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La Coctelera

La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

Categoría: drogas

27 Septiembre 2009

OJOS QUE NO VEN (97)

 

III

El dios bíblico (1)

 

Las tres grandes religiones monoteístas se fundamentan en las páginas ‘reveladas' de la Biblia, un conjunto de ‘Libros sagrados', escritos por ‘inspiración divina' casi siempre nocturna, como se ha visto en la Segunda Parte de este libro. Es decir, por imágenes contempladas durante el sueño, o por un enteógeno (sustancia que induce la manifestación de lo divino en la conciencia del usuario, como lo define Fernando Sánchez Dragó -"quien lo probó lo sabe"- añadiendo que es un "fármaco sacramental", prácticamente inocuo) estudiado por Antonio Escohotado en su Historia general de las drogas (Alianza Editorial, 1998).  Una de ellas, la burundanga, productora de alucinaciones, es también ladrona de voluntades, bien conocida sobre todo en América hispana, donde se usa, bebida o inhalada, para culminar una violación. Por otra parte, las drogas endógenas son unas sustancias naturales generadas por el cerebro y otros órganos corporales para ayudar a responder a algún estímulo externo, inhibir el dolor y calmar los nervios. Toda clase de sustancias alucinógenas pueden degenerar en esquizofrenia y anulación de la personalidad, que cada vez se aleja más de la realidad material para vivir en su ‘realidad onírica'. "Los enfermos, dice el psiquiatra español Carlos González Juárez,  oyen una voz en su cabeza que les da órdenes". Son episodios psicóticos, delirios extravagantes de los que el sujeto está convencido, y que pueden durar toda la vida. Incluso los conocidos como "viajes astrales" pueden hoy ser inducidos en el laboratorio mediante una desconexión momentánea de los circuitos cerebrales.

Insisto una vez más en esta valoración de las imágenes soñadas, porque es una inestimable ayuda para la comprensión de la ‘realidad imaginada' que, según nos dicen los psicólogos y psiquiatras, puede sobreponerse en un individuo a los requerimientos de la razón. Más recientemente, las neurociencias nos han ayudado a descubrir el poder de nuestra imaginación y las relaciones, casi siempre conflictivas, entre nuestra razón y nuestras emociones, ambas en el cerebro, que no es más que "un conglomerado de neuronas", según Eduardo Punset, quien añade que  "casi todos los seres humanos compartimos unas creencias concretas, pero cuando ascendemos en la categoría de las ideas abstractas en la jerarquía del córtex, las creencias difieren. Cada religión, por ejemplo, tiene un conjunto diferente de creencias distintas, y no todas pueden ser correctas" (El alma está en el cerebro, Aguilar, 2006).   Todos los ‘libros sagrados' que se escribieron al dictado de una ‘revelación divina' son producto de una imaginación desenfrenada, por escribas que creían en la veracidad de sus visiones y que, quizás con buena fe, quisieron transmitir a sus coetáneos, que los proclamaron ‘profetas' o pregoneros de los deseos de la divinidad. No los descalificaré como fraudulentos, pero sí como visionarios y emocionalmente desequilibrados. En especial los autores bíblicos.

Escrita a lo largo de más de diez siglos (VIII a.C.-II d.C.), traducida, copiada y recopiada en los monasterios medievales, la Biblia fue el primer libro impreso en Europa, el más demandado y del que más ediciones se han hecho en las diversas lenguas y dialectos. Resulta impresionante la visita a bibliotecas especializadas, como la Vaticana de Roma o la Augusta de Wolffenbüttel, donde se conservan espléndidas colecciones bíblicas de todo tiempo y lugar. Con sus miles de comentaristas que, desde el prejuicio de la fe, han intentado salvaguardar para la posteridad el estimado como "depósito de la revelación divina". Revelación que dan por cierta, magnificando el mensaje de virtud, amor y esperanza, pero ocultando las múltiples ocasiones en que el mensaje se transforma en moral depravada de los héroes bíblicos o, peor aún, del propio Yahvéh. Es lo que ocurre, por ejemplo, en la más conocida publicación de hermenéutica bendecida por la Iglesia Católica, excelente, por otra parte, como introducción histórica a la transmisión secular del texto sagrado (Julio Trebolle Barrera, La Biblia judía y la Biblia cristiana, Trotta, 1993).

