Categoría: humanismo
17 Abril 2008
"El Paseo de la Libertad"
R.I.P.A.
Aquí descansan los restos de D. Francisco J. Barnés y Tomás, Doctor en Teología y Filosofía y Letras, Licenciado en Derecho, Catedrático Numerario de esta Universidad Literaria.
Fue sacerdote católico. Mientras creyó en el dogma, practicó los actos de la Religión con dignidad y escrupuloso respeto; cuando después de maduro examen y ejercicios continuados de razón, dejó de creer en el orden sobrenatural (que juzgó fanático), su carácter sincero no le permitió continuar una vida estéril, farisaica, burlando y explotando la credulidad de las gentes. Prosiguió a la naturaleza, nuestra común madre; contrajo matrimonio con digna mujer; fue padre de familia, cuyos deberes no descuidó un instante; y en el trato social con toda clase de personas, se ofreció como hombre sin fuero ni privilegio religioso, no creyó en otros milagros, que en la instrucción y trabajo humanos.
Falleció en la paz de Dios el día 5 de marzo de 1892. A los 58 años de edad.
Este sorprendente epitafio mortuorio se puede leer en una lápida del camposanto de Sevilla, muy cerca de los lujosos mausoleos dedicados a sus difuntos por las más pudientes familias sevillanas, que rezuman tanta piedad cristiana como vanidad mundana, y no lejos de los artísticos monumentos de fervor popular en memoria de los grandes del toreo, como la familia Gallo, encabezada por Joselito, y la familia Rivera, con la colosal escultura de “Paquirri”. Naturalmente, la lápida en cuestión, abandonada y descuidada por el tiempo, queda al margen del cementerio cristiano, en un recoleto paseo de cipreses que está rotulado como “Paseo de la Libertad”. Allí están olvidados, como culpables de su deshonra, los restos de judíos, musulmanes, herejes, apóstatas y ateos, hijos malditos de Sevilla, la ciudad de la Giralda musulmana, pero cristianizada, la Tierra de María Santísima, la del Señor del Gran Poder, de Pasión, del Amor, de tantos crucificados que, como fetiches de un culto mítico, son adorados por las calles de la ciudad en la celebérrima Semana Santa, emocionante para propios y extraños.
Imagino que la copia textual de esta lápida, que lleva más de un siglo esperando que alguien la haga pública, será acogida con alborozo por la familia sevillana Rodríguez Prieto, que en febrero de 2007 declaraba públicamente su apostasía. Excepto la madre, que mantenía su apego a la fe cristiana, el padre y sus diez hijos, todos mayores de cuarenta años, decidían abandonar esa misma fe, declarándose ateos y anunciando su renuncia a pertenecer a la Iglesia Católica, en la que estaban inscritos desde el bautismo. Todos se fotografiaron, sonrientes, tal como aparecen en la web de 20minutos.es, conscientes de haber realizado un acto, no sólo importante en sus vidas, sino de haber tomado el camino más seguro para la felicidad. Disidentes de la doctrina predicada por el catolicismo, han tenido la valentía de que han carecido tantísimos hijos de la Iglesia, incapaces de enfrentarse a la condena social de los cristianos.
Pero el caso de este sacerdote, natural de Lorca, y catedrático de la Universidad de Sevilla, que se decide a dar este paso crucial en su vida, a mediados del siglo XIX, es poco frecuente en los anales de la heterodoxia. Alguno hay, como el escritor Blanco White, que se inclina por cambiar de Iglesia, pero sin abandonar su fe en el Cristo de la niñez. Los más se resignan a vivir en el disimulo y la hipocresía, o a abandonar secretamente sus hábitos y creencias. Apostasía es una palabra cargada de sentidos negativos y denigrantes, insulto y menosprecio, rechazo social y condena total de amigos y familiares. Sin embargo, está nimbada de una dignidad suprema, como que es uno de los actos de voluntad que más dignifican al ser humano. Si la Iglesia Católica la considera como un pecado de soberbia, y predica la metáfora de “separar, cortar un miembro podrido”, nada hay más cierto que el valor del apóstata, quien considera podrido, precisamente, al cuerpo doctrinal del que se separa. Es lo que debiera hacer toda persona que, al llegar a la madurez de pensamiento, comprende la falsedad de lo aprendido y decide voluntariamente renegar de la fe del bautismo impuesto.
El texto del epitafio transcrito más arriba fue, sin duda, redactado por los hijos del difunto, autor de Prolegómenos de Historia Universal (Sevilla, 1880) uno de los primeros libros de texto universitarios sobre la materia. Sus hijos, Francisco y Domingo Barnés y Salinas, gracias a la educación recibida en casa de sus padres, se consagraron al estudio, llegando a ser también catedráticos universitarios y miembros activos de la sociedad política. Ingresaron en el partido Izquierda Republicana, de Azaña, fueron diputados en las Cortes republicanas, y el mayor, Francisco, casado con Dorotea González de la Calle, ministro de Instrucción Pública en sustitución de Fernando de los Ríos, en 1933 y 1936. Ambos fueron, además miembros del Patronato de Misiones Pedagógicas (1931-36) y reconocidos “krausistas”, agrupados en la Universidad de Sevilla en torno al catedrático Sales y Ferré. Heterodoxos y anticlericales, como se pone de manifiesto en el epitafio(aunque, al final, se escapa por una rendija del subconsciente la palabra “Dios”).
La Iglesia Católica, en unas diócesis más que en otras, pone toda clase de trabas, reparos e inconvenientes para poner al margen de la partida de bautismo la palabra maldita: “Apostató”. En realidad, es reconocer el fracaso de su predicación. Pero poco importan las anotaciones marginales, ni las falsas estadísticas. La apostasía es un problema muy personal, que no depende ni se deja influir por unas letras de más o de menos. Lo que prima siempre por encima de papeles y presiones ajenas es la libertad de conciencia, que colma de felicidad a quien se siente libre de ataduras doctrinales. Esta libertad es la que me invita a declarar la grandeza de la palabra Apostasía, que la jerarquía eclesiástica se ha encargado de anatematizar, y de castigar, incluso con el fuego, desde que condenó al emperador Juliano “el Apóstata” porque intentó restaurar el paganismo. Nunca aprendió, ni aprenderá, por mucho que predique lo contrario, que la libertad es lo único que dignifica al hombre, con independencia de sus facultades o sus creencias. Y que no hay más fieles que quienes lo son voluntariamente.
No seré yo quien haga prosélitos, ni del ateísmo ni del anticlericalismo (que no son palabras sinónimas), aunque sí defienda la libertad de conciencia para entrar o salir de una determinada religión, según el juicio crítico de cada cual, asistido por la razón, que le indicará qué es lo mejor para alcanzar el sosiego espiritual y la alegría que conduce a la felicidad. En esto consiste la grandeza de la Apostasía. Tal como vieron y constataron los hijos del sacerdote apóstata: “mientras creyó en el dogma”, sirvió a la Iglesia con dignidad y respeto. Cuando “después de maduro examen y ejercicios de razón, dejó de creer en el orden sobrenatural”, se apartó de una vida que consideraba “farisaica” y contrajo matrimonio. La hipocresía es incompatible con una mente libre y honrada, que no es capaz de asimilar el engaño ni de transmitirlo como verdad. Vandalio.
servido por Francisco
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27 Febrero 2008

Ayer he presentado públicamente este libro, leyendo el texto que inserto a continuación, con la intención de informar sobre los mitos que nos mantienen en el infantilismo pre-lógico, del que sólo se puede salir con el uso razonable de nuestro juicio crítico, ese que nos hace abandonar la infancia para convertirnos en adultos.
Gonzalo Puente Ojea, Vivir en la realidad. Sobre mitos, dogmas e ideologías. Madrid, Siglo XXI, 2007.
He aceptado con ilusión, pero también con cierto temor, la invitación que me hizo Gonzalo Puente Ojea para presentar su último libro; último de una saga de once títulos, con un denominador común: la desmitificación de los mitos y creencias trascendentes que han acompañado a la humanidad desde sus mismos comienzos como especie animal razonante. Con ilusión, porque me va a permitir participar en esta cruzada incruenta contra la falsedad mítica de las religiones, y con temor porque no me siento cualificado para resumir con acierto cuanto de verdad histórica y científica se encierra en estas páginas.
