existieron, salvo quizá en la imaginación de sus autores" (R.L. Fox, La versión no autorizada. Verdad y ficción en la Biblia, Planeta, 1992).
Las falsedades, incongruencias y manipulaciones de la Biblia no tendrían mayor importancia si no fuera porque se trata de libros sagrados, que siguen influyendo, después de treinta y tantos siglos, en millones de personas, incautas y crédulas, ansiosas de agarrarse a un clavo ardiendo para ahogar sus dudas de intrascendencia, por el horror que les produce la vuelta irremisible a la nada de donde proceden. A este respecto, hemos de agradecer sus estudios críticos a los biblistas que se han atrevido, sobre todo desde el siglo XVIII, a dinamitar la creencia en la inerrancia de estos escritos, poniendo de manifiesto sus evidentes errores, y con mayor énfasis sus falsedades, interpolaciones y contradicciones, para intentar curar la ceguera de sus lectores, enfermedad que calma la angustia y el miedo al más allá. Porque, como intitulo este libro, OJOS QUE NO VEN, CORAZÓN QUE NO QUIEBRA. (Continuará).
servido por Francisco
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25 Septiembre 2009
Diversidad de religiones (10)
El Concilio Vaticano II, que reunió a las autoridades eclesiásticas católicas en 1965, al reconocer (doctrina ‘novedosa' en el seno de la Iglesia) la libertad religiosa como uno de los derechos humanos fundamentales, promovió un proceso ecuménico de unión doctrinal de todas las religiones (al menos las monoteístas) por motivos ‘utilitarios' de beneficio espiritual para hombres y comunidades. Idéntica finalidad a la que tuvieron en 1986 los representantes de las principales religiones en la basílica italiana de Asís, "para orar en común". Este sincero movimiento de diálogo inter-religioso será un excelente y eficaz medio para promover la paz y la justicia social entre los pueblos, pero nunca la solución al problema de la diversidad religiosa. Lo único que podría demostrar es la falsedad de todas las religiones y de todos los posibles dioses.
La misma Iglesia Católica está dividida, a pesar del Papa y de los Concilios. El cardenal Carlo María Martini, un eterno ‘papable', sostiene que "la salvación es posible al margen de cualquier Iglesia, si cada uno sigue la gracia de Dios y la conciencia moral". Por su parte, la Congregación para la Doctrina de la Fe, presidida por el entonces cardenal Joseph Ratzinger (ahora Benedicto XVI), hizo pedazos el proceso ecuménico iniciado por Juan XXIII, al publicar en el año 2000 la Declaración vaticana Dominus Iesus, firmada por Juan Pablo II, en la que se sostiene, como era doctrina tradicional desde San Cipriano, obispo de Cartago (siglo III), que "fuera de la Iglesia Católica no hay salvación". Idea que fue refutada inmediatamente por casi cien teólogos, los más pertenecientes a la corriente moderna que se intitula "Teología de la Liberación". Para los ultraconservadores cristianos, por el contrario, quien piense que todas las religiones son iguales, cae en el autoengaño y comete el triste pecado del ‘indiferentismo'. En otras palabras, "quien no está conmigo, está contra mí", según el conocido adagio evangélico, que puede respaldar cualquier doctrina integrista, de dominio absoluto, sea civil o religiosa.
Nunca se ha educado a nadie ‘en' la libertad y ‘para' la libertad de pensamiento, que es lo único que debe interesarle a cada persona. Porque siempre se ha confundido ‘religión' con ‘moral', idea defendida, por ejemplo, por un profesor laico de ética, como Aranguren, y rechazada por otro, el rector Unamuno, siempre angustiado por la reflexión religiosa, para quien la "ética (o moral) es una cosa, y religión otra. No es lo mismo ser bueno que hacer el bien" (La agonía del cristianismo). Ser bueno es perfectamente compatible con la falta de fe. Una persona de bien puede ser un agnóstico, un ateo o un indiferente en materia de religión. Incluso un no creyente como el materialista Eugenio Trías puede ser un escritor excelente, que pone en la ética su ‘filosofía del límite', al mismo tiempo que defiende como ideología una especie de ‘materialismo sagrado' (La edad del espíritu, Destino, 1994) . Porque la religión no se puede reducir a una moral, ni al misticismo, ni a la filosofía, ni a la poesía, aunque todo ello forme parte de su entorno. Su estructura básica es una doctrina de ‘salvación', que no puede estar reñida con la ética o moral, con la que se confunde. Como dice José Antonio Marina, "la ética acaba marcando el camino a la religión" (Dictamen sobre Dios, Anagrama, 2002).
La religión moldea a la persona en su infancia, pero después cada una es responsable de su compromiso religioso, sin tener que seguir, a modo de borrego, el cayado del pastor, como canta el salmista: ("Tú guiaste a mi pueblo, cual rebaño,/ por la mano de Moisés y de Aarón". Sal 77, 21). Es lo que suele ocurrir cuando se nace en el seno de una familia piadosa, de una sociedad confesional, circunstancia determinante para el futuro del creyente. Una religión se hereda, como una propiedad, y para constituirse en persona racional y libre es preciso, al llegar a la mayoría de edad, decidir si se acepta o se rechaza, eventualidad que queda abierta hasta la última hora. Pero la reflexión inteligente y crítica con lo recibido ha de enfrentarse a menudo con una tradición agobiante, que empuja con fuerza en una dirección determinada. Esto permite hablar de la religión ‘colectiva', que se asume como un valor familiar y comunitario que hay que preservar y defender ante la influencia proselitista de otras religiones, siempre miradas con recelo. Y quizás con mayor motivo se recela de la ‘conversión' intelectual, de la apostasía de la fe recibida, que puede dañar la ‘comunión' salvadora del grupo, tanto si se da el paso hacia otro sistema doctrinal, como si se termina abrazando el agnosticismo, el ateísmo o el indiferentismo.
Quien haya nacido en el Extremo Oriente, probablemente será budista o sintoísta. Si su patria fuera el Medio Oriente, su dios sería Alá y su gran ilusión sería peregrinar a La Meca. Si hubiera llegado al mundo entre los indígenas de la selva americana o africana, lo más probable es que sus creencias no se apartarían de la religión natural, sin hacer caso de más iglesias ni dioses antropomórficos, y seguirían sacrificando seres humanos a sus dioses invisibles para conseguir su protección, como la más santa de sus costumbres. Pero si el inevitable destino quiso que abriera los ojos en una sociedad confesionalmente católica, así sería su educación y su ‘circunstancia', como diría Ortega. Esta ‘circunstancia' vendría marcada por las ideas de quienes se recibe el amor, la instrucción y la fe religiosa.
