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La Coctelera

La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

Categoría: Darwin

28 Noviembre 2009

OJOS QUE NO VEN (156)

 

Epílogo (5)

 

El misterio de la vida ya no será resuelto por ningún dios ‘inventado', sino por la ciencia y el trabajo del hombre, si es que algún día llega a conocerse por completo. Los espíritus ya no serán la respuesta a tanto enigma sin resolver, ni intervendrán, para bien o para mal, en la vida del hombre: seguirán siendo tan invisibles como inexistentes. Los dioses ya no serán una fabulación quimérica destinada a calmar la angustia existencial. El mito, aunque tenga una base histórica o psicológica, siempre será una leyenda que escapa a la realidad (las mismas letras componen la palabra timo, que remite al engaño del crédulo y que inspira el último libro de Puente Ojea La religión ¡vaya timo!, Laetoli, 2009). Son las conclusiones a las que he llegado al final de mi vida. Nada debo creer que no haya pasado por el tamiz de mi juicio crítico, el cual me dice que todas las religiones son falsas. Ni siquiera se salva el cristianismo, en el que he sido educado con el más entrañable de los cariños y la más amorosa de las intenciones. Como dice un filósofo italiano: "la razón y la ética son incompatibles con la teoría y la práctica del cristianismo" (Piergiorgio Odifreddi, Si queremos ser racionales y honestos no podemos ser cristianos y menos aún católicos, RBA, 2008).

No obstante esta sentencia condenatoria del conjunto, soy consciente de que existirán miles de creyentes, tanto en la jerarquía como en la base, que no se sientan identificados con los hechos criminales ni  con las falseadas doctrinas del cristianismo como institución. Conozco a muchos cristianos que viven con alegría y firmes convicciones su fe aprendida y nunca puesta en duda. No es mi intención invitarlos a la apostasía. Ni mucho menos. Los problemas de conciencia son individuales y solamente el individuo puede hacerles frente, sin ‘ayuda' exterior que lo coaccione. La educación, como ya he dicho, es indispensable para la maduración de la conciencia, pero puede ser un peligro si no se educa en libertad y para la libertad.

Por lo que a mí respecta, estoy en disposición de admitir, siempre en el supuesto de que la materia y la energía son una misma cosa, que lo eterno, y por tanto, lo ‘divino' es la energía, que ni nace ni muere, "únicamente se transforma", como dice el postulado científico de la Termodinámica. Aunque existan otras ‘dimensiones' en el universo, una energía eterna excluiría, por innecesaria, la noción de un Dios creador. Es más, esta energía ‘endiosada' rechazaría no sólo la veneración y el culto a su ‘divinidad' sino la diferenciación con las ‘criaturas',  según la fórmula ‘mágica' de Spinoza, que repito: Deus sive Natura (Dios o Naturaleza). Todo cuanto existe forma parte de esa energía eterna (Naturaleza), que se va transformando sin cesar. El problema para los físicos se plantea con una pregunta sin respuesta por el momento, según creo:   ¿Se contradice esta eternidad con el inicio de este universo, prisionero del tiempo y del espacio?

Pero si alguien rechaza esta teoría de la eternidad de la energía, por inverosímil, ¿qué otra cosa es Dios? le preguntaría. ¿Por qué negarle ese carácter de eternidad a la energía, si estamos dispuestos a aceptar que hay un Dios eterno? Ese Ser invisible, poderoso y eterno, que existe desde siempre ‘fuera' del universo, ¿por qué existe? ¿No es más absurdo creer que es ‘necesario' un Dios -al menos- para que el universo exista? ¿O es que realmente nuestra vida es un sueño, una ilusión? Los grandes interrogantes siguen sin respuesta, por supuesto, porque la fe no atiende a razones. Según los ‘entendidos' es un ‘don de Dios' que no a todos se concede. Es la manipulación  de la ‘magia' sacerdotal: ‘sólo los ciegos podrán ver'.

Pero los avances de la Ciencia son abrumadores para curar esa ‘ceguera': se ha descubierto un nuevo estado de la materia en 1994, el "estado fermiónico", que transmite electricidad sin pérdida de energía.; se está profundizando en la nanotecnología, en las propiedades de las ‘células madre', que permiten la regeneración de los tejidos y la  clonación de seres vivos. Se ha entendido ya el complejo sistema bioquímico del genoma y está muy avanzado el estudio neurológico del sistema nervioso, abriendo campos insospechados sobre las potencias desconocidas de nuestro cerebro, que sustituyen al alma preconizada por los antiguos, que carecían de tales conocimientos orgánicos. En el cerebro se oculta el gran ‘misterio de la vida'.

En astronomía los avances son aún más llamativos si cabe: se ha descubierto agua en la Luna y en Marte, lo que permite augurar un futuro de viajes espaciales y la posibilidad de vida en otros planetas; se ha captado la radiación de focos de luz a tres minutos del Big.Bang, calculando el comienzo del universo hace unos 4.500 millones de años;  los telescopios espaciales van abriendo misteriosos caminos hacia las estrellas más lejanas, y los microscopios electrónicos nos han introducido en el proceso vital más pequeño, que parece estar en las bacterias, que son la forma dominante de vida en la Tierra, con una longevidad de más de 300 millones de años. En resumen, la Ciencia moderna es un "surtidor fascinante de novedades", como diría José Antonio Marina. Por desgracia, muy pocos humanos se acercan a él para disfrutar y alimentarse de su verdad y de su belleza.

 Desde luego, la Ciencia tiene ante sí un cúmulo de misterios aún por desvelar. Muchos investigadores (entre ellos el español Juan Oró) han ‘fabricado' en el laboratorio todo tipo de biomoléculas vivas, demostrando así que la materia inorgánica puede generar ‘espontáneamente' la materia orgánica. Pero todavía no se sabe cómo pudieron las moléculas orgánicas dar lugar al primer ser vivo. El bioquímico belga Christian de Duve, premio Nobel de 1974, opina que los procesos que existían en la Tierra en la fase pre-biótica, anterior a la vida, deben producirse en cualquier otro lugar del universo donde se den condiciones similares, puesto que todo es un mero proceso físico-químico. Por tanto, no hay que descartar la existencia de seres vivos en millones de mundos parecidos.

Hay, por otra parte, un límite que no quiero traspasar. Para muchas personas, distanciarse de la religión, apostatar de cualquiera de ellas, y poner en evidencia sus defectos y fraudes, sean doctrinales o morales, tendría que ir acompañado de una postura sentimental de odio, con el consiguiente deseo de aniquilación total, como predica el ateísmo marxista, ya que "la religión es el opio del pueblo" (A. Kryvelev, Historia atea de las religiones, Júcar, 1985). Nada más alejado de mis sentimientos. Aunque se haya caído la venda de mis ojos y mi corazón sufra, no siento ni odio visceral ni anticlericalismo destructivo. Respeto es la palabra adecuada para expresar lo que siento. Respetar todas las creencias, respetar a todos los creyentes, aunque estén confundidos o engañados, según mi opinión, es la única forma de respetarme a mí mismo. Lo que me interesa es el individuo, no la colectividad, porque sólo existe la conciencia individual.

La libertad que quiero para mí es la misma que deseo para los demás. Traducido al sentimiento religioso, esto quiere decir que la única forma de evitar las guerras de religión y los odios fanáticos, es la práctica del laicismo como forma de vida. Cada uno buscando a su manera la felicidad soñada, sin entorpecer la decisión ajena, por muy errática que sea. Como escribe Henri Peña-Ruiz, "La autonomía del juicio y la lucidez de la inteligencia constituyen los valores decisivos de la laicidad...que permite a todos, creyentes, ateos y agnósticos, vivir juntos sin que unos y otros sean estigmatizados en razón de sus convicciones particulares" (Antología laica, Universidad de Salamanca, 2009). Solamente debo pedir el desprecio y el castigo para quienes sean conscientes de su falsedad y del daño que procuran.

