OJOS QUE NO VEN (108)
El dios cristiano (4)
DIOS JUEZ. Al tener conciencia de la existencia del mal en sus deseos subconscientes y en las relaciones tribales o sociales, el homínido transformado ya en hombre consciente tuvo también necesidad del símbolo Dios-juez, que recompensa y castiga, a fin de restaurar el sentimiento original de justicia, que separa a los humanos del reino animal. Como pronto se hizo evidente, no era posible conseguir plenamente la justicia en este mundo, por lo que el hombre hubo de soñar con otro, en el que cada uno recibiera el pago a su conducta en los pocos años de su vida en el planeta Tierra. Así, el miedo al castigo o la esperanza de la recompensa se convirtieron en el fundamento de la ética. Esta doctrina exige, por supuesto, la existencia de un Ser justiciero, a quien se encomienda la Justicia en una vida ultraterrena, con el atributo de Juez, estrictamente justo en sus decisiones, pero inclinado también a la benevolencia para con sus frágiles y atribuladas criaturas.
Sin embargo, el pueblo judío, obcecado por una soberbia colectiva, alimentada desde Abraham por profetas visionarios, se imaginó a su mítico Yahvéh como un Dios violento y colérico, cuya justicia, meramente terrenal, consistía en destruir sin misericordia a los enemigos del pueblo elegido y en exigir la adoración y obediencia plena a su Omnipotencia. Pero el dios del Antiguo Testamento, como hemos visto, es un Ser Sabio y Todopoderoso que comete errores, que se arrepiente de sus obras, que experimenta celos o envidia, que destruye lo mismo a justos que a pecadores, que no conoce más justicia que la que va acompañada de la venganza, y que no pocas veces deja incumplidas sus promesas. No se comprende cómo, siglo tras siglo, se le sigue invocando por grandes masas de la población (judíos y musulmanes, que rechazan la figura amable de Jesús) como al Dios de la Venganza, de la estricta Justicia, y al mismo tiempo, de la Bondad y de la Misericordia.
Se da por supuesto que, para que exista esta justicia extraterrena, ha de admitirse una nueva vida inmortal, tras la resurrección de los muertos. Esta idea, de origen no judío, negada en el Eclesiastés, presupone también que la justicia post-mortem ha de ser individualizada, a cada uno de los mortales, como había sido afirmada por Zaratustra y divulgada por los pitagóricos en el mundo heleno anterior a Cristo. Del Yahvéh-Juez solamente habla el salmista, pero en unos versículos poco explícitos, en los que ve a Dios "sentándote en tu trono, cual juez justo" (Sal 9:5) para juzgar a un pueblo, no a un individuo: "El juzga al orbe con justicia/ a los pueblos con rectitud sentencia" (Sal 9:8-8). Pero los profetas no basaron sus exigencias morales en ninguna promesa de recompensas ultraterrenas. Incluso, los saduceos no creían en ninguna vida futura ni en la resurrección de los muertos.
Para el Nuevo Testamento, la justicia absoluta no se conseguirá hasta la inimaginable audiencia pública del Juicio Final, magníficamente simbolizado en la parábola de la cizaña (Mt.13:40-43), donde Cristo aparece como juez (Mt. 25:31-36), tal como se encargan de predicar los apóstoles (Act.10:42). La doctrina cristiana sobre la figura del Dios-Juez se basa en el Apocalipsis de Juan, "un producto netamente literario y artificial", de fines el siglo I d.C., como subraya el catedrático Antonio Piñero, cuyas profecías no se cumplieron. Dice del autor que no puede ser el apóstol Juan, porque murió 50 años antes, ni el evangelista Juan, porque su estilo es muy diferente, al explicar la génesis de su obra, debida a un éxtasis" (1:10). En otras muchas ocasiones confiesa abiertamente que lo que narra son ‘visiones'. (Precisamente, Apocalipsis es una palabra griega, que significa revelación). El ‘vidente' escribe, según dice, por ‘mandato divino', inspirado por el Espíritu Santo. Desde luego, en todo el Apocalipsis de Juan impera la más desbocada fantasía, que ha atraído durante siglos a grandes artistas. Su argumento principal es la batalla entre el Cordero (Jesús) y la Serpiente (Satán), que, como era de esperar, culmina con la victoria del primero, el cual terminará haciendo justicia a todos los mortales. Esta es la base del dogma de la salvación, consolador pero incompatible con la razón.
