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La Coctelera

La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

Categoría: crueldad

9 Octubre 2009

OJOS QUE NO VEN (108)

 

El dios cristiano (4)

 

DIOS JUEZ. Al tener conciencia de la existencia del mal en sus deseos subconscientes y en las relaciones tribales o sociales, el homínido transformado ya en hombre consciente tuvo también necesidad del símbolo Dios-juez, que recompensa y castiga, a fin de restaurar el sentimiento original de justicia, que separa a los humanos del reino animal. Como pronto se hizo evidente, no era posible conseguir plenamente la justicia en este mundo, por lo que el hombre hubo de soñar con otro, en el que cada uno recibiera el pago a su conducta en los pocos años de su vida en el planeta Tierra. Así, el miedo al castigo o la esperanza de la recompensa se convirtieron en el fundamento de la ética. Esta doctrina exige, por supuesto, la existencia de un Ser justiciero, a quien se encomienda la Justicia en una vida ultraterrena, con el atributo de  Juez, estrictamente justo en sus decisiones, pero inclinado también a la benevolencia para con sus frágiles y atribuladas criaturas.

Sin embargo, el  pueblo judío, obcecado por una soberbia colectiva, alimentada desde Abraham por profetas visionarios, se imaginó a su mítico Yahvéh como un Dios violento y colérico, cuya justicia, meramente terrenal, consistía en destruir sin misericordia a los enemigos del pueblo elegido y en exigir la adoración y obediencia plena a su Omnipotencia. Pero el dios del Antiguo Testamento, como hemos visto, es un Ser Sabio y Todopoderoso que comete errores, que se arrepiente de sus obras, que experimenta celos o envidia, que destruye lo mismo a justos que a pecadores, que no conoce más justicia que la que va acompañada de la venganza, y que no pocas veces deja incumplidas sus promesas. No se comprende cómo, siglo tras siglo, se le sigue invocando por grandes masas de la población (judíos y musulmanes, que rechazan la figura amable de Jesús) como al Dios de la Venganza, de la estricta Justicia, y al mismo tiempo, de la Bondad y de la Misericordia.

Se da por supuesto que, para que exista esta justicia extraterrena, ha de admitirse una nueva vida inmortal, tras la resurrección de los muertos. Esta idea, de origen no judío, negada en el Eclesiastés, presupone también que la justicia post-mortem ha de ser individualizada, a cada uno de los mortales, como había sido afirmada  por Zaratustra y divulgada por los pitagóricos en el mundo heleno anterior a Cristo. Del Yahvéh-Juez solamente habla el salmista, pero en unos versículos poco explícitos, en los que ve a Dios "sentándote en tu trono, cual juez justo" (Sal 9:5) para juzgar a un pueblo, no a un individuo: "El juzga al orbe con justicia/ a los pueblos con rectitud sentencia" (Sal 9:8-8). Pero los profetas no basaron sus exigencias morales en ninguna promesa de recompensas ultraterrenas. Incluso, los saduceos no creían en ninguna vida futura ni en la resurrección de los muertos.

Para el Nuevo Testamento, la justicia absoluta no se conseguirá hasta la inimaginable audiencia pública del Juicio Final, magníficamente simbolizado en la parábola de la cizaña (Mt.13:40-43), donde Cristo aparece como juez (Mt. 25:31-36), tal como se encargan de predicar los apóstoles (Act.10:42). La doctrina cristiana sobre la figura del Dios-Juez se basa en el Apocalipsis de Juan, "un producto netamente literario y artificial", de fines el siglo I d.C., como subraya el catedrático Antonio Piñero, cuyas profecías no se cumplieron. Dice del autor que no puede ser el apóstol Juan, porque murió 50 años antes, ni el evangelista Juan, porque su estilo es muy diferente, al explicar la génesis de su obra, debida a un éxtasis" (1:10). En otras muchas ocasiones confiesa abiertamente que lo que narra son ‘visiones'. (Precisamente, Apocalipsis es una palabra griega, que significa revelación). El ‘vidente' escribe, según dice, por ‘mandato divino', inspirado por el Espíritu Santo. Desde luego, en todo el Apocalipsis de Juan impera la más desbocada fantasía, que ha atraído durante siglos a grandes artistas. Su argumento principal es la batalla entre el Cordero (Jesús) y la Serpiente (Satán), que, como era de esperar, culmina con la victoria del primero, el cual terminará haciendo justicia a todos los mortales. Esta es la base del dogma de la salvación, consolador pero incompatible con la razón.

