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La Coctelera

La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

Categoría: cristianismo

28 Noviembre 2009

OJOS QUE NO VEN (156)

 

Epílogo (5)

 

El misterio de la vida ya no será resuelto por ningún dios ‘inventado', sino por la ciencia y el trabajo del hombre, si es que algún día llega a conocerse por completo. Los espíritus ya no serán la respuesta a tanto enigma sin resolver, ni intervendrán, para bien o para mal, en la vida del hombre: seguirán siendo tan invisibles como inexistentes. Los dioses ya no serán una fabulación quimérica destinada a calmar la angustia existencial. El mito, aunque tenga una base histórica o psicológica, siempre será una leyenda que escapa a la realidad (las mismas letras componen la palabra timo, que remite al engaño del crédulo y que inspira el último libro de Puente Ojea La religión ¡vaya timo!, Laetoli, 2009). Son las conclusiones a las que he llegado al final de mi vida. Nada debo creer que no haya pasado por el tamiz de mi juicio crítico, el cual me dice que todas las religiones son falsas. Ni siquiera se salva el cristianismo, en el que he sido educado con el más entrañable de los cariños y la más amorosa de las intenciones. Como dice un filósofo italiano: "la razón y la ética son incompatibles con la teoría y la práctica del cristianismo" (Piergiorgio Odifreddi, Si queremos ser racionales y honestos no podemos ser cristianos y menos aún católicos, RBA, 2008).

No obstante esta sentencia condenatoria del conjunto, soy consciente de que existirán miles de creyentes, tanto en la jerarquía como en la base, que no se sientan identificados con los hechos criminales ni  con las falseadas doctrinas del cristianismo como institución. Conozco a muchos cristianos que viven con alegría y firmes convicciones su fe aprendida y nunca puesta en duda. No es mi intención invitarlos a la apostasía. Ni mucho menos. Los problemas de conciencia son individuales y solamente el individuo puede hacerles frente, sin ‘ayuda' exterior que lo coaccione. La educación, como ya he dicho, es indispensable para la maduración de la conciencia, pero puede ser un peligro si no se educa en libertad y para la libertad.

Por lo que a mí respecta, estoy en disposición de admitir, siempre en el supuesto de que la materia y la energía son una misma cosa, que lo eterno, y por tanto, lo ‘divino' es la energía, que ni nace ni muere, "únicamente se transforma", como dice el postulado científico de la Termodinámica. Aunque existan otras ‘dimensiones' en el universo, una energía eterna excluiría, por innecesaria, la noción de un Dios creador. Es más, esta energía ‘endiosada' rechazaría no sólo la veneración y el culto a su ‘divinidad' sino la diferenciación con las ‘criaturas',  según la fórmula ‘mágica' de Spinoza, que repito: Deus sive Natura (Dios o Naturaleza). Todo cuanto existe forma parte de esa energía eterna (Naturaleza), que se va transformando sin cesar. El problema para los físicos se plantea con una pregunta sin respuesta por el momento, según creo:   ¿Se contradice esta eternidad con el inicio de este universo, prisionero del tiempo y del espacio?

Pero si alguien rechaza esta teoría de la eternidad de la energía, por inverosímil, ¿qué otra cosa es Dios? le preguntaría. ¿Por qué negarle ese carácter de eternidad a la energía, si estamos dispuestos a aceptar que hay un Dios eterno? Ese Ser invisible, poderoso y eterno, que existe desde siempre ‘fuera' del universo, ¿por qué existe? ¿No es más absurdo creer que es ‘necesario' un Dios -al menos- para que el universo exista? ¿O es que realmente nuestra vida es un sueño, una ilusión? Los grandes interrogantes siguen sin respuesta, por supuesto, porque la fe no atiende a razones. Según los ‘entendidos' es un ‘don de Dios' que no a todos se concede. Es la manipulación  de la ‘magia' sacerdotal: ‘sólo los ciegos podrán ver'.

Pero los avances de la Ciencia son abrumadores para curar esa ‘ceguera': se ha descubierto un nuevo estado de la materia en 1994, el "estado fermiónico", que transmite electricidad sin pérdida de energía.; se está profundizando en la nanotecnología, en las propiedades de las ‘células madre', que permiten la regeneración de los tejidos y la  clonación de seres vivos. Se ha entendido ya el complejo sistema bioquímico del genoma y está muy avanzado el estudio neurológico del sistema nervioso, abriendo campos insospechados sobre las potencias desconocidas de nuestro cerebro, que sustituyen al alma preconizada por los antiguos, que carecían de tales conocimientos orgánicos. En el cerebro se oculta el gran ‘misterio de la vida'.

En astronomía los avances son aún más llamativos si cabe: se ha descubierto agua en la Luna y en Marte, lo que permite augurar un futuro de viajes espaciales y la posibilidad de vida en otros planetas; se ha captado la radiación de focos de luz a tres minutos del Big.Bang, calculando el comienzo del universo hace unos 4.500 millones de años;  los telescopios espaciales van abriendo misteriosos caminos hacia las estrellas más lejanas, y los microscopios electrónicos nos han introducido en el proceso vital más pequeño, que parece estar en las bacterias, que son la forma dominante de vida en la Tierra, con una longevidad de más de 300 millones de años. En resumen, la Ciencia moderna es un "surtidor fascinante de novedades", como diría José Antonio Marina. Por desgracia, muy pocos humanos se acercan a él para disfrutar y alimentarse de su verdad y de su belleza.

 Desde luego, la Ciencia tiene ante sí un cúmulo de misterios aún por desvelar. Muchos investigadores (entre ellos el español Juan Oró) han ‘fabricado' en el laboratorio todo tipo de biomoléculas vivas, demostrando así que la materia inorgánica puede generar ‘espontáneamente' la materia orgánica. Pero todavía no se sabe cómo pudieron las moléculas orgánicas dar lugar al primer ser vivo. El bioquímico belga Christian de Duve, premio Nobel de 1974, opina que los procesos que existían en la Tierra en la fase pre-biótica, anterior a la vida, deben producirse en cualquier otro lugar del universo donde se den condiciones similares, puesto que todo es un mero proceso físico-químico. Por tanto, no hay que descartar la existencia de seres vivos en millones de mundos parecidos.

Hay, por otra parte, un límite que no quiero traspasar. Para muchas personas, distanciarse de la religión, apostatar de cualquiera de ellas, y poner en evidencia sus defectos y fraudes, sean doctrinales o morales, tendría que ir acompañado de una postura sentimental de odio, con el consiguiente deseo de aniquilación total, como predica el ateísmo marxista, ya que "la religión es el opio del pueblo" (A. Kryvelev, Historia atea de las religiones, Júcar, 1985). Nada más alejado de mis sentimientos. Aunque se haya caído la venda de mis ojos y mi corazón sufra, no siento ni odio visceral ni anticlericalismo destructivo. Respeto es la palabra adecuada para expresar lo que siento. Respetar todas las creencias, respetar a todos los creyentes, aunque estén confundidos o engañados, según mi opinión, es la única forma de respetarme a mí mismo. Lo que me interesa es el individuo, no la colectividad, porque sólo existe la conciencia individual.

La libertad que quiero para mí es la misma que deseo para los demás. Traducido al sentimiento religioso, esto quiere decir que la única forma de evitar las guerras de religión y los odios fanáticos, es la práctica del laicismo como forma de vida. Cada uno buscando a su manera la felicidad soñada, sin entorpecer la decisión ajena, por muy errática que sea. Como escribe Henri Peña-Ruiz, "La autonomía del juicio y la lucidez de la inteligencia constituyen los valores decisivos de la laicidad...que permite a todos, creyentes, ateos y agnósticos, vivir juntos sin que unos y otros sean estigmatizados en razón de sus convicciones particulares" (Antología laica, Universidad de Salamanca, 2009). Solamente debo pedir el desprecio y el castigo para quienes sean conscientes de su falsedad y del daño que procuran.

