Categoría: dioses
28 Noviembre 2009
Epílogo (5)
El misterio de la vida ya no será resuelto por ningún dios ‘inventado', sino por la ciencia y el trabajo del hombre, si es que algún día llega a conocerse por completo. Los espíritus ya no serán la respuesta a tanto enigma sin resolver, ni intervendrán, para bien o para mal, en la vida del hombre: seguirán siendo tan invisibles como inexistentes. Los dioses ya no serán una fabulación quimérica destinada a calmar la angustia existencial. El mito, aunque tenga una base histórica o psicológica, siempre será una leyenda que escapa a la realidad (las mismas letras componen la palabra timo, que remite al engaño del crédulo y que inspira el último libro de Puente Ojea La religión ¡vaya timo!, Laetoli, 2009). Son las conclusiones a las que he llegado al final de mi vida. Nada debo creer que no haya pasado por el tamiz de mi juicio crítico, el cual me dice que todas las religiones son falsas. Ni siquiera se salva el cristianismo, en el que he sido educado con el más entrañable de los cariños y la más amorosa de las intenciones. Como dice un filósofo italiano: "la razón y la ética son incompatibles con la teoría y la práctica del cristianismo" (Piergiorgio Odifreddi, Si queremos ser racionales y honestos no podemos ser cristianos y menos aún católicos, RBA, 2008).
No obstante esta sentencia condenatoria del conjunto, soy consciente de que existirán miles de creyentes, tanto en la jerarquía como en la base, que no se sientan identificados con los hechos criminales ni con las falseadas doctrinas del cristianismo como institución. Conozco a muchos cristianos que viven con alegría y firmes convicciones su fe aprendida y nunca puesta en duda. No es mi intención invitarlos a la apostasía. Ni mucho menos. Los problemas de conciencia son individuales y solamente el individuo puede hacerles frente, sin ‘ayuda' exterior que lo coaccione. La educación, como ya he dicho, es indispensable para la maduración de la conciencia, pero puede ser un peligro si no se educa en libertad y para la libertad.
Por lo que a mí respecta, estoy en disposición de admitir, siempre en el supuesto de que la materia y la energía son una misma cosa, que lo eterno, y por tanto, lo ‘divino' es la energía, que ni nace ni muere, "únicamente se transforma", como dice el postulado científico de la Termodinámica. Aunque existan otras ‘dimensiones' en el universo, una energía eterna excluiría, por innecesaria, la noción de un Dios creador. Es más, esta energía ‘endiosada' rechazaría no sólo la veneración y el culto a su ‘divinidad' sino la diferenciación con las ‘criaturas', según la fórmula ‘mágica' de Spinoza, que repito: Deus sive Natura (Dios o Naturaleza). Todo cuanto existe forma parte de esa energía eterna (Naturaleza), que se va transformando sin cesar. El problema para los físicos se plantea con una pregunta sin respuesta por el momento, según creo: ¿Se contradice esta eternidad con el inicio de este universo, prisionero del tiempo y del espacio?
Pero si alguien rechaza esta teoría de la eternidad de la energía, por inverosímil, ¿qué otra cosa es Dios? le preguntaría. ¿Por qué negarle ese carácter de eternidad a la energía, si estamos dispuestos a aceptar que hay un Dios eterno? Ese Ser invisible, poderoso y eterno, que existe desde siempre ‘fuera' del universo, ¿por qué existe? ¿No es más absurdo creer que es ‘necesario' un Dios -al menos- para que el universo exista? ¿O es que realmente nuestra vida es un sueño, una ilusión? Los grandes interrogantes siguen sin respuesta, por supuesto, porque la fe no atiende a razones. Según los ‘entendidos' es un ‘don de Dios' que no a todos se concede. Es la manipulación de la ‘magia' sacerdotal: ‘sólo los ciegos podrán ver'.
Pero los avances de la Ciencia son abrumadores para curar esa ‘ceguera': se ha descubierto un nuevo estado de la materia en 1994, el "estado fermiónico", que transmite electricidad sin pérdida de energía.; se está profundizando en la nanotecnología, en las propiedades de las ‘células madre', que permiten la regeneración de los tejidos y la clonación de seres vivos. Se ha entendido ya el complejo sistema bioquímico del genoma y está muy avanzado el estudio neurológico del sistema nervioso, abriendo campos insospechados sobre las potencias desconocidas de nuestro cerebro, que sustituyen al alma preconizada por los antiguos, que carecían de tales conocimientos orgánicos. En el cerebro se oculta el gran ‘misterio de la vida'.
En astronomía los avances son aún más llamativos si cabe: se ha descubierto agua en la Luna y en Marte, lo que permite augurar un futuro de viajes espaciales y la posibilidad de vida en otros planetas; se ha captado la radiación de focos de luz a tres minutos del Big.Bang, calculando el comienzo del universo hace unos 4.500 millones de años; los telescopios espaciales van abriendo misteriosos caminos hacia las estrellas más lejanas, y los microscopios electrónicos nos han introducido en el proceso vital más pequeño, que parece estar en las bacterias, que son la forma dominante de vida en la Tierra, con una longevidad de más de 300 millones de años. En resumen, la Ciencia moderna es un "surtidor fascinante de novedades", como diría José Antonio Marina. Por desgracia, muy pocos humanos se acercan a él para disfrutar y alimentarse de su verdad y de su belleza.
Desde luego, la Ciencia tiene ante sí un cúmulo de misterios aún por desvelar. Muchos investigadores (entre ellos el español Juan Oró) han ‘fabricado' en el laboratorio todo tipo de biomoléculas vivas, demostrando así que la materia inorgánica puede generar ‘espontáneamente' la materia orgánica. Pero todavía no se sabe cómo pudieron las moléculas orgánicas dar lugar al primer ser vivo. El bioquímico belga Christian de Duve, premio Nobel de 1974, opina que los procesos que existían en la Tierra en la fase pre-biótica, anterior a la vida, deben producirse en cualquier otro lugar del universo donde se den condiciones similares, puesto que todo es un mero proceso físico-químico. Por tanto, no hay que descartar la existencia de seres vivos en millones de mundos parecidos.
Hay, por otra parte, un límite que no quiero traspasar. Para muchas personas, distanciarse de la religión, apostatar de cualquiera de ellas, y poner en evidencia sus defectos y fraudes, sean doctrinales o morales, tendría que ir acompañado de una postura sentimental de odio, con el consiguiente deseo de aniquilación total, como predica el ateísmo marxista, ya que "la religión es el opio del pueblo" (A. Kryvelev, Historia atea de las religiones, Júcar, 1985). Nada más alejado de mis sentimientos. Aunque se haya caído la venda de mis ojos y mi corazón sufra, no siento ni odio visceral ni anticlericalismo destructivo. Respeto es la palabra adecuada para expresar lo que siento. Respetar todas las creencias, respetar a todos los creyentes, aunque estén confundidos o engañados, según mi opinión, es la única forma de respetarme a mí mismo. Lo que me interesa es el individuo, no la colectividad, porque sólo existe la conciencia individual.
La libertad que quiero para mí es la misma que deseo para los demás. Traducido al sentimiento religioso, esto quiere decir que la única forma de evitar las guerras de religión y los odios fanáticos, es la práctica del laicismo como forma de vida. Cada uno buscando a su manera la felicidad soñada, sin entorpecer la decisión ajena, por muy errática que sea. Como escribe Henri Peña-Ruiz, "La autonomía del juicio y la lucidez de la inteligencia constituyen los valores decisivos de la laicidad...que permite a todos, creyentes, ateos y agnósticos, vivir juntos sin que unos y otros sean estigmatizados en razón de sus convicciones particulares" (Antología laica, Universidad de Salamanca, 2009). Solamente debo pedir el desprecio y el castigo para quienes sean conscientes de su falsedad y del daño que procuran.
