Categoría: Conciencia
28 Noviembre 2009
Epílogo (5)
El misterio de la vida ya no será resuelto por ningún dios ‘inventado', sino por la ciencia y el trabajo del hombre, si es que algún día llega a conocerse por completo. Los espíritus ya no serán la respuesta a tanto enigma sin resolver, ni intervendrán, para bien o para mal, en la vida del hombre: seguirán siendo tan invisibles como inexistentes. Los dioses ya no serán una fabulación quimérica destinada a calmar la angustia existencial. El mito, aunque tenga una base histórica o psicológica, siempre será una leyenda que escapa a la realidad (las mismas letras componen la palabra timo, que remite al engaño del crédulo y que inspira el último libro de Puente Ojea La religión ¡vaya timo!, Laetoli, 2009). Son las conclusiones a las que he llegado al final de mi vida. Nada debo creer que no haya pasado por el tamiz de mi juicio crítico, el cual me dice que todas las religiones son falsas. Ni siquiera se salva el cristianismo, en el que he sido educado con el más entrañable de los cariños y la más amorosa de las intenciones. Como dice un filósofo italiano: "la razón y la ética son incompatibles con la teoría y la práctica del cristianismo" (Piergiorgio Odifreddi, Si queremos ser racionales y honestos no podemos ser cristianos y menos aún católicos, RBA, 2008).
No obstante esta sentencia condenatoria del conjunto, soy consciente de que existirán miles de creyentes, tanto en la jerarquía como en la base, que no se sientan identificados con los hechos criminales ni con las falseadas doctrinas del cristianismo como institución. Conozco a muchos cristianos que viven con alegría y firmes convicciones su fe aprendida y nunca puesta en duda. No es mi intención invitarlos a la apostasía. Ni mucho menos. Los problemas de conciencia son individuales y solamente el individuo puede hacerles frente, sin ‘ayuda' exterior que lo coaccione. La educación, como ya he dicho, es indispensable para la maduración de la conciencia, pero puede ser un peligro si no se educa en libertad y para la libertad.
Por lo que a mí respecta, estoy en disposición de admitir, siempre en el supuesto de que la materia y la energía son una misma cosa, que lo eterno, y por tanto, lo ‘divino' es la energía, que ni nace ni muere, "únicamente se transforma", como dice el postulado científico de la Termodinámica. Aunque existan otras ‘dimensiones' en el universo, una energía eterna excluiría, por innecesaria, la noción de un Dios creador. Es más, esta energía ‘endiosada' rechazaría no sólo la veneración y el culto a su ‘divinidad' sino la diferenciación con las ‘criaturas', según la fórmula ‘mágica' de Spinoza, que repito: Deus sive Natura (Dios o Naturaleza). Todo cuanto existe forma parte de esa energía eterna (Naturaleza), que se va transformando sin cesar. El problema para los físicos se plantea con una pregunta sin respuesta por el momento, según creo: ¿Se contradice esta eternidad con el inicio de este universo, prisionero del tiempo y del espacio?
Pero si alguien rechaza esta teoría de la eternidad de la energía, por inverosímil, ¿qué otra cosa es Dios? le preguntaría. ¿Por qué negarle ese carácter de eternidad a la energía, si estamos dispuestos a aceptar que hay un Dios eterno? Ese Ser invisible, poderoso y eterno, que existe desde siempre ‘fuera' del universo, ¿por qué existe? ¿No es más absurdo creer que es ‘necesario' un Dios -al menos- para que el universo exista? ¿O es que realmente nuestra vida es un sueño, una ilusión? Los grandes interrogantes siguen sin respuesta, por supuesto, porque la fe no atiende a razones. Según los ‘entendidos' es un ‘don de Dios' que no a todos se concede. Es la manipulación de la ‘magia' sacerdotal: ‘sólo los ciegos podrán ver'.
Pero los avances de la Ciencia son abrumadores para curar esa ‘ceguera': se ha descubierto un nuevo estado de la materia en 1994, el "estado fermiónico", que transmite electricidad sin pérdida de energía.; se está profundizando en la nanotecnología, en las propiedades de las ‘células madre', que permiten la regeneración de los tejidos y la clonación de seres vivos. Se ha entendido ya el complejo sistema bioquímico del genoma y está muy avanzado el estudio neurológico del sistema nervioso, abriendo campos insospechados sobre las potencias desconocidas de nuestro cerebro, que sustituyen al alma preconizada por los antiguos, que carecían de tales conocimientos orgánicos. En el cerebro se oculta el gran ‘misterio de la vida'.
En astronomía los avances son aún más llamativos si cabe: se ha descubierto agua en la Luna y en Marte, lo que permite augurar un futuro de viajes espaciales y la posibilidad de vida en otros planetas; se ha captado la radiación de focos de luz a tres minutos del Big.Bang, calculando el comienzo del universo hace unos 4.500 millones de años; los telescopios espaciales van abriendo misteriosos caminos hacia las estrellas más lejanas, y los microscopios electrónicos nos han introducido en el proceso vital más pequeño, que parece estar en las bacterias, que son la forma dominante de vida en la Tierra, con una longevidad de más de 300 millones de años. En resumen, la Ciencia moderna es un "surtidor fascinante de novedades", como diría José Antonio Marina. Por desgracia, muy pocos humanos se acercan a él para disfrutar y alimentarse de su verdad y de su belleza.
Desde luego, la Ciencia tiene ante sí un cúmulo de misterios aún por desvelar. Muchos investigadores (entre ellos el español Juan Oró) han ‘fabricado' en el laboratorio todo tipo de biomoléculas vivas, demostrando así que la materia inorgánica puede generar ‘espontáneamente' la materia orgánica. Pero todavía no se sabe cómo pudieron las moléculas orgánicas dar lugar al primer ser vivo. El bioquímico belga Christian de Duve, premio Nobel de 1974, opina que los procesos que existían en la Tierra en la fase pre-biótica, anterior a la vida, deben producirse en cualquier otro lugar del universo donde se den condiciones similares, puesto que todo es un mero proceso físico-químico. Por tanto, no hay que descartar la existencia de seres vivos en millones de mundos parecidos.
Hay, por otra parte, un límite que no quiero traspasar. Para muchas personas, distanciarse de la religión, apostatar de cualquiera de ellas, y poner en evidencia sus defectos y fraudes, sean doctrinales o morales, tendría que ir acompañado de una postura sentimental de odio, con el consiguiente deseo de aniquilación total, como predica el ateísmo marxista, ya que "la religión es el opio del pueblo" (A. Kryvelev, Historia atea de las religiones, Júcar, 1985). Nada más alejado de mis sentimientos. Aunque se haya caído la venda de mis ojos y mi corazón sufra, no siento ni odio visceral ni anticlericalismo destructivo. Respeto es la palabra adecuada para expresar lo que siento. Respetar todas las creencias, respetar a todos los creyentes, aunque estén confundidos o engañados, según mi opinión, es la única forma de respetarme a mí mismo. Lo que me interesa es el individuo, no la colectividad, porque sólo existe la conciencia individual.
