Categoría: demonios
24 Marzo 2009
El mito de los demonios (6)
Poco a poco se van construyendo en Europa iglesias catedrales (siglos XII-XV) con espacio reservado para el coro de los canónigos, en cuyas ‘misericordias' se esculpen, para recuerdo de los eclesiásticos cantores, las imágenes más repulsivas del demonio, del pecado y de la muerte. El diablo puede aparecer en figura humana transformado en sátiro libidinoso, con cuernos, orejas puntiagudas, pies y rabo de cabra, según las descripciones de ermitaños, frailes y místicos de la Edad Media. Así lo vemos en las catedrales de León, Astorga, Toledo y Sevilla. Aunque hay excepciones durante el Humanismo renacentista, que ‘humaniza' al ángel malvado, como en el Juicio final, de Miguel Ángel, en la Capilla Sixtina o en los diablillos con cuernos que aparecen en el cuadro de Botticelli Venus y Marte, de la National Gallery de Londres. Los demonios quedan representados con alas, como los ángeles, pero distintas, con membranas de murciélago, puntiagudas y negras. Aunque no se refiera concretamente al Diablo cristiano, ya en la antigüedad se solía representar al genio del Mal con alas, como aparece en la tumba Tarquinia, el dios etrusco de la Muerte, 500 años antes de Cristo. La católica España tiene el privilegio de contar con la única estatua del mundo consagrada al Ángel Caído, en el Parque del Retiro, de Madrid, con alas desplegadas. También la católica Francia puede presumir de contar con la única iglesia católica en la que la imagen del Diablo sostiene una pila bautismal, como ocurre en la ya famosa pequeña iglesia parroquial de santa María Magdalena, en Rennes-le-Chateau. Pero a todas supera en arte y belleza la escultura en mármol de una joven dormida que rechaza la tentación del diablo, obra de Eugène Thivier (1845-1920), que, con el nombre de Le Cauchemar, se conserva en el Museo de los Agustinos, de Toulouse. Es la más perfecta imagen simbólica del diablo que conozco, como el ‘tentador'. Para mayor información, puede consultarse el estudio de M. Tausiet y J.S. Amelang, El Diablo en la Edad Moderna (2005).
El final de la historia está narrado en el Apocalipsis de san Juan, cuando "una fuerte voz desde el Santuario ordenaba a los Siete Ángeles: "Id y derramad sobre la tierra las siete copas del furor de Dios" (Ap 16:1). Es la preparación para "la gran batalla del Gran Día del Dios Todopoderoso", que se describe en visión realmente terrorífica: "Se produjeron relámpagos, fragor de truenos y un violento terremoto, como no hubo desde que existen hombres sobre la Tierra...La Gran Ciudad se abrió en tres partes y las ciudades de las naciones se desplomaron; Dios se acordó de la Gran Babilonia para darle la copa del vino de su furiosa cólera" (Ap 16:18). Se suceden dos combates ‘escatológicos' entre las fuerzas del Bien y las del Mal. Las primeras, capitaneadas por la ‘Palabra de Dios', sobre un caballo blanco, al que "los ejércitos del cielo, vestidos de lino blanco y puro, le seguían sobre caballos blancos". En el lado opuesto, "vi entonces a la Bestia y a los reyes de la tierra con sus ejércitos, reunidos para entablar combate...Pero la Bestia fue capturada y con ella el falso profeta: los dos fueron arrojados vivos al lado del fuego que arde con azufre" (Ap 19: 11-20). ¿No es una maravillosa descripción imaginativa de novela de ficción?
Después de esta victoria, el Diablo parece sobrevivir, ya que todavía se concede a Jesús un reinado de mil años: "Luego vi a un ángel que bajaba del cielo y tenía en su mano la llave del abismo y una gran cadena. Dominó a la Serpiente, la Serpiente antigua -que es el Diablo y Satanás- y la encadenó por mil años. La arrrojó al abismo, la encerró y puso encima los sellos, para que no sedujera más a las naciones hasta que se cumplieran los mil años. Después tiene que ser soltada por poco tiempo". (Nótese que nunca se habla de la ‘persona' sino de las ‘naciones', que son las protagonistas de todo el entramado bíblico, donde la ‘salvación' es cosa de pueblos enteros no de almas individuales). Sigue la visión mostrando "a todos los que no adoraron a la Bestia ni a su imagen, y no aceptaron la marca en su frente o en su mano; revivieron y reinaron con Cristo mil años" (Ap 20:1-4). Después del segundo combate escatológico, "cuando se terminen los mil años, será Satanás soltado de su prisión, y saldrá a seducir a las naciones de los cuatro extremos de la tierra..y a reunirlos para la guerra, numerosos como la arena del mar...Pero bajó fuego del cielo y los devoró. Y el Diablo, su seductor, fue arrojado al lago de fuego y azufre, donde están también la Bestia y el falso profeta, y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos" ..."y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue arrojado al lago de fuego"(Ap 20: 7-15).
Después de este aterrador futuro para el Diablo y los humanos que le sigan, la visión profética muestra el gozo eterno simbolizado en la ‘Jerusalén celestial', que "bajaba del cielo, de junto a Dios...Su resplandor era como el de una piedra muy preciosa, como jaspe cristalino", donde vive por siempre "el Señor Dios Todopoderoso, y el Cordero, que es su santuario"... El autor del Apocalipsis, de nombre Juan, como dice en el prólogo, es el más imaginativo de todos los profetas bíblicos, cuando escribe estas ‘Cartas a las siete iglesias de Asia', para dar cuenta de la revelación que le hizo Jesucristo por medio de un ángel. Según dice, cayó en éxtasis "y oí detrás de mí una gran voz, como de trompeta" (Ap. 1:10). Toda la narración posterior es una sucesión de metáforas y alegorías que nada tienen que ver con la lectura ‘literal' de la Biblia. Desde luego es original y consigue lo que pretende, alimentado la imaginación de las mentes iletradas y crédulas que, a partir de entonces, entienden el sentido de la vida humana desde esta visión apocalíptica, donde no hay más que dos polos para elegir: el eterno gozo o el eterno suplicio.