Con todos sus defectos humanos y sus viciosas intenciones proselitistas, las diferentes iglesias o creencias procuran, por otra parte, un beneficio impagable a la sociedad con sus actos de caridad y de alivio de la miserable condición humana. La función social de los más abnegados religiosos no es reconocida como debiera. Hay individuos maravillosos que dan su vida, incluso, por los demás, sin saber que equivocan la motivación. Los salvan sus buenas intenciones. Espero que también me salve mi buena intención al hacer públicas mis reflexiones sobre el fenómeno religioso, inseparable de la condición humana desde los comienzos de la evolución de los homínidos. Reflexiones que dedico a Charles Darwin, quien me enseñó la importancia de la selección natural y de la lucha por la vida, para comprender por qué he nacido y por qué debo morir. Acabo estas páginas con la "explicación de la belleza y maravilla del mundo natural" que me ofrece el último libro de Juan Luis Arsuaga (El reloj de Mr. Darwin, Temas de Hoy, 2009), homenaje al gran naturalista inglés, al que me sumo en este verano de 2009, año de su centenario.

 

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7 Marzo 2009

OJOS QUE NO VEN (52)

 

 

III

El mito de la inmortalidad (1)

 

El andamiaje doctrinal de todas las religiones, especialmente la cristiana, se sustenta sobre dos bases de arenas movedizas, con el inevitable derrumbamiento de todo el edificio en cuanto la razón humana descubra  la debilidad de sus argumentos. Esas dos bases, que los seducidos por los memes adquiridos en la educación creen tan sólidas, son la dignidad del hombre, que merece la felicidad por su ‘imaginada' condición  de ‘hijo del dios inventado', y la esperanza de conseguirla durante toda la eternidad, fiado en las ‘palabras' de ese dios, tan huecas de sentido como el mismo ‘invento' divino. La dignidad del ser humano, tal como yo la veo, no puede residir en ninguna filiación de ese Ser Supremo, que no existe, sino en el propio cerebro de la especie homo sapiens, producto natural de la evolución darwiniana. Ese cerebro, excepcional entre todas las criaturas, que puede reflexionar sobre su propia vida, es algo tan asombrosamente único y maravilloso, que es, por sí mismo, digno de vivir exigiendo el respeto de los demás humanos. Otra cosa es que se lo merezca. La dignidad sería, pues, una derivación de la propia mente evolutiva, cuya psique no es ningún espíritu, sino la función cerebral en sí misma considerada. Donde hay cerebro humano, ha de haber dignidad. Vivida y exigida hasta el momento de la muerte. Por esta razón considero que el aborto no es tal mientras no haya cerebro en el feto. Es la consecuencia lógica de la inexistencia del alma.  

El académico Julio Casares, en su Diccionario etimológico de la lengua española (2ª ed. Gustavo ili, 1959) define la esperanza como un "estado del ánimo en el cual se nos presenta como posible lo que deseamos". Es, por tanto, un sentimiento cuya base es imaginativa ("se nos presenta") y cuya finalidad es, como la de todos los sentimientos, satisfacer un deseo. Se pueden esperar cosas muy diferentes: a/ el cumplimiento de una ley natural (que arraigue el árbol que acabo de plantar, que me hijo crezca fuerte y viva larga vida, que el sol salga cada mañana); b/ el cumplimiento de una ley social (que se haga justicia, que venza el mejor, que respeten mi vida y mi hacienda); c/ el cumplimiento de una ley moral (que mi amigo no me traicione, que mis méritos sean reconocidos, que no se descubran mis secretos); d/ el cumplimiento de una promesa religiosa (que mi vida se prolongue en otro mundo de felicidad).

Según la mitología clásica, Zeus, para castigar a los mortales por haber aceptado el fuego de Prometeo (es decir, el alma) que los elevó por encima de los demás animales, "ordenó al industrioso Hefesto que cuanto antes modelara, con agua y arcilla, un rostro que se asemejara al de las diosas inmortales, de bella, virginal y amable presencia, que fuese el torturador eterno de los hombres" (Hesíodo, Los trabajos y los días). En otras palabras,  creó a la primera mujer para castigar al hombre, instalando en su pecho la índole engañosa, los embustes y el discurrir astuto. Esta mujer recibió el nombre de Pandora. Zeus se la entregó al incauto Epimeteo, hermano de Prometeo, junto con el primer regalo de bodas de la historia: una caja que no debían abrir por ningún motivo. Tal prohibición suscitó la curiosidad femenina, de modo que Pandora abrió la caja y de ella salieron todos los males que afligen al mundo. Hesíodo, el primer machista griego, volcó su ira sobre ella: "De ella, en efecto, nació la estirpe nefasta de las mujeres. ¡Ah, qué desgracia tan inmensa para los hombres mortales!" (Teogonía). "Por suerte, dice un comentarista, en el surtido de la caja no faltaba la Falaz Esperanza. De lo contrario, los hombres, abrumados por las desgracias, seguramente no lo hubieran soportado y se habrían suicidado" (Luciano de Crescenzo, Los mitos de los dioses, Seix Barral, 1994).

Porque es imposible vivir sin esperanza. Por ella comemos, tenemos hijos, plantamos un árbol, rezamos y deseamos. Pero, a tenor de lo dicho, hay diversas clases de esperanza, inseparables de algún deseo, que se puede llegar a realizar o no, con la consiguiente satisfacción o insatisfacción. En cualquier caso, la esperanza desaparece sin mayores consecuencias que la de un contratiempo o una experiencia  placentera, que podremos ‘sentir' en su realidad. Es una vivencia real. Por el contrario, todos los creyentes que sueñan con el cuarto deseo (la esperanza religiosa en la inmortalidad), al despertar verán su engaño. Porque tal esperanza es un mito, una ilusión sentimental.

En el seno del cristianismo la esperanza es el sentimiento dominante. Cuando el también académico español Pedro Laín Entralgo publica su conocido libro La espera y la esperanza. Historia y teoría del esperar humano (Revista de Occidente, 1957) reconoce que su esperanza es, primordialmente política: "el logro de una España en buena salud, bien vertebrada y en pie, propuesto por la generación de 1914". Sin embargo, amplía su visión a la esperanza de la fe, culminación de una espiritualidad que se asienta en la creencia firme de una vida futura, después de la muerte: "La esperanza cristiana  tiene que ser un misterioso, gratuito y sobrenatural acabamiento de la pasión y del hábito de vivir esperando" porque "un hombre sin esperanza sería un absurdo metafísico". Palabras que me parecen no suficientemente pensadas, porque son conocidas miles de personas que viven en la desesperanza, sin sentir ninguna necesidad de confiar en un futuro de eterna felicidad, tal como nos prometen los imaginativos profetas de la fe religiosa.

En todo su razonamiento Laín sigue las sentencias de Agustín de Hipona, el obispo converso, en especial cuando escribe que "sólo la esperanza puede consolarnos de la fugacidad del presente". La esperanza es, pues, un consuelo, es decir, algo inexistente, una ilusión, un "autoengaño consolador". El santo de Hipona, como los demás Santos Padres del cristianismo, no hizo más que intentar tranquilizar su conciencia anunciando males sin cuento para los réprobos que no admitan sus fantasiosas elucubraciones, sin el más mínimo respeto a las conclusiones de la razón, también creada por ese dios al que dicen servir y predicar. Los textos evangélicos en los que fundamenta su exposición no pueden ser más endebles, aunque demos por supuesto que no son interpolaciones posteriores. El primero es de Mateo: "Después de mi resurrección iré delante de vosotros a Galilea" (Mt XXV, 32). El segundo es de Lucas: "Como relámpago fulgurante, que brilla de un extremo a otro del cielo, así será el Hijo del Hombre en su día" (Luc XVII, 24). El tercero, de Marcos: "Porque quien se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del Hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles" (Mc VIII, 38) y "Veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Poder y venir entre las nubes del cielo" (XIV, 62). ¿Dónde se habla de una vida futura? (Continuará).