Pero también por la geografía, la historia, el arte y el mismo sistema lingüístico en el que se desenvuelve la personalidad. ¿Cómo no tener en cuenta las impresiones recibidas en los viajes, el testimonio de una historia manipulada, de unos tesoros artísticos que con preferencia nos hablan de temas religiosos? En todos los pueblos, por pequeños que sean, un templo siempre domina el caserío. Acá y acullá, en las grandes ciudades catedrales y basílicas, iglesias y conventos, monasterios en los más retirados y bellos rincones naturales. Por todo el mundo, iglesias, mezquitas, sinagogas, pagodas, templos de las más variadas confesiones, las más de las veces lujosos hasta la extenuación. El viajero deduce que la religión -cualquiera- es tan natural como el paisaje. Aunque la palabra ‘religión' evoque espíritus invisibles, materializados en edificios grandiosos, imágenes edulcoradas y liturgias sugestionables, el homo sapiens, autor de todo, sea piedra, color o creencia, todo lo admite como auténticamente verdadero gracias a su poderosa fantasía, que anestesia su potencial raciocinio. La razón seguirá siempre dominada por la imaginación, y ésta por la pereza intelectual. Porque las religiones han ido abandonando, a lo largo de su historia, el carácter ‘sagrado', el misterio simbólico de sus inicios, para convertirse en una institución social más, y su liturgia, para la inmensa mayoría, en ritos mecánicos, sin vida interior ni capacidad de alumbrar en el corazón la febril emoción de la virginidad espiritual, perdida en la trepidante vida moderna.
La historia, escrita casi siempre por los vencedores y por los líderes de masas, no hace sino justificar todas las crueldades en nombre del Dios de la Victoria, sin hablar del Dios de la Misericordia; se magnifican las obras misioneras, siempre admirables en su labor altruista, pero muy equivocadas al predicar dioses tan diferentes. El idioma en que nos entendemos, por su parte, cumple a las mil maravillas el objetivo de seducir las conciencias con el uso constante de los términos religiosos, y sobre todo la palabra Dios, enquistada en lo más profundo de la conciencia lingüística, en modismos y expresiones habituales. El arte, sufragado en todos los siglos por el dinero eclesiástico, ha conseguido sus obras maestras al tratar los temas religiosos. El cristianismo, sobre todo desde el siglo IV, ha sabido emplear sabiamente sus fondos, crecientes desde que supo atraerse a la nobleza y a los acaudalados, en la protección y mecenazgo de los grandes artistas, fuesen arquitectos, escultores, pintores, orfebres o músicos hasta conseguir el patrimonio más impresionante de la humanidad, siempre al servicio de su ‘divina causa', traicionada por su ambición de poder, como ha descrito con múltiples ejemplos el historiador Antonio Castro Zafra (Los círculos del poder. Apparat Vaticano, Editorial Popular, 1987).
Pero no ha conseguido la obediente sumisión de la ciencia, que no admite ‘revelaciones' ni dioses inventados por la neurastenia, la angustia o el miedo. Antes bien, la ha perseguido y anatematizado en tantas ocasiones que J.William Draper pudo publicar un extenso estudio de esa rivalidad histórica, en su Historia de los conflictos entre la religión y la ciencia (1885). Es más, los más eminentes científicos de hoy, por más que les pese, no tienen más remedio que dar la espalda a las incongruentes y absurdas doctrinas religiosas, forjadas por quienes nada sabían de genes, bacterias ni neurociencias. Con claridad meridiana lo ha manifestado hace unos meses en una entrevista periodística el sabio bioquímico español Santiago Grisolía: "El hombre fue quien hizo a Dios", para rematar sobre el sentido último de la vida que "no hay ningún plan. Sólo bacterias". Un resumen insuperable de esa "ilusión trascendente" en que consiste la religión (todas las religiones) se puede encontrar en Ateísmo y religiosidad (Siglo XXI, 1997), de Gonzalo Puente Ojea, gran propulsor del debate religioso desde las más recientes proposiciones de la filosofía y de la ciencia. (Continuará).
servido por Francisco
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19 Septiembre 2009
Diversidad de religiones (4)
CRISTIANISMO. Prolongación sectaria del judaísmo, cuyos libros sagrados acepta como propios, fundamento del monoteísmo más intransigente. Cerca de dos mil millones de personas, repartidas por todo el mundo, pero en especial por Europa y América (conocido con poco fundamento como el Occidente terrestre) profesan la fe en Jesús el Cristo, judío histórico de la Palestina romana con el que comienza no sólo una nueva religión sino, además, una nueva era, una civilización y una cultura, que ha dado origen a la división de la Historia en dos etapas: antes de Cristo y después de Cristo. A comienzos del siglo XXI, una encuesta periodística reseñaba que el 67 % de los europeos creía en Dios, con mayoría en los países mediterráneos.
En el siglo XV el cristianismo era una religión casi exclusivamente blanca y europea, pero se fue expandiendo gracias a los descubrimientos de nuevas tierras en las que el colonialismo fue decisivo para suplantar a las religiones nativas autóctonas por el nuevo mensaje de ‘salvación'. Organizada en forma piramidal, la Iglesia Católica es la única que tiene un Estado propio, aunque minúsculo, en el centro de Roma, la ‘Ciudad Eterna', con la Santa Sede instalada en el complejo Vaticano, donde ‘reina' como soberano absoluto el Sumo Pontífice o Papa, sucesor como Vicario de Cristo, de Pedro, Príncipe de los Apóstoles y supuesto primer obispo de Roma. El Estado Vaticano se creó en febrero de 1929 por los acuerdos de Letrán, firmados entre la Santa Sede y el dictador italiano Mussolini. Se trata de un Estado de pleno ejercicio, con su moneda, su bandera y su peculiar ‘ejército' de guardias suizos. La soberanía política del Vaticano sobre las 44 hectáreas de su superficie, constituye la garantía de la independencia espiritual del Papado, algo insólito en la historia mundial de las religiones (César Vidal, Pontífices, Península, 2007).
Su doctrina es unitaria, dogmática e intransigente, que se ha ido formando durante siglos, amparada en los ‘libros sagrados' del Antiguo y Nuevo Testamento. Las discusiones teológicas, que comenzaron muy pronto, fueron estableciendo esa doctrina de fe, por obra de los teólogos y los llamados Santos Padres, que ha ido moldeando la cultura occidental durante la Edad Media, aunque ya en el siglo XI se desgajó del tronco común la Iglesia Ortodoxa de Oriente, con leyes costumbres y liturgia propias. Incapaz la Iglesia de Roma de mantener la disciplina universal, llegó la fragmentación del sistema doctrinal cristiano en varias ramificaciones nacionales, que impusieron reformas no admitidas por la Santa Sede. Los pueblos ‘rebeldes' del siglo XVI se organizaron en comunidades diferenciadas, bajo el rótulo común de protestantismo. Así nacieron en Europa los creyentes en Cristo, pero seguidores de Lutero, Calvino y otros disidentes, como el sádico rey de Inglaterra Enrique VIII. A esta ‘Reforma' protestante se opuso la ‘Contrarreforma' católica, que escindió Europa en dos (Norte y Sur), manteniendo férreamente sus posiciones ideológicas, que el catolicismo refrendó en el Concilio de Trento.
