La bitácora de VandalioTemas variados sobre humanismo, sociedad y religión2009-11-22T11:18:27+00:00
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CulturaMúsicathe-shaker: that blog/flickr/multimedia-aggregator kind of thingLa bitácora de Vandaliohttp://s3.amazonaws.com/lcp/fap/myfiles/pinocho65x65.jpghttp://fap.lacoctelera.net/post/2009/11/22/ojos-no-ven-150OJOS QUE NO VEN (150)2009-11-22T11:18:27+00:002009-11-22T11:18:27+00:00
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<p align="center"><strong>La cristiandad (16)</strong></p>
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<p>Pero no todo es miseria moral. Casi todos los pontífices supieron, aunque fuese en provecho propio, proteger y favorecer a los artistas que, bajo su mecenazgo, fueron autores de grandiosas obras de arte. Aunque sufrieron daños irreparables a lo largo de muchos siglos, la conservación, restauración y embellecimiento de las basílicas romanas fue preocupación de todos los papas, porque fortalecían ante el pueblo la grandeza del pontificado. San Juan de Letrán, en la que hubo cinco concilios en el siglo XII, fue destruida por un incendio en 1308 y por un terremoto en 1349. La reconstrucción se prolongó durante cuatro siglos, terminándose en 1732. San Pablo Extramuros, que fue saqueada por lombardos y sarracenos (siglos VIII y IX) fue destruida completamente por un incendio en 1823. El papa Pío IX la consagró de nuevo en 1850. Santa María la Mayor, adornada con el campanario más alto de Roma por Gregorio XI en 1378, fue devastada durante el saqueo de Roma (1527) y consagrada de nuevo por Benedicto XIV (1740-58). El Museo del Capitolio, el más antiguo del mundo, fue abierto al público en 1471 por el papa Sixto IV, en la plaza del Campidoglio, con la famosa colección escultórica de filósofos y emperadores antiguos.</p>
<p>Pero la ‘joya de la corona' es la basílica de san Pedro, construida de nuevo por el papa Julio II, que bendijo la primera piedra el 18 de abril de 1506 y fue consagrada en 1626 por el papa Urbano VIII. En ella trabajaron, como es sabido por todos los turistas, los mayores genios artísticos del Renacimiento, con los arquitectos Bramante, Miguel Ángel y Bernini, y decorada por Rafael y el propio Miguel Ángel, egregio autor de la inigualable Capilla Sixtina (restaurada en 1990-94). En las grutas vaticanas se encuentran las tumbas de la mayoría de los papas, excepto algunos, como el ya citado Pío IX, que prefirió estar solo en la cripta funeraria de San Lorenzo Extramuros. Pese a todo, para alguien sensible a la belleza del arte, sigue siendo verdad el reclamo publicitario: <em>Roma, Ciudad Eterna. </em>¡Cuántas veces, al contemplar tanto alarde de riqueza y grandiosidad, me he preguntado si Jesús de Nazaret se sentiría cómodo en estas deslumbrantes estancias, rodeado de tanto personaje deshonesto! La respuesta, por supuesto, es negativa. Pero después sigue otra pregunta, cuya respuesta aún no encuentro: ¿Cómo es posible que tanta inmoralidad haya conseguido pasar la barrera de los veinte siglos? ¿Tan ciega es la humanidad?</p>
<p>La cristiandad ha soportado la ruptura, una y otra vez, de sus miembros más reflexivos, ya sea de forma individual o colectiva. Hubo y hay, como sabemos, varios cristianismos, con graves distorsiones de la fe (Corrado Augias, <em>Investigación sobre Jesús, </em>Mondadori, 2006). A pesar de las reconciliaciones de 1274 y 1439, las Iglesias de Occidente (católicos romanos y protestantes) y de Oriente (ortodoxos griegos y rusos) continúan su camino separadamente en el día de hoy. Sus respectivos <em>credos </em>proclaman que son la verdadera Iglesia, pero se refugian en su fanatismo, sin dar su brazo a torcer, aunque ya en 1965 el papa Pablo VI y el patriarca Atenágoras I retiraron sus respectivas excomuniones.". Sin embargo, no hay persona algo instruida que no reconozca la falsedad del lema de Roma: "una, santa, católica y apostólica". Ni hay ninguna iglesia cristiana que sea "santa", dada la inmoralidad de sus dirigentes; ni es "una" en vista de tanta dispersión; ni es "católica", ya que solamente cubre una parte de la geografía religiosa del planeta; ni es "apostólica", por cuanto Pedro, muy probablemente, no fue obispo de Roma. Todo se reduce a palabrería publicitaria.</p>