Sin el Apocalipsis y la guerra final en el enclave israelí llamado ‘Armagedón', la doctrina de Cristo carecería de esta referencia ‘visual' que convierte al planeta Tierra en un campo de batalla entre el Espíritu Supremo, señor del Bien (aunque se deje llevar del furor y la ira) y el Espíritu del Mal, Satanás, el Diablo por excelencia, que se disputan la más preciada pieza de la divina ‘caza': los espíritus humanos, inclinados al Mal por naturaleza, pero que, atemorizados por un futuro de fuego, reprimen su maldad natural para conducirse por el sendero del Bien. Este que consiste únicamente en la obediencia a los mandatos de un Ser invisible, que sólo conoce a través de las ‘visiones' y ‘revelaciones' de un numeroso grupo de personajes exaltados y auto-sugestionados por una histeria enfermiza, incurable para los fanáticos, aunque disculpable en los más, que sólo pretenden la salvación de la humanidad por la fe, incluido el proselitismo para llevar esa fe a todos los hombres. (Continuará).
servido por Francisco
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23 Marzo 2009
El mito de los demonios (5)
Este poder diabólico se puede rastrear en la historia primitiva del cristianismo. Dos contemporáneos de Jesús de Nazareth, al menos, son acusados de tener un pacto diabólico y sufrieron la repulsa de los primeros cristianos. Apolonio de Tiana, cuya biografía dejó escrita Flavio Filóstrato (170-245) está llena de maravillas milagrosas, como las atribuidas a Jesús: resucitaba los muertos, daba la vista a los ciegos, expulsaba a los demonios de los poseídos, discutía con los doctores en el templo de Esculapio. Se decía que el Diablo lo había engendrado en una mujer virgen. A Simón el Mago, que creía ser la encarnación del Dios Padre, se le atribuían poderes mágicos, como la levitación y el vaticinio, por su pacto con el Diablo. San Gregorio Magno, a fines del siglo VI, narra la historia ‘legendaria' del abad Equitius, a quien atormentaban día y noche los demonios de la lujuria, hasta que un ángel le tocó el sexo y lo volvió insensible. (¡Siempre la lujuria en el punto de mira eclesiástico! ¿Pero no es Dios el ‘creador' de la lujuria?).
Son los padres del desierto (siglos III-IV) quienes, menospreciando las cualidades angélicas del Diablo (belleza, sabiduría y poder) lo transforman en un ser terrorífico, de larga descendencia artística, para atemorizar al pueblo. Así lo comenta su más reciente ‘biógrafo': "Los evangelios nos dan una visión dinámica de Satán, un retrato polifacético que en nada se parece al espantajo de los ermitaños ni al tenaz embaucador de las consejas medievales" (Alberto Cousté, Biografía del Diablo, Plaza Janés, 1991). Es la época del ermitaño san Antonio Abad (251-356) y de cuantos se retiraban al desierto para hacer penitencia y huir de las tentaciones del demonio, pero también de los Santos Padres que, con sus escritos, basados en los libros proféticos, contribuyen a elaborar la doctrina básica del cristianismo: Ambrosio (340-397), Jerónimo (3435-420), Gregorio Nacianceno (330-390), Basilio (329-379), Gregorio Niceno (331-396), Juan Crisóstomo (347-407) y Agustín de Hipona (354-430). Todos ellos presentan al Diablo como la ‘bestia' infernal, de aspecto repulsivo, que sólo tiene un empeño: destruir la fe en Cristo y encaminar a los réprobos y apóstatas a las cálidas cavernas del infierno. Son tan eficaces sus argumentos y predicaciones que van consiguiendo una victoria tras otra: El emperador Constantino proclama la libertad de cultos en el Imperio romano y asegura los bienes de la naciente Iglesia (313), el Concilio de Nicea aprueba la fórmula del Credo (325), la última oposición del paganismo se vive durante el efímero reinado de Juliano el Apóstata (361-363). Ya con Teodosio el Grande se amparan las decisiones del Concilio de Nicea (380) y el cristianismo se consolida como la religión estatal (391), prohibiéndose los cultos paganos (395).
En los años de la caída del Imperio Romano de Occidente el Diablo es una presencia constante y turbadora en el ánimo de todos. Está presente en la Eneida del poeta Virgilio, cuyo libro VI es una obra maestra de la demonología latina. Convocado por el ‘espíritu' de su padre difunto, y guiado por la sibila, Eneas baja al reino de las Tinieblas y lo describe con detalle, en un alarde de imaginación sin precedentes. Lo mismo haría Dante Alighieri siglos después en su Divina Comedia y más tarde el poeta inglés John Milton en El paraíso perdido (1658), que presenta al Diablo como un príncipe triste y sombrío. Entre todos, poetas, pintores y escultores, conforman durante los siglos medievales y renacentistas la imagen de un Diablo zoomorfo, repulsivo y bestial, que permanece en la memoria colectiva de los cristianos más crédulos hasta nuestros días. Su imagen se deforma, pero su poder se conserva incólume, hasta el punto de instalarse cómodamente en el Vaticano, donde un papa, Juan XII (954-964) brindaba a la salud del diablo, y otro, Silvestre II (999-1003), que era nigromante, evocaba a Satán para librarse del mal. Dante, en su Divina Comedia pone en el infierno de los simoníacos a tres pontífices: Nicolás III (1277-1280), Bonifacio VIII (1294-1303) y Clemente V (1305-1314), el que aniquiló a los templarios y trasladó la santa sede a la ciudad francesa de Avignon. Aun descontando lo que pueda haber de motivos políticos o legendarios en estos sucesos, todos ellos constan en la historia de la Iglesia como verdaderos.
El relato más antiguo sobre los ángeles rebeldes habla de dos mil ángeles caídos, pero la teología escolástica fijó en 133.306.668 el número de los demonios, aunque el Talmud los reduce a 7.405.926. La mejor representación pictórica de esta derrota se conserva en Bruselas, La caída de los ángeles rebeldes, obra de Brueghel el Viejo, obra del siglo XV, en el mismo estilo de los cuadros del Bosco. Una vez más hay que insistir en la trascendental importancia del arte sagrado en la propagación de la fe. Nada sería igual sin la aportación de los artistas para fijar en la memoria la ‘imagen' de lo invisible. Si los conceptos abstractos del Bien y del Mal son para Buda ‘espejismos terrestres', en el arte cristiano estas abstracciones se materializan de forma tal que pasan a ser una representación de la realidad (imaginada). Pero así como los ángeles aparecen una y otra vez en figura atractiva, la representaciones del demonio y del infierno escasean, a no ser en escenas terribles como el juicio final (Giotto).
Cuantos peregrinos se movilizaron en el siglo XII para llegar al ‘Finis Terrae' pudieron contemplar en las iglesias del camino escenas bíblicas y personajes angélicos que flanqueaban la severa figura del Pantocrator. (Ya se sabe que los artistas medievales tomaron como modelo para esta figura del Dios Padre en toda su Majestad a la impresionante y colosal escultura de Zeus, realizada por Fidias para el templo griego de Olimpia). Pero el demonio siempre fue representado como la bestia infernal, el dragón de las consejas medievales, símbolo del Mal. Así, en uno de los capiteles de la Colegiata de Santillana del Mar (siglo XII) se representa la lucha alegórica entre el Bien y el Mal, personificados en un caballero medieval y en una bestia salvaje, que muere por su espada. El mismo símbolo que se reproduce en todas las artes durante siglos posteriores, es decir, Satanás como el dragón, vencido, tanto por el arcángel Miguel como por san Jorge, patrono de ciudades y regiones de la Europa cristiana, que lo aniquilan a golpe de lanza o espada. El máximo ejemplo del ‘catecismo de los pobres' esculpido es el Pórtico de la Gloria, de la catedral de Santiago de Compostela, cuya contemplación equivale a una completa catequesis de doctrina cristiana. Allí están los profetas, los apóstoles, pero también los ángeles y los demonios que, con figuras bestiales, arrastran a los condenados, según la visión apocalíptica. (Continuará).