Debo expresar, por tanto, mi sincera gratitud al amigo Puente Ojea, pleno de saberes y de experiencia vital, por haberme propuesto para este empeño, en el que espero defraudar lo menos posible. No creo ser el más apropiado, ni tengo méritos suficientes para hacer esta presentación con éxito, como no sea el de lector impenitente de sus libros, a los que tanto debo en mi propia formación ideológica. El que ahora me propongo presentar tiene un título sorprendente: Vivir en la realidad. Pero, puede pensar cualquiera: ¿es que no vivo en la “realidad”? ¿Acaso el mundo en que vivo no me está golpeando continuamente con los duros mazazos de una triste y patética realidad? ¿Por qué me propone como algo nuevo “vivir en la realidad”, si ya no existen, para nuestra desgracia, ni Olimpos ni Arcadias, y Platón hace siglos que nos abandonó? ¿Qué es, en definitiva, la realidad para Puente Ojea? Algo tendrá que ver con la destrucción de los mitos, fetiches y supersticiones de la gran masa de los crédulos que se aferran a los usos, costumbres y tradiciones heredadas, sin usar su juicio crítico, de espaldas a los incesantes descubrimientos científicos. La realidad, como dicen los neurólogos, está en nuestro cerebro. Los sentidos no hacen más que enviarle chispas eléctricas, que se codifican en las neuronas y se asocian con las experiencias guardadas en la memoria. Intentaré explicaros lo que he aprendido en estas densas páginas, de lectura no fácil, pero de contundentes conclusiones, tanto religiosas como políticas.
El mes pasado asistí a la presentación de este mismo libro en el Ateneo de Madrid. El catedrático Antonio Piñero, que lo presentaba, destacó las virtudes del autor, al que reconocía profundos conocimientos, un claro afán docente y unas ideas estimulantes, pero, sobre todo, un esfuerzo intelectual contra toda clase de mitos y una valentía a prueba de contratiempos. En efecto, Puente Ojea es un desmitificador, que me recuerda el grabado de Goya, en el que la “Divina Razón” ahuyenta con un látigo a los cuervos de la ignorancia y la maldad. Precisamente, este libro se construye contra la falacia de tres mitos, condensada en sus tres capítulos: el mito religioso, el mito cristiano y el mito político. Un libro denso y trabajado a conciencia, con un trasfondo apabullante de lecturas ajenas y reflexiones propias.
Pero lo que verdaderamente hay que destacar en nuestro embajador es su indudable “valentía”. Porque enfrentarse al mito religioso en esta sociedad, que vive de prácticas y costumbres ancestrales de infantilismo espiritual, es coger el toro por los cuernos. Lanzar al público ideas contrarias a la fe heredada, reflexionar y predicar la verdad científica, sin supersticiones ni ilusiones míticas, es incompatible con la indiferencia, la ignorancia, la mala conciencia o la sumisión gregaria. Por eso, Puente Ojea es silenciado por los medios de comunicación, por la crítica sometida a lo políticamente correcto, por los avestruces que cierran los ojos y entierran su cabeza ante el peligro. Comprendo su decaimiento, por más que sea temporal, porque para un escritor el silencio es más vejatorio que la crítica. Si te critican, sabes que eres leído, que has golpeado en la mente del prójimo; pero si eres silenciado o ninguneado, lo más probable es que no te hayan leído, y su silencio habrá que achacarlo al odio, a la venganza, al miedo, o lo que es más triste, al menosprecio.
Lo que intenta con sus libros es “iluminar” la realidad, hacernos ver qué es la realidad y qué debemos hacer para vivirla “realmente” sin concesiones al idealismo espiritualista, que la desvirtúa. Quiere no sólo destruir esos mitos, que han regado de sangre los cinco continentes, sino dar un aldabonazo en nuestra conciencia para que nos alejemos de los predicadores del engaño religioso y nos abracemos con decisión al sentido común, que es, como sabemos, el menos común de los sentidos, y a las conclusiones de la ciencia, que nos abren los ojos cada día con nuevos y sensacionales descubrimientos, que afectan a las creencias, y a los que hacemos oídos sordos, por una culpable ignorancia, como si estos temas sólo interesaran a las mentes científicas.
Toda persona culta sabe, o debe saber, quién es Gonzalo Puente Ojea, cuáles son sus coordenadas ideológicas, sus preocupaciones intelectuales, su dedicación a la difusión de la verdad “real” frente al error de la ilusión y del idealismo embaucador. Más que su profesión, interesa su vocación de escritor, empeñado en “levantar el velo de Isis”, para obligarnos a todos a mirar fijamente a los ojos de la diosa, que nos advierte de su engañosa realidad, seductora de los pobres humanos durante milenios. Puente Ojea viene a decirnos que estamos engañados, que no existe ningún dios omnipotente, ni creador, ni misericordioso, ni providente. Que estamos obligados a sacudir las creencias aprendidas y a empeñar nuestro discurso razonante en la búsqueda de la “verdadera verdad”, que no es otra que la dura realidad de la materia, sin ningún espíritu divino que la haga salir de la nada.
Siguiendo la estela de Epicuro y de miles de intelectuales posteriores, Puente Ojea se declara ateo convencido. De hecho, su libro más significativo se titula Elogio del ateísmo. Pero no caigamos en el error de pensar que eliminando a la divinidad de nuestras preocupaciones hemos llegado a la meta de la realidad. Todavía hay un escalón que subir, una torre más alta que conquistar. Porque la idea de dios tiene un basamento que suele pasar desapercibido, pero que es imprescindible para construir el mito de la divinidad. Me refiero al alma, al espíritu, a los espíritus inventados por los primitivos humanos, fantasía que ha dominado el pensamiento, los sentimientos y la conducta de la especie hasta el día de hoy, construyendo las ideologías religiosas sobre arenas movedizas.
Hagamos una prueba. Imaginemos que charlamos en la intimidad con nuestro mejor amigo. Si le pregunto: ¿tú crees que Dios existe?, responderá con un gesto de suficiencia, que él, intelectual progresista, no reconoce ningún lazo de sometimiento religioso, y que, por supuesto, no cree en Dios. Pero si le pregunto: ¿tú crees que tenemos un alma?, dudará, porque, según comenta, el alma es algo necesario para entender el funcionamiento de la vida, las emociones, la conciencia, el sentimiento del yo y todas esas funciones que no vemos pero que experimentamos, incluidas las fantasías del sueño. Otra cosa será admitir que, después de la muerte, mi alma vaya a vivir otra vida, separada de mi cuerpo, al menos durante una temporada, hasta que la trompeta final nos convoque a esa fantasmagórica reunión de los cuerpos resucitados, el más absurdo de los dogmas católicos.
Puente Ojea insiste, una y otra vez, en que la idea de un dios es secundaria, que todo empezó por la invención de los espíritus, del alma individual, y posteriormente, de la divinidad, espíritu elevado a la categoría suprema. Así, pues, el primer mito a derribar es el animismo. En este punto sus conclusiones son tajantes: “La impugnación radical de este mito fundacional ya no tiene su sede en las caducas argumentaciones metafísicas y silogísticas en el marco de la tradición platónico-aristotélica bautizada por Tomás de Aquino, sino en el severo dominio de las ciencias empíricas, y en particular de todas las neurociencias”. Es decir, que ni el platonismo, ni el escolasticismo, ni el cartesianismo, con su ya marchitada doctrina dualista, pueden ofrecernos más que especulaciones de más o menos interés histórico-filosófico, sino que la respuesta adecuada a tantas preguntas sólo puede encontrarse en la ciencia, y más concretamente en las neurociencias. “Vivir en la realidad, dice el autor en la última página del libro, es liberarse de la falsedad en sus diversas manifestaciones metafísicas, religiosas, psicológicas y políticas”.
Esa falsedad, a la que hay que rebajarle una excesiva carga de voluntarismo, para dejarla en simple error fanático, involuntario en la mayoría de los casos, es el ambiente intelectual en el que ha vivido la humanidad desde sus comienzos. La mayoría de los humanos hemos sido víctimas de nuestra condición de inmadurez racional que a algunos les dura hasta los últimos momentos de la vida. Yo no puedo reprochar a mis honestos y amables predecesores que hayan vivido en ese error inducido, porque carecían de los medios necesarios para salir de él. Incluso a los más conspicuos filósofos, que han especulado y sentenciado sobre la verdad de la trascendencia, sin más instrumentos que su razón. Todos han navegado en las procelosas aguas de la metafísica, sin una tabla salvadora de verdad empírica. Nada digo de los teólogos, que han naufragado en una disciplina no científica. Porque la Teología, contra lo que tantos proclaman, no es una ciencia. No lo puede ser porque el teólogo carece de libertad para investigar y proponer, ya que ha de obedecer y someterse a unos prejuicios y creencias dogmáticas incompatibles con la libertad de pensamiento y de investigación, sustrato de la ciencia.
La búsqueda de la verdad ha cambiado de rumbo radicalmente en la segunda mitad del siglo XX. A la filosofía y a la teología han sucedido los trascendentales avances de la ciencia empírica, sobre todo en el estudio del cerebro. El bioquímico londinense Sir Francis Crick, premio Nobel de Medicina en 1962 por su descubrimiento de la estructura molecular del ADN, prosiguió sus investigaciones hasta dar un paso decisivo en el estudio del cerebro, que se titula en español La búsqueda científica del alma (1994), “hipótesis desconcertante” y senda científica por la que han seguido cientos de estudiosos de esa maravilla de la naturaleza que guarda el secreto de nuestra identidad, es decir, de nuestra mente y de nuestra conciencia, producto efímero de la compleja actividad de los millones de neuronas que conforman el cerebro humano. El concepto de alma no es ni una realidad espiritual ni siquiera una metáfora. Es un producto ilusorio de nuestra imaginación. Pero el profesor Crick es consciente de que esta verdad será difícil de asimilar por la mayoría de los mortales: “No resulta fácil creer que somos el resultado del comportamiento minucioso de un conjunto de células nerviosas”. Es, desde luego, una “hipótesis revolucionaria”, pero en el siglo XXI ya nadie debe ignorar que el alma, como ente espiritual, distinto del cuerpo, es un mito que debemos rechazar.