 

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30 Enero 2009

OJOS QUE NO VEN (30)

 

 

Llamar "alma" a la conciencia, como he dicho,  es sólo una metáfora. Como lo es la definición de Dennett: "una especie de perla que el cerebro cultiva en su interior". Si la conciencia se reduce a la mera actividad cerebral, no sólo frustra la esperanza de que podamos sobrevivir a la muerte, sino también socava la idea de que somos libres y responsables (¿lo somos en realidad?). Incluso la convicción de que soy siempre el mismo, aun sabiendo que estamos en cambio constantemente. Las células de nuestro cuerpo no duran más de siete años, las del páncreas se renuevan cada 24 horas y las mucosas del estómago cada tres días. Y las proteínas de nuestro querido cerebro se reciclan cada mes. Esto es lo que nos dice la biología, que conmociona mi pensamiento hasta lo más profundo. Entonces, ¿quién soy yo? ¿Soy el mismo, a pesar de tanto cambio? Desde luego, mi cuerpo no. Lo que permanece es mi ‘personalidad', mi ‘yo', mi ‘conciencia', esa abstracción que me constituye, tan incomprensible como invisible.  Dicho de otro modo, como hace Steven Pinker, catedrático de Psicología de Harvard, "Yo diría que no hay nada que dé más sentido a la vida que la convicción de que cada momento de conciencia es un precioso y frágil regalo". Si lo tengo presente al despertar, no me invadirá el pesimismo, aunque el sufrimiento o la desgracia me anuncien un mal día. Marginando las emociones, leer, reflexionar, usar mi razón sensata y juiciosa, me darán más satisfacciones que pesares, porque la felicidad sólo puede estar en la verdad. "Si el drama ortodoxo de la salvación divina y de la inmortalidad del alma no tiene mérito probatorio, ¿cuál es la alternativa?". Responde el mismo Paul Kurtz, editor de la revista Free Inquiry: "La actitud vital humanista ofrece una opción viable: la buena vida de satisfacción creativa, felicidad y exhuberancia para la persona individual". Vida que será única, como yo lo soy, como lo es mi cerebro. Único porque mi genética lo es, como mis huellas dactilares o el timbre de mi voz.

Decía Popper que el sueño de Platón sobre el alma era una pesadilla, basada en la utopía. Imaginar el alma conlleva la creencia de que de ella depende nuestra conciencia, pero no hay ciencia que respalde esta teoría de los filósofos, acogida con entusiasmo por los teólogos.  Mediada la década de los años 90 del siglo XX, se descubrió el primer rasgo universal genéticamente único y común a todas las personas, pero ausente de cualquier simio: un solo átomo en una humilde molécula de azúcar, la enzima que fabrica el ácido siálico Gc. "No es un lugar prometedor para el alma", comenta irónicamente Matt Ridley en su libro ya  citado, Qué nos hace humanos (2004). Estoy tocando ya, con la yema de mis dedos, la gran herida de la incertidumbre. Todo lo que sé de mí es incierto y negativo. Lo posible positivo está en vías de probación. Hasta el momento, no he recibido respuesta  satisfactoria a ninguna de las preguntas que me vengo haciendo para conocerme. Si pierdo mi conciencia, aunque mis funciones orgánicas sigan trabajando, ¿seguiré siendo  yo quien vive? ¿Dónde está la frontera entre la vida y la muerte?

Ante tal cúmulo de incertidumbres,       quizás se vislumbre ya la luz de la verdad.  Según el físico Roger Penrose, lo único que puede explicar la conciencia es la "mecánica cuántica", que obligará a cambiar nuestra "visión del mundo". En este caso, serán inútiles todas las disquisiciones y estudios anteriores. (Su libro Las sombras de la mente. Hacia una comprensión científica de la conciencia, traducido al español en 2007, no es recomendable para personas ajenas a los secretos de la física y la matemática). Y Danah Zohar, en La conciencia cuántica (Plaza-Janés, 1990), siguiendo esta teoría, afirma que "La conciencia funciona siguiendo las leyes de la mecánica cuántica...Existe un nexo vital entre los procesos de pensamientos y los procesos cuánticos, entre nosotros mismos y los electrones". En esta línea de opinión, el catedrático de la Universidad de Sevilla, Manuel Lozano Leyva, representante de España en el Comité Europeo de Física Nuclear, ha declarado en una entrevista que "las fluctuaciones cuánticas del vacío (son las responsables de todo) o sea, que puede surgir materia y/o energía de la nada, de forma espontánea", haciendo innecesaria la idea de Dios. En todo caso, prevalece entre los científicos la afirmación del profesor de Neurociencias en California, C. Kock,  de que la conciencia "surge de procesos bioquímicos dentro del cerebro". Porque, como dice el profesor Chopra, también de la Universidad de California, "Gran parte de las ideas anteriores al nacimiento de la ciencia en el siglo XVIII eran supersticiones". El "gran error" de Descartes, según Damasio, fue el separar la mente del cuerpo, porque "alma y espíritu, con toda su dignidad, son estados complejos y únicos de un organismo corporal".

Mis actuales lecturas sobre la mente humana y el cerebro, como he dejado bien claro, son casi exclusivamente de textos científicos. No he ido a saciar mi sed en ninguna fuente teológica, sino en el limpio manantial de los saberes empíricos nacidos en dolorosas horas de trabajo en múltiples laboratorios de biólogos, físicos, neurobiólogos y psicólogos. A estas alturas de mi vida creo que es una obligación la de divulgar los adelantos científicos, si realmente pueden contribuir al mejor conocimiento de la condición humana, fabricada del sucio barro pero incrustada de maravillosas piedras preciosas. Desde lo más profundo de mi conciencia me llega la voz del simio que soy, con el único y sabio aforismo que define mi actividad de homo sapiens: "Lo importante es no dejar de hacerse preguntas". 

No obstante mi pesimismo, llego al final de mis reflexiones con algunas ideas clarificadoras. Por ejemplo, que no hay dos cerebros iguales, que yo -y mi conciencia- soy único, aunque todos los cerebros tengan la misma estructura física. Que la conciencia es puramente material, ya que cuando cesa la actividad del cerebro la conciencia deja de existir y cuando un cirujano corta en dos el cuerpo calloso de un epiléptico para separar los dos hemisferios, se generan dos conciencias. Que "una célula, por sí sola, no está viva, pero que el ‘sistema' o grupo de células reúne las propiedades de lo que llamamos vida". Que el 90% de estas actividades cerebrales son automáticas; el otro 10% es el que genera la conciencia. Que soy el resultado de un proceso de selección que continuará durante toda la vida, cuyos secretos he de agradecer al tantas veces calumniado Charles Darwin. Que, como miembros auxiliares, pueden trasplantarme cualquier órgano, excepto el cerebro, que identifico con mi personalidad. Que ese cerebro es tan complejo que ni siquiera los científicos han llegado todavía a un consenso completo sobre su esencia y funciones. Que mi mente, mis emociones, mi inteligencia, sólo funcionan cuando mi cerebro está activo. Que esta actividad se puede visualizar electrónicamente, incluso manipular, porque responde a impulsos electroquímicos. (Un enfermo de Cleveland, en coma durante seis años, volvió a comunicarse mediante una implantación de dos electrodos en el tálamo de su cerebro).  Que, contra lo aprendido, no hay "dentro" ningún espíritu o alma que dirija mis acciones, como un director de orquesta (La sensación intuitiva del Yo es pura ‘ilusión'). Que, en consecuencia, no debo esperar ninguna otra vida, ni para mi cuerpo (degradado por la muerte) ni para mi alma (llamar alma a la conciencia es sólo un juego de palabras). Que, frente a las fraudulentas y supersticiosas enseñanzas recibidas, debo estar infinitamente agradecido a cuantos semejantes, de ayer y de hoy, han dedicado su vida a investigar y a divulgar los sensacionales descubrimientos de la Ciencia, maestra laica de la vida. (Continuará)

 

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14 Enero 2009

OJOS QUE NO VEN (14)

 

 Hay que precisar qué son las mitocondrias y por qué es tanta su importancia.  Le cedo la palabra al autor (Sykes), para no dar un traspiés: "Las mitocondrias  son estructuras diminutas que existen dentro de todas las células. No están en el núcleo de la célula, ese saquito central que contiene los cromosomas, sino fuera de él, en lo que se llama citoplasma. Su función consiste en ayudar a las células a utilizar el oxígeno para producir energía. Cuanto más vigorosa es la célula, más energía necesita y más mitocondrias contiene. Las células de tejidos activos, como el muscular, el nervioso y el cerebral, contienen hasta mil mitocondrias cada una...Hay una cosa que es exclusiva de las mitocondrias. A diferencia del ADN de los cromosomas del núcleo, que se hereda de los dos progenitores, las mitocondrias sólo se heredan de la madre. El citoplasma de un óvulo humano está repleto: un cuarto de millón de mitocondrias. En comparación los espermatozoides tienen muy pocas mitocondrias, sólo las suficientes para aportar la energía necesaria para nadar útero arriba hasta llegar al óvulo. Cuando el espermatozoide triunfador penetra en el óvulo para entregar su paquete de cromosomas nucleares, sus mitocondrias ya no le sirven de nada, y se desprende de ellas junto con la cola...Por esta sencilla razón, el ADN mitocondrial  (ADNmt) se hereda siempre por vía materna. El óvulo fecundado se divide una y otra vez, formando primero un embrión y después un feto, que se transforma en un recién nacido y con el tiempo, en un adulto. Durante todo este proceso, las únicas mitocondrias que aparecen son copias de las originales que había en el óvulo de la madre. Aunque tanto los varones como las hembras tienen mitocondrias en todas sus células, sólo las mujeres transmiten las suyas a su descendencia, porque sólo las mujeres producen óvulos".