servido por Francisco
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22 Marzo 2009
El mito de los demonios (4)
Porque el Diablo, tal como lo conocemos, es una ‘invención' cristiana, plagiada de las creencias judías del siglo primero, basadas a su vez en la idea general sobre los espíritus que tenían culturas anteriores, como los asirios, iraníes, egipcios y griegos. Ninguna de ellas creía en un Diablo semejante al cristiano. Los asirio-babilonios creían en unos espíritus, tanto benéficos como maléficos, intermedios entre los dioses y los hombres. Para los egipcios y los discípulos de Zaratustra o Zoroastro (IV a.C.) había dos espíritus, iguales pero contradictorios: el Bien y el Mal, en lucha constante en el mundo, que se refleja en la conducta humana. Los griegos creían en los ‘demonios', palabra que significa ‘espíritus', los cuales podían ser buenos o malos, pero que en la mente popular acabaron por personificar lo malo y fatal. También los cananeos creían en los demonios, que podían ser exorcizados con rituales especiales, según los manuscritos de Ugarit (Líbano), descubiertos y estudiados a mediados del siglo XX.
Por contagio inevitable, ya que los hebreos se asientan en el mundo cananeo, estos seres maléficos llegan a la Escritura sagrada, como comenta el catedrático Antonio Piñero, el mejor conocedor del pensamiento cristiano primitivo: "Leyendo con cuidado la Biblia caemos en la cuenta de que los hebreos creían también en la existencia de seres o genios maléficos, aunque la ley de Moisés no los tuviera en cuenta...Por el Levítico (16:17ss) sabemos que todo el pueblo creía en la existencia de un demonio poderoso, llamado Azazel, que habitaba en el desierto, y al que eran enviados los pecados del pueblo el gran día de la purificación, pecados introducidos dentro del cuerpo de un macho cabrío gracias a un acto mágico, la imposición de las manos del Sumo Sacerdote". En definitiva, el mundo judío primitivo estaba rodeado de religiones que creían en los espíritus maléficos y los israelitas participaban también de estas creencias, que dejaron reseñadas en los libros del Antiguo Testamento.
El nombre de Satán, que aparece pocas veces en la Biblia, no se refiere a un espíritu particular, sino a un ente abstracto, que significa "el adversario" o "enemigo". No tiene nada que ver con ángeles caídos, ni con demonios: es un espíritu a las órdenes de Yahvéh, "encargado de ciertas desagradables tareas", como indica Antonio Piñero. Al ser traducida del hebreo al griego, la voz "satán" se convierte en "demonio", que puede hacer alusión también, entre los griegos, a los espíritus de los muertos (Is 8:19) o a las divinidades de los pueblos gentiles. Pero siglo y medio antes de Cristo, en el libro de Tobías, aparece un demonio con nombre propio, Asmodeo, derrotado por el joven Tobías con ayuda del arcángel Rafael. Por las mismas fechas la "envidia del diablo" es simbolizada por la serpiente, símbolo del mal, que consigue hacer caer en la tentación a Eva (Sb 2:24). Es indudable la influencia del pensamiento griego en las creencias judías, que van unificando todas las ideas recibidas a lo largo de los siglos anteriores a Cristo. El ‘satán' como nombre colectivo del Antiguo Testamento pasa a ser nombre propio del líder o jefe de los ángeles rebeldes, con olvido de otros nombres anteriores, como Belcebú, Semiazá, Mastema, Asmodeo, Azazel, Lucifer o Mefistófeles. En el Nuevo Testamento, ya es Satán o el Diablo el que lidera los ejércitos infernales. Toda su doctrina de ‘salvación' depende de la existencia del Mal y de los ‘espíritus impuros' o ‘malignos". No se puede explicar a Cristo sin Satanás, a quien están sometidos los demonios (Mt 25:41; 2 Cor 12:7; Ap 12:7). Para el cristianismo tradicional no existe más alternativa que el tormento eterno (W. Kaufmann, Crítica de la Religión, FCE, 1983 ) según la cita evangélica: "Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el Diablo y sus ángeles" (Mt 25:41). Actitud nada misericordiosa de quien es considerado como Dios de Bondad, predicador del Amor y sembrador de la Misericordia, cuyas enseñanzas incluyen la mutilación para huir del castigo eterno: "Si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela; mejor es entrar manco en la Vida que, con las dos manos, ir a la gehenna, al fuego que no se apaga" (Mc 9:43). El devoto Orígenes, al leer estos versículos, no dudó en hacerse una dolorosa castración para evitar la tentación de la carne. Pero sabemos que nunca existió para los antiguos hebreos un castigo eterno, ni para el peor de los pecadores. El infierno es un invento cristiano. (La palabra infierno no se encuentra en la Biblia). Porque si no existiera el infierno, ni el pecado que a él conduce, nos tendríamos que preguntar, con Lutero: "Si no existe el pecado ni el diablo, ¿para que se necesita un redentor?"
Para Pablo de Tarso, los enemigos del hombre en el duro combate espiritual son el Diablo y sus secuaces, "porque nuestra lucha no es contra la carne ni la sangre, sino contra los espíritus del mal que están en las alturas" (Ef 6:12), que a veces se transforman en "ángeles de luz" (II Cor 11:14), ya que "su intención es precipitar al hombre a su ruina" (Jn 8:44). Incluso los fariseos, al oír el relato del exorcismo practicado por Jesús al endemoniado ciego y mudo, no dudan en atribuir sus poderes al mismo Diablo: "Este no expulsa los demonios más que por Belcebú, Príncipe de los demonios" (Mt 12:24). Su poder es tan grande que aconseja a Pedro que esté vigilante contra sus argucias: "Simón, Simón, mira que Satanás ha solicitado el poder cribaros como trigo, pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca" (Lc 22:29-32). Pero es el demonio tentador el primero que reconoce la divinidad de Jesús, al enfrentarse a él desde dentro de un poseso: "¿qué tengo yo que ver contigo, Hijo del Altísimo?", a quien el propio Jesús rechaza recordándole lo que dice la Escritura: "No tentarás al Señor tu Dios" (Mt 4:7). Palabras sin duda añadidas al evangelio original, porque es impensable que el mismo tentador se dirigiese a Jesús como "Hijo del Altísimo", que es un calificativo muy posterior.
