OJOS QUE NO VEN (18)
Inicialmente, por supuesto, los genes determinan nuestro crecimiento anatómico y nuestras inclinaciones animales, pero ya veremos que pueden sufrir modificaciones por culpa de los memes. El inicio de la pubertad también es genético. El conocido como "gen del primer beso" activa el hipotálamo, el cual segrega una hormona (la "gonadotropina") que a su vez segrega otras dos, que son las responsables de que ovarios y testículos produzcan "estadiol" y "progesterona", respectivamente, causantes de los cambios físicos y psíquicos de la pubertad. A la proteína "kisspeptina", involucrada también en el cambio, se la conoce como el "elixir hormonal del amor", sentimiento que se puede reducir a un cóctel de neurotransmisores. Ya se ha planteado la posibilidad de crear drogas eficaces para provocar el amor o el desamor, como en la antigua alquimia, con brebajes que se puedan comercializar como ‘fabricantes' de sentimientos. No cabe más radical golpe de gracia para la visión romántica del amor. Todo -o casi todo- en nuestra vida orgánica tiene su origen en la química, incluidos los sentimientos. Aunque el futuro dependerá del ambiente político-social en el que se desarrolle y madure nuestra personalidad.
Porque si ese determinismo fuese exclusivo y universal, todos los seres humanos -desde el primer homínido- seríamos absolutamente iguales, en un mundo monocolor, donde no podría existir la diversidad biológica, afortunadamente originada por las constantes mutaciones -errores- genéticas y por la influencia exterior, la ‘circunstancia' que Ortega y Gasset señalaba como acompañante necesario de la personalidad. No pasa día sin que aparezca un nuevo trastorno físico, desde la obesidad a la calvicie, en conexión con un factor hereditario, pero cada paciente tiene en sus manos la posibilidad de controlar, neutralizar o disminuir sus efectos. Aunque no todo es herencia física; además de las mutaciones genéticas, también existe la herencia cultural -los memes -que nos diferencia y nos individualiza, herencia que, a su vez, podemos transmitir a nuestros descendientes. En el Instituto Max Planck, de Leipzig, el departamento de Genética Evolutiva se estudia la forma en que la cultura y las costumbres quedan impresas en el genotipo humano. En definitiva, el determinismo genético, tanto si es natural y hereditario como si es fruto de alguna manipulación externa, podrá afectar en una gran parte al cuerpo físico y a las manifestaciones sensoriales y temperamentales del individuo humano. Existencialistas y marxistas han pensado que la especie humana no está determinada por nada, que somos pura libertad; sin saber nada, por supuesto, de genes ni de memes, descubrimientos científicos que han venido a destronar la premisa principal de sus razonamientos sociales y políticos. Está demostrado que en el núcleo de todas y cada una de nuestras células está determinada la definición de nuestra naturaleza.
Gran parte de la humanidad sigue sin aceptar este determinismo que no deja resquicios para la libertad. El misterio del origen de la vida, sigue, no obstante, desafiando a los científicos, que se debaten entre dos maneras de entender la vida y la ciencia: la esclavitud y la libertad del hombre. A comienzos del siglo XX, desde las investigaciones de Max Planck sobre la naturaleza de la luz, y de Einstein sobre la relatividad, se fue conociendo que la nueva teoría de los quanta chocaba con la concepción vigente de la naturaleza ondulatoria de la luz, hasta que entre 1923 y 1927 nació la ‘mecánica cuántica', que llega a nuevas conclusiones sobre la luz, partícula y onda a la vez, como se ha dicho. Lo cual equivale a decir que las partículas materiales no se comportan siempre del mismo modo, ni siguiendo unas leyes determinadas (átomos y subdivisiones atómicas, como los electrones) sino que lo hacen de forma aleatoria, azarosa. Un buen golpea favor de la libertad del individuo. En realidad, sólo a nivel microscópico, porque a nivel macroscópico (hasta el celular) sigue reinando el determinismo. La batalla entre determinismo y libertad aún no ha terminado, ni es probable que termine hasta que la nueva física pueda aclarar los más íntimos secretos de la naturaleza. En todo caso, remata estas ideas el profesor de Física de Madrid, Antonio Fernández-Rañada, considerando que "Precisar la combinación exacta de azar y necesidad es clave para poder entender la creación del Cosmos".
No se puede predecir el porvenir de la especie humana a la que pertenecemos, que biológicamente es muy joven (unos 200.000 años). Podría evolucionar durante millones de años, pero ya no estaría sujeta de la misma manera al proceso de selección natural, en el que interfieren demasiados condicionantes, por lo que el cambio, si lo hay, ha de ser mucho más lento y su futuro impredecible. Lo que parece cierto es que la ciencia biológica podrá controlar -hasta ciertos límites- el envejecimiento celular y los procesos cancerosos. Pero la vida, cuyo misterioso origen desconocemos, tendrá también un final no menos misterioso. Lo que sí puedo constatar es que, en el vertiginoso latido de mi corta existencia, he sido víctima de la tiranía tanto de mis genes como de los memes que me han tocado en suerte, aunque mi personalidad se ha forjado en lucha constante con unos y otros. Podré ser hijo del azar, pero he resistido a última hora los embates del juego despótico que me ha tocado sufrir en este minúsculo planeta de una pequeña galaxia, de uno de los posibles universos eternamente cambiantes. El ser humano cree que es dueño de su cuerpo, de sus pasiones y sentimientos. Pero no es cierto. Si nos paramos a pensar, nos damos cuenta de que somos esclavos de una vida que nos ha tocado en suerte, controlada por unas minúsculas moléculas que jamás hemos visto, llamadas genes. Se comportan siguiendo unas leyes que no pueden transgredir, cimentadas en un ‘egoísmo' inmisericorde, que sólo piensa en sobrevivir. (Continuará).