A estas Iglesias, Luterana, Calvinista y Anglicana, se unieron después la Iglesia Holandesa Reformada, la Presbiteriana, la Metodista, la Baptista, la Episcopaliana, la Evangélica, los Testigos de Jehová, la Iglesia de la Cienciología, y así hasta un total de 2.550 movimientos cristianos contabilizados sólo en los Estados Unidos de América (dato tomado de la Word Christian Encyclopedia, 1982), una nación tan puritana como hipócrita, que se dice ‘protegida por Dios' al mismo tiempo que mantiene la separación constitucional entre Religión y Estado, donde se practica la pena de muerte y que no duda en masacrar pueblos enteros si así lo piden sus intereses. En junio de 2002, mientras un sesudo senador manifestaba que "esta nación es de personas creyentes, y el que no quiera quedarse en ella que se marche", el propio presidente afirmaba muy convencido, que "nuestros derechos provienen directamente de Dios". El Dios cristiano está presente en las leyes y en la tradición americana. Esta firme creencia en la divinidad no es un caso personal, sino que el nombre de Dios preside el himno nacional (God Bless America), las instituciones políticas y judiciales (el Tribunal Supremo comienza todos los días sus sesiones con la frase We Trust in God), las escolares (cada día inicia sus tareas con una oración) y las financieras (en cada billete de dólar se registra la frase: In God We Trust).
Pese a tanta división, todos los movimientos cristianos, incluidas las Iglesias Ortodoxas generalmente de etnia eslava, en el este europeo, y las africanas de Etiopía, tienen como base doctrinal la creencia en Jesús como Hijo de Dios, creador y salvador del hombre, la veracidad de su fe, incompatible con las demás, y la esperanza en una vida ultraterrena más allá de la muerte, eternamente contemplativa del Dios único y verdadero. Esta religión (múltiple en sus interpretaciones) tiene poco más de dos mil años de vida, basada en los libros de la Biblia, fuente de ‘revelaciones' divinas, no importa que sean inhumanas y contradictorias, como veremos. La fe no conoce barreras ni entiende más que lo que quiere entender, siempre en contradicción con la más elemental racionalidad. Gonzalo Puente Ojea, en su duelo dialéctico con el filósofo Eugenio Trías, aclara que la razón no se propone consagrar verdades eternas, ni ha de ser ‘sacralizada' como sustitutivo de la fe, ya que se define por su radical e incesante función crítica, enemiga de cualquier tipo de ‘revelación sagrada'.
A pesar de considerarse la cuna histórica del catolicismo, Europa está siendo superada por el resto de continentes, tanto por el número de fieles como por su influencia. América Central y África constituyen actualmente los otros dos pilares de la Iglesia Católica. Desde el siglo XVI, gracias a la gran actividad misionera de los religiosos católicos (y protestantes), esta religión se expandió por todos los continentes, suplantando, a veces por la fuerza, a las religiones indígenas y autóctonas, arrollando con su predicación las creencias tradicionales, coartando la libertad de los ‘pobres ignorantes', que no tuvieron la especial gracia de conocer al ‘verdadero Dios'. No ha faltado, desde luego, la buena fe y el entusiasmo de los misioneros, pero la causa no ha podido ser más desgraciada, porque el resultado ha sido una mixtificación de dioses y creencias que han falseado la doctrina original católica. Ese afán proselitista ha causado en las mentes más daño que beneficio. Pese a la ordenación de sacerdotes y obispos nativos, los ‘misterios' de la doctrina cristiana no han suplantado, sino que se han mezclado, en la mayoría de los casos, con las religiones tradicionales, adulterando el mensaje original. Díganlo, si no, los católicos de Brasil, México, Venezuela y todas las repúblicas del Caribe, los de Filipinas, Indonesia o el África negra.
La intransigencia católica -coherente con su creencia en que el dios que predica es el único verdadero- ha sido la causante de los más sangrientos hechos en la historia de nuestra civilización. Ha desencadenado guerras teológicas, ha perseguido con saña a los disidentes, ha combatido a los ‘infieles' en las Cruzadas medievales, en la moderna Inquisición y en las guerras civiles de nuestro tiempo. Son tres papas ‘Píos' los que encabezan esta intransigencia: Pío V, el más activo enemigo de la reforma de Lutero; Pío X, famoso por sus excomuniones a principios del siglo XX; Pío XI, que envió al infierno a los comunistas, a los filósofos existencialistas y a los científicos.
La Iglesia Católica nunca fue amiga de las Ciencias, porque se apartan de la fe irracional y sólo confían en la razón y en la experiencia. Como dice Eduardo Punset, "nuestra cultura heredada es dogmática y fanfarrona. Nuestras clases dirigentes decidían quién tenía razón echando un pulso. La ciencia, en cambio, condiciona la existencia de Dios a la experimentación y la prueba". Pero al final se impondrá la racionalidad y comprenderá que la razón también es un don de ese Dios que predican, y que no se la puede humillar de ese modo, obligándola a someterse a la fe, que, al fin y al cabo, es un meme psíquico, es decir, creado culturalmente por la mente humana, sin más dependencia de Dios que la imposible ‘revelación' durante el sueño de un profeta ‘iluminado'. Entre la fe y la razón existe un abismo infranqueable, pese a que la Iglesia actual diga lo contrario, como el papa Juan Pablo II en su encíclica Fides et ratio, donde se declara que "hay una profunda e inseparable unidad entre el conocimiento de la fe y el de la razón". Toda doctrina que intente esta (falsa) unión estará condenada al fracaso, ya que la verdad ‘dogmática', basada en mitos, no tiene ninguna relación con la verdad ‘científica', basada en pruebas ‘razonables', que es la única verdad que la razón humana puede aceptar como tal. La verdad puede matar la ilusión, pero conduce a la verdadera felicidad. (Continuará).
servido por Francisco
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16 Septiembre 2009
II
Diversidad de religiones (1)
Los mitos ‘imaginados' por el hombre responden a una íntima necesidad de explicar lo inexplicable. En la Mitología, la ciencia de los mitos, no todo es mentira. Son la respuesta del simbolismo a lo desconocido, el asombro de un niño que no entiende lo que ve a su alrededor. Dependen de cada grupo humano, que los va transmitiendo a los suyos, de generación en generación, como herencia ideológica, asumida como cierta. Son los memes culturales más penetrantes y eficaces, apólogos que enardecen a la mente infantil, en el salto evolutivo de la pubertad. El mito asumido como cierto se transforma en superstición, y ésta en convicción invencible, hasta que la razón, si no se la arrincona, viene a poner orden en la conciencia, buscando entre la niebla, como decía Antonio Machado, el dios de la Verdad científica, que es el único dios que no engaña.
No es posible, ni tampoco necesario, desarrollar con mayor extensión el falso mundo de los mitos, que resultan ciertamente un atractivo para una mente abierta a la belleza literaria. Hay suficientes páginas publicadas, incluso en la Red informática (www.) para no tener que multiplicar innecesariamente lo ya dicho por tantos autores. Bastará una consulta, entre otros muchos que se pueden presentar como candidatos, a libros como el de Federico Carlos Sainz de Robles, Ensayo de un Diccionario mitológico universal (Aguilar, 1958), el Diccionario de símbolos y mitos (Tecnos, 1971) de J.A. Pérez Rioja, el Diccionario de la Mitología clásica (Alianza Editorial, 1980), Mito y realidad (Labor, 1991) de Mircea Eliade, Los mitos de los dioses (Seix Barral, 1994) o Héroes y dioses de la Antigüedad (Electa, 2003) de Lucía Impelluso, si se quieren visualizar los mitos y sus manifestaciones artísticas.
