OJOS QUE NO VEN (86)
Del politeísmo al monoteísmo (6)
En el continente americano predomina hoy, entre las religiones indígenas, casi todas mezcladas con las ideas recibidas de Europa, el ‘sincretismo' religioso, que consiste en la mezcla de todas ellas, para obtener una amalgama no sólo imaginativa y respetuosa con las creencias tradicionales, sino, lo que parece más evidente, incapaz de resistir la más mínima crítica de la racionalidad. Se supone por los científicos que la llegada de los humanos al continente americano se produjo por el norte, cuando no existía casi el estrecho hoy conocido como de Bering, hace unos 14.000 años. Los grupos étnicos más conocidos en la antigüedad son: los olmecas, un milenio anterior a nuestra Era, que fueron absorbidos por los mayas, quienes dominaron América central durante seis siglos (desde el siglo IV d.C.) que veneraban a dioses violentos por todas partes, con grandes templos y sacrificios humanos para aplacarlos. También en México, aparecen la cultura de Teotihuacan, adoradores del Sol y de otros dioses celestiales (400 a.C.) y los zapotecas (200 a.C.) con decenas de dioses. En las Antillas se han encontrado huellas mucho más antiguas de pueblos politeístas, como los taínos (2.000 a.C.) y en el sur del continente, a orillas del Pacífico el grupo llamado de Valdivia, con registros fósiles de 3.500 años a.C., al oeste de Guayaquil, al mismo tiempo que se estaba consolidando el poder egipcio.
El fenómeno religioso más antiguo de Perú es la llamada "primera teocracia de los Andes", según los restos milenarios encontrados en Chapín, Paracas y los enigmáticos surcos de Nazca, ya en Chile. En Bolivia la deidad máxima era el Sol, con la Puerta del Sol, en las ruinas de Tiahuanaco, que aún se conserva, de los primeros años de nuestra Era. De la misma época es la cultura mochica en Perú, que tenían por dioses al Sol, a la Luna y a las estrellas. Pero, sin duda, la civilización más avanzada fue la de los incas, también adoradores del Sol, asentados en Perú desde el siglo XII d.C. con su centro religioso y neurálgico en la ciudad andina de Machu Pichu, cerca de Cuzco. Generalmente, todos ellos eran guerreros a los que no asustaba la sangre, pero que, por sus creencias politeístas, quedaron asombrados con la llegada de los primeros colonizadores europeos, a quienes se subordinaron como a dioses llegados del Más allá, aunque después sufrieran la crueldad de los sanguinarios conquistadores.
Queda, por fin, el judaísmo, la religión incruenta y monoteísta que se supone nació en tierras palestinas, por obra de los egipcios expulsados de su país a causa de su monoteísmo. La costumbre israelita no incluía los sacrificios humanos, pero sí los de animales, como ofrendas al dios único. Sabemos que, con motivo de la dedicación del primer templo de Jerusalén por el rey Salomón, se sacrificaron 22.000 bueyes y 120.000 corderos. Naturalmente, el motivo era muy especial y no creo que estos sacrificios se pudieran mantener cada año a ese nivel, pero indica que eran habituales en las fiestas religiosas los sacrificios, sobre todo de corderos. Los hebreos vagaron por el desierto de Canaán durante 40 años, hasta establecerse por la fuerza en un territorio que creían les pertenecía por la promesa de Yahvéh, su ‘dios inventado', que los consideraba -asombrosa autosugestión- su "pueblo elegido". Con este pueblo, destructor de ídolos y dioses extraños, comienza en realidad el auténtico monoteísmo bíblico, extendido después a otras creencias, como el cristianismo y el islamismo, exclusivistas, proselitistas y fanatizadas, que darán lugar a guerras sin cuartel, aunque conviviendo con religiones politeístas en todos los continentes.
Exceptuando el breve período de culto al dios único Atón, el politeísmo domina entre los pueblos durante miles de años. También fueron politeístas los caldeos, eslavos, celtas, germanos, iberos, galos, fineses, lituanos, griegos, etruscos y romanos en el continente europeo. En el asiático, los fenicios, persas, asirios, árabes, chinos y japoneses, con miles de dioses en el sintoismo; eran politeístas los pueblos polinesios, y en el continente americano, los mayas de Tikal y Palenque adoraban a quince divinidades y hacían sacrificios de sangre para conjurar y aplacar a los dioses. En el mismo continente, los dioses aztecas tenían ansia de carne humana, sobre todo de corazones frescos, ya en siglos posteriores. Los dioses ‘imaginados', fuesen cuantos fuesen, siempre tan soberbios y distantes, necesitaban el olor de la sangre. Al fin y al cabo, no eran más que la imagen viva del hombre, agresivo y sanguinario por naturaleza y por historia. Ni daban ni pedían amor, solamente obediencia y sumisión, respeto y fidelidad, engañando a sus criaturas con una promesa ilusoria de felicidad. Su mandamiento principal era el mismo para todos los humanos: "Cierra los ojos de tu razón y tu corazón no sentirá el aguijón de la duda".
En este breve recorrido histórico, falta por considerar cómo la superstición religiosa ha ido siendo arrinconada por la ciencia, en su avance imparable hacia la Verdad. "Desde el principio de los tiempos, la espiritualidad y la religión se han utilizado para llenar los huecos que la ciencia no comprendía. La salida y la puesta del sol se atribuyeron a Helios y a un carro de fuego. Los terremotos y maremotos a la ira de Poseidón. La ciencia ha demostrado ahora que esos dioses eran ídolos falsos". Esto dice Dan Brown en Ángeles y demonios (Umbriel, 2004), que continúa con estas palabras: "Las Sagradas Escrituras son cuentos...Leyendas e historias de la lucha del hombre por comprender su necesidad de encontrar un significado". Para la Ciencia no hay más criterio de veracidad que la experimentación y el juicio crítico, tan ajeno a mitos y revelaciones, ensueño y alucinaciones, origen de las más absurdas creencias.
La gran masa de humanos, de aquende y allende el océano, de ayer y de hoy, generación tras generación, ha ido transmitiendo y asimilando como verdades evidentes lo que no son más que fantasías interesadas. Somos muy pocos los que nos percatamos, ahora y antes, de que ese "significado" no se puede encontrar de espaldas a la razón, la única ‘herramienta' de que disponemos para emitir juicios de veracidad o falsedad. Ni las leyendas, ni los mitos, ni la fe en nocturnas ‘revelaciones' nos pueden indicar el camino de la verdad. Podremos sentirnos muy satisfechos con esos ‘cuentos de hadas', pero nuestra razón nunca dará su consentimiento a esas imaginaciones irreales, basadas más en sentimientos que en juicios de valor. Sabemos que es mucho más fácil encontrar la (engañosa) felicidad en la senda trillada que nos marcan los ‘hombres de fe', pero también que el ejercicio responsable de la reflexión es lo que nos hace más dignos de la condición humana, aunque para esto sea necesario enfrentarse dialécticamente con la opinión mayoritaria. La democracia nunca podrá imponer leyes ni dioses al más íntimo de los santuarios, la conciencia. Desde ella podré ver, con equidad y sinceridad, lo que ha significado para la humanidad el cúmulo casi infinito de creencias religiosas. (Continuará).