 Siguiendo esta pista, en miles de individuos y horas de laboratorio, el profesor Sykes ha podido localizar geográficamente el asentamiento inicial y la descendencia de estas siete "hijas de Eva". Esta ‘investigación detectivesca' se puede leer como la más apasionante de las novelas. De gran interés resultan también otros dos libros sobre el tema. El primero, En busca de Eva, de Michael Brown (Planeta, 1990), donde queda establecido que "no existió ningún ‘Jardín del Edén' único y mágico", y el colectivo Antes de Lucy. El agujero negro de la evolución humana (Tusquets, 2000) que se pueden recomendar entre los innumerables escritos sobre el origen de la especie homo que podemos encontrar en las librerías, cada uno con sus propuestas, a veces incompatibles.

Tesis contrarias, si no contradictorias, que engendran agrias polémicas, hipótesis que se anulan a poco de ser formuladas: tal es el lento pero imparable avance científico en todas las materias, pero especialmente en las biológicas. ("Cada día sabemos más y entendemos menos", decía Einstein). Todo lo que atañe a la vida es, no sólo apasionante, sino que, además, estimula como ningún otro acicate la entrega más absoluta al trabajo de laboratorio. Esto no lo podrá comprender quien no lo haya vivido. Ni la imaginación más viva me puede poner en el lugar del investigador que encuentra su felicidad en la búsqueda de la verdad científica. Es el atractivo del misterio. El catedrático mejicano Antonio Lazcano, autor de libros tan interesantes como La chispa de la vida y El origen de la vida (Trillas, 1989) no duda en afirmar que "el nacimiento de la vida sigue siendo uno de los grandes interrogantes de la ciencia; de ahí la fascinación que ejerce sobre nosotros". Por ahora, su última palabra sobre el tema se opone a la ‘sopa primordial' de Oparin, quien "estaba convencido de que el origen de la vida había sido un proceso lento que necesitó miles de millones de años para tener lugar. Ahora sabemos que no fue así. La evidencia fósil, tanto morfológica como química, ha demostrado que la vida apareció poco después de la consolidación de la corteza terrestre y la formación de la hidrosfera...un ‘gazpacho prebiótico' se antoja como un modelo mucho más adecuado para la acumulación de la materia prima de los primeros seres vivos".  ¿Y por qué no pudo  surgir la vida sobre una base sólida, como los cristales de arcilla, según  propone el químico irlandés Graham Cairns-Smith? La incertidumbre - la angustiosa incertidumbre - sigue alimentando el misterioso origen de la vida.

Ciertamente, un pobre mortal no científico se pierde entre tantas tesis y antítesis. No sabemos cuál será la que, al fin, gane la partida. Hoy por hoy parece que la física gana a la química. Aunque todas las combinaciones atómicas que pudieran originar la vida sean de índole química, las ultimísimas investigaciones nos dejan deslumbrados, porque exceden a nuestra comprensión. La solución al misterio parece que puede estar en las teorías de la física cuántica. En el día de hoy ya no podríamos vivir sin las aplicaciones prácticas de esta nueva física, como la electrónica (transistores, ordenadores, televisiones, incluso la bomba atómica), los procesos de fisión nuclear, el rayo láser (que puede ‘leer' la superficie de un CD lo mismo que ‘mostrar' el interior de un cuerpo en tres dimensiones), las nano-tecnologías (todavía en sus comienzos).

Como afirma en una entrevista del mes de noviembre de 2008 en la web ‘Tercera Cultura' el físico español Juan Ignacio Cirac, Premio Príncipe de Asturias del año 2006, "La física cuántica requiere un cambio drástico de nuestra visión de la naturaleza". Tan espectacular es el giro científico como que el origen de la vida se puede explicar por "fluctuaciones cuánticas de vacío", como asegura A. Lazcano. Es decir, que la materia/energía puede surgir de la nada de forma espontánea por unas simples "fluctuaciones" cuánticas. Cuando esta hipótesis se transforme en tesis, como manifiesta el físico teórico Michio Kaku, estudioso de la teoría de  cuerdas, nuestra cosmovisión habrá dado un vuelco impensado: "Creemos que un multiuniverso de universos existe como burbujas flotando en la Nada" (La física de lo imposible, 2008). La teoría einsteniana de la relatividad general ha quedado ya desfasada por esta teoría de cuerdas, que pretende, no sólo la explicación del universo (uno entre los infinitos universos posibles) sino arrinconar, por inservibles, todas las demás teorías que han ocupado hasta hoy la paciente actividad de los científicos.

Físicos como David Deutsch, Richard Feynman y el citado Michio Kaku (Universos paralelos. Los universos alternativos de la Ciencia y el futuro del Cosmos, Atalanta, 2008) aseguran, sin poder probarlo, que "pueden existir infinitos universos paralelos pero no son verificables". La llamada ‘dualidad cuántica' (principio de incertidumbre) establece que cada electrón del átomo tiene dos ‘personalidades' diferentes, según que actúe como onda o como partícula. Cuando contemplamos los objetos vemos una masa homogénea, inmóvil en la mayoría de los casos, aunque sabemos (o debiéramos saber) que esa masa está constituida por átomos en permanente movimiento. Además, a nivel microscópico, regido por una absoluta indeterminación. Esta revolución física comenzó en los años 20, con los estudios del alemán Werner Heisenberg sobre la naturaleza dual de la luz.  En 1930 el británico Paul Dirac formuló por primera vez los principios de la mecánica cuántica, destinada a revolucionar el conocimiento humano. El físico español Francisco Yndurain declaró en una entrevista que "el gran hito del siglo XX ha sido la teoría de los cuantos, no la de la relatividad".

Según la física cuántica, las propiedades de los objetos no están definidas hasta que son observadas por alguien. Por muy extraño que parezca, la física cuántica se basa en leyes extraordinarias, que no tienen nada que ver con las de la física newtoniana. Nada existe hasta que alguien lo mira. ¿Será verdad tamaña majadería? se pregunta el necio.  Lo mismo cabe preguntarse cuando esta ciencia admite sin mayor rubor que la ‘teleportación' es posible, así como el viaje al pasado, porque no se traslada la materia sino la información. Unir la mecánica cuántica con la relatividad general es el sueño de muchos, que esperan así encontrar la única teoría universal, que todo lo explique. No obstante, la oposición tiene sus dudas, y se aferra al escepticismo crítico respecto a este reduccionismo (Freeman Dysson, El científico rebelde, Debate, 2008). Hasta hace poco el último eslabón de la materia era el ‘top quark', acosado en sus cualidades por la nanotecnología. Pero aún queda sin dilucidar, para desesperación de los científicos, el conocido como ‘bosón de Higgs', considerado como la ‘partícula fundamental de la masa', cuyo descubrimiento nos abriría las puertas del misterio.

 Si se llegaran a conocer los últimos enigmas de la realidad quizás debiéramos plantearnos el antiquísimo postulado de que la vida es "ilusoria". Si las partículas elementales (hoy "altas energías") que conforman la materia, son tan inciertas, indefinibles y misteriosas ¿por qué no lo puede ser toda la realidad? Para el científico ruso Ilia Prigogine, "el abismo entre la vida y la no-vida es mucho más pequeño de lo que pensábamos" y propone para explicar el misterio la tesis más heterodoxa dentro del mundo científico: existe un ‘programador' del que nada sabemos: "un gigantesco cerebro que ocupa todo el universo".  Al final, va a resultar que la fe religiosa, basada  en (imposibles) ‘revelaciones' sobrenaturales, ha de ser sustituida por otra fe, esta vez nacida en los laboratorios, tan absurda (para nuestra comprensión) como la primera. ¿Llegaré a ver la luz antes de morir?