La libertad que quiero para mí es la misma que deseo para los demás. Traducido al sentimiento religioso, esto quiere decir que la única forma de evitar las guerras de religión y los odios fanáticos, es la práctica del laicismo como forma de vida. Cada uno buscando a su manera la felicidad soñada, sin entorpecer la decisión ajena, por muy errática que sea. Como escribe Henri Peña-Ruiz, "La autonomía del juicio y la lucidez de la inteligencia constituyen los valores decisivos de la laicidad...que permite a todos, creyentes, ateos y agnósticos, vivir juntos sin que unos y otros sean estigmatizados en razón de sus convicciones particulares" (Antología laica, Universidad de Salamanca, 2009). Solamente debo pedir el desprecio y el castigo para quienes sean conscientes de su falsedad y del daño que procuran.
Con todos sus defectos humanos y sus viciosas intenciones proselitistas, las diferentes iglesias o creencias procuran, por otra parte, un beneficio impagable a la sociedad con sus actos de caridad y de alivio de la miserable condición humana. La función social de los más abnegados religiosos no es reconocida como debiera. Hay individuos maravillosos que dan su vida, incluso, por los demás, sin saber que equivocan la motivación. Los salvan sus buenas intenciones. Espero que también me salve mi buena intención al hacer públicas mis reflexiones sobre el fenómeno religioso, inseparable de la condición humana desde los comienzos de la evolución de los homínidos. Reflexiones que dedico a Charles Darwin, quien me enseñó la importancia de la selección natural y de la lucha por la vida, para comprender por qué he nacido y por qué debo morir. Acabo estas páginas con la "explicación de la belleza y maravilla del mundo natural" que me ofrece el último libro de Juan Luis Arsuaga (El reloj de Mr. Darwin, Temas de Hoy, 2009), homenaje al gran naturalista inglés, al que me sumo en este verano de 2009, año de su centenario.
servido por Francisco
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24 Septiembre 2009
Diversidad de religiones (9)
Es sabido que las religiones mayoritarias actuales nacieron como nuevos movimientos religiosos escindidos de tradiciones más antiguas: el budismo nace del brahmanismo, el cristianismo del judaísmo y el sijismo del hinduismo. Como en toda evolución, han salido favorecidas las que han sabido adaptarse a las necesidades sociales o pactar con la autoridad civil para constituirse en religión oficial de un estado o comunidad, necesitada de una cohesión religiosa para alcanzar la unidad política. Religión y Política han ido de la mano en numerosas ocasiones, aunque en otras ha corrido la sangre en abundancia. Pero solamente han luchado espada en mano las religiones monoteístas, para defender al dios único, frente a los ‘atrevidos avances' de los dioses rivales.
El Trono y el Altar han sabido beneficiarse mutuamente, sobre todo en los regímenes monárquicos y autoritarios. Por el contrario, las creencias politeístas, acostumbradas a unos dioses nada intransigentes, como que tenían que convivir entre ellos, repartiéndose el poder y la veneración de los fieles, no han conocido las guerras de religión a gran escala. Ocurre lo mismo con las que practican la no violencia (nunca veremos empuñar las armas a los budistas, por ejemplo) y quienes no son partidarios de hacer prosélitos, la gangrena más evidente de los monoteísmos. ¿Qué cristiano de fe profunda no se avergonzará de su historia, repleta de hechos violentos, conversiones forzadas, torturas inquisitoriales, eliminación física del disidente? Todavía hoy existen Estados que apoyan una determinada religión. Sin embargo, la tendencia actual es la no confesionalidad estatal, y por tanto la libertad religiosa de los ciudadanos. El futuro será, sin duda, del laicismo, doctrina respetuosa con todos los credos, basada en el respeto a las creencias individuales, como derecho de toda conciencia libre (Henri Peña-Ruiz y C. Tejedor de la Iglesia, Antología laica, Universidad de Salamanca, 2009)..
El artículo 18 de la Declaración universal de los Derechos humanos (aprobada en 1948) dice así: "Cualquier persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión, lo cual implica la libertad de poder cambiar de religión o de convicción, así como la libertad de manifestar su religión o convicción en solitario o en grupo, tanto en público como en privado, mediante la enseñanza de las prácticas, el culto y la realización de los ritos".Parece que la humanidad, por fin, ha entrado en la mayoría de edad, que supone la absoluta libertad de pensamiento, sin someterse a ninguna autoridad ideológica que no haya pasado la prueba de aptitud en el tamiz de la propia razón. Las nuevas generaciones vivirán en guardia contra el síndrome de Peter Pan, en el que ha consistido la tradicional educación religiosa: "Si no os hiciereis como niños no entraréis en el reino de los cielos" (Mc: 10,15).
La multiplicidad de religiones que pueblan la Tierra (tanto si son monoteístas como si son politeístas) sólo se pueden contemplar bajo dos supuestos: o bien todos los dioses adorados por los hombres son verdaderos, o todos son falsos. No es posible que tantos ‘entes' eternos puedan ser verdaderos a la vez., por tanto, la falsedad es manifiesta. O tienen existencia real fuera de la materia, a la que crean ‘de la nada', o no la tienen, y son pura ilusión virtual. Si lo primero, como defiende el creacionismo, sería indiferente el pertenecer a una u otra religión; la polémica sería exclusivamente ‘partidaria' entre politeísmos y monoteísmos, primero, y entre las religiones de un solo dios, después, para dilucidar cuál de ellos es el único y verdadero. Si la respuesta es la ‘virtualidad' de los dioses, es decir, su inexistencia real, ya que sólo viven en la imaginación del homo sapiens, se ha de reconocer que la humanidad ha vivido en un engaño permanente, subyugada por la idea de que esta vida terrena, tan desgraciada, se ha de continuar en otra, más placentera. Mi razón me dice que esto es pura ilusión.
Si la falsedad es consustancial a todas las religiones, hay que clamar, aunque sea en el desierto, contra esa múltiple, continuada y fanática alienación que adormece las conciencias, impidiendo ver con claridad el camino para salir indemne de tan loca servidumbre. Algo que solamente podrá llevar a cabo la reflexión imparcial y profunda, el sometimiento de los sentimientos a la razón y de las costumbres supersticiosas a los dictados del juicio racional, huyendo como de la peste de la fe impuesta y propagada por los falsos profetas, que suelen presentarse bajo el rótulo engañoso de la ‘auctoritas'. (No admito más ‘autoridad' que mi propia conciencia, de donde nace mi propia dignidad). Cuando el delirio se adueña de la mente humana, deja de ser racional para someterse a las exigencias de la emoción delirante. Al hombre racionalmente sano le basta y le sobra con su razón bien informada para dilucidar sobre la verdad de las cosas, sin necesidad de seguir ningún ‘criterio de autoridad', aprendido en las escuelas del ‘pensamiento único', donde nadie enseña a vivir y pensar en libertad, que es el marchamo interior que me distingue del animal, y que debe guiar todas mis acciones.
La primera reflexión que se presenta a la consideración humana, por tanto, es la de sustanciar si existe un solo Dios, diversificado, o si todas las religiones son iguales, o mejor, igualmente falsas. En este supuesto, ninguna ha de ser preferida si admite la utilidad como el único criterio válido de la fe. Tesis muy práctica, pero egoísta, además de incompatible con el sentido de la espiritualidad. Siguiendo la idea de Freud de que la religión es una ilusión necesaria, sin la cual el hombre no podría sobrellevar las calamidades de la vida, escribió Antonio Gala (1995) que "todas las religiones son innecesarias, pero mientras una religión aquiete al hombre, lo mantenga en paz con sus semejantes y ordene su espíritu para que se sienta acompañado, sea bienvenida". Idea recogida también por Fernando Savater, al exponer en una entrevista que "cualquier mitología alegremente asumida cuenta con mis simpatías". Este ‘utilitarismo' individual pasa a ser ‘políticamente correcto' cuando la misma sociedad lo acoge como propio: es la paz colectiva la que está en juego. Se admite la religión en tanto en cuanto ‘sirve' al proyecto político de la comunidad.