Como se ve, todas las escrituras sagradas de los pueblos antiguos están plagadas de espíritus, de los que no se conoce más que su existencia, ‘inventada' por supuesto, pero no su ‘esencia', que se discute y precisa durante siglos. Siendo el demonio tentador causa de todos los males del hombre, ¿cómo es posible que el ‘Altísimo' dejara a su criatura ‘preferida' inerme ante las asechanzas de tal enemigo durante miles de años? ¿No será, más bien, que todo lo escrito en los ‘libros sagrados' evidencian la ‘necesidad' de encontrar un ‘enemigo maléfico' para explicar el dominio del Mal en el mundo? Si esto es así, ¿cómo es posible que el cerebro ‘superior' del homo sapiens sapiens haya asimilado como verdades incontestables lo que sólo son fantasías sin fundamento? Aún más ¿qué capacidad mental se puede atribuir a loas pobres humanos que han establecido como la única senda de felicidad el culto a Satán? Locura sobre locura, ¿qué se ha hecho de la razón que, al parecer, distingue a nuestra especie? (Continuará).
servido por Francisco
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21 Marzo 2009
El mito de los demonios (3)
Su lugar de residencia, según el imaginario popular, es el abismo de los infiernos, donde reúne para un suplicio eterno a los difuntos fallecidos en pecado mortal (Georges Minois, Historia de los infiernos, Paidós, 2005). Ese abismo, para los escritores medievales, estaba en el centro de la Tierra, precisamente debajo de la ciudad de Jerusalén. Era el "reino de las sombras" del salmista, en "las profundidades de la Tierra", de donde no se volvía jamás (Job 16:22). Señala Antonio Piñero que estas ideas no hacían más que seguir tradiciones muy antiguas, de las tierras vecinas de Canaán, Ugarit y Babilonia. Es la misma imagen recogida del "tenebroso Tártaro" de Hesíodo, pero todo hecho de fuego, el lugar "donde son arrojados los espíritus de los pecadores", que son "sujetados con cadenas por los espíritus vengadores que los torturan sin descanso" (Libro I de Henoc, del siglo I a.C.). No salgo de mi asombro: ¿espíritus ‘vengadores' y espíritus que pueden arder y ser sujetados con cadenas? ¿Qué locura es ésta? Según los profetas Isaías y Ezequiel irían al infierno, además de los pecadores, los incircuncisos y quienes no habían recibido conveniente sepultura (¡), los cuales vagaban como sombras, sin sufrir ninguna otra pena, ya que su culpa era involuntaria.
En el Nuevo Testamento la imagen del infierno sigue más la concepción griega que la hebrea: Espacio de "fuego eterno, llanto, lamentos y crujir de dientes", como el mismo Jesús enseña (Lc 13:28 y Mt 5:22 y 8:12). Aunque nada tan horripilante como las descripciones del Apocalipsis. Pero la imagen popular arranca de dos obras apócrifas (Apocalipsis de Pedro, del siglo II, y Visión de Pablo, del siglo IV). Nos lo confirma el catedrático Antonio Piñero, quien escribe: "En estas obras comienzan a describirse con más detalles las penas de los condenados, que consisten ante todo en fuego, desgarramientos físicos de la carne, olores fétidos, inmersión en excrementos y fango, abundancia de gusanos inmisericordes o angustias en cavidades estrechas y aplastantes".Las disputas teológicas de los primeros siglos de la Iglesia fueron agrias y de una violencia dialéctica que pocos imaginan. En el tema de la condenación eterna, fue Orígenes (siglo III) quien, apelando a la misericordia divina, se opuso no sólo a la existencia de un infierno eterno, sino que incluso se atrevió a enseñar que el demonio sería, al fin, perdonado por Dios, volviendo a su condición angélica. Sus más poderosos antagonistas fueron san Agustín (siglo IV) y el papa san Gregorio Magno (siglo VII) que defendieron la postura más rigorista, que, al final, resultó vencedora. ¿Dónde estaba, mientras tanto, el Espíritu Santo? ¿Por qué guió la pluma de Orígenes hacia su perdición y siglos más tarde la de Agustín, en su Ciudad de Dios, hacia la victoria dogmática?
El rigorismo de Lutero y demás clérigos protestantes, en el siglo XVI, admitió la doctrina del fuego eterno para los malvados, aunque renunció a las amenazas para mejor controlar la conducta de sus fieles seguidores. El filósofo del XVII Thomas Hobbes se inclinó por la aniquilación total de los malvados, en vez de su condenación eterna, que tanto repugna a la idea de un Dios misericordioso. Por su parte, en el XVIII, el Barón de Holbach proclama que esa condena es incompatible con la justicia divina. Y Kant, su coetáneo, la rechaza porque el miedo al castigo reduce la libertad humana. Otro filósofo, ya en el siglo XIX, sostiene sin más que el infierno no existe (F. Schleiermacher, La fe cristiana, 1831). A día de hoy siguen las opiniones teológicas un camino inseguro, nada acorde con las enseñanzas dogmáticas de la Iglesia. (Al parecer, el Espíritu Santo sigue de vacaciones).
Es sorprendente la afirmación del principal exorcista oficial del Vaticano, al ‘revelar' sus diálogos con Satán, en uno de los cuales le confiesa nada menos que "el infierno ha sido creado por el Diablo, no por Dios". Y sabemos, por ‘revelación' de Juan, que "el mundo entero yace en poder del Maligno" (1 Jn 5:19). Incongruente doctrina con la expuesta por el catecismo católico, que recuerda una y otra vez la victoria del Cristo redentor sobre el Diablo, y renovada últimamente por el papa Juan Pablo II: "Nosotros creemos que Jesús ha derrotado definitivamente a Satanás", siendo ésta una de las verdades esenciales de la fe cristiana. Desde el Concilio Vaticano II, en el siglo XX, el infierno ha sufrido alguna modificación esencial: ya no se trata de un ‘lugar' donde los condenados -y el diablo, por supuesto- sufren un ‘fuego eterno', sino que es un ‘estado' de privación de Dios. En palabras de Juan Pablo II: "El infierno es la situación de quien se aparta de modo libre y definitivo de Dios...no es un horno ardiente, y rezo para que esté vacío". Renuncia, pues, a la visión infernal propagada, desde los mitos apocalípticos, por la literatura medieval, sobre todo en La Divina Comedia de Dante, o por las estremecedoras pinturas de cuantos se atrevieron a adoctrinar al pueblo con frescos de un realismo tremendista en las escenas del Juicio Final. Para el papa, el fuego del Infierno es sólo una metáfora, como lo es el Purgatorio y el Cielo, que no pasan de ser ‘estados' de conciencia. Así como los teólogos han dejado de hablar del Limbo, por inexistente, y del Infierno, como sede del Diablo, llegará el día en que se imponga la razón y veamos en toda esta parafernalia del temor una invención eclesiástica de los últimos siglos, como lo fuera para los antiguos la invención de los espíritus. (Continuará).
servido por Francisco
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19 Marzo 2009
El mito de los demonios (2)
La brujería, forma medieval del culto satánico, llegó a su mayor expansión a finales de la Edad Media y comienzos de la Edad Moderna, motivando la persecución de la Inquisición eclesiástica y los numerosos procesos que nos permiten conocer con detalle sus alucinantes creencias. (María Tausiet et alii, El diablo en la Edad Moderna, Marcial Pons, 2004). El papa Inocencio VIII, en su bula Summis desiderantes afectibus (1484), impulsó la dura represión contra la brujería, afirmando que las brujas no sólo existían, sino que estaban aliadas con el diablo, al que servían para destruir la fe en Cristo. A partir de esta bula, el mundo cristiano conoció una locura colectiva. Conseguidas las confesiones a base de torturas, se supone que en dos siglos (1500-1700) fueron quemadas en la hoguera en toda Europa alrededor de un millón de ‘brujas'. En el siglo anterior (1450-1550) se calcula que sólo en Alemania fueron asesinadas más de cien mil mujeres acusadas de brujería. Como el culto satánico está directamente relacionado con la liberación de las normas morales, especialmente las sexuales, parece que no puede haber reunión de adoradores de Satán (hembras y varones) sin orgía sexual. Cuyo destino final ha de ser la hoguera, según la Iglesia.