<p>De los miles de sectas que se han segregado, por alguna razón teológica, o por inconfesables motivos amenazadores (Antonio Luis Moyano, <em>Sectas. La amenaza en la sombra, </em>Nowtilus, 2002) sólo destacaré una, la fundada por un ‘visionario' americano, Joseph Smith, que murió asesinado en 1844. Afirmaba tener revelaciones directas del mismo Jesucristo, que se quejaba de la cristiandad, corrompida en todas sus tendencias, y se decidió a reanudar la doctrina inicial del Evangelio, fundando una nueva iglesia, la de los <em>Mormones</em>, depositarios de la ‘verdadera fe'. Dio a su fundación el nombre de <em>Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos días.</em> Es una de las más de 2.500 sectas cristianas que hacen de Estados Unidos un ‘supermercado de las religiones'.Tal diversidad hace, de hecho, inoperante el Consejo Mundial de las Iglesias, con sede en Ginebra desde 1948. Son más de dos mil millones los cristianos, pero el Dios al que adoran, Jesucristo, no guarda ningún parecido con el humilde judío de Nazaret, que vivió y murió crucificado en el siglo I de nuestra Era.. En cualquier caso, la razón y la fe jamás irán unidas en ningún movimiento religioso. La fantasía y la imaginación que provocan las ‘visiones' espirituales siempre nacerán en un ‘lugar' del cerebro humano distinto de la coordinación racional. En otras palabras, como decía Holbach, "la fe desaparece en el momento en que se razona...La verdadera tolerancia y la libertad de pensamiento son los auténticos antídotos contra el fanatismo religioso" (<em>El cristianismo al descubierto, </em>Laetoli, 2008).</p>
<p>Faltan en este libro muchos temas que deben ser considerados al tratar de la cristiandad, como el sacerdocio, la liturgia, los sacramentos, la eucaristía, los milagros, la santidad, las misiones, la oración, la mujer, la obediencia, la gracia santificante, el pecado, las devociones, las apariciones marianas, la persecución del pensamiento libre y tantos otros que no pueden entrar en este breve resumen sobre la historia de la cristiandad, que no continúo hasta la actualidad porque es materialmente imposible. La censura y quema de libros ha sido una constante en esta historia eclesiástica que por sí sola merecería un tratado aparte, ya que "para quienes aspiran a controlar y dominar las conciencias, el libro y la hoja escrita son siempre un enemigo en potencia" (Juan G. Atienza, <em>Los pecados de la Iglesia, </em>Martínez Roca, 2000). Algún día me informaré lo suficiente para poder difundir esta gran equivocación de la Iglesia católica, que nunca ha respetado la libertad, carcoma de su doctrina.</p>
<p>Algunos ‘pecadillos' ("errores", en versión edulcorada) ya han sido reconocidos por el papa Juan Pablo II (1994), como la maldad intrínseca de la Inquisición, con sus millares de víctimas, algunas tan inocentes como Giordano Bruno, quemado en la hoguera en febrero de 1600. Pero la intención papal fue ‘rebajada' por presiones de la curia eclesiástica, intransigente siempre con la publicidad y el debate de sus ‘pecados', antiguos y modernos, que se deben ocultar para no empañar la memoria del cristianismo (tal ocurre hoy con la pederastia de los sacerdotes, problema de tal magnitud que ha dejado en la bancarrota a varias diócesis de los Estados Unidos de América). En edstos últimos tiempos la Santa Sede ha tomado contacto con disidentes cristianos, como los ortodoxos y anglicanos, con vistas a una unión que no hará cambiar la historia ni volverá a la sencillez evangélica. La falsedad es intrínseca a todas las confesiones.</p>