Con todos sus defectos humanos y sus viciosas intenciones proselitistas, las diferentes iglesias o creencias procuran, por otra parte, un beneficio impagable a la sociedad con sus actos de caridad y de alivio de la miserable condición humana. La función social de los más abnegados religiosos no es reconocida como debiera. Hay individuos maravillosos que dan su vida, incluso, por los demás, sin saber que equivocan la motivación. Los salvan sus buenas intenciones. Espero que también me salve mi buena intención al hacer públicas mis reflexiones sobre el fenómeno religioso, inseparable de la condición humana desde los comienzos de la evolución de los homínidos. Reflexiones que dedico a Charles Darwin, quien me enseñó la importancia de la selección natural y de la lucha por la vida, para comprender por qué he nacido y por qué debo morir. Acabo estas páginas con la "explicación de la belleza y maravilla del mundo natural" que me ofrece el último libro de Juan Luis Arsuaga (El reloj de Mr. Darwin, Temas de Hoy, 2009), homenaje al gran naturalista inglés, al que me sumo en este verano de 2009, año de su centenario.
servido por Francisco
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7 Noviembre 2009
La cristiandad (2)
Fue Pablo de Tarso, el fariseo converso, quien primero abrió el fuego contra los judíos, considerándolos culpables de la muerte de Jesucristo y negándoles su condición de ‘pueblo elegido'; según él, los verdaderos hijos de Israel eran ya los cristianos, sobre todo los de origen pagano (Gál 6:16). En los Hechos de los apóstoles quedan señalados una y otra vez como "traidores y asesinos". El Evangelio de Juan, que es el texto más antijudío de la Biblia, los presenta más de cincuenta veces como enemigos de Jesús. Ignacio, obispo de Antioquía de Siria, escribió, a comienzos del siglo II, varias epístolas contra los judíos. Se hicieron indignos de la divina Alianza, dice, "por sus prevaricaciones", por lo que Jerusalén e Israel estaban "condenados a desaparecer". Esto se escribía a mediados del siglo II. Son estremecedores los epítetos que les dedica san Justino, de la misma época, muy complacido por la destrucción de Jerusalén a manos de los romanos, lo que considera "castigo del cielo", refiriéndose a los judíos como "degenerados, idólatras, hijos de ramera y sacos de maldad".
La acusación de deicidio se fija a fines del siglo II, pero ya a comienzos del siglo III se van multiplicando los escritos Contra los judíos. San Cipriano, obispo de Cartago en 248, después de divorciarse de su mujer, predicaba que los judíos "tienen por padre al diablo". Tertuliano, Orígenes, Hipólito de Roma, Gregorio Niseno, san Atanasio, Eusebio de Cesarea, y otros teólogos del siglo III no perdonan las más sucias y denigrantes expresiones contra los hijos de Abraham, a pesar de que el cristianismo se había apropiado del Antiguo Testamento, olvidando para siempre el sagrado nombre de Yahvéh, algo insólito en la historia de las religiones. La ‘hija' había repudiado a sus progenitores. Este es el comienzo de la religión cristiana, en rebelión contra su propia madre.
San Efrén, en el siglo IV, fue uno de los más encarnizados enemigos de los judíos, y le siguieron otros Santos Padres, como san Juan Crisóstomo, quien, según Deschner, "difama a los judíos más gravemente que ninguno de sus predecesores"; san Jerónimo los aborrece de tal forma que se burla de ellos y les niega la posibilidad del arrepentimiento al final de los tiempos, cosa que incluso san Pablo les había concedido; san Hilario de Poitiers se negaba a comer en la misma mesa que los judíos. ¡Y todos ellos fueron santificados, pese a sus insultos y vejaciones, por la Iglesia posterior!
Pero el antijudaísmo no se limitaba a las opiniones particulares. Sin salir del siglo IV, el Sínodo de Elvira, (año 306), amenaza con la excomunión a quien se atreviera a saludarlos; el Sínodo de Antioquía (año 341) prohibió a los sacerdotes entrar en una sinagoga. Por edicto imperial del año 315 tanto el judío proselitista como el cristiano converso eran reos de muerte. En 388 se prohibieron los matrimonios mixtos, fueron expulsados del ejército romano y de los cargos públicos. Para entonces ya el cristianismo era la religión oficial del Imperio y todas estas normas han de ser achacadas a su malévolo influjo excluyente.
Con idéntica saña, la cristiandad primitiva abomina del politeísmo pagano, adjetivo que aparece en el siglo IV para designar a todos los no cristianos. Los mitos antiguos, basados en las vidas inmorales de los dioses greco-latinos, escandalizaban a los cristianos, quienes no creían en esas leyendas contadas por Homero, Hesíodo y Ovidio, pero sí en que el ‘invisible' Espíritu Santo pudiese dejar embarazada a una doncella judía sin comprometer su virginidad. ¡La misma hipocresía que se viene repitiendo desde entonces! La propaganda anti-pagana, como la anti-judía, destinada a personas de pocas luces, no se limitaba a la sensata manifestación de Tertuliano de que el mayor y más incomprensible de los pecados era la "adoración de múltiples dioses", sino a la difamación, apta sólo para mentes infantiles, de que "los paganos comían carne de cristianos para que éstos no pudiesen resucitar el Día del Juicio", como dejó escrito un pagano converso de Roma, un tal Tatiano, en su libro Discurso a los creyentes de Grecia (año 172).
Como era de esperar, institucionalmente, la "Gran Iglesia" reacciona también contra los paganos, rivales en la lucha religiosa. A comienzos del siglo IV, el citado Sínodo de Elvira promulgó una serie de disposiciones contra el culto a los ídolos, contra la magia, contra las costumbres paganas, contra el matrimonio mixto, contra los sacerdotes idólatras, todo lo cual implicaba la excomunión. Sin embargo, no eran éstos los más temibles y temidos enemigos. Los peores estaban ‘dentro de casa'. La palabra más usada, que acaban blandiendo unos cristianos contra otros es "hereje". Cada grupo o comunidad de seguidores de Jesucristo tenía su particular visión de la doctrina predicada por los teólogos y la defendía contra los demás, a los que acusaba de herejía. El mismo san Jerónimo, tan respetado entre los Doctores de la Iglesia, dejó escrito: "Ningún hereje es cristiano. Pero si no es cristiano, todo hereje es demonio".
Hemos de volver al estudio más completo, el de Antonio Piñero en su luminoso estudio sobre Los cristianismos derrotados (Edaf, 2007) que subtitula con una inquietante pregunta: ¿"Cuál fue el pensamiento de los primeros cristianos heterodoxos"? Porque, poco después de escritos los evangelios canónicos, las primeras comunidades cristianas estaban ya divididas doctrinalmente, como se puede comprobar en la edición de Daniel Ruiz Bueno Padres Apostólicos y Padres Apologistas griegos del siglo II (BAC, 1954) en textos que van desde el año 110 hasta el 180 d.C. aproximadamente. El escenario resultante es el de enfrentamientos y revueltas, agrias disputas y falta de unidad en la doctrina cristiana. ¿Cómo es posible que esto ocurriera al siglo escaso de la muerte de Jesús? ¿No había quedado claro su mensaje? me vuelvo a preguntar. Parece que no, a tenor de las múltiples corrientes de interpretación, que hacían inviable la unidad, aunque todos se enorgullecieran de ser discípulos de Cristo.
Eran tiempos en los que "se estaba creando la primera construcción dogmática del cristianismo, aún en fase formativa", según sentencia Piñero. Jesús no había dejado aclarado si el Padre y el Hijo eran un solo dios, por lo cual unos pensaban (docetistas) que el cuerpo de Jesús era una mera apariencia; otros (monarquianos) pensaban que el Padre se encarnó con el Hijo; había quienes defendían que Jesús era un hombre judío, "adoptado" por el Padre en forma metafórica (adopcionistas); que el Dios cristiano era único, una sola ‘persona', pero se manifestaba en tres formas diferentes; que la humanidad de Jesús fue asumida por la divinidad (modalistas).
Si para unos (ebionitas) la salvación exigía guardar íntegramente la ley de Moisés, incluida la circuncisión, los que pensaban en contrario eran malvados herejes, como Pablo, a quien consideraban el falso profeta por excelencia. El Apocalipsis de Juan dio origen también a divergencias notables entre los primeros cristianos, al enfrentarse al problema de la resurrección de los muertos y la gloria final, que unos veían inmediata (Justino, Ireneo, Hipólito), después del reinado de Jesús durante mil años (milenaristas) y otros no(Orígenes, Gregorio Nacianceno, Cirilo de Jerusalén). Esto explica las dificultades que tuvo el Apocalipsis para ser reconocido como libro sagrado.