En el mismo campo del estudio neuronal se han situado en los últimos treinta años, científicos de fama universal, como Antonio Damasio, Matt Ridley, Paul Davies, Paul y Patricia Churchland, R. Jackendoff, V. Stenger, Stephen Hawking, D. Wegner o el catedrático de Psiquiatría de Harvard, John J. Ratey, autor de un conocido Manual de instrucciones del cerebro, donde se sintetizan los últimos descubrimientos sobre el funcionamiento cerebral, las percepciones, la memoria, las emociones, el lenguaje y las procesos de la conciencia. En España contamos con excelentes neurólogos, cuyos nombres deben ser conocidos, como Manuel Martín Loeches, de la Universidad Carlos III; Nicanor Ursúa, de la Universidad del País vasco; Francisco Mora y Francisco Javier Rubia, de la Complutense de Madrid; Nicolas Acarin, jefe de neurología del hospital Vall d’Hebron, de Barcelona; Fernando García de Haro, psiquiatra del Hospital madrileño Gregorio Marañón; Ramón Lapiedra, catedrático de Física teórica de la Universidad de Valencia. Todos ellos han publicado imprescindibles estudios sobre el cerebro. Este último, en su libro sobre Las carencias de la realidad, asevera que la gran revolución científica del siglo XX, después de la teoría de la relatividad, es el descubrimiento de la física cuántica, que aspira a describir las leyes fundamentales de la naturaleza, mediante el estudio de la mecánica cuántica, a escala microscópica. Sus resultados, dice, “son contrarios al sentido común, pero están respaldados por múltiples experimentos”.
La actividad mental es una mera función del cerebro, como se encargan de explicarnos quienes lo investigan, con una minuciosidad impensable hasta el día de hoy. Todo sentimiento, pensamiento, recuerdo, volición, acto de lenguaje, de conducta moral o inmoral, doloroso o placentero, tiene su origen en las redes neuronales. Incluso se ha llegado a decir que la falta de un pliegue en la corteza cerebral podría explicar la genialidad de Einstein. En el rincón del cerebro conocido como glándula pineal, allí donde Descartes pensaba que estaba la sede del alma, sólo se ha descubierto la melatonina, hormona que regula el ritmo vital de los animales. Y ya sabemos que, gracias las nuevas tecnologías, es posible captar la imagen de un pensamiento en milésimas de segundo. Conocemos el lugar exacto del cerebro donde se puede actuar quirúrgicamente para dejar a una persona sin habla, sin visión, sin memoria o sin la capacidad de leer o escribir. ¿No eran éstas las funciones reservadas al alma?
Es tal la importancia y la envergadura de la investigación cerebral, que ya han aparecido en muchos estudios superiores varias disciplinas de las Neurociencias, siendo la Neurociencia cognitiva el centro de todas estas materias relacionadas con el cerebro, ninguna de las cuales tienen al alma como supuesto necesario del conocimiento. El genial antropólogo británico E.B. Tylor, de finales del siglo XIX, a quien debe Gonzalo Puente Ojea su entrega apasionada a la antropología, fue el primero en hablar de la “invención animista”, sin saber, por supuesto, nada de sinapsis neuronales, ni de electroencefalogramas, ni de los progresos acelerados que iban a dar lugar al sensacional despliegue de las neurociencias. Su afirmación de que “todas las formas de religión son tributarias del animismo” fue la base de partida para el despegue intelectual de nuestro diplomático, reflejado en la docena de títulos que ha dado a luz en los últimos treinta años. En este de Vivir en la realidad consolida sus posiciones ideológicas sobre pilares de conocidos científicos. El neurobiólogo Rodolfo Llinás, a quien debe la idea de que las funciones cerebrales son producidas por la controlada actividad eléctrica de las neuronas, con diversas oscilaciones de voltaje, que ha ido evolucionando con la especie, pero que de ninguna manera apareció de pronto, como sugiere la idea de un alma eterna, creada inmortal, motor de toda función cerebral de la persona. El cerebro ya no es un problema filosófico, sino científico, cuya capacidad se mide en herzios, como las pilas. Llega a decir, extremando sus pasmosas afirmaciones que “con arquitecturas funcionales adecuadas, sería posible generar una “conciencia” en otras entidades no biológicas”, como los robots.
Puente Ojea busca su segundo apoyo científico en otro gran estudioso de la conciencia, Daniel Dennet, empirista sin reservas, que repite su negación del dualismo cartesiano apoyando la tesis de que la existencia de las almas es imposible, porque la conciencia humana es un producto de la evolución, tanto biológica como cultural. La mente, es decir, el alma, según Dennet, “no pasa de ser un conjunto de funciones materiales del cerebro”. Y añade que “la divisoria antropológica entre el mundo de la ciencia y el mundo de la fe se sitúa hoy en esa falsa creencia en el alma como algo diferente del cuerpo”.
Le sigue la exposición de las tesis del biólogo escocés Richard Dawkins, que da un paso más y afirma que los errores genéticos son nuestros verdaderos creadores, son “la razón última de nuestra existencia”. Si los genes de cada célula contienen la información biológica necesaria para el diseño de un nuevo ser, los memes son los replicadores culturales que modifican nuestro cerebro, por la presión del ambiente que nos rodea y que nos esclaviza a una ideología dominante. (Por cierto, y entre paréntesis, aconsejaría al autor que se olvidara del femenino memas, que utiliza siguiendo la opinión de Balari, para volver al masculino memes, que se acomoda mejor a la lengua española, por atracción analógica con los genes). La importancia primordial de los memes para el nacimiento de las religiones se fundamenta en la fuerza de la fe ciega, que “asegura, dice Dawkins, su propia perpetuación por el simple e inconsciente recurso de rechazar o desalentar una investigación racional”.
El abanico de problemas que nos desconcierta a partir de la negación del alma es apabullante y afecta a la libertad, la responsabilidad, la culpa, la moral y sus anejos de sacrificio o hedonismo, a la viabilidad de la voluntad y tantos otros misterios de origen psicológico, relacionados con el determinismo o indeterminismo de la persona. Por su parte, el discapacitado investigador más famoso de la historia, el catedrático inglés Stephen Hawking, que prefiere hablar de inteligencia, en vez de conciencia, proclama que todo se reduce a leyes químicas y físicas. Todo lo contrario de los visionarios animistas, como el sueco del siglo XVIII Swedenborg, quien declaró que tomaba el té con el mismo Jesucristo, como relata Borges, y conversaba con los espíritus angélicos, los cuales le impulsaban a demostrar científicamente la existencia e inmortalidad de las almas. A pesar de ser un gran científico, la demencia mística pudo con su vida. “Si las leyes científicas son correctas, Dios es un extraño y debe ser eliminado”, leía Puente Ojea en la revista Scientific American, hace un año, cuando remataba la redacción de este libro.
Las inmediatas consecuencias del mito animista es la de buscar al alma espiritual un destino final muy distinto al del cuerpo, condenado a la descomposición. De aquí la doctrina de la salvación, firme columna del edificio religioso. Salvación ¿de qué? De la desaparición, por supuesto. Si no ha de ser inmortal ¿para qué queremos el alma? Entrar con esta batería de argumentos contra el dualismo es dar la batalla por ganada, aunque el adversario, cegado por la fe, no se rendirá fácilmente. Descartando las demás religiones orientales, como el budismo y el jainismo, que también entran en sus consideraciones, Puente Ojea de dedica fundamentalmente a rebatir el mito cristiano, aunque, a grandes rasgos, lo mismo se puede aplicar a las religiones monoteístas bíblicas, el judaísmo y el islamismo, reivindicadoras de idéntico fanatismo mítico y exclusivista. Tan visionario fue Abraham como Mahoma o como el evangelista Marcos, discípulo de Pablo de Tarso, el judío que se convirtió en el creador del Cristo Redentor en un ataque epiléptico.
Pasando del método científico al histórico, Puente Ojea repasa sus conocidos argumentos sobre la fabulación evangélica, iniciada por Marcos y seguida por los demás evangelios canónicos, con rechazo interesado de los ochenta y tantos restantes, apócrifos para los primeros teólogos que dejaron establecido el canon. Por supuesto, la fabulación paulina del Cristo salvador vale tanto para la Iglesia Católica como para el resto de los cristianos, desde los luteranos a los ortodoxos, o a los cientos de sectas en que se hallan divididos los seguidores del Evangelio. Todos ellos, creyentes en Cristo, miles de millones, viven inmersos en el mito. Unos de buena fe, otros con engaño asumido y remunerado. El homo sapiens, homo religiosus por naturaleza, es de vida tan corta y tan frágil, que necesita agarrarse a un clavo ardiendo para defender su escaso patrimonio de felicidad, aunque sea imaginada y efecto de un meme heredado difícil de desarraigar. Como resumen de su pensamiento, el autor escribe que “la fe pospascual ha nacido de un salto histórico y teológico tan inverosímil que la única cuestión que queda por explicar es cómo se produjo ese salto. El evangelio de Marcos, a partir de la cristología forjada por Pablo veinte años antes, es un documento excepcional para descubrir la asombrosa tergiversación histórica que llevó del Jesús judío al Cristo de la fe”.