Los tres pilares sobre los que se asienta el fenómeno religioso son la autoridad, la tradición y la experiencia. Ignorando este último, ya que forma parte de la intimidad personal, una mente verdaderamente libre no puede conformarse con lo que predique una autoridad que se ha constituido a sí misma, al margen de toda racionalidad. La aceptación de un texto pretendidamente ‘revelado' (como los dos ‘Testamentos', el Antiguo y el Nuevo en la religión cristiana) ha de fundamentarse en un juicio crítico de valor, no en piadosas creencias ni en exégesis interesadas de los propios comunicadores de una fe excluyente, siempre impuesta y nunca sujeta al debate de la razón. (Un paréntesis para aclarar que la palabra ‘Testamento' fue una mala traducción, primero de los griegos, que tradujeron  la palabra hebrea berit, que significa ‘alianza', por diathéke, ‘disposición testamentaria', traducida más tarde al latín por ‘testamentum', que es el término que aparece en la versión Vulgata , oficial de la Iglesia Católica desde el Concilio de Trento, en 1546).

En su citado libro, el profesor Trebolle incluye un capítulo dedicado a la hermenéutica y a la crítica textual, en el que claramente expone que "los profetas se inspiraban en tradiciones antiguas para interpretar los acontecimientos de su época" y que "sus discípulos no hicieron más que continuar este proceso interpretativo, creando y recreando el texto".  Al encontrar nuevos significados del texto sagrado, "la interpretación de la Biblia se convirtió en verdadera revelación, a través del trabajo exegético". He aquí un nuevo significado del verbo ‘revelar' que excluye la ‘visión' de la que nos venían hablando todos los profetas. Es, sin duda, una mera ‘interpretación moderna' de los teólogos para sacudirse el yugo de la letra, por muy profética que sea. Es más, justifica con la mayor naturalidad las modificaciones, que expone con múltiples ejemplos, de las Sagradas Escrituras, ya que "durante la época persa, e incluso en una época posterior, la Escritura estuvo abierta a toda clase de interpolaciones y reelaboraciones". Nadie, pues, debe escandalizarse ni rechazar como impías las acusaciones de falsificación de los originales bíblicos, como ocurre, por otra parte, con toda la literatura antigua.

Dada la vulnerabilidad de sus argumentos y la pudorosa resistencia de los creyentes ante las barbaridades e inmoralidades contenidas en el Antiguo Testamento, la Iglesia Católica no ha tenido más remedio, a fin de acallar comentarios peligrosos, que declarar como dogma de fe la ‘revelación divina' de la Biblia. Así lo establece la constitución dogmática Dei Verbum, del Concilio Vaticano II, donde se puede leer que "la Santa Madre Iglesia, según fe apostólica, tiene por santos y  canónicos los libros enteros del Antiguo y Nuevo Testamento con todas sus partes, porque, escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor". Los escribas elegidos por Dios se vieron limitados y determinados en su redacción, porque escribieron "todo y solo lo que Él quería". Así, pues, concluye el texto: "hay que confesar que los libros de la Escritura enseñan firmemente, con fidelidad y sin error, la verdad que Dios quiso consignar en las Sagradas Letras para nuestra salvación". Al leer estas palabras, me pregunto sobre la salud mental de sus redactores: ¿Es una ‘ceguera voluntaria' o un cinismo condenable sin paliativos?

Con todo respeto para los sesudos varones que intervinieron en la discusión y redacción de esta constitución dogmática, he de poner de manifiesto, haciendo uso solamente de mi pobre raciocinio y juicio crítico mi rechazo más absoluto, primero, a que ningún ser humano pueda imponer a otro dogma alguno de verdad supuestamente ‘revelada', y segundo, a tamaña sarta de incongruencias, expuestas sin soporte racional. El primer y único pasaje de la Biblia en que se afirma la inspiración divina -ajena a la profética- salió de la pluma de Pablo de Tarso, en una de sus cartas (2 Tim.3:16-17), ya avanzado el siglo II de nuestra Era. Tesis que han aprovechado hasta el máximo los teólogos de todos los tiempos y que fue recogida formalmente por el Papa León XIII, declarando que la Biblia era, no sólo un venero de verdades históricas, sino de enseñanza moral conducente a la salvación (Encíclica Providentissimus Deus, 1893). Y más recientemente, se ha escrito que "El Antiguo Testamento es una parte de la Sagrada Escritura de la que no se puede prescindir. Sus libros son libros divinamente inspirados y conservan un valor permanente, porque la Antigua Alianza no ha sido revocada" (Catecismo de la Iglesia católica, 1992, 121). Con estas palabras, tan esclarecedoras, nadie debe llamarse a engaño: La Biblia completa, con sus enormes atrocidades inhumanas, que no se pueden ocultar a ningún lector, es aceptada como ‘palabra de Dios' íntegramente,  en todas sus páginas. No hay mayor incongruencia en los dogmas religiosos. Yahvéh, el sangriento dios bíblico, es el Dios de los judíos, pero también de los cristianos. No merece ni el reconocimiento, ni la adoración de unos ni de otros. (Continuará).

