Categoría: religión
2 Septiembre 2010
Queridos amigos de lengua española, que sois lectores de "La bitácora de Vandalio", en especial los de Uruguay, seguidos en número de lecturas por todos los países americanos, desde Argentina y Chile hasta Canadá, además de los europeos Francia, Portugal, Italia, Alemania, Países Bajos, Gran Bretaña, Grecia, Suecia y Noruega: Os tengo que comunicar que acaba de publicarse en Madrid mi libro LA QUIMERA DE LOS DIOSES. OJOS QUE NO VEN, CORAZÓN QUE NO QUIEBRA, en edición digital y en versión papel, para mayor comodidad que todos los que estáis interesados en este libro, publicado en este sitio de la RED y que algunos habéis leído pacientemente, capítulo por capítulo durante más de un año.
Ahora lo encontraréis no sólo ordenado de comienzo a fin sino ampliado y corregido de forma definitiva.
Podeis `pedir información a Ediciones Visionnet, en la página web www.visionlibros.com , en el correo electrónico vision1@visionnetware.com, por teléfono internacional 0034 913117696, o por fax también internacional 0034917333724. Se encontrará también en todas las grandes librerías de España, a petición del interesado.
Para cualquier información o comentario, mi e-mail es: fap1931@telefonica.net
Espero que disfruteis con la lectura, y que reflexionéis sobre lo escrito, hecho sin ánimo de ofender a nadie. Solamente por interés humano, para abrir los ojos a los continuos descubrimientos de la ciencia, que van destruyendo los mitos y leyendas aprendidaas en una falsa educación, durante tantas generaciones. Y en segundo lugar, como aportación a los trabajos de la Asociación Europa Laica.
Hoy mismo acaba de aparecer en la prensa digital el anuncio de un nuevo libro del eminente científico inglés Stephen Hawking, en el que asegura que la física moderna descarta la idea de un Dios creador. Es esta la Verdad que nos hará Libres, sin dependencia de las doctrinas religiosas que han desangrado todas las civilizaciones, pero con mayor intensidad y perjuicio las mentes de los humanos.
Os deseo paaz y felicidad. VANDALIO
servido por Francisco
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19 Mayo 2008

Casa de Juntas de Guernica
El ensayo que aquí reproduzco, sobre el origen del nombre que los nacionalistas vascos dan a su tierra, va dedicado a los miles de españoles originarios de Vasconia que están diseminados por el mundo y que se sienten españoles de corazón, emigrados forzosa o voluntariamente de la patria que les vio nacer. El catolicismo vasco, que está en el origen del odio y desprecio que los nacionalistas alimentan contra sus hermanos españoles, habrá de responder algún día de la sangre vertida por unos ideales políticos ajenos a la fe.
* * *
El deseo de ruptura del nacionalismo vasco tiene muy pocos años, aun cuando el orgullo de una “identidad” propia sea tan antiguo como las raíces de los pueblos en la prehistoria. Pero es que lo mismo puede decirse de todas las formaciones tribales, independientes y separadas entre sí por la propia dinámica constitutiva de las primeras formaciones humanas. En el caso de Vasconia, la defensa del euskera como idioma singular conservado en Europa, sin dependencia de ningún otro idioma vivo, que obliga a su conservación por parte de todos, no invalida la afirmación científica de que “el vasco es tan europeo como cualquier otro europeo”, sin nada peculiar en su ADN mitocondrial, como han demostrado las investigaciones genéticas de Bryan Sykes . Así, pues, quienes defienden una identidad étnica superior y distinta del resto, deben saber que su argumentación no es científica. Y si pasamos a la historia, ningún vasco que conozca las relaciones con los demás pueblos de la península ibérica podrá empuñar el arma del agravio, como pueblo especialmente maltratado por el resto de los españoles, hasta los tristes años de la dictadura. Es más, sería necio ignorar cuánto debe España, incluida la evolución fonética del castellano, a los nobles hijos de aquellas tierras. Tanto Navarra como Vasconia formaron siempre parte esencial de la historia cultural, política y económica de España.
Ya en el siglo XI, en plena reconquista, Alfonso III de León se firmaba ”rex totius Hispaniae” y el título que aparece en el acta de traslación del rey navarro Sancho III a San Millán, en 1030, es el inequívoco de “Hispaniarum rex”. En el mismo siglo, Guipúzcoa se unió voluntariamente a Castilla, apartándose de los euskaldunes de Navarra, a los que veía como enemigos. Parece mentira, pero en la Edad Media los naturales de Guipúzcoa tenían a mucha honra ser llamados castellanos. Tan era así que, en 1468, la Junta General guipuzcoana hizo jurar a Enrique IV que jamás segregaría a esta provincia del reino de Castilla, ni siquiera con dispensa papal. Otro tanto hicieron los alaveses, incorporados a Castilla en 1332. Siglo y medio antes, en 1179, el rey castellano se convirtió en señor de Vizcaya, y en sus Juntas los procuradores no podían ser admitidos “si no sabían leer y escribir en romance”.
El señorío de Vizcaya y las dos provincias vascongadas fueron siempre la niña mimada de la Corona de Castilla, respetuosa con sus fueros y con la hidalguía ancestral de sus hijos, cristianos viejos , sin mezcla de moros y judíos, a quienes daba preferencia en los empleos públicos y en la confianza regia, a los que eximía del servicio militar y a los que concedía fiscalidad propia. Pero en ninguno de los documentos conservados esas tierras son nominadas como “País Vasco” . Para el reino de España sólo existía el Señorío de Vizcaya y las dos provincias de Guipúzcoa y Álava, ajenas al antiguo reino de Navarra. Ni siquiera la propia Constitución de 1978 reconoce el nombre, como que todavía no estaba diseñado el mapa autonómico de España. Las que sí aparecen citadas son las tres provincias en la disposición derogatoria 2.2: “En tanto en cuanto pudiera conservar alguna vigencia se considera definitivamente derogada la ley de 25 de octubre de 1839 en lo que pudiera afectar a las provincias de Álava, Guipúzcoa y Vizcaya”. Son ocho siglos de vinculación a la Corona de Castilla, sin nombre propio, a diferencia del Principado de Cataluña.
Los conceptos de nación y de patria han ido forjándose durante siglos, pero hasta la Revolución Francesa no se han revestido de la significación moderna, en el sentido de grupo o comunidad con un sentimiento común de pertenencia a una unidad política. Para el siglo XVII, según Maravall, no se puede hablar de naciones propiamente dichas, sino de protonaciones, es decir, de “grupos de gentes con un origen común”, entre las que se establecían lazos de ayuda mutua cuando convivían fuera de su región natal. Es el caso de los estudiantes, agrupados como bien se sabe, en distintos bandos o banderías según su procedencia, diferenciación que servía, incluso, para el reparto de las becas, como hice ver hace bastantes años, al citar la denuncia de Lanz de Casafonda, en el tema de las becas colegiales, que “están repartidas entre otras naciones, como son Vizcaínos, Montañeses, Navarros, Manchegos, Andaluces, Riojanos, y así de los demás Reinos y Provincias de España”(1761) . Pueden consultarse, además, los índices de materias de los diez volúmenes de mi Bibliografía de autores españoles del siglo XVIII (Madrid, 1981-2001) donde aparecen diferenciados los “naturales y originarios” de las diversas regiones españolas, que podían figurar como “nacionales”, al lado de los españoles, franceses, genoveses, portugueses y demás originarios de estados y monarquías con fronteras bien delimitadas. Así, se encuentran citas de la “nación burgense” (1737), de la “nación valenciana” (1767), de la “nación aragonesa” (1768), de la “nación catalana” (1757) y de la “nación vascongada” (1705) , alusión ésta de un vasco sudamericano, que dedica el escrito a sus paisanos, sin referencia política alguna. Con límites semánticos muy borrosos aparecen, también en el XVIII, las palabras patriota y patriotismo, derivados, lo mismo que patricio, del latín patria, que evoca mucho más un sentimiento familiar y de paisanaje que de sistema político .
Idéntica imagen difusa encontramos en otra palabra, país, que se emplea a veces como sinónimo de las anteriores, sin mayor precisión. “Región, Reino, Provincia o territorio” la define el Diccionario de Autoridades (1726-39), acepción que le sirve al catalán Capmany para enlazar la idea de nación con la de patria, a comienzos del siglo XIX: “Donde no hay nación no hay patria; porque la palabra país no es más que la tierra que sustenta personas y bestias al mismo tiempo” . Es decir, de un lado los habitantes y los nacidos; de otro, la tierra que los sustenta o los ha visto nacer. En este sentido, País Vasco es un concepto puramente geográfico, sin connotaciones políticas, al que se ha llegado después de varios siglos de incesante y apasionada búsqueda de una singularidad étnica y lingüística, quizás por analogía con el Pays Basque de Francia. Pero tan impreciso que ni siquiera tiene seguros sus límites territoriales.
Lo cierto es que nunca existió unidad social ni política en la cornisa cantábrica, desde las estribaciones del Pirineo hasta los Picos de Europa, donde comenzaba el territorio de las tribus astures de la prehistoria. Entre uno y otro límite convivieron diferentes familias tribales: váscones (navarros), caristios, várdulos, autrigones y cántabros, quizá con una cierta unidad lingüística, defendida por Caro Baroja, como sustrato anterior a la invasión celta, y con un temperamento belicoso y rebelde, amante de la libertad, que se enfrentaron con valor a los soldados de Roma, a los que, finalmente, se sometieron. Durante la romanización, el territorio conquistado tomó el nombre jurídico-militar de Cantabria, que los vascos asumieron después de la invasión árabe como propio, reflejado incluso en la devoción popular, llevada al teatro en la comedia nueva de Francisco Gómez, Iris de paz en Cantabria, Nuestra Señora de Aránzazu (1736), de la que se conserva un precioso ejemplar en la Biblioteca Universitaria de Sevilla. Desde el siglo IX el pueblo cántabro, huérfano de nombre propio, se divide geográficamente (Asturias de Santillana, Merindad de Trasmiera, Montañas de Burgos, Montañas de Santander) mientras el pueblo vasco asume sin contradicción el de Cantabria. Nombre que no era tenido en cuenta ni siquiera por la Iglesia Católica, que, en sus nominaciones territoriales, no ha aceptado hasta fechas muy recientes la diócesis de Cantabria, al crear el obispado de Santander. A fines del siglo XI, la geografía eclesiástica indica, sin aludir a nombre civil alguno, que el obispado de Calahorra era el centro espiritual del espacio comprendido por Álava, La Rioja, casi toda Vizcaya y parte de Guipúzcoa. Hasta 1861 no se erige la diócesis vasca de Vitoria, sometida a Burgos, pero ya con los límites exclusivos de las tres provincias vascongadas.