Finalmente, el mito político, consecuencia de la historia eclesiástica de los últimos veinte siglos, se entiende solamente a partir de la interacción entre los Estados y el complejo entramado de la Iglesia con el poder político desde el siglo V, que ha ido en aumento hasta que los súbditos se transforman en ciudadanos, por sucesivos golpes revolucionarios en el Occidente cristiano. En España, cuya historia conoce bien el diplomático Puente Ojea, las sucesivas etapas monárquicas o republicanas han perfilado unas relaciones con altibajos, sin llegar nunca a la armonía ideal entre ambos poderes, que solamente se puede conseguir mediante la adopción de la doctrina laicista, que supere la insuficiente declaración constitucional de no-confesionalidad. El laicismo no es enemigo de ninguna religión, ni de creencias o convicciones, sino que las ampara a todas por igual. Una conciencia libre es el requisito primero de todas las libertades que pueda reclamar un individuo. Esta decisiva conquista intelectual y política, definida como supremacía de la libertad de conciencia sobre todo otro poder es el signo y nota distintiva de Occidente como cuna de la doctrina de los derechos humanos. Por ello, concluye el autor, el Estado no debe tener preferencia por ninguna convicción religiosa, atea o agnóstica, sino limitarse a protegerlas a todas en su existencia legal, “como lo hace con cualesquiera otras asociaciones civiles de derecho privado”.
Los mitos son creencias infundadas, supersticiones que han derivado en costumbre, pajarracos de enormes alas que ocultan el sol de la verdad, pero que, de hecho, orientan la vida de miles de humanos de ayer y de hoy a los que debemos respetar pero que conviene instruir para que salgan de su voluntaria ignorancia. En este sentido, creo que Gonzalo Puente Ojea no nació para diplomático, sino para destruir los mitos que dominan a la mayoría de la humanidad. Su vida no tendría sentido si sólo hubiera sido embajador ante la Santa Sede; el sentido de su vida está contenido en la impagable Biblioteca Gonzalo Puente Ojea, que perdurará para enseñanza y desmitificación de las futuras generaciones. VANDALIO.
servido por Francisco
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17 Enero 2008

Esponja-lámpara
Este año los Reyes Magos me han traído un regalo sorprendente y singular: es un libro de gran formato titulado Criaturas abisales, de la conocida productora y periodista científica Claire Nouvian, cuya labor de difusión sobre la fauna y la flora de la Tierra merece el mayor de los elogios. El fondo marino es uno de los últimos reductos que la ciencia debe conquistar. Este libro es un paso importantísimo para difundir la buena nueva de las maravillas escondidas en las fosas marinas, aguas impenetrables donde viven criaturas endémicas y desconocidas para el hombre hasta el día de hoy, seres de belleza oculta, enigmática y espectacular, de vida libre, indómita y múltiple, primitiva y microscópica en la mayoría de las casos, pero vida al fin y al cabo, eslabones de la misma cadena molecular a la que pertenezco.

GALATEA YETI
Son seres extraños y frágiles, de cuerpo muchas veces transparente o translúcido, gelatinoso pero resistente a la enorme presión del agua, ya que viven a más de mil metros de profundidad. Carecen de cerebro, de huesos, de una visión y unos sentidos que no necesitan al vivir en la más absoluta oscuridad. Unos expelen toxinas mortales, otros son carroñeros, pero todos depredadores. En ese ambiente hostil nacen, se desarrollan, se multiplican, y mueren sin que nadie conozca de su existencia ni pueda apreciar su belleza, o su repulsiva fealdad, ni la agresividad a que están condenados para sobrevivir. Más de dos mil especies se han contabilizado ya en esas “profundidades abisales”, en expresión acuñada por el científico Laplace a fines del siglo XVIII, con la extraordinaria singularidad de ser casi todos bioluminiscentes, es decir, que emiten ráfagas de luz propia para defenderse o para atraer sexualmente a sus congéneres. No sé con qué fundamento, los científicos han establecido sus orígenes hace más de quinientos millones de años, con una fecundidad tan asombrosa que algunas especies pueden poner hasta mil huevos por día.

DRAGON NEGRO
De esta biodiversidad tan surrealista hay que destacar las especies que viven por debajo de los 2.500 metros, profundidad a la que, por no recibir el más mínimo rayo de sol, no puede realizarse la fotosíntesis que da vida a las plantas. En oposición a quienes consideran que la vida procede en su totalidad de los rayos solares, en esas simas de la eterna noche la vida nace por quimiosíntesis, es decir, por combinaciones químicas, incluso con productos tóxicos, con metabolismo que no necesita el oxígeno, sobre todo en los alrededores de los géiseres termales submarinos. La energía química sustituye a la solar.Esta quimiosíntesis es el descubrimiento más inesperado y sensacional del siglo XX, tanto en oceanografía como en biología, abriendo nuevos caminos a las investigaciones sobre el origen de la vida. Como el mar, en estas enormes profundidades no produce ningún tipo de alimento, estas criaturas se ven precisadas a subir a capas superiores durante la noche para abastecerse, tarea que les ocupa varias horas, según la profundidad de su hábitat.

GUSANO ABISAL
Este siglo XX, en el que me ha tocado vivir, es, sin duda, el más afortunado en el avance de la ciencia. En este sentido, el conocimiento de los fondos marinos no se pudo hacer hasta 1934, con la primera bastisfera, pero el gran paso se dio en 1977, con el inicio de los cada vez más sofisticados submarinos de investigación que pueden bajar a esas aguas antes impenetrables, y con la indispensable ayuda de los grandes adelantos fotográficos. Gracias a ellos, los grandes “aventureros” submarinos de nuestra época han podido fotografiar y clasificar miles de especies no sólo desconocidas, sino prácticamente inimaginables. Ahora sabemos de la existencia allá debajo de varias clases de medusas y pulpos de escasos centímetros, con apellidos analógicos (luminoso, de cristal, dumbo, paraguas) como los de fantasmagóricos peces (víbora, telescópico, sapo espinoso, dragón, fútbol, trípode, elefante) o gusanos (el sinóforo gigante, que mide cincuenta metros de largo, es el animal más grande del planeta). Los hay cuya sola vista produce espanto, como el “vampiro de los abismos”, el “diablo negro”, el “pez ogro”, el “vampiro del infierno”, el “dragón negro”, el “tiburón lagarto”. Otros son más amables a la vista, como el “calamar cacatúa”, la “pluma de mar”, los “gusanos de hielo” o la delicada “bailarina española”. Hay un curioso “sofonóforo” seductor, que, a modo de fuegos artificiales, expele chispas luminosas para atraer al sexo opuesto.

BAILARINA ESPAÑOLA
“Los fondos abisales –dice Robert Ballard- son el mayor museo del mundo”. Pero museo repartido por todos los fondos marinos, donde hay treinta fosas de seis mil o más metros de profundidad, alcanzando cuatro de ellas los diez kilómetros, presión que han de soportar estas criaturas, casi todas endémicas de un solo lugar. Son los abismos del planeta, que, acompañados por las inmensas cavernas terrestres, esconden todavía los secretos mejor guardados de la vida terrestre.

SINÓFORO SEDUCTOR
Pero no menos subyugantes que estos abismos naturales son los abismos psicológicos del ser humano, en cuyo oscuro interior se pueden encontrar los sentimientos más ocultos, las pasiones más devoradoras, cuyo descubrimiento produce una emoción tan sobrecogedora como las que abruman al submarinista ávido de ignotas sensaciones. Si cierro los ojos y buceo en las profundidades de mi mente puedo hallarme en situaciones semejantes, desde la ternura al horror, desde la atracción a la repulsión, desde la admiración al desprecio, desde la simpatía al impulso seductor. Es el abismo de la condición humana. En la práctica, el abismo carece de límites, y la psique del hombre puede caer en otros abismos de los que suele ser muy difícil salir, como el de los alucinógenos, el del fanatismo ideológico, el de la culpa imborrable, el de la esclavitud moral, el de la enfermiza adicción sexual. Pero todo mortal, por el hecho de serlo, ha de vivir en el abismo de la angustia intelectual, al menos en algún momento de su vida. Cuando todo lo veo negro, abandonado por el sol de la esperanza, sin saber quién soy, ni de dónde vengo, ni cuál es mi destino. El que no se ha sentido nunca angustiado por estas cuestiones puede decirse que no ha vivido.
Vandalio.
