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La Coctelera

La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

Categoría: Evolución

17 Enero 2008

ABISMO INTERIOR

Esponja-lámpara

Este año los Reyes Magos me han traído un regalo sorprendente y singular: es un libro de gran formato titulado Criaturas abisales, de la conocida productora y periodista científica Claire Nouvian, cuya labor de difusión sobre la fauna y la flora de la Tierra merece el mayor de los elogios. El fondo marino es uno de los últimos reductos que la ciencia debe conquistar. Este libro es un paso importantísimo para difundir la buena nueva de las maravillas escondidas en las fosas marinas, aguas impenetrables donde viven criaturas endémicas y desconocidas para el hombre hasta el día de hoy, seres de belleza oculta, enigmática y espectacular, de vida libre, indómita y múltiple, primitiva y microscópica en la mayoría de las casos, pero vida al fin y al cabo, eslabones de la misma cadena molecular a la que pertenezco.

GALATEA YETI

Son seres extraños y frágiles, de cuerpo muchas veces transparente o translúcido, gelatinoso pero resistente a la enorme presión del agua, ya que viven a más de mil metros de profundidad. Carecen de cerebro, de huesos, de una visión y unos sentidos que no necesitan al vivir en la más absoluta oscuridad. Unos expelen toxinas mortales, otros son carroñeros, pero todos depredadores. En ese ambiente hostil nacen, se desarrollan, se multiplican, y mueren sin que nadie conozca de su existencia ni pueda apreciar su belleza, o su repulsiva fealdad, ni la agresividad a que están condenados para sobrevivir. Más de dos mil especies se han contabilizado ya en esas “profundidades abisales”, en expresión acuñada por el científico Laplace a fines del siglo XVIII, con la extraordinaria singularidad de ser casi todos bioluminiscentes, es decir, que emiten ráfagas de luz propia para defenderse o para atraer sexualmente a sus congéneres. No sé con qué fundamento, los científicos han establecido sus orígenes hace más de quinientos millones de años, con una fecundidad tan asombrosa que algunas especies pueden poner hasta mil huevos por día.

DRAGON NEGRO


De esta biodiversidad tan surrealista hay que destacar las especies que viven por debajo de los 2.500 metros, profundidad a la que, por no recibir el más mínimo rayo de sol, no puede realizarse la fotosíntesis que da vida a las plantas. En oposición a quienes consideran que la vida procede en su totalidad de los rayos solares, en esas simas de la eterna noche la vida nace por quimiosíntesis, es decir, por combinaciones químicas, incluso con productos tóxicos, con metabolismo que no necesita el oxígeno, sobre todo en los alrededores de los géiseres termales submarinos. La energía química sustituye a la solar.Esta quimiosíntesis es el descubrimiento más inesperado y sensacional del siglo XX, tanto en oceanografía como en biología, abriendo nuevos caminos a las investigaciones sobre el origen de la vida. Como el mar, en estas enormes profundidades no produce ningún tipo de alimento, estas criaturas se ven precisadas a subir a capas superiores durante la noche para abastecerse, tarea que les ocupa varias horas, según la profundidad de su hábitat.


GUSANO ABISAL

Este siglo XX, en el que me ha tocado vivir, es, sin duda, el más afortunado en el avance de la ciencia. En este sentido, el conocimiento de los fondos marinos no se pudo hacer hasta 1934, con la primera bastisfera, pero el gran paso se dio en 1977, con el inicio de los cada vez más sofisticados submarinos de investigación que pueden bajar a esas aguas antes impenetrables, y con la indispensable ayuda de los grandes adelantos fotográficos. Gracias a ellos, los grandes “aventureros” submarinos de nuestra época han podido fotografiar y clasificar miles de especies no sólo desconocidas, sino prácticamente inimaginables. Ahora sabemos de la existencia allá debajo de varias clases de medusas y pulpos de escasos centímetros, con apellidos analógicos (luminoso, de cristal, dumbo, paraguas) como los de fantasmagóricos peces (víbora, telescópico, sapo espinoso, dragón, fútbol, trípode, elefante) o gusanos (el sinóforo gigante, que mide cincuenta metros de largo, es el animal más grande del planeta). Los hay cuya sola vista produce espanto, como el “vampiro de los abismos”, el “diablo negro”, el “pez ogro”, el “vampiro del infierno”, el “dragón negro”, el “tiburón lagarto”. Otros son más amables a la vista, como el “calamar cacatúa”, la “pluma de mar”, los “gusanos de hielo” o la delicada “bailarina española”. Hay un curioso “sofonóforo” seductor, que, a modo de fuegos artificiales, expele chispas luminosas para atraer al sexo opuesto.