Pero esta postura acomodaticia atenta contra la dignidad del pensamiento humano. No importa que los fundamentos religiosos sean absurdos ni que sus dogmas anulen la razón y la libertad. Por encima de todo, dicen los ‘utilitaristas', por encima del ser humano individual, se impone la ‘razón de Estado'. Es preciso que el amor a la verdad se someta al sosiego social, como ha ocurrido a lo largo de los siglos. ¿Por qué, si no, han protegido siempre las autoridades civiles las crueldades de la cristiandad contra los disidentes y aun los meros sospechosos a los inquisidores de la fe? ¿Por qué admiten los seguidores del Islam la pena de muerte contra el adulterio y la homosexualidad? Más aún, ¿por qué las autoridades musulmanas obedecen el mandato coránico de "matar a los que no creen en Alá" (Corán, s.IX.v.28)? ¿No es la creencia religiosa el aglutinante violento y agresivo del nuevo Israel? Para un observador imparcial, resulta incomprensible que estas tres religiones recen al mismo Dios y busquen, por medios tan diversos, la unidad política y la salvación eterna para sus fieles creyentes. En vez de la razón, la esquizofrenia es la enfermedad que parece dominar al hombre.
Quienes consideran que la ‘veracidad' de una fe depende del número de adeptos, yerran también escandalosamente, porque un consenso generalizado no prueba que una creencia sea cierta. En el colmo del ‘utilitarismo', se propugna una solución tan ‘diplomática' como poco efectiva para salvaguardar la dignidad de la razón, es decir, una mezcla de todas ellas, un ‘sincretismo universal', un ‘consenso' generalizado entre las autoridades religiosas, como hacen los políticos, aunque ello supusiera ceder en sus fundamentos doctrinales. Incomprensiblemente, para algunos filósofos, tenidos por sensatos, como Eugenio Trías, "la única religión verdadera sería aquella que fuese capaz de sintetizar las existentes" (Pensar la religión, Destino, 1997). Como ya dijo, años antes, con similares palabras, Raimon Panikkar, en El silencio de Buda, al propugnar una "fecundación mutua" de las religiones, porque ninguna está en posesión de la verdad absoluta. (Buda. 53 sutras y cartas de meditación para el silencio y la paz interior (Edaf, 2004). Se hallará la paz interior, pero no la verdad. (Continuará).
servido por Francisco
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15 Septiembre 2009
Del politeísmo al monoteísmo (6)
En el continente americano predomina hoy, entre las religiones indígenas, casi todas mezcladas con las ideas recibidas de Europa, el ‘sincretismo' religioso, que consiste en la mezcla de todas ellas, para obtener una amalgama no sólo imaginativa y respetuosa con las creencias tradicionales, sino, lo que parece más evidente, incapaz de resistir la más mínima crítica de la racionalidad. Se supone por los científicos que la llegada de los humanos al continente americano se produjo por el norte, cuando no existía casi el estrecho hoy conocido como de Bering, hace unos 14.000 años. Los grupos étnicos más conocidos en la antigüedad son: los olmecas, un milenio anterior a nuestra Era, que fueron absorbidos por los mayas, quienes dominaron América central durante seis siglos (desde el siglo IV d.C.) que veneraban a dioses violentos por todas partes, con grandes templos y sacrificios humanos para aplacarlos. También en México, aparecen la cultura de Teotihuacan, adoradores del Sol y de otros dioses celestiales (400 a.C.) y los zapotecas (200 a.C.) con decenas de dioses. En las Antillas se han encontrado huellas mucho más antiguas de pueblos politeístas, como los taínos (2.000 a.C.) y en el sur del continente, a orillas del Pacífico el grupo llamado de Valdivia, con registros fósiles de 3.500 años a.C., al oeste de Guayaquil, al mismo tiempo que se estaba consolidando el poder egipcio.
El fenómeno religioso más antiguo de Perú es la llamada "primera teocracia de los Andes", según los restos milenarios encontrados en Chapín, Paracas y los enigmáticos surcos de Nazca, ya en Chile. En Bolivia la deidad máxima era el Sol, con la Puerta del Sol, en las ruinas de Tiahuanaco, que aún se conserva, de los primeros años de nuestra Era. De la misma época es la cultura mochica en Perú, que tenían por dioses al Sol, a la Luna y a las estrellas. Pero, sin duda, la civilización más avanzada fue la de los incas, también adoradores del Sol, asentados en Perú desde el siglo XII d.C. con su centro religioso y neurálgico en la ciudad andina de Machu Pichu, cerca de Cuzco. Generalmente, todos ellos eran guerreros a los que no asustaba la sangre, pero que, por sus creencias politeístas, quedaron asombrados con la llegada de los primeros colonizadores europeos, a quienes se subordinaron como a dioses llegados del Más allá, aunque después sufrieran la crueldad de los sanguinarios conquistadores.
Queda, por fin, el judaísmo, la religión incruenta y monoteísta que se supone nació en tierras palestinas, por obra de los egipcios expulsados de su país a causa de su monoteísmo. La costumbre israelita no incluía los sacrificios humanos, pero sí los de animales, como ofrendas al dios único. Sabemos que, con motivo de la dedicación del primer templo de Jerusalén por el rey Salomón, se sacrificaron 22.000 bueyes y 120.000 corderos. Naturalmente, el motivo era muy especial y no creo que estos sacrificios se pudieran mantener cada año a ese nivel, pero indica que eran habituales en las fiestas religiosas los sacrificios, sobre todo de corderos. Los hebreos vagaron por el desierto de Canaán durante 40 años, hasta establecerse por la fuerza en un territorio que creían les pertenecía por la promesa de Yahvéh, su ‘dios inventado', que los consideraba -asombrosa autosugestión- su "pueblo elegido". Con este pueblo, destructor de ídolos y dioses extraños, comienza en realidad el auténtico monoteísmo bíblico, extendido después a otras creencias, como el cristianismo y el islamismo, exclusivistas, proselitistas y fanatizadas, que darán lugar a guerras sin cuartel, aunque conviviendo con religiones politeístas en todos los continentes.
Exceptuando el breve período de culto al dios único Atón, el politeísmo domina entre los pueblos durante miles de años. También fueron politeístas los caldeos, eslavos, celtas, germanos, iberos, galos, fineses, lituanos, griegos, etruscos y romanos en el continente europeo. En el asiático, los fenicios, persas, asirios, árabes, chinos y japoneses, con miles de dioses en el sintoismo; eran politeístas los pueblos polinesios, y en el continente americano, los mayas de Tikal y Palenque adoraban a quince divinidades y hacían sacrificios de sangre para conjurar y aplacar a los dioses. En el mismo continente, los dioses aztecas tenían ansia de carne humana, sobre todo de corazones frescos, ya en siglos posteriores. Los dioses ‘imaginados', fuesen cuantos fuesen, siempre tan soberbios y distantes, necesitaban el olor de la sangre. Al fin y al cabo, no eran más que la imagen viva del hombre, agresivo y sanguinario por naturaleza y por historia. Ni daban ni pedían amor, solamente obediencia y sumisión, respeto y fidelidad, engañando a sus criaturas con una promesa ilusoria de felicidad. Su mandamiento principal era el mismo para todos los humanos: "Cierra los ojos de tu razón y tu corazón no sentirá el aguijón de la duda".