Con todos sus defectos humanos y sus viciosas intenciones proselitistas, las diferentes iglesias o creencias procuran, por otra parte, un beneficio impagable a la sociedad con sus actos de caridad y de alivio de la miserable condición humana. La función social de los más abnegados religiosos no es reconocida como debiera. Hay individuos maravillosos que dan su vida, incluso, por los demás, sin saber que equivocan la motivación. Los salvan sus buenas intenciones. Espero que también me salve mi buena intención al hacer públicas mis reflexiones sobre el fenómeno religioso, inseparable de la condición humana desde los comienzos de la evolución de los homínidos. Reflexiones que dedico a Charles Darwin, quien me enseñó la importancia de la selección natural y de la lucha por la vida, para comprender por qué he nacido y por qué debo morir. Acabo estas páginas con la "explicación de la belleza y maravilla del mundo natural" que me ofrece el último libro de Juan Luis Arsuaga (El reloj de Mr. Darwin, Temas de Hoy, 2009), homenaje al gran naturalista inglés, al que me sumo en este verano de 2009, año de su centenario.

 

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27 Noviembre 2009

OJOS QUE NO VEN (155)

 

Epílogo (4)

 

Hay que recordar que lo único importante en la vida es la consecución de la felicidad, un sentimiento íntimo y privado, que cada uno ha de buscar donde mejor le parezca, sin ofender a nadie (yo la encontré simplemente abriendo los ojos), pero en este mundo, ya que el paso de la laguna Estigia en la barca de Caronte es una ficción mitológica. No hay una frontera al ‘más allá', donde volvamos a convivir con los seres queridos, en un abrazo eterno. Sólo se puede ser feliz (mejor, disfrutar de momentos felices) en este minúsculo planeta, olvidado en un extremo del universo conocido, que no se mueve más que por un motor emocional: la búsqueda de la felicidad. A ella todos tenemos derecho, aunque el medio para conseguirla sea para la sumisa mayoría la mentira doctrinal y el desprecio o la incomprensión de los avances científicos, inaceptables para los ‘ciegos' voluntarios.

Entre ellos hay muchas personas a las que aprecio, y aun amo con intensidad, que se sentirán defraudadas y quizás escandalizadas cuando lean estas páginas. Yo también sufro pensando en su sufrimiento, pero no puedo engañarme a mí mismo. He conseguido encontrar la verdad y me siento libre. ¿No dice el evangelio "la verdad os hará libres"? Pues, afortunadamente, yo lo he conseguido. Pero no, precisamente, con esa supuesta verdad tan obstinadamente falseada, mediante ‘revelaciones', que no son sino poderosas alucinaciones y autoengaños del creyente que ‘no quiere' ser descreído, sino mediante la reflexión racional que demanda mi juicio crítico, después de haber conocido los espectaculares y recientes descubrimientos de la Ciencia

Si tuviera que definirme ideológicamente, diría que soy racionalista, es decir, un homo sapiens sapiens dependiente de mi razón, que me constituye alejándome de ‘inventos' espirituales y de imaginarias ‘ilusiones', más cercanas a la demencia que al sentido común. La palabra racionalismo fue condenada en 1864 por el Syllabus de Pío IX, como uno de "los principales errores de nuestra época". Condena que fue ratificada por el Concilio Vaticano I y por Juan Pablo II en su encíclica Fides et Ratio, con un deseo imposible de conciliar la razón y la fe.  ¡Qué pesada carga es la razón para quien quiere creer! La razón es el don ‘divino' por excelencia: no admite el engaño ni la falsedad; intenta superar los desvaríos de las tradiciones, las costumbres, los dichos y las enseñanzas que conducen al abismo de la ceguera y la credulidad, dos dolencias psicológicas que nos apartan de la ‘selecta' humanidad, y que nos hace diferentes de nuestros más próximos parientes animales.

Desde un punto de vista religioso, no me gusta la palabra ateo, porque la negación de Dios supone un conocimiento absoluto que no se tiene y una definición lingüística que no es exacta, precisamente por falta de capacidad cognitiva. ¿Quién es Dios? es una pregunta que presupone un dios personalizado, contrario a la necesaria infinitud. ¿Qué es Dios? es otra que lo ‘cosifica', privándole de sus atributos eternos. Si, como pensaba Spinoza, Dios es la Naturaleza, habría de llamarme materialista, al entender que sólo existe lo material (o la energía, según la ecuación de Einstein) con poder eterno. ¿Es posible tal incongruencia, rechazada de plano por los creyentes? Quizá lo sepamos algún día, cuando se encuentre la teoría ‘final' que unifique todas las fuerzas de la Naturaleza (pero yo no estaré ya aquí para saberlo). Tendremos que admitir, por tanto, la significación del  término materia, siguiendo los descubrimientos de los físicos profesionales, término tan contaminado hoy por las pobres percepciones de nuestros sentidos, que no llegan a comprender que sea lo mismo la materia que vemos que la energía que no vemos. Lo mismo cabe decir de la palabra agnóstico, que es una postura de paralización mental, atormentada por la duda, que no es capaz de aceptar la apostasía, la única respuesta coherente al cambio ideológico.

En cualquier caso, me definiría, no como irreligioso, sino como religioso no creyente. Algo no tan extraño si pensamos que existe el religioso creyente y practicante, el religioso creyente no practicante,  y el religioso indiferente. Falta en esta secuencia el religioso no creyente. Aunque parezca contradictorio, no lo es, porque creo que se puede ser, al mismo tiempo, ‘religioso', es decir, enormemente interesado en el fenómeno religioso, y no aceptar ninguna de las soluciones que ofrecen las distintas religiones. El ‘creyente y practicante' suele estar dominado por la obsesión autosugestionada que está en el camino recto, del que nada ni nadie le puede apartar. El extremo de esta autosugestión es el fanatismo, con la inmolación de la propia vida, si se cree necesario. El ‘creyente no practicante' es el esclavo de la pereza y la comodidad, que espera al ‘último día' para confesar su fe y su arrepentimiento. Hijo pródigo, que ni respeta ni se hace respetar. No es digno de imitación. El ‘indiferente' es el prototipo de la cobardía, incapaz de enfrentarse al problema espiritual, es más, que ni siquiera lo ve como problema propio, sino como ocupación de algunos desquiciados, que se interesan por un mundo que no existe. Vive sólo para satisfacer sus deseos materiales, sin importarle lo más mínimo la existencia de cualquier mundo sobrenatural.

Por el contrario, el religioso ‘no creyente' llega a esta conclusión después de una meticulosa investigación sobre su condición humana, razonando sobre cuanta información le transmiten los sentidos y haciendo frente a cuantas ‘verdades' se presentan a su conciencia como las únicas ‘verdaderas'. Precisamente, esta continua preocupación por las ideas que predican las religiones, con el estudio pausado de sus fundamentos documentales y doctrinales, hace que una persona ‘no creyente' merezca el calificativo de ‘religiosa'. Todo lo contrario a ‘indiferente'. Este es mi caso. Una gran biblioteca de temas religiosos, su lectura y reflexiones subsiguientes, me hacen acreedor a la pertenencia a esa gran masa de ‘religiosos no creyentes' que han escrito, incluso con peligro de su vida, contra las falsas creencias que se nos han transmitido durante los últimos diez mil años, aproximadamente.