El converso Marción fundó en Roma, en el año 140, una Iglesia cristiana (marcionitas) de raíces gnósticas, que presentaba a Yahvéh como un ser perverso, que pudo crear el mundo, pero no ser el Dios Supremo. Jesucristo sería la encarnación en este mundo del Dios Bueno, en oposición al Dios bíblico. Marción dio a su iglesia unas ‘Sagradas Escrituras', anterior a los libros canónicos, y se proclamó discípulo incondicional de Pablo de Tarso. Su influencia en Siria y Armenia perduró hasta el siglo V. Según los textos hallados en Nag Hammadi, hasta mediados del siglo XX no se ha podido conocer su doctrina, cristiana por supuesto, como las demás, que admitía una divinidad ‘compleja' (gnósticos), siendo Jesucristo la emanación de su Sabiduría y el ‘antiguo' Yhavéh un ‘demiurgo' secundario (Textos gnósticos. Biblioteca de Nag Hammadi, Trotta, 2007).
Hoy también se admite la filiación cristiana de la religión de Mani, un profeta iraní del siglo III, el cual se presentaba como "verdadero apóstol de Jesucristo" y que expandió sus doctrinas ‘reveladas' desde Mesopotamia hasta la India y China (maniqueismo)". Afín a las ideas gnósticas son las predicadas por Simón el Mago, que logró convencer a muchos discípulos (simonianos) con sus ‘milagros', las de un tal Bardesanes (bardesianistas) y otros que daban rienda suelta a sus pasiones carnales, en orgías ‘espirituales' en las que tomaban el semen con sus manos y lo bebían afirmando que era ‘el cuerpo de Cristo' y lo mismo hacían con la sangre menstrual, ‘sangre de Cristo' (fibionitas).
Por el contrario, otros grupos exigían a los suyos un extremo ascetismo, renunciando a toda experiencia carnal (encratistas). La oposición radical entre espíritu y materia es la que aparece en algunos evangelios apócrifos, como el de Tomás o el de los Egipcios, que alimentan una vida ascética cuya finalidad es la eliminación de los sexos (M.W.Meyer, Las enseñanzas secretas de Jesús, Grijalbo, 1986). Para un sirio del siglo II, "el matrimonio y la procreación proceden de Satanás". No parece que tales palabras sean más que un consejo de perfección, pero lo cierto es que la ‘Gran Iglesia' consideró herética la continencia extrema. Estas y otras ideas explican la exclusión de los evangelios apócrifos de la doctrina oficial de la Iglesia, pero confirman el caos ideológico que vivieron los primeros cristianos, sin más asidero doctrinal que la tradición oral de los ‘dichos' de Jesús y las cartas de Pablo, que fueron los textos iniciales de la doctrina ‘oficial', aunque dirigidas a comunidades cristianas alejadas del mundo judío, que se negó, en su inmensa mayoría a reconocer a Jesús como el Mesías.
Era evidente que la unidad de los cristianos sólo se podía conseguir mediante el control jerárquico de la tradición, las escrituras, los cargos y la sucesión apostólica. Se tuvo que abrir, necesariamente, una brecha insalvable y profunda entre hermanos: ortodoxos y heterodoxos. Quien definiera la ‘ortodoxia' y la defendiera con éxito se haría con el poder eclesiástico (Continuará).
servido por Francisco
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4 Noviembre 2009
Jesucristo (9)
En el centro de toda controversia teológica entre cristianos está la figura mesiánica de Jesucristo. Desde los comienzos de la nueva religión, con la permanente ebullición de una doctrina que se fue haciendo a golpe de concilios, sínodos y disputas de ‘Santos Padres', el cristiano, por bien intencionado que esté, se ha hecho siempre las mismas preguntas: ¿Al rezar a Dios, rezo a Jesucristo? ¿Es lo mismo uno que otro? ¿Tienen el mismo poder, la misma misericordia, me aman por igual? ¿Entonces, por qué dos nombres? ¿No existirá entre ellos alguna rivalidad? ¿Y el pobre Espíritu Santo, tan olvidado, es el mismo Dios que Jesucristo? Realmente, este Jesucristo que me predican, ¿es también mi Creador, igual que el Padre, el que todo lo ha hecho? ¿Tienen los tres las mismas cualidades eternas, el mismo amor a sus criaturas? Esto me parece imposible, porque si Dios es eterno, ¿cómo pudo amar a unos seres que aún no había creado? Si la creación es un ‘acto en el tiempo' ¿cómo pueden coexistir tiempo y eternidad en un mismo Jesucristo? En verdad, estoy confundido.
Cuando el dominico Tomás de Aquino sentencia en su Suma Teológica que "Cristo no tuvo ni fe ni esperanza, pero su caridad era perfecta", está pensando en el Jesucristo de Pablo, no en el Jesús de la cruz. Estas palabras se podrían entender si se atribuyen a un ‘dios' que ‘vive' su divinidad, sin necesidad de esperanza, porque todo lo posee, ni fe porque para él todo es presente. Su biografía no puede ser, por tanto, ningún ejemplo para un cristiano que quiera seguir sus pasos. No se puede imitar ni su fe ni su esperanza, pero sí su caridad, "perfecta" según el teólogo medieval. Pero el aquinatense habla de "caridad", no de "amor", que sabemos son cosas muy diferentes (contra la idea, repetida por el papa Benedicto XVI en su encíclica Caritas in veritate). La primera es voluntaria y puede ser premiada; la segunda, como todo sentimiento, es involuntario y no se puede ‘ordenar', como hace el codicioso Yahvéh en la Biblia, o Jesús en los evangelios. Nada ni nadie, ni siquiera el supuesto Dios, puede ‘obligarme' a amar, porque no depende de mi voluntad.
Ya los escribas bíblicos dejaron escrito en el primer mandamiento del Decálogo que "no tendrás más Dios que a mí" (Dt 5:7) como la más importante obligación del creyente. Pero el cristianismo no dudó en cambiar el texto, con arrogante soberbia y con supina ignorancia filológica, por el que aprendí de niño en el catecismo: "Amarás a Dios sobre todas las cosas". Evidentemente, no es lo mismo. "La Iglesia ha sobrepasado con mucho la intención y la intensidad que el propio Dios reclamó para sí mediante sus supuestas palabras, ganando así, de forma intencionada o casual, un instrumento psicológico fundamental para poder controlar y culpabilizar a su grey con mayor eficacia", dice P.Rodríguez (Mentiras fundamentales de la Iglesia católica, Ediciones B, 1997). Pero hay que insistir en que, según la ciencia psicológica, la voluntad humana no tiene dominio sobre sus sentimientos, que son espontáneos e involuntarios, aunque a su origen inconsciente pueda seguir la aceptación consciente.
El mismo Jesús, hombre devoto y conocedor de las Sagradas Escrituras, enseña la doctrina del amor a Dios y al prójimo, por la que ha sido reconocido mundialmente como el ‘revolucionario' por excelencia, más que político, religioso. La escena está en el Evangelio de Mateo (aunque no sé si estará manipulada): "Maestro, le preguntan, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley? Él dijo (siguiendo a Moisés: "Amarás a Yahvéh tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza", Dt 6:5): Amarás al señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo, semejante a este, es: Amarás al prójimo como a ti mismo. De estos dos preceptos penden toda la Ley y los Profetas" (Mt 22:36-40).
Diálogo de suma importancia en la configuración de la doctrina del Amor. (Hay que hacer notar que el evangelista manipula el texto bíblico, omitiendo el nombre de Yahvéh y sustituyendo 'fuerza' por ‘mente', cosa impensable en el experto y devoto judío Jesús de Nazaret) Si de verdad fuera el Dios Omnisciente, Jesús no hubiera podido dar esta repuesta, puesto que sabría sin lugar a dudas, como cualquier neurocientífico de nuestros días, que el corazón no tiene nada que ver con el sentimiento amoroso: amamos con el cerebro. Ni siquiera el Creador puede obligarnos a amar, a pesar de lo que diga la Biblia. Yo no puedo amar a quien me proponga por un impulso voluntario, si no estoy "atraído" sentimentalmente por ese objeto. ¿Cómo amar lo que se odia, lo que nos repele, lo que rechazamos por fraudulento, por malvado, por infame o cruel? ¿Cómo puedo ‘amar' a Dios si no existe?