Julio Caro Baroja, con la casa familiar a orillas del Bidasoa, y por tanto en la tierra originaria de los váscones, señalaba el vascocantabrismo como una de las “ideas fuerza” dominantes en la historia vasca. Esta tesis, que supone el deseo de asumir como propio el temperamento bravío e indomable de los cántabros, da por sentado que la tierra del pueblo vasco debe llamarse Cantabria. Fue un historiador jesuita, el P. Juan de Mariana, quien sancionó con su autoridad este nombre como propio de la patria vasca, en su Historia General de España (1592), originando las múltiples y agresivas polémicas de la historia posterior, entre quienes ven en el vascocantabrismo la verdadera ascendencia del pueblo vasco y los que consideran que no pasa de ser un mito inventado por algunos interesados en demostrar su amor a la independencia, sin hacer ascos a burdas falsificaciones . Tal es el caso de otro jesuita, Gabriel de Henao, que saca a la luz en 1689 unas pretenciosas Averiguaciones de las antigüedades de Cantabria, enderezadas principalmente a descubrir las de Guipúzcoa, Bizcaya y Álaba, provincias contenidas en ella. En el siglo XVIII es otro jesuita, el P. Larramendi (1690-1766), quien defiende la misma tesis, sin tener escrúpulos en corregir la descripción geográfica de Estrabón, siendo duramente atacado por el agustino Enrique Flórez (1702-1773), el cual rechaza la identificación de cántabros y vascos en su obra La Cantabria (1768). El continuador de su obra, el P. Risco, publica el tomo XXXII de La España sagrada (1779) con el expresivo título de La Vasconia.
Prescindiendo de los pormenores de la polémica, estudiada por historiadores de ayer y de hoy, me fijaré sólo en algún dato no tenido en cuenta. Por ejemplo, en los emigrantes. Así, la hermandad que la colonia vasca estableció en el siglo XVIII en la capital de España. Madrid, receptora de inmigrantes, contaba entre sus vecinos a “naturales” de Asturias, de Castilla y León, de Galicia, de Navarra, de la Rioja, etc. Pero nunca se menciona a “naturales” del País Vasco, sino de “Cantabria”, los cuales fundaron en 1715, a imitación de la que ya existía desde 1540 en la capilla de los Vizcaínos de Sevilla, una “Real Congregación Nacional de Hijos y originarios de las tres muy nobles y muy leales Provincias de Cantabria” en el convento de San Felipe el Real, que celebraba todos los años con gran pompa la fiesta de San Ignacio de Loyola. Conozco tres sermones predicados en esta fiesta a los “hijos de Cantabria”: de Juan Antonio de la Quintana (1748), de Juan de Aravaca (1752) y del jesuita Miguel Ignacio de Ordeñana (1753). El mismo nombre de Cantabria se mantuvo en las constituciones de la Hermandad impresas en 1852. Hoy ya la Hermandad se intitula de “Hijos del País Vasco”.
El testimonio literario más inequívoco es el de Cadalso, que en la carta XXVI de sus Cartas marruecas, al señalar las diferencias culturales de las regiones españolas, comenta: “los cántabros, entendiendo por este nombre todos los que hablan el idioma vizcaíno...tienen entre sí tal unión que la mayor recomendación que puede uno tener para con otro es el mero hecho de ser vizcaíno...El señorío de Vizcaya, Guipúzcoa, Álava y el reino de Navarra tienen tal pacto entre sí que algunos llaman estos países las provincias unidas de España”. Por los mismos años, el bibliotecario Estala usa idéntico adjetivo aplicado a un sacerdote vasco, cuando desvela la verdadera autoría de una dura crítica literaria al Filósofo enamorado de Forner, que fue la causa de la ruptura de ambos literatos, al escribir que fue obra de “un tal Iriarte, al que llamábamos el cura cántabro” . Creo que ambos testimonios tienen fuerza suficiente para defender la tesis de que, a finales del siglo XVIII, ni existía la denominación de “País Vasco” ni sus habitantes se sentían políticamente agraviados por ser adjetivados como “cántabros”, ya que era la común denominación que ellos mismos habían elegido, dentro de una comunidad de intereses.
El sintagma País Vasco, que hoy nos parece tan natural, hubo de abrirse camino a lo largo de los años, con la dura competencia de otras denominaciones. Cuando el conde de Peñaflorida funda la “Sociedad Bascongada de los Amigos del País”, excluye a los navarros, pensando sólo en los vascos de las tres provincias, unidos por unas manos enlazadas y un lema común “Irurac Bat” (Tres en una). Da por entendido que el País de referencia es el de las tres provincias, que ya sentían la necesidad de una actuación conjunta, sobre todo en la política cultural y económica, aunque sin usar más nombre definitorio que el de Bizcaya o Cantabria. Llegar al nombre de País Vasco ha supuesto, desde luego, una vacilación secular digna de estudio. Porque, aunque se sobreentiende que el título de la Bascongada alude al “País Vasco”, ni Peñaflorida ni sus amigos así lo especifican. En todos los documentos aparece la “Sociedad Bascongada” de los “Amigos del País”: así, en los Estatutos de 1765 o de 1773 , en los resúmenes de las actas y demás ordenanzas y proyectos de la Sociedad .
Es un hecho, por otra parte, que, desde la creación del Señorío de Vizcaya, alternó en el uso popular Cantabria con el nombre de Bizcaya, que es el que aparece ya en los mapas del siglo XVIII. Lo mismo que en los raros “Kalendarios” y “Guías de forasteros” anuales que, como el de 1757, incluyen un mapa de la península rotulando toda la cornisa cantábrica como Bizcaia , sin diferenciar la Cantabria. Cuando, en 1789, aparece el famoso compendio España dividida en Provincias e Intendencias, la caótica maraña nominal en que se desenvolvía la administración del Antiguo Régimen admitía la existencia en el territorio nacional de cuatro Reinos (Aragón, Navarra, Murcia y Valencia), un Principado (Cataluña), un Señorío (Vizcaya), dos territorios isleños y las Nuevas Poblaciones. Todo lo demás eran Provincias. Para mayor confusión, la provincia de Álava estaba subdividida en 52 “Hermandades”; Vizcaya en 8 “Merindades”, a las que se sumaban los 15 “Concejos” de las Encartaciones del Señorío; la provincia de Guipúzcoa estaba compuesta por 18 “Partidos”, 3 “Alcaldías” y 5 “Uniones”, más el Valle Real de Leniz. Para aclarar el posible confusionismo, en nota a pie de página se decía que “Las Uniones y Alcaldías no son otra cosa que una Congregación de Pueblos, por todos los quales va un Procurador u Apoderado a las Juntas generales que celebra anualmente esta Provincia”. Semejante situación no podía ser beneficiosa ni para la administración ni para los administrados, que no logran encontrar un nombre específico que los distinga de España.
Todavía en 1804, la Guía de postas reconoce este espacio geográfico solamente como Bizcaya. Pero a las Cortes de Cádiz acudieron representantes de las Provincias Vascongadas, no de Vizcaya ni del País Vasco. Incluso Sabino Arana, el padre del separatismo vasco, tituló su libro-manifiesto Bizcaya por su independencia (1892), aunque años después inventara el neologismo Euskadi (1896), término político-administrativo que ha tomado carta de naturaleza en el Estatuto de Guernica, frente a Euskal-Herria, nombre basado en la etnia, portado como enseña reivindicativa, sin reconocimiento jurídico, pero que sirve hoy para denominar el “Museo de Euskal-Herria” de Guernica o publicaciones como el Diccionario político de Euskal-Herria de Iñaki Egaña, mientras se puede adquirir en las librerías el Atlas de Euzkadi, evidenciando así la indeterminación nominal del país.
Para mayor confusión, por las mismas fechas, algunos vascos del 98, como Unamuno, preferían resucitar el nombre de Vasconia, más acorde con la derivación latina, que tuvo su origen en el siglo VII, cuando los francos crearon el Ducado de Vasconia. Lo normal en España, sin embargo, es seguir hablando hasta fin del XIX de las tres Provincias Vascongadas. Hay quien escribe sobre el País Vascongado (1878) o de la Región Vasca (periódico de 1906) pero el cambio de siglo supuso también una creciente valoración popular de la denominación País Vasco, después de la segunda guerra carlista, cuando el nacionalismo reclamó las antiguas leyes y la restauración de las Juntas, pidiendo la protección del euskera, el cual, “por medio de la difusión y enseñanza obligatoria llegue a ser, además del idioma oficial del País Vasco, la lengua nativa de las futuras generaciones”. La tesis del vascocantabrismo seguirá vigente, al menos hasta 1911, según nos hace saber Jon Juaristi en 1987, para quien el vascocantabrismo era ya, en esos momentos, una reliquia histórica.
Las reivindicaciones fueron constantes hasta 1917, año en que las Diputaciones de las tres provincias solicitan del rey Alfonso XIII la autonomía para el territorio, derecho que no fue reconocido hasta la Constitución de 1978 y en su hijuela legal, el Estatuto de Guernica, en cuyo Título preliminar se aprueba que pueda llamarse Euskadi o País Vasco. Son cientos de años en busca de nombre propio, hasta que aparece, por primera vez, en un documento oficial como el Estatuto de Autonomía. Bien lo sabía Jaime Mayor Oreja, cuando en 1999 declaró en Bilbao que “antes del Estatuto no existía el País Vasco”. Aunque setenta años antes ya se hablara del país vasco-francés en un libro definitorio, que ha enseñado el camino al español. Se trata del ensayo histórico de Pierre Harispe Le Pays Basque. Histoire. Langue. Civilisation .