Yahvéh, que renuncia a su derecho como juez de sus criaturas, a favor de su muy amado Hijo Jesús, el Cristo de Judea (Jn 5:22) le entrega el ‘Libro de los siete sellos' que contiene el destino final del mundo, es decir, el reinado eterno del Hijo, después de innumerables calamidades anunciadas por las trompetas del Juicio Final. Es el momento glorioso del triunfo, espléndidamente pintado por Miguel Ángel en la Capilla Sixtina de Roma, con la resurrección de los muertos, la glorificación de los creyentes y el castigo para los infieles en el "lago de fuego y azufre" (Ap 20:11-15). Doctrina similar a la predicada por Pablo años antes (Rom 8:19) y por el evangelista Juan: "El Padre no juzga a nadie, sino que todo juicio lo ha entregado al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre, y le ha dado poder para juzgar porque es Hijo del Hombre" (Jn 5:22-27). El Catecismo de la Iglesia Católica lo resume con estas palabras: "El pleno derecho de juzgar definitivamente las obras y los corazones de los hombres pertenece a Cristo, como Redentor del mundo" (679). ¿Sabrán estos ‘santos padres' del siglo XXI que el corazón es un simple músculo, sin responsabilidad? ¿Acaso se refieren al alma, de cuya existencia ha de creerse por un ciego acto de fe?
Aunque lo parezca, este libro carece de originalidad, ya que está compuesto "a base de textos escritos anteriores" (Antonio Piñero, Guía para entender el Nuevo Testamento, Trotta, 2007) y se refiere sólo a la justicia espiritual, personal e intransferible, a la que debe enfrentarse cada persona, por el mero hecho de haber nacido, haya conocido o no, la ‘doctrina de salvación'. Esta es una de las grandes innovaciones del Nuevo Testamento, que da la espalda al Antiguo, con la ‘alianza' divina en beneficio del ‘pueblo elegido'. Ahora es Jesús quien toma el relevo y enmienda la plana a su Padre, una vez obtenido el poder de juzgar ‘a vivos y muertos'.En la visión apocalíptica ya ha desaparecido Yahvéh: "Vi, dice, sobre la nube sentado uno como Hijo de hombre, que llevaba en la cabeza una corona de oro y en la mano una hoz afilada" (Ap 14.14). Ya el Hijo ha sustituido al Padre. Se sienta en su trono, cubre su cabeza con la corona, símbolo de soberanía, y enarbola la hoz, símbolo de poder para juzgar y segar la vida de eterna felicidad a quienes no se presenten como suyos, y no estén inscritos en el libro de la Vida. Un estudioso de la religiones ha dejado escrito que, contra todo sentimiento de piedad mal entendida, "la justicia social no significó gran cosa para Jesús o para Pablo" (W. Kaufmann, Crítica de la Religión y de la Filosofía, FCE, 1983).
Es asombroso comprobar cómo los mismos ‘visionarios' que construyeron el andamiaje bíblico, presentando a un Dios único de extrema crueldad, incitador del asesinato (mejor sería decir genocidio) de pueblos enteros, después lo presenten como Juez inapelable de sus pobres criaturas, sin voluntad suficiente para negarse a sus malas inclinaciones, por otra parte, causadas por ese mismo Creador. ¿Cómo puede ser ‘juez' un criminal? ¿Con qué autoridad puede ordenar "no matarás" en el quinto mandamiento, el mismo Dios que ordena la aniquilación de todos los enemigos de Israel? No lo entiendo, a no ser que, como ya hemos visto repetidamente, esas imágenes de la divinidad carezcan de realidad ontológica, y sean meros símbolos de unos atributos criminales muy humanos. El simbolismo mítico sigue funcionando hasta nuestros días como la última esperanza del fiel creyente, ayudándole a soportar con entereza las injusticias de la vida presente. Esperanza que contribuye, no menos, a la convivencia social, sin las cuales hace mucho tiempo hubiera desaparecido la raza humana. La creencia en un Dios de justicia, en gran medida, ha hecho posible la evolución de la Humanidad. Pero, al ser todo lo dicho puro simbolismo mítico, el hombre no ha de olvidar que el único juez de sus actos es su propia conciencia. (Continuará).