La voluntad puede ejercer presión y represión sobre el sentimiento amoroso. En un caso para favorecerlo, en otro para reprimirlo. Pero como el amor es libre y no se deja avasallar, el resultado sólo puede ser la hipocresía y el sufrimiento. Hipocresía, mentira, engaño, falsedad, cuando se aparenta vivir un amor inexistente, forzado por la voluntad. ¡Cuántas tragedias, en la vida y en la literatura, por estas imposiciones familiares, sociales o religiosas! La sugestión puede ser tan fuerte que, deseando mantener a toda costa el amor ficticio, se llega al más violento de los fanatismos, que desean dominar la mente propia o la ajena. Fanático es el que castiga su cuerpo en nombre de Dios, el que se intenta convencer de un amor que en realidad no siente, el padre que obliga a un amor no deseado, el creyente que desea imponer su fe a base de tortura y de miedo. Las ‘represiones' de la voluntad son infinitas, para ocultar la lucha interior entre un amor no sentido y otro que se oculta por miedo o vergüenza.
Si existe un Dios que quiere mi amor, antes deberá mostrarme su Infinita Bondad, atraerme no con palabras vanas, sino con hechos. Todo lo contrario de lo que la vida me ofrece. Las palabras vuelan, y si quedan escritas, pueden ser alteradas, manipuladas y acomodadas al pensamiento más interesado. Es lo que ha ocurrido con la "palabra de Dios", de todos los dioses, pasados y futuros. Para amar no me bastan las palabras. Con ellas se ha formado, a lo largo de los siglos, "la quimera de los dioses", siendo el Jesucristo de los cristianos, con su triste mirada desde la cruz, uno más entre los ‘quiméricos' dioses que cómodamente se instalan en la conciencia de los sumisos y crédulos creyentes.
Aunque parezca mentira, la filiación divina de Jesucristo no se aprobó hasta el Concilio de Calcedonia (año 451), al que asistieron 700 obispos. Que Jesucristo fuese Dios dependió, por tanto, de una votación. Pero hay teólogos modernos que lo niegan: "Decir Jesucristo es Dios es una expresión equívoca, que ha dado lugar a malentendidos y desviaciones...Dios se manifiesta en algunos grandes personajes de la Historia de forma humanamente excepcional. Y nosotros, los cristianos, es así como debemos ver a Cristo. No se trata de hacer divino a un hombre, de divinizarle de tal modo que creamos que sea Dios mismo...eso es lo que debe significar para nosotros Cristo: un hombre por medio del cual se manifiestan los valores divinos...hemos de superar todas las afirmaciones teológicas usuales en la Iglesia acerca de Jesucristo" (Enrique Miret Magdalena, El nuevo rostro de Dios, Temas de Hoy, 1989). Un sacerdote católico, de la misma Asociación de teólogos Juan XXIII, José María Díez Alegría, al presentar el libro de Julio Lois, ideólogo de la llamada ‘Teología de la Liberación' en España, se pronunció de forma tajante: "Si Jesús volviera de incógnito a la Tierra, la Iglesia institucional le excomulgaría". Es evidente que la enseñanza de Pablo de Tarso ha fracasado. (Continuará).
servido por Francisco
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20 Octubre 2009
Jesús el Nazareno (5)
En realidad, el lector de los evangelios notará que existen dos ‘imágenes' de Jesús, contrapuestas. De una parte, el Jesús bondadoso de las Bienaventuranzas, amigo del perdón, que comprende las flaquezas humanas, y compasivo con los enfermos y menesterosos. De otra el Jesús airado y radical en sus posturas. "Ese Jesús, que no profiere sino maldiciones, anatemas y amenazas; ese Jesús que ha venido a "arrojar un fuego sobre la tierra" está a mil leguas de distancia del dulce Jesús de los libros de primera comunión y las vidrieras de las iglesias. Pero es indudable que reside en los textos del Nuevo Testamento" (Gérard Mordillat y Jérôme Prieur, Jesús contra Jesús, Algar, 2002). Jesús no habla por hablar. No vive una vida nómada y sacrificada por su propia comodidad. Tanto si presenta su perfil más compasivo, como si se muestra airado, o incluso violento, siempre responde a una personalidad humana muy concreta de profunda fe mesiánica, de cuyo liderazgo está convencido. A ese Jesús nunca le vemos reír, ni siquiera sonreír, casi nunca llora ni bromea, no duda ni vacila, no se desvía de su camino. Este Jesús ‘histórico', si prescindimos de la fe, nunca se creería un Dios, cosa impensable en un fervoroso judío monoteísta. Así lo presenta el catedrático Antonio Piñero, que revela la (intencionada) manipulación en el evangelio de Marcos, después copiada en Lucas y Mateo, al pasar de la expresión "Hijo de Hombre" usada por Jesús, a "Hijo del Hombre", que es título mesiánico, involucrado en el Juicio Final.
Sin embargo, se trate de política o de moral religiosa, la figura de Jesús es la de un ‘libertador'. Por eso ha fascinado a tantas generaciones. Curiosamente, nunca predicó el ‘heroísmo' ni el ‘martirio', ni siquiera el sufrimiento, contra lo que se ha ‘vivido' después en el seno del cristianismo. Pero sí predicó la liberación física y espiritual del hombre, la liberación del poder político corrompido, que esclaviza y pisotea la dignidad humana. Por eso, Jesús ha sido respetado y venerado por todos los parias del mundo y por todos los movimientos revolucionarios. Entre los cientos de milagros que se le atribuyen, no realizó ninguno a favor de un poderoso. No obstante, su ‘misión' no puede entenderse solamente en un plano religioso. Para el pueblo de Israel la política y la religión son las dos caras de una misma moneda. Yahvéh no sólo es el dios único, al que adorar y obedecer, sino también el soberano que ha de guiar a su pueblo a la salvación. Pero no todos lo entendían de la misma forma.
Flavio Josefo (Antigüedades de los judíos) afirma que existían cuatro grupos que vivían la religión mosaica con más intensidad. Los saduceos, casta sacerdotal adinerada, encargada de garantizar el culto en el Templo de Jerusalén, que no creían en la inmortalidad del alma, ni en la resurrección de los muertos, y no esperaban premios o castigos en otra vida, conforme a las ideas más arcaicas del Antiguo Testamento. Para ellos, según afirma Piñero, "La Ley, quedaba reducida a los diez mandamientos y poco más. Era, por tanto, un judaísmo más bien ritual y cómodo". Ideas que se oponen a las de los fariseos, que eran más influyentes en el pueblo, y que defendían una Ley ‘oral' revelada también por Dios a Moisés, lo mismo que la escrita. No eran sacerdotes, pero predicaban la importancia de los ritos y de las Sagradas Escrituras. Los esenios no son nombrados en el Nuevo Testamento, a pesar de su importancia. Eran laicos ascetas, estudiosos de las Escrituras, que vivían en ‘comunas' por toda Judea. Luchaban contra la implantación del helenismo en la cultura judía y estaban convencidos de la inminencia del fin del mundo y de la llegada del Reino de Dios anunciado por los profetas. Por su parte, los zelotas eran más políticos, defendiendo, incluso por la violencia, la liberación y la independencia de Israel. Vivían en continua y tensa actitud contra la dominación de Roma. Después de la muerte de Jesús se convirtieron en auténtico partido político. Contra lo defendido por otros autores, Piñero enseña que Jesús no perteneció a ninguno de estos grupos, ni siquiera al de los esenios, o a los zelotes, aunque sean muchas las concomitancias. "Si alguna vez perteneció a la secta, debió de retirarse de ella" (Piñero).
No tiene, pues, nada de extraño que en este ambiente enrarecido la predicación de Jesús fuese vista como una posición más, contraria a los dioses paganos y a la colonización política del pueblo de Roma. Incluso, como una bandera de rebelión levantada por un ‘hacedor de milagros', los cuales confirmaban su actuación como representante de Yahvéh. La región en que Jesús empezó a predicar su mensaje fue en su nativa Galilea, entre gentes que estaban en la vanguardia de los movimientos de rebelión. Eligió como ‘cuartel general' a Cafarnaúm, una pequeña ciudad a orillas del mar de Galilea, centro comercial no particularmente religioso. Comenzó allí a predicar una doctrina de amor y caridad, desconocida para los hombres de su tiempo, y reclutó a sus primeros ‘discípulos' (‘¿guardia pretoriana'? ¿novicios esenios?) para que propagasen esas mismas enseñanzas, de un lugar a otro, ligeros de equipaje y sin ánimo de lucro. Allá donde fuese siempre le seguían los ‘espías' encargados de relatar sus palabras y sus hazañas a los vigilantes sacerdotes de la Ley mosaica, quienes, a la postre, consiguieron su eliminación física.