<p>Como el cambio no da tregua a la civilización, la doctrina cristiana no ha tenido más remedio que ‘acomodar' sus exigencias a los nuevos tiempos, aceptando algunas teorías científicas y la variante axiología que demoniza los horrores de épocas pasadas. Así ha ocurrido con la libertad de pensamiento y de expresión, con el reconocimiento de los derechos humanos y la abolición de la esclavitud, con la emancipación de la mujer y las interferencias en la política. No hay más remedio que reconocer, a pesar de su insistencia en antiguos ‘errores', que la Iglesia de hoy dista mucho de la historia ‘criminal' de siglos pasados. Lo que hoy escribo -y lo mismo se puede decir de miles de autores contemporáneos- me sentenciaría de inmediato a los horrores de la hoguera medieval y renacentista. No quiero hurgar más en la herida. (Continuará).</p>
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La bitácora de Vandaliohttp://s3.amazonaws.com/lcp/fap/myfiles/pinocho65x65.jpghttp://fap.lacoctelera.net/post/2009/11/20/ojos-no-ven-149OJOS QUE NO VEN (149)2009-11-20T09:24:16+00:002009-11-20T09:24:16+00:00
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<p align="center"><strong>La cristiandad (15)</strong></p>
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<p>No obstante las anteriores acusaciones, la gran estafa eclesiástica se produjo en el siglo VIII, con la creación de los Estados Pontificios, ‘donación' a la "Sede de Pedro" hecha por el rey de los francos Pipino el Joven (741-768), el primer rey <em>cristianísimo </em>de Francia y padre de Carlomagno. El entonces papa Esteban III (752-757) reclamó su ayuda para expulsar a los lombardos de Roma y de todo el norte de Italia, cosa que hizo en sangrienta guerra, mereciendo el agradecimiento del papa, que lo ungió en París como "rey por la gracia de Dios", prohibiendo a los francos, bajo amenaza de excomunión, que jamás eligieran reyes de otro linaje (!). Gratitud por gratitud, Pipino (que había usurpado el trono) le obsequió no sólo con la ciudad de Roma liberada, sino con el exarcado de Rávena y otros territorios del norte italiano que, a partir de entonces, formaron parte del "patrimonio de San Pedro". El sucesor, su hermano Paulo I, exaltaba a los francos como "pueblo santo", hijos predilectos de la Iglesia.</p>
<p>Pero este título jurídico, tan legal en apariencia, se basaba en una monumental falsificación, la más productiva para la Iglesia, convertida por este fraude en un poder temporal, al que habían de someterse, con el tiempo, todos los soberanos de la Tierra. (¡Todo lo opuesto a la doctrina evangélica!). Los documentos falsificados, tanto civiles como eclesiásticos, son tan abundantes en la historia, sobre todo medieval, que Karl Deschner les dedica el tomo cuarto de su <em>Historia criminal del cristianismo. La Iglesia antigua: falsificaciones y engaños </em>(Martínez Roca, 1993). El de mayor trascendencia para la Iglesia fue el que exhibió el papa Esteban ante Pipino para ‘obligarle', por imperativo antiguo, a destruir a los invasores lombardos y a devolver a la Santa Sede todas sus posesiones, la llamada <em>Donación</em><em> de Constantino.</em> Se trata de un documento fechado el 30 de marzo de 315 por el que, supuestamente, el emperador Constantino declaraba que "la sagrada sede del bienaventurado Pedro será gloriosamente exaltada, aun por encima de nuestro Imperio...Dicha sede regirá las cuatro principales de Antioquía, Alejandría, Constantinopla y Jerusalén, del mismo modo que a todas las iglesias de Dios de todo el mundo...Finalmente, hacemos saber que transferimos a Silvestre, papa universal, nuestro palacio, así como todas las provincias, palacios y distritos de la ciudad de Roma e Italia, como asimismo de las regiones de Occidente". </p>
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<p>Naturalmente, todo era un engaño hábilmente elaborado por orden del papa, ya que nunca existió esa flamante <em>Donación de Constantino</em>. La impostura fue descubierta en 1440 por el humanista y canónigo de Letrán, Lorenzo Valla, pero la Iglesia Católia no lo ha reconocido así hasta el siglo XIX Esta y otras falsificaciones incluidas en el <em>Liber Pontificalis</em> han servido a la Iglesia durante siglos para fundamentar sus reclamaciones, tanto temporales como espirituales. Los Estados Pontificios, aunque han sufrido alguna modificación al compás de las variaciones políticas, han ocupado durante siglos el centro de Italia, hasta Bolonia, el Lacio y Rávena, desde el Mediterráneo al Adriático, hasta que fueron reducidos por el Pacto de Letrán (1929) a las actuales 44 hectáreas de la Ciudad del Vaticano, donde tiene su residencia el Pontífice desde el siglo XIV y donde se asienta la maravillosa Plaza de San Pedro, única en el mundo, tanto como la colosal basílica y los impresionantes Museos Vaticanos, conjunto el mayor y más visitado por los amantes del arte sublime, que anonada al visitante.</p>