A pesar de lo conseguido a día de hoy, tres grandes misterios se resisten todavía a los embates de la Ciencia: el origen del universo, el origen de la vida y el origen de la conciencia. ¡Casi nada! Dirán los religiosos creyentes que esto basta para defender la existencia de un Ser Supremo, un Dios Absoluto y único, con capacidad suficiente para crear la materia (o energía) y mantenerla mediante leyes inmutables y perdurables. Es decir, para solucionar el problema del ‘origen' de todas las cosas. Aunque así fuera, no sería posible que esas condiciones las reuniera ninguno de los dioses que compiten en el mercado religioso. ¿No sería más sensato pensar que no hay un ‘origen', que todo lo que existe es eterno y existe desde siempre, aunque eternamente cambiante? ¿Por qué? No lo sé, ni ya me preocupa demasiado. "El ateísmo, decía Onfray, es salud mental recuperada". Sustituyo la palabra ateo por religioso no creyente y me identifico con la sentencia del ateo francés, aunque me asalte la angustia  de la realidad, tal como también sentenció el mismo autor en su Tratado de ateología ( 2006): "Si rechazamos la ilusión de la fe, el consuelo de Dios y las fábulas de la religión; si preferimos querer saber y optamos por el conocimiento y la inteligencia, entonces lo real se nos aparecerá tal como es: trágico". (Continuará).

 

 

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22 Noviembre 2009

OJOS QUE NO VEN (150)

 

La cristiandad (16)

 

Pero no todo es miseria moral. Casi todos los pontífices supieron, aunque fuese en provecho propio, proteger y favorecer a los artistas que, bajo su mecenazgo, fueron autores de grandiosas obras de arte. Aunque sufrieron daños irreparables a lo largo de muchos siglos, la conservación, restauración y embellecimiento de las basílicas romanas fue preocupación de todos los papas, porque fortalecían ante el pueblo la grandeza del pontificado. San Juan de Letrán, en la que hubo cinco concilios en el siglo XII, fue destruida por un incendio en 1308 y por un terremoto en 1349. La reconstrucción se prolongó durante cuatro siglos, terminándose en 1732. San Pablo Extramuros, que fue saqueada por lombardos y sarracenos (siglos VIII y IX) fue destruida completamente por un incendio en 1823. El papa Pío IX la consagró de nuevo en 1850. Santa María la Mayor, adornada con el campanario más alto de Roma por Gregorio XI en 1378, fue devastada durante el saqueo de Roma (1527) y consagrada de nuevo por Benedicto XIV (1740-58). El Museo del Capitolio, el más antiguo del mundo, fue abierto al público en 1471 por el papa Sixto IV, en la plaza del Campidoglio, con la famosa colección escultórica de filósofos y emperadores antiguos.

Pero la ‘joya de la corona' es la basílica de san Pedro, construida de nuevo por el papa Julio II, que bendijo la primera piedra el 18 de abril de 1506 y fue consagrada en 1626 por el papa Urbano VIII. En ella trabajaron, como es sabido por todos los turistas, los mayores genios artísticos del Renacimiento, con los arquitectos Bramante, Miguel Ángel y Bernini, y decorada por Rafael y el propio Miguel Ángel, egregio autor de la inigualable Capilla Sixtina (restaurada en 1990-94). En las grutas vaticanas se encuentran las tumbas de la mayoría de los papas, excepto algunos, como el ya citado Pío IX, que prefirió estar solo en la cripta funeraria de San Lorenzo Extramuros. Pese a todo, para alguien sensible a la belleza del arte, sigue siendo verdad el reclamo publicitario: Roma, Ciudad Eterna. ¡Cuántas veces, al contemplar tanto alarde de riqueza y grandiosidad, me he preguntado si Jesús de Nazaret se sentiría cómodo en estas deslumbrantes estancias, rodeado de tanto personaje deshonesto! La respuesta, por supuesto, es negativa. Pero después sigue otra pregunta, cuya respuesta aún no encuentro: ¿Cómo es posible que tanta inmoralidad haya conseguido pasar la barrera de los veinte siglos? ¿Tan ciega es la humanidad?

La cristiandad ha soportado la ruptura, una y otra vez, de sus miembros más reflexivos, ya sea de forma individual o colectiva. Hubo y hay, como sabemos, varios cristianismos, con graves distorsiones de la fe (Corrado Augias, Investigación sobre Jesús, Mondadori, 2006). A pesar de las reconciliaciones de 1274 y 1439, las Iglesias de Occidente (católicos romanos y protestantes) y de Oriente (ortodoxos griegos y rusos) continúan su camino separadamente en el día de hoy. Sus respectivos credos proclaman que son la verdadera Iglesia, pero se refugian en su fanatismo, sin dar su brazo a torcer, aunque ya en 1965 el papa Pablo VI y el patriarca Atenágoras I retiraron sus respectivas excomuniones.". Sin embargo, no hay persona algo instruida que no reconozca la falsedad del lema de Roma: "una, santa, católica y apostólica". Ni hay ninguna iglesia cristiana que sea "santa", dada la inmoralidad de sus dirigentes; ni es "una" en vista de tanta dispersión; ni es "católica", ya que solamente cubre una parte de la geografía religiosa del planeta; ni es "apostólica", por cuanto Pedro, muy probablemente, no fue obispo de Roma. Todo se reduce a palabrería publicitaria.

De los miles de sectas que se han segregado, por alguna razón teológica, o por inconfesables motivos amenazadores (Antonio Luis Moyano, Sectas. La amenaza en la sombra, Nowtilus, 2002) sólo destacaré una, la fundada por un ‘visionario' americano, Joseph Smith, que murió asesinado en 1844. Afirmaba tener revelaciones directas del mismo Jesucristo, que se quejaba de la cristiandad, corrompida en todas sus tendencias, y se decidió a reanudar la doctrina inicial del Evangelio, fundando una nueva iglesia, la de los Mormones, depositarios de la ‘verdadera fe'. Dio a su fundación el nombre de Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos días. Es una de las más de 2.500 sectas cristianas que hacen de Estados Unidos un ‘supermercado de las religiones'.Tal diversidad hace, de hecho, inoperante el Consejo Mundial de las Iglesias, con sede en Ginebra desde 1948. Son más de dos mil millones los cristianos, pero el Dios al que adoran, Jesucristo, no guarda ningún parecido con el humilde judío de Nazaret, que vivió y murió crucificado en el siglo I de nuestra Era.. En cualquier caso, la razón y la fe jamás irán unidas en ningún movimiento religioso. La fantasía y la imaginación que provocan las ‘visiones' espirituales siempre nacerán en un ‘lugar' del cerebro humano distinto de la coordinación racional. En otras palabras, como decía Holbach, "la fe desaparece en el momento en que se razona...La verdadera tolerancia y la libertad de pensamiento son los auténticos antídotos contra el fanatismo religioso" (El cristianismo al descubierto, Laetoli, 2008).