A partir de su bautismo, Jesús se dedica a la predicación de sus ideas, a fin de conseguir que llegara a todos los creyentes de corazón la fe en un ‘mundo nuevo', presidido por el Mesías propugnado por Yahvéh que abriera el camino para la implantación del ‘Reino de Dios', preludio de la eterna felicidad. Como bien explica Schonfield "fue una empresa singular, fantástica y heroica, aunque perfectamente comprensible a la luz del extraño espíritu apocalíptico de la época. Ello exigía una intensa fe mesiánica, una aguda capacidad de percepción, una voluntad de hierro, y un nivel de inteligencia muy elevado". Sus intenciones religiosas, tanto como su arrogante enfrentamiento con el estamento sacerdotal unieron en su contra a la casta intelectual que alimentaba la llama de la tradición. Era un líder aclamado por la multitud y sus supuestas aspiraciones mesiánicas podrían poner en peligro todo el entramado religioso que vivía alrededor del Templo de Jerusalén. Pero "si no se hubiera presentado como aspirante al trono de Israel y como una amenaza contra la seguridad nacional, habría sido completamente ignorado por el Sanedrín" (Hugo J. Schonfield, El complot de Pascua, Martínez Roca, 1987).
Efectivamente, hubo un ‘complot' contra su vida (y su obra, por supuesto) pero no del pueblo judío, sino de sus dirigentes. Es lo que intenta defender este autor, judío que se formó en Cambridge, para librar a los judíos, en su conjunto, del sambenito de ‘pueblo culpable' de la muerte de Jesús, idea extendida por el cristianismo posterior. La entrada en Jerusalén, a lomos de una borriquita, entre los vítores de sus paisanos galileos, no hizo más que acelerar ese ‘complot', hasta su prisión por los soldados romanos (los clérigos acusan pero no quieren mancharse las manos de sangre) con traición y nocturnidad. A la pregunta concreta de Pilato ("¿Eres tú el rey de los judíos?") contestó afirmativamente, sin convencerle de su culpabilidad.
El novelista Robert Graves lo presenta como heredero legítimo del trono de Israel en su conocida obra Rey Jesús (Edhasa, 1984) ampliando imaginativamente los datos evangélicos, sin omitir que los Sumos Sacerdotes insistieron en su denuncia, para doblegar la voluntad del gobernador: "Solivianta al pueblo, enseñando por toda Judea, desde Galilea, donde comenzó, hasta aquí" (Lc 23:3-6). De todas formas, un juez español ha demostrado que el juicio a Jesús de Nazaret, por muy sumarísimo que fuera, fue a todas luces "ilegal", con testigos falsos, sin defensa posible, sin deliberación, siendo Caifás juez y parte en el proceso judío, y sin pruebas, con falta de competencia entre Herodes y Pilato, con más que probable prevaricación en el proceso romano (José Raúl Calderón, Proceso a un inocente, Liberman, 1999). Existiese o no el (ilegal) juicio sumarísimo, sobre el que difieren los evangelistas, lo cierto es que a Jesús le llegó su hora y fue condenado a morir en la cruz, como tantos otros malhechores. Pero su culpa no fue entendida como religiosa (en cuyo caso habría sido lapidado) sino política. Así el castigo fue romano: muerte en la cruz, con un letrero en hebreo, griego y latín, donde se leía: "Jesús el Nazareno, Rey de los judíos". (Continuará).
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14 Octubre 2009
El dios cristiano (9)
Así como el Antiguo Testamento tenía la finalidad de recordar al pueblo hebreo que existía un Dios (Yahvéh) que había pactado con ellos una ‘alianza' por la cual les prometía una vida eterna de felicidad si le reconocían y adoraban como el único dios, en el Nuevo Testamento, todos sus textos se encaminan a considerar que un judío del pueblo llano, sin reconocimientos académicos, políticos o religiosos, de nombre Jesús el Nazareno, era realmente el Hijo de Dios, el Mesías prometido por las Escrituras, el mismo Dios encarnado, ajusticiado como salvador y redentor de la humanidad (aunque al principio se pensaba sólo en el pueblo ‘elegido') que prometía a los suyos otra vida de felicidad perpetua, después de ésta, llena de miserias. En una sociedad tan convulsa como la Palestina del siglo I, sometida al poder de Roma, encontrarse con el ‘auténtico' Mesías, que los conduciría al Reino prometido, debió ser un acontecimiento tan emocionante como inesperado.(Gérard Bessière, Jesús, el Dios inesperado, Ediciones B, 1999). Podemos imaginar a las masas enfervorizadas de entonces, si vemos lo que ocurre hoy con los artistas y músicos de fama ¡que no necesitan hacer milagros!
Pero no todo es tan simple. Los cristianos aplican la palabra mesías a Jesús, como el ungido, que en griego se dice cristo, pero para los judíos son palabras sin sentido, ya que nunca lo han reconocido como el mesías bíblico, al que todavía están esperando. Cualquiera que se identifique como mesías debe reunir una serie de requisitos indispensables, que lo harán diferente de los demás. Uno de estos requisitos era el de "ser rey de Israel, un auténtico rey de un reino davídico legítimo, reconocido por el Sumo Sacerdote legal (que también haya sido ungido con un óleo especial), con aprobación de todos los judíos, con el Sanedrín al frente". Estas y otras afirmaciones del mayor interés se pueden encontrar en el libro de MiltonAsh Jesús, el falso mesías. La mentira de las profecías mesiánicas cumplidas por Jesús (Vision Libros, 2007). Así, la tesis principal demuestra con numerosos pasajes bíblicos que la mayoría de las profecías "fueron escritas después de que se produjese el acontecimiento que profetizan". El dios cristiano, por tanto, como el resto de los dioses, es hijo de la imaginación humana, aunque ‘humanizado' para darle emotividad a una idea falaz que pudiera conquistar el corazón de los más crédulos.
Como ha sucedido con otros tantos ‘dioses salvadores'. Porque, digámoslo claramente, la doctrina salvadora de Cristo es tan poco original como el propio "Salvador cristiano". Como tantos otros, Salvador Freixedo resume las curiosas y extrañas coincidencias entre el Jesús Nazareno y varios predecesores que también eran considerados por los suyos ‘hijos' de algún dios. (Parapsicología y Religión, Quintá, 1985). La fecha del nacimiento, 25 de diciembre, sabemos que es supuesta, la cual también se dice de Khrisna, Buda, Mitra, Horus, Osiris, Baco, Adonis y algunos más, por ser el día del solsticio de invierno. ¿Fue la fecha cristiana un plagio intencionado? Estos y otros ‘dioses' nacieron de una madre virgen, fecundada por algún dios supremo. En el nacimiento, fueron ‘visitados' por pastores o gentes humildes, pero también por sabios y reyes. El caso más notable es el de Mitra, el redentor persa, ‘mediador entre Dios y los hombres', que fue adorado por unos magos que le ofrecieron oro, incienso y mirra. Todo esto mucho antes del nacimiento de Jesús. (Habrá que añadir que la mejor escultura del dios Mitra, el ‘competidor' del dios cristiano, se encuentra en el Museo Vaticano)
Las semejanzas, sin embargo, se acumulan al tratarse de Khrisna (nacido unos 1.500 años a.C.) y de Buda (650 a.C.). Los tres, aunque nacidos en circunstancias humildes, eran legendarios descendientes de reyes. La vida de los tres, en su primera infancia, fue amenazada por los poderosos y tuvieron que huir. Los tres fueron de inteligencia precoz, capaces de disputar con los doctores del templo en su temprana pubertad. Los tres apoyaron su predicación con numerosos milagros. Los tres, ante el pasmo de las presentes, ascendieron a los cielos una vez cumplida su misión. Los tres volverán al final de los tiempos para ‘juzgar a vivos y muertos'. Los tres son considerados en sus respectivas Escrituras Sagradas el "principio y fin de todas las cosas" (Cristo es "Alfa y Omega"). En su doctrina, los tres predican la renuncia al mundo y sus vanidades. En el caso de Buda, también, como Jesús, fue tentado por el demonio, fue bautizado con agua y reconocido por el Santo Espíritu, se ‘transfiguró' en personaje resplandeciente en una montaña de Ceilán, recibió sobre sí los pecados del mundo, basó su doctrina en el amor a todos los semejantes y el eje central de su predicación fue "establecer un Reino de los cielos". (¿Cuántos cristianos conocen estas verdades históricas?).