<p>Las bellezas del Renacimiento y del Barroco están como encapsuladas en este poco espacio cuyo soberano es el Sumo Pontífice de la Iglesia católica, dueño y señor de este minúsculo Estado, desde donde ‘apacienta' el ‘rebaño' católico. El esplendoroso, al mismo tiempo que tenebroso, siglo XVI está dominado, en la Sede Apostólica, por apellidos italianos, los Piccolomini, Médici, Borgia, Carrafa, Ghisleri, dell Monte, Farnesio, Buoncompagno, Peretti, Aldobrandini, etc. Casi todos unidos por sus vicios particulares y por las crueldades encomendadas a la Inquisición, pero aún más por convertir a Roma en la gloria más envidiable de la humanidad. </p>
<p>El ateo León X (Médici) tuvo que excomulgar a Lutero por su rebelión. Su primo Clemente VII (otro Médici) hubo de sufrir el <em>saqueo de Roma</em> por las tropas imperiales. Paulo III (Farnesio) después de excomulgar a Enrique VIII de Inglaterra, murió de una terrible enfermedad vírica, con dolorosas llagas, que "obligaron a cortarle el órgano de la virilidad", como dice el cronista. Durante el pontificado de Julio III (1550-55) fue quemado en la hoguera, por orden de Calvino, el célebre Miguel Servet. En los cuatro años de Paulo IV (1555-59) los tercios flamencos y españoles ganaron la batalla de San Quintín, lo que obligó al papa a levantar la excomunión al emperador Carlos V, y asistió al cisma de Inglaterra, obra de la reina Isabel, que proscribió en sus dominios la religión católica y se declaró jefe supremo de la iglesia anglicana.</p>
<p>A Pío IV (otro Médici) que asistió al concilio de Trento (1561) le sucedió Pío V (después santo) que era inquisidor dominico, y por tanto, llevaba en las venas el deseo incontenible de la sangre de los herejes, perseguidos por la Inquisición, sobre todo a los calvinistas. Sabiendo que había en Roma 45.000 prostitutas de fe calvinista, ordenó su destierro, pero la Curia romana le advirtió de que "eran necesarias al clero, so pena de caer en la sodomía, y que, además, con su marcha se perdería la renta más productiva de la Iglesia". Animó a los príncipes católicos a exterminar a los herejes protestantes: A Felipe II de España contra los flamencos; a María Estuardo de Inglaterra contra su esposo y su hermano, ambos protestantes; al rey de Francia le ordenó que mandara decapitar a todos los prisioneros protestantes, "sin distinción de rango, sexo ni edad", tras la horrible noche de San Bartolomé. Fue canonizado por Clemente XI, el mismo que mandó decapitar a Gaetano Volpini por haber escrito un poema satírico contra el papa en 1720.</p>
<p>El último papa del siglo XVI, Clemente VIII (1592-1605) era un Aldobrandini, que se apoderó del ducado de Ferrara, al fallecer Alfonso del Este en 1597. Además de la avaricia, la lujuria, el pecado más repetido entre el papado antiguo, todavía renace en el siglo XVII con el papa Inocencio X (1644-1655), magistralmente retratado por Velázquez, cuya vida "fue un continuo escándalo", entregado a la pasión de Olimpia, su cuñada y amante. También en los siglos XVII y XVIII continuaron los ‘castigos' inquisitoriales, aunque en menor medida. El caso más imperdonable fue el del filósofo Pietro Giarinone, que fue torturado hasta la muerte en 1736 por haber apoyado la supremacía del rey sobre la del papado. La última víctima que se cita como ejecutada por hereje es Carlo Sala, el 25 de septiembre de 1765, aunque también se recuerda que Paolo Salvati fue ahorcado y cuarteado por haber robado una carta del papa en 1805 y Giuseppe Balzani decapitado en 1833 por ofensas al Sumo Pontífice.<em> Et sic de caeteris...</em>No le falta razón a René Chandelle al llamar a los papas <em>Traidores a Cristo </em>(Robinbook, 2006). Aunque parcial, esta es la historia 'secreta' de la cristiandad. (Continuará).</p>