BAILARINA ESPAÑOLA

“Los fondos abisales –dice Robert Ballard- son el mayor museo del mundo”. Pero museo repartido por todos los fondos marinos, donde hay treinta fosas de seis mil o más metros de profundidad, alcanzando cuatro de ellas los diez kilómetros, presión que han de soportar estas criaturas, casi todas endémicas de un solo lugar. Son los abismos del planeta, que, acompañados por las inmensas cavernas terrestres, esconden todavía los secretos mejor guardados de la vida terrestre.

SINÓFORO SEDUCTOR

Pero no menos subyugantes que estos abismos naturales son los abismos psicológicos del ser humano, en cuyo oscuro interior se pueden encontrar los sentimientos más ocultos, las pasiones más devoradoras, cuyo descubrimiento produce una emoción tan sobrecogedora como las que abruman al submarinista ávido de ignotas sensaciones. Si cierro los ojos y buceo en las profundidades de mi mente puedo hallarme en situaciones semejantes, desde la ternura al horror, desde la atracción a la repulsión, desde la admiración al desprecio, desde la simpatía al impulso seductor. Es el abismo de la condición humana. En la práctica, el abismo carece de límites, y la psique del hombre puede caer en otros abismos de los que suele ser muy difícil salir, como el de los alucinógenos, el del fanatismo ideológico, el de la culpa imborrable, el de la esclavitud moral, el de la enfermiza adicción sexual. Pero todo mortal, por el hecho de serlo, ha de vivir en el abismo de la angustia intelectual, al menos en algún momento de su vida. Cuando todo lo veo negro, abandonado por el sol de la esperanza, sin saber quién soy, ni de dónde vengo, ni cuál es mi destino. El que no se ha sentido nunca angustiado por estas cuestiones puede decirse que no ha vivido.

Vandalio.

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2 Diciembre 2006

Polvo de estrellas

Recreación del Big Bang
en flores secas, por FAP.

El título no es muy original, pero responde acertadamente al intento de esta reflexión. Hace años escribí un artículo reconociendo que “Somos hijos de la luz”. Y es muy cierto, si pensamos que la luz solar alimenta a los vegetales mediante la fotosíntesis. Pero en la actualidad, los conocimientos científicos han avanzado lo suficiente como para decirnos que también somos “nietos” de las estrellas.

Esta afirmación me parece ridícula, más poética que real, pero la lectura de libros científicos me obliga a revisar mis prejuicios. He de comenzar aceptando la teoría del Big-Bang, por la cual, según los astrónomos, el universo al que pertenezco empezó hace entre diez y veinte mil millones de años por una explosión inicial, que aún continúa, y de la cual emergieron las fuerzas físicas básicas y las partículas elementales de la energía. Así comenzó el tiempo, pero también el espacio, repleto entonces de partículas subatómicas (protones, neutrones y electrones) a una temperatura de diez mil millones de grados, que se fue enfriando progresivamente. Qué motivó esta explosión excede, hoy por hoy, mi capacidad de comprensión.