Faltan en este libro muchos temas que deben ser considerados al tratar de la cristiandad, como el sacerdocio, la liturgia,  los sacramentos, la eucaristía, los milagros, la santidad, las misiones, la oración, la mujer, la obediencia, la gracia santificante, el pecado, las devociones, las apariciones marianas,  la persecución del pensamiento libre y tantos otros que no pueden entrar en este breve resumen sobre la historia de la cristiandad, que no continúo hasta la actualidad porque es materialmente imposible. La censura y quema de libros ha sido una constante en esta historia eclesiástica que por sí sola merecería un tratado aparte, ya que "para quienes aspiran a controlar y dominar las conciencias, el libro y la hoja escrita son siempre un enemigo en potencia" (Juan G. Atienza, Los pecados de la Iglesia, Martínez Roca, 2000). Algún día me informaré lo suficiente para poder difundir esta gran equivocación de la Iglesia católica, que nunca ha respetado la libertad, carcoma de su doctrina.

Algunos ‘pecadillos' ("errores", en versión edulcorada) ya han sido reconocidos por el papa Juan Pablo II (1994), como la maldad intrínseca de la Inquisición, con sus millares de víctimas, algunas tan inocentes como Giordano Bruno, quemado en la hoguera en febrero de 1600. Pero la intención papal fue ‘rebajada' por presiones de la curia eclesiástica, intransigente siempre con la publicidad y el debate de sus ‘pecados', antiguos y modernos, que se deben ocultar para no empañar la memoria del cristianismo (tal ocurre hoy con la pederastia de los sacerdotes, problema de tal magnitud que ha dejado en la bancarrota a varias diócesis de los Estados Unidos de América). En edstos últimos tiempos la Santa Sede ha tomado contacto con disidentes cristianos, como los ortodoxos y anglicanos, con vistas a una unión que no hará cambiar la historia ni volverá a  la sencillez evangélica. La falsedad es intrínseca a todas las confesiones.

Como el cambio no da tregua a la civilización, la doctrina cristiana no ha tenido más remedio que ‘acomodar' sus exigencias a los nuevos tiempos, aceptando algunas teorías científicas y la variante axiología que demoniza los horrores de épocas pasadas. Así ha ocurrido con la libertad de pensamiento y de expresión, con el reconocimiento de los derechos humanos y la abolición de la esclavitud, con la emancipación de la mujer y las interferencias en la política. No hay más remedio que reconocer, a pesar de su insistencia en antiguos ‘errores', que la Iglesia de hoy dista mucho de la historia ‘criminal' de siglos pasados. Lo que hoy escribo -y lo mismo se puede decir de miles de autores contemporáneos- me sentenciaría de inmediato a los horrores de la hoguera medieval y renacentista. No quiero hurgar más en la herida.   (Continuará).

 

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20 Noviembre 2009

OJOS QUE NO VEN (149)

 

La cristiandad (15)

 

No obstante las anteriores acusaciones, la gran estafa eclesiástica se produjo en el siglo VIII, con la creación de los Estados Pontificios, ‘donación' a la "Sede de Pedro" hecha por el rey de los francos Pipino el Joven (741-768), el primer rey cristianísimo de Francia y padre de Carlomagno. El entonces papa Esteban III (752-757) reclamó su ayuda para expulsar a los lombardos de Roma y de todo el norte de Italia, cosa que hizo en sangrienta guerra, mereciendo el agradecimiento del papa, que lo ungió en París como "rey por la gracia de Dios", prohibiendo a los francos, bajo amenaza de excomunión, que jamás eligieran reyes de otro linaje (!). Gratitud por gratitud, Pipino (que había usurpado el trono) le obsequió no sólo con la ciudad de Roma liberada, sino con el exarcado de Rávena y otros territorios del norte italiano que, a partir de entonces, formaron parte del "patrimonio de San Pedro". El sucesor, su hermano Paulo I,  exaltaba a los francos como "pueblo santo", hijos predilectos de la Iglesia.

Pero este título jurídico, tan legal en apariencia, se basaba en una monumental falsificación, la más productiva para la Iglesia, convertida por este fraude en un poder temporal, al que habían de someterse, con el tiempo, todos los soberanos de la Tierra. (¡Todo lo opuesto a la doctrina evangélica!). Los documentos falsificados, tanto civiles como eclesiásticos, son tan abundantes en la historia, sobre todo medieval, que Karl Deschner les dedica el tomo cuarto de su Historia criminal del cristianismo. La Iglesia antigua: falsificaciones y engaños (Martínez Roca, 1993). El de mayor trascendencia para la Iglesia fue el que exhibió el papa Esteban ante Pipino para ‘obligarle', por imperativo antiguo, a destruir a los invasores lombardos y a devolver a la Santa Sede todas sus posesiones, la llamada Donación de Constantino. Se trata de un documento fechado el 30 de marzo de 315 por el que, supuestamente, el emperador Constantino declaraba que "la sagrada sede del bienaventurado Pedro será gloriosamente  exaltada, aun por encima de nuestro Imperio...Dicha sede regirá las cuatro principales de Antioquía, Alejandría, Constantinopla y Jerusalén, del mismo modo que a todas las iglesias de Dios de todo el mundo...Finalmente, hacemos saber que transferimos a Silvestre, papa universal, nuestro palacio, así como todas las provincias, palacios y distritos de la ciudad de Roma e Italia, como asimismo de las regiones de Occidente". 

 

Naturalmente, todo era un engaño hábilmente elaborado por orden del papa, ya que nunca existió esa flamante Donación de Constantino. La impostura fue descubierta en 1440 por el humanista y canónigo de Letrán, Lorenzo Valla, pero la Iglesia Católia no lo ha reconocido así hasta el siglo XIX  Esta y otras falsificaciones incluidas en el Liber Pontificalis han servido a la Iglesia durante siglos para fundamentar sus reclamaciones, tanto temporales como espirituales. Los Estados Pontificios, aunque han sufrido alguna modificación al compás de las variaciones políticas, han ocupado durante siglos el centro de Italia, hasta Bolonia, el Lacio y Rávena, desde el Mediterráneo al Adriático, hasta que fueron reducidos por el Pacto de Letrán (1929) a las actuales 44 hectáreas de la Ciudad del Vaticano, donde tiene su residencia el Pontífice desde el siglo XIV y donde se asienta la maravillosa Plaza de San Pedro, única en el mundo, tanto como la colosal basílica y los impresionantes Museos Vaticanos, conjunto el mayor y más visitado por los amantes del arte sublime, que anonada al visitante.

Las bellezas del Renacimiento y del Barroco están como encapsuladas en este poco espacio cuyo soberano es el Sumo Pontífice de la Iglesia católica, dueño y señor de este minúsculo Estado, desde donde ‘apacienta' el ‘rebaño' católico.  El esplendoroso, al mismo tiempo que tenebroso, siglo XVI está dominado, en la Sede Apostólica, por apellidos italianos, los Piccolomini, Médici, Borgia, Carrafa, Ghisleri, dell Monte, Farnesio, Buoncompagno, Peretti, Aldobrandini, etc. Casi todos unidos por sus vicios particulares y por las crueldades encomendadas a la Inquisición, pero aún más por convertir a Roma en la gloria más envidiable de la humanidad. 

El ateo León X (Médici) tuvo que excomulgar a Lutero por su rebelión. Su primo Clemente VII (otro Médici) hubo de sufrir el saqueo de Roma por las tropas imperiales. Paulo III (Farnesio) después de excomulgar a Enrique VIII de Inglaterra, murió de una terrible enfermedad vírica, con dolorosas llagas, que "obligaron a cortarle el órgano de la virilidad", como dice el cronista. Durante el pontificado de Julio III (1550-55) fue quemado en la hoguera, por orden de Calvino, el célebre Miguel Servet. En los cuatro años de Paulo IV (1555-59) los tercios flamencos y españoles ganaron la batalla de San Quintín, lo que obligó al papa a levantar la excomunión al emperador Carlos V, y asistió al cisma de Inglaterra, obra de la reina Isabel, que proscribió en sus dominios la religión católica y se declaró jefe supremo de la iglesia anglicana.