 

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21 Septiembre 2009

OJOS QUE NO VEN (92)

 

Diversidad de religiones (6)

 

HINDUISMO. Si la mayoría de los habitantes de la India no se definen como hinduístas es porque esta religión es ecléctica, está constituida por un enorme conjunto de creencias distintas, deidades y tradiciones. Aceptan en general la visión cíclica del tiempo, algo sin origen ni final. Todo se reencarna, hasta los mismos dioses. Todo lo que existe es divino, reflejo de la imagen divina. Aunque no se conoce ningún ‘fundador', sus doctrinas fundamentales proceden de los Vedas y los Upanishads, los libros sagrados de la India, que dieron origen a dogmas religiosos y costumbres sociales con una docena de ciudades sagradas y con ríos sagrados, como el Ganges, el Kaveri, el Jamuna y el Narmada, donde son arrojadas las cenizas de los difuntos para que su alma pueda comenzar su reencarnación. El origen de estas creencias, la más antigua de las actuales, se sitúa en el tercer milenio a.C. por la misma época de la cultura mesopotámica. Los Himnos Védicos, base de la religiosidad hindú, se terminaron de componer en el siglo IX a.C. evolucionando después hacia el brahmanismo, doctrina basada en los Upanishads, que se expandió más tarde hacia oriente durante los primeros siglos del cristianismo.

Los hinduistas, que son más de 800 millones, distribuidos por la India, Malasia y países limítrofes, aunque veneran un Gran Panteón en Both Gaya (India), creen en un solo Poder Divino, que adopta muchas formas. Las principales son: Brahma, creador del universo; Vishnú, su mantenedor; y Shiva, la diosa destructora, que permite el comienzo de un nuevo ciclo. Es la ‘Trinidad' hindú, similar a la católica. La doctrina hinduista proclama que el destino de todo hombre está determinado por una serie indefinida de vidas y transformaciones (karma) hasta que con la liberación (moksa) cesa la sucesión de renacimientos (samsara). Con nuestras acciones en esta vida conseguimos un determinado ‘karma', que será el determinante para que nuestra alma (atmán) ascienda en la escala de la reencarnación, alcance la liberación y pueda reunirse con el Ser Supremo. Existen miles de ‘gurús' hinduistas (‘maestros iluminados') que reflejan la gran variedad de enseñanzas en su magisterio, en el que no falta la devoción a la diosa Kali, con célebre templo en Calcuta. Parvati, hermana, madre e hija de Shiva, deidad de múltiples brazos, es la que recibe los sacrificios y la que enseña a los ascetas la penitencia y la meditación. Por otra parte, Krihsna, la octava reencarnación de Visnú, es el protagonista del Mahabharata, libro sagrado que narra sus aventuras amorosas, consideradas como el símbolo de la intimidad entre el devoto y la Divinidad. Cuenta en la actualidad con el seguimiento de unos 300.000 adeptos en la Sociedad Internacional para la Concienciación Krishna, una de las muchas ramificaciones del hinduismo en el mundo.