Este tipo de confesiones era la más solicitada por los libidinosos inquisidores, hasta lograr las más morbosas, que pudieran satisfacer su lujuriosa curiosidad. Así la posesa Ángela de Foligno muestra sus llagas y dice que, al ser poseída, (el diablo) "no puede menos que desgarrar mi cuerpo dándome golpes terribles...todos mis miembros están llenos de cicatrices" (Max Scholten, Experiencias paranormales, Editors, 1991). El irlandés Tundale, siglo XIII, manifestó haber visto cara a cara a Satanás: "Bestia muy negra, como el azabache, mil manos con 20 dedos, garras de hierro en los pies, cola larguísima". (Nadie debería reírse de estas gigantescas ingenuidades, por piedad ante nuestros hermanos mayores). Una visionaria francesa del siglo XVI confesó haber copulado con el diablo, cuyo pene era de tales proporciones que producía espantoso dolor y ardor de fuego". Para otra, aunque no había visto sus testículos, sí había sentido el semen del diablo, "similar a un torrente de lava". (Sin embargo, en el II Concilio de Nicea, del año 787, se aprobó la conclusión de que "la carne del Diablo era dura como piedra, fría y de fuerza sobrehumana"). Cuantas copularon con él dicen que "arremete de frente, como el macho cabrío". Ni que decir tiene que este tipo de confesiones, sacadas con frecuencia en momentos de insufrible tortura, son la consecuencia de alteraciones psicológicas, como la histeria, o del simple miedo al tormento.
Para conjurar sus poderes se publicaron en la época medieval los grimorios o fórmulas contra la hechicería, siguiendo la orden bíblica: "A la hechicera no dejarás que viva" (Ex 22:18), algunos de los cuales salieron de la pluma de Sumos Pontífices, como León I y Honorio III. Pero debieron servir de poco, ya que el culto a Satán ha proseguido hasta hoy, aunque de forma encubierta, como numerosos ritos satánicos practicados en muchos países de Occidente. (En Italia fue desmantelada hace unos años la secta conocida como "Los ángeles de Sodoma", y en España existían unas cuarenta sectas satánicas a finales del siglo XX, una de las cuales se haría llamar "Hermandad de Satán", según datos de la Conferencia Episcopal). Se cita como ejemplo histórico de propagación en la alta sociedad, las misas negras organizadas en el siglo XVIII por Madame de Montespan, amante del rey de Francia. Por los mismos años Goya dejaba constancia pictórica de un aquelarre, con la invocación al Diablo, en forma de macho cabrío, en un cuadrito conservado en la Fundación Lázaro Galdeano, de Madrid.
A finales del siglo XX y comienzos del siglo XXI se han multiplicado los ritos satánicos, con sus ‘misas negras', los congresos sobre Demonología, sobre hechicería, magia y brujería, las figuraciones diabólicas en novelas, cómics, cine, pintura, publicidad, de forma que podemos decir que "el Diablo está de moda" (VV.AA. Ángeles y demonios, 2004, y Robert Muchembled, Historia del Diablo, Cátedra, 2004). Mito tan difícil de desarraigar como el de los ángeles, que ha conseguido atrapar en sus redes a criaturas débiles, o desesperadas, o desengañadas de todas las demás religiones. La adoración al ‘maléfico' Diablo, quizás por odio a los dioses considerados ‘benéficos', ha culminado con la consagración en Amsterdam, en el año 1976, del primer templo público europeo dedicado a Satán. El satanismo, o culto idolátrico a Satán, que se puede rastrear a través de los siglos (se citan sectas satánicas en el siglo XI), es incompatible con la vida cristiana y su rechazo ha producido el heroísmo de numerosos mártires, como recuerda el Catecismo (2113).
El Diablo, dice la Iglesia, puede ‘entrar' en el cuerpo de un ser humano para obligarle a una conducta perversa, que le prive de una eternidad beatífica, en un acto de ‘posesión', similar al de las brujas del aquelarre. Unas veces resulta una simple conducta malvada, de la que se hace responsable a la influencia diabólica, como en la película El abogado del diablo (1993) de Sydney Lumet. En otras se trata de una verdadera posesión, como en la de Roman Polanski Rosemary's baby (La semilla del diablo), en la cual el actor que oficia la ‘misa negra' es el conocido como ‘Papa negro', fundador de la primera ‘Iglesia de Satanás', oficialmente reconocida en San Francisco (1966). El centro mundial del satanismo se encuentra en la aldea suiza de Stein, donde se alza una abadía en la que se practican los ‘Cinco Mandamientos'. En ellos se ofrece la experiencia de la libertad absoluta, que se logra fornicando con quien se desee, muriendo como se desee y matando a quienes impidan privar al hombre de estos derechos. La fiesta más importante de los seguidores de Satanás es la noche de Halloween, promocionada desde los Estados Unidos de América. Otro aspecto de la posesión diabólica es el ‘pacto' voluntario con el Diablo, para alcanzar algún bien inalcanzable, como la eterna juventud, tema repetido en la literatura, desde el Fausto de Goethe hasta El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde. Otros, como el español don Juan Tenorio, prefieren pactar la salvación a cambio de poseer a todas las mujeres que apetezcan. Así, pero como mensaje de redención del pecador, lo describen el dominico Tirso de Molina, en El burlador de Sevilla, y después el poeta romántico José Zorrilla en Don Juan Tenorio. (Continuará).
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18 Marzo 2009
V
El mito de los demonios (1)
El Catecismo de la Iglesia Católica (edición de 1992) se ocupa del diablo en varias ocasiones. La primera, sin mencionarlo directamente, se refiere a la "voz seductora" que, "por envidia, hace caer en la muerte a nuestros primeros padres" (Gén 3:1-5). Apoyándose en otros dos textos bíblicos (Jn 8:44 y Ap 12:9) enseña que "La Escritura y la Tradición de la Iglesia (supuestas fuentes indiscutibles de la verdad) ven en este ser un ángel caído, llamado Satán o Diablo" (391). Esta caída consiste en la elección libre de estos "espíritus creados que rechazaron radical e irrevocablemente a Dios y su Reino". Afirmación que recoge lo dictado en el año 1215 por el IV Concilio de Letrán: "El diablo y los otros demonios fueron creados por Dios con una naturaleza buena, pero ellos se hicieron a sí mismos malos". Porque el diablo "es pecador desde el principio" (1 Jn 3:8) y "padre de la mentira" (Jn 8:44). Son, pues, seres enteramente libres de pecar, espíritus creados para el bien, pero rebeldes contra su creador, cuyo pecado no puede ser perdonado (392-392). Con esta ‘invención' humana, se daba explicación algo coherente a la dualidad de su condición (bondad/maldad) al mismo tiempo que trasladaba al ámbito empíreo la ‘actividad bélica' entre dos facciones de los ‘ejércitos celestiales', a imitación de la belicosidad que impera en la Tierra, mostrando, además, que también hay ‘espíritus' obedientes y rebeldes al Todopoderoso Dios.