A Pío IV (otro Médici) que asistió al concilio de Trento (1561) le sucedió Pío V (después santo) que era inquisidor dominico, y por tanto, llevaba en las venas el deseo incontenible de la sangre de los herejes, perseguidos por la Inquisición, sobre todo a los calvinistas. Sabiendo que había en Roma 45.000 prostitutas de fe calvinista, ordenó su destierro, pero la Curia romana le advirtió de que "eran necesarias al clero, so pena de caer en la sodomía, y que, además, con su marcha se perdería la renta más productiva de la Iglesia". Animó a los príncipes católicos a exterminar a los herejes protestantes: A Felipe II de España contra los flamencos; a María Estuardo de Inglaterra contra su esposo y su hermano, ambos protestantes; al rey de Francia le ordenó que mandara decapitar a todos los prisioneros protestantes, "sin distinción de rango, sexo ni edad", tras la horrible noche de San Bartolomé. Fue canonizado por Clemente XI, el mismo que mandó decapitar a Gaetano Volpini por haber escrito un poema satírico contra el papa en 1720.

El último papa del siglo XVI, Clemente VIII (1592-1605) era un Aldobrandini, que se apoderó del ducado de Ferrara, al fallecer Alfonso del Este en 1597. Además de la avaricia, la lujuria, el pecado más repetido entre el papado antiguo, todavía renace en el siglo XVII con el papa Inocencio X (1644-1655), magistralmente retratado por Velázquez,  cuya vida "fue un continuo escándalo", entregado a la pasión de Olimpia, su cuñada y amante. También en los siglos XVII y XVIII continuaron los ‘castigos' inquisitoriales, aunque en menor medida. El caso más imperdonable fue el del filósofo Pietro Giarinone, que fue torturado hasta la muerte en 1736 por haber apoyado la supremacía del rey sobre la del papado. La última víctima que se cita como ejecutada por hereje es Carlo Sala, el 25 de septiembre de 1765, aunque también se recuerda que Paolo Salvati fue ahorcado y cuarteado por haber robado una carta del papa en 1805 y Giuseppe Balzani decapitado en 1833 por ofensas al Sumo Pontífice. Et sic de caeteris...No le falta razón a René Chandelle al llamar a los papas Traidores a Cristo (Robinbook, 2006). Aunque parcial, esta es la historia 'secreta' de la cristiandad. (Continuará).

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19 Noviembre 2009

OJOS QUE NO VEN (148)

 

La cristiandad (14)

 

 

Las riquezas de la Iglesia católica aumentaron considerablemente desde que se decidió el ‘canje' de lo intangible espiritual por lo tangible material, una decisión que llevó a la ruptura de una parte sustancial de la Iglesia, acaudillada por Martín Lutero, Zwinglio, Calvino y otros ‘protestantes' del centro y norte de Europa. Me refiero a las famosas indulgencias, de ingrata memoria, error garrafal del papado del siglo XVI. En el Diccionario de los papas (Destino, 1963), se incluyen unas sorprendentes Taxa Camarae del papa León X, de la familia florentina de los Medici, cruel y despótico, pero también incrédulo, ya que su coetáneo Pico della Mirandola afirma que confesó ante algunos criados que "ni antes ni después de ser papa creyó en la existencia de Dios". Fue el inventor de las indulgencias, es decir, el perdón de los pecados en compensación por una ‘limosna' para la Iglesia. Las Tasas de la Cámara son las tarifas de la Iglesia, aprobadas en 1517, para condonar las culpas. Constan de 35 artículos, publicados por P. Rodríguez como anexo a su libro Mentiras fundamentales de la Iglesia católica (Ediciones B, 1997). Citaré algunos, como ejemplo:

"El eclesiástico que incurriere en pecado carnal, ya sea con monjas, ya con primas, sobrinas o ahijadas suyas, ya, en fin, con otra mujer cualquiera, será absuelto mediante el pago de 67 libras y doce sueldos". Si el pecado fuere "contra natura o de bestialidad" la suma asciende a 219 libras. Si se tratase de una virgen, el desfloramiento le costaría 2 libras y 8 sueldos (¡en qué poco se valoraba la virginidad!). Por su parte, "la religiosa que quisiera alcanzar la dignidad de abadesa después de haberse entregado a uno o más hombres simultánea o sucesivamente, ya dentro, ya fuera de su convento, pagará 131 libras, 15 sueldos". Si de sangre se tratara, "la absolución del simple asesinato cometido en la persona de un laico, se fija en 15 libras, 4 sueldos, 3 dineros". Pero "si el asesino hubiese dado muerte a dos o más hombres en un mismo día, pagará como si hubiese asesinado a uno solo".

Entremos en la vida familiar: "El marido que diese malos tratos a su mujer, pagará en las cajas de cancillería 3 libras, 4 sueldos; si la matase, pagará 17 libras, 15 sueldos, y si la hubiese muerto para casarse con otra, pagará además 32 libras, 9 sueldos". También era frecuente el infanticidio, porque se declara que "el que ahogase a un hijo suyo pagará 17 libras, 15 sueldos...y si lo mataren el padre y la madre con mutuo consentimiento, pagarán 27 libras y un sueldo por la absolución". Las culpas de los padres recaen en los hijos, a tenor de la tarifa que dice: "El hijo de hereje quemado o ahorcado o ajusticiado en otra forma cualquiera, no podrá rehabilitarse sino mediante el pago de 218 libras, 16 sueldos, 9 dineros" (¡200 libras más que por matar a un hijo!). La licencia para poner un puesto de venta en el pórtico de las iglesias costaría 45 libras, pero el contrabando se perdonaría por 87 libras.

También los frailes, a pesar del voto de pobreza, estaban obligados al pago de una tarifa especial de 45 libras "si quisiere pasar la vida en una ermita con una mujer", la misma cantidad que por "vestir trajes de laico". La demencia no termina aquí sino que se extiende a "los bastardos" y los laicos "contrahechos o deformes", los "eunucos" o los "hijos de padres desconocidos" que quisieren recibir órdenes sagradas y gozar de beneficios", ya que todos ellos estaban excluidos por norma eclesiástica de la "sagrada unción del sacerdocio". Para conseguir esta licencia bastaba con abonar algunas libras, desde las 15 que se pedían a los bastardos, hasta las 310 de los eunucos. (¡Era un sacrilegio ser ‘ungido' sin tener ‘a punto' los órganos viriles!).

Me resulta inexplicable, no obstante, que la tarifa por la consagración para los tuertos del ojo derecho fuera  cinco veces mayor que para el tuerto del ojo izquierdo (!). Tarifas, tasas, indulgencias, venta de reliquias, beatificaciones, todo es lo mismo: acumulación de beneficios pecuniarios por la ‘venta' de beneficios espirituales. La denuncia ‘protestante' por estos abusos de poder supuso para la Iglesia católica la pérdida de más de doscientos millones de cristianos europeos en el siglo XVI. Lo que no impide que esos ‘protestantes' hayan cometido tantos abusos como los católicos. No hay más que recordar la vida de Enrique VIII, que se autoproclamó "cabeza de la Iglesia" de Inglaterra, sin escrúpulos para decapitar a cuantos se oponían a sus abominables deseos, carnales o políticos.