En el caso de Khrisna, tuvo también un precursor llamado Rama, murió crucificado, fue atravesado por una flecha, y en ese momento "el sol se oscureció a mediodía y el cielo llovió fuego y cenizas", después de su muerte descendió a los infiernos, resucitó de su tumba, y en su predicación, como dios, ‘perdonaba los pecados'. Son demasiadas coincidencias para que nos preguntemos por la ‘realidad mesiánica y divina' de Jesús, cientos de años después de estos dos ‘precursores'. ¿No será todo una pura ‘invención' plagiada de lo sucedido con estos hombres extraordinarios, venerados en el hinduismo como dioses? Todos ellos, no obstante, son deudores de un mito muy anterior, el de Osiris, el dios-hombre de los misterios egipcios. "Al igual que Osiris-Dioniso, Jesucristo también es Dios encarnado y Dios de la resurrección. También promete a sus seguidores el renacimiento espiritual si participan en su divina pasión" (Timothy Freke y Meter Gandy, Los misterios de Jesús, Grijalbo, 2000). Esta afirmación está rematada por otra igualmente clara: "El cristianismo, como los misterios de Jesús, nació y se extendió por el mundo antiguo exactamente de la misma manera que antes hicieran los misterios de Mitra, los misterios de Dioniso, los de Atis, los de Serapis y los de los demás dioses-hombres mistéricos que mueren y resucitan".
El nombre que más debemos recordar, sin embargo, es el de Apolonio de Tiana, un turco de vida intachable, filósofo pitagórico, gran viajero y predicador, cuyas curaciones tenidas por milagrosas rivalizaban con las de Jesús, su estricto contemporáneo. La anécdota que le disparó a la fama fue, según lo cuenta Porfirio en su Vida de Pitágoras, que tras ser detenido, acudió a las plantas del emperador y después de pronunciar un discurso en su defensa, desapareció de su presencia, en un acto sorprendente de magia. Los papiros sobre su vida y sus hechos fueron destruidos por los seguidores de Cristo, pero se salvó de la quema La vida de Apollonius de Tyana, escrita por Flavio Filóstrato a comienzos del siglo III d.C. En ella, no solamente no se hace mención a la posible existencia de Jesús, o del cristianismo, sino que se presenta a Apolonio como "el maestro más grande aclamado en este primer siglo, reverenciado de un extremo a otro del Imperio". Aunque la Iglesia católica haya tenido tanto empeño en ocultarlo, lo cierto es que "ningún otro libro ha levantado tanta pasión y debate durante tanto tiempo...hasta nuestros días": un autor considera a Apolonio "el director espiritual de aquel primer siglo" (Xavier Musquera, El triunfo del paganismo, Espejo de Tinta, 2007). El dios cristiano, por consiguiente, ni es el primero ni es único, ni original. Es un mito, como los demás, debidamente aderezado por los evangelistas que, muchos años después de su muerte, dejaron por escrito lo que oyeron, lo que supusieron, lo que encajaba con la doctrina que se intentaba difundir. Lo demás, acaso inconscientemente, lo hicieron los traductores. (Continuará).
servido por Francisco
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10 Octubre 2009
El dios cristiano (5)
DIOS PADRE. Aunque el profeta Isaías llama al futuro Mesías "Padre Eterno" (Is.9:6) y Malaquías está convencido de la existencia de un Padre común (Mal. 2-10), lo cierto es que la paternidad divina no es manifestada públicamente hasta la predicación de Jesús, el cual se dirige a sus discípulos proclamando en el momento de la ascensión a los cielos: "Subo a mi Padre y vuestro Padre, mi Dios y vuestro Dios" (Jn. 20:17). Aunque esta frase fuese una interpolación posterior, no cabe duda de que el simbolismo fue asumido plenamente por la doctrina cristiana, sobre todo, en la plegaria del Padre nuestro, recogida por los evangelistas Lucas y Mateo, que hacen decir al Catecismo de la Iglesia Católica algo tan falaz como que "El Padre que nos da la vida no puede dejar de darnos el alimento necesario para ella" (2833). ¿Estará pensando el autor en los miles de niños que mueren de hambre cada día? "Abandonarse en manos de Dios Padre , dice en otro capítulo, libera al hombre de la inquietud por el mañana" (2547). ¿Por qué, entonces, del Papa abajo, toda la jerarquía católica vive tan preocupada por los ingresos que les han de permitir una vida económica sin tropiezos?
Jesús de Nazaret (o quienquiera que fuese el escriba interpolador) pide a los suyos un ‘abandono' filial en manos del Padre celestial, que (en teoría) cuida de las más pequeñas necesidades de sus hijos. Son conocidas y repetidas sin cesar las enseñanzas que recoge Mateo: "No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis... Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas?...Observad los lirios del campo, cómo crecen: no se fatigan, ni hilan. Pero yo os digo que ni Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno de ellos. Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe?.... Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura" (Mt 6-31-33). Frases conmovedoras, desde luego, pero que resulta difícil cargarlas al haber de Jesús, que no podía desconocer la vida licenciosa y nada modélica de Salomón, a quien pone como ejemplo, ni la realidad de tanta miseria como acompaña al ser humano, incluidos los hombres de fe.
Esta ‘cara' simbólica del mito divino es, con toda evidencia, analógica invención del evangelista, que presentó así la doctrina liberadora de Jesús en un marco antropológico y sentimental, propicio para la religiosidad popular. Al imaginarse las facciones del Padre, cualquier cristiano, de ayer o de hoy, traslada en grado superlativo al Dios-creador los mismos sentimientos paternales que son propios de su naturaleza animal. Dios-Padre me ama, me necesita, quiere mi felicidad, se desvive por hacerme bien. Es la simbología sentimental del mito, ya totalmente ‘humanizado' y preparado para la aparición del dogma de la Trinidad, o mejor dicho, para la filiación divina en la persona del Jesús histórico, primero, y en todos los nacidos de mujer, después de la redención.
Esta faceta del mito no puede ser más trágicamente falsa, jugando con los más íntimos sentimientos del ser humano. Porque esta ‘cara' mítica supone que Dios no es el Ser Absoluto imaginado, sino un Dios menesteroso, necesitado de recibir algo externo, aunque ese algo sea tan maravilloso como el amor de sus hijos. De la misma manera, es incongruente que el Dios-Padre, infinitamente Poderoso y Amante, pueda ‘perder' el reconocimiento, el amor o la gratitud de la más pequeña de sus criaturas. El comportamiento de Dios en el Antiguo Testamento no es precisamente el de un amoroso Padre que ama, cuida y defiende a ‘todos' los hombres, sino el de un ‘líder' carente de escrúpulos que no duda en destruir a todos cuantos se opongan a sus divinos designios con respecto al pueblo de Israel. Tampoco el Dios del Nuevo Testamento se prodiga en actos verdaderamente paternales, cuando mantiene a sus hijos en la ignorancia, la pobreza, la desesperación y el dolor en esta vida, amenazándoles, para mayor escarnio, con una eternidad de calamidades en la otra, si se desvían de sus mandamientos. Ningún padre terrenal haría lo mismo con un hijo de sus entrañas, por muy criminal que fuese.
Despreciando las sutilezas filosóficas lo mismo que las sensatas deducciones del sentido común, el cristianismo nunca ha renunciado a la creencia de que Dios es a un tiempo el Creador del Bien, ‘permisivo' con el Mal, dueño absoluto de sus criaturas, pero ‘respetuoso' con su libertad, en cuyas manos amorosas de Padre está el destino feliz o desgraciado de sus hijos, el que dicta las leyes naturales, pero a cada momento las suspende para causar ‘admiración' a los suyos con milagros incomprensibles. Una incongruencia tras otra. Pero los creyentes fanáticos no hacen caso de incoherencias. Aunque la lógica salte por los aires. Les basta con soñar el futuro. Al morir alguien querido, afirman con firme convicción: "Se ha ido a la Casa del Padre".