Pero, aceptado este comienzo, lo que sigue es, quizás, de mayor interés. Porque la vida aún no era posible en ninguna de las nubes de gases que se fueron enfriando durante miles de millones de años. Sin embargo, como afirma la ciencia, el universo venía lleno de información, porque sin ella no podría cambiar ni expandirse. Debería regirse por algunas leyes, como la gravitación, ley fundamental que afectará a ese mismo universo hasta el fin de sus días (si es que le espera algún fin).Gravitación que, del mismo modo, es la fuente última de la vida y de la complejidad que la acompaña. Es decir, que la vida no es un milagro, si hemos de creer a los científicos. Aunque esa vida, durante millones de años, se reduzca a los microorganismos que poblaron la Tierra como antecesores de plantas y animales. Era temporal que recibe el nombre de “Era de las Bacterias” (Stephen Gay Gould, en Life’s Grandeur, trad. como La grandeza de la vida, 1997) ya que estos minúsculos seres serán los únicos pobladores del planeta durante 3.800 millones de años, es decir, el 85% de su historia. (En 1980 se hallaron los fósiles más antiguos, estromatolitos fosilizados hace 3.500 millones de años).

Los astrónomos han descubierto también que los átomos son los mismos en cualquier lugar del cosmos accesible: carbono, oxígeno, hidrógeno, nitrógeno y fósforo. Elementos químicos indispensables para la vida, sobre todo el carbono, inexistentes en el Big-Bang, cuyas temperaturas sólo permitían partículas simples como los protones y neutrones. La mayor cantidad del carbono del universo –elemento químico de que se compone gran parte de la materia orgánica, también mi cuerpo- procede, pues, de las estrellas, formadas posteriormente, que funcionan como reactores de fusión nuclear, quemando hidrógeno para producir helio, que se transformará en carbono. Por tanto, el material orgánico de la Tierra es sólo “ceniza nuclear” de aquellas miles de estrellas que brillaron y murieron mucho antes de que existiera el sistema solar.

Son varias las teorías científicas que pretenden explicar el origen de la vida en nuestro planeta (dando por descontado que se trata de “toda” vida, no sólo la humana). Origen que sigue en el misterio, pero en el que se investiga intensamente. La causa está en una molécula inicial, por supuesto, cargada de información genética, sobre la que sólo se puede teorizar; aunque, sin examinar su origen, sí se puede investigar sobre su procedencia. Como han demostrado múltiples investigaciones, las bacterias son microorganismos simples que se pueden adaptar a las condiciones más extremas, desde el calor al frío, siendo algunas resistentes a las radiaciones nucleares, a un medio salino o alcalino, pudiendo vivir tanto en las aguas antárticas como en los volcanes, alimentándose incluso de elementos venenosos como el azufre. Y parece poco probable, según los mismos científicos, que su procedencia sea de la superficie terrestre. Unos indican como segura las procedencia de zonas profundas pero fangosas, otros de los fondos submarinos, otros de las capas calurosas del subsuelo, en todo caso, de una “sopa primordial” en la que no podía faltar el agua.

Sin embargo, a principios del siglo XX tomó cuerpo la idea de “panspermia” o lluvia de micro-organismos procedentes de otros planetas (“semillas en todas partes”) que llegaron a la Tierra en meteoritos gigantes, dando por supuesto que la vida puede saltar de un planeta a otro. Aunque fuera cierto, el problema del origen de la vida no quedaría resuelto. Sin embargo, ya es un gigantesco avance que la ciencia haya podido establecer que la vida haya comenzado por una bacteria replicadora, de la que procede todo cuanto vive en este planeta. Todas las especies se han desarrollado por evolución, siguiendo las estrictas reglas de la selección natural, pasando de una rama a otra, sin descanso, en el árbol maravilloso, aunque incomprensible, de la vida. Pero el comienzo fue lento, durante miles de millones de años, en los que organismos microscópicos se instalaron –sea como fuere- aquí, en un viaje interestelar en el que, como hay que suponer, sólo pervivirían los más fuertes o capacitados, siguiendo las leyes evolutivas diseñadas por Darwin. Mi primer ancestro es, en cualquier caso, un “Adán microbiano”, no un peludo simio creado directamente por un Dios inventado.

También sabemos que cuando un organismo muere y se desintegra, sus átomos son liberados en el entorno. Es decir, son átomos eternos, que viajan de un ser a otro. “La simple estadística revela, dice Paul Davies, que el cuerpo de cualquier persona contiene aproximadamente un átomo de carbono procedente de cada miligramo de material orgánico muerto, con más de mil años de antigüedad...La próxima vez que usted mire su cuerpo, reflexione sobre la larga y azarosa historia de sus átomos y recuerde que la carne que usted ve, y los ojos con los que la ve, están hechos literalmente de polvo de estrellas”. Vandalio.