Durante el siglo IV se había consumado, gracias al poder del dinero, la obra infernal de aniquilación del ‘espíritu' de Jesucristo, a quien renunciaron sus dirigentes por amor al lujo, la codicia y la ambición, aunque manteniendo la ‘ficticia' máscara de servidores de un Dios inexistente, pero amable y misericordioso, al que traicionaron sin que se percataran sus fieles creyentes. Fue una obra maestra de la hipocresía. Pero esta deshonrosa ‘transformación' continuó en los siglos posteriores, hasta que, con la llegada del siglo XIX, se fueron ocultando más y más las groseras costumbres eclesiásticas y el rostro ‘visible' de la Iglesia se fue moralizando y acercando a la demanda espiritual de los creyentes, aunque sin renunciar a lo conseguido mediante el engaño y el cinismo.          Esta postura acomodaticia tiene su contrapartida en la constitución Pastor aeternus, del concilio Vaticano I (1870), convocado por el papa Pío IX, fanático y mujeriego, según la biografía redactada por Rodríguez-Solís (La santidad del Pontificado, El Museo universal, 1986), gracias a la cual se convirtió en dogma católico la infalibilidad pontificia, con la cual no estaban de acuerdo más de doscientos prelados, que se ausentaron de la sala para no votar semejante despropósito (August B.Hasler, Cómo llegó el Papa a ser infalible. Fuerza y debilidad de un dogma, Planeta, 1980).

Para la Iglesia, ‘el fin siempre justifica los medios". (¿No soy el Vicario de Cristo? se pregunta el papa, y se responde a sí mismo, convirtiéndose en ‘Dios en la Tierra'. ¡Pobre Dios, que tiene semejantes ‘vicarios'!). "La Iglesia católica necesita ser fundamentalista para así continuar sobreviviendo", afirma el teólogo alemán (disidente) Horst Herrmann, autor de una obra demoledora: Dos mil años de tortura en nombre de Dios (Flor del Viento, 1996), donde se especifica que la Iglesia está segura porque la gente busca seguridad ante todo, aunque sea un fraude eclesiástico, porque "siempre es más fácil buscar la seguridad que la libertad". Baste para completar esta información, la lectura detallada del libro de Gonzalo Puente Ojea, Fe cristiana, Iglesia, poder (Siglo XXI, 1991), en cuyo último capítulo "Siempre igual a sí misma", se dice que "una dilatada experiencia histórica nos muestra que la ignorancia ha sido y sigue siendo la aliada natural de la Iglesia y el mejor preservativo de la fe". (Continuará)

 

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18 Noviembre 2009

OJOS QUE NO VEN (147)

 

La cristiandad (13)

 

 

Las enseñanzas de Jesús sobre las riquezas son tan explícitas que resulta sorprendente el descaro con que la Iglesia (es decir, sus pastores y teólogos) las quiere enmascarar con sofismas impresentables. Leemos en Marcos y en Mateo la sentencia más estremecedora: "Es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino de Dios" (Mc 10:25) y  "Os digo en verdad que difícilmente entrará un rico en el Reino de los Cielos" (Mt 19:23). A una pregunta comprometedora, responde Jesús: "Las zorras tienen madrigueras y los pájaros del cielo nidos; en cambio, el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza" (Mt 8:20 y Lc 9:58).

Una de las bienaventuranzas condena el amor a las riquezas: "¡Ay de vosotros, ricos, porque ya tenéis vuestra consolación!" (Lc 6:24) que se completa con la controvertida leyenda de la Biblia BAC: "Felices los que tienen espíritu de pobres/ porque suyo es el Reino de los Cielos" (Mt 5:3). El dinero es incompatible con la entrega a la divinidad, como se lee en Lucas: "Ningún criado puede ser esclavo de dos amos. No podéis ser esclavos de Dios y del dinero" (Lc 16:13). Finalmente, es el desprendimiento de las riquezas la mejor garantía de alcanzar la felicidad eterna: "Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos bolsas que no envejezcan, un tesoro inagotable en los cielos, donde no llega el ladrón ni hace estragos la polilla; pues donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón" (Lc 12:33-34).

La Iglesia primitiva siguió puntualmente estos consejos evangélicos (en algunos casos fueron condenados por ‘herejes') los cuales respondían a las enseñanzas judías del Antiguo Testamento, para cuyos autores el dinero, madre de todas las maldades, conduce al infierno. Doctrina que respetaban escrupulosamente los esenios y los primeros cristianos, que practicaban la caridad poniendo parte de sus bienes en una ‘caja común'. "A cada uno se repartía según su necesidad", se lee en los Hechos (4:32). Como dice Deschner, "la semilla cristiana fructificó en un sustrato de pobreza". Parece que esta caridad fue el factor que más contribuyó al éxito apostólico. El mismo Tertuliano, algo después, escribió que "todo lo tenemos en común, salvo las mujeres". Pero pronto la tensión doctrinal sobre la pobreza comenzó a relajarse. No mucho, al principio, pero lo suficiente para que, en el siglo II, ya las comunidades cristianas no fueran solamente de pobres. El hereje Marción, que aceptaba el mensaje de Jesús, era un acaudalado naviero del Mar Negro, que se movía en el mundo romano del comercio, presidido por Pecunia, diosa del dinero.

El papa Calixto I era banquero (‘prestamista') al ser elegido a principios del siglo III, y fue el que ordenó que los vasos necesarios para la liturgia fuesen de plata. Posteriormente, los Santos Padres comenzaron a ‘interpretar' la riqueza en sentido opuesto a la doctrina evangélica. San Gregoirio Nacianceno ve en las riquezas un don de Dios, y san Basilio aconseja la caridad por ‘egoísmo': "Quien da a un pobre, presta al Señor y obtiene su lucro" (¿capitalismo inicial del cristianismo?). El sofisma llega a las obras de san Juan Crisóstomo, el gran orador ("Pico de oro") cuando escribe que "En aquellas cosas más importantes, el pobre y el rico están equiparados: ambos participan del placer del aire y del agua, de toda la naturaleza. Y ambos tienen la posibilidad de alcanzar la eterna bienaventuranza". Para san Agustín son "necesarias y provechosas" las diferencias sociales: "lo censurable no es el dinero, sino la codicia", con lo que bendice las riquezas eclesiásticas, que pone al mismo nivel del Estado: "Es forzoso que haya propiedad privada del Estado y de la Iglesia". En todo caso, los bienes de la Iglesia quedan ‘justificados' como "propiedad de los pobres" (!). 

El abandono de la primitiva ‘caja común' tuvo lugar en cuanto aparecieron las diversas jerarquías para el ‘servicio' de la Iglesia, ya que, siguiendo la doctrina de san Pablo, quien se entrega al servicio del altar, debe vivir del altar. El inicio de esta vida comunitaria fue la concentración en una sola ‘bolsa', la del obispo, de cuanto se recogía, para después distribuirlo entre los más pobres. Así se fue acumulando, además del poder económico, inevitablemente, el poder temporal y la fortuna personal del episcopado. Pero las donaciones no se limitaban a la limosna, sino que, a medida que el cristianismo se iba extendiendo a otras capas sociales, llegaban a manos del obispo herencias cuantiosas y fincas rústicas y urbanas en todas las comunidades del Imperio.

Al parecer, la primera fue en Roma, a comienzos del siglo II, una finca en la via Ardenatina, propiedad de la princesa Donatila, pariente del emperador Diocleciano, de la cual se conservan las catacumbas de su nombre. Según Deschner, "en el siglo III la iglesia de Roma poseía dinero suficiente para ayudar a 46 presbíteros, 7 diáconos, 7 subdiáconos, 42 acólitos y 52 exorcistas, además de socorrer a más de mil quinientos pobres". En los albores del siglo IV, la iglesia de Alejandría poseía una flota mercantil propia, con sus correspondientes astilleros. La de Constantinopla, numerosas fincas y más de mil locales comerciales, anejos a los más concurridos baños públicos, también de su propiedad. Todo fue posible gracias al Edicto de tolerancia (313) por el que las diócesis cristianas se convirtieron en corporaciones titulares de derechos jurídicos, entre ellos el de patrimonio.