El ‘pecado', además de rebeldía contra el Creador, podía estar ocasionado, según la mayoría de los teólogos, por algún otro ‘vicioso' comportamiento, como el orgullo, la lujuria, la desobediencia, la excesiva libertad, la envidia, en fin, que determinó la terrible batalla celestial, en la que las huestes de Miguel expulsaron para siempre del Paraíso a esos ángeles rebeldes. Uno de los Santos Padres, Juan Damasceno, remacha el clavo: "no hay arrepentimiento para ellos después de la caída, como no hay arrepentimiento para los hombres después de la muerte". El Diablo es, además, en definición apocalíptica, el "Señor de la muerte", vencido por el Redentor resucitado, quien, desde entonces, "tiene las llaves de la muerte y del Hades" (Ap 1:18) habiéndonos liberado "del poder de Satanás y de la muerte" (1086). En el sacramento del bautismo, y después en la confirmación, se ha de expresar públicamente la "renuncia a Satanás", como requisito indispensable para pertenecer a la Iglesia católica.
Si el espíritu del maligno ‘se apodera' de un pobre creyente, la misma Iglesia acude en su ayuda por medio del ‘exorcismo', ritual dramático al que se han sometido a lo largo de la historia monjas, frailes, sacerdotes e incluso obispos ‘poseídos', y que ha dado origen a multitud de leyendas, libros y películas tremendistas. La práctica del exorcismo (1673), que el mismo Jesús practicó (M 1:25) y encomendó a sus apóstoles (Mc 3:156, 7, 13; 16:17) ha sido renovada, después de cuatro siglos, por el papa Juan Pablo II en 1998, año en que se actualizó el ‘sagrado' Rituale Romanum. Durante el Renacimiento humanista, época de crisis religiosa y vivencias satánicas, los remedios contra la posesión podían ser tan ridículos como dar al poseso un vomitivo de altramuces, repollo, beleño y ajo, aderezado con un poco de cerveza y agua bendita. Otras veces, como recuerda irónicamente Bertrand Russell, "para expulsar al demonio se atacaba su orgullo con malos olores, sustancias desagradables y obscenidades. Por tales medios, los jesuitas de Viena arrojaron 12.652 diablos en el año 1583. Cuando fallaban estos métodos, el paciente era azotado, pero si el demonio se resistía, era torturado". Al parecer, éste era un remedio infalible. El más reciente manual de exorcistas lo ha publicado un sacerdote español con el título latino de Daemoniacum, cuyo autor asegura, con absoluta seriedad que "Dios, un ser espiritual e infinito, creó a su vez seres espirituales pero finitos, que son los espíritus", por lo que no parece incongruente decir que el demonio "es un ser espiritual, sin cuerpo, completamente etéreo e inmaterial". Con absoluta seriedad también, me pregunto: ¿Es que puede haber espíritus "finitos" e "infinitos"? ¿Cuáles serán los límites del espíritu, para poder ser llamado "finito"? ¿Se puede jugar con palabras vacías de sentido? ¿Dónde está el pudor del teólogo que predica tales majaderías? ¿Andan tan escasos de juicio racional?
Para los creyentes católicos la existencia del Diablo es verdad de fe, no mera tradición cultural: "Por su pasión, Cristo nos libró de Satán y del pecado" enseña el Catecismo (1708). Porque la noción de pecado va unida, en el credo católico, a la influencia satánica en la conducta humana. Incluso el sabio Tomás de Aquino llegó más lejos, al afirmar que "constituye un dogma de fe el hecho de que los demonios generan el viento, las tormentas y la lluvia de fuego". Es decir, que está detrás de las catástrofes naturales, como otros lo ven detrás de fenómenos hasta hoy inexplicables, como la telepatía, la telequinesia, la videncia, la levitación, los viajes astrales y tantos otros sucesos paranormales. En resumen, todo lo que pueda ser dañino o peligroso para el hombre, proviene del poder satánico, carcomido por la envidia, como dice el Libro de la Sabiduría: "Por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen" (Sb 2:24). ¿Estaremos poseídos todos los españoles, siempre tan envidiosos?
Admitida la existencia del Mal en el mundo, como antítesis del Bien, la personificación del Mal es necesaria como contraposición a la personificación del Bien (Jeffrey B. Russell, El Príncipe de las tinieblas. El poder del Mal y del Bien en la historia, Andrés Bello, 1996)). Sin Dios no tiene sentido el Diablo, y lo mismo que la sombra hace resaltar la luz, sin el Diablo no se puede concebir a Dios redentor, vencedor del Mal, creaciones todas de la mente humana. Porque es el hombre el creador de todos los espíritus por obra de su poderosa imaginación. El Diablo, así, no sería otra cosa que "el resultado de los esfuerzos de la mente humana para encontrar una explicación lógica al problema del mal" (Georges Minois, Breve historia del diablo, Paidós, 2005). Ya lo predicaban hace siglos los egipcios, quienes veían en la antítesis Bondad/Maldad, un reflejo de la eterna lucha entre sus dioses Horus (el Bien) y Set (el Mal), necesaria para que el Bien pueda existir, lo que no sucedería si le faltase su antagonista el Mal. Pero ya sabemos que la creación de Satanás y todos los seres angélicos, buenos o malos, procede del mundo iraní del siglo VI a.C. por obra del pensador Zoroastro (o Zaratustra) con su doctrina del dualismo Bondad/Maldad. (Lynn Picknett, La historia secreta de Lucifer, Planeta, 2007) que ha dominado el imaginario de quienes no encuentran otra explicación a sus luchas internas. (Continuará).
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15 Marzo 2009
El mito de los ángeles (2)
La particularidad más notable en los espíritus corporeizados por todos los artistas es su representación con alas en la espalda, desplegadas o no, según las circunstancias. En numerosos frescos de las tumbas egipcias del Valle de los Reyes aparecen seres alados y en algunos la diosa Isis es protegida, y quizás fecundada, por un animal alado, mientras que en los palacios sumerios y asirios son seres monstruosos con alas los guardianes del palacio real. Pero las alas a la espalda de un ‘espíritu humanizado' evocan siempre la facultad de volar. Así, la diosa sumeria Lilit (identificada como la primera esposa de Adán, más tarde concubina de Satán) que se muestra alada y desnuda, portando la llave de la vida (el ankh egipcio) en un bajorrelieve de dos mil años antes de nuestra Era. En la región de los etruscos se han descubierto también tumbas de 500 años a.C. con pinturas aladas. La mitología clásica hace a Pegaso caballo volador, con el artificio de las alas. Ocurre algo semejante con Hipnos, el dios del sueño entre los griegos, que tiene alas en la cabeza, o con el romano Mercurio, que las tiene en los pies.
