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La Coctelera

La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

Categoría: dignidad esperanza

15 Septiembre 2009

OJOS QUE NO VEN (86)

 

Del politeísmo al monoteísmo (6)

 

 En el continente americano predomina hoy, entre las religiones indígenas, casi todas mezcladas con las ideas recibidas de Europa, el ‘sincretismo' religioso, que consiste en la mezcla de todas ellas, para obtener una amalgama no sólo imaginativa y respetuosa con las creencias tradicionales, sino, lo que parece más evidente, incapaz de resistir la más mínima crítica de la racionalidad. Se supone por los científicos que la llegada de los humanos al continente americano se produjo por el norte, cuando no existía casi el estrecho hoy conocido como de Bering, hace unos 14.000 años. Los grupos étnicos más conocidos en la antigüedad son: los olmecas, un milenio anterior a nuestra Era, que fueron absorbidos por los mayas, quienes dominaron América central durante seis siglos (desde el siglo IV d.C.) que veneraban a dioses violentos por todas partes, con grandes templos y sacrificios humanos para aplacarlos. También en México, aparecen la cultura de Teotihuacan, adoradores del Sol y de otros dioses celestiales (400 a.C.) y los zapotecas (200 a.C.) con decenas de dioses. En las Antillas se han encontrado huellas mucho más antiguas de pueblos politeístas, como los taínos (2.000 a.C.) y en el sur del continente, a orillas del Pacífico el grupo llamado de Valdivia, con registros fósiles de 3.500 años a.C., al oeste de Guayaquil, al mismo tiempo que se estaba consolidando el poder egipcio.

El fenómeno religioso más antiguo de Perú es la llamada "primera teocracia de los Andes", según los restos milenarios encontrados en Chapín, Paracas y los enigmáticos surcos de Nazca, ya en Chile. En Bolivia la deidad máxima era el Sol, con la Puerta del Sol, en las ruinas de Tiahuanaco, que aún se conserva, de los primeros años de nuestra Era. De la misma época es la cultura mochica en Perú, que tenían por dioses al Sol, a la Luna y a las estrellas. Pero, sin duda, la civilización más avanzada fue la de los incas,  también adoradores del Sol, asentados en Perú desde el siglo XII d.C. con su centro religioso y neurálgico en la ciudad andina de Machu Pichu, cerca de Cuzco. Generalmente, todos ellos eran guerreros a los que no asustaba la sangre, pero que, por sus creencias politeístas,  quedaron asombrados con la llegada de los primeros colonizadores europeos, a quienes se subordinaron como a dioses llegados del Más allá, aunque después sufrieran la crueldad de los sanguinarios conquistadores.

Queda, por fin, el judaísmo, la religión incruenta y monoteísta que se supone nació en tierras palestinas, por obra de los egipcios expulsados de su país a causa de su monoteísmo.  La costumbre israelita no incluía los sacrificios humanos, pero sí los de animales, como ofrendas al dios único. Sabemos que, con motivo de la dedicación del primer templo de Jerusalén por el rey Salomón, se sacrificaron 22.000 bueyes y 120.000 corderos. Naturalmente, el motivo era muy especial y no creo que estos sacrificios se pudieran mantener cada año a ese nivel, pero indica que eran habituales en las fiestas religiosas los sacrificios, sobre todo de corderos. Los hebreos vagaron por el desierto de Canaán durante 40 años, hasta establecerse por la fuerza en un territorio que creían les pertenecía por la promesa de Yahvéh, su ‘dios inventado', que los consideraba -asombrosa autosugestión- su "pueblo elegido". Con este pueblo, destructor de ídolos y dioses extraños, comienza en realidad el auténtico monoteísmo bíblico, extendido después a otras creencias, como el cristianismo y el islamismo, exclusivistas, proselitistas y fanatizadas, que darán lugar a guerras sin cuartel, aunque conviviendo con religiones politeístas en todos los continentes.

Exceptuando el breve período de culto al dios único Atón, el politeísmo domina entre los pueblos durante miles de años. También fueron politeístas los caldeos, eslavos, celtas, germanos,  iberos, galos, fineses, lituanos, griegos, etruscos y romanos en el continente europeo. En el asiático, los fenicios, persas, asirios, árabes, chinos y japoneses, con miles de dioses en el sintoismo; eran politeístas los pueblos polinesios, y en el continente americano, los mayas de Tikal y Palenque adoraban a quince divinidades y hacían sacrificios de sangre para conjurar y aplacar a los dioses. En el mismo continente,  los dioses aztecas tenían ansia de carne humana, sobre todo de corazones frescos, ya en siglos posteriores. Los dioses ‘imaginados', fuesen cuantos fuesen, siempre tan soberbios y distantes,  necesitaban el olor de la sangre. Al fin y al cabo, no eran más que la imagen viva del hombre, agresivo y sanguinario por naturaleza y por historia. Ni daban ni pedían amor, solamente obediencia y sumisión, respeto y fidelidad, engañando a sus criaturas con una promesa ilusoria de felicidad. Su mandamiento principal era el mismo para todos los humanos: "Cierra los ojos de tu razón y tu corazón no sentirá el aguijón de la duda".