Francisco Aguilar Piñal
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17 Abril 2008
"El Paseo de la Libertad"
R.I.P.A.
Aquí descansan los restos de D. Francisco J. Barnés y Tomás, Doctor en Teología y Filosofía y Letras, Licenciado en Derecho, Catedrático Numerario de esta Universidad Literaria.
Fue sacerdote católico. Mientras creyó en el dogma, practicó los actos de la Religión con dignidad y escrupuloso respeto; cuando después de maduro examen y ejercicios continuados de razón, dejó de creer en el orden sobrenatural (que juzgó fanático), su carácter sincero no le permitió continuar una vida estéril, farisaica, burlando y explotando la credulidad de las gentes. Prosiguió a la naturaleza, nuestra común madre; contrajo matrimonio con digna mujer; fue padre de familia, cuyos deberes no descuidó un instante; y en el trato social con toda clase de personas, se ofreció como hombre sin fuero ni privilegio religioso, no creyó en otros milagros, que en la instrucción y trabajo humanos.
Falleció en la paz de Dios el día 5 de marzo de 1892. A los 58 años de edad.
Este sorprendente epitafio mortuorio se puede leer en una lápida del camposanto de Sevilla, muy cerca de los lujosos mausoleos dedicados a sus difuntos por las más pudientes familias sevillanas, que rezuman tanta piedad cristiana como vanidad mundana, y no lejos de los artísticos monumentos de fervor popular en memoria de los grandes del toreo, como la familia Gallo, encabezada por Joselito, y la familia Rivera, con la colosal escultura de “Paquirri”. Naturalmente, la lápida en cuestión, abandonada y descuidada por el tiempo, queda al margen del cementerio cristiano, en un recoleto paseo de cipreses que está rotulado como “Paseo de la Libertad”. Allí están olvidados, como culpables de su deshonra, los restos de judíos, musulmanes, herejes, apóstatas y ateos, hijos malditos de Sevilla, la ciudad de la Giralda musulmana, pero cristianizada, la Tierra de María Santísima, la del Señor del Gran Poder, de Pasión, del Amor, de tantos crucificados que, como fetiches de un culto mítico, son adorados por las calles de la ciudad en la celebérrima Semana Santa, emocionante para propios y extraños.
Imagino que la copia textual de esta lápida, que lleva más de un siglo esperando que alguien la haga pública, será acogida con alborozo por la familia sevillana Rodríguez Prieto, que en febrero de 2007 declaraba públicamente su apostasía. Excepto la madre, que mantenía su apego a la fe cristiana, el padre y sus diez hijos, todos mayores de cuarenta años, decidían abandonar esa misma fe, declarándose ateos y anunciando su renuncia a pertenecer a la Iglesia Católica, en la que estaban inscritos desde el bautismo. Todos se fotografiaron, sonrientes, tal como aparecen en la web de 20minutos.es, conscientes de haber realizado un acto, no sólo importante en sus vidas, sino de haber tomado el camino más seguro para la felicidad. Disidentes de la doctrina predicada por el catolicismo, han tenido la valentía de que han carecido tantísimos hijos de la Iglesia, incapaces de enfrentarse a la condena social de los cristianos.
Pero el caso de este sacerdote, natural de Lorca, y catedrático de la Universidad de Sevilla, que se decide a dar este paso crucial en su vida, a mediados del siglo XIX, es poco frecuente en los anales de la heterodoxia. Alguno hay, como el escritor Blanco White, que se inclina por cambiar de Iglesia, pero sin abandonar su fe en el Cristo de la niñez. Los más se resignan a vivir en el disimulo y la hipocresía, o a abandonar secretamente sus hábitos y creencias. Apostasía es una palabra cargada de sentidos negativos y denigrantes, insulto y menosprecio, rechazo social y condena total de amigos y familiares. Sin embargo, está nimbada de una dignidad suprema, como que es uno de los actos de voluntad que más dignifican al ser humano. Si la Iglesia Católica la considera como un pecado de soberbia, y predica la metáfora de “separar, cortar un miembro podrido”, nada hay más cierto que el valor del apóstata, quien considera podrido, precisamente, al cuerpo doctrinal del que se separa. Es lo que debiera hacer toda persona que, al llegar a la madurez de pensamiento, comprende la falsedad de lo aprendido y decide voluntariamente renegar de la fe del bautismo impuesto.
El texto del epitafio transcrito más arriba fue, sin duda, redactado por los hijos del difunto, autor de Prolegómenos de Historia Universal (Sevilla, 1880) uno de los primeros libros de texto universitarios sobre la materia. Sus hijos, Francisco y Domingo Barnés y Salinas, gracias a la educación recibida en casa de sus padres, se consagraron al estudio, llegando a ser también catedráticos universitarios y miembros activos de la sociedad política. Ingresaron en el partido Izquierda Republicana, de Azaña, fueron diputados en las Cortes republicanas, y el mayor, Francisco, casado con Dorotea González de la Calle, ministro de Instrucción Pública en sustitución de Fernando de los Ríos, en 1933 y 1936. Ambos fueron, además miembros del Patronato de Misiones Pedagógicas (1931-36) y reconocidos “krausistas”, agrupados en la Universidad de Sevilla en torno al catedrático Sales y Ferré. Heterodoxos y anticlericales, como se pone de manifiesto en el epitafio(aunque, al final, se escapa por una rendija del subconsciente la palabra “Dios”).
La Iglesia Católica, en unas diócesis más que en otras, pone toda clase de trabas, reparos e inconvenientes para poner al margen de la partida de bautismo la palabra maldita: “Apostató”. En realidad, es reconocer el fracaso de su predicación. Pero poco importan las anotaciones marginales, ni las falsas estadísticas. La apostasía es un problema muy personal, que no depende ni se deja influir por unas letras de más o de menos. Lo que prima siempre por encima de papeles y presiones ajenas es la libertad de conciencia, que colma de felicidad a quien se siente libre de ataduras doctrinales. Esta libertad es la que me invita a declarar la grandeza de la palabra Apostasía, que la jerarquía eclesiástica se ha encargado de anatematizar, y de castigar, incluso con el fuego, desde que condenó al emperador Juliano “el Apóstata” porque intentó restaurar el paganismo. Nunca aprendió, ni aprenderá, por mucho que predique lo contrario, que la libertad es lo único que dignifica al hombre, con independencia de sus facultades o sus creencias. Y que no hay más fieles que quienes lo son voluntariamente.
No seré yo quien haga prosélitos, ni del ateísmo ni del anticlericalismo (que no son palabras sinónimas), aunque sí defienda la libertad de conciencia para entrar o salir de una determinada religión, según el juicio crítico de cada cual, asistido por la razón, que le indicará qué es lo mejor para alcanzar el sosiego espiritual y la alegría que conduce a la felicidad. En esto consiste la grandeza de la Apostasía. Tal como vieron y constataron los hijos del sacerdote apóstata: “mientras creyó en el dogma”, sirvió a la Iglesia con dignidad y respeto. Cuando “después de maduro examen y ejercicios de razón, dejó de creer en el orden sobrenatural”, se apartó de una vida que consideraba “farisaica” y contrajo matrimonio. La hipocresía es incompatible con una mente libre y honrada, que no es capaz de asimilar el engaño ni de transmitirlo como verdad. Vandalio.
servido por Francisco
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27 Febrero 2008

Ayer he presentado públicamente este libro, leyendo el texto que inserto a continuación, con la intención de informar sobre los mitos que nos mantienen en el infantilismo pre-lógico, del que sólo se puede salir con el uso razonable de nuestro juicio crítico, ese que nos hace abandonar la infancia para convertirnos en adultos.
Gonzalo Puente Ojea, Vivir en la realidad. Sobre mitos, dogmas e ideologías. Madrid, Siglo XXI, 2007.
He aceptado con ilusión, pero también con cierto temor, la invitación que me hizo Gonzalo Puente Ojea para presentar su último libro; último de una saga de once títulos, con un denominador común: la desmitificación de los mitos y creencias trascendentes que han acompañado a la humanidad desde sus mismos comienzos como especie animal razonante. Con ilusión, porque me va a permitir participar en esta cruzada incruenta contra la falsedad mítica de las religiones, y con temor porque no me siento cualificado para resumir con acierto cuanto de verdad histórica y científica se encierra en estas páginas.
Debo expresar, por tanto, mi sincera gratitud al amigo Puente Ojea, pleno de saberes y de experiencia vital, por haberme propuesto para este empeño, en el que espero defraudar lo menos posible. No creo ser el más apropiado, ni tengo méritos suficientes para hacer esta presentación con éxito, como no sea el de lector impenitente de sus libros, a los que tanto debo en mi propia formación ideológica. El que ahora me propongo presentar tiene un título sorprendente: Vivir en la realidad. Pero, puede pensar cualquiera: ¿es que no vivo en la “realidad”? ¿Acaso el mundo en que vivo no me está golpeando continuamente con los duros mazazos de una triste y patética realidad? ¿Por qué me propone como algo nuevo “vivir en la realidad”, si ya no existen, para nuestra desgracia, ni Olimpos ni Arcadias, y Platón hace siglos que nos abandonó? ¿Qué es, en definitiva, la realidad para Puente Ojea? Algo tendrá que ver con la destrucción de los mitos, fetiches y supersticiones de la gran masa de los crédulos que se aferran a los usos, costumbres y tradiciones heredadas, sin usar su juicio crítico, de espaldas a los incesantes descubrimientos científicos. La realidad, como dicen los neurólogos, está en nuestro cerebro. Los sentidos no hacen más que enviarle chispas eléctricas, que se codifican en las neuronas y se asocian con las experiencias guardadas en la memoria. Intentaré explicaros lo que he aprendido en estas densas páginas, de lectura no fácil, pero de contundentes conclusiones, tanto religiosas como políticas.
El mes pasado asistí a la presentación de este mismo libro en el Ateneo de Madrid. El catedrático Antonio Piñero, que lo presentaba, destacó las virtudes del autor, al que reconocía profundos conocimientos, un claro afán docente y unas ideas estimulantes, pero, sobre todo, un esfuerzo intelectual contra toda clase de mitos y una valentía a prueba de contratiempos. En efecto, Puente Ojea es un desmitificador, que me recuerda el grabado de Goya, en el que la “Divina Razón” ahuyenta con un látigo a los cuervos de la ignorancia y la maldad. Precisamente, este libro se construye contra la falacia de tres mitos, condensada en sus tres capítulos: el mito religioso, el mito cristiano y el mito político. Un libro denso y trabajado a conciencia, con un trasfondo apabullante de lecturas ajenas y reflexiones propias.