Otras fuentes de ingresos fueron, desde la protección de Constantino, los continuos ‘regalos' del emperador, como las basílicas romanas, y el palacio lateranense, futura residencia papal, los bienes confiscados a los templos paganos y a los herejes convictos,  la usura y la venta de cargos al mejor postor, costumbre documentada sin posible duda en todas las historias eclesiásticas (simonía). El nombre viene del ‘hereje' Simón el Mago quien, en el siglo III, quiso comprar los ‘poderes del Espíritu Santo'. Ya en el siglo IV, gracias a tanta abundancia de bienes, y al  reparto ‘familiar' de esos mismos cargos y prebendas (nepotismo) se ahondó el abismo que separaba a ricos y pobres. En la iglesia oriental, los emperadores cristianos también rivalizaron en mimar a las comunidades de su imperio. El más destacado fue Justiniano (527-575), que construyó la catedral de Santa Sofía en cinco años, dando ocupación a diez mil obreros y reconoció por primera vez la primacía de la sede romana. Pero estas ‘subvenciones' y la protección del poder civil no son suficientes para explicar el vuelco doctrinal que sufrió el cristianismo en unas pocas generaciones. (Continuará)

Tags: iglesia, pobreza

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17 Noviembre 2009

OJOS QUE NO VEN (146)

 

La cristiandad (12)

 

 

El siglo XIV comienza con Benedicto XI, que murió envenenado (1304). Clemente V fijó su corte en Aviñón en el año 1309 y fue famoso por vender toda clase de dignidades. Avaro de riquezas, pactó con el rey francés la persecución y extinción de los Caballeros Templarios, para apoderarse de sus cuantiosos bienes. En un solo día de octubre de 1307 fueron entregados a la hoguera el Gran Maestre  y sus colaboradores. El papa Benedicto XII, que falleció "cubierto de llagas producidas por sus escandalosos vicios" en 1342, según el historiador La Chatre, era "hijo incestuoso de Juan XXII y de su hermana". Con el papa Urbano VI, arzobispo de Nápoles, papa de Roma, y Clemente VII, papa de Aviñón, consagrados el mismo año de 1378, comienza el gran cisma que ensangrentó a Europa durante medio siglo.

Cada uno tenía sus fieles, incluso entre los santos, porque santa Catalina de Siena era partidaria de Urbano y Vicente Ferrer de Clemente. Cisma que prosiguió con Bonifacio IX y Benedicto XIII, el famoso y terco español Papa Luna, que terminó sus días sin abdicar de la tiara en su retiro de Peñíscola a los 90 años, después de haber sido condenado en el concilio de Pisa (1417) por contumaz, hereje y cismático. Pero el cisma continuó durante el siglo XV. Frente a la contumacia de Benedicto XIII, se fueron sucediendo en Roma Inocente VII, Gregorio XII Alejandro V, Gregorio XII,  Juan XXIII y Martín V, hasta que, finalmente, falleció el aragonés en 1424, al parecer, envenenado, dando fin al cisma en julio de 1429.

Uno de los más indignos papas del siglo XV fue Juan XXIII, el ‘hermoso' cardenal Baltasar Cossa, coronado en 1410. "Hombre sin fe, se burlaba de las leyes divinas y humanas... Desfloró religiosas, tuvo incesto con su cuñada y violó a sus tres hermanas", dice el historiador La Chatre. "Degradado del sacerdocio, fue conducido a la hoguera con una túnica en la que se leía la palabra ‘hereje' y una coraza inquisitorial con diablos y llamas pintadas". (Tomando su nombre, el papa Juan XXIII del siglo XX quiso eliminar de la historia papal a su abominable antecesor haciendo creer que no existió. Pero el pasado, aunque se pretenda borrar, existe para siempre).

Como se temía, en mayo de 1453 la ciudad de Constantinopla, rival de Roma, cayó en poder de los turcos, durante el pontificado de Nicolás V, al que siguió el anciano de Valencia, cardenal Alfonso de Borgia, que subió al papado con el nombre de Calixto III (1455-58), el primero de una saga sacrílega que se continúa con el cardenal Enas Silvio Piccolomini (1458-1464) que tomó el nombre de Pío II, cuyos ‘amores' con algunos mancebos fueron condenados por el pueblo, y sus escritos lo "deshonran para todos los siglos". Paulo II, su sucesor, era tan afeminado que "se pintaba como las mujeres". Al franciscano Sixto IV (1471-1484) le acusa el escritor Maquiavelo de haber desflorado a sus dos hermanas siendo cardenal, y según otro historiador, "estableció lupanares públicos que le valían veinte mil ducados anuales". Por fin, el valenciano Rodrigo Borgia, sobrino de Calixto III, fue elegido papa el 11 de agosto de 1492, al mismo tiempo que Cristóbal Colón ponía pie en tierras americanas.  Con su amante Catalina Marozia tuvo nueve hijos, el último de los cuales fue la hermosa Lucrecia, a la que convirtió en su concubina (¡¡).  Gobernó la Iglesia con el nombre de Alejandro VI, de indigna memoria.

A partir del siglo XV el papa actuó como un soberano temporal, abandonando la espiritualidad de la institución que presidía ‘de carácter divino', pero convirtiendo a Roma en un foco cultural de admirables consecuencias. Sin embargo, si pienso que el siglo XV sobrepasó en corrupción a los anteriores y fue el precursor del todavía más corrompido siglo XVI en la historia de la cristiandad, saco la conclusión de que mis padres no me hubieran bautizado si hubieran conocido que la hipocresía eclesiástica ha ocultado sistemáticamente tales horrores de inmoralidad en sus dirigentes, cada vez más alejados de las enseñanzas morales y doctrinales del Evangelio cristiano.

Llegado a este punto, debo retroceder un milenio para profundizar un poco más en las razones de ese cambio tan drástico de comportamientos en los seguidores de Jesús de Nazaret, cuya divinidad predican sin poner el menor empeño en seguir sus huellas de honestidad, piedad, mansedumbre, austeridad y desapego a las riquezas mundanas. ¿Qué tiene que ver la Iglesia primitiva con las aberraciones que la han manchado en su historia posterior? En frase que tomo de Antonio Gala, "a los más despreciables papas los engulle el tiempo y los digiere". Como a todos nosotros. Pero ninguna institución debe olvidar su pasado, aunque esté manchado por los pecados de algunos de sus miembros. Todos forman parte de la masa, y si la levadura es de mala calidad, se resentirá el resultado final, que no será del gusto de todos. Pero la historia no se puede ‘recomponer' ni ocultar. Si la Cristiandad del siglo XXI quisiera cumplir ‘de verdad' con el mensaje de su fundador, lo que debería hacer es avergonzarse de su pasado, pedir perdón por sus pecados (como ha empezado a hacer tímidamente y sin verdadera contrición) y retomar el camino evangélico. El primero, y quizás el más difícil de cumplir, es renunciar a las riquezas materiales, que obstruyen la puerta del Reino de los Cielos. (Continuará).