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21 Octubre 2007

En el ocaso de la Edad Media, cuando los seguidores de Cristóbal Colón estaban pisando el Nuevo Mundo, y en Europa se alumbraba un nuevo día, con el cambio cultural que conocemos como Renacimiento, el dibujante germánico Michael Wolgemut dejaba sobre el papel una xilografía coloreada que ponía de manifiesto la alegría de los esqueletos mondos y lirondos, que salían bailando de sus tumbas en un macabro festejo de huesos pelados. A estos alegres vencedores de los rollizos gusanos el pintor les recordaba su gratificante futuro, anunciado por las doctrinas religiosas, cuando tituló el grabado, fechado en 1493, como La resurrección de los muertos.
A diferencia de las medievales Danzas de la muerte, que anunciaban la pérdida de los placeres terrenales, este grabado supera el terror suscitado por el fin de la vida y la sátira de las vanidades que mueven a los humanos en su desesperado tránsito por el planeta Tierra. Ya quedaban superados, entre otros, los grabados de Hans Holbein el Viejo, y Wolgemut se enfrenta con acierto a una visión distinta, pero también basada en las creencias cristianas. Ahora lo que prima en el grabado es la alegría por la resurrección de los cuerpos, que asume la sociedad renacentista, en su ciego optimismo por la continuidad de la vida, predicada enlos púlpitos de Europa. En España se hacen eco de las preocupaciones medievales algunos poetas, casi todos clérigos, que escriben diálogos y farsas teatrales sobre este mismo tema durante el siglo XVI, desoyendo el optimismo procedente del norte de los Pirineos. El tema llega hasta la segunda parte de Don Quijote de la Mancha (1615) donde los protagonistas se cruzan en el camino con una compañía de cómicos que representan Las Cortes de la Muerte, seguramente la obra de Luis Hurtado de Mendoza. Por ninguna parte la alegría de la resurrección, ni siquiera en los autos de Calderón o los Sueños de Quevedo.
La creencia en la resurrección de los muertos no es original ni privativa del cristianismo. La idea de un más allá fue imaginada desde el comienzo de la especie humana, pero la resurrección y posterior retribución individual tras la muerte no queda explicitada hasta la religión irania fundada por Zoroastro en el siglo VI a.C., cuando Palestina sufrió la cautividad de Babilonia (286 a.C.) durante dos siglos, tiempo suficiente para influir en los orígenes ideológicos del judaísmo. Así lo afirma el profesor Antonio Piñero en Orígenes del cristianismo (1991). En los escritos bíblicos se narran algunos hechos milagrosos, como los realizados por los profetas Elías y Eliseo, que resucitaron a dos niños, pero que murieron después. El profeta Ezequiel, por su parte, tuvo una visión profética en la que anuncia que la Casa de Israel resucitará un día, como pueblo, para vivir en la tierra prometida (Ez 37:10).
En el Nuevo Testamento ya se relatan más casos de resurrección de difuntos, como Lázaro, que también murieron después, pero todo parece una preparación para el dogma básico de la doctrina cristiana: la resurrección de Jesús, el Cristo, que asciende a los cielos para vivir eternamente con el Padre. Lo cierto es que, antes de Cristo, ya hubo en la leyenda popular otros ilustres resucitados, como Osiris, Attis, y Mitra. Pero en vida de Jesús, el judaísmo oficial no estaba muy definido en esta materia. Mientras los fariseos sí creían en otra vida, los saduceos la negaban. El cristianismo primitivo, con Pablo de Tarso a la cabeza, toman la creencia farisaica como el pilar básico de la nueva religión. Lo más importante, insustituible en el credo cristiano, es la resurrección gloriosa y triunfante de Cristo, porque, como dijo Pablo a los suyos, “Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe”.

Cristo resucitado, según el Greco
Hasta entonces, siempre se había hablado de la resurrección de los muertos, pero san Clemente es el primer Padre de la Iglesia que habla de la resurrección de los cuerpos, que el catecismo católico ha transformado con mayor crudeza en la resurrección de la carne, creencia que propone como indispensable para la salvación. Es el título que puso Luca Signorelli, a su grandioso fresco de Orvieto (Resurrection of the Flesh) según el credo católico. No sólo el catolicismo predica la resurrección de todos los muertos en cuerpo y alma. También dicen lo mismo casi todos los protestantes y los ortodoxos, aunque estos lo remiten al final de los tiempos. Para la misma fecha reservan los musulmanes el día del Juicio de Alá, en el que los justos irán a vivir en un lugar de delicias, descansando eternamente a la sombra de los frescos jardines del paraíso. Bien es cierto que no todos los católicos creen a pies juntillas cuanto enseña la doctrina, ni cumplen sus preceptos. En España, aunque el 64% de católicos creen en la existencia del alma, bajan al 51% los que creen en otra vida, y al 39% quienes piensan que resucitarán en cuerpo y alma. Los absolutamente fieles creyentes no pasan del 40%. Pero, naturalmente, la verdad no depende de los números.
En todo caso, creer en al resurrección es sólo cosa de fe. Nada en la ciencia puede amparar esta creencia. Es absolutamente imposible que unas células que no solamente han muerto, sino que sus átomos se han convertido en partes de otro ser, puedan volver a unirse para hacer resucitar un cuerpo ya inexistente. Aunque en el caso de Jesús el cuerpo no estaba descompuesto todavía, su resurrección se hace de forma “gloriosa”, es decir, con unas cualidades que no tenía antes de morir. Vencedor de la muerte, ese cuerpo –como el de todos los justos- está destinado a vivir para siempre, sin posibilidad de una nueva muerte. Es un cambio de materia que la ciencia no puede admitir. El cuerpo resucitado (en el supuesto del creyente) no es el mismo que el cuerpo anterior sujeto a la muerte. Por tanto, si resucitara a nueva vida, no sería yo sino otra “persona” distinta. Cuántos pensadores, incluidos los cristianos, se han hecho la misma pregunta: ¿cómo van a reunirse de nuevo las partes de mi cuerpo devorada por animales carroñeros o insectos y gusanos, ya desaparecidos a su vez? ¿Y qué decir de la incineración, que repartirá mis células entre el polvo de la tierra y el solar invisible de los vientos? No es preciso insistir demasiado, sabiendo que no todos los huesos están prestos para alzarse de sus tumbas y danzar frenéticamente de alegría. Porque, en la mayoría de los casos, ya no hay huesos a los que dar vida.

Cristo resucitado, según Rubens
Por las mismas razones es absurdo y cruel pensar en un “cielo” de cuerpos “resucitados”. ¿Qué cuerpos? ¿Los mismos del momento de la muerte? ¿Por qué no, con veinte años, en plena juventud? ¿Y qué decir de los miles de millones de seres humanos que han vivido con taras hereditarias, con deformaciones y mutilaciones, con enfermedades mentales como el autismo o la demencia? Si el cielo prometido es así, será sin duda el más agobiante de los infiernos, cuyos habitantes producirán espanto, no alegría sana y felicidad completa. Aunque las religiones monoteístas se apresuran a enseñar que la omnipotencia divina -¡naturalmente!- todo lo puede y a todos resucitará con unos cuerpos modélicos. Es como si se pretendiera una nueva creación, con seres nuevos, que ya no tienen nada que ver con esta desgraciada humanidad. ¡Qué farsa! ¡Qué engaño manifiesto, contando siempre con la mansedumbre y sometimiento de los fieles! La promesa eclesiástica de una eterna felicidad no es más que un cuento agradable para niños. Si Dios existiera, habría de ser necesariamente sólo espíritu inmaterial. Y si los humanos estamos llamados a acompañarle en esa aburridísima eternidad, habríamos de ser también espíritus, algo incompatible con la razón, con la experiencia de mi personalidad y con la doctrina que nos quieren imponer sobre la resurrección de los cuerpos, dogma de fe impresentable de las religiones monoteístas. Vandalio.
servido por Francisco
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14 Febrero 2007

Ciencia y fe
El profesor Eduardo Punset afirmaba hace poco que “la barrera entre ciencia y sociedad saltará por los aires en los próximos años” (Cara a cara con la vida, la muerte y el universo. Barcelona, 2004). Esta afirmación presupone que hasta hoy la sociedad ha vivido de espaldas a la ciencia, o al menos que una sutil barrera de incompresión la ha separado de ella, mientras era dominada por la teología, una pseudo-ciencia basada en las enseñanzas dogmáticas de la fe. Esto ha ocurrido ininterrumpidamente desde los orígenes de la humanidad hasta nuestro siglo XVIII. Desde entonces acá los avances de la ciencia han sido tales que cada día se ha ido profundizando más el abismo que separa la ciencia moderna de las anticuadas creencias, incluso las amparadas por la filosofía.