En este breve recorrido histórico, falta por considerar cómo la superstición religiosa ha ido siendo arrinconada por la ciencia, en su avance imparable hacia la Verdad. "Desde el principio de los tiempos, la espiritualidad y la religión se han utilizado para llenar los huecos que la ciencia no comprendía. La salida y la puesta del sol se atribuyeron a Helios y a un carro de fuego. Los terremotos y maremotos a la ira de Poseidón. La ciencia ha demostrado ahora que esos dioses eran ídolos falsos". Esto dice Dan Brown en Ángeles y demonios (Umbriel, 2004), que continúa con estas palabras: "Las Sagradas Escrituras son cuentos...Leyendas e historias de la lucha del hombre por comprender su necesidad de encontrar un significado". Para la Ciencia no hay más criterio de veracidad que la experimentación y el juicio crítico, tan ajeno a mitos y revelaciones, ensueño y alucinaciones, origen de las más absurdas creencias.
La gran masa de humanos, de aquende y allende el océano, de ayer y de hoy, generación tras generación, ha ido transmitiendo y asimilando como verdades evidentes lo que no son más que fantasías interesadas. Somos muy pocos los que nos percatamos, ahora y antes, de que ese "significado" no se puede encontrar de espaldas a la razón, la única ‘herramienta' de que disponemos para emitir juicios de veracidad o falsedad. Ni las leyendas, ni los mitos, ni la fe en nocturnas ‘revelaciones' nos pueden indicar el camino de la verdad. Podremos sentirnos muy satisfechos con esos ‘cuentos de hadas', pero nuestra razón nunca dará su consentimiento a esas imaginaciones irreales, basadas más en sentimientos que en juicios de valor. Sabemos que es mucho más fácil encontrar la (engañosa) felicidad en la senda trillada que nos marcan los ‘hombres de fe', pero también que el ejercicio responsable de la reflexión es lo que nos hace más dignos de la condición humana, aunque para esto sea necesario enfrentarse dialécticamente con la opinión mayoritaria. La democracia nunca podrá imponer leyes ni dioses al más íntimo de los santuarios, la conciencia. Desde ella podré ver, con equidad y sinceridad, lo que ha significado para la humanidad el cúmulo casi infinito de creencias religiosas. (Continuará).
servido por Francisco
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6 Septiembre 2009
OJOS QUE NO VEN (82)
Del politeísmo al monoteísmo (2)
La Sierra de Atapuerca, en Burgos (España), es un lugar único en el mundo. Aquí se han encontrado los fósiles más viejos de Europa; aquí se ha nombrado una nueva especie (Homo antecesor); aquí se ha descubierto el más antiguo caso de canibalismo; y aquí, finalmente, se han hallado restos de la más primitiva práctica funeraria. De "regalo envenenado" califica Arsuaga la capacidad intelectual con la que se enriquecieron. No sabemos cuándo se alcanzó entre los últimos eslabones del género Homo la conciencia de la vida y de la muerte. Esta ‘conciencia' es el "regalo envenenado" de que habla Arsuaga, porque "aquellos burgaleses de hace 300.000 años deben ser admitidos como miembros de pleno derecho en la misma familia de seres atribulados a la que pertenecemos nosotros". En la llamada Sima de los Huesos se acumularon cuerpos, de hombres y animales, algunos todavía completos, "en un estado de conservación sorprendentemente bueno a pesar de los años transcurridos".
Las prácticas funerarias descubiertas en Atapuerca tienen un enorme interés para rastrear los orígenes de la religión. De momento, se puede asegurar que las únicas criaturas que lloran a sus muertos y tratan con respeto a los cuerpos sin vida somos los humanos (con excepciones que confirman la regla). En la Sima de los Muertos no hay enterramientos, propiamente dichos, sino acumulación de cadáveres, "en un lugar especial". Lo que ya indicaría una conciencia de ‘otra vida' sería el hallazgo de cadáveres enterrados junto a cualquier objeto de su vida terrena. Esta costumbre podría estar ya asentada entre los neandertales de hace 60.000 años, como indican los registros fósiles. Pero, desde luego, eran habituales en la época del arte rupestre, de los adornos personales y de las figurillas femeninas que se han considerado como representación simbólica de las primeras diosas de la historia (hace unos 32.000 años). El culto a los antepasados, siguiendo la opinión de Herbert Spencer, "es la fuente y origen de la religión". Idea que completa Marvin Harris, al tratar del tótem de los pueblos primitivos: "Gran parte de lo que se conoce como totemismo no es sino una forma de culto difuso a los antepasados" (Nuestra especie, Alianza, 1995). Pero el tótem no era más que un objeto sagrado, que ‘representaba' el espíritu de los antepasados en cada tribu o clan familiar.
"La invención de los dioses se debe fundamentalmente al miedo". Esta frase de Petronio, que resume todo lo dicho con insistencia anteriormente, nos devuelve al origen del género Homo, y más concretamente al Homo sapiens, consciente ya de su propio miedo y de esos seres ‘sobrenaturales', a los que debía acudir para eliminarlo. Pero transcurrieron muchos años hasta que ese sentimiento de impotencia ante el miedo dejara de ser individual y tribal para convertirse en colectivo y social, inaugurando la verdadera historia de las religiones. Durante el periodo Epipaleolítico (18.000-9.300 a.C.) los cromañones vivieron en cuevas y abrigos naturales, como cazadores y depredadores, consumidores casi exclusivos de carne, incluida la humana, pero ya con sensibilidad artística y simbólica, que dejaron documentada en las primeras pinturas rupestres. Con el Neolítico (9.300-7.000 a.C.) llegaron los asentamientos, las agrupaciones sociales, las ciudades, la agricultura, la ganadería, la alfarería y la minería, además de la ‘invención' de los dioses y los cultos colectivos. Estas son las coordenadas temporales en las que se ha de encuadrar el nacimiento de las religiones, diversas aunque con un sustrato común: la angustia de la muerte y la ilusión de seguir viviendo ‘más allá'. También se puede aducir que la ciudad más antigua de Europa, Çatal-Hüyük, en los montes turcos de Anatolia, con una antigüedad de unos 7.000 años, contaba con algún palacio custodiado por animales imaginarios, símbolos de entidades sobrenaturales.