Nada puede sustituir al sentimiento consolador producido en la conciencia de quien, en momentos de angustia, eleva los ojos al cielo y se dirige confiado a ese Padre invisible de quien espera todos los bienes. Sabe que nunca le contestará, que su plegaria se perderá en el infinito, pero nadie podrá quitarle el consuelo de sentirse hijo de un Ser Todopoderoso que, según le han enseñado, le ama y está dispuesto a sacarle del atolladero. Estoy hablando por propia y amarga experiencia. Desde ella abrazo y envío un sentido mensaje de cariño y comprensión a los millones de cristianos sinceros que creen y aman tiernamente al Dios-Padre (del pueblo judío, cuya paternidad fue posteriormente ampliada a toda la Humanidad), como el mito sentimental por excelencia.
Mito que funciona medianamente bien en la imaginación de quienes disfrutan, en mayor o menor grado, de los beneficios de una sociedad opulenta. Pero que resulta un escarnio para los marginados, los enfermos incurables, los hambrientos de pan o los sedientos de justicia, que nunca llegan a sentir la cercanía cariñosa del Padre. Hoy día resulta imposible sustraerse a las imágenes de sufrimiento, soledad, atraso cultural y cívico, de tantos millones de seres humanos que ni conocen, ni conocerán en su corta vida, más padre que el carnal, que en tantas ocasiones ni se ocupa de ellos. ¿Cómo van a creer en un Padre ‘invisible', que ni les da de comer ni les acaricia? (Continuará).
servido por Francisco
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5 Octubre 2009
El dios bíblico (8)
El más reciente comentarista bíblico, sin más títulos para la exégesis que su racionalidad, su gran erudición y un gran acopio de amor a la verdad y al duro trabajo de la reflexión madura, es un español ya citado, escondido tras el seudónimo de MiltonAsh, nombre con el que dirige una página web en Internet (elhorror.net), y con el que va publicando, en varios tomos, La Biblia ante la Biblia, la Historia, la Ciencia y la Mitología (Libros en Red, 2005), es decir, breves comentarios a todos los versículos bíblicos, con apoyatura bibliográfica de los propios textos cristianos (Biblia de Jerusalén, Vulgata Latina, Biblia de Nácar-Colunga y la protestante de Reina-Valera, todas ellas con comentarios de "ilustres exégetas de la más pura ortodoxia"). Como era de esperar, comienza afirmando que "el estudio moderno de estos libros ha evidenciado diferencias de estilo, repeticiones y desorden en las narraciones, que impiden ver en el Pentateuco una obra que haya salido íntegra de la mano de un solo autor", algo ya reconocido por teólogos como Trebolle. De hecho, las últimas páginas del tomo I se dedican a las contradicciones halladas en el Pentateuco: en una primera lista llegan a 636 las contradicciones, desde el Génesis al Deuteronomio. Una segunda lista, de 28 entradas, se dedica a poner de manifiesto las contradicciones insalvables entre los textos bíblicos, la historia y los conocimientos razonables del homo sapiens sapiens.
Ejemplo de creencias irracionales son los primeros capítulos del Génesis, más propios de una mente infantil que de un adulto reflexivo. Los personajes bíblicos, salvo contadas excepciones, carecen de refrendo histórico, y buena parte de los hechos que cuenta son verdades ‘imaginadas'. Corroborado también por la ciencia filológica y arqueológica, el dios bíblico no es único y singular, privativo del pueblo hebreo, sino uno de tantos adorados por los pueblos de Oriente Medio, escogido y apropiado por Abraham, que lo transformó en el Yahvéh de la Biblia promotor del pacto con el pueblo de Israel. El presunto contenido espiritual es totalmente contrario a lo esperado, como lo es el dios imaginado: sanguinario, xenófobo, misógino, macabro, anticientífico, vengativo, ignorante y falso. También son falsas las profecías, formuladas cuando el suceso ya se había producido. La ‘alianza' de Yahvéh se hizo con personajes paganos, politeístas, como Abram. Moisés, personaje legendario, tampoco conocía a Yahvéh (Ex 18). Los padres de la nación hebrea son hijos del incesto, todos consanguíneos (Abraham y Sara eran hermanastros, de procedencia pagana; Isaac y Rebeca eran primos, y tío y sobrina; Jacob y Raquel eran tío y sobrina). En la Biblia es total el desprecio por la vida humana, ya que se predica constantemente la ‘guerra santa' para ocupar los territorios vecinos. También es notable, en medio de perversiones consentidas, la aversión al sexo, presentándolo como pecado, y a la mujer como inductora al pecado. Se legaliza la esclavitud, la pena de muerte, la poligamia, el adulterio.
En definitiva, la ‘palabra de dios' no es más que un fraude, un montaje de los sucesivos escribas, basado en historias ajenas, trasladadas oralmente de generación en generación. Ese Dios inventado, ‘escogido' entre otros dioses y promovido a la exaltación de Ser Supremo y Único, no conoce la palabra amor, tan predicada para todos los seres humanos, pero sólo aplicada a los ‘elegidos' de Yahvéh, en un contexto singular y escasamente representativo (Lv 19:18). El Dios-Creador de los hebreos es un dios parcial, que solamente piensa en ‘su' pueblo, y en los vecinos a los que se debe exterminar, desconociendo la propia existencia de otras tierras y otros hombres también criaturas suyas, si se ha de dar crédito a las palabras ‘inspiradas' del Génesis (Gn 12:3). No es posible resumir cuanto se comenta en los tomos de La Biblia ante la Biblia, la Historia, la Ciencia y la Mitología. Sólo cabe la recomendación de su lectura, el único estudio completo existente, "análisis crítico de toda la Biblia cristiana", como reza el subtítulo. No hay más que exégesis crítica, no laudatoria como suelen ser los comentarios de autores creyentes, es decir, irracionales, que se guían por su fe, no por su razón.
En su A History of Israel (1987), John Bright, citado por MiltonAsh, escribe que "No podemos atribuir a los patriarcas la fe del Israel posterior. Históricamente no es exacto afirmar que el Dios de los patriarcas fue Yahvéh. El ‘yahvismo' comienza con Moisés...Cualquiera que sea el origen del culto a Yahvéh, no se han encontrado todavía indicios de él antes de Moisés". Este legendario personaje (fuese quien fuese) escogió entre los existentes de la Mesopotamia bíblica un dios terrible, que se hiciese temer, para poder llevar a su pueblo a la conquista de Canaán. No necesitaba un dios amoroso, misericordioso, blando en definitiva. Yahvéh era un dios-demonio, responsable del exterminio de los enemigos, el único que podía servir para tal empeño conquistador. Responsable del Bien y del Mal, capaz de establecer un ‘pacto' con su pueblo, aunque fuese derramando la sangre de los suyos en la circuncisión. El propio Éxodo afirma que antes de Moisés los israelitas no conocían a Yahvéh (Ex 3:13-15), porque es un ‘dios quenita, no hebreo', al que adoraron después de salir de Egipto, según el profeta Oseas: "Pero yo, el Señor, tu dios desde Egipto" (Os 12:10) y "Yo te conocí en el desierto, en la tierra ardiente y seca" (Os 13:5-6).
Este es el dios bíblico, de corto pasado, ya que tiene sólo tres mil años (muchos menos que otros dioses más antiguos), pero de gran futuro, gracias al fanático judaísmo y a su primitiva ‘secta', el cristianismo. Un dios, cuyos fervientes servidores han sabido ‘instalar', sin apenas resistencia moral, su culto y adoración, en la conciencia de millones de personas, incapaces de reaccionar racionalmente ante tanto engaño. La ignorancia solamente podrá ser vencida por la ciencia, como se constata a principios del siglo XXI. Con este libro en la mano nadie podrá encontrar en sus páginas alimento de verdad, de bondad y de amor, para alimentar una mente racional. Pondré como ejemplo las recientes declaraciones de un joven pero reconocido director de cine, Alejandro Amenábar, que ha manifestado textualmente: "mi falta de fe se la debo a la Biblia". Basta leer ese ominoso conjunto de maldades inconfesables de un pretendido dios, que condenarían a un pobre humano, para que una mente sana reconozca su equivocación y vuelque su corazón a la verdad que, a día de hoy, solamente se puede encontrar en la Ciencia. (Continuará).
servido por Francisco
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4 Octubre 2009
El dios bíblico (7)
Esta devota sumisión a la ‘palabra de Dios' escrita por los visionarios de otros tiempos, no se limita a su inicial destinatario, el pueblo judío, sino que se transmite intacta a ‘hijuelas' monoteístas, el cristianismo y el islamismo, con sus inevitables variantes. Todos la veneran como manantial de la ‘verdad' trascendente, por más que choque frontalmente con las advertencias en contrario del juicio razonable. La Iglesia Católica incluye textos ‘escogidos' de esa palabra ‘divina' en sus ritos litúrgicos, pero ignora aquellos textos que no le convienen. Los protestantes, en todas sus ramificaciones, mantienen como base de su doctrina la ‘justificación por la fe' y el ‘sometimiento a los dictados de la Biblia'. Incluso en la atrasada África, la Biblia es objeto supremo de adoración para la Iglesia cristiana de Etiopía, que cuenta con seis millones de creyentes, y cuyos popes la llevan en procesión, como si se tratara del mismo Dios.