La Ciencia desarrolla sus teorías escrupulosa, pero asépticamente, sin comprometerse ni mancharse, sin llegar a las últimas consecuencias, que cada persona ha de hacer aflorar por sí misma, llevándose las manos a la cabeza, por tanta humillación escandalosa. Por ello, la tentación más frecuente suele ser la del desprecio y la incredulidad: "¡No puede ser verdad tanta fantasía científica! Es preferible aferrarse a la teoría bíblica como a un clavo ardiendo. ¡Que nadie me expulse del paraíso de mis sueños, con mis bellos padres, mis manzanas y mi serpiente, por muy malvada que sea!  Acepto de mil amores la pesada carga del pecado original, con tal de zafarme de esa historia bestial que nos quieren hacer creer unos locos antropólogos, biólogos o físicos que no saben lo que dicen.  Si el demonio, como asegura el Papa, ya ha sido vencido, nada puedo temer de sus añagazas para privarme del paraíso..." Bien pensado, si no sabemos dónde están localizados ni el cielo ni el infierno, sí podemos estar seguros de algo más cercano: el limbo está entre nosotros. (Continuará).

 

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13 Enero 2009

OJOS QUE NO VEN (13)

 

 

 Mucha gente sigue sin creer en la teoría evolutiva (¿cómo voy a ser pariente de los monos?)  pero la Ciencia, aunque pueda ir modificando sus postulados, en esto parece que ha llegado a un consenso universal. Aquello de Adán y Eva comiendo manzanas no pasa de ser un cuento infantil, sólo creído por los más fervorosos ignorantes. El hombre actual desciende, por evolución natural, de unos ancestros que, hace millones de años, dieron origen, por los misteriosos caminos de la genética, a varias ramas de homínidos, entre ellos nosotros, los homo sapiens sapiens. No es que el chimpancé ni el orangután, ni el gorila, sean nuestros hermanos, pero sí son nuestros primos lejanos. Adán, el progenitor de nuestra especie, vivió en África hace unos 270.000 años, según el profesor Robert Dorit, de la Universidad de Yale, pero cuyos descendientes  no se aventuraron a expandirse por los demás continentes hasta pasados doscientos mil años. Especie que se diversificó en diferentes ramas, muchas de ellas desaparecidas, como la del ‘visitante' de la Edad del Cobre cuya momia fue encontrada en 1991, en plenos Alpes italianos, a 3.270 metros de altitud. Congelado durante cinco milenios, el análisis de su genoma  permitió establecer que pertenece a una rama del homo sapiens que se extinguió hace mucho tiempo, sin dejar más huella de su paso por este mundo de este ‘hombre de Ötzi' alpino.

En la reproducción a tamaño natural de los homínidos que hoy podemos contemplar en el Museo de Ciencias Naturales  hay un aspecto que me llama la atención: la ausencia, bastante llamativa, de un vello abundante por todo el cuerpo que mitigara los rigores del frío invernal, al alejarse de la zona ecuatorial. Según dice Spencer Wells, Director del Proyecto Genografic, quien completa lo establecido por el profesor Dorit,  los humanos venimos de una familia africana que vivió hace sesenta mil años (escasamente unas dos mil generaciones) y que emigró por la costa africana hasta llegar a Australia; otra oleada lo hizo hace cuarenta y cinco mil años hacia oriente Medio, expandiéndose diez mil años después por Europa; finalmente, una tercera emigración se internó en América por el norte de Siberia hace tan sólo veinte mil años..

 Los seres humanos pertenecemos a una sola especie, como se ha demostrado a lo largo de la historia, que se caracteriza por las continuas migraciones y cruces interraciales. Juan Luis Arsuaga afirma taxativamente: "Las tesis racistas no sólo son éticamente abominables, también son científicamente falsas" (El collar del neandertal, Temas de Hoy, 1999). Lo que llamamos ‘razas' humanas son categorías definidas por razones históricas, sociales y culturales. (Véase el libro de Juan Luis Arsuaga/ Ignacio Martínez, La especie elegida: La larga marcha de la evolución humana. 11ª ed. Temas de Hoy, 1998). Marcha que se inicia en el Pleistoceno y aún continúa. Según Francisco Mora, catedrático de Fisiología en la Complutense de Madrid, hubo un momento en la vida de ‘los primeros Adanes', fundamental para su evolución, la llamarada del fuego, que le permitió cocinar los alimentos. "El fuego, espontáneo o producido por él mismo, debió cautivar a los primeros homínidos desde hace ya un millón de años". A las ventajas del calor y la protección contra los demás predadores, se sumó la de cocinar y calentar su dieta diaria, "un fenómeno único y distintivo de la especie humana, que transformó su cerebro" (ya de por sí en constante evolución, por otras causas genéticas).

No existen las razas, ya que todos los humanos se pueden aparear entre sí y los rasgos superficiales no indican pertenencia a especie diferente, sino a diferentes culturas; lo que importa es el genoma, prácticamente idéntico en todos los seres humanos. Es decir, que procedemos de un mismo tronco familiar, si nos atenemos a lo que dicen los genes estudiados."La mayoría de los europeos, afirma Wells, el 80% tiene sus antepasados en el Paleolítico, en los cromañones, que son los que salieron en la segunda oleada de emigración de África, y llegaron a Europa Occidental hace unos 35.000 años. Pero hay un 20% de las muestras genéticas europeas que procede de Oriente Medio hace sólo 10.000 años. Fue allí donde la gente comenzó a plantar vegetales y a domesticar animales".  Parece que los descubrimientos paleontológicos sustentan la precisión de las fechas, que debemos aceptar, como el cambio de color en el transcurso de las generaciones, puesto  que "al ir hacia el norte geográfico, se perdió la melanina de la piel para sintetizar la vitamina D".  Pero nada se dice  de la pérdida del vello corporal ni se cuestiona la fealdad de nuestros salvajes antepasados (S.Wells, Nuestros antepasados, RBA, 2007). La génesis de la diversidad humana actual ha sido estudiada por dos biólogos catalanes, Jaume Bertranpetit y Cristina Junyent, en Viaje a los orígenes. Una historia biológica de la especie humana, Península, 2000).

La belleza humana idealizada no afloró en el arte hasta unos 500 años antes de nuestra Era, en la Grecia clásica, donde se consiguió, sobre todo en la escultura a tamaño natural, la ‘divina proporción' que parece sustentar (hasta el siglo XX) la belleza ‘canónica'. En el siglo XVI, con el triunfo del idealismo renacentista, los pintores contribuyeron a dar alas a la imaginación para elevar a nuestros primeros padres a la cima del canon estético. Lukas Cranach, Hans Baldung Grien, Alberto Durero y otros maestros, siguiendo las huellas del clasicismo griego,  fueron los primeros en dar vida con el pincel a una pareja de progenitores de los que la humanidad pudiera sentirse orgullosa, sin demasiados rasgos salvajes. La belleza renacentista se impuso a la verdad histórica.

Lo que la Ciencia va descubriendo es algo muy distinto. Ya nos habían dicho que los primeros españoles (el "homo antecessor" de Atapuerca) eran grotescos y crueles caníbales, que sólo se diferenciaban de otros simios por el volumen de su cerebro (La tasa de crecimiento neuronal del homo añade a las de esos ‘parientes' unas 250.000 neuronas por minuto en los dos primeros años de vida. Esta parece ser la clave de la hominización). Pero hace unos años nos hemos enterado de algo más trágico: su canibalismo era selectivo, ya que preferían la carne más tierna de los niños,  antes de  llegar a la pubertad. Y nada de rituales religiosos. Era la elección libre de la dieta. ¿Serían sus propios hijos los sacrificados? Para no llegar al abismo de la crueldad, prefiero pensar que eran los hijos de tribus rivales. Esto nos ayuda a entender la conducta agresiva del hombre actual, de cuyo cerebro no han desaparecido totalmente esas tendencias del hombre primitivo.. Tanto los neandertales como los cromañones eran, pues, de naturaleza violenta, sin más horizonte vital que la supervivencia en un mundo hostil, sin nociones de moralidad, que no sabían distinguir el bien del mal, como falsamente sugiere la historia sagrada. Los neandertales, los españoles al menos, eran de piel clara y pelirrojos, además de tener el grupo cero sanguíneo, como ha quedado establecido por los restos fósiles de la cueva asturiana de El Sidrón, habitada por ellos hace 43.000 años. Pero, además, ambos eran feos para los gustos estéticos actuales, de una fealdad que nos asusta, como hoy nos pueden asustar nuestros primos los gorilas, orangutanes y chimpancés, con quienes compartimos un antepasado común que vivió hace la friolera de 12 millones de años..