La gran expansión urbana se produjo 4.000 años a.C. en Mesopotamia, la "Tierra de los cinco Mares" (Mediterráneo, Caspio, Negro, Rojo y Golfo Pérsico) entre los Montes Zagros (actual Irán) y el desierto de Siria. Enorme extensión regada por los dos grandes ríos, Tigres y Eúfrates, donde se fueron formando durante miles de años grandes depósitos sedimentarios que favorecieron la agricultura. Estas fértiles llanuras fueron el escenario privilegiado del origen de las primeras religiones ‘ritualizadas', en un entorno ciudadano en el que se inventaron, además de los dioses, la escritura, la rueda, el ladrillo, la cerámica, la fragua, la domesticación de algunos animales, las industrias del metal y de la construcción, las necrópolis y los templos. Sin olvidar la jerarquización de la sociedad, con sus reyes y su capital, Uruk (Erec) la más importante de la región durante casi cinco mil años (4.000 a.C.-siglo III d.C.), centro religioso de primer orden, con varios templos célebres, como Kullaba, donde se veneraba al dios An, ‘señor del Cielo', y Eanna, donde recibía culto la diosa de los sumerios Inanna, la Isthar de los acadios y la Astarté de los fenicios. En los templos mesopotámicos había siempre un altar para los sacrificios cruentos. (Michael Roaf, Mesopotamia y el antiguo Oriente Medio, Ed. del Prado, 1992). (Continuará).
servido por Francisco
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7 Marzo 2009
III
El mito de la inmortalidad (1)
El andamiaje doctrinal de todas las religiones, especialmente la cristiana, se sustenta sobre dos bases de arenas movedizas, con el inevitable derrumbamiento de todo el edificio en cuanto la razón humana descubra la debilidad de sus argumentos. Esas dos bases, que los seducidos por los memes adquiridos en la educación creen tan sólidas, son la dignidad del hombre, que merece la felicidad por su ‘imaginada' condición de ‘hijo del dios inventado', y la esperanza de conseguirla durante toda la eternidad, fiado en las ‘palabras' de ese dios, tan huecas de sentido como el mismo ‘invento' divino. La dignidad del ser humano, tal como yo la veo, no puede residir en ninguna filiación de ese Ser Supremo, que no existe, sino en el propio cerebro de la especie homo sapiens, producto natural de la evolución darwiniana. Ese cerebro, excepcional entre todas las criaturas, que puede reflexionar sobre su propia vida, es algo tan asombrosamente único y maravilloso, que es, por sí mismo, digno de vivir exigiendo el respeto de los demás humanos. Otra cosa es que se lo merezca. La dignidad sería, pues, una derivación de la propia mente evolutiva, cuya psique no es ningún espíritu, sino la función cerebral en sí misma considerada. Donde hay cerebro humano, ha de haber dignidad. Vivida y exigida hasta el momento de la muerte. Por esta razón considero que el aborto no es tal mientras no haya cerebro en el feto. Es la consecuencia lógica de la inexistencia del alma.
El académico Julio Casares, en su Diccionario etimológico de la lengua española (2ª ed. Gustavo ili, 1959) define la esperanza como un "estado del ánimo en el cual se nos presenta como posible lo que deseamos". Es, por tanto, un sentimiento cuya base es imaginativa ("se nos presenta") y cuya finalidad es, como la de todos los sentimientos, satisfacer un deseo. Se pueden esperar cosas muy diferentes: a/ el cumplimiento de una ley natural (que arraigue el árbol que acabo de plantar, que me hijo crezca fuerte y viva larga vida, que el sol salga cada mañana); b/ el cumplimiento de una ley social (que se haga justicia, que venza el mejor, que respeten mi vida y mi hacienda); c/ el cumplimiento de una ley moral (que mi amigo no me traicione, que mis méritos sean reconocidos, que no se descubran mis secretos); d/ el cumplimiento de una promesa religiosa (que mi vida se prolongue en otro mundo de felicidad).
Según la mitología clásica, Zeus, para castigar a los mortales por haber aceptado el fuego de Prometeo (es decir, el alma) que los elevó por encima de los demás animales, "ordenó al industrioso Hefesto que cuanto antes modelara, con agua y arcilla, un rostro que se asemejara al de las diosas inmortales, de bella, virginal y amable presencia, que fuese el torturador eterno de los hombres" (Hesíodo, Los trabajos y los días). En otras palabras, creó a la primera mujer para castigar al hombre, instalando en su pecho la índole engañosa, los embustes y el discurrir astuto. Esta mujer recibió el nombre de Pandora. Zeus se la entregó al incauto Epimeteo, hermano de Prometeo, junto con el primer regalo de bodas de la historia: una caja que no debían abrir por ningún motivo. Tal prohibición suscitó la curiosidad femenina, de modo que Pandora abrió la caja y de ella salieron todos los males que afligen al mundo. Hesíodo, el primer machista griego, volcó su ira sobre ella: "De ella, en efecto, nació la estirpe nefasta de las mujeres. ¡Ah, qué desgracia tan inmensa para los hombres mortales!" (Teogonía). "Por suerte, dice un comentarista, en el surtido de la caja no faltaba la Falaz Esperanza. De lo contrario, los hombres, abrumados por las desgracias, seguramente no lo hubieran soportado y se habrían suicidado" (Luciano de Crescenzo, Los mitos de los dioses, Seix Barral, 1994).
Porque es imposible vivir sin esperanza. Por ella comemos, tenemos hijos, plantamos un árbol, rezamos y deseamos. Pero, a tenor de lo dicho, hay diversas clases de esperanza, inseparables de algún deseo, que se puede llegar a realizar o no, con la consiguiente satisfacción o insatisfacción. En cualquier caso, la esperanza desaparece sin mayores consecuencias que la de un contratiempo o una experiencia placentera, que podremos ‘sentir' en su realidad. Es una vivencia real. Por el contrario, todos los creyentes que sueñan con el cuarto deseo (la esperanza religiosa en la inmortalidad), al despertar verán su engaño. Porque tal esperanza es un mito, una ilusión sentimental.
En el seno del cristianismo la esperanza es el sentimiento dominante. Cuando el también académico español Pedro Laín Entralgo publica su conocido libro La espera y la esperanza. Historia y teoría del esperar humano (Revista de Occidente, 1957) reconoce que su esperanza es, primordialmente política: "el logro de una España en buena salud, bien vertebrada y en pie, propuesto por la generación de 1914". Sin embargo, amplía su visión a la esperanza de la fe, culminación de una espiritualidad que se asienta en la creencia firme de una vida futura, después de la muerte: "La esperanza cristiana tiene que ser un misterioso, gratuito y sobrenatural acabamiento de la pasión y del hábito de vivir esperando" porque "un hombre sin esperanza sería un absurdo metafísico". Palabras que me parecen no suficientemente pensadas, porque son conocidas miles de personas que viven en la desesperanza, sin sentir ninguna necesidad de confiar en un futuro de eterna felicidad, tal como nos prometen los imaginativos profetas de la fe religiosa.
En todo su razonamiento Laín sigue las sentencias de Agustín de Hipona, el obispo converso, en especial cuando escribe que "sólo la esperanza puede consolarnos de la fugacidad del presente". La esperanza es, pues, un consuelo, es decir, algo inexistente, una ilusión, un "autoengaño consolador". El santo de Hipona, como los demás Santos Padres del cristianismo, no hizo más que intentar tranquilizar su conciencia anunciando males sin cuento para los réprobos que no admitan sus fantasiosas elucubraciones, sin el más mínimo respeto a las conclusiones de la razón, también creada por ese dios al que dicen servir y predicar. Los textos evangélicos en los que fundamenta su exposición no pueden ser más endebles, aunque demos por supuesto que no son interpolaciones posteriores. El primero es de Mateo: "Después de mi resurrección iré delante de vosotros a Galilea" (Mt XXV, 32). El segundo es de Lucas: "Como relámpago fulgurante, que brilla de un extremo a otro del cielo, así será el Hijo del Hombre en su día" (Luc XVII, 24). El tercero, de Marcos: "Porque quien se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del Hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles" (Mc VIII, 38) y "Veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Poder y venir entre las nubes del cielo" (XIV, 62). ¿Dónde se habla de una vida futura? (Continuará).