Si causa sorpresa contemplar en las televisiones americanas la exaltada predicación de los numerosos ‘telepredicadores' que anuncian sus descabelladas doctrinas, no menos sorprendido resulta el huésped de cualquier hotel de los Estados Unidos de América cuando encuentra en la mesilla de noche de la habitación un ejemplar de la Biblia como reclamo publicitario. Una de esas ‘nuevas religiones' americanas, la Sociedad para la Investigación de la Creación, organización dirigente del movimiento creacionista, requiere a sus miembros firmar un documento que especifique su fe en las Sagradas Escrituras, del tenor siguiente: "La Biblia es la Palabra escrita de Dios, y porque creemos que toda ella es inspirada, todas sus afirmaciones son histórica y científicamente verdaderas en todos los autógrafos originales. Para el estudioso de la Naturaleza esto significa que el relato de los orígenes en el Génesis es una presentación factual de simples verdades históricas. Todos los tipos básicos de criaturas vivientes, incluyendo al hombre, fueron hechas directamente por actos creadores de Dios durante la Semana de la creación tal como se describe en el Génesis. Cualesquiera cambios biológicos que hayan ocurrido desde la Creación han constituido solamente cambios dentro de los tipos originales creados". No puede quedar más en evidencia la ceguera que produce la fe, al rechazar cuanto enseña la ciencia y aprueba la razón. Es el homo sapiens degenerado abrazando amorosamente la ignorancia.
Si, como decía Lutero, "quien quiera ser cristiano debe arrancarle los ojos a la razón", no cabe duda de que la autoridad del Antiguo Testamento queda invalidada cuando se abren bien los ojos de la razón. La ‘Palabra de Dios' que se predica en el culto cristiano, y por supuesto en el judío, no tiene nada que ver con esa otra ‘palabra' de la maldad ‘divina' escondida en la Biblia, cuya veracidad queda testimoniada documentalmente, pero que las sinagogas y las iglesias cristianas tienen a bien ocultar a sus fieles. La coherencia no es la virtud de los exégetas. Por eso no es de extrañar que un doctor en Sagrada Escritura haya escrito no hace mucho cosas como estas: "El Antiguo Testamento no debe ser norma absoluta de conducta para el cristiano, ni tampoco motivo de escándalo" o que "si existe algo evidente en la historia de Israel es la certeza de que Dios ama a su pueblo" (Conceptos fundamentales del cristianismo, Trotta, 1993, 34 y 37). ¿Puede aceptarse tal inconsecuencia, sobre todo, si se conoce a fondo la Escritura? La exégesis bíblica de todos los tiempos, comenzando por los Santos Padres, no es más que una secuencia de actos voluntaristas que intentan escamotear la verdad, ocultando cuanto pueda dañar la imagen prefabricada de un Yahvéh inexistente.
Ni exégesis ni hermenéutica. Ni biblistas ni teólogos. Nadie necesita intermediarios para leer un libro, por muy ‘revelado' que se suponga. Lo que la lectura de la Biblia está pidiendo a gritos a todo ser humano digno de tal nombre es una gran dosis de sentido común y de racionalidad, tanto si se los considera libros históricos, como si se los lee como obras literarias o simbólicas. (En este último caso, si todo es metafórico, ¿de qué pecado, de qué salvación están hablando las Sagradas Escrituras?). Ni una interpretación psicoanalítica de la Biblia, como la de los judíos argentinos Daniel Schoffer y Elina Wechsler (La metáfora milenaria, Paidós, 1993) ni la sensacionalista propuesta de Harold Bloom, insinuando que la parte más antigua del Antiguo Testamento fue escrita por una mujer (El libro de J, Interzona, 1995), pueden distraernos de nuestra sustancial conclusión: Para ser ateo no es preciso ser marxista. Basta tener un juicio medianamente crítico y libertad de pensamiento. La verdad es incompatible con la superstición, con la mentira y con los mitos, ficciones novelescas con que están adornadas las páginas históricas de las Sagradas Escrituras. Así lo asegura Gary Greenberg, Presidente de la Sociedad Bíblica de Nueva York en su libro 101 mitos de la Biblia. Cómo crearon los escribas los relatos bíblicos (Ed. Océano, 2002).
Me detengo un momento en mis reflexiones y vuelvo a leer lo escrito, comprendiendo que mi pasión por la Verdad ha ahogado muchos sueños de infancia. Pero me siento en paz conmigo mismo. Ni he mentido ni pretendo engañar a ningún incauto. Me limito a exponer, sin prejuicios, lo que he podido encontrar en el Antiguo Testamento que hiera frontalmente mis sentimientos o mis principios éticos, sin distorsiones, ni sacando las frases fuera de contexto. Todas las citas, ‘Palabra de Dios' para los teólogos, están tomadas literalmente de la más actualizada edición castellana de la Biblia. De ellas deduzco una divinidad celosa, codiciosa, falible y cruel. Y me pregunto, sorprendido: ¿Cómo es posible que tales palabras hayan sido escamoteadas durante más de veinte siglos a la casi totalidad de los creyentes de tres religiones? Todavía más: ¿Cómo ha podido crecer la espiritualidad con el alimento envenenado de la mentira religiosa? Yo mismo, ¿cómo he podido vivir engañado tantos años? ¿Y mis amigos? ¿Y mis seres más queridos? ¿Cómo las diferentes confesiones religiosas han podido embaucar a tantos durante tanto tiempo?
No soy agresivo ni beligerante. A nadie quiero apartar de sus fuentes de felicidad, aunque considere que son engañosas. Pero no tengo más remedio que proclamar la verdad que se ha abierto camino en mis razonamientos, sin tapujos de falso pudor: Yahvéh, el Dios de la Biblia, el Dios de los judíos, cristianos y musulmanes, tal como aparece dibujado en el Antiguo Testamento, es una falsedad manifiesta, un ente de ficción, una leyenda piadosa, un mito inventado hace treinta y tantos siglos. A mi razón no le satisfacen las interpretaciones que magnifican unas palabras, en detrimento de las más comprometidas, aunque sea con la excusa de una lectura 'simbólica' o ‘alegórica'. Además, según la cronología y la arqueología, muchos de los sucesos narrados en la Biblia, en los que el Dios bíblico habría participado, "simplemente no existieron, salvo quizá en la imaginación de sus autores" (R.L. Fox, La versión no autorizada. Verdad y ficción en la Biblia, Planeta, 1992).
Las falsedades, incongruencias y manipulaciones de la Biblia no tendrían mayor importancia si no fuera porque se trata de libros sagrados, que siguen influyendo, después de treinta y tantos siglos, en millones de personas, incautas y crédulas, ansiosas de agarrarse a un clavo ardiendo para ahogar sus dudas de intrascendencia, por el horror que les produce la vuelta irremisible a la nada de donde proceden. A este respecto, hemos de agradecer sus estudios críticos a los biblistas que se han atrevido, sobre todo desde el siglo XVIII, a dinamitar la creencia en la inerrancia de estos escritos, poniendo de manifiesto sus evidentes errores, y con mayor énfasis sus falsedades, interpolaciones y contradicciones, para intentar curar la ceguera de sus lectores, enfermedad que calma la angustia y el miedo al más allá. Porque, como intitulo este libro, OJOS QUE NO VEN, CORAZÓN QUE NO QUIEBRA. (Continuará).
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