Pero lo que verdaderamente hay que destacar en nuestro embajador es su indudable “valentía”. Porque enfrentarse al mito religioso en esta sociedad, que vive de prácticas y costumbres ancestrales de infantilismo espiritual, es coger el toro por los cuernos. Lanzar al público ideas contrarias a la fe heredada, reflexionar y predicar la verdad científica, sin supersticiones ni ilusiones míticas, es incompatible con la indiferencia, la ignorancia, la mala conciencia o la sumisión gregaria. Por eso, Puente Ojea es silenciado por los medios de comunicación, por la crítica sometida a lo políticamente correcto, por los avestruces que cierran los ojos y entierran su cabeza ante el peligro. Comprendo su decaimiento, por más que sea temporal, porque para un escritor el silencio es más vejatorio que la crítica. Si te critican, sabes que eres leído, que has golpeado en la mente del prójimo; pero si eres silenciado o ninguneado, lo más probable es que no te hayan leído, y su silencio habrá que achacarlo al odio, a la venganza, al miedo, o lo que es más triste, al menosprecio.
Lo que intenta con sus libros es “iluminar” la realidad, hacernos ver qué es la realidad y qué debemos hacer para vivirla “realmente” sin concesiones al idealismo espiritualista, que la desvirtúa. Quiere no sólo destruir esos mitos, que han regado de sangre los cinco continentes, sino dar un aldabonazo en nuestra conciencia para que nos alejemos de los predicadores del engaño religioso y nos abracemos con decisión al sentido común, que es, como sabemos, el menos común de los sentidos, y a las conclusiones de la ciencia, que nos abren los ojos cada día con nuevos y sensacionales descubrimientos, que afectan a las creencias, y a los que hacemos oídos sordos, por una culpable ignorancia, como si estos temas sólo interesaran a las mentes científicas.
Toda persona culta sabe, o debe saber, quién es Gonzalo Puente Ojea, cuáles son sus coordenadas ideológicas, sus preocupaciones intelectuales, su dedicación a la difusión de la verdad “real” frente al error de la ilusión y del idealismo embaucador. Más que su profesión, interesa su vocación de escritor, empeñado en “levantar el velo de Isis”, para obligarnos a todos a mirar fijamente a los ojos de la diosa, que nos advierte de su engañosa realidad, seductora de los pobres humanos durante milenios. Puente Ojea viene a decirnos que estamos engañados, que no existe ningún dios omnipotente, ni creador, ni misericordioso, ni providente. Que estamos obligados a sacudir las creencias aprendidas y a empeñar nuestro discurso razonante en la búsqueda de la “verdadera verdad”, que no es otra que la dura realidad de la materia, sin ningún espíritu divino que la haga salir de la nada.
Siguiendo la estela de Epicuro y de miles de intelectuales posteriores, Puente Ojea se declara ateo convencido. De hecho, su libro más significativo se titula Elogio del ateísmo. Pero no caigamos en el error de pensar que eliminando a la divinidad de nuestras preocupaciones hemos llegado a la meta de la realidad. Todavía hay un escalón que subir, una torre más alta que conquistar. Porque la idea de dios tiene un basamento que suele pasar desapercibido, pero que es imprescindible para construir el mito de la divinidad. Me refiero al alma, al espíritu, a los espíritus inventados por los primitivos humanos, fantasía que ha dominado el pensamiento, los sentimientos y la conducta de la especie hasta el día de hoy, construyendo las ideologías religiosas sobre arenas movedizas.
Hagamos una prueba. Imaginemos que charlamos en la intimidad con nuestro mejor amigo. Si le pregunto: ¿tú crees que Dios existe?, responderá con un gesto de suficiencia, que él, intelectual progresista, no reconoce ningún lazo de sometimiento religioso, y que, por supuesto, no cree en Dios. Pero si le pregunto: ¿tú crees que tenemos un alma?, dudará, porque, según comenta, el alma es algo necesario para entender el funcionamiento de la vida, las emociones, la conciencia, el sentimiento del yo y todas esas funciones que no vemos pero que experimentamos, incluidas las fantasías del sueño. Otra cosa será admitir que, después de la muerte, mi alma vaya a vivir otra vida, separada de mi cuerpo, al menos durante una temporada, hasta que la trompeta final nos convoque a esa fantasmagórica reunión de los cuerpos resucitados, el más absurdo de los dogmas católicos.
Puente Ojea insiste, una y otra vez, en que la idea de un dios es secundaria, que todo empezó por la invención de los espíritus, del alma individual, y posteriormente, de la divinidad, espíritu elevado a la categoría suprema. Así, pues, el primer mito a derribar es el animismo. En este punto sus conclusiones son tajantes: “La impugnación radical de este mito fundacional ya no tiene su sede en las caducas argumentaciones metafísicas y silogísticas en el marco de la tradición platónico-aristotélica bautizada por Tomás de Aquino, sino en el severo dominio de las ciencias empíricas, y en particular de todas las neurociencias”. Es decir, que ni el platonismo, ni el escolasticismo, ni el cartesianismo, con su ya marchitada doctrina dualista, pueden ofrecernos más que especulaciones de más o menos interés histórico-filosófico, sino que la respuesta adecuada a tantas preguntas sólo puede encontrarse en la ciencia, y más concretamente en las neurociencias. “Vivir en la realidad, dice el autor en la última página del libro, es liberarse de la falsedad en sus diversas manifestaciones metafísicas, religiosas, psicológicas y políticas”.
Esa falsedad, a la que hay que rebajarle una excesiva carga de voluntarismo, para dejarla en simple error fanático, involuntario en la mayoría de los casos, es el ambiente intelectual en el que ha vivido la humanidad desde sus comienzos. La mayoría de los humanos hemos sido víctimas de nuestra condición de inmadurez racional que a algunos les dura hasta los últimos momentos de la vida. Yo no puedo reprochar a mis honestos y amables predecesores que hayan vivido en ese error inducido, porque carecían de los medios necesarios para salir de él. Incluso a los más conspicuos filósofos, que han especulado y sentenciado sobre la verdad de la trascendencia, sin más instrumentos que su razón. Todos han navegado en las procelosas aguas de la metafísica, sin una tabla salvadora de verdad empírica. Nada digo de los teólogos, que han naufragado en una disciplina no científica. Porque la Teología, contra lo que tantos proclaman, no es una ciencia. No lo puede ser porque el teólogo carece de libertad para investigar y proponer, ya que ha de obedecer y someterse a unos prejuicios y creencias dogmáticas incompatibles con la libertad de pensamiento y de investigación, sustrato de la ciencia.
La búsqueda de la verdad ha cambiado de rumbo radicalmente en la segunda mitad del siglo XX. A la filosofía y a la teología han sucedido los trascendentales avances de la ciencia empírica, sobre todo en el estudio del cerebro. El bioquímico londinense Sir Francis Crick, premio Nobel de Medicina en 1962 por su descubrimiento de la estructura molecular del ADN, prosiguió sus investigaciones hasta dar un paso decisivo en el estudio del cerebro, que se titula en español La búsqueda científica del alma (1994), “hipótesis desconcertante” y senda científica por la que han seguido cientos de estudiosos de esa maravilla de la naturaleza que guarda el secreto de nuestra identidad, es decir, de nuestra mente y de nuestra conciencia, producto efímero de la compleja actividad de los millones de neuronas que conforman el cerebro humano. El concepto de alma no es ni una realidad espiritual ni siquiera una metáfora. Es un producto ilusorio de nuestra imaginación. Pero el profesor Crick es consciente de que esta verdad será difícil de asimilar por la mayoría de los mortales: “No resulta fácil creer que somos el resultado del comportamiento minucioso de un conjunto de células nerviosas”. Es, desde luego, una “hipótesis revolucionaria”, pero en el siglo XXI ya nadie debe ignorar que el alma, como ente espiritual, distinto del cuerpo, es un mito que debemos rechazar.
En el mismo campo del estudio neuronal se han situado en los últimos treinta años, científicos de fama universal, como Antonio Damasio, Matt Ridley, Paul Davies, Paul y Patricia Churchland, R. Jackendoff, V. Stenger, Stephen Hawking, D. Wegner o el catedrático de Psiquiatría de Harvard, John J. Ratey, autor de un conocido Manual de instrucciones del cerebro, donde se sintetizan los últimos descubrimientos sobre el funcionamiento cerebral, las percepciones, la memoria, las emociones, el lenguaje y las procesos de la conciencia. En España contamos con excelentes neurólogos, cuyos nombres deben ser conocidos, como Manuel Martín Loeches, de la Universidad Carlos III; Nicanor Ursúa, de la Universidad del País vasco; Francisco Mora y Francisco Javier Rubia, de la Complutense de Madrid; Nicolas Acarin, jefe de neurología del hospital Vall d’Hebron, de Barcelona; Fernando García de Haro, psiquiatra del Hospital madrileño Gregorio Marañón; Ramón Lapiedra, catedrático de Física teórica de la Universidad de Valencia. Todos ellos han publicado imprescindibles estudios sobre el cerebro. Este último, en su libro sobre Las carencias de la realidad, asevera que la gran revolución científica del siglo XX, después de la teoría de la relatividad, es el descubrimiento de la física cuántica, que aspira a describir las leyes fundamentales de la naturaleza, mediante el estudio de la mecánica cuántica, a escala microscópica. Sus resultados, dice, “son contrarios al sentido común, pero están respaldados por múltiples experimentos”.