Yahvéh, que renuncia a su derecho como juez de sus criaturas, a favor de su muy amado Hijo Jesús, el Cristo de Judea (Jn 5:22) le entrega el ‘Libro de los siete sellos' que contiene el destino final del mundo, es decir, el reinado eterno del Hijo, después de innumerables calamidades anunciadas por las trompetas del Juicio Final. Es el momento glorioso del triunfo, espléndidamente pintado por Miguel Ángel en la Capilla Sixtina de Roma, con la resurrección de los muertos, la glorificación de los creyentes y el castigo para los infieles en el "lago de fuego y azufre" (Ap 20:11-15). Doctrina similar a la predicada por Pablo años antes (Rom 8:19) y por el evangelista Juan: "El Padre no juzga a nadie, sino que todo juicio lo ha entregado al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre, y le ha dado poder para juzgar porque es Hijo del Hombre" (Jn 5:22-27). El Catecismo de la Iglesia Católica lo resume con estas palabras: "El pleno derecho de juzgar definitivamente las obras y los corazones de los hombres pertenece a Cristo, como Redentor del mundo" (679).  ¿Sabrán estos ‘santos padres' del siglo XXI que el corazón es un simple músculo, sin responsabilidad? ¿Acaso se refieren al alma, de cuya existencia ha de creerse por un ciego acto de fe?

Aunque lo parezca, este libro carece de originalidad, ya que está compuesto "a base de textos escritos anteriores" (Antonio Piñero, Guía para entender el Nuevo Testamento, Trotta, 2007) y se refiere sólo a la justicia espiritual, personal e intransferible, a la que debe enfrentarse cada persona, por el mero hecho de haber nacido, haya conocido o no, la ‘doctrina de salvación'. Esta es una de las grandes innovaciones del Nuevo Testamento, que  da la espalda al Antiguo, con la ‘alianza' divina en beneficio del ‘pueblo elegido'. Ahora es Jesús quien toma el relevo y enmienda la plana a su Padre, una vez obtenido el poder de juzgar ‘a vivos y muertos'.En la visión apocalíptica ya ha desaparecido Yahvéh: "Vi, dice, sobre la nube sentado uno como Hijo de hombre, que llevaba en la cabeza una corona de oro y en la mano una hoz afilada" (Ap 14.14). Ya el Hijo ha sustituido al Padre. Se sienta en su trono, cubre su cabeza con la corona, símbolo de soberanía, y enarbola la hoz, símbolo de poder para juzgar y segar la vida de eterna felicidad a quienes no se presenten como suyos, y no estén inscritos en el libro de la Vida.  Un estudioso de la religiones ha dejado escrito que, contra todo sentimiento de piedad mal entendida, "la justicia social no significó gran cosa para Jesús o para Pablo" (W. Kaufmann, Crítica de la Religión y de la Filosofía, FCE, 1983). 

Es asombroso comprobar cómo los mismos ‘visionarios' que construyeron el andamiaje bíblico, presentando a un Dios único de extrema crueldad, incitador del asesinato (mejor sería decir genocidio) de pueblos enteros, después lo presenten como Juez inapelable de sus pobres criaturas, sin voluntad suficiente para negarse a sus malas inclinaciones, por otra parte, causadas por ese mismo Creador. ¿Cómo puede ser ‘juez' un criminal? ¿Con qué autoridad puede ordenar "no matarás" en el quinto mandamiento, el mismo Dios que ordena la aniquilación de todos los enemigos de Israel? No lo entiendo, a no ser que, como ya hemos visto repetidamente, esas imágenes de la divinidad carezcan de realidad ontológica, y sean meros símbolos de unos atributos criminales muy humanos. El simbolismo mítico sigue funcionando hasta nuestros días como la última esperanza del fiel creyente, ayudándole a soportar con entereza las injusticias de la vida presente. Esperanza que contribuye, no menos, a la convivencia social, sin las cuales hace mucho tiempo hubiera desaparecido la raza humana. La creencia en un Dios de justicia, en gran medida, ha hecho posible la evolución de la Humanidad. Pero, al ser todo lo dicho puro simbolismo mítico, el hombre no ha de olvidar que el único juez de sus actos es su propia conciencia. (Continuará).