Pero si esta apariencia grotesca la pudiéramos aceptar en Adán,  ya que, como dice el refrán, "El deseo hace hermoso lo feo", resulta inaceptable para nuestra vanidad una madre Eva con esos rasgos simiescos, con hijos e hijas tan repulsivos como ella.  Por cierto, ¿qué se sabe de  las "hijas de Eva"? Responde a esta pregunta el profesor de Genética de la Universidad de Oxford, Bryan Sykes, que  reduce a siete las que dieron vida a las diversas tribus europeas, aunque separadas por miles de años. Incluso les pone nombre: Úrsula, Helena, Tara, Katrine, Xenia, Velda y Jasmine. Siguiendo la pista de la "Eva mitocondrial", "raíz de todos los linajes maternos de los seis mil millones de habitantes del mundo",  puede afirmar que "sólo el linaje de Eva ha sobrevivido sin interrupción hasta la actualidad. Los demás se extinguieron" (Las siete hijas de Eva, Debate, 2001).  (Continuará).

 

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12 Enero 2009

OJOS QUE NO VEN (12)

 

 

Para quienes, como Paul Davies, no respaldan ninguna de estas teorías, la más plausible hipótesis es la ofrecida por la mecánica cuántica, ya que "La vida no puede estar inscrita en las leyes de la física, porque son, por definición, simples y generales. No cabría esperar que ellas solas conduzcan inexorablemente a algo a la vez altamente complejo y altamente científico". El primer ser vivo pudo haber surgido por azar, pero gracias al ‘extraño comportamiento' de la materia en el nivel subatómico. Volvemos a las partículas como el inicio misterioso de la todos los organismos. Lo que vino después, calor, respiración, fotosíntesis, evolución, diversidad, son etapas conocidas de la vida. Este breve recordatorio me sirve para destacar la absoluta importancia para nosotros, seres macromoleculares, de esa estrella que nos ilumina, da calor y vida a la Tierra, a la que podemos llamar, sin eufemismos, nuestro padre el Sol. Porque  la luz solar fue la que, por fotosíntesis, activó la producción del oxígeno atmosférico. Fotosíntesis es la palabra que acompaña siempre al mantenimiento de la vida. Para nosotros, los profanos, la fotosíntesis puede ser un proceso más de los que se producen a millares en el seno de la naturaleza. Pero creo que es el mágico y definitivo catalizador del proceso vital.

La fotosíntesis, que fue descubierta en 1779 por el médico holandés Jan Ingenhousz, se limita a un proceso químico en las hojas de las plantas, donde se encuentra un pigmento de color verde, la clorofila, que es el encargado de transformar la energía solar en alimento (almidón y azúcar), absorbiendo el dióxido de carbono del aire y expulsando el oxígeno sobrante. Esta sencilla transformación química es la que ha permitido la evolución de la vida. Y todo gracias al sol, sin cuyo concurso no existiría la vida orgánica. ¡Cuánta razón tenían los primeros humanos al rendir adoración al Sol como fuente de la vida!  En realidad, el sol es una gigantesca masa de gas incandescente, que está consumiéndose desde sus comienzos, convirtiendo hidrógeno en helio a razón de 600 toneladas por segundo. La enorme cantidad de energía así producida se propaga por el espacio, haciendo posible la fotosíntesis y la vida en nuestro planeta. Puede decirse, sin exageración, que el Sol, nuestro padre, se destruye a sí mismo para darnos la vida. Es un sacrificio sin posible recompensa.

Dicen los antropólogos que todos venimos de un mismo tronco africano, que toda la humanidad actual desciende de los primeros homínidos que pudieron prosperar gracias a su mente creativa y a la invención del lenguaje articulado. Pero ¿cómo apareció el primer  homo de la nueva especie? Hay quien responde con rotundidad, en defensa de una tesis revolucionaria: "Un mono drogado podría haber dado origen al Homo sapiens" porque fueron "las sustancias alucinógenas las responsables del salto evolutivo del primate al hombre". Según Terence McKenna, las sustancias alcaloides de los vegetales que llevan al éxtasis pudieron ser las responsables de la evolución, al ser consumidas con fruición y como dieta principal por un grupo de simios que, inconscientemente, por el simple placer de la drogadicción originaron, al cabo de varias generaciones, la evolución cerebral que permitió el acceso al pensamiento simbólico propio del homo sapiens. Entre estos posibles alcaloides cita la psilocibina, la dimetil-triptamina y la harmalina, como los catalizadores de la "emergencia de la autoconciencia" (El manjar de los dioses, Paidós, 1993). El autor se apresura a especificar que "las exoferomonas de las plantas alcaloideas actuaron como agentes mutágenos sobre los primates que las incluyeron en su dieta, pero no produjeron la nueva conciencia, sino que catalizaron la conciencia animal a niveles superiores". A la psilocibina, derivada de un hongo, se la cree responsable de la repentina expansión del cerebro (de los 500 a los 1.000 gramos) y del desarrollo de la imaginación, fundamento indispensable de las creencias religiosas.

Así nacería el hombre, en un largo proceso de superación de la animalidad, pero en permanente contradicción entre el altruismo y los instintos egoístas, en los que predomina la destrucción y la muerte. De lejos viene el olor a sangre. Llegados al estadio presente, en que los humanos mantenemos en alto el hacha de guerra, tribus contra tribus, hermanos contra hermanos, sin motivo aparente que lo justifique, tendremos que preguntarnos con Juan Luis Arsuaga, director de las excavaciones de Atapuerca: "¿Nos habrá conducido la evolución  hacia un callejón sin salida?". Él mismo se responde, sin demasiada esperanza: "La respuesta está en el viento". La teoría de la evolución, que Darwin sistematizó, puso en pie de guardia a quienes, dogmáticamente, defendían la singularidad de la especie humana, creada directamente por Dios con un destino muy diferente al de las demás criaturas. Como sentenció Bertrand Russell en 1935 (Religión y Ciencia), "es imposible ser darvinista y cristiano al mismo tiempo". (Continuará).

 

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4 Enero 2009

OJOS QUE NO VEN (4)

 

 

La biología ha de fundamentarse en la química y en la física, si descartamos por ilusoria la tesis de la divinidad creadora. Para saber lo que es la vida hemos de partir de los ácidos nucleicos, las proteínas, el agua, el azúcar, las grasas y demás componentes que integran un cuerpo vivo. Todos ellos siguen las mismas pautas en el resto de la materia del universo. En 1944 Erwin Schrödinger, uno de los padres de la física cuántica, después de Max Planck y Werner Heisenberg, escribió un libro titulado ¿Qué es la vida?, donde invitaba al abandono de la antigua teoría ‘vitalista', pues estaba seguro de que la vida podría explicarse en términos de átomos y partículas. Frente a esta postura iconoclasta, los ‘animistas' aún piensan que, aunque todo pueda explicarse en clave de física y química, es muy difícil establecer los límites de lo viviente. (¿Son seres vivos los espermatozoides, las semillas, las células de nuestro cuerpo?). Una de las claves del problema consiste en decidir si existe o no una frontera definida entre lo vivo y lo inerte. Los que optan por una respuesta afirmativa reconocen implícitamente la existencia de un alma que alienta y vivifica a todos los organismos.