Las religiones están ancladas en los viejos mitos y si queremos profundizar en su origen, difusión y diversidad, no queda más remedio que plantear, aunque sea en síntesis, la historia de las religiones, que van anejas, en estrecha simbiosis, con las diferentes civilizaciones y culturas que se han consolidado entre los habitantes de este planeta (suponiendo que no haya extraterrestres entre nosotros). Buenos compañeros de viaje serán los estudios de Trevor Ling, Las grandes religiones de Oriente y Occidente, con una tabla cronológica (Istmo, 1968), de S.G.F.Brandon, Diccionario de Religiones comparadas (Ediciones Cristiandad, 1975), de E.O. James, Historia de las religiones (Alianza Editorial, 1990) y de Dennis Gira/Jean-Luc Puthier, Religiones en el mundo (Larousse, 2004). Para los más reticentes a la página impresa, se puede recomendar la sintética Historia de las religiones, del argentino M. Lauro, página muy visitada de la Red. Todos en lengua española.
Pero, sin duda, la más recomendable es la Historia de las religiones, en cinco tomos, del gran librero español Juan Bautista Bergua Olavarrieta (Madrid, 1892- 1991), digno de recuerdo por su incansable trabajo a favor de la cultura hispánica, ya que tradujo las Obras completas de Platón, y otras de diferentes lenguas, hasta un total de 56 libros de filosofía, literatura, ciencia y religión, como El Corán (1929), El Libro de los muertos (1960), La Vida de Jesús de Renán, y autores clásicos como Homero, Petronio, Plutarco, Hesíodo, Xenofonte, Luciano, y los modernos Maquiavelo, Erasmo, Spinoza, Shakespeare, Voltaire, Marx y otros, en las Ediciones Ibéricas, de su propiedad, comenzadas en 1939, en la familiar Librería Bergua (1879), después Librería-Editorial Bergua (1927). El tema religioso, que le ocupó muchas horas en su vida, dio como resultado la publicación en 1958 de cinco tomos sobre las Mitologías (europeas, asiáticas, africanas, americanas y de Oceanía), y después otros cinco sobre la Historia de las religiones (Ed. Bergua, 1968-88), estudio no confesional, pero apasionado, con el equilibrio científico que nace de la documentación estudiada, así como de las numerosas lecturas en varios idiomas. Creo que no han sido valoradas como merece, tanto su personalidad como su obra. La tesis que domina todos sus estudios se resumen en una simple frase: "El hecho, curioso e innegable, de que continuamente aparezcan nuevas religiones, ha de entenderse siempre como una variante de una religión anterior". Todo es una cadena, que comienza con la imaginación primitiva.
Como ocurre en todos los aspectos de la vida, algunas religiones han desaparecido, otras han evolucionado, se han reformado o se han segregado de las anteriores. La aparición del monoteísmo no significó la desaparición del politeísmo, antes bien, se han multiplicado las opciones religiosas, se han sucedido hasta hoy mismo líderes y santones que fundaron sus propias religiones, con mayor o menor éxito. Hoy como ayer el ser humano se asombra ante lo incomprensible y misterioso, pero ya no se siente atado, como antes, a una determinada religión. Los lazos que le ataban a determinados dioses se han aflojado en las culturas modernas, de tal forma que hoy se puede cambiar de fe, en ciertas partes del mundo, como se cambia de coche o de casa. Sobre todo, en los Estados Unidos de América, que alguien ha calificado de "paraíso de las nuevas religiones". Se ha perdido el sentido mágico de la religión, siendo sustituido por un sentido ‘comercial' que todo lo inunda: do ut des ("doy para que me des"). El dios o los dioses lejanos, ‘inventados' ya no dicen gran cosa al corazón del individuo moderno, para quien la religión es sólo un sentimiento, alejado de la realidad mundana, sin mayores compromisos ideológicos ni morales. No obstante, la humanidad sigue agrupándose en torno a ideas de salvación, sin preocuparse por conocer en profundidad las grandes diferencias doctrinales.
La fe religiosa, como todas las actividades humanas, tiene su asiento en el cerebro, y las últimas investigaciones neurológicas ya han encontrado las regiones concretas cerebrales que son las responsables de la espiritualidad, controlada por el lóbulo temporal, y por tanto, se puede estudiar como cualquier otra emotividad neurológica, según explica el neurólogo Jordan Grafman en el último número de la revista Procedings of the National Academy of Science. Sin precisiones experimentales ya lo habían insinuado otros científicos, como Hamer o Richard Dawkins, que considera la fe como un ‘narcótico adictivo' semejante al enamoramiento. Tiene, por tanto, que ver con el proceso evolutivo de los niños, que llegan a la fe religiosa por la insistencia en los métodos educativos, tanto en la esfera familiar como en la escolar.
La fe es el meme por excelencia. La regla más valiosa para un individuo inmaduro, que ha de ir formando su visión de la vida por esta experiencia, anunciada por Dawkins: "Creer, sin dudar, cualquier cosa que tus mayores te digan. Obedecer a tus padres; obedecer a los ancianos de la tribu; confiar en los mayores. Más que cualquier otra especie, sobrevivimos por la experiencia acumulada de generaciones previas, y esa experiencia necesita trasladarse a los niños para su protección y bienestar" (Richard Dawkins, El espejismo de Dios, Espasa Calpe, 2007). La consecuencia inmediata es que habrá tantas religiones como culturas, sin depender de ninguna verdad absoluta, que siempre será rebatida por el disidente.
De todas las incongruencias que se pueden encontrar en las religiones, ninguna tan falaz y túrbida como la del ‘idioma de los dioses'. ¿Qué lengua utilizaron Adán y Eva para entenderse con el Creador? ¿Hablaban ya por ciencia infusa? ¿En qué idioma habló Dios a Moisés en el Monte Sinaí? Dios, por supuesto, hablará todas las lenguas de los hombres, pero ¿también Jesús el Dios de los cristianos? ¿Entenderá Alá el inglés? ¿Y Visnú? ¿Y Viracocha? ¿Es que nadie se ha parado a pensar en tan insensata incongruencia? ¿O es que Dios se entiende con los hombres por telepatía? Esto parece lo más probable, dado que nos condenó a la ‘confusión de lenguas' después de aquél ‘atrevimiento' de la Torre de Babel. Sobre esto escribe el doctor Francisco Mora en la revista El Cultural (7/7/2005) que "si algún idioma Dios dio al hombre en sus orígenes es claramente el idioma de los gestos y el silencio...Dios, si existe, es silencio, y cualquier libro que hable de ese silencio, ha sido filtrado por el cerebro humano. Y esto nos lleva a comprender que la interpretación humana de ese silencio, su desciframiento y su traducción en forma de lenguaje, es tan individual como lo es cada cerebro en cada uno de los más de seis mil millones de habitantes que pueblan la Tierra". (Continuará).