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2 Octubre 2009

OJOS QUE NO VEN (101)

 

El dios bíblico (5)

 

CRUEL Y VENGATIVO. Quizás sea la crueldad el atributo de Yahvéh que se puede comprobar con más facilidad en las páginas del Antiguo Testamento, donde el Dios de Israel se muestra bastante peor que su pueblo. Para Él, la vida humana carece de valor en sí misma. No reconoce la igualdad de todos los nacidos, ni el derecho universal a la salvación. La liberación de ‘su' pueblo, después de cuatrocientos treinta años de esclavitud, fue precedida por la matanza muy calculada y fríamente llevada a la práctica de todos los primogénitos de la tierra egipcia (Ex  12: 12-13). La ley por Él impuesta obligaba a la destrucción de todo lo extranjero, ajeno al 'pueblo elegido' y, por lo mismo, idólatra: "Debéis destruir por completo todos los lugares donde han dado culto a sus dioses las naciones que vais a desposeer" (Dt 12:2). El Dios de Bondad para los cristianos resulta ser el legislador que introduce la pena de muerte en el código mosaico: "El hombre que hiera mortalmente a cualquier persona humana, será muerto sin remisión" (Lv 24:17). Asimismo, la lapidación hasta la muerte está ordenada en varios casos de mala conducta: a la mujer que no llegare virgen al matrimonio (Dt 22:2), a los adúlteros (Dt 22:22), a los violadores (Dt 22:25), a los hijos desobedientes y libertinos (Dt 21:21), a los que cometieren pecado de bestialidad (Ex.22:18), a los adivinos (Lv 20:27) y hechiceras (Ex 22:17), a quienes hicieran el acto sexual durante la menstruación (Lv 20:18) y genéricamente, al incircunciso (Gn 17:14).

Finalmente, la venganza se convierte en la primera ley de la convivencia social: "No tendrás consideración: vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie" (Dt 19:21). La sentencia divina es sorprendente por su claridad: "Cuando yo afile el rayo de mi espada...tomaré venganza. Mi espada se saciará de carne y de sangre de muertos y cautivos" (Dt 32-41-43). Pero el salmista no se sorprende y suplica a su Dios: "Yahvéh, Dios de la venganza, aparece!" (Salm 94:1). En estas y otras múltiples ocasiones el Dios de Amor somete a su pueblo por el miedo: "Si camináis según mis leyes...estableceré mi Alianza con vosotros...Pero si no, os impondré como castigo el terror con la consunción...Comeréis la carne de vuestros hijos...y mi alma os aborrecerá" (Lv 26:1-45). Aparte de la maldad que ponen de manifiesto tales ‘divinas palabras', resulta inexplicable oír a Dios hablar de su propia ‘alma'. Lo que parece evidente es que Yahvéh pretende conseguir la obediencia por el temor que inspira su Palabra: "Les haré oír mis palabras para que aprendan a temerme cuantos días vivan sobre el suelo y las enseñen a sus hijos" (Dt 4-10).

Por lo demás, sus prohibiciones son muy concretas, basadas en el miedo que inspira el secreto y la autoridad interpuesta. Por ejemplo, prohíbe, so pena de muerte, tocar la montaña del Sinaí (Ex 19:19), la profanación del sábado (Ex 31:14), del Tabernáculo (Núm 1:51) o del propio nombre de Yahvéh (Núm 15:30). También la muerte será el castigo para "el hombre que procediere con altanería, sin atender al sacerdote establecido allí para servir a Yahvéh, tu Dios" (Dt 17:12). La posible misericordia divina desaparece, especialmente, ante la idolatría. Así, a la tribu de Leví, la única que le había permanecido fiel, le ordena sin contemplaciones: "Pasad y repasad por el campamento de puerta en puerta, y matad cada uno al propio hermano, al propio compañero, al propio pariente" (Ex 32:27). Según el documento bíblico, en esta ocasión murieron tres mil hebreos. Pero cuando murmuraron contra Moisés y Aaron, la muerte llegó para unos quince mil de los ‘elegidos' (Núm 17:6-15). ¡Curiosa manera de mostrar la predilección!