En este breve recorrido histórico, falta por considerar cómo la superstición religiosa ha ido siendo arrinconada por la ciencia, en su avance imparable hacia la Verdad. "Desde el principio de los tiempos, la espiritualidad y la religión se han utilizado para llenar los huecos que la ciencia no comprendía. La salida y la puesta del sol se atribuyeron a Helios y a un carro de fuego. Los terremotos y maremotos a la ira de Poseidón. La ciencia ha demostrado ahora que esos dioses eran ídolos falsos". Esto dice Dan Brown en Ángeles y demonios (Umbriel, 2004), que continúa con estas palabras: "Las Sagradas Escrituras son cuentos...Leyendas e historias de la lucha del hombre por comprender su necesidad de encontrar un significado". Para la Ciencia no hay más criterio de veracidad que la experimentación y el juicio crítico, tan ajeno a mitos y revelaciones, ensueño y alucinaciones, origen de las más absurdas creencias.

La gran masa de humanos, de aquende y allende el océano, de ayer y de hoy, generación tras generación, ha ido transmitiendo y asimilando como verdades evidentes lo que no son más que fantasías interesadas. Somos muy pocos los que nos percatamos, ahora y antes, de que ese "significado" no se puede encontrar de espaldas a la razón, la única ‘herramienta' de que disponemos para emitir juicios de veracidad o falsedad. Ni las leyendas, ni los mitos, ni la fe en nocturnas ‘revelaciones' nos pueden indicar el camino de la verdad. Podremos sentirnos muy satisfechos con esos ‘cuentos de hadas', pero nuestra razón nunca dará su consentimiento a esas imaginaciones irreales, basadas más en sentimientos que en juicios de valor. Sabemos que es mucho más fácil encontrar la (engañosa) felicidad en la senda trillada que nos marcan los ‘hombres de fe', pero también que el ejercicio responsable de la reflexión es lo que nos hace más dignos de la condición humana, aunque para esto sea necesario enfrentarse dialécticamente con la opinión mayoritaria. La democracia nunca podrá imponer leyes ni dioses al más íntimo de los santuarios, la conciencia. Desde ella podré ver, con equidad y sinceridad, lo que ha significado para la humanidad el cúmulo casi infinito de creencias religiosas. (Continuará).

 

 

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7 Marzo 2009

OJOS QUE NO VEN (52)

 

 

III

El mito de la inmortalidad (1)

 

El andamiaje doctrinal de todas las religiones, especialmente la cristiana, se sustenta sobre dos bases de arenas movedizas, con el inevitable derrumbamiento de todo el edificio en cuanto la razón humana descubra  la debilidad de sus argumentos. Esas dos bases, que los seducidos por los memes adquiridos en la educación creen tan sólidas, son la dignidad del hombre, que merece la felicidad por su ‘imaginada' condición  de ‘hijo del dios inventado', y la esperanza de conseguirla durante toda la eternidad, fiado en las ‘palabras' de ese dios, tan huecas de sentido como el mismo ‘invento' divino. La dignidad del ser humano, tal como yo la veo, no puede residir en ninguna filiación de ese Ser Supremo, que no existe, sino en el propio cerebro de la especie homo sapiens, producto natural de la evolución darwiniana. Ese cerebro, excepcional entre todas las criaturas, que puede reflexionar sobre su propia vida, es algo tan asombrosamente único y maravilloso, que es, por sí mismo, digno de vivir exigiendo el respeto de los demás humanos. Otra cosa es que se lo merezca. La dignidad sería, pues, una derivación de la propia mente evolutiva, cuya psique no es ningún espíritu, sino la función cerebral en sí misma considerada. Donde hay cerebro humano, ha de haber dignidad. Vivida y exigida hasta el momento de la muerte. Por esta razón considero que el aborto no es tal mientras no haya cerebro en el feto. Es la consecuencia lógica de la inexistencia del alma.  

El académico Julio Casares, en su Diccionario etimológico de la lengua española (2ª ed. Gustavo ili, 1959) define la esperanza como un "estado del ánimo en el cual se nos presenta como posible lo que deseamos". Es, por tanto, un sentimiento cuya base es imaginativa ("se nos presenta") y cuya finalidad es, como la de todos los sentimientos, satisfacer un deseo. Se pueden esperar cosas muy diferentes: a/ el cumplimiento de una ley natural (que arraigue el árbol que acabo de plantar, que me hijo crezca fuerte y viva larga vida, que el sol salga cada mañana); b/ el cumplimiento de una ley social (que se haga justicia, que venza el mejor, que respeten mi vida y mi hacienda); c/ el cumplimiento de una ley moral (que mi amigo no me traicione, que mis méritos sean reconocidos, que no se descubran mis secretos); d/ el cumplimiento de una promesa religiosa (que mi vida se prolongue en otro mundo de felicidad).