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15 Septiembre 2009
Del politeísmo al monoteísmo (6)
En el continente americano predomina hoy, entre las religiones indígenas, casi todas mezcladas con las ideas recibidas de Europa, el ‘sincretismo' religioso, que consiste en la mezcla de todas ellas, para obtener una amalgama no sólo imaginativa y respetuosa con las creencias tradicionales, sino, lo que parece más evidente, incapaz de resistir la más mínima crítica de la racionalidad. Se supone por los científicos que la llegada de los humanos al continente americano se produjo por el norte, cuando no existía casi el estrecho hoy conocido como de Bering, hace unos 14.000 años. Los grupos étnicos más conocidos en la antigüedad son: los olmecas, un milenio anterior a nuestra Era, que fueron absorbidos por los mayas, quienes dominaron América central durante seis siglos (desde el siglo IV d.C.) que veneraban a dioses violentos por todas partes, con grandes templos y sacrificios humanos para aplacarlos. También en México, aparecen la cultura de Teotihuacan, adoradores del Sol y de otros dioses celestiales (400 a.C.) y los zapotecas (200 a.C.) con decenas de dioses. En las Antillas se han encontrado huellas mucho más antiguas de pueblos politeístas, como los taínos (2.000 a.C.) y en el sur del continente, a orillas del Pacífico el grupo llamado de Valdivia, con registros fósiles de 3.500 años a.C., al oeste de Guayaquil, al mismo tiempo que se estaba consolidando el poder egipcio.
El fenómeno religioso más antiguo de Perú es la llamada "primera teocracia de los Andes", según los restos milenarios encontrados en Chapín, Paracas y los enigmáticos surcos de Nazca, ya en Chile. En Bolivia la deidad máxima era el Sol, con la Puerta del Sol, en las ruinas de Tiahuanaco, que aún se conserva, de los primeros años de nuestra Era. De la misma época es la cultura mochica en Perú, que tenían por dioses al Sol, a la Luna y a las estrellas. Pero, sin duda, la civilización más avanzada fue la de los incas, también adoradores del Sol, asentados en Perú desde el siglo XII d.C. con su centro religioso y neurálgico en la ciudad andina de Machu Pichu, cerca de Cuzco. Generalmente, todos ellos eran guerreros a los que no asustaba la sangre, pero que, por sus creencias politeístas, quedaron asombrados con la llegada de los primeros colonizadores europeos, a quienes se subordinaron como a dioses llegados del Más allá, aunque después sufrieran la crueldad de los sanguinarios conquistadores.
Queda, por fin, el judaísmo, la religión incruenta y monoteísta que se supone nació en tierras palestinas, por obra de los egipcios expulsados de su país a causa de su monoteísmo. La costumbre israelita no incluía los sacrificios humanos, pero sí los de animales, como ofrendas al dios único. Sabemos que, con motivo de la dedicación del primer templo de Jerusalén por el rey Salomón, se sacrificaron 22.000 bueyes y 120.000 corderos. Naturalmente, el motivo era muy especial y no creo que estos sacrificios se pudieran mantener cada año a ese nivel, pero indica que eran habituales en las fiestas religiosas los sacrificios, sobre todo de corderos. Los hebreos vagaron por el desierto de Canaán durante 40 años, hasta establecerse por la fuerza en un territorio que creían les pertenecía por la promesa de Yahvéh, su ‘dios inventado', que los consideraba -asombrosa autosugestión- su "pueblo elegido". Con este pueblo, destructor de ídolos y dioses extraños, comienza en realidad el auténtico monoteísmo bíblico, extendido después a otras creencias, como el cristianismo y el islamismo, exclusivistas, proselitistas y fanatizadas, que darán lugar a guerras sin cuartel, aunque conviviendo con religiones politeístas en todos los continentes.
Exceptuando el breve período de culto al dios único Atón, el politeísmo domina entre los pueblos durante miles de años. También fueron politeístas los caldeos, eslavos, celtas, germanos, iberos, galos, fineses, lituanos, griegos, etruscos y romanos en el continente europeo. En el asiático, los fenicios, persas, asirios, árabes, chinos y japoneses, con miles de dioses en el sintoismo; eran politeístas los pueblos polinesios, y en el continente americano, los mayas de Tikal y Palenque adoraban a quince divinidades y hacían sacrificios de sangre para conjurar y aplacar a los dioses. En el mismo continente, los dioses aztecas tenían ansia de carne humana, sobre todo de corazones frescos, ya en siglos posteriores. Los dioses ‘imaginados', fuesen cuantos fuesen, siempre tan soberbios y distantes, necesitaban el olor de la sangre. Al fin y al cabo, no eran más que la imagen viva del hombre, agresivo y sanguinario por naturaleza y por historia. Ni daban ni pedían amor, solamente obediencia y sumisión, respeto y fidelidad, engañando a sus criaturas con una promesa ilusoria de felicidad. Su mandamiento principal era el mismo para todos los humanos: "Cierra los ojos de tu razón y tu corazón no sentirá el aguijón de la duda".
En este breve recorrido histórico, falta por considerar cómo la superstición religiosa ha ido siendo arrinconada por la ciencia, en su avance imparable hacia la Verdad. "Desde el principio de los tiempos, la espiritualidad y la religión se han utilizado para llenar los huecos que la ciencia no comprendía. La salida y la puesta del sol se atribuyeron a Helios y a un carro de fuego. Los terremotos y maremotos a la ira de Poseidón. La ciencia ha demostrado ahora que esos dioses eran ídolos falsos". Esto dice Dan Brown en Ángeles y demonios (Umbriel, 2004), que continúa con estas palabras: "Las Sagradas Escrituras son cuentos...Leyendas e historias de la lucha del hombre por comprender su necesidad de encontrar un significado". Para la Ciencia no hay más criterio de veracidad que la experimentación y el juicio crítico, tan ajeno a mitos y revelaciones, ensueño y alucinaciones, origen de las más absurdas creencias.
La gran masa de humanos, de aquende y allende el océano, de ayer y de hoy, generación tras generación, ha ido transmitiendo y asimilando como verdades evidentes lo que no son más que fantasías interesadas. Somos muy pocos los que nos percatamos, ahora y antes, de que ese "significado" no se puede encontrar de espaldas a la razón, la única ‘herramienta' de que disponemos para emitir juicios de veracidad o falsedad. Ni las leyendas, ni los mitos, ni la fe en nocturnas ‘revelaciones' nos pueden indicar el camino de la verdad. Podremos sentirnos muy satisfechos con esos ‘cuentos de hadas', pero nuestra razón nunca dará su consentimiento a esas imaginaciones irreales, basadas más en sentimientos que en juicios de valor. Sabemos que es mucho más fácil encontrar la (engañosa) felicidad en la senda trillada que nos marcan los ‘hombres de fe', pero también que el ejercicio responsable de la reflexión es lo que nos hace más dignos de la condición humana, aunque para esto sea necesario enfrentarse dialécticamente con la opinión mayoritaria. La democracia nunca podrá imponer leyes ni dioses al más íntimo de los santuarios, la conciencia. Desde ella podré ver, con equidad y sinceridad, lo que ha significado para la humanidad el cúmulo casi infinito de creencias religiosas. (Continuará).
servido por Francisco
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4 Septiembre 2009
La quimera de los dioses (2)
Las diversas religiones regulan el tiempo de sus fieles creyentes, tanto en su intimidad como en la colectividad. No podemos minimizar su influencia en la mayoría de las personas, angustiadas tanto por el presente como por el futuro. A pesar de la violencia, que nunca falta, millones de fieles de religiones distintas conviven en buena armonía, sin preocuparse excesivamente ni por la ideología ni por la teología. Pero es cierto que la paz siempre es precaria. Y que la religión todavía sigue siendo un poder, y como tal, encierra el conflicto en la misma medida que las nubes contienen la tormenta. "Paz o guerra, persecuciones o fraternidad: la religión lo permite todo, lo justifica todo. Los dioses proponen y los hombres disponen" es la teoría más difundida. No obstante, el mensaje de paz se puede (y se debe) imponer al mensaje agresivo. Para ello no hay más que un camino: "Mediante la educación cívica, mediante la enseñanza ilustrada de la historia de las religiones y de las civilizaciones, y sobre todo mediante una ley laica" (Dioses: Modos de empleo, Museo de Europa, 2008). Yo añadiría algo que me parece de suma importancia: el acercamiento a la Ciencia, que poco a poco nos está levantando el velo de la ignorancia (muchas veces consentida) para acercarnos a una verdad demostrada, insospechada y que alumbrará al ‘hombre nuevo', libre de ataduras religiosas que, en todo caso, debe reducirse al ámbito personal.