Alguien podrá escandalizarse del calificativo de”pseudo-ciencia” aplicado a la en otros tiempos sagrada teología. Pero no hace falta mucha elocuencia para convencer de que no pueden ser admitidos entre las ciencias, exclusivamente experimentales, unos estudios cuya finalidad es meramente explicativa, consistente en la exposición de unos dogmas de fe, sin posibilidad alguna de negarlos ni mucho menos someterlos a la experiencia. La teología da por supuesta la creencia, carece de libertad para opinar fuera de la fe y se aleja cada vez más de la ciencia, aunque haya sesudos maestros que intenten enseñarla en pomposas universidades públicas o privadas. El objeto de sus elucubraciones, fundamentadas en libros antiguos y fantasiosos, cuando no claramente crueles, inmorales y manipulados, como la Biblia judeo-cristiana, que tratan de algo tan incognoscible como los atributos de un ser eterno, producto de la humana imaginación, que ha recibido varios nombres a lo largo de la historia, pero que en nuestro mundo occidental moderno conocemos como Dios, a la vez creador, conservador, redentor y juez de esta pobre humanidad.
Un ensayista cristiano y español de nuestros días, Enrique Miret Magdalena, preso de su insistente interés por encontrar un nuevo“dios”, integrador de todas las corrientes religiosas que circulan por el mundo, se pregunta ingenuamente en su último libro: ¿Dónde está Dios? (Madrid, 2006). Ingenuidad que supone que un ser infinito tiene que “estar” en algún sitio (o en alguna doctrina). Se considera un teólogo, pero se aparta de los dogmas cristianos y postula una religión universal, un entente cordial, un consenso de creyentes en un Dios hecho a medida de todos y cada uno, sin dogmas excluyentes ni doctrinas centrífugas: una religión unitaria que a todos contentara, sin excluir a nadie. La ingenuidad del presunto teólogo “progresista” es muy similar a la de los políticos que pretenden implantar en el planeta Tierra una gran Alianza de Civilizaciones. Pero mucho más absurdo por tratarse de doctrinas religiosas, de temas espirituales, que no dependen de la voluntad humana. Todo es un voluntarismo sin posible éxito.
Desde sus orígenes, la humanidad ha convivido con las más diversas creencias en dioses extraterrestres, invisibles y despóticos amos de vidas y haciendas. Nuestros ignorantes antepasados han creído a pies juntillas cuanto su fantasía les señalaba como verdades evidentes. El sol y la luna eran “discos” luminosos, pero no globos materiales o esferas suspendidas en el aire por efecto de la atracción universal. Los puntos luminosos de una noche estrellada estaban en un mismo plano, cuando hoy sabemos que las distancias que los separan pueden ser de millones de años-luz. Los humanos que comienzan a preguntarse por los fenómenos naturales a partir del siglo XVII, fabricando microscopios y telescopios, saben que sus hipótesis contradicen lo escrito en la Biblia, libros sagrados donde los creyentes encontraban todas las respuestas. Pero, después del Renacimiento, y sobre todo, desde la Ilustración europea del siglo XVIII, la libertad de pensamiento alimenta el espíritu crítico que desembocará en la gran explosión científica del siglo XX. ¡Pero sólo aceptada por la minoría que, enfrentándose a los postulados religiosos, reconoce los avances de la ciencia! Para la inmensa mayoría de los humanos, sin embargo, el planeta Tierra sigue siendo el centro del universo, y el ser humano está en la cima de la evolución animal, como soberano que puede hacer y deshacer a su gusto con los demás seres vivientes, puestos ahí por un creador para su servicio y sustento.
Por eso, uno de los problemas para que las ideas científicas sean populares es la afirmación de que los seres humanos no somos especiales, sino que formamos parte de una misma naturaleza. ¿Cómo convencer a un creyente dogmático de que el hombre no ha sido creado por ningún designio superior, de que forma parte de una misma materia que los demás animales y plantas, que es fruto de una evolución de la especie, o de que está construido con los mismos átomos (unos 200) que las piedras o los insectos? Cada ser se distingue por la peculiar disposición de estos átomos, que pueden formar minerales cristalizados o neuronas cerebrales, según su peculiar combinación. ¿Qué mayor humillación para el hombre que el saber que su origen está en las bacterias, microbios desconocidos para nuestros abuelos? ¿O que, sin la desaparición de los dinosaurios, hace 65 millones de años, nunca hubiéramos existido? Extinguidos (a lo que parece por gigantescos movimientos sísmicos y volcánicos, según las últimas teorías) estos gigantescos depredadores, cuya existencia nadie conocía a comienzos del siglo XX, pudieron vivir y desarrollarse en nuestro planeta unos pequeños mamíferos, que, pasados millones de años, darían origen a la especie humana, una entre miles.
La vida de nuestra especie ha estado sumida en la superstición y en las falsas creencias hasta hace bien poco tiempo, cuando la ciencia ha alcanzado su madurez, para demostrarnos con argumentos irrefutables que los antiguos misterios están cada día más al alcance del entendimiento humano. No ha llegado a sus últimas consecuencias, pero sin duda llegará. ¿Quién, entre los sabios de los últimos siglos, podría siquiera intuir que el átomo está compuesto de partículas aún más pequeñas? Recordemos que átomo, palabra griega, significa “sin posibilidad de división”. Pues bien, en 1986 recibió el premio Nobel de Física por sus trabajos en los laboratorios de IBM en Zurich, el científico Heinrich Rohrer, que descubrió las partículas elementales de que se compone el universo en el STM (Scanning Tunneling Microscope). La nanotecnología, palabra ajena al vocabulario científico de nuestros padres, estudia ya con precisión las partículas infinitesimales que se esconden tras los átomos, aproximándose con paso firma a la demostración última de que la energía y la materia con la misma cosa, algo impensable antes de Einstein. La física cuántica, que no puede ser ajena a ningún científico experimental, explica ya muchos de los antiguos misterios.
Pero si las creencias físicas de nuestros mayores, y no digamos de los antepasados primitivos o medievales, han sido sobrepasadas por las experiencias y demostraciones científicas del siglo XX, las creencias míticas (o espirituales) se han ido desmoronando con la misma rapidez, aunque todavía sigan vigentes en la conciencia de la mayor parte de los humanos. Entre éstos, son precisamente los científicos quienes deben reconocer que la ciencia y la fe van por caminos opuestos. No se entiende que un científico honesto, al tanto de todos los descubrimientos, pueda conciliar lo que sabe por la ciencia y lo que admite por la creencia religiosa. Si por deducción filosófica, con Lucrecio a la cabeza, se han ido incorporando a las filas del ateísmo multitud de humanos pensantes de todas las épocas, no es menos cierto que esta incorporación se ha basado hasta hoy en elucubraciones mentales, sin fundamento científico, que llevó la duda a casi todos los filósofos, incluyendo a los más grandes, como Descartes, Spinoza, Kant o Voltaire, a no cuestionar la existencia de un dios creador. Quienes se atrevieron a llegar a las últimas consecuencias de la inexistencia de ningún tipo de dios, carecían de conocimientos científicos, como el cura francés Jean Meslier, que publica el primer libro ateo, aparecido en 1729, con el título de Demostraciones claras y evidentes de la vanidad y falsedad de todas las divinidades y de todas las religiones del muindo. Tras él, otros filósofos, como el barón de Holbach, La Mettrie, Helvetius, Feuerbach, Nietzsche, proclamaron su ateísmo sin tener más argumentos que los puramente filosóficos. La ciencia de su tiempo no permitía otras conclusiones.
Pero ya, después de la gran explosión de hallazgos científicos del siglo XX, no hay excusa posible para la superstición religiosa. Quienes prefieran la fe que calma las dudas de la mente a la razón que indaga y a la ciencia que encuentra la respuesta a esas dudas, no pueden ser contados entre los verdaderos científicos. En los laboratorios de la biología molecular, de las neurociencias, de la astrobiología, y demás centros de experimentación, es donde se van articulando las verdades que explican el origen, funcionamiento y significado de la naturaleza, de la que todos formamos parte. La física y la química, el estudio del cerebro y de la vida animal han sustituido a la filosofía en el conocimiento de la verdad. El sapere aude kantiano (¡atrévete a saber!) ha sido ignorado por los filósofos apocados, pero el testigo ha sido recogido por los científicos que carecen de escrúpulos religiosos. Quien se someta a los postulados de la creencia religiosa nunca podrá ser un científico imparcial y creíble porque carece de libertad. Ciencia y creencia van por caminos tangenciales que nunca podrán encontrarse. Cada uno lo ve según su propio observatorio. Es el mundo al revés, sin posibilidad de unirse en la misma óptica.
Vandalio
fap1931@telefonica.net
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2 Diciembre 2006

Recreación del Big Bang
en flores secas, por FAP.
El título no es muy original, pero responde acertadamente al intento de esta reflexión. Hace años escribí un artículo reconociendo que “Somos hijos de la luz”. Y es muy cierto, si pensamos que la luz solar alimenta a los vegetales mediante la fotosíntesis. Pero en la actualidad, los conocimientos científicos han avanzado lo suficiente como para decirnos que también somos “nietos” de las estrellas.