Según la mitología clásica, Zeus, para castigar a los mortales por haber aceptado el fuego de Prometeo (es decir, el alma) que los elevó por encima de los demás animales, "ordenó al industrioso Hefesto que cuanto antes modelara, con agua y arcilla, un rostro que se asemejara al de las diosas inmortales, de bella, virginal y amable presencia, que fuese el torturador eterno de los hombres" (Hesíodo, Los trabajos y los días). En otras palabras,  creó a la primera mujer para castigar al hombre, instalando en su pecho la índole engañosa, los embustes y el discurrir astuto. Esta mujer recibió el nombre de Pandora. Zeus se la entregó al incauto Epimeteo, hermano de Prometeo, junto con el primer regalo de bodas de la historia: una caja que no debían abrir por ningún motivo. Tal prohibición suscitó la curiosidad femenina, de modo que Pandora abrió la caja y de ella salieron todos los males que afligen al mundo. Hesíodo, el primer machista griego, volcó su ira sobre ella: "De ella, en efecto, nació la estirpe nefasta de las mujeres. ¡Ah, qué desgracia tan inmensa para los hombres mortales!" (Teogonía). "Por suerte, dice un comentarista, en el surtido de la caja no faltaba la Falaz Esperanza. De lo contrario, los hombres, abrumados por las desgracias, seguramente no lo hubieran soportado y se habrían suicidado" (Luciano de Crescenzo, Los mitos de los dioses, Seix Barral, 1994).

Porque es imposible vivir sin esperanza. Por ella comemos, tenemos hijos, plantamos un árbol, rezamos y deseamos. Pero, a tenor de lo dicho, hay diversas clases de esperanza, inseparables de algún deseo, que se puede llegar a realizar o no, con la consiguiente satisfacción o insatisfacción. En cualquier caso, la esperanza desaparece sin mayores consecuencias que la de un contratiempo o una experiencia  placentera, que podremos ‘sentir' en su realidad. Es una vivencia real. Por el contrario, todos los creyentes que sueñan con el cuarto deseo (la esperanza religiosa en la inmortalidad), al despertar verán su engaño. Porque tal esperanza es un mito, una ilusión sentimental.

En el seno del cristianismo la esperanza es el sentimiento dominante. Cuando el también académico español Pedro Laín Entralgo publica su conocido libro La espera y la esperanza. Historia y teoría del esperar humano (Revista de Occidente, 1957) reconoce que su esperanza es, primordialmente política: "el logro de una España en buena salud, bien vertebrada y en pie, propuesto por la generación de 1914". Sin embargo, amplía su visión a la esperanza de la fe, culminación de una espiritualidad que se asienta en la creencia firme de una vida futura, después de la muerte: "La esperanza cristiana  tiene que ser un misterioso, gratuito y sobrenatural acabamiento de la pasión y del hábito de vivir esperando" porque "un hombre sin esperanza sería un absurdo metafísico". Palabras que me parecen no suficientemente pensadas, porque son conocidas miles de personas que viven en la desesperanza, sin sentir ninguna necesidad de confiar en un futuro de eterna felicidad, tal como nos prometen los imaginativos profetas de la fe religiosa.

En todo su razonamiento Laín sigue las sentencias de Agustín de Hipona, el obispo converso, en especial cuando escribe que "sólo la esperanza puede consolarnos de la fugacidad del presente". La esperanza es, pues, un consuelo, es decir, algo inexistente, una ilusión, un "autoengaño consolador". El santo de Hipona, como los demás Santos Padres del cristianismo, no hizo más que intentar tranquilizar su conciencia anunciando males sin cuento para los réprobos que no admitan sus fantasiosas elucubraciones, sin el más mínimo respeto a las conclusiones de la razón, también creada por ese dios al que dicen servir y predicar. Los textos evangélicos en los que fundamenta su exposición no pueden ser más endebles, aunque demos por supuesto que no son interpolaciones posteriores. El primero es de Mateo: "Después de mi resurrección iré delante de vosotros a Galilea" (Mt XXV, 32). El segundo es de Lucas: "Como relámpago fulgurante, que brilla de un extremo a otro del cielo, así será el Hijo del Hombre en su día" (Luc XVII, 24). El tercero, de Marcos: "Porque quien se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del Hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles" (Mc VIII, 38) y "Veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Poder y venir entre las nubes del cielo" (XIV, 62). ¿Dónde se habla de una vida futura? (Continuará).

 

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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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