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6 Marzo 2009
El mito del alma (7)
La creencia en un alma espiritual distinta del cuerpo no es una creencia intrascendente, ya que sobre ella descansa el entero edificio de las cien mil religiones diferentes que se han ido estableciendo en nuestro mundo, al menos desde cinco mil años antes de Cristo: "toda la vida depende de si el alma es mortal o no" (Gabriel Albiac, La muerte. Metáforas, mitologías, símbolos, Paidós, 1996). De forma contundente, el neurobiólogo español Francisco Mora, se hace esta pregunta retórica, inapelable desde un punto de vista científico: "Si el alma fuera distinta del cerebro ¿por qué el individuo afectado por las drogas pierde sus funciones normales y cambia de conducta?" (Los laberintos del placer en el cerebro humano, Alianza, 2006). "La fe -escribe Puente Ojea en su insustituible ensayo sobre El mito del alma (Siglo XXI, 2000) - no autoriza a convertir los deseos en realidades". Y continúa con autoridad: "Si desapareciese la gratuita convicción de que existen almas personales espirituales e inmortales, las religiones teístas se derrumbarían irremediablemente, pues perderían su base de sustentación".
La cosmovisión mítico-religiosa del mundo se basa en la falsa hipótesis animista, que está presente en todas las culturas, indígenas o civilizadas, desde los egipcios hasta los iraníes, chinos, hindúes y demás creyentes en el dualismo alma/cuerpo. La premisa indispensable de cualquier doctrina religiosa es la creencia en el alma, porque, concluye Puente Ojea: "No hay religión sin mito del alma". Y la causa de ese mito es, como el de todos los mitos, "nuestra ilimitada capacidad para engañarnos a nosotros mismos", como asegura el premio Nobel de Medicina, Francis Crick, descubridor del ADN y autor de La búsqueda científica del alma (publicada originalmente en inglés con otro no menos sorprendente título The Astonishing Hypothesis, 1994). Todo el edificio religioso de mi infancia, por tanto, se fundamenta en un engaño (autoengaño sugerido y alimentado por la educación) y no encontraré la libertad de conciencia hasta que expulse de mi mente los monstruos, no por imaginados, menos peligrosos. Un ‘monstruo' que me hizo pensar en alguna ocasión fue la imagen de mi alma conducida al cielo por un par de ángeles, como hacían los que se ven en el sepulcro del Infante D. Sancho (año 1.181) en la catedral de Burgos o en tantas otras pinturas y miniaturas de los siglos medievales. (¡Bendita edad aquélla, que se alimenta de cuentos y leyendas!). Edad que, para la mayoría, perdura hasta la muerte.
Con singular clarividencia y absoluta fidelidad a sus tesis materialistas, Gonzalo Puente Ojea subtitula su último estudio sobre el Animismo (Siglo XXI, 2005) como "El umbral de la religiosidad". Es decir, por la puerta -o portillo- de la creencia animista se cuelan de inmediato otras creencias de menor trascendencia, como los demás invisibles espíritus que se cree han convivido desde el comienzo con la especie humana, tan proclive a la presencia entre nosotros de seres fantásticos, llámense ángeles, demonios, fantasmas o extraterrestres. Y en último lugar, que sin duda es el primero, creer en el alma individual trae consigo, como consecuencia inmediata, la creencia en un Supremo Espíritu, Dios Eterno, creador, providente, padre y juez al mismo tiempo, a quien todas las almas deben reverencia, culto y obediencia si desean conseguir los beneficios de una eternidad feliz en la perpetua contemplación de la Divinidad. Mientras más lo pienso más absurdo me parece que toda la Humanidad, durante tantos siglos, se haya adormecido en sus conciencias con tales cuentos infantiles.
Avanzando un poco más en la tesis anti-animista, cuando el profesor Paul Diel ‘psicoanaliza a la divinidad', afirma que "el alma no está en el individuo ni fuera de él". Lo que el individuo percibe cuando actúa es "sólo el sentimiento de animación". (Paul Diel, Psicoanálisis de la divinidad, FCE, 1974). Reduce la ‘vivencia' del espíritu a un mero ‘sentimiento', por eso, "después de la muerte del cuerpo y de la psique, el alma no deja el cuerpo, porque no estaba encerrada en él; tampoco continúa viviendo a través del tiempo, porque jamás ha comenzado a vivir en el tiempo".Es pura imaginación. El misterio de la ‘animación' no tiene explicación posible: "Es tan insensato querer explicar realmente de dónde viene la vida o a dónde va (como quieren hacerlo las religiones dogmáticas) como insensato es el afirmar que la vida sale de la nada y vuelve a la nada. Las dos afirmaciones son ensayos para explicar lo inexplicable: el misterio", porque "el alma es el símbolo personificado del misterio de la animación, manifiesta en forma del impulso animador. El impulso no es otra cosa que el deseo esencial de armonización para conseguir la satisfacción esencial...Este impulso no es sobrenatural, sino un fenómeno natural, inmanente a la naturaleza humana". Diferenciando, al modo helénico, alma y psique, Diel define a ésta como "el conjunto de las funciones psíquicas", mientras que la primera es "el símbolo mítico del misterio de la animación". Lo que el hombre ‘siente' es un ‘mero símbolo' de la animación, símbolo que desaparecerá con la vida, como todos los símbolos sentimentales (amor, odio, temor, alegría, esperanza) que han acompañado al cuerpo durante su existencia (cuando desaparece el cuerpo, desaparece su sombra; cuando el cerebro deja de emitir energía, mueren todas sus funciones).
No lo entiende así la Iglesia Católica que, en la última edición de su Catecismo establece dogmáticamente que el alma es "semilla de eternidad" (33), "espiritual e inmortal", directamente creada por Dios (no dice cuándo) que se une al cuerpo en "una sola naturaleza" (365) y no perece cuando se separa del cuerpo en la muerte, sino que "se unirá de nuevo al cuerpo en la resurrección final" (366). Todos los humanos somos "creados a imagen del Dios único y dotados de una misma alma racional, una misma naturaleza y un mismo origen" (1934). Por el pecado original de nuestros padres (¿) Adán y Eva, según Pablo de Tarso, "entró la muerte en la Humanidad" (Ro 5,12) y se quebró el dominio del alma sobre el cuerpo. Un pecado con el que todos nacemos y que origina la "muerte del alma" (¿) como se dejó escrito en el Concilio de Trento (DS 1512). Hay que ser muy crédulo y sumiso para aceptar estas y otras afirmaciones semejantes, que chocan frontalmente con la razón y el sentido común.
La culminación del ‘invento' humano de los espíritus, y la más reciente, es el espíritu por antonomasia, el llamado por la doctrina cristiana Espíritu Santo, expresión que no aparece en los escritos bíblicos, que no conciben a Dios como espiritual o inmaterial. Para el Nuevo Testamento, en cambio, donde pocas veces se hace alusión a seres espirituales, Dios ya es espíritu (Jn 4,24) y en Pablo el espíritu se contrapone a la carne (Rom 8,4-13) como ‘virtud divina' que anima al hombre ‘espiritual' dominador de las malas pasiones (1Cor 3,1), capaz de realizar acciones extraordinarias (Sansón, Otniel, Gedeón, Yefté, Saúl) en el Antiguo Testamento. La primera expresión Espíritu Santo es del profeta Isaías, a comienzos del destierro de los israelitas, en un largo poema de súplica colectiva a Yahvéh por los pecados de su "Pueblo Santo": "Mas ellos se rebelaron y contristaron a su Espíritu santo" (Is 63, 10).