"La libertad de no creer es la primera libertad del ser humano", es una sentencia muy conocida de Paul Kurtz, que se completa con esta otra: "Miles de años de fe ciega en lo sobrenatural parecen haber creado en el cerebro algo así como un ganglio religioso". Estas palabras del premio Nobel español Santiago Ramón y Cajal (Recuerdos de mi vida) remiten al cerebro toda reflexión que se haga sobre la vida espiritual. Afirmación que asume y reproduce el catedrático Francisco Mora en su estudio ¿Enferman las mariposas del alma? Cerebro, Locura y diversidad humana (Alianza Editorial, 2004) con estas otras: "El cerebro posee el sustrato último de toda experiencia, inefable o no, lo que incluye la propia experiencia religiosa". Es decir, que a la teología de tiempos pasados, basada en "revelaciones" místicas, han de suceder en nuestros días las neurociencias o estudio fisiológico, biológico y psicológico del cerebro humano, donde se forjan todas las experiencias religiosas.
Para el Diccionario de Neurociencia (Alianza Editorial, 2004), la mente humana "es material y refiere a la expresión de la función cerebral. Para otros, muy pocos hoy, su naturaleza es espiritual, no-material". La experiencia religiosa, por tanto "se coaliga con sentimientos, sean éstos de alegría, de amor o incluso de miedo y temor. Tanto en la soledad como en los ritos en donde se comparte la experiencia con otros, el ingrediente básico es emocional...Y es que nuestro propio cerebro, en su desmedido afán de supervivencia, nos eleva al infinito. Y construimos aquí, en nuestro mundo de todos los días, un nuevo mundo más allá en ese afán de querer seguir vivos" (¿Enferman las mariposas del alma?). Lo mismo ocurre con la sociedad, que ‘necesita' un Dios, sea el que sea, para evitar el caos y la barbarie. Aunque vaya en contra de los postulados de la razón y la sensatez del entendimiento humano. "Al final del siglo XX, dice Paul Jhonson, la idea de un Dios personal continúa tan viva y real como siempre en las mentes de millones de hombres y mujeres de todo el planeta" (La búsqueda de Dios. Un peregrinaje personal, Planeta, 1997).
Para los ideólogos del "diseño inteligente", quienes niegan la veracidad de la evolución, pretendiendo salvaguardar la idea de una divinidad ‘creadora' y responsable de su creación, las tesis científicas contrarias no merecen el más mínimo respeto. Hay científicos que quieren, a toda costa, probar la existencia de Dios, como William Dembski, Philip Jhonson o Hugo Ross, pero la palma de la osadía se la lleva Michael Behe, cuyo libro La caja negra de Darwin (Andrés Bello, 2000) es considerado como "la Biblia del diseño inteligente". Desde otro punto de vista ofrece una visión ‘creacionista' el físico Frank Tipler en La física de la inmortalidad (Alianza Editorial, 2005). Si hubiera unanimidad en las opiniones habría muerto la Ciencia.
Las polémicas entre filósofos y teólogos no han dejado de aflorar en la vida cultural de los hombres, al menos desde el nacimiento de la Filosofía quinientos años antes de Cristo. Pero eran disquisiciones o elucubraciones sin fundamento científico, basadas solamente en la Lógica, la Historia y las Escrituras, lo que permite arrinconar sus ideas en el baúl de los recuerdos. Al menos hasta 1776, año en que muere el filósofo escocés David Hume, el primer europeo que murió confesándose ateo impenitente. Pero las Neurociencias de nuestros días están obligando a dar un giro espectacular a la idea clásica del ser humano. Citaré un párrafo del libro editado por el Vaticano (Neuroscience and the Person, 1999), en el que se hacen unas reflexiones que hubieran sido consideradas heréticas no hace muchos años. "¿Por qué negar la relación entre las neurociencias y la acción divina? -se pregunta el teólogo autor del libro-.
La mayoría de los teólogos cristianos en la era moderna han seguido a René Descartes como anteriores teólogos lo hicieran con Platón y así han asumido una visión dual de la naturaleza humana (seres humanos constituidos por alma -o mente- y cuerpo). Hasta ahora, por tanto, la acción de Dios en la esfera humana podía interactuar libre y directamente con las almas (esferas del espíritu). Pero dado que las neurociencias actuales cada vez aportan más peso a los argumentos de la unidad del ser humano (un puro organismo físico), ello ha puesto en serio desafío a los comités teológicos, que ven que si Dios tiene algo que hacer con sus criaturas humanas debe hacerlo a través de la interacción con sus cuerpos y más particularmente aún con sus cerebros". Pero esta postura acomodaticia, interesada y contraria a la doctrina tradicional, es privativa de algunos teólogos, que ven cómo se desmorona el edificio total de la fe. La historia, sin embargo, es muy distinta, y a ella hemos de acudir para conocer la nuestra.
. (¡Qué humor negro se necesita para calificar de sapiens a quien todo lo ignora, mucho más cuando el adjetivo se duplica, para apartarnos a una más que prudencial distancia de los demás animales!) ¿Existe algún ser superior a mí, de infinitos atributos, a quien pueda culpar de mi existencia? ¿Cuál es mi destino? A estas preguntas responde, en forma poética, el reciente libro del físico catalán David Jou, que analiza las sucesivas respuestas de la historia humana a lo largo del tiempo, abordando el tema de las ‘dimensiones ocultas de las supercuerdas' de la física cuántica, empeñada en descubrir el inefable misterio del origen de la vida, al margen de cualquier ‘diseño inteligente'.(Reescribiendo el Génesis. De la gloria de Dios al sabotaje del universo , Destino, 2008). (Continuará)
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30 Marzo 2009
VII
El mito de las revelaciones (1)
Inventar un espíritu creador, por muy excelso que sea, no es suficiente para calmar la angustia primordial del ser humano. Angustia que no desaparece hasta que comprende su error, la falsa idea de que hay algo más tras la vida terrestre. Así lo proclamaban los romanos cuando cantaban públicamente en el teatro: Post mortem nihil est; ipsaque mors nihil ("Nada hay tras la muerte, la misma muerte no es nada"), frase repetida por Séneca y recogida por Voltaire en sus Cartas filosóficas. Para quien sueña con otra vida, esta vez sin sufrimiento ni final, es comprensible que la angustia de perder tanto bien domine su vida terrena. De ahí el ‘invento' de los dioses y la necesidad de su ‘religación' con ellos. El planeta Tierra es, en frase de Cicerón en su Deorum natura, "como una casa común de dioses y hombres". Por supuesto, en distintos niveles, como en las películas sobre la burguesía inglesa, unos ‘arriba' y otros ‘abajo'. Unos mandan y otros obedecen. Quienes habitan el piso ‘sobrenatural' ordenan la vida de los habitantes del piso inferior, ‘natural' y propio de los sirvientes. Los dioses sólo pueden, según su naturaleza, ‘dar órdenes' a sus criaturas, y éstas no tienen más remedio que mostrar la sumisión de los súbditos, venerar y ‘suplicar' para no ser expulsados del paraíso.