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25 Noviembre 2006

El cerebro nos engaña

Psique es seducida por el dios Cupido, símbolo del Amor. Museo del Louvre.

Imagino una noche estrellada. ¡Qué maravilla! Pero el sentido de la vista me está engañando. Mejor dicho, es el cerebro quien recibe la información sensorial y me engaña en una primera etapa. Porque lo que veo me dice que esos puntos brillantes están todos en el mismo plano, inmovilizados. Sin embargo, cuando hago uso de mi razón, ilustrada por mis conocimientos astronómicos, comprendo que esa maravilla es engañosa. No sólo las estrellas están en diferentes planos, a millones de kilómetros, sino que están en perpetuo movimiento, completando un recorrido de unos 250 millones de años de duración en órbita alrededor de la galaxia. La misma Tierra que nos cobija está en rotación permanente, sin que nos demos cuenta. O estamos boca abajo, según nuestros coordenadas, cuando todo sugiere que la cabeza está siempre por encima de los hombros. Pero deshacer el engaño no es fácil para quien no cuenta con los complejos conocimientos necesarios. La ignorancia ha dominado siempre al homo sapiens y ha favorecido el nacimiento de todas las religiones.

“El cerebro nos engaña” es la conclusión favorita del profesor Francisco J. Rubia, quien ha titulado así uno de sus estudios neurológicos (El cerebro nos engaña. 2001). Ya sabíamos que los sentidos no son de fiar, pero, a su parecer, tampoco lo es nuestra razón. Incluso la conciencia del YO también es una ilusión cerebral, que puede almacenar en una vida hasta ciento treinta personalidades distintas, unidas por el hipocampo, órgano que desarrolla su actividad en el sistema límbico, lo más profundo de nuestro cerebro. Como cambiamos continuamente, incluidas las células de nuestro cuerpo, somos unos organismos cambiantes, con la conciencia de haber vivido varias vidas. ¿Soy yo, realmente, en mi madurez, el mismo niño que recuerdo? Ciertamente no, porque uno de los factores que más interactúan en ese cambio es la cultura. Una persona sin estudios, aislada de la sociedad, difícilmente saldrá de la infancia cultural y no vivirá una vida plena de humanidad.

También la espiritualidad es cambiante, se puede provocar mediante experiencias rituales y procesos místicos, muy vívidos en personas sensibles. Desde luego, el cerebro nunca me dirá la verdad de la religión, sencillamente porque no la sabe. El cerebro lo que hace es producir endorfinas, productoras de placer, que me van indicando lo que debo o no debo hacer para mi supervivencia. Porque, a juicio del profesor Rubia, la libertad es también una ilusión cerebral. “No hacemos lo que queremos, sino que queremos lo que hacemos”, afirma el neurólogo en un juego de palabras. Es la corteza cerebral la que va “creando” la realidad. Así, los colores no existen fuera de mi mente ... ¿Quién lo diría? Pues sí. El cerebro es el autor de cuanto vemos, pensamos y sentimos. Apretando más las tuercas, podría decirse que la materia (el cerebro) es la que crea la espiritualidad, basándose en alteraciones de orden neuronal, como la epilepsia, que dio grandes místicos (San Pablo, Santa Teresa y un largo etcétera)o inducidas por efectos mecánicos o psíquicos. Esto se conoce en neurobiología como el “síndrome de Gastaut-Geschwind”. La experiencia religiosa no depende, pues, de la razón sino del sentimiento, exacerbado por motivos ajenos a la propia religiosidad. En contra del pensamiento común, esto es lo que la ciencia nos enseña.