Una acusada característica del hinduismo es su ordenación de la sociedad bajo el rígido sistema de castas, que dependen del nacimiento. La religión domina a la sociedad civil de tal forma que se pertenece, por ley,  a una casta privilegiada o a otra miserable (parias) que se ve obligada de por vida a los trabajos más humildes de la sociedad, sin posibilidad de promoción social. Lo contrario es inconcebible porque la fe no es una elección consciente y libre. El alma, en cuya existencia creen firmemente los hindúes, ha de renacer en otra forma física, una o varias veces, hasta conseguir la reunión con el Ser Supremo, la Divinidad Única que reviste innumerables formas. La reencarnación es un dogma de fe aceptado por cerca de mil millones de personas, que hacen de la fantasía una parte de la realidad.. El misticismo hindú reconoce varios centros de fuerza psíquica en el cuerpo humano, los llamados Chakras, situados a lo largo de la columna vertebral. Entre los siete principales destaca el ‘Muladhara', que representa el poder divino que late en el fondo de todos los humanos, y el ‘Sahasrara', que permite al hombre comunicarse con lo trascendente. En la India antigua los seres fabulosos y las facultades maravillosas de los amigos de la divinidad dieron pie a los relatos novelísticos que sorprendían -y encandilaban- al racionalismo occidental

BUDISMO. Su origen se remonta al s.VII a.C. cuando el príncipe indio Siddharta Gautama,  nacido en 563 a.C. en una aldea india a los pies del Himalaya (su casa natal se ha descubierto hace poco en Nepal), perteneciente a una familia de guerreros y estudioso del brahmanismo, comenzó a predicar una novedosa doctrina, mezcla de filosofía y religión, que enseñaba la reencarnación de las almas en vidas sucesivas hasta que, por medio de la aniquilación del sufrimiento, se apaguen los deseos humanos, que son su causa. Con ello se consigue el Nirvana o meta ideal,  liberando al alma de todo vínculo con la realidad material, sin necesidad de aceptar la existencia de un reino celestial, ni de un Dios creador del mundo. El príncipe Siddharta, conocido como Sakyamuni Buda, (en sánscrito, Buddha significa "quien ha despertado") insatisfecho con su vida, decidió abandonar su condición para dedicarse a la búsqueda de la verdad capaz de liberar al hombre de manera definitiva. Practicó el yoga y el ascetismo, pero no consiguió la ‘iluminación' hasta que tuvo una profunda meditación bajo un árbol, en la posición del ‘loto', imagen muy difundida gracias a la expansión del budismo.

Desgajada del Hinduismo, fue la religión dominante en el norte de la India durante más de mil años, extendiéndose a los países vecinos, como China,  Nepal, montañas del Tibet, sureste asiático y parte del Japón. La población mundial de adeptos al budismo pasa hoy de los 400 millones, aunque son tantas sus modalidades que bien puede hablarse de varios budismos, con sus peculiaridades nacionales. Los ritos más suntuosos eran los del budismo tibetano, en sus ricas pagodas.  Sus centros de espiritualidad son los monasterios o escuelas budistas, donde los jóvenes aprenden sus enseñanzas de pobreza y celibato, además de las ‘cuatro nobles verdades', y visten hábitos de color azafrán, uniformes en todos los monasterios, donde no falta la gran estatua sedente del Buda, como la majestuosa que domina el templo de Wat Sra-Si, en Tailandia, donde reside la Comunidad Mundial de Budistas. El budismo zen carece de teología, de dioses o demonios y aunque  tiene  sacerdotes, estos no reivindican ningún tipo especial de santidad. (Dean Hamer, El gen de Dios, La Esfera de los Libros, 2006). La edificación más característica de la arquitectura sagrada asiática es la estupa, templo que simboliza la mente despierta de Buda, en cuyo interior existe una ‘cámara secreta', con reliquias del pasado budista. En la actualidad hay censadas unas 24.000 estupas en toda Asia (Tibet, China, Nepal, Bután, Mongolia, Birmania, Cambodia, Vietnam, India, etc) la mayoría abandonadas. Aunque algunos países los conservan y mantienen en espléndidas condiciones, como los espectaculares de la ciudad de Bangkok.