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16 Noviembre 2009

OJOS QUE NO VEN (145)

 

La cristiandad (11)

 

Es imposible resumir en unas pocas páginas la Historia de la Cristiandad, tan rica en anécdotas y sucesos de toda índole, pero basta con unas pinceladas para comprender, con el refrán español, que "no es oro todo lo que reluce". Consolidada la primacía del obispo de Roma y su doctrina cristiana como la ‘oficial' de la Iglesia, no disminuyeron, sino al contrario, aumentaron las interminables querellas con las demás iglesias, que se oponían a ese primado y a su adoctrinamiento religioso, e incluso político. Cada grupo, empecinado en su soberanía, creía ser el depositario de la ‘verdadera fe' de Jesucristo, aunque ninguno de ellos la respetara, ni en la teoría ni en la práctica. En los siglos V y VI se van separando del papa de Roma pueblos enteros (Siria, Persia, Armenia, Etiopía) cuya independencia nacionalista se vio favorecida. paradójicamente, por la expansión del Islam, que las respetó al principio, sobre todo en Egipto.

Pero no se puede, al tratar del siglo X, orillar la ‘leyenda' de la posible Papisa Juana, de cuya existencia dudan casi todos los historiadores, pero que su sola posibilidad da idea del negro abismo en que había caído la cristiandad en esos tiempos cubiertos de indignidad. Su ‘historia', relatada por Mariano Scoto, es recogida por Rodríguez-Solís en su citada obra La santidad del Pontificado. Prescindiendo de sus antecedentes, cuenta la leyenda que Juana (Isabel o Margarita en otros autores) se enamoró perdidamente de un monje de la abadía alemana de Fulda, donde ingresó disfrazada de hombre, con el nombre de Juan "el inglés", donde adquirió en pocos años una gran sabiduría. A sus veinte años, el hábito de monje ocultaba su identidad, y al fallecer su amante marchó a Roma, donde nobles, cardenales y frailes admiraban su talento, hasta el punto de proponer su candidatura para ocupar la silla de Pedro, cosa que consiguió al ser consagrada en la basílica de San Pedro, sin que nadie dudase de su condición masculina.

Ejerció el pontificado con sensatez y virtud, confiriendo órdenes sagradas, dando besar sus pies a los obispos y dirigiendo hábilmente la política de la Iglesia, hasta que se enamoró de un cardenal, que la dejó encinta. Continúa la relación con estas palabras: "En una procesión de rogativas, yendo a caballo, revestida de los ornamentos pontificales, al llegar a la basílica de san Clemente, los dolores de parto fueron tan grandes que soltó las riendas y cayó del caballo, lanzando horribles gritos hasta que, destrozadas las sagradas vestiduras, dio a luz un niño mientras expiraba. Allí mismo la enterraron con su hijo, que fue ahogado por los sacerdotes. Se levantó sobre su tumba una estatua de mármol como papisa, que fue destruida por Benedicto III pero cuyas ruinas aún se veían en el siglo XV". No termina aquí la historia porque, a partir de entonces se estableció la costumbre de la  silla horadada, que estuvo vigente hasta el pontificado de León X , en el sigo XVI. En ella hacían sentar al papable, con las piernas abiertas para "mostrar su virilidad". Dos diáconos lo palpaban y confirmaban su masculinidad al grito de "¡Ya tenemos papa"! La historia de Juana puede ser pura leyenda, pero esta ceremonia no se puede entender sin ella.

Los primeros años del siglo XI fueron testigos de una escandalosa ‘subasta' que  tres papas reconocidos como tales y consagrados,  Benedicto IX, Silvestre III y Juan XX, que en la misma Roma convivieron y pactaron, vender en pública subasta, después de gastar grandes bienes eclesiásticos en orgías nocturnas, la cátedra de san Pedro. El que ofreció la mayor suma fue entronizado bajo el nombre de Gregorio VI en el año 1044, pero dos años después fue depuesto por el emperador Enrique III por haber comprado la tiara. En 1053 el papa León IX, benedictino alemán, luchó contra los normandos, al frente de las huestes cristianas, cubierto, al estilo caballeresco, con coraza, lanza y espada. Veinte años más tarde, el cluniacense Gregorio VII entró en el cónclave a los sesenta años, protegido por gente armada. Era tal su fe en el poder papal que dejó escrito: "El poder espiritual se encuentra por encima del temporal. El papa es el representante de Dios en la tierra y el que debe gobernar el mundo. A  él  solo pertenecen la infalibilidad y la universalidad, y sólo puede ser juzgado por Dios. Los cristianos se encuentran sometidos a sus órdenes y deben degollar a sus príncipes, padres o hijos si él lo manda. No existe ni el bien ni el mal, sino en las cosas que el papa ha condenado o aprobado". ¿Algún otro déspota o tirano ha dicho algo semejante a lo largo de la historia?

Otro monje cluniacense, proclamado papa con el nombre de Urbano II (1088-1099), fue quien preparó la primera cruzada contra los árabes, a petición del emperador bizantino Alejo Comneno, que le prometió el reconocimiento de ‘obispo universal' y el sometimiento a Roma de todas las iglesias  si conseguía que los príncipes de Occidente acudieran a Oriente para librarle del enemigo musulmán. Dicen los historiadores que consiguió reunir un ejército de seiscientos mil hombres y cien mil caballos, algo insólito hasta entonces, pero que no iban a defender la fe sino a saquear  y atropellar cuanto encontraban a su paso, hasta el punto que algún historiador comenta que las doncellas se mataban por no caer en sus manos.

Del siglo XII el cardenal Baronio confiesa que "no parecía sino que el Anticristo gobernaba la Iglesia". Como cada ‘papable' tenía detrás un ejército dispuesto a sostener su causa, no es extraño que el papa Inocencio II y el antipapa Anacleto II fueran consagrados, por convenio pactado, el mismo día 23 de febrero del año 1130, siendo el primero cardenal y el segundo monje cluniacense. Estos y otros sumos pontífices que les sucedieron no conocieron día de descanso, luchando entre sí, con altercados, reyertas y excomuniones lanzadas de un papa contra otro. La primera acción en defensa de la doctrina fue por obra del papa Lucio III (1181-85) quien en un concilio del año anterior había autorizado la creación de la ‘Santa Inquisición', para perseguir y condenar al tormento y al fuego de la hoguera a los cristianos valdenses, herejes del sur de Francia, antecesores de los bogomilos, los albigenses y los cátaros, que sufrieron la misma suerte un siglo después.

Después de Urbano II, otros papas siguieron bendiciendo y animando a ir a las cruzadas contra el infiel: Gregorio VIII, Clemente III, Celestino III, Inocencio III, Honorio III, Gregorio IX, Inocente IV, Gregorio X, Martín IV y Nicolás IV, fallecido en 1293, después de haber hecho recaer sobre los frailes dominicos la responsabilidad de la horrible Inquisición. Fray Mateo París, autor de la historia del siglo XIII, escribe que "Roma es una infame prostituta que sobrepuja a Sodoma y Gomorra: los desarrapados frailes caen sobre los pueblos armados de bulas, se adjudican las rentas y al que rehúsa lo excomulgan, mientras papas tiránicos desprecian el Evangelio y saquean a los pueblos". Después de dos años de "Silla vacante" fue elegido el último papa del siglo XIII, Bonifacio VIII (1294-1303), a quien se le atribuye la máxima de "es necesario vender en la Iglesia todo lo que los tontos quieran comprarla". Los testimonios son tantos y tan variados que es imposible reducirlos todos a la condición de dardos envenenados contra la Iglesia. Ya lo dijo Jesús: "La verdad os hará libres".(Continuará).

 

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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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