El dios del Amor, Eros para los griegos, Cupido para los romanos, siempre es un efebo con pequeñas alas que le permiten trasladarse súbita y rápidamente de un lugar a otro para traspasar los corazones con la flecha del amor. Del siglo V a.C. es la famosa estatua parisina de la Niké alada, diosa griega de la Victoria, que se puede contemplar en el Louvre. En la cristiandad no se permitió representar a los ángeles en pinturas y esculturas hasta el segundo Concilio de Nicea (787). A partir de entonces, los artistas comenzaron a decorar con ángeles los templos y manuscritos sagrados del cristianismo, aunque las fuentes de inspiración fueron paganas, como las citadas, siempre con alas, inequívoco símbolo de los invisibles espíritus. Además del cristianismo, estos seres totalmente espirituales son reconocidos como tales, con existencia real en los libros sagrados de otras grandes religiones, como el zoroastrismo, el hinduismo, el judaísmo y el islamismo.
Este atributo o distintivo repetido es, sin duda, un símbolo de la facultad voladora que los humanos primitivos imaginaron como imprescindibles para unos seres que han de comunicar el Cielo con la Tierra. Estos apéndices voladores, casi siempre en reposo, los convierten en seres mixtos, mitad ave mitad persona, reproducidos con ropajes de época, menos en la mitología pagana, que se muestran desnudos, y en el barroco cristiano, cuando artistas como Rubens y Murillo los imaginan como niños rollizos siempre de raza blanca. (Recuerdo un famoso bolero popularizado por Machín, "Angelitos negros", en el que se reprocha al artista: "por qué al pintar angelitos/ te olvidaste de los negros..."). Y desde luego, alados y desnudos, aunque respetando la infantil inocencia, con atributos masculinos, velados en la mayoría de las ocasiones. (Es de advertir que en el Antiguo Testamento no hay distinción de sexos en el mundo sobrenatural).
Las diferentes leyendas paganas sobre los "seres alados" fueron acogidas y manipuladas por los escribas cristianos, no sólo en los libros que la Iglesia reconoció como canónicos sino también, y en mayor medida, en los que quedaron separados como apócrifos, tanto los que se reconocen como históricos, como los didácticos o apocalípticos. Entre estos últimos destaca el libro de Henoc, venerado como canónico por la Iglesia etiópica, más fantasioso que ningún otro. El vidente describe la aparición de "seres de ojos brillantes" añadiendo que "sus vestiduras eran extraordinarias, de color de púrpura, y como si fueron con plumaje; tenían sobre las espaldas algo que sólo sabría describir como parecido a unas alas doradas". Ya tenemos el mito perfilado. El autor, que menciona también a los ángeles rebeldes, cita a cuatro arcángeles: Miguel, Gabriel, Rafael y Uriel. Este último tiene la misión de "tratar con los que han sido seleccionados para recibir una ampliación del período de tiempo de su vida" (En XL, 1:10).
La confusión entre ángeles y dioses es tan antigua como los primeros textos bíblicos, cuando los escribas hebreos escogieron a Yahvéh, entre los demás dioses vecinos, como el único verdadero dios, al que debían alabanza y obediencia, en contrapartida a la selectiva "alianza" de protección que sirvió de base al sometimiento del pueblo judío. En los textos apócrifos se decía que los demás dioses formaban la "corte" de Yahvéh, pero en la versión de los Setenta los traductores esquivaron la dificultad simplemente traduciendo "dioses" por "ángeles" (A. Díez Macho, Apócrifos del Antiguo Testamento, Cristiandad, 1984). Esta "inocente" mistificación ha ocultado la verdad de los primeros textos durante siglos, obligando a peripecias exegéticas incomprensibles para salvar la veracidad de los textos sagrados. En realidad, el culto a los ángeles procede del antiguo culto a los dioses mesopotámicos.
Para el redactor del libro de Job, los ángeles estaban ya presentes en la creación, pues Yavéh increpa al Job lastimero: "¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la Tierra? ¿Quién asentó su piedra angular, entre el clamor a coro de las estrellas del alba y las aclamaciones de todos los Hijos de Dios?" (Job 38:7). Sabemos por otros pasajes que, para Job, los "Hijos de Dios" eran los propios ángeles (Job 1:6) que subían y bajaban por la escalera que unía el Cielo con la Tierra en la célebre visión (Gén 28:12). Los espíritus angélicos eran incorpóreos por su misma naturaleza espiritual (1 Re 22:21; Dan 3:86; Sab 7:23), pero podían revestirse de carne humana y hacer frente a la gravedad, como ocurrió en el episodio de la lucha que uno de ellos mantuvo con Job durante la noche (Gén 32:26). También el profeta Ezequiel, al ser transportado desde Caldea a Jerusalén, en un carro conducido por ángeles, declara que llegó a oír "el batir de sus alas". Pero, desde luego, no dejan huellas, ni su cuerpo necesita alimentarse, ni se reproducen ni sufren dolor, a pesar de su comportamiento engañosamente humano, como sugieren los textos sagrados.
Como se sabe, casi todas las referencias bíblicas tienen su fundamento en una visión profética. Según Miqueas, los ángeles forman el "ejército de Yahvéh", porque, según confiesa, "he visto a Yahvéh sentado en un trono y todo el ejército de los cielos estaba a su lado" (1 Re 22:19). Lo confirma Josué, quien, cerca de Jericó, tuvo la fortuna de ver a un ángel con una espada en la mano, que se presentó: "Yo soy el Jefe del ejército de Yahvéh" (Jos 5:14) y el salmista los califica de "héroes potentes" (Sal 103:20). Aunque los orígenes del mito angélico son antiquísimos, basados en palabras de algún escriba visionario, debe admitirse que en el desarrollo del mismo han influido causas materiales y préstamos doctrinales, a través de las leyendas paganas anteriores, sobre todo durante el destierro de los hebreos en Babilonia. Lo sorprendente es su vitalidad posterior, que ha llegado hasta el muy racional y científico siglo XXI, tanto en la creencia y veneración de los ángeles buenos, protectores de la humana fragilidad y solícitos servidores de la Divinidad, como en su versión negativa del "ángel rebelde", seguidor de Satán, Príncipe de las Tinieblas y enemigo declarado del Dios cristiano, sin más finalidad que seducir y arrastrar al homo sapiens al pecado y la condenación eterna. (Continuará).