El budismo no se considera una verdadera religión, en el sentido normal del término, ya que no admite la idea de un dios creador personal, sino que ese Dios único se diluye en la realidad humana, que, por eso mismo, es divina. Su gran riqueza la constituye, precisamente, la diversidad de sus ideas, su ‘flexibilidad', que le permite asimilar doctrinas ajenas, ya que se adapta a las necesidades espirituales de cada seguidor. La más ‘imaginativa' de sus creencias es la supuesta existencia de mundos paralelos, que han existido y existirán siempre (La "Rueda del Drama" es su símbolo). Esta religión no-teísta enseña que habrá otros Budas  en el futuro, tanto en el tiempo como en el espacio. El ‘despertar' (bodhi) o la ‘iluminación' se consigue gracias a un descubrimiento directo y personal de la realidad última, posibilidad que puede realizar cualquiera, porque todos los seres tienen la naturaleza de un ‘buda', aunque no sean conscientes de ello, sin necesidad de recibir una revelación divina. Un ‘Buda' no es un dios, ni un ser sobrenatural, ni un mesías, ni un profeta. Sólo un hombre que sabe meditar, como el primer Buda, bajo la ‘higuera sagrada' (ficus religiosa) el árbol bajo el cual ‘despertó' el fundador. (Me parece que este es un privilegio masculino, prohibido a la mujer). El budismo, cada día más presente en la sociedad occidental ("budomanía"), quiere construir un mundo feliz en la Tierra, no en el Más allá, mediante el nirvana, dominio absoluto de los sentidos. Sus fieles, que acostumbran a rezar con frecuencia,  no creen en dioses implacables ni en castigos eternos. Pero sí esperan, como el cristianismo, la nueva venida del ‘salvador' Buda, esta vez bajo el nombre de Maitreya, montado en un caballo blanco y con una espada fulgurante que acabará con la maldad en el mundo, al final de los tiempos.

            Las persecuciones de la China comunista han obligado a la dispersión de los monjes budistas del Tibet, con el Dalai Lama o jefe supremo a la cabeza. En 1996 penetraron a la fuerza en la ciudad prohibida de Lhasa, en el Tibet y expulsaron a los monjes, episodio recordado en la película de J-J Arnaud, Seven years in Tibet (1997). Los viejos templos han sido destruidos, pero florecen por doquier los nuevos, revitalizados por las comunidades budistas que proliferan actualmente en las grandes ciudades occidentales, ‘moda' religiosa que se ha visto beneficiada por la película El Pequeño Buda, de Bertolucci.. En el Japón se conocen hasta seis sectas budistas, segregaciones de la rama principal del Budismo Mahayana. En Myanmar, Laos y Cambodia, a pesar de la política comunista, han progresado en los últimos tiempos, mientras que en la vecina Tailandia el budismo es la religión estatal. Los budistas se acercan a los 800 millones en todo el mundo. En España los cálculos estadísticos hablan de unos 5.000 budistas, pero esta cifra no refleja su verdadera importancia, ya que existen diecisiete centros españoles de budismo tibetano, y el monasterio de Oseling, en la Alpujarra granadina, es considerado como el mayor centro de retiro budista de Europa. Para estar al día, los seguidores de Buda, que son vegetarianos y rechazan todo tipo de violencia (sólo se han enfrentado a China para defender sus tradiciones), cuentan con un importante servicio informativo en Internet.

SIJISMO. También en la India, especialmente en el Punjab, florece esta religión, con más de treinta millones de seguidores, que se extiende por el archipiélago indonesio, hasta Australia, por los países musulmanes de Oriente Medio, y África oriental, hasta Zambia. En ellos se practica esta religión de los sijs en templos o centros de culto llamados ‘gurdwaras', de los cuales hay medio centenar en Estados Unidos. El centro nuclear de la doctrina es la fe en un Dios que es el verdadero Maestro o Gurú, más allá de cualquier definición humana, y que sólo se manifiesta a quienes están preparados para recibirlo, siendo el creador de todo. Mediante la reencarnación, el creyente sij se libera finalmente de las ataduras de la vida terrena. Son monoteístas y estrictos en materia de moral y costumbres. Para ellos no existen las castas, ni diferencias de clase, raza, sexo o nacionalidad. Las mujeres tienen iguales derechos que los hombres y pueden celebrar los oficios religiosos, que son guerreros y tienen que ir siempre armados. Su libro sagrado es el Gurú Granth Sabih, que prohíbe las drogas, incluso el tabaco (Agustín Pániker, Los sikhs. Historia, identidad y religión, Cairos, 2007). No existe ninguna división doctrinal importante dentro del sijismo, pero su pretensión es lograr un territorio independiente al norte de la India, con el centro en la ciudad de Amritsar, donde se eleva el Templo de oro, que cada devoto de esta religión debe visitar al menos una vez en la vida.. (Continuará).