Esta afirmación me parece ridícula, más poética que real, pero la lectura de libros científicos me obliga a revisar mis prejuicios. He de comenzar aceptando la teoría del Big-Bang, por la cual, según los astrónomos, el universo al que pertenezco empezó hace entre diez y veinte mil millones de años por una explosión inicial, que aún continúa, y de la cual emergieron las fuerzas físicas básicas y las partículas elementales de la energía. Así comenzó el tiempo, pero también el espacio, repleto entonces de partículas subatómicas (protones, neutrones y electrones) a una temperatura de diez mil millones de grados, que se fue enfriando progresivamente. Qué motivó esta explosión excede, hoy por hoy, mi capacidad de comprensión.
Pero, aceptado este comienzo, lo que sigue es, quizás, de mayor interés. Porque la vida aún no era posible en ninguna de las nubes de gases que se fueron enfriando durante miles de millones de años. Sin embargo, como afirma la ciencia, el universo venía lleno de información, porque sin ella no podría cambiar ni expandirse. Debería regirse por algunas leyes, como la gravitación, ley fundamental que afectará a ese mismo universo hasta el fin de sus días (si es que le espera algún fin).Gravitación que, del mismo modo, es la fuente última de la vida y de la complejidad que la acompaña. Es decir, que la vida no es un milagro, si hemos de creer a los científicos. Aunque esa vida, durante millones de años, se reduzca a los microorganismos que poblaron la Tierra como antecesores de plantas y animales. Era temporal que recibe el nombre de “Era de las Bacterias” (Stephen Gay Gould, en Life’s Grandeur, trad. como La grandeza de la vida, 1997) ya que estos minúsculos seres serán los únicos pobladores del planeta durante 3.800 millones de años, es decir, el 85% de su historia. (En 1980 se hallaron los fósiles más antiguos, estromatolitos fosilizados hace 3.500 millones de años).
Los astrónomos han descubierto también que los átomos son los mismos en cualquier lugar del cosmos accesible: carbono, oxígeno, hidrógeno, nitrógeno y fósforo. Elementos químicos indispensables para la vida, sobre todo el carbono, inexistentes en el Big-Bang, cuyas temperaturas sólo permitían partículas simples como los protones y neutrones. La mayor cantidad del carbono del universo –elemento químico de que se compone gran parte de la materia orgánica, también mi cuerpo- procede, pues, de las estrellas, formadas posteriormente, que funcionan como reactores de fusión nuclear, quemando hidrógeno para producir helio, que se transformará en carbono. Por tanto, el material orgánico de la Tierra es sólo “ceniza nuclear” de aquellas miles de estrellas que brillaron y murieron mucho antes de que existiera el sistema solar.
Son varias las teorías científicas que pretenden explicar el origen de la vida en nuestro planeta (dando por descontado que se trata de “toda” vida, no sólo la humana). Origen que sigue en el misterio, pero en el que se investiga intensamente. La causa está en una molécula inicial, por supuesto, cargada de información genética, sobre la que sólo se puede teorizar; aunque, sin examinar su origen, sí se puede investigar sobre su procedencia. Como han demostrado múltiples investigaciones, las bacterias son microorganismos simples que se pueden adaptar a las condiciones más extremas, desde el calor al frío, siendo algunas resistentes a las radiaciones nucleares, a un medio salino o alcalino, pudiendo vivir tanto en las aguas antárticas como en los volcanes, alimentándose incluso de elementos venenosos como el azufre. Y parece poco probable, según los mismos científicos, que su procedencia sea de la superficie terrestre. Unos indican como segura las procedencia de zonas profundas pero fangosas, otros de los fondos submarinos, otros de las capas calurosas del subsuelo, en todo caso, de una “sopa primordial” en la que no podía faltar el agua.
Sin embargo, a principios del siglo XX tomó cuerpo la idea de “panspermia” o lluvia de micro-organismos procedentes de otros planetas (“semillas en todas partes”) que llegaron a la Tierra en meteoritos gigantes, dando por supuesto que la vida puede saltar de un planeta a otro. Aunque fuera cierto, el problema del origen de la vida no quedaría resuelto. Sin embargo, ya es un gigantesco avance que la ciencia haya podido establecer que la vida haya comenzado por una bacteria replicadora, de la que procede todo cuanto vive en este planeta. Todas las especies se han desarrollado por evolución, siguiendo las estrictas reglas de la selección natural, pasando de una rama a otra, sin descanso, en el árbol maravilloso, aunque incomprensible, de la vida. Pero el comienzo fue lento, durante miles de millones de años, en los que organismos microscópicos se instalaron –sea como fuere- aquí, en un viaje interestelar en el que, como hay que suponer, sólo pervivirían los más fuertes o capacitados, siguiendo las leyes evolutivas diseñadas por Darwin. Mi primer ancestro es, en cualquier caso, un “Adán microbiano”, no un peludo simio creado directamente por un Dios inventado.
También sabemos que cuando un organismo muere y se desintegra, sus átomos son liberados en el entorno. Es decir, son átomos eternos, que viajan de un ser a otro. “La simple estadística revela, dice Paul Davies, que el cuerpo de cualquier persona contiene aproximadamente un átomo de carbono procedente de cada miligramo de material orgánico muerto, con más de mil años de antigüedad...La próxima vez que usted mire su cuerpo, reflexione sobre la larga y azarosa historia de sus átomos y recuerde que la carne que usted ve, y los ojos con los que la ve, están hechos literalmente de polvo de estrellas”. Vandalio.
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29 Noviembre 2006

Prometeo da vida al hombre
con el fuego de los dioses
Madrid. Colección Real.
El científico español Eduardo Punset ha definido el alma como “un conglomerado de neuronas”, al presentar su último libro El alma está en el cerebro (2006). Con palabras más poéticas la había definido el embajador-filósofo Gonzalo Puente Ojea en su libro El mito del alma (2000) desgraciadamente ignorado por la crítica. En sus apretadas y muy documentadas páginas pronostica que “algún día, quizás no tan lejano, las neuro-ciencias podrán explicarnos...cómo se forjó cerebralmente en la mente del hombre prehistórico la idea de alma, pórtico de la religión y sostén primordial de la visión mítico-religiosa de la realidad, que alimenta la conciencia de los creyentes...Saldrá entonces la humanidad culta de las fantasías míticas que nutren la fe religiosa, y paulatinamente los traficantes en salvación tendrán que dejar su lugar a mejores pedagogos de la felicidad humana”.
Desgraciadamente, ese día parece que tardará en amanecer aún muchos años. La inmensa mayoría de los humanos actuales siguen creyendo fanáticamente en la doctrina dualista, que divide al hombre en cuerpo y alma, por parecerles imposible que la materia sea el origen del pensamiento y demás funciones cerebrales que suelen ser entendidas como “espirituales”. Los libros que defienden la posición contraria, materialista, son una gota de agua en el inmenso océano de la literatura apologética de la religión (de todas las religiones). Entre ellos quiero destacar el escrito años atrás por un Premio Nobel de Medicina, Francis Crick, descubridor de la estructura molecular del ADN, titulado muy expresivamente en inglés The Astonishing Hypopthesis (1990) y con mucha mayor claridad en español, La búsqueda científica del alma (1994). Ya en la introducción advierte que “un neurobiólogo moderno no ve necesidad alguna de tener un concepto religoso del alma para explicar el comportamiento de los humanos y de otros animales”; y un poco más adelante: “Muchas personas bien formadas, sobre todo en el mundo occidental, también comparten la creencia de que el alma es una metáfora y de que no existe vida personal ni antes de la concepción ni después de la muerte”.
Es exactamente lo contrario de lo que enseña el catecismo católico, a saber, que “el alma es un ser vivo sin cuerpo, que dispone de razón y libre voluntad”. En su deseo ancestral –recordemos a Pablo de Tarso- de humillar y menospreciar la carne y sus exigencias, la Iglesia de Roma llega a confundir al creyente, que no sabe si conviven en su YO dos seres diferentes, un “ser vivo sin cuerpo” y un cuerpo que, para vivir, necesita la vida de ese otro ser, al que está unido por misteriosa simbiosis, pero que es “otro” distinto y separable. Si carece de razón y de voluntad, ¿para qué sirve la carne corporal? Y si los principales atributos de la humanidad residen en el alma, ¿para qué necesitamos el cuerpo? En todo caso, ¿en qué consiste y cómo se realiza esa unión entre un ser material y otro espiritual? Desde mi punto de vista, no se deben cargar las tintas negras contra los primeros filósofos, cristianos o no, que fueron modelando y remodelando las ideas platónicas sobre el alma a lo largo de los siglos. Nadie hasta nuestros días podía tener conocimiento de los misterios encerrados en el cerebro. Al fin y al cabo, sus deducciones, tanto las filosóficas como las teológicas, parecían responder a la evidencia cotidiana de que los procesos cognitivos, como la inteligencia, la memoria, los sentimientos y la voluntad eran independientes de las funciones carnales. No creo que nadie les pueda reprochar sus conclusiones, así como la defensa del animismo frente a otras posturas materialistas.