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15 Marzo 2009
El mito de los ángeles (2)
La particularidad más notable en los espíritus corporeizados por todos los artistas es su representación con alas en la espalda, desplegadas o no, según las circunstancias. En numerosos frescos de las tumbas egipcias del Valle de los Reyes aparecen seres alados y en algunos la diosa Isis es protegida, y quizás fecundada, por un animal alado, mientras que en los palacios sumerios y asirios son seres monstruosos con alas los guardianes del palacio real. Pero las alas a la espalda de un ‘espíritu humanizado' evocan siempre la facultad de volar. Así, la diosa sumeria Lilit (identificada como la primera esposa de Adán, más tarde concubina de Satán) que se muestra alada y desnuda, portando la llave de la vida (el ankh egipcio) en un bajorrelieve de dos mil años antes de nuestra Era. En la región de los etruscos se han descubierto también tumbas de 500 años a.C. con pinturas aladas. La mitología clásica hace a Pegaso caballo volador, con el artificio de las alas. Ocurre algo semejante con Hipnos, el dios del sueño entre los griegos, que tiene alas en la cabeza, o con el romano Mercurio, que las tiene en los pies.
El dios del Amor, Eros para los griegos, Cupido para los romanos, siempre es un efebo con pequeñas alas que le permiten trasladarse súbita y rápidamente de un lugar a otro para traspasar los corazones con la flecha del amor. Del siglo V a.C. es la famosa estatua parisina de la Niké alada, diosa griega de la Victoria, que se puede contemplar en el Louvre. En la cristiandad no se permitió representar a los ángeles en pinturas y esculturas hasta el segundo Concilio de Nicea (787). A partir de entonces, los artistas comenzaron a decorar con ángeles los templos y manuscritos sagrados del cristianismo, aunque las fuentes de inspiración fueron paganas, como las citadas, siempre con alas, inequívoco símbolo de los invisibles espíritus. Además del cristianismo, estos seres totalmente espirituales son reconocidos como tales, con existencia real en los libros sagrados de otras grandes religiones, como el zoroastrismo, el hinduismo, el judaísmo y el islamismo.
Este atributo o distintivo repetido es, sin duda, un símbolo de la facultad voladora que los humanos primitivos imaginaron como imprescindibles para unos seres que han de comunicar el Cielo con la Tierra. Estos apéndices voladores, casi siempre en reposo, los convierten en seres mixtos, mitad ave mitad persona, reproducidos con ropajes de época, menos en la mitología pagana, que se muestran desnudos, y en el barroco cristiano, cuando artistas como Rubens y Murillo los imaginan como niños rollizos siempre de raza blanca. (Recuerdo un famoso bolero popularizado por Machín, "Angelitos negros", en el que se reprocha al artista: "por qué al pintar angelitos/ te olvidaste de los negros..."). Y desde luego, alados y desnudos, aunque respetando la infantil inocencia, con atributos masculinos, velados en la mayoría de las ocasiones. (Es de advertir que en el Antiguo Testamento no hay distinción de sexos en el mundo sobrenatural).
Las diferentes leyendas paganas sobre los "seres alados" fueron acogidas y manipuladas por los escribas cristianos, no sólo en los libros que la Iglesia reconoció como canónicos sino también, y en mayor medida, en los que quedaron separados como apócrifos, tanto los que se reconocen como históricos, como los didácticos o apocalípticos. Entre estos últimos destaca el libro de Henoc, venerado como canónico por la Iglesia etiópica, más fantasioso que ningún otro. El vidente describe la aparición de "seres de ojos brillantes" añadiendo que "sus vestiduras eran extraordinarias, de color de púrpura, y como si fueron con plumaje; tenían sobre las espaldas algo que sólo sabría describir como parecido a unas alas doradas". Ya tenemos el mito perfilado. El autor, que menciona también a los ángeles rebeldes, cita a cuatro arcángeles: Miguel, Gabriel, Rafael y Uriel. Este último tiene la misión de "tratar con los que han sido seleccionados para recibir una ampliación del período de tiempo de su vida" (En XL, 1:10).
La confusión entre ángeles y dioses es tan antigua como los primeros textos bíblicos, cuando los escribas hebreos escogieron a Yahvéh, entre los demás dioses vecinos, como el único verdadero dios, al que debían alabanza y obediencia, en contrapartida a la selectiva "alianza" de protección que sirvió de base al sometimiento del pueblo judío. En los textos apócrifos se decía que los demás dioses formaban la "corte" de Yahvéh, pero en la versión de los Setenta los traductores esquivaron la dificultad simplemente traduciendo "dioses" por "ángeles" (A. Díez Macho, Apócrifos del Antiguo Testamento, Cristiandad, 1984). Esta "inocente" mistificación ha ocultado la verdad de los primeros textos durante siglos, obligando a peripecias exegéticas incomprensibles para salvar la veracidad de los textos sagrados. En realidad, el culto a los ángeles procede del antiguo culto a los dioses mesopotámicos.
Para el redactor del libro de Job, los ángeles estaban ya presentes en la creación, pues Yavéh increpa al Job lastimero: "¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la Tierra? ¿Quién asentó su piedra angular, entre el clamor a coro de las estrellas del alba y las aclamaciones de todos los Hijos de Dios?" (Job 38:7). Sabemos por otros pasajes que, para Job, los "Hijos de Dios" eran los propios ángeles (Job 1:6) que subían y bajaban por la escalera que unía el Cielo con la Tierra en la célebre visión (Gén 28:12). Los espíritus angélicos eran incorpóreos por su misma naturaleza espiritual (1 Re 22:21; Dan 3:86; Sab 7:23), pero podían revestirse de carne humana y hacer frente a la gravedad, como ocurrió en el episodio de la lucha que uno de ellos mantuvo con Job durante la noche (Gén 32:26). También el profeta Ezequiel, al ser transportado desde Caldea a Jerusalén, en un carro conducido por ángeles, declara que llegó a oír "el batir de sus alas". Pero, desde luego, no dejan huellas, ni su cuerpo necesita alimentarse, ni se reproducen ni sufren dolor, a pesar de su comportamiento engañosamente humano, como sugieren los textos sagrados.
Como se sabe, casi todas las referencias bíblicas tienen su fundamento en una visión profética. Según Miqueas, los ángeles forman el "ejército de Yahvéh", porque, según confiesa, "he visto a Yahvéh sentado en un trono y todo el ejército de los cielos estaba a su lado" (1 Re 22:19). Lo confirma Josué, quien, cerca de Jericó, tuvo la fortuna de ver a un ángel con una espada en la mano, que se presentó: "Yo soy el Jefe del ejército de Yahvéh" (Jos 5:14) y el salmista los califica de "héroes potentes" (Sal 103:20). Aunque los orígenes del mito angélico son antiquísimos, basados en palabras de algún escriba visionario, debe admitirse que en el desarrollo del mismo han influido causas materiales y préstamos doctrinales, a través de las leyendas paganas anteriores, sobre todo durante el destierro de los hebreos en Babilonia. Lo sorprendente es su vitalidad posterior, que ha llegado hasta el muy racional y científico siglo XXI, tanto en la creencia y veneración de los ángeles buenos, protectores de la humana fragilidad y solícitos servidores de la Divinidad, como en su versión negativa del "ángel rebelde", seguidor de Satán, Príncipe de las Tinieblas y enemigo declarado del Dios cristiano, sin más finalidad que seducir y arrastrar al homo sapiens al pecado y la condenación eterna. (Continuará).
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