 

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27 Febrero 2009

OJOS QUE NO VEN (44)

 

El poder de la imaginación (5)

Hora es ya de volver los ojos a la ciencia para que nos descubra algunos de los misteriosos caminos que conducen al gran ‘poder de la imaginación'. El éxtasis es un fenómeno psicológico en el cual el individuo tiene la impresión de sentir cómo su mente se une con la divinidad en un plano trascendente, al cual se siente transportado. Es algo próximo a la cima del orgasmo sexual, de breve duración pero de intensidad suma, que han experimentado algunos místicos, como Santa Teresa de Jesús. A este respecto, el doctor neoyorquino Mike Samuels comenta: "El éxtasis es un estado no ordinario de la mente que incluye situaciones de trance, sueños lúcidos, visiones, alucinaciones, ensueños y meditación profunda". A ello pueden contribuir situaciones extremas como el frenesí colectivo que produce la oratoria emocionante de un líder, el magnetismo de una mirada hipnótica, los rituales que provocan un trance, sea con músicas o danzas, la concentración profunda de una meditación o la inspiración poética, casos en los que la emoción es tan intensa que anula la percepción sensorial de la realidad.

Estos y otros ‘estados alterados de conciencia', que pueden ir acompañados de pérdida de la sensibilidad corporal, son estados naturales en circunstancias propicias, pero también  pueden ser originados por el uso de plantas psicotrópicas, que modifican la actividad cerebral, aumentando el ‘poder de la imaginación', que se lanza por caminos desconocidos, experimentando situaciones tan irreales como ‘verdaderas' para la conciencia.. El deseo de tener experiencias ‘límite' forma parte de la condición humana, amante del peligro, sea natural o inducido. La imaginación actúa en este caso con una fuerza irrefrenable, que puede ser motivo de alucinaciones de carácter místico, pero también esquizofrénico. El terapeuta Robert A. Johnson indica que "la gran tragedia de la sociedad occidental es el hecho de que hayamos perdido la habilidad de experimentar el poder transformador del gozo. Buscamos el éxtasis por todas partes, pero en un nivel muy profundo permanecemos insatisfechos" (Éxtasis, Kairós, 1992).

Son los psicólogos quienes han de darnos las claves del ‘poder de la imaginación' en los humanos visionarios de todas las épocas, suponiendo siempre que las ‘visiones' y ‘alucinaciones' son estados alterados de la conciencia. Tanto durante la vigilia como durante el sueño. A este respecto, el psicólogo del Darwin College (Cambridge), Nicholas Humphrey, enseña que "cuando alguien duerme, ninguna señal proveniente de la retina llega al centro perceptivo o sensorial, y de ese modo la imaginería onírica es dueña del campo". Frase que completa con esta otra: "Las imágenes oníricas no sólo son más vívidas y menos fugaces que las de la vigilia, sino que son también más propensas a errores extravagantes"  (Una historia de la mente. La evolución y el nacimiento de la conciencia, Gedisa, 1995).

El tema ya interesó a los psicólogos del siglo XX, que comenzaron el estudio sistemático de las alucinaciones. Para el profesor Th.Ribot, las numerosas variedades de la epilepsia dan origen a toda suerte de alucinaciones, que "si son sugeridas, agradables o desagradables, van acompañadas de un acrecentamiento o disminución de la presión en el dinamómetro" (La psicología de los sentimientos, Daniel Jorro, 1924). Dos años más tarde, H. Höffding precisó que hay que distinguir entre ilusión y alucinación, aunque sólo sea una diferencia de grado, dos alteraciones cerebrales que pueden ser efecto de una ingestión de alucinógenos, como la absenta o el opio. Su conclusión es que "la imaginación es la facultad de crear nuevas representaciones concretas", a veces ayudada por los opiáceos. Es necesario detenerse en esta precisión del verbo crear, porque se producen "imágenes de personas o cosas que no se habían visto nunca". Con otras palabras, "el sujeto ve y oye hablar de formas que no están presentes, pero que tienen para él tanta realidad que no duda de su existencia". (Bosquejo de una psicología basada en la experiencia, Daniel Jorro, 1926). No duda porque la ‘fe' se lo impide. El consumo de absenta, la ‘bebida maldita' (llegaba a los 90º de graduación) tan común entre los literatos bohemios de fines del siglo XIX, sobre todo en el Montmartre parisino, fue prohibido en el año 1915 por sus consecuencias enajenantes y alucinógenas, próximas a la locura. Pero no era ni la primera ni  la única pócima de efectos ‘mágicos'.  Todo producto destilado con alto grado de alcohol tiene parecidas consecuencias, aunque de menor intensidad. Pero no dejan de actuar sobre la fantasía.