Aristóteles dudaba ante la llama, que nace, se alimenta, crece y muere como un ser vivo, mientras exista suficiente combustible. Igual que los organismos, la llama de la vela respira (toma oxígeno del aire), se alimenta (de cera), excreta (gases), responde a estímulos (como la corriente de aire) y desaparece con el final de la combustión. Este ejemplo y algún otro pueden engañar al común de los mortales. De aquí la importancia del descubrimiento y estudio de los genes, inequívoca expresión de la vida orgánica, que se reproduce mediante un código de información genética.  El mismo Darwin se admiraba de lo descubierto cuando escribía: "El organismo más humilde es algo mucho más elevado que el polvo inorgánico que pisamos, y nadie con una mente imparcial puede estudiar una criatura viva, por muy humilde que sea, sin maravillarse de su estructura y propiedades". Claro que esta declaración, en sí, no conduce necesariamente a la creación sobrenatural, más bien al reconocimiento de nuestra impotencia: "El misterio del principio de todas las cosas es insoluble para nosotros" (Darwin).

A día de hoy, la cosmovisión planteada por los descubrimientos de la mecánica cuántica no admite otro mundo que el percibido por los sentidos, con la sorprendente conclusión de que el universo puede haber aparecido espontáneamente, sin necesidad de un dios creador. Y el organismo más maravilloso que ha surgido de este nacimiento espontáneo, es decir, el cerebro humano, con todos sus productos mentales, desde los sentimientos a la volición o el pensamiento, no necesitan para actuar a ningún ser sobrenatural, según dictamina el científico español Francisco J. Rubia en su libro ¿Qué sabes de tu cerebro? (Temas de Hoy, 2006). Por imposible que pueda parecer, todo se ha de explicar por la materia, lo único existente como insisten una y otra vez los materialistas, encabezados por Holbach. Dios y mi alma son ‘entes' imaginados. Mi conciencia existe porque existe mi cerebro. Fuera de él no podría existir. Para entender su existencia ‘natural', el hecho de que "hay una base física en la conciencia similar al funcionamiento de los ordenadores", debo acudir a las palabras de una especialista en física cuántica: "La materia y la conciencia están tan íntimamente unidas que, o bien la conciencia es una propiedad de la materia, o más aún, surgen ambas de la misma fuente: los fenómenos cuánticos. Cada uno de estos puntos de vista saca a la conciencia del dominio de lo sobrenatural, y la convierte en materia apropiada para la investigación científica" (Danah Zohar, La conciencia cuántica, Plaza-Janés, 1990).

El misterio de la vida no podrá ser desvelado mediante fantasías oníricas de videntes que presuman de contactar con una  divinidad invisible, ente sagrado que sirve de poderosa espada  para cortar el nudo gordiano del misterio inexplicable. Por el contrario, la ciencia experimental va abriendo cada día más puertas conducentes al sancta sanctorum del templo misterioso de la vida, que parece estar cubierto por el velo de la mecánica cuántica, ‘metafísica experimental' que no está al alcance de una inteligencia normal, pero que hace exclamar a un ilustre valenciano, Doctor en Física teórica, que "Sin la mecánica cuántica todo es falsa ilusión" (Ramón Lapiedra, Las carencias de la realidad, Tusquets, 2008). Después de la teoría de la relatividad, diseñada por Einstein,  la otra gran revolución científica del siglo XX fue la física cuántica, que aspira a describir las leyes fundamentales de la naturaleza a escala microscópica. Los resultados son contrarios al sentido común, pero están respaldados por numerosos y creíbles experimentos. El conocido filósofo Paul Kurtz, profesor emérito  de filosofía en la Universidad Estatal de Nueva York, y autor de libros básicos, como Defendiendo la Razón: Ensayos de Humanismo secular y escepticismo  (Lima, AERPFA, 2002) asegura en su revista Skeptical Inquirer, que "todo tiene una explicación científica, ya que la ciencia va descubriendo las causas de lo que ocurre, desde que se liberó de la revelación, de la sumisión a lo absoluto".

Sin embargo, también en los últimos años se han multiplicado las voces contrarias a la investigación científica, amparadas en la dignidad de los sentimientos religiosos y los valores morales. "El tiempo sólo cobra sentido si lo consideramos sub especie aeternitatis (Laura Bossi, Historia natural del alma, La balsa de la Medusa, 2008). El creacionismo del ‘diseño inteligente' es la doctrina de los más puritanos, que defienden la interpretación literal de la Biblia, con un dios creador de toda vida compleja, en oposición a las teorías evolucionistas. Más actual es la doctrina del creacionismo ‘cognitivo-conductual, que admite la evolución solamente hasta la creación ‘divina' de la mente humana, imposible de explicar por la evolución. A pesar de las múltiples investigaciones que las respaldan, estos ingenuos fanáticos creen que la Tierra  fue creada hace sólo diez mil años y que los dinosaurios son de anteayer. Los seguidores de esta "Ciencia de la Creación" son mayoritariamente norteamericanos, aunque su mensaje ha llegado a Europa, con bastantes adeptos en el Reino Unido y en Holanda, incluso a Rusia, donde el Movimiento Creacionista Ruso busca evidencias que confirmen la exactitud del Génesis. Pero, a pesar de tanto ataque despiadado, el darwinismo, aunque modificado, sigue vivo en la conciencia científica, gracias a los numerosos descubrimientos paleontológicos, que confirman la estrecha relación biológica que hubo entre todas las especies hace millones de años. "Ningún científico que lo sea de verdad puede admitir el creacionismo", asegura el Doctor en Neurociencia Cognitiva Manuel Martín-Loeches en su libro La mente del homo sapiens (Aguilar, 2008).

Aunque quiméricas, las creencias irracionales, tanto novedosas como tradicionales, van en aumento, en perjuicio de la verdadera ciencia. La credulidad, inherente a la condición humana, se fundamenta en la ignorancia, se sostiene en la  ingenuidad y se acomoda en el error y en el abandono, por comodidad, del juicio crítico. Así lo reconoce el psicólogo Michael Shermer, que comenta todas las ‘falacias' de la credulidad (Por qué creemos en cosas raras. Pseudociencia, superstición y otras confusiones de nuestro tiempo, Alba, 2008). La consecuencia es el autoengaño, alimentado siempre por la fascinación del misterio, que la ciencia intenta desvelar, pero que todas las religiones han defendido como algo ‘sagrado' que se debe proteger de la mirada inquisitiva de los fieles. Lo ‘sagrado' es un ente abstracto, sin realidad fuera de la imaginación, que las religiones han inventado para atemorizar a los humanos y tenerlos sometidos a las inventadas divinidades, poderes invisibles que son admitidos por los pusilánimes sin dudar ni un instante en su realidad ‘espiritual', que los han de ‘salvar' de la muerte eterna. Creencia que es deudora de la esperanza, sentimiento que nos ilusiona con la inmortalidad, como ya dijo el poeta inglés Alexander Pope en un conocido verso "De la esperanza nace lo eterno en el corazón del hombre" (Ensayo sobre el hombre, 1733).

Aceptar las monstruosidades, errores y engaños de la Biblia, como hacen los creacionistas, es una muestra más de la ‘ceguera voluntaria' con que tantas personas, inteligentes en mayor o menor grado, se dejan convencer por la seductora superstición. Lo dijo sabiamente el filósofo Pascal, al comprobar la irracionalidad humana, deudora de unos sentimientos que nos mueven al compás del viento ideológico: "los hombres son unos juncos pensantes".  La fe religiosa, en mayor grado cuanto más fanática, puede ser explicada, simplemente, por esa credulidad irracional que calma la intranquilidad y la angustia de una  existencia sin sentido que sólo conduce a la certeza de la  muerte. (Continuará).

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3 Enero 2009

OJOS QUE NO VEN (3)

 

La ciencia biológica, a la que debemos sorprendentes avances en la explicación de la vida orgánica, se mueve siempre entre el optimismo y el pesimismo. Cuando el científico inglés Paul Davies comenzó a escribir su citado libro El quinto milagro. En busca de los orígenes de la vida (Crítica, 2000) "estaba convencido de que la ciencia estaba próxima a desvelar el misterio de la vida", pero pronto se convenció de que no había ni unanimidad en los criterios, ni una línea segura de investigación científica que permitiera salir airoso en esta controvertida y todavía misteriosa cuestión esencial. Aunque algunos años antes los científicos proclamaran "tenemos derecho a ser muy optimistas", la realidad es que, al finalizar el siglo XX, a pesar de avances tan significativos como los retos del Proyecto Genoma, la secuenciación de seres vivos o la biotecnología,  todavía las sombras no dejaban ver en toda su intensidad la luz, buscada con ansiedad por filósofos, teólogos y científicos durante 2.500 años.