Con este adjetivo, la palabra espíritu es asumida y difundida por los escritos neotestamentarios, los apologetas, exégetas, apóstoles y teólogos posteriores como "la actividad del Padre, con el Hijo, sobre las criaturas", según la cita del actual Catecismo católico. El ‘invento' del hombre primitivo ha llegado a su máxima significación ideológica, al ser "el que inspira las Escrituras, el que vivifica la Iglesia, el que regenera al pecador, el que fortalece en la fe, ilumina a sacerdotes y obispos, distribuye carismas y mueve los corazones intentando atraerlos a Dios". Palabras vacuas que se alejan, tanto de la realidad ‘sagrada' del misterio simbólico como de la realidad ‘empírica' del mundo. Si fuese verdad cuanto enseña este Catecismo, no habría mayor fracaso en toda la historia que el de este ‘inventado', invisible pero poderosísimo, Espíritu Santo.
Aunque la ‘invención' de los espíritus tiene tantos años como la Humanidad, poéticamente hay quien la ha fechado en el siglo V a.C. al proponer como su ‘creadora' a Safo, la poetisa lesbiana de la isla de Lesbos (Grecia). No deja de ser una propuesta literariamente aceptable (Bruno Snell, El descubrimiento del espíritu, Acantilado, 2008) pero no en el sentido religioso de la palabra. Para el creyente, el alma es su más precioso tesoro, que ha de ser protegido de todos los peligros. Es la piedra preciosa por la que luchan encarnizadamente las fuerzas del Bien contra las del Mal, que aspiran a su posesión eterna. Pero este autoengaño, tan sentimental, no deja de ser una falsedad que embauca, subyuga y aprisiona a la mayoría de los pobres humanos, tan ignorantes del misterio de la vida. Si pusiéramos a votación la creencia en un alma inmortal la victoria de los creyentes sería aplastante. Pero por muy democrática que fuese no podría obligarme a prestar mi asentimiento a una ‘patraña' inmemorial, en la que no creo ni puedo creer sin traicionar a mi conciencia. (Continuará).
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5 Marzo 2009
El mito del alma (6)
Incluso algunos grandes pensadores de mi época, a quienes he conocido y tratado, creyentes de sincera fe, han conservado una reticente sumisión a los dogmas recibidos. Sin atreverse a dar el paso a la incredulidad, han manifestado su disconformidad en cuestiones puntuales de la enseñanza católica. Para mí fue particularmente emotiva la sesión de homenaje al profesor Pedro Laín Entralgo, en el mes de abril de 1999, con motivo de la presentación de su último libro Qué es el hombre, premio Jovellanos de ese año. Cuando, postrado en su silla de ruedas, balbuceando las palabras a sus 91 años de edad, proclamó ante el auditorio que renunciaba a la idea del alma, porque estaba ya convencido de su inexistencia, como había apuntado en su otro libro Cuerpo y alma (Espasa-Calpe, 1991) al escribir que su propósito era "mostrar con documentación y rigor que las actividades tradicionalmente atribuidas al alma pueden ser razonablemente referidas a la estructura dinámica del cuerpo". Además de convicción razonada, hubo sentimiento contagioso en sus palabras.
Otros dos temas que han dado origen a variedad de hipótesis se refieren a la sede del alma en el cuerpo y al momento de su ‘encarnación'. Un libro demencial, cuyo contenido no responde exactamente al título (Gary Zukav, El lugar del alma, Plaza Janés, 1990), propone que el alma es una porción divina "Dios asume formas individuales, gotitas de agua, reduciendo su poder a pequeñas partículas de conciencia individual". Sin embargo, el enunciado responde a una sincera preocupación de los filósofos desde la antigüedad, al menos desde que Hipócrates afirmara que el alma tiene su sede en el cerebro. Como sabemos, para los egipcios residía en el corazón (ba), el único órgano vital que se mantenía dentro del cuerpo tras la momificación. Descartes la sitúa en la ‘glándula pineal', mientras que el cirujano mayor de Luis XIV, La Peyronnie, la sitúa en el ‘cuerpo calloso' (1747). Opinión que es rechazada por el médico español Miguel Sabuco, escondido tras el nombre de su hija Oliva Sabuco de Nantes, muy elogiada por el benedictino Feijoo, en el siglo XVIII, por haber defendido que el alma se localizaba en todo el cerebro y no sólo en la glándula pineal.
El problema parece intrascendente, pero no lo es en la actualidad, cuando se ofrecen tantas posibilidades de trasplantes de órganos. Cierto que aún no se ha llegado al trasplante exitoso de una masa cerebral completa, pero sí a extirpaciones de partes de esa masa, con los interrogantes científicos inherentes a tal clase de operaciones quirúrgicas. Se diría que el alma se puede ‘dividir', ya que extirpada una parte de la masa cerebral, el sujeto puede seguir viviendo, quizás disminuido, pero vivo. Si el órgano trasplantado no es vital, como las extremidades, riñones, hígado, incluso páncreas y pulmones, no parece que peligre la ‘identidad' de la persona. Tampoco si se trata del corazón, una vez aceptado que no es más que un músculo-motor, sin relación con los sentimientos, como es creencia común. Si a un ser humano, como parece que ya se ha hecho y seguirá haciéndose en el futuro, se le amputan todos sus miembros excepto el cerebro completo, mantiene viva su conciencia y personalidad. Entonces, ¿dónde sino en el cerebro se puede alojar la conciencia, el ‘yo' individual?
Si, como parece, la identidad de una persona reside en la memoria, allá donde se esconda esa memoria será la ubicación de la supuesta alma. El monstruo del doctor Frankenstein ¿tendría el alma alojada en la memoria del difunto criminal? ¿Sin posibilidad de redención? ¿Era realmente un ser humano ‘individualizado'? Lo único que pueden demostrar y asegurar los científicos es que sin cerebro no hay vida. Como dice el investigador español Javier de Felipe, "el cerebro no se puede sustituir; si lo cambiamos, cambia nuestra esencia. Somos nuestro cerebro" (En conversación con Eduardo Punset, Cara a cara con la vida, la muerte y el universo, Destino, 2004).Con palabras muy parecidas se expresa el catedrático de Psicología en Harvard, Steven Pinker: "La conciencia no reside en un alma etérea...es la actividad del cerebro".
El otro tema trascendente, en relación con el alma, es el referente a su unión con el cuerpo. Si es Dios mismo, como enseña la doctrina católica, quien crea cada alma individual, ¿en qué momento ocurre la ‘encarnación' del alma espiritual en el cuerpo mortal? El problema se complica cuando, al intentar encontrar una respuesta, se presenta la duda de si un retrasado mental o un embrión humano son portadores del alma inteligente, inmortal y destinada a la eterna felicidad. Pero vayamos al embrión: Si según Tomás de Aquino, el eminente teólogo medieval, autor de la Suma Teológica, Dios introduce el alma racional sólo cuando el feto es un cuerpo ya formado, la consecuencia es que los embriones no son ‘seres humanos', contra la doctrina más actualizada, que defiende lo contrario. (La encíclica de Pablo VI Humanae Vitae, de 1960, confirma la "perversidad" de la contracepción -mejor, contraconcepción- y el aborto, doctrina ratificada por Juan Pablo II y su sucesor en el Pontificado).