La bitácora de Vandaliohttp://s3.amazonaws.com/lcp/fap/myfiles/pinocho65x65.jpghttp://fap.lacoctelera.net/post/2009/11/19/ojos-no-ven-148OJOS QUE NO VEN (148)2009-11-19T09:32:40+00:002009-11-19T09:32:40+00:00
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<p align="center"><strong>La cristiandad (14)</strong></p>
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<p>Las riquezas de la Iglesia católica aumentaron considerablemente desde que se decidió el ‘canje' de lo intangible espiritual por lo tangible material, una decisión que llevó a la ruptura de una parte sustancial de la Iglesia, acaudillada por Martín Lutero, Zwinglio, Calvino y otros ‘protestantes' del centro y norte de Europa. Me refiero a las famosas <em>indulgencias</em>, de ingrata memoria, error garrafal del papado del siglo XVI. En el <em>Diccionario de los papas</em> (Destino, 1963), se incluyen unas sorprendentes <em>Taxa Camarae</em> del papa León X, de la familia florentina de los Medici, cruel y despótico, pero también incrédulo, ya que su coetáneo Pico della Mirandola afirma que confesó ante algunos criados que "ni antes ni después de ser papa creyó en la existencia de Dios". Fue el inventor de las <em>indulgencias</em>, es decir, el perdón de los pecados en compensación por una ‘limosna' para la Iglesia. Las <em>Tasas</em><em> de la Cámara</em> son las tarifas de la Iglesia, aprobadas en 1517, para condonar las culpas. Constan de 35 artículos, publicados por P. Rodríguez como anexo a su libro <em>Mentiras fundamentales de la Iglesia católica </em>(Ediciones B, 1997). Citaré algunos, como ejemplo:</p>
<p>"El eclesiástico que incurriere en pecado carnal, ya sea con monjas, ya con primas, sobrinas o ahijadas suyas, ya, en fin, con otra mujer cualquiera, será absuelto mediante el pago de 67 libras y doce sueldos". Si el pecado fuere "contra natura o de bestialidad" la suma asciende a 219 libras. Si se tratase de una virgen, el desfloramiento le costaría 2 libras y 8 sueldos (¡en qué poco se valoraba la virginidad!). Por su parte, "la religiosa que quisiera alcanzar la dignidad de abadesa después de haberse entregado a uno o más hombres simultánea o sucesivamente, ya dentro, ya fuera de su convento, pagará 131 libras, 15 sueldos". Si de sangre se tratara, "la absolución del simple asesinato cometido en la persona de un laico, se fija en 15 libras, 4 sueldos, 3 dineros". Pero "si el asesino hubiese dado muerte a dos o más hombres en un mismo día, pagará como si hubiese asesinado a uno solo".</p>
<p>Entremos en la vida familiar: "El marido que diese malos tratos a su mujer, pagará en las cajas de cancillería 3 libras, 4 sueldos; si la matase, pagará 17 libras, 15 sueldos, y si la hubiese muerto para casarse con otra, pagará además 32 libras, 9 sueldos". También era frecuente el infanticidio, porque se declara que "el que ahogase a un hijo suyo pagará 17 libras, 15 sueldos...y si lo mataren el padre y la madre con mutuo consentimiento, pagarán 27 libras y un sueldo por la absolución". Las culpas de los padres recaen en los hijos, a tenor de la tarifa que dice: "El hijo de hereje quemado o ahorcado o ajusticiado en otra forma cualquiera, no podrá rehabilitarse sino mediante el pago de 218 libras, 16 sueldos, 9 dineros" (¡200 libras más que por matar a un hijo!). La licencia para poner un puesto de venta en el pórtico de las iglesias costaría 45 libras, pero el contrabando se perdonaría por 87 libras.</p>
<p>También los frailes, a pesar del voto de pobreza, estaban obligados al pago de una tarifa especial de 45 libras "si quisiere pasar la vida en una ermita con una mujer", la misma cantidad que por "vestir trajes de laico". La demencia no termina aquí sino que se extiende a "los bastardos" y los laicos "contrahechos o deformes", los "eunucos" o los "hijos de padres desconocidos" que quisieren recibir órdenes sagradas y gozar de beneficios", ya que todos ellos estaban excluidos por norma eclesiástica de la "sagrada