El cerebro, que almacena nuestras impresiones en la memoria, guarda lo que cree importante para la supervivencia. Pero tampoco la memoria es de fiar. Todo el proceso memorístico es inconsciente, porque también se almacenan recuerdos que influyen en nuestra conducta, pero que no conocemos, y que a veces nos sorprenden a nosotros mismos. Dice el mismo profesor que el cerebro “necesita información, y cuando no la tiene la inventa”. No le importa que sea falsa, con tal de que cumpla puntualmente la suprema finalidad: la defensa del organismo, la supervivencia. No ha de extrañar, pues, que el cerebro humano sea generador de fabulaciones y creador de mitos. La parte frontal del cerebro (que es la incorporación más moderna en la evolución) es la que nos permite vivir en sociedad, al inhibir los instintos y ordenar la conducta con la única finalidad de proteger la vida y la continuación de la especie.

Con estas premisas, no resulta difícil comprender que también la religión es un producto engañoso del cerebro. Porque es necesaria para mantener la esperanza en los seres humanos más desprotegidos. Los más llegaron a pensar, desde el comienzo del razonamiento, que la materia debía estar imbuida de algún tipo de esencia espiritual o alma que la hace vivir. El filósofo griego Aristóteles propuso la teoría de la “fuerza vital” o “psique” que dotaba a los organismos vivos de notables propiedades, como el movimiento y la autonomía, el deseo y el amor. (En cualquier caso, esta psique aristotélica era diferente de la posterior “alma” cristiana, que es imaginada como una entidad independiente del cuerpo). Aunque el vitalismo está hoy desacreditado, y no necesitamos de una fuerza semejante para explicar lo que sucede en nuestro interior, resulta imprescindible la idea de un “algo” no material para entender la respuesta de un organismo vivo a su entorno sin vida. Esto, para algunos autores como Paul Davies, es simplemente un pack de información, es decir, un software compuesto de células neuronales que están en continua y vertiginosa comunicación.

El cerebro nos engaña al hacernos creer en la necesidad absoluta de un ser superior, responsable de nuestra vida, desde el nacimiento hasta la muerte, y más allá. Admitido el engaño, aunque sea provisionalmente, permanece la eterna pregunta: Si prescindimos del dios creador y providente, ¿qué nos queda para entender nuestra vida? La respuesta está en la ciencia. Acerquémonos a la naturaleza con humildad y repitamos la pregunta. Nos responderán miles de científicos, ese tesoro escondido de la especie humana, que día a día van descubriendo sus secretos y sustituyendo las creencias por las certezas. Aún así, nunca desaparecerá la suspicacia del creyente religioso, que recela de las afirmaciones científicas. Al fin y al cabo, los científicos son hombres, no dioses. Por comodidad, la mayoría prefiere basar su fe en el engaño.

¿Incluidos los sentimientos? ¿También somos engañados por el beso del Amor? Desde luego, nada hay menos romántico que las conclusiones de la razón, que también puede engañarnos. Vandalio.