La tesis de ‘embrión=persona' no es compartida ni por las iglesias protestantes, ni por ninguna otra religión, incluidas las monoteístas. Según el Talmud, el libro sagrado del judaísmo, el embrión se convierte en persona gradualmente, en el segundo mes del embarazo. Para la religión islámica, el alma entra en el cuerpo cuarenta días después de la concepción. Con este criterio, se admite sin reparos la experimentación con células embrionarias antes de la formación de los órganos vitales, en un plazo aproximado de seis semanas. (Un embrión, antes de los 20 días tiene una dimensión inferior al milímetro, y no tiene órganos ni tejidos diferenciados. El corazón comienza a latir en la cuarta semana tras la fecundación y el cerebro, considerado como el lugar de la conciencia, no tiene actividad hasta la octava semana de la gestación). La tesis de que el embrión, desde la fecundación, es ya un ser humano es racionalmente insostenible, al menos para la ciencia moderna. Es solamente un ‘futurible' humano. (Continuará).
servido por Francisco
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28 Febrero 2009
II
El mito del alma (1)
Cuenta la leyenda mitológica, narrada por Hesíodo en su Teogonía (522), que el titán Prometeo creó al hombre, moldeándolo con arcilla, y después le entregó una chispa del fuego sagrado, que él mismo había robado del Olimpo. La ira de Zeus, el padre de los dioses, le condenó a quedar encadenado a perpetuidad a una roca del Cáucaso, donde un buitre le roería el hígado durante el día, renovado milagrosamente durante la noche. Allí estuvo sufriendo varios siglos, hasta ser liberado por Hércules, el héroe mítico que después sería divinizado. Entre las varias interpretaciones que se pueden dar a este mito, la que se difundió por Grecia en el siglo IV a.C. era que Prometeo habría sido el "creador" del hombre, al otorgarle el fuego de la vida, pero seis siglos más tarde, ya la leyenda se completa con la intervención de la diosa Minerva, que es quien infunde personalmente el espíritu, personificado en Psique, con alas de mariposa.
En otras palabras, el fuego de Prometeo es el ‘espíritu' que fecunda la arcilla humana para que nazca la conciencia que dará vida al homo religiosus, el cual se define por una experiencia ‘sagrada', simbólica, que le induce a regular su conducta, acatando con firmeza las exigencias ideológicas del simbolismo religioso. El homo religiosus, primate consciente de su ‘yo', que hunde sus raíces en el paleolítico, "se mueve en un universo simbólico de mitos y ritos", como reconoce el antropólogo Fiorenzo Facchini (Tratado de antropología de lo sagrado, Trotta, 1995). Es de suponer que no todos los primitivos humanos tuvieron acceso directo a esta realidad simbólica, pero quienes sí lo consiguieron ocuparon por este mismo hecho una situación dominante en las primeras colectividades o clanes tribales, que se han ido sucediendo después con el nombre de chamanes, brujos, gurús o sacerdotes de las religiones más elaboradas. Habrá quien piense que el símbolo responde a una realidad espiritual, pero su propiedad más característica es su virtualidad, es decir, un producto de la imaginación, imagen sin existencia real fuera de la conciencia, aunque en ésta pueda aparecer como viva y realmente existente (Es un producto de la fantasía, como Peter Pan o el Ratoncito Pérez, que sólo ‘viven' en una mente infantil). Esta fe individual en los símbolos se hace colectiva con facilidad, mediante los ritos y ceremonias ‘sagradas' que acompañan a toda institución religiosa.
.El filósofo alemán Inmanuel Kant, padre de la Ilustración, dejó escrito en su obra Sueños de un visionario que "la naturaleza espiritual no se conoce sino que se supone", porque "la representación de uno mismo como un espíritu, esto es, el alma, se adquiere mediante inferencia", al carecer de experiencia que la evidencie. O como afirma explícitamente otro filósofo moderno: "No hay nada que pueda llevar a afirmar con seguridad la existencia real del individuo fuera del cuerpo" (Ferrater Mora, El ser y la muerte). Al no tener el hombre una ‘experiencia' de su espíritu, ha de contentarse con una ‘vaga sensación' de su existencia, alimentada por la educación, es decir, por el meme heredado (religioso o no) como una verdad incomprensible pero indiscutible, porque así lo exige la lógica de su propia conciencia individual. ¿Cómo es posible que mi pobre cuerpo, tan impotente y efímero, pueda actuar por sí solo, sin un ‘motor espiritual' que lo ‘anime'? ¿Y cómo pueden tener actividad las plantas y los animales sin un ‘motor' similar? Ningún organismo vivo (dicen los creyentes) puede tener existencia sin una ‘esencia' espiritual que lo anime. De eso tratan las religiones, nacidas por el poder de la imaginación y alimentadas por la ignorancia. Por eso siempre han temido a la ciencia, fuente de sabiduría.
Para Paul Diel, el origen del hombre está unido indisolublemente a la idea de religiosidad, constitutiva de su conciencia. Estas son sus palabras: "La mutación del consciente en ‘conciencia' crea al hombre, al ser capaz no sólo de ‘sentir' el terror sagrado, sino también de vencerlo por la vía de la ‘espiritualización-sublimación', cuya primera manifestación histórica es el animismo (existencia del alma después de la muerte), la forma más primitiva de religiosidad" (Dios y la divinidad, FCE, 1986). A esta hipótesis sobre el origen de la religiosidad, responde el catedrático español Francisco J. Rubia que "la conciencia es el más llamativo de los engaños cerebrales...Puede crear una imagen del mundo imaginada, útil para la supervivencia, pero falsa" (El cerebro nos engaña, Temas de Hoy, 2000). Creo que ambos tienen razón. El cerebro puede crear una imagen falsa del mundo y de la religiosidad, pero esto no invalida su carácter simbólico, que nunca pretende ser verdadero. El cerebro sería así, mitopoyético, una palabreja que lo identifica como ‘creador de mitos'.
Este espíritu ‘animador' del cuerpo humano, al que los latinos llamaron anima, derivado en alma para los hispanohablantes, debe estar unido forzosamente a un cuerpo mortal: será creado ‘para' un cuerpo determinado, dando origen a la persona y compartiendo su destino final. Después de seculares disputas teológicas, la Iglesia católica acepta la creación ‘ex nihilo' (de la nada) por Dios en el momento de la fecundación, pero se opone decididamente a la desaparición final, antes bien, como base de toda su doctrina de salvación, enseña que el alma o espíritu de los seres humanos continúa viviendo durante toda la eternidad. Algo incongruente, pero admitido sin oposición por quienes han recibido el ‘don' de la fe, interesados en que su vida se pueda prolongar indefinidamente. Mucho más absurdas, aunque no es el momento de analizarlas, son las teorías, admitidas por una gran parte de la Humanidad, de la ‘reencarnación' después de la muerte, o de la ‘resurrección' del cuerpo para acompañar al alma en ese periplo futuro de vida eterna. (Continuará).
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