Pero hoy sabemos que no tenían razón, y debemos asumir como ciertos los postulados de la ciencia. Las pruebas de la existencia del alma presentadas por la religión como irrefutables son “tan endebles, dice Crick, que sólo pueden aceptarse mediante un acto de fe ciega”. Este es el meollo de la cuestión. La fe es necesaria para la creencia en el alma inmortal. Y si la ciencia, estudiando pormenorizadamente las estructuras y comportamiento del cerebro humano, concluye que el alma no es en absoluto necesaria para explicar ese comportamiento, destruye por su base el andamiaje religioso que ha sostenido durante siglos la doctrina religiosa, que hace del alma un ser espiritual destinado a una vida eterna, mientras el cuerpo se pudre en la fosa. Mucho más atrevida y sensacionalista es la idea de la resurrección de la carne, pero responde a un planteamiento distinto que merece capítulo aparte.
El estudio del origen de la vida no ha dejado de preocupar a los científicos, aunque las teorías puedan ser distintas, discutidas y todavía no consensuadas. Pero lo cierto es que se multiplican los estudios y que no cesa el debate. Como español, mencionaré al profesor L. Garzón Ruipérez, autor de Historia de la materia. Del Big-Bang al origen de la vida (1994), a J. Pérez Mercader, astrofísico que se pregunta ¿Qué sabemos del universo? De antes del Big-Bang al origen de la vida (1996) y al catedrático Francisco Mora, entre cuyos trabajos de proyección mundial se encuentra El problema mente-cerebro (1995). En definitiva, el cambio está siendo tan trascendental que ya quedan desfasadas la religión y la filosofía, en beneficio de la ciencia: “La filosofía pregunta y las neurociencias responden”. Las teorías filosóficas, mera elucubración sin respaldo empírico, tienen que dejar paso a las ciencias de la naturaleza, a la psicología evolutiva y a la neurobiología. En el cerebro humano están, escondidos, los secretos cuya “iluminación” científica despejará las dudas sobre la conciencia, el alma “inventada” y el verdadero origen de los pensamientos, sentimientos y emociones que dirigen nuestra vida.
Una de las más bellas páginas de la mitología clásica es el mito de Prometeo, que infunde el alma en el cuerpo humano con el fuego sagrado de los dioses. Aunque sea a través de un intermediario, la idea expuesta es que el origen del alma es divino, lo mismo que pensaban sumerios, egipcios y todas las culturas de las primeras civilizaciones. La Iglesia Católica tuvo bien poco que modificar, siguiendo la filosofía platónica. Pero todo este edificio secular se ha venido abajo por obra de las neurociencias. Nadie ha de avergonzarse ni pedir disculpas por ello. Pero ha llegado el momento de sustituir los postulados de la Fe por los de la Ciencia, que ha vencido definitivamente a la comodidad del pensamiento heredado, de las costumbres arraigadas y de la doctrina repetida sin el tamiz de la razón. Vandalio.
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25 Noviembre 2006

Psique es seducida por el dios Cupido, símbolo del Amor. Museo del Louvre.
Imagino una noche estrellada. ¡Qué maravilla! Pero el sentido de la vista me está engañando. Mejor dicho, es el cerebro quien recibe la información sensorial y me engaña en una primera etapa. Porque lo que veo me dice que esos puntos brillantes están todos en el mismo plano, inmovilizados. Sin embargo, cuando hago uso de mi razón, ilustrada por mis conocimientos astronómicos, comprendo que esa maravilla es engañosa. No sólo las estrellas están en diferentes planos, a millones de kilómetros, sino que están en perpetuo movimiento, completando un recorrido de unos 250 millones de años de duración en órbita alrededor de la galaxia. La misma Tierra que nos cobija está en rotación permanente, sin que nos demos cuenta. O estamos boca abajo, según nuestros coordenadas, cuando todo sugiere que la cabeza está siempre por encima de los hombros. Pero deshacer el engaño no es fácil para quien no cuenta con los complejos conocimientos necesarios. La ignorancia ha dominado siempre al homo sapiens y ha favorecido el nacimiento de todas las religiones.
“El cerebro nos engaña” es la conclusión favorita del profesor Francisco J. Rubia, quien ha titulado así uno de sus estudios neurológicos (El cerebro nos engaña. 2001). Ya sabíamos que los sentidos no son de fiar, pero, a su parecer, tampoco lo es nuestra razón. Incluso la conciencia del YO también es una ilusión cerebral, que puede almacenar en una vida hasta ciento treinta personalidades distintas, unidas por el hipocampo, órgano que desarrolla su actividad en el sistema límbico, lo más profundo de nuestro cerebro. Como cambiamos continuamente, incluidas las células de nuestro cuerpo, somos unos organismos cambiantes, con la conciencia de haber vivido varias vidas. ¿Soy yo, realmente, en mi madurez, el mismo niño que recuerdo? Ciertamente no, porque uno de los factores que más interactúan en ese cambio es la cultura. Una persona sin estudios, aislada de la sociedad, difícilmente saldrá de la infancia cultural y no vivirá una vida plena de humanidad.
También la espiritualidad es cambiante, se puede provocar mediante experiencias rituales y procesos místicos, muy vívidos en personas sensibles. Desde luego, el cerebro nunca me dirá la verdad de la religión, sencillamente porque no la sabe. El cerebro lo que hace es producir endorfinas, productoras de placer, que me van indicando lo que debo o no debo hacer para mi supervivencia. Porque, a juicio del profesor Rubia, la libertad es también una ilusión cerebral. “No hacemos lo que queremos, sino que queremos lo que hacemos”, afirma el neurólogo en un juego de palabras. Es la corteza cerebral la que va “creando” la realidad. Así, los colores no existen fuera de mi mente ... ¿Quién lo diría? Pues sí. El cerebro es el autor de cuanto vemos, pensamos y sentimos. Apretando más las tuercas, podría decirse que la materia (el cerebro) es la que crea la espiritualidad, basándose en alteraciones de orden neuronal, como la epilepsia, que dio grandes místicos (San Pablo, Santa Teresa y un largo etcétera)o inducidas por efectos mecánicos o psíquicos. Esto se conoce en neurobiología como el “síndrome de Gastaut-Geschwind”. La experiencia religiosa no depende, pues, de la razón sino del sentimiento, exacerbado por motivos ajenos a la propia religiosidad. En contra del pensamiento común, esto es lo que la ciencia nos enseña.
El cerebro, que almacena nuestras impresiones en la memoria, guarda lo que cree importante para la supervivencia. Pero tampoco la memoria es de fiar. Todo el proceso memorístico es inconsciente, porque también se almacenan recuerdos que influyen en nuestra conducta, pero que no conocemos, y que a veces nos sorprenden a nosotros mismos. Dice el mismo profesor que el cerebro “necesita información, y cuando no la tiene la inventa”. No le importa que sea falsa, con tal de que cumpla puntualmente la suprema finalidad: la defensa del organismo, la supervivencia. No ha de extrañar, pues, que el cerebro humano sea generador de fabulaciones y creador de mitos. La parte frontal del cerebro (que es la incorporación más moderna en la evolución) es la que nos permite vivir en sociedad, al inhibir los instintos y ordenar la conducta con la única finalidad de proteger la vida y la continuación de la especie.
Con estas premisas, no resulta difícil comprender que también la religión es un producto engañoso del cerebro. Porque es necesaria para mantener la esperanza en los seres humanos más desprotegidos. Los más llegaron a pensar, desde el comienzo del razonamiento, que la materia debía estar imbuida de algún tipo de esencia espiritual o alma que la hace vivir. El filósofo griego Aristóteles propuso la teoría de la “fuerza vital” o “psique” que dotaba a los organismos vivos de notables propiedades, como el movimiento y la autonomía, el deseo y el amor. (En cualquier caso, esta psique aristotélica era diferente de la posterior “alma” cristiana, que es imaginada como una entidad independiente del cuerpo). Aunque el vitalismo está hoy desacreditado, y no necesitamos de una fuerza semejante para explicar lo que sucede en nuestro interior, resulta imprescindible la idea de un “algo” no material para entender la respuesta de un organismo vivo a su entorno sin vida. Esto, para algunos autores como Paul Davies, es simplemente un pack de información, es decir, un software compuesto de células neuronales que están en continua y vertiginosa comunicación.
El cerebro nos engaña al hacernos creer en la necesidad absoluta de un ser superior, responsable de nuestra vida, desde el nacimiento hasta la muerte, y más allá. Admitido el engaño, aunque sea provisionalmente, permanece la eterna pregunta: Si prescindimos del dios creador y providente, ¿qué nos queda para entender nuestra vida? La respuesta está en la ciencia. Acerquémonos a la naturaleza con humildad y repitamos la pregunta. Nos responderán miles de científicos, ese tesoro escondido de la especie humana, que día a día van descubriendo sus secretos y sustituyendo las creencias por las certezas. Aún así, nunca desaparecerá la suspicacia del creyente religioso, que recela de las afirmaciones científicas. Al fin y al cabo, los científicos son hombres, no dioses. Por comodidad, la mayoría prefiere basar su fe en el engaño.
¿Incluidos los sentimientos? ¿También somos engañados por el beso del Amor? Desde luego, nada hay menos romántico que las conclusiones de la razón, que también puede engañarnos. Vandalio.
servido por Francisco
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