Porque un Ser Supremo, si es ‘creador', ha de atender después al ‘mantenimiento' de su creación. Como en cualquier obra humana, es preciso controlar el paulatino desgaste de la obra y fortalecer los cimientos de la fe en el constructor, para que no se marchite la esperanza de una larga vida. El ‘alma' humana (es decir, la ‘psique') necesita la curación y el apoyo de la divinidad en sus momentos de dolor y decaimiento. Esta es la motivación de toda súplica al Todopoderoso, el sentido de la oración en cuanto invocación a la misericordia de ese Dios ‘inventado', como el mejor remedio para recobrar la salud perdida. "La oración es la medicina más barata", dice Burt Lancaster en la película de Richard Brooks El fuego y la palabra (1960). Esto ya supone una ‘relación' entre creador y criatura. Un indicio de que es posible ‘hablar con la divinidad', en la seguridad de que escucha y atiende las súplicas. La idea fue recogida por el doctor Larry Dossey al escribir su tratado en el que confirma que La oración es una buena medicina (Obelisco, 2005) o la escritora Rosemary E. Guiley en El poder de la oración (Martínez Roca, 1996). La oración es una enseñanza básica en cualquier religión, ya que propicia el ‘intercambio' entre ambos mundos, el natural y el sobrenatural, que todas predican. Incluso el espiritismo tiene sus fórmulas de Oraciones espiritistas (Obelisco, 1993).
Aunque es absurdo pedir a Dios que modifique su creación a favor de nuestros mezquinos intereses, ni las Iglesias ni los fieles renuncian a este asidero de esperanza, por muy engañoso que sea. La oración puede ser individual o colectiva, pero siempre se trata de un intento de traspasar el límite entre lo natural y lo sobrenatural. A veces no es necesario siquiera creer en un dios personal, como nos demuestra el budismo, para el que la oración es algo esencial. La psicología habla de ‘autosugestión', con efecto tranquilizante. Según la ciencia, el registro de las ondas cerebrales durante el acto de orar o meditar indica que hay disminución del lactato en la sangre y aumento de la resistencia eléctrica en la piel, lo que demuestra el poder ansiolítico de la oración profunda. Sea respondida o no, se sabe que es beneficiosa para la salud. Si en la oración pensamos -hay quien está muy seguro de que es así- que Dios nos escucha, en la meditación, por el contrario, es Dios quien nos habla. Según Jesús de Nazareth, la fe "mueve montañas", es capaz de conseguir lo imposible. El creyente lo cree sin dudar y en esa su íntima relación con su Dios encuentra la felicidad. Bendito sea el ‘consolador', aunque no exista más que en su imaginación.
Aunque existen oraciones pre-fabricadas, la auténtica oración-religación es la que sale espontáneamente del corazón (perdón, de la mente) con humildad y sencillez. Su efecto es la unión ‘mística' con la divinidad, algo que sólo comprenden quienes llegan a ella. Para el doctor Mora "Dios no se entiende, se siente" (El cerebro sintiente, Ariel, 2000). Es un sentimiento, gratificante y liberador, de intenso éxtasis en momentos-cumbre, aunque también puede producir una desesperación profunda, como señala el autor, quien apunta al lóbulo temporal del cerebro como asociado a las experiencias religiosas. "A los neurocientíficos, añade, no nos gusta mucho hablar de religión...Pero resulta cada vez más difícil ante la nueva perspectiva de la concepción del hombre en un marco de conocimiento mucho más amplio que en épocas anteriores". La neuroteología, que trata de la localización de las áreas cerebrales relacionadas con la fe, es investigada principalmente por el neurólogo americano Andrew Newberg, mediante tomografías o fotografías del cerebro en estado de meditación. Hay estudiosos que defienden la tesis de que las experiencias religiosas son producidas por señales eléctricas en los lóbulos temporales, que pueden ser provocadas por situaciones de ansiedad, crisis dolorosas o falta de oxígeno o glucosa en sangre. Sus efectos son muy parecidos a los ataques epilépticos, como los sufridos por Pablo de Tarso o Teresa de Jesús (Ciencia-Mente, Obra colectiva, Olañeta, 1998). No salimos del ámbito imaginativo.
La Ciencia viene en nuestra ayuda, para decirnos con toda solemnidad que "el mundo es pura ilusión". Es una frase dicha por la neurocientífica gallega, Susana Martínez-Conde, del Instituto Neurológico Barrow, de Phoenix (Arizona. EE.UU.) experta en las percepciones visuales, que es el objeto principal de sus investigaciones, para completar su afirmación con esta otra, fruto de muchos años de trabajo: "No hay nunca una percepción que sea una réplica exacta de la realidad. El cerebro no intenta reconstruir la realidad tal y como es, sino que construye nuestra experiencia subjetiva, y la correspondencia nunca es total". Es decir, todo lo que hay es mi cerebro es ‘sólo mío' y puede no reflejar exactamente lo que hay fuera de mí. Bien lo saben los magos, que "utilizan ilusiones ópticas y visuales en sus espectáculos, apoyándose en las ilusiones cognitivas que ocurren en nuestros circuitos neuronales. Los trucos de magia buscan generalmente romper la relación normal causa-efecto". La investigadora española reconoce con humildad que "calculamos que hay dos docenas de áreas del cerebro que se dedican al procesamiento visual, y apenas sabemos cómo funcionan las tres primeras". Sus experimentos analizan las posiciones de los ojos mil veces por segundo, para apreciar las conexiones entre las percepciones visuales y las ilusiones. De nuevo, el subconsciente nos juega malas pasadas, porque la vista puede ir por un lado y por otro nuestros pensamientos subliminales, de los que no nos damos cuenta. ¿No son las revelaciones meras ilusiones?
Con nuestra mente podemos construir universos de ficción, mundos imaginarios y casi siempre simbólicos, de cuya existencia real no se duda. Como en el sueño fisiológico, esas imágenes no se generan a voluntad sino caprichosamente o por motivaciones extrañas al sujeto. Pero son intensas y capaces de originar deducciones fantasiosas de la mente, que no sabe distinguir entre imágenes oníricas y realidad, en ambos casos seres reales, aunque separados del cuerpo. Seres que conforman un ‘mundo simbólico', tan vivo y real para el sujeto como el material que le rodea, capaces de hablar y de comunicarse. Los sentidos no intervienen en el proceso, pero pueden ‘imaginar' que oyen voces, que traban conversación y que reciben mensajes de esos seres imaginados. Es el fundamento psicológico de las revelaciones. Parece claro que la creencia ‘animista' favorece esta contemplación de un mundo sobrenatural, en el que todo es posible. Creencias que se originan en la persona por deducción propia, o inducida, pero las consecuencias pronto dejan de ser individuales para transformarse en colectivas. Es muy posible que sin la ‘sociedad', por muy tribal que fuera, no se habría sistematizado el sentimiento religioso. (Continuará).