La actividad mental es una mera función del cerebro, como se encargan de explicarnos quienes lo investigan, con una minuciosidad impensable hasta el día de hoy. Todo sentimiento, pensamiento, recuerdo, volición, acto de lenguaje, de conducta moral o inmoral, doloroso o placentero, tiene su origen en las redes neuronales. Incluso se ha llegado a decir que la falta de un pliegue en la corteza cerebral podría explicar la genialidad de Einstein. En el rincón del cerebro conocido como glándula pineal, allí donde Descartes pensaba que estaba la sede del alma, sólo se ha descubierto la melatonina, hormona que regula el ritmo vital de los animales. Y ya sabemos que, gracias las nuevas tecnologías, es posible captar la imagen de un pensamiento en milésimas de segundo. Conocemos el lugar exacto del cerebro donde se puede actuar quirúrgicamente para dejar a una persona sin habla, sin visión, sin memoria o sin la capacidad de leer o escribir. ¿No eran éstas las funciones reservadas al alma?
Es tal la importancia y la envergadura de la investigación cerebral, que ya han aparecido en muchos estudios superiores varias disciplinas de las Neurociencias, siendo la Neurociencia cognitiva el centro de todas estas materias relacionadas con el cerebro, ninguna de las cuales tienen al alma como supuesto necesario del conocimiento. El genial antropólogo británico E.B. Tylor, de finales del siglo XIX, a quien debe Gonzalo Puente Ojea su entrega apasionada a la antropología, fue el primero en hablar de la “invención animista”, sin saber, por supuesto, nada de sinapsis neuronales, ni de electroencefalogramas, ni de los progresos acelerados que iban a dar lugar al sensacional despliegue de las neurociencias. Su afirmación de que “todas las formas de religión son tributarias del animismo” fue la base de partida para el despegue intelectual de nuestro diplomático, reflejado en la docena de títulos que ha dado a luz en los últimos treinta años. En este de Vivir en la realidad consolida sus posiciones ideológicas sobre pilares de conocidos científicos. El neurobiólogo Rodolfo Llinás, a quien debe la idea de que las funciones cerebrales son producidas por la controlada actividad eléctrica de las neuronas, con diversas oscilaciones de voltaje, que ha ido evolucionando con la especie, pero que de ninguna manera apareció de pronto, como sugiere la idea de un alma eterna, creada inmortal, motor de toda función cerebral de la persona. El cerebro ya no es un problema filosófico, sino científico, cuya capacidad se mide en herzios, como las pilas. Llega a decir, extremando sus pasmosas afirmaciones que “con arquitecturas funcionales adecuadas, sería posible generar una “conciencia” en otras entidades no biológicas”, como los robots.
Puente Ojea busca su segundo apoyo científico en otro gran estudioso de la conciencia, Daniel Dennet, empirista sin reservas, que repite su negación del dualismo cartesiano apoyando la tesis de que la existencia de las almas es imposible, porque la conciencia humana es un producto de la evolución, tanto biológica como cultural. La mente, es decir, el alma, según Dennet, “no pasa de ser un conjunto de funciones materiales del cerebro”. Y añade que “la divisoria antropológica entre el mundo de la ciencia y el mundo de la fe se sitúa hoy en esa falsa creencia en el alma como algo diferente del cuerpo”.
Le sigue la exposición de las tesis del biólogo escocés Richard Dawkins, que da un paso más y afirma que los errores genéticos son nuestros verdaderos creadores, son “la razón última de nuestra existencia”. Si los genes de cada célula contienen la información biológica necesaria para el diseño de un nuevo ser, los memes son los replicadores culturales que modifican nuestro cerebro, por la presión del ambiente que nos rodea y que nos esclaviza a una ideología dominante. (Por cierto, y entre paréntesis, aconsejaría al autor que se olvidara del femenino memas, que utiliza siguiendo la opinión de Balari, para volver al masculino memes, que se acomoda mejor a la lengua española, por atracción analógica con los genes). La importancia primordial de los memes para el nacimiento de las religiones se fundamenta en la fuerza de la fe ciega, que “asegura, dice Dawkins, su propia perpetuación por el simple e inconsciente recurso de rechazar o desalentar una investigación racional”.
El abanico de problemas que nos desconcierta a partir de la negación del alma es apabullante y afecta a la libertad, la responsabilidad, la culpa, la moral y sus anejos de sacrificio o hedonismo, a la viabilidad de la voluntad y tantos otros misterios de origen psicológico, relacionados con el determinismo o indeterminismo de la persona. Por su parte, el discapacitado investigador más famoso de la historia, el catedrático inglés Stephen Hawking, que prefiere hablar de inteligencia, en vez de conciencia, proclama que todo se reduce a leyes químicas y físicas. Todo lo contrario de los visionarios animistas, como el sueco del siglo XVIII Swedenborg, quien declaró que tomaba el té con el mismo Jesucristo, como relata Borges, y conversaba con los espíritus angélicos, los cuales le impulsaban a demostrar científicamente la existencia e inmortalidad de las almas. A pesar de ser un gran científico, la demencia mística pudo con su vida. “Si las leyes científicas son correctas, Dios es un extraño y debe ser eliminado”, leía Puente Ojea en la revista Scientific American, hace un año, cuando remataba la redacción de este libro.
Las inmediatas consecuencias del mito animista es la de buscar al alma espiritual un destino final muy distinto al del cuerpo, condenado a la descomposición. De aquí la doctrina de la salvación, firme columna del edificio religioso. Salvación ¿de qué? De la desaparición, por supuesto. Si no ha de ser inmortal ¿para qué queremos el alma? Entrar con esta batería de argumentos contra el dualismo es dar la batalla por ganada, aunque el adversario, cegado por la fe, no se rendirá fácilmente. Descartando las demás religiones orientales, como el budismo y el jainismo, que también entran en sus consideraciones, Puente Ojea de dedica fundamentalmente a rebatir el mito cristiano, aunque, a grandes rasgos, lo mismo se puede aplicar a las religiones monoteístas bíblicas, el judaísmo y el islamismo, reivindicadoras de idéntico fanatismo mítico y exclusivista. Tan visionario fue Abraham como Mahoma o como el evangelista Marcos, discípulo de Pablo de Tarso, el judío que se convirtió en el creador del Cristo Redentor en un ataque epiléptico.
Pasando del método científico al histórico, Puente Ojea repasa sus conocidos argumentos sobre la fabulación evangélica, iniciada por Marcos y seguida por los demás evangelios canónicos, con rechazo interesado de los ochenta y tantos restantes, apócrifos para los primeros teólogos que dejaron establecido el canon. Por supuesto, la fabulación paulina del Cristo salvador vale tanto para la Iglesia Católica como para el resto de los cristianos, desde los luteranos a los ortodoxos, o a los cientos de sectas en que se hallan divididos los seguidores del Evangelio. Todos ellos, creyentes en Cristo, miles de millones, viven inmersos en el mito. Unos de buena fe, otros con engaño asumido y remunerado. El homo sapiens, homo religiosus por naturaleza, es de vida tan corta y tan frágil, que necesita agarrarse a un clavo ardiendo para defender su escaso patrimonio de felicidad, aunque sea imaginada y efecto de un meme heredado difícil de desarraigar. Como resumen de su pensamiento, el autor escribe que “la fe pospascual ha nacido de un salto histórico y teológico tan inverosímil que la única cuestión que queda por explicar es cómo se produjo ese salto. El evangelio de Marcos, a partir de la cristología forjada por Pablo veinte años antes, es un documento excepcional para descubrir la asombrosa tergiversación histórica que llevó del Jesús judío al Cristo de la fe”.
Finalmente, el mito político, consecuencia de la historia eclesiástica de los últimos veinte siglos, se entiende solamente a partir de la interacción entre los Estados y el complejo entramado de la Iglesia con el poder político desde el siglo V, que ha ido en aumento hasta que los súbditos se transforman en ciudadanos, por sucesivos golpes revolucionarios en el Occidente cristiano. En España, cuya historia conoce bien el diplomático Puente Ojea, las sucesivas etapas monárquicas o republicanas han perfilado unas relaciones con altibajos, sin llegar nunca a la armonía ideal entre ambos poderes, que solamente se puede conseguir mediante la adopción de la doctrina laicista, que supere la insuficiente declaración constitucional de no-confesionalidad. El laicismo no es enemigo de ninguna religión, ni de creencias o convicciones, sino que las ampara a todas por igual. Una conciencia libre es el requisito primero de todas las libertades que pueda reclamar un individuo. Esta decisiva conquista intelectual y política, definida como supremacía de la libertad de conciencia sobre todo otro poder es el signo y nota distintiva de Occidente como cuna de la doctrina de los derechos humanos. Por ello, concluye el autor, el Estado no debe tener preferencia por ninguna convicción religiosa, atea o agnóstica, sino limitarse a protegerlas a todas en su existencia legal, “como lo hace con cualesquiera otras asociaciones civiles de derecho privado”.
Los mitos son creencias infundadas, supersticiones que han derivado en costumbre, pajarracos de enormes alas que ocultan el sol de la verdad, pero que, de hecho, orientan la vida de miles de humanos de ayer y de hoy a los que debemos respetar pero que conviene instruir para que salgan de su voluntaria ignorancia. En este sentido, creo que Gonzalo Puente Ojea no nació para diplomático, sino para destruir los mitos que dominan a la mayoría de la humanidad. Su vida no tendría sentido si sólo hubiera sido embajador ante la Santa Sede; el sentido de su vida está contenido en la impagable Biblioteca Gonzalo Puente Ojea, que perdurará para enseñanza y desmitificación de las futuras generaciones. VANDALIO.
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18 Febrero 2008
El triunfo de David sobre Goliat, de Poussin.
Cuando un mito (es decir, un engaño) tiene raíces religiosas, nada hay más difícil de desarraigar. Los altorrelieves de las fachadas de las catedrales españolas de Santo Domingo de la Calzada y Santiago de Compostela, primorosamente cincelados por artistas románicos en el siglo XIII, dan fe de una creencia mantenida durante más de un milenio, que venera a David como el rey ejemplar de Israel, tocador de la cítara y autor de los salmos bíblicos, no sólo entre su pueblo judío, sino con la importancia suficiente para ser presentado públicamente en los pórticos de las iglesias cristianas. Hay sabemos que ni los salmos (al menos en su mayoría) son suyos ni su vida fue tan ejemplar como nos quieren hacer creer los creyentes en el dios del Antiguo Testamento. Dos arqueólogos judíos, Israel Finkelstein, catedrático en la universidad de Tel Aviv, y Neil Asher Silberman, del Center for Archeology de Bélgica, autores de La Biblia desenterrada, han publicado recientemente otro libro fundamental: David y Salomón. En busca de los reyes sagrados de la Biblia y de las raíces de la tradición occidental (2007), donde se precisa cómo evolucionó la leyenda de estos reyes judíos, y cómo esta leyenda configuró la historia. Anteriormente, Jonathan Kirsch había publicado en español otro estudio desmitificador: David. La verdadera historia del rey de Israel (2002), en el que ya aparecía a grandes rasgos la personalidad del rey-pastor: violento, sanguinario, manipulador, falto de escrúpulos. David ya no es la imagen idealizada en un contexto religioso, sino una persona de carne y hueso, con grandes pecados sobre sus espaldas. Ni la Iglesia Católica se atrevió a santificarlo.