Pero la ira de Yahvéh llega a destruir ciudades enteras, como Sodoma y Gomorra, sobre las que "hizo llover azufre y fuego" (Gn 19-24). Sabido es que, arrepintiéndose de su creación, quiso borrar del mapa a casi toda la humanidad por medio del diluvio (Gn 7:17-20). Su crueldad, testimoniada en su cólera, aparece confundida con la justicia: "Adonai está a tu derecha: machaca a los reyes el día de su cólera, hace justicia a las naciones, amontona cadáveres, machaca las cabezas sobre un inmenso territorio" (Sal.110:5-6). No caben, ante tales palabras, interpretaciones alegóricas o simbólicas. Todo responde a una realidad histórica bien comprobada, en la que el ‘Pueblo de Dios' con un nacionalismo enfervorecido por la ‘palabra santa', asoló la mayor parte de Canaán, la tierra ‘prometida' por Yahvéh (en realidad por los imaginativos patriarcas). Josué conquistó amplios territorios, hasta Gaza, venciendo a cinco reyes, que ofrendó a Yahvéh colgándolos de cinco árboles, "se apoderó de todas las ciudades; las pasaron a filo de espada y consagraron al anatema a todos los seres vivientes que había en ella, sin dejar uno solo con vida, como el Dios de Israel le había ordenado (Jos 10:28-42).

Fue una ‘guerra santa', en la que no cabían blanduras ni componendas, sino el puro exterminio del enemigo, por orden expresa de Yahvéh, el Dios cruel y vengativo. (De 20:10-18). Venganza extremada e injusta, ya que proclama, sin avergonzarse de su más injusta sentencia: "Castigo la iniquidad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación" (De 5:9). Si llega a maldecir por sus pecados a un ‘elegido', le pronostica: "Loco te volverás ante el espectáculo que tus ojos han de contemplar" (De 28:15-35).  Y si se trata de enemigos, como los filisteos, clama en voz alta: "Ejecutaré en ellos grandes actos de venganza...y sabrán que Yo soy Yahvéh, al llevar Yo a efecto mi venganza en ellos" (Ez 25:17). La actitud vengativa de Yhavéh, que admite sacrificios humanos  ("Comeréis la carne de vuestros hijos", Lv 26:29; "Les haré comer la carne de sus hijos", Jer 13:13), queda aplacada tras la muerte de los hijos de Saúl.

Cuando Elías ordena degollar a los sacerdotes de Baal, la Escritura añade que: "La mano de Yahvéh estaba sobre Elías" (I Re 18:46). A veces la mano justiciera es de un ‘ángel exterminador', como en el II Libro de los Reyes: "Aquella misma noche el Ángel de Yahvéh avanzó y golpeó en el campamento asirio a ciento ochenta y cinco mil hombres: al amanecer todos eran cadáveres" (II Re 19:35). En otra ocasión, la crueldad del pueblo de Israel se convierte en sevicia, al procurar a los enemigos capturados la peor de las muertes: "Los hijos de Judá apresaron a otros diez mil y llevándolos a la cumbre de una peña, los precipitaron desde allí, quedando todos ellos reventados" (I Cro 25:11-12). Toda la sangre derramada en la Biblia, sea de propios o extraños, es consecuencia de órdenes del Dios bíblico.

Sobran los testimonios. ¡Cuántas criaturas humanas han dado muestras de una condición mucho más virtuosa que la de su propio Creador! El Dios bíblico, sanguinario y cruel, no merece la adoración de sus fieles, ni los de ayer ni los de hoy. Tal Dios carece, por supuesto, de Bondad, pero hay que negarle la misma Existencia real, admitiendo sólo la ‘imaginada', es decir, fabricada ‘a imagen y semejanza' de su ‘creador', el hombre, sentina de maldades, que no respeta la vida de ningún semejante, sobre todo si se opone a su egoísmo personal o colectivo. Es absolutamente imposible que exista un Creador omnipotente, bueno y amoroso con tales atributos de maldad. Lo primero excluye lo segundo. El lector imparcial se horrorizará de tales hechos sangrientos, y verá en la Biblia una ‘novela de terror' que debe producir rechazo y condena a toda persona que se deje guiar su razón, el polo opuesto de la fe. (Continuará).

 

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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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