Oración desesperada

En la condición humana el amor va y viene: lo mismo que nace, con vocación de eternidad, muere y desaparece, sin que lo podamos evitar. Pero nada hay más doloroso que el amor no correspondido. Sin embargo, es algo inevitable y tan usual como el frío en invierno. ¿Quién puede decir que nunca ha sufrido un desengaño? El enamoramiento no siempre ha de ser mutuo, ni correspondido. Entonces el cerebro humano se rebela contra el mismo sentimiento amoroso, que puede convertirse en resentimiento, quizás en odio, anidando en el corazón un deseo de venganza, que amenaza con el rencor hacia el ser amado, pero que también destruye a quien lo sufre. Es el momento de acudir al mismísimo demonio (aunque no exista) para que calme la ansiedad del amante y siembre el amor en el corazón amado. Deseo que nunca se cumple. Es el momento de la Oración desesperada.
VANDALIO
A mi ángel malo
(Oración desesperada)
¡Ángel, más no puedo!
Las fuerzas me faltan.
Mil garfios candentes
mi cuerpo desgarran,
volviendo a rasgar, despiadados,
las rojas heridas de mi piel llagada,
abiertas de día,
de noche curadas.
Sentir dolorido que, cuanto
más duele, más grato es al alma.
Sentir de mis cinco sentidos,
dolor en mi sangre, ardor que me abrasa,
que alivia con fuego
mi seca garganta
y aplaca insensible
con hirviente agua
la sed del amor
que nunca se sacia.
Y duermo de noche
en mi triste cama,
soñando placeres
que sueña quien ama.
Delicias carnales
que mueren al alba.
Como el niño rubio que quiere la luna
y llora de pena y de rabia,
porque nunca puede cumplir su deseo,
logrando alcanzarla.
Mas tú sí que puedes llegar hasta donde
mi poder no alcanza.
En su alcoba duerme la niña que roba
la paz de mi alma.
Ve, pero en silencio. Cumple mis deseos
y colma mis ansias.
Llégate a su lecho,
tus manos alarga
y abraza suave su leve contorno
de diosa mimada.
Despacio acaricia,
saborea lento su perfil de nácar;
y después aprieta,
estruja, desgarra,
besa, chupa, muerde,
tritura, quebranta...
Como si en tus venas corrieran furiosas
harpías de negra venganza,
jaurías de lobos hambrientos,
de fauces satánicas;
como si en tus ojos ardieran los fuegos
de todas las fraguas.
Como si volcanes te hubiesen prestado
el calor hirviente de sus rojas lavas,
y el infierno mismo
sus voraces llamas.

Que tu abrazo ardiente, ángel de mis males,
sembrador eterno de mortal cizaña,
resucite al Eros que en su pecho duerme
y destruya el buitre que roe mis entrañas.