Desde Aristóteles, más dos milenios atrás en el tiempo, se ha venido trabajando con la idea de una "fuerza vital" que anima al cuerpo (llámese alma, aire, fuego, sangre, karma, electricidad o cualquiera otra). Es el "vitalismo", doctrina defendida, entre otros,  por el filósofo Henri Bergson y sus discípulos, ya desacreditados porque "no necesitamos una fuerza semejante para explicar lo que sucede dentro de los organismos biológicos", sostiene Davies, para quien, sin embargo, existe ‘algo' no material dentro de los seres vivos, que él identifica con la ‘información' biológica: "Dentro de todos y cada uno de nosotros hay un mensaje, escrito en un código antiguo que contiene instrucciones para construir un ser humano. Nadie escribió el mensaje; nadie inventó el código. Nacieron espontáneamente. Su diseñadora fue la Madre Naturaleza".  Esta tesis, deudora de ilustres materialistas, como el Barón de Holbach, tuvo su eclosión en la segunda mitad de siglo XVIII, época de las apasionadas polémicas que enfrentaron a ‘preformistas' (Bonnet, Malpighi) con ‘transformistas'  (Needham, Bufón, Maupertuis, Holbach) cuyas teorías filosóficas resultaron vencedoras y abrieron el camino a las más científicas y evolutivas de Lamarc y Darwin (Jean Rostand, La genèse de la vie, Hachette, 1943).

Ninguna persona culta que haya vivido en las postrimerías del siglo XX ha podido sustraerse al atractivo intelectual de las diversas respuestas de la ciencia a los antiguos interrogantes sobre el origen y finalidad de la vida, sobre el misterio de la condición humana y la necesidad de un ser creador que haya fijado los límites de su existencia, el orden moral y social que los premie o castigue en una vida posterior. Nuestros antepasados estaban tan acostumbrados a la idea de un Ser Supremo espiritual,  creador omnipotente y salvador de los suyos, única especie destinada a una vida ‘celestial', que resultaron conmocionados cuando la ‘nueva biología' ilustrada y la teoría de la selección natural del siglo XIX vino a destruir las ideas creacionistas, al unificar todas las especies en una misma familia orgánica. Ya el ser humano no sería ‘creado' directamente, sino un miembro más de esa familia, destinado como todos a la muerte y al olvido. Desde que en 1859 se comenzaran a difundir las nuevas ideas de Charles Darwin sobre "el origen de las especies" (sin atreverse, de momento, a extender su teoría al origen de los humanos) las viejas teorías religiosas del creacionismo comenzaron a derrumbarse, removidas por las certezas de la ciencia. Varios años después, en 1868, su discípulo Ernst Heinrich Haeckel ya se posicionó claramente en su favor, promulgando en su Historia natural de la creación que Darwin había superado el concepto finalista tradicional. Eliminado este prejuicio, los hombres de ciencia podían estudiar los fenómenos de la vida en su globalidad y explicarlos por causas naturales puramente mecánicas. "Evolución es de ahora en adelante, escribió Haeckel, la palabra mágica, merced a la cual podemos aclarar, o por lo menos empezar a aclarar, los misterios que nos rodean. Pero pocos han entendido realmente esta consigna, y pocos se han dado cuenta de que su importancia transforma el mundo". La ‘selección natural' propuesta por Darwin como la explicación del misterio de la vida orgánica, abrió la puerta a la genética, hasta entonces oculta en la penumbra.

Los progresos de las ciencias biológicas abrieron nuevos horizontes, insospechados para anteriores generaciones, al colocar en el centro de la cadena evolutiva a unos misteriosos organismos microscópicos, contenidos en los cromosomas, nunca estudiados con anterioridad, a los que los científicos llamaron genes, cargados de la información hereditaria responsable de la transmisión de la vida. Es más, todos coinciden en que la vida misma está encerrada en los genes. El organismo no serviría más que para transportar, alimentar y proteger a los genes, que se replican (reproducen) a gran velocidad ¡Maravilla de las maravillas! Yo no soy quien creo ser, sino un simple portador de ‘algo' microscópico que ni veo ni entiendo, pero que vive y su multiplica en cada una de mis células, dejando en ellas mi ‘huella genética'. Soy algo que busco y no encuentro: el misterio de la vida.

Tomo en mis manos un libro de título enigmático y atrayente: El gen egoísta. Las bases biológicas de nuestra conducta (Salvat, 1993) del etólogo de Oxford, Richard Dawkins. Conforme iba leyendo las amenas y convincentes páginas del libro, me sentía impulsado a exponer por escrito mis antiguas ideas sobre las vivencias religiosas que han marcado de forma indeleble mis creencias y mi conducta, pero también mi rebeldía intelectual cuando pude liberarme de las ataduras del aprendizaje cristiano y guiar los pasos de mi corta vida fiándome sólo de mi propio juicio crítico, después de alcanzar el horizonte último de mi formación. Liberarme de tanta doctrina piadosa, aprendida en cientos de libros acríticos y dogmáticos, hubo de ser mi más seria batalla intelectual.

En el camino de esta liberación, como es lógico,  he seguido las consideraciones de brillantes autores, filósofos, comentaristas científicos y notables humanos ‘razonantes', que han preferido atenerse al propio raciocinio frente al cúmulo de supuestas ‘revelaciones', supersticiones, prejuicios y sinrazones que, a lo largo de los siglos, han impedido al ser humano conquistar la verdadera meta de la libertad de conciencia. Como es obvio, me refiero a los ateos o no-creyentes, escépticos o simplemente ‘laicos', siempre marginados, estigmatizados y condenados por el fanatismo religioso. No los he de mencionar a todos, aunque ya irán apareciendo en estas páginas, desde Tito Lucrecio Caro (De rerum natura) en la antigüedad, hasta el español Gonzalo Puente Ojea (Elogio del  ateísmo) en nuestros días, sin olvidar a los filósofos materialistas de la Europa moderna, como mi autor de cabecera el Barón de Holbach, cuya valentía intelectual en medio de las pantanosas aguas del dogmatismo, son el orgullo de la civilización humana.

Todavía algunos de los hombres de ciencia, según las encuestas, se declaran supeditados al prejuicio de una fe en verdades supuestamente ‘reveladas' por un ser extra-terreno, creador de cuanto existe (creacionistas). La mayoría de ellos, sin embargo, comprenden que los avances científicos del último medio siglo convierten a las religiones tradicionales en algo absolutamente incompatible con la verdad científica. Frente a las ‘verdades inspiradas' por una invisible divinidad, se han de alzar con toda la dignidad de la experimentación científica y del juicio crítico, las verdades conquistadas por el esfuerzo del hombre, sin sometimiento a ninguna otra autoridad, ni humana ni presuntamente revelada.   Tanto el científico como el filósofo necesitan, para sus investigaciones y razonamientos, sentirse libres de todo prejuicio religioso. Sin libertad no hay ciencia posible

Existe un libro titulado En qué creo yo. Religión y ateísmo en el umbral del tercer milenio (Yalde, 1992), en el cual cincuenta intelectuales de todo el mundo responden a la cuestión, presumo que con sinceridad, declarándose la mayoría no creyentes en ninguna religión positiva. De los ocho españoles encuestados, sólo dos admiten su fe irracional. Para Gabriele Veneziano, uno de los padres de la teoría de  cuerdas, la creación es impensable. Si esta teoría física es cierta, como parece, la idea de un dios creador es pura fantasía, ya que de ella se deduce que "el cosmos habría existido siempre y no acabará nunca". La misma existencia del universo sería anterior al Big-Bang, que sólo sería el comienzo de una nueva etapa en la vida eterna de la energía, según el postulado más reciente de la física. La eternidad de la energía-materia excluiría, por innecesaria, la figura de cualquier ‘creador' que se presentase como eterno, ya que el problema no haría más que cambiar de nombre. Sobre el origen material de la vida se puede consultar con provecho el sustancioso estudio del catedrático español Luis Garzón Ruipérez Historia de la materia. Del Big Bang al origen de la vida (Oviedo, 1994) aunque desde entonces se han abierto más caminos de esperanza en la búsqueda de la verdad.  (Continuará).

Tags: religion

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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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