Tags: cerebro, fe, engano

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21 Noviembre 2006

El Adán microbiano

Adán y Eva, por Van Eyck

“Mil años de historia abarcan aproximadamente cuarenta generaciones. Cada uno de nosotros tuvo dos padres, cuatro abuelos y ocho bisabuelos. Por cada generación que uno retrocede en el tiempo, el número de ancestros se duplica. Según esta regla, parece que hace cuarenta generaciones yo habría tenido aproximadamente un billón de ancestros. Este número es muchísimo mayor que el de todas las personas que han vivido alguna vez en la Tierra, de modo que algo debe estar mal en la arirmética.
El error está en suponer que la ascendencia humana se extiende indefinidamente hacia el pasado, como sugieren los árboles de familia. En realidad, cuando uno se remonta hacia atrás en un árbol de familia, las líneas empiezan a cruzarse una y otra vez a partir de cierto punto. Los genes se difunden por todo el planeta, convirtiéndonos a todos en primos lejanos.
Un poco más de reflexión sobre los árboles de familia nos lleva a una conclusión aún más extraña. No sólo aquéllos dejan de extenderse indefinidamente hacia el pasado, sino que en algún punto deben empezar a converger. Hace cien mil años sólo había un puñado de Homo sapiens en el planeta, de los cuales somos descendientes todas las personas hoy vivas, sin excepción. Por extrapolación, esta convergencia terminará en un único ancestro homínido...
Lo que vale para los seres humanos vale también para otras especies. Compartimos casi todos nuestros genes con los chimpancés, por ejemplo. Algunos millones de años antes de que la Eva Africana caminase por la sabana, un ancestro común a todos los simios y seres humanos moraba en algún lugar de la selva africana. Y así sucesivamente mientras retrocedemos en el tiempo. Cuanto más ahondamos en el pasado, más interrelacionadas estarán las especies que ahora son completamente distintas. Hace quinientos millones de años yo tenía a un pez como ancestro. Hace dos mil millones de años, todos mis ancestros eran microbios.
Un razonamiento similar se aplica a todos los organismos, incluyendo el arbusto que hay fuera de mi estudio, el pájaro que picotea en la ventana y las setas que brotan entre el césped. Si pudiéramos seguir sus árboles de familia hasta un tiempo pasado suficientemente lejano, sus ramas separadas se enredarían finalmente y se unirían. Podemos concebir un árbol de familia de todo lo que hoy está vivo, una especie de superárbol de la vida. Finalmente, las ramas de este superárbol deben converger también, no sólo un poco, sino por completo: converger hasta que se reducen a un tronco central. Este antiguo tallo representa un único organismo primitivo, el ancestro común de toda la vida terrestre, un Adán microbiano, cuyo destino era el de poblar el planeta con una progenie multitudinaria”. Hasta aquí las esclarecedoras palabras del científico inglés Paul Davies en su libro The search for the origin and meaning of life (1999), traducido al español como El quinto milagro (2000).
Para un lector desapasionado y ávido de la verdad, estas sorprendentes conclusiones, respaldadas por múltiples investigadores de biología evolutiva, aunque difundidas con claridad expositiva por Davies, deben ser motivo de profundas reflexiones. Si a la inmensa mayoría de los humanos se les dice abiertamente que su último ancestro es un diminuto microbio, sin duda la carcajada no se hará esperar. Y si son creyentes en el Génesis su mirada despectiva será una respuesta piadosa. ¿No era suficiente la teoría de que descendemos del mono? ¿Ahora resulta que el padre de nuestro padre Adán era un microbio? La creencia en unos primeros padres, Adán y Eva, de rostro humano, pecadores condenados al dolor, expulsados del Paraíso, que nos transmitieron la deuda congénita del pecado original, está tan extendida que será (casi) imposible convencer a los fanáticos de que toda esa fábula bíblica es un mito, inventado por unos anónimos autores que nada sabían, por supuesto, de microbios ni de evolución de las especies. Por eso, no creo que se deba condenar a esos “visionarios” de buena voluntad que nos transmitieron el mito como verdad religiosa, ignorantes de la verdad científica. Ni a sus sucesores en el engaño, cuya fe les salva de la condena. Han sido miles de años de creencias infantiles, fundadas en una “revelación” cuya realidad sólo se sostiene por la fe. Lo inverosímil ha pasado como perfectamente verosímil al ser apoyado por alucinaciones psicológicas y por la autoridad de quienes se arrogaron siempre la posesión de la verdad “inventada”, única "verdadera", difundida por la ignorancia.
Pero al entrar en el siglo XXI los descubrimientos científicos, en este caso de la biología molecular y evolutiva, han conseguido que la verdad “demostrada” se haga tan patente que nadie de buena voluntad, por poca inquietud informativa que tenga, puede seguir creyendo las patrañas aprendidas en la infancia. Mucho menos, los científicos, que deben estar al tanto de tales decubrimientos. Pero es preciso divulgar la “buena nueva” de la ciencia, que nos salva del error, para hacer brillar la dignidad de la razón humana, la inteligencia y el tesón investigador de los hombres de ciencia, y la desmitificación de (casi) todo lo aprendido. Ya no hay que añorar una felicidad perdida, ni reprimir la ira femenina por haber nacido metaforseada de una costilla del varón, ni sentir el peso del pecado de los primeros padres, ni admitir una redención por un pecado inexistente. De un soplo, el castillo de naipes se ha venido abajo. Vandalio.

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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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