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29 Marzo 2009
El mito de la divinidad (5)
Desde luego, no resulta posible demostrar la existencia de ningún dios a través de la lógica, como quiso hacer en el siglo XIII Tomás de Aquino con sus ‘cinco vías'. El filósofo que más se acerca a la definición de la divinidad es el judío Baruc Spinoza, en el siglo XVII, que niega la trascendencia, tomando siempre como base al raciocinio, lo cual le valió el marbete de "el marrano de la razón". El ‘inmanentismo' de Spinoza es una doctrina que sostiene el primado de la experiencia interna religiosa sobre el conocimiento discursivo de Dios. "Sólo puede existir, desde un punto de vista lógico, una única sustancia, que es independiente, inmutable, infinita, causa de sí misma, y que existe de modo necesario y eterno. Dios es causa inmanente, pero no transitiva, de todas las cosas. Fuera de Dios no puede haber ninguna sustancia. Todo lo que es cierto de una esencia es cierto para siempre. El universo, en su conjunto, se convierte en manifestación de una única realidad, Dios: Deus sive Natura (Dios o Naturaleza). Sólo puede haber una sustancia porque ninguna sustancia puede producir otra sustancia. Fuera de Dios nada puede ser ni concebirse, luego el mundo es tan eterno como Dios". Estas y otras sentencias de Spinoza en su Ética se ajustan a una estricta filosofía de la religión, muy alejada de la psicología que lo reduce a un simbolismo de algo ‘presente' para la psique, pero inexistente en la realidad. Panteísmo frente a monoteísmo.
Sin embargo, la fe en alguna divinidad no significa, en absoluto, la descalificación del creyente. La fe tiene un denominador común, pero muy variadas manifestaciones. No es lo mismo la fe del fanático que la del sabio liberal. Condenar en bloque a todos los creyentes sería traicionar a héroes admirables, artistas o pensadores geniales y seres humanos conmovedores. Un filósofo ateo confiesa: "Tengo demasiada admiración por Pascal, Leibniz, Bach o Tolstoi -sin hablar de Gandhi, Etty Hillesum o Martin Lutero King- como para poder despreciar la fe a que apelaban...Y demasiado afecto por varios creyentes, entre mis allegados, como para pretender herirlos de ninguna manera" (André Comte-Sponville, El alma del ateísmo. Introducción a una espiritualidad sin Dios, Paidós, 2006). Admirable postura que comparto, habiendo sido testigo de innumerables obras de caridad y abnegación de personas muy cercanas, a las que amo y en las que confío. El ateísmo no es incompatible ni con la religiosidad ni con la política. El ateo, si no es indiferente, sigue siendo una persona social, transigente y comprensiva, que no busca ni la confrontación ni el proselitismo. Sólo la libertad de conciencia.
A vueltas con la divinidad, el mundo científico actual está dividido porque algunos se resisten a subordinar sus creencias a su razón. La cuestión numérica, que se aduce para inclinar la balanza a uno ú otro lado, no es importante. Desde que Friedrich Nietzsche dejara escrito -aunque sacado de contexto- aquello de que "Dios ha muerto", muchos hombres de ciencia sostienen una dura lucha interior, que se traduce en ataques de simple nerviosismo o de pánico incontrolado. Dígase lo que se quiera, al cerebro le cuesta muy mucho doblegarse ante la evidencia experimental, que hace innecesaria la existencia de ninguna clase de divinidad. Según el físico mundialmente famoso por su esclerosis lateral amiotrófica, "la evidencia científica sugiere que jamás existió un momento específico en que el mundo se creó; por tanto, no hay motivo para admitir la existencia de un Creador. El universo no parece tener ni fronteras, ni límites, ni principio, ni fin, siempre ha sido autosuficiente". Sus últimas investigaciones le han llevado a concluir que el Big-Bang, el propio universo y el tiempo físico están inmersos en una ‘quinta dimensión' diferente a las tres dimensiones del espacio, más la cuarta del tiempo. (Stephen Hawking, Brevísima historia del tiempo, Crítica, 2005).
Superando la teoría de la relatividad, Hawking llega a postular que "el espacio-tiempo real es tan solo obra de nuestra imaginación" y que el universo no tiene fronteras, ni está afectado por nada fuera del mismo. "No sería ni creado ni destruido. Simplemente sería. ¿Qué lugar habría entonces para un Creador?" (La teoría del todo. El origen y el destino del universo. Debate, 2007). En la parte opuesta, un científico como Leon Lederman, Premio Nobel de Física, sentencia: "Sólo Dios sabe lo que pasó en el principio de los tiempos". Descalifica, así, la especulación científica, quizás por no entenderla, como casi todos nosotros. Pero hay que admitir que esas especulaciones no son gratuitas, sino que están fundamentadas en múltiples deducciones matemáticas y procesos experimentales. No cabe ya más que emplear cada uno su propio juicio crítico, inclinándose por la teoría que le parezca más acertada, rechazando prejuicios y haciendo valer sólo su raciocinio, ese maravilloso instrumento que dignifica al homo sapiens sapiens.
Para el positivismo, con su aversión a la metafísica, la ciencia experimental es la única fuente verdadera del conocimiento. Precisamente porque la religión nace de la emoción del miedo, sentimiento involuntario de angustia y dependencia ante el futuro incierto, para proporcionar al individuo alguna esperanza en su ansiosa búsqueda de felicidad duradera. La ciencia, por el contrario, se basa en la razón deductiva, sin hacer caso de las emociones, busca la verdad por el camino de la experimentación, paso a paso, al margen de revelaciones, mitos y supersticiones. Ni la metafísica ni la teología son capaces de dar una respuesta científica a la pregunta básica: por qué hay algo en lugar de no haber nada. En cambio, el espectacular avance de la ciencia nos va revelando que resulta innecesario acudir a ningún Dios para justificar el origen de la materia, según la teoría del Universo Inflacionario, que propugna un universo sin principio ni fin.
Divididos, como todos los humanos, los científicos buscan la verdad de la naturaleza y de la vida, pero dudan en lo más íntimo de su conciencia, creyendo algunos que esas dudas pueden alimentar una fe inquebrantable. Pero la duda es incansable y ha de estar acompañada inevitablemente por el sufrimiento psíquico. Aunque este dolor del espíritu es lo más noblemente digno que puede soportar cualquier ser humano. Para superarlo, no basta con seguir el consejo de Octavio Fullat: "Nada puede contarse de Dios, ni siquiera que existe. Lo postulamos y nada más" (El pasmo de ser hombre, Ariel, 1995). Porque, en lógica, postulado es una proposición que se admite como verdadera sin pruebas, como fundamento necesario de ulteriores razonamientos. La fe religiosa no puede pasar de esta condición de ‘postulado' imaginario, pero la Verdad exige una base algo más sólida, es decir, razonada, científica, sin someterse a dogmáticas ‘revelaciones' de profetas iluminados. (Continuará)
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