Más precisa y contundente, si cabe, es la afirmación del doctor Shermer: "Las experiencias espirituales y místicas sólo son producto de la fantasía". Inducidas por alcaloides como la atropina, que provoca la sensación de levitación o vuelo; la ketamina, que sirve para experimentar sensaciones extracorpóreas; por el consumo de dimetiltriptamina se agiganta el entorno; la belladona y otros alcaloides inducen una sensación de bienestar momentáneo, con alucinaciones visuales y auditivas si se trata de la LSD (Dietilamida del ácido lisérgico). La experiencia extra-corpórea (ECM) es una confusión entre realidad y fantasía, como los sueños, que se confunden con el despertar...y que continúa siendo "uno de los grandes misterios de la psicología" (Michael Shermer, Por qué creemos en cosas raras. Pseudociencia, superstición y otras confusiones de nuestro tiempo, Alba Ed. 2008). No hay duda para la Psicología: la mente humana es capaz de crear su propia realidad imaginativa.

Sin embargo, hay que añadir algo importante: las alucinaciones, experiencias místicas o visiones, han de tener una base cultural individualizada. Toda visión, por muy modificada que esté, ha de tener un fundamento imaginativo propio de la cultura en la que se ha formado el actor visionario. "Es impensable que un budista pueda ver en el marco de esa experiencia mística a figuras como la Virgen María, de la misma manera que un místico cristiano nunca en sus visiones ha podido ver a hablar con figuras de otras religiones". Son palabras del profesor Francisco J. de la Rubia (La conexión divina. La experiencia mística y la neurobiología, Crítica, 2003) quien añade que este fenómeno de la experiencia mística no es exclusivo de las religiones, ya que pueden acceder a él personas ateas o escépticas. Y a continuación precisa que  se debe separar la experiencia mística, que no es sensorial, de las visiones en las que intervienen los sentidos. Aunque es cierto que todas nuestras experiencias, incluidas las religiosas, tienen una base orgánica cerebral. Fuera del cerebro no hay nada.

En épocas remotas, pudieron interesar al homo ciertas especies vegetales que producen similares efectos, como la belladona, la datura, el beleño o la mandrágora, tan comunes en Europa; o el peyote, la ayahuasca, la ruda o la adormidera del opio, en tierras americanas. A esto habría que añadir que la falta de oxígeno estimula el lóbulo temporal, el hipocampo y el sistema límbico, con parecidas consecuencias. Pero existe una sustancia endémica, que se encuentra en amplias zonas del planeta, que puede explicar con mayor eficacia la evolución cerebral de los homínidos. Es la psilocibina, cuya ingestión disuelve los límites de la conciencia, sin peligro para la vida, pero procura alucinaciones y apariciones en quienes añaden a su dieta el hongo que la produce. Además, como ha comprobado la ciencia, para sufrir alucinaciones no se necesitan peligrosas sustancias alucinógenas como las citadas; hoy basta estimular determinadas regiones del sistema límbico cerebral mediante fenómenos eléctricos transitorios para ‘ver' lo irreal. A día de hoy nadie puede dudar del extraordinario ‘poder de la imaginación' para ‘inventar' que ha viso (o creído ver) algún espíritu.

Lo ha demostrado Michael A. Persinger, catedrático de psicología en la Laurentian University de Canadá, que ha constatado cómo sus pacientes tenían la sensación de estar en presencia de seres espirituales, como Jesús, la Virgen María, Mahoma y otros, estimulando eléctricamente el lóbulo temporal derecho. Alguno, que era agnóstico, manifestó haber sido abducido por alienígenas. De sus experimentos, Persinger concluye, como relata Hamer, que la experiencia de Dios es un producto del cerebro humano, modulada por la historia personal de cada individuo, pero acompañada por una superproducción de endorfinas. Lo mismo se puede decir de las visiones celestiales, inducidas por el consumo de drogas enteógenas, como han expuesto, entre otros, Aldous Huxley, Kenneth Ring o Stanislav Grof. En definitiva, el ‘poder de la imaginación' es, en último término, puramente hormonal. Sin la química y las sinapsis neuronales no es posible ni la ‘conexión divina' ni siquiera la posibilidad de la religión. (Continuará).

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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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