Pero la leyenda bíblica sigue todavía con buena salud. A ello no sólo han contribuido los artistas de la gubia (recordemos a Miguel Ángel) y del pincel (Pussin), los asombrosos colores de las vidrieras góticas, que pasaron a la historia como “la Biblia de los pobres”, ni las miles de ediciones de la Biblia que inundaron las bibliotecas de Occidente. Además del papel, el celuloide contribuyó no poco a la exaltación de los grandes protagonistas del Antiguo y del nuevo Testamento. El personaje del rey David, intocable para el fanatismo judío, fue encarnado en la pantalla por actores de relieve, como Gregory Peck, Jeff Chandler, Timothy Buttoms y Richard Gere, que llevaron su distorsionada figura a la mente de millones de espectadores. Para un conocido comentarista, creyente por supuesto, el rey David es “piadoso, poeta excepcional y uno de los personajes más sugestivos de la historia universal, epítome de todas las virtudes que adornarían a los israelíes en los milenios venideros”. No se pueden decir más necedades, ni más mentiras en menos palabras. Para los que creen en un Cristo mesiánico, de la dinastía de David, la respuesta más documentada y demoledora, profecía por profecía, se puede encontrar en el más reciente libro de MiltonAsh, Jesús, el falso Mesías (2008).
Fuera de los relatos bíblicos, no se sabe prácticamente nada del rey David, cuya misma existencia ha sido puesta en duda, aunque en el primer libro de las Crónicas se dice, interesadamente, que “la fama de David se extendió por todas las regiones, pues Yahvé le hizo temible a todas las naciones” (14, 17). Parece que se han perdido algunos libros sagrados que lo confirmaban: “Los hechos del rey David están escritos en la historia del vidente Samuel, en la Historia del profeta Natán y en la historia del vidente Gad” (I Cro 2, 29-30), ninguno de los cuales se conocen. Pero lo que sí conocemos por la Biblia es suficiente para señalar a David como un “sádico asesino genocida, malvado, inmisericorde e hipócrita”. Estos adjetivos no son míos, sino que pertenecen a los comentarios que aparecen en el tomo II de la obra La Biblia ante la Biblia, la Historia, la ciencia y la mitología, publicado en 2006 por MiltonAsh, quien continúa con meticulosidad en el tomo III (2007) sacando a luz las incongruencias, las contradicciones y sobre todo la extrema crueldad de esta “novela del pueblo judío”, como titulé uno de mis artículos sobre la Biblia, cuyas páginas destilan sangre de víctimas inocentes. El autor agrega este párrafo que no necesita comentario: “David, el más grande antepasado del Mesías cristiano, tiene el dudoso honor de ocupar un lugar preferente entre los más grandes sádicos y asesinos de todos los que pueden encontrarse en la Biblia, tanto que hasta Moisés y Josué, otros dos criminales, se darían vergüenza de hacerse una foto con él”.
En efecto, no hay más que acudir a la Biblia para comprobar la veracidad de estas afirmaciones. Como se puede ver en I Sam 27, antes de convertirse en rey vivió de la rapiña y el botín que obtenía de saquear a sus víctimas; y después de suceder al desobediente Saúl, cumplió todas las órdenes de exterminio dictadas por Yahvé: conquistó la fortaleza de Sión, derrotó y aniquiló a filisteos, moabitas, amonitas, arameos, edomitas y cuantos “ocupaban” la tierra supuestamente destinada por Yahvé a los israelitas. Porque, como confesó, siguiendo estas órdenes, “persigo a mis enemigos hasta exterminarlos” (II Sam 22). A los habitantes de Rabbat “los sacó fuera y mandó que unos fuesen aserrados, haciendo pasar sobre otros trillos forrados con puntas de hierro, y despedazarlos con cuchillos” (II Sam 12, 26-31). En otro lugar: “David saqueaba estas tierras, sin dejar con vida ni a hombres ni a mujeres, y se apoderaba de las ovejas y bueyes, asnos, camellos y vestidos” (I Sam 27, 8)).
La popular historia del pastor David cortando la cabeza del gigante Goliat no parece cierta a los estudiosos, que la toman como una fabulación para aumentar la gloria de David. Pero sí lo son, cotejadas con la historia, las anécdotas sobre su vida guerrera o sexual. Todo relatado en los dos libros de Samuel, en los Salmos, en Crónicas y en Reyes. La conocida como Biblia de Jerusalén arguye, con toda naturalidad, que la invasión de un territorio ocupado y la masacre de sus habitantes es legítima porque responde a una orden divina. David tenía treinta años cuando subió al trono (1010 a C.), y reinó durante cuarenta años, en los cuales no tuvo tregua para los enemigos. En I Sam, 28 se narra cómo David, para obtener como esposa a Mical, la hija del rey Saúl, salió con su tropa a matar a doscientos filisteos, con la sola intención de rebanarles el prepucio, que fue la condición para la boda, a la que no fue fiel, porque tuvo once hijos de otras esposas y múltiples concubinas (II Sam 5). Pero esto no obsta para que fuera bisexual, puesto que amaba sobre todas a Jonatán: “Tu amor fue para mí más delicioso que el amor de las mujeres” (II Sam 2,26). Enamorado de Betsabé, ordenó que su marido Urías fuera enviado a primera línea de combate, donde finalmente murió, dejándole el campo libre para poseer a Betsabé, que fue la madre de Salomón, hijo del adulterio y usurpador del reino de Israel, que le correspondía al primogénito, Adonías. David infringió la ley de Yahvé, que condenaba a muerte a los adúlteros, pero en este caso le perdonó, “y el Señor estaba con él” (II Sam 12).
Ciertamente, la moral puede variar con las épocas y las sociedades, pero hay una ética universal a la que no parecen seguir estos héroes bíblicos, aunque repugnan tanto hoy como ayer. David es un modelo de hipocresía, rezando a su dios mientras comete los más horrendos crímenes. Es un pecador, que mata para conseguir sus deseos sexuales, que tortura sin misericordia, despreciando vidas y haciendas. Pero, según los salmos, él no se siente culpable de nada: “mi boca no ha pecado como hacen los hombres…por los caminos de tu ley he guardado mis pasos, de tus senderos no se han ido mis pies” (Salm 17, 3-5). “No lleves mi alma con los pecadores, ni mi vida con la de los hombres sanguinarios, estos que tienen las manos llenas de crímenes” (Salm 26, 9). Como buen criminal, era además hipócrita y mentiroso, el polo opuesto de la ejemplaridad que debe adornar a todo monarca, sobre todo cuando cree que ha asido investido por la divinidad. Vandalio.
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21 Octubre 2007

En el ocaso de la Edad Media, cuando los seguidores de Cristóbal Colón estaban pisando el Nuevo Mundo, y en Europa se alumbraba un nuevo día, con el cambio cultural que conocemos como Renacimiento, el dibujante germánico Michael Wolgemut dejaba sobre el papel una xilografía coloreada que ponía de manifiesto la alegría de los esqueletos mondos y lirondos, que salían bailando de sus tumbas en un macabro festejo de huesos pelados. A estos alegres vencedores de los rollizos gusanos el pintor les recordaba su gratificante futuro, anunciado por las doctrinas religiosas, cuando tituló el grabado, fechado en 1493, como La resurrección de los muertos.
A diferencia de las medievales Danzas de la muerte, que anunciaban la pérdida de los placeres terrenales, este grabado supera el terror suscitado por el fin de la vida y la sátira de las vanidades que mueven a los humanos en su desesperado tránsito por el planeta Tierra. Ya quedaban superados, entre otros, los grabados de Hans Holbein el Viejo, y Wolgemut se enfrenta con acierto a una visión distinta, pero también basada en las creencias cristianas. Ahora lo que prima en el grabado es la alegría por la resurrección de los cuerpos, que asume la sociedad renacentista, en su ciego optimismo por la continuidad de la vida, predicada enlos púlpitos de Europa. En España se hacen eco de las preocupaciones medievales algunos poetas, casi todos clérigos, que escriben diálogos y farsas teatrales sobre este mismo tema durante el siglo XVI, desoyendo el optimismo procedente del norte de los Pirineos. El tema llega hasta la segunda parte de Don Quijote de la Mancha (1615) donde los protagonistas se cruzan en el camino con una compañía de cómicos que representan Las Cortes de la Muerte, seguramente la obra de Luis Hurtado de Mendoza. Por ninguna parte la alegría de la resurrección, ni siquiera en los autos de Calderón o los Sueños de Quevedo.
La creencia en la resurrección de los muertos no es original ni privativa del cristianismo. La idea de un más allá fue imaginada desde el comienzo de la especie humana, pero la resurrección y posterior retribución individual tras la muerte no queda explicitada hasta la religión irania fundada por Zoroastro en el siglo VI a.C., cuando Palestina sufrió la cautividad de Babilonia (286 a.C.) durante dos siglos, tiempo suficiente para influir en los orígenes ideológicos del judaísmo. Así lo afirma el profesor Antonio Piñero en Orígenes del cristianismo (1991). En los escritos bíblicos se narran algunos hechos milagrosos, como los realizados por los profetas Elías y Eliseo, que resucitaron a dos niños, pero que murieron después. El profeta Ezequiel, por su parte, tuvo una visión profética en la que anuncia que la Casa de Israel resucitará un día, como pueblo, para vivir en la tierra prometida (Ez 37:10).
En el Nuevo Testamento ya se relatan más casos de resurrección de difuntos, como Lázaro, que también murieron después, pero todo parece una preparación para el dogma básico de la doctrina cristiana: la resurrección de Jesús, el Cristo, que asciende a los cielos para vivir eternamente con el Padre. Lo cierto es que, antes de Cristo, ya hubo en la leyenda popular otros ilustres resucitados, como Osiris, Attis, y Mitra. Pero en vida de Jesús, el judaísmo oficial no estaba muy definido en esta materia. Mientras los fariseos sí creían en otra vida, los saduceos la negaban. El cristianismo primitivo, con Pablo de Tarso a la cabeza, toman la creencia farisaica como el pilar básico de la nueva religión. Lo más importante, insustituible en el credo cristiano, es la resurrección gloriosa y triunfante de Cristo, porque, como dijo Pablo a los suyos, “Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe”.

Cristo resucitado, según el Greco
Hasta entonces, siempre se había hablado de la resurrección de los muertos, pero san Clemente es el primer Padre de la Iglesia que habla de la resurrección de los cuerpos, que el catecismo católico ha transformado con mayor crudeza en la resurrección de la carne, creencia que propone como indispensable para la salvación. Es el título que puso Luca Signorelli, a su grandioso fresco de Orvieto (Resurrection of the Flesh) según el credo católico. No sólo el catolicismo predica la resurrección de todos los muertos en cuerpo y alma. También dicen lo mismo casi todos los protestantes y los ortodoxos, aunque estos lo remiten al final de los tiempos. Para la misma fecha reservan los musulmanes el día del Juicio de Alá, en el que los justos irán a vivir en un lugar de delicias, descansando eternamente a la sombra de los frescos jardines del paraíso. Bien es cierto que no todos los católicos creen a pies juntillas cuanto enseña la doctrina, ni cumplen sus preceptos. En España, aunque el 64% de católicos creen en la existencia del alma, bajan al 51% los que creen en otra vida, y al 39% quienes piensan que resucitarán en cuerpo y alma. Los absolutamente fieles creyentes no pasan del 40%. Pero, naturalmente, la verdad no depende de los números.
En todo caso, creer en al resurrección es sólo cosa de fe. Nada en la ciencia puede amparar esta creencia. Es absolutamente imposible que unas células que no solamente han muerto, sino que sus átomos se han convertido en partes de otro ser, puedan volver a unirse para hacer resucitar un cuerpo ya inexistente. Aunque en el caso de Jesús el cuerpo no estaba descompuesto todavía, su resurrección se hace de forma “gloriosa”, es decir, con unas cualidades que no tenía antes de morir. Vencedor de la muerte, ese cuerpo –como el de todos los justos- está destinado a vivir para siempre, sin posibilidad de una nueva muerte. Es un cambio de materia que la ciencia no puede admitir. El cuerpo resucitado (en el supuesto del creyente) no es el mismo que el cuerpo anterior sujeto a la muerte. Por tanto, si resucitara a nueva vida, no sería yo sino otra “persona” distinta. Cuántos pensadores, incluidos los cristianos, se han hecho la misma pregunta: ¿cómo van a reunirse de nuevo las partes de mi cuerpo devorada por animales carroñeros o insectos y gusanos, ya desaparecidos a su vez? ¿Y qué decir de la incineración, que repartirá mis células entre el polvo de la tierra y el solar invisible de los vientos? No es preciso insistir demasiado, sabiendo que no todos los huesos están prestos para alzarse de sus tumbas y danzar frenéticamente de alegría. Porque, en la mayoría de los casos, ya no hay huesos a los que dar vida.

Cristo resucitado, según Rubens
Por las mismas razones es absurdo y cruel pensar en un “cielo” de cuerpos “resucitados”. ¿Qué cuerpos? ¿Los mismos del momento de la muerte? ¿Por qué no, con veinte años, en plena juventud? ¿Y qué decir de los miles de millones de seres humanos que han vivido con taras hereditarias, con deformaciones y mutilaciones, con enfermedades mentales como el autismo o la demencia? Si el cielo prometido es así, será sin duda el más agobiante de los infiernos, cuyos habitantes producirán espanto, no alegría sana y felicidad completa. Aunque las religiones monoteístas se apresuran a enseñar que la omnipotencia divina -¡naturalmente!- todo lo puede y a todos resucitará con unos cuerpos modélicos. Es como si se pretendiera una nueva creación, con seres nuevos, que ya no tienen nada que ver con esta desgraciada humanidad. ¡Qué farsa! ¡Qué engaño manifiesto, contando siempre con la mansedumbre y sometimiento de los fieles! La promesa eclesiástica de una eterna felicidad no es más que un cuento agradable para niños. Si Dios existiera, habría de ser necesariamente sólo espíritu inmaterial. Y si los humanos estamos llamados a acompañarle en esa aburridísima eternidad, habríamos de ser también espíritus, algo incompatible con la razón, con la experiencia de mi personalidad y con la doctrina que nos quieren imponer sobre la resurrección de los cuerpos, dogma de fe impresentable de las religiones monoteístas. Vandalio.
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14 Febrero 2007

Ciencia y fe
El profesor Eduardo Punset afirmaba hace poco que “la barrera entre ciencia y sociedad saltará por los aires en los próximos años” (Cara a cara con la vida, la muerte y el universo. Barcelona, 2004). Esta afirmación presupone que hasta hoy la sociedad ha vivido de espaldas a la ciencia, o al menos que una sutil barrera de incompresión la ha separado de ella, mientras era dominada por la teología, una pseudo-ciencia basada en las enseñanzas dogmáticas de la fe. Esto ha ocurrido ininterrumpidamente desde los orígenes de la humanidad hasta nuestro siglo XVIII. Desde entonces acá los avances de la ciencia han sido tales que cada día se ha ido profundizando más el abismo que separa la ciencia moderna de las anticuadas creencias, incluso las amparadas por la filosofía.
Alguien podrá escandalizarse del calificativo de”pseudo-ciencia” aplicado a la en otros tiempos sagrada teología. Pero no hace falta mucha elocuencia para convencer de que no pueden ser admitidos entre las ciencias, exclusivamente experimentales, unos estudios cuya finalidad es meramente explicativa, consistente en la exposición de unos dogmas de fe, sin posibilidad alguna de negarlos ni mucho menos someterlos a la experiencia. La teología da por supuesta la creencia, carece de libertad para opinar fuera de la fe y se aleja cada vez más de la ciencia, aunque haya sesudos maestros que intenten enseñarla en pomposas universidades públicas o privadas. El objeto de sus elucubraciones, fundamentadas en libros antiguos y fantasiosos, cuando no claramente crueles, inmorales y manipulados, como la Biblia judeo-cristiana, que tratan de algo tan incognoscible como los atributos de un ser eterno, producto de la humana imaginación, que ha recibido varios nombres a lo largo de la historia, pero que en nuestro mundo occidental moderno conocemos como Dios, a la vez creador, conservador, redentor y juez de esta pobre humanidad.
Un ensayista cristiano y español de nuestros días, Enrique Miret Magdalena, preso de su insistente interés por encontrar un nuevo“dios”, integrador de todas las corrientes religiosas que circulan por el mundo, se pregunta ingenuamente en su último libro: ¿Dónde está Dios? (Madrid, 2006). Ingenuidad que supone que un ser infinito tiene que “estar” en algún sitio (o en alguna doctrina). Se considera un teólogo, pero se aparta de los dogmas cristianos y postula una religión universal, un entente cordial, un consenso de creyentes en un Dios hecho a medida de todos y cada uno, sin dogmas excluyentes ni doctrinas centrífugas: una religión unitaria que a todos contentara, sin excluir a nadie. La ingenuidad del presunto teólogo “progresista” es muy similar a la de los políticos que pretenden implantar en el planeta Tierra una gran Alianza de Civilizaciones. Pero mucho más absurdo por tratarse de doctrinas religiosas, de temas espirituales, que no dependen de la voluntad humana. Todo es un voluntarismo sin posible éxito.
Desde sus orígenes, la humanidad ha convivido con las más diversas creencias en dioses extraterrestres, invisibles y despóticos amos de vidas y haciendas. Nuestros ignorantes antepasados han creído a pies juntillas cuanto su fantasía les señalaba como verdades evidentes. El sol y la luna eran “discos” luminosos, pero no globos materiales o esferas suspendidas en el aire por efecto de la atracción universal. Los puntos luminosos de una noche estrellada estaban en un mismo plano, cuando hoy sabemos que las distancias que los separan pueden ser de millones de años-luz. Los humanos que comienzan a preguntarse por los fenómenos naturales a partir del siglo XVII, fabricando microscopios y telescopios, saben que sus hipótesis contradicen lo escrito en la Biblia, libros sagrados donde los creyentes encontraban todas las respuestas. Pero, después del Renacimiento, y sobre todo, desde la Ilustración europea del siglo XVIII, la libertad de pensamiento alimenta el espíritu crítico que desembocará en la gran explosión científica del siglo XX. ¡Pero sólo aceptada por la minoría que, enfrentándose a los postulados religiosos, reconoce los avances de la ciencia! Para la inmensa mayoría de los humanos, sin embargo, el planeta Tierra sigue siendo el centro del universo, y el ser humano está en la cima de la evolución animal, como soberano que puede hacer y deshacer a su gusto con los demás seres vivientes, puestos ahí por un creador para su servicio y sustento.
Por eso, uno de los problemas para que las ideas científicas sean populares es la afirmación de que los seres humanos no somos especiales, sino que formamos parte de una misma naturaleza. ¿Cómo convencer a un creyente dogmático de que el hombre no ha sido creado por ningún designio superior, de que forma parte de una misma materia que los demás animales y plantas, que es fruto de una evolución de la especie, o de que está construido con los mismos átomos (unos 200) que las piedras o los insectos? Cada ser se distingue por la peculiar disposición de estos átomos, que pueden formar minerales cristalizados o neuronas cerebrales, según su peculiar combinación. ¿Qué mayor humillación para el hombre que el saber que su origen está en las bacterias, microbios desconocidos para nuestros abuelos? ¿O que, sin la desaparición de los dinosaurios, hace 65 millones de años, nunca hubiéramos existido? Extinguidos (a lo que parece por gigantescos movimientos sísmicos y volcánicos, según las últimas teorías) estos gigantescos depredadores, cuya existencia nadie conocía a comienzos del siglo XX, pudieron vivir y desarrollarse en nuestro planeta unos pequeños mamíferos, que, pasados millones de años, darían origen a la especie humana, una entre miles.
La vida de nuestra especie ha estado sumida en la superstición y en las falsas creencias hasta hace bien poco tiempo, cuando la ciencia ha alcanzado su madurez, para demostrarnos con argumentos irrefutables que los antiguos misterios están cada día más al alcance del entendimiento humano. No ha llegado a sus últimas consecuencias, pero sin duda llegará. ¿Quién, entre los sabios de los últimos siglos, podría siquiera intuir que el átomo está compuesto de partículas aún más pequeñas? Recordemos que átomo, palabra griega, significa “sin posibilidad de división”. Pues bien, en 1986 recibió el premio Nobel de Física por sus trabajos en los laboratorios de IBM en Zurich, el científico Heinrich Rohrer, que descubrió las partículas elementales de que se compone el universo en el STM (Scanning Tunneling Microscope). La nanotecnología, palabra ajena al vocabulario científico de nuestros padres, estudia ya con precisión las partículas infinitesimales que se esconden tras los átomos, aproximándose con paso firma a la demostración última de que la energía y la materia con la misma cosa, algo impensable antes de Einstein. La física cuántica, que no puede ser ajena a ningún científico experimental, explica ya muchos de los antiguos misterios.
Pero si las creencias físicas de nuestros mayores, y no digamos de los antepasados primitivos o medievales, han sido sobrepasadas por las experiencias y demostraciones científicas del siglo XX, las creencias míticas (o espirituales) se han ido desmoronando con la misma rapidez, aunque todavía sigan vigentes en la conciencia de la mayor parte de los humanos. Entre éstos, son precisamente los científicos quienes deben reconocer que la ciencia y la fe van por caminos opuestos. No se entiende que un científico honesto, al tanto de todos los descubrimientos, pueda conciliar lo que sabe por la ciencia y lo que admite por la creencia religiosa. Si por deducción filosófica, con Lucrecio a la cabeza, se han ido incorporando a las filas del ateísmo multitud de humanos pensantes de todas las épocas, no es menos cierto que esta incorporación se ha basado hasta hoy en elucubraciones mentales, sin fundamento científico, que llevó la duda a casi todos los filósofos, incluyendo a los más grandes, como Descartes, Spinoza, Kant o Voltaire, a no cuestionar la existencia de un dios creador. Quienes se atrevieron a llegar a las últimas consecuencias de la inexistencia de ningún tipo de dios, carecían de conocimientos científicos, como el cura francés Jean Meslier, que publica el primer libro ateo, aparecido en 1729, con el título de Demostraciones claras y evidentes de la vanidad y falsedad de todas las divinidades y de todas las religiones del muindo. Tras él, otros filósofos, como el barón de Holbach, La Mettrie, Helvetius, Feuerbach, Nietzsche, proclamaron su ateísmo sin tener más argumentos que los puramente filosóficos. La ciencia de su tiempo no permitía otras conclusiones.
Pero ya, después de la gran explosión de hallazgos científicos del siglo XX, no hay excusa posible para la superstición religiosa. Quienes prefieran la fe que calma las dudas de la mente a la razón que indaga y a la ciencia que encuentra la respuesta a esas dudas, no pueden ser contados entre los verdaderos científicos. En los laboratorios de la biología molecular, de las neurociencias, de la astrobiología, y demás centros de experimentación, es donde se van articulando las verdades que explican el origen, funcionamiento y significado de la naturaleza, de la que todos formamos parte. La física y la química, el estudio del cerebro y de la vida animal han sustituido a la filosofía en el conocimiento de la verdad. El sapere aude kantiano (¡atrévete a saber!) ha sido ignorado por los filósofos apocados, pero el testigo ha sido recogido por los científicos que carecen de escrúpulos religiosos. Quien se someta a los postulados de la creencia religiosa nunca podrá ser un científico imparcial y creíble porque carece de libertad. Ciencia y creencia van por caminos tangenciales que nunca podrán encontrarse. Cada uno lo ve según su propio observatorio. Es el mundo al revés, sin posibilidad de unirse en la misma óptica.
Vandalio
fap1931@telefonica.net
servido por Francisco
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2 Diciembre 2006

Recreación del Big Bang
en flores secas, por FAP.
El título no es muy original, pero responde acertadamente al intento de esta reflexión. Hace años escribí un artículo reconociendo que “Somos hijos de la luz”. Y es muy cierto, si pensamos que la luz solar alimenta a los vegetales mediante la fotosíntesis. Pero en la actualidad, los conocimientos científicos han avanzado lo suficiente como para decirnos que también somos “nietos” de las estrellas.
Esta afirmación me parece ridícula, más poética que real, pero la lectura de libros científicos me obliga a revisar mis prejuicios. He de comenzar aceptando la teoría del Big-Bang, por la cual, según los astrónomos, el universo al que pertenezco empezó hace entre diez y veinte mil millones de años por una explosión inicial, que aún continúa, y de la cual emergieron las fuerzas físicas básicas y las partículas elementales de la energía. Así comenzó el tiempo, pero también el espacio, repleto entonces de partículas subatómicas (protones, neutrones y electrones) a una temperatura de diez mil millones de grados, que se fue enfriando progresivamente. Qué motivó esta explosión excede, hoy por hoy, mi capacidad de comprensión.
Pero, aceptado este comienzo, lo que sigue es, quizás, de mayor interés. Porque la vida aún no era posible en ninguna de las nubes de gases que se fueron enfriando durante miles de millones de años. Sin embargo, como afirma la ciencia, el universo venía lleno de información, porque sin ella no podría cambiar ni expandirse. Debería regirse por algunas leyes, como la gravitación, ley fundamental que afectará a ese mismo universo hasta el fin de sus días (si es que le espera algún fin).Gravitación que, del mismo modo, es la fuente última de la vida y de la complejidad que la acompaña. Es decir, que la vida no es un milagro, si hemos de creer a los científicos. Aunque esa vida, durante millones de años, se reduzca a los microorganismos que poblaron la Tierra como antecesores de plantas y animales. Era temporal que recibe el nombre de “Era de las Bacterias” (Stephen Gay Gould, en Life’s Grandeur, trad. como La grandeza de la vida, 1997) ya que estos minúsculos seres serán los únicos pobladores del planeta durante 3.800 millones de años, es decir, el 85% de su historia. (En 1980 se hallaron los fósiles más antiguos, estromatolitos fosilizados hace 3.500 millones de años).
Los astrónomos han descubierto también que los átomos son los mismos en cualquier lugar del cosmos accesible: carbono, oxígeno, hidrógeno, nitrógeno y fósforo. Elementos químicos indispensables para la vida, sobre todo el carbono, inexistentes en el Big-Bang, cuyas temperaturas sólo permitían partículas simples como los protones y neutrones. La mayor cantidad del carbono del universo –elemento químico de que se compone gran parte de la materia orgánica, también mi cuerpo- procede, pues, de las estrellas, formadas posteriormente, que funcionan como reactores de fusión nuclear, quemando hidrógeno para producir helio, que se transformará en carbono. Por tanto, el material orgánico de la Tierra es sólo “ceniza nuclear” de aquellas miles de estrellas que brillaron y murieron mucho antes de que existiera el sistema solar.
Son varias las teorías científicas que pretenden explicar el origen de la vida en nuestro planeta (dando por descontado que se trata de “toda” vida, no sólo la humana). Origen que sigue en el misterio, pero en el que se investiga intensamente. La causa está en una molécula inicial, por supuesto, cargada de información genética, sobre la que sólo se puede teorizar; aunque, sin examinar su origen, sí se puede investigar sobre su procedencia. Como han demostrado múltiples investigaciones, las bacterias son microorganismos simples que se pueden adaptar a las condiciones más extremas, desde el calor al frío, siendo algunas resistentes a las radiaciones nucleares, a un medio salino o alcalino, pudiendo vivir tanto en las aguas antárticas como en los volcanes, alimentándose incluso de elementos venenosos como el azufre. Y parece poco probable, según los mismos científicos, que su procedencia sea de la superficie terrestre. Unos indican como segura las procedencia de zonas profundas pero fangosas, otros de los fondos submarinos, otros de las capas calurosas del subsuelo, en todo caso, de una “sopa primordial” en la que no podía faltar el agua.
Sin embargo, a principios del siglo XX tomó cuerpo la idea de “panspermia” o lluvia de micro-organismos procedentes de otros planetas (“semillas en todas partes”) que llegaron a la Tierra en meteoritos gigantes, dando por supuesto que la vida puede saltar de un planeta a otro. Aunque fuera cierto, el problema del origen de la vida no quedaría resuelto. Sin embargo, ya es un gigantesco avance que la ciencia haya podido establecer que la vida haya comenzado por una bacteria replicadora, de la que procede todo cuanto vive en este planeta. Todas las especies se han desarrollado por evolución, siguiendo las estrictas reglas de la selección natural, pasando de una rama a otra, sin descanso, en el árbol maravilloso, aunque incomprensible, de la vida. Pero el comienzo fue lento, durante miles de millones de años, en los que organismos microscópicos se instalaron –sea como fuere- aquí, en un viaje interestelar en el que, como hay que suponer, sólo pervivirían los más fuertes o capacitados, siguiendo las leyes evolutivas diseñadas por Darwin. Mi primer ancestro es, en cualquier caso, un “Adán microbiano”, no un peludo simio creado directamente por un Dios inventado.
También sabemos que cuando un organismo muere y se desintegra, sus átomos son liberados en el entorno. Es decir, son átomos eternos, que viajan de un ser a otro. “La simple estadística revela, dice Paul Davies, que el cuerpo de cualquier persona contiene aproximadamente un átomo de carbono procedente de cada miligramo de material orgánico muerto, con más de mil años de antigüedad...La próxima vez que usted mire su cuerpo, reflexione sobre la larga y azarosa historia de sus átomos y recuerde que la carne que usted ve, y los ojos con los que la ve, están hechos literalmente de polvo de estrellas”. Vandalio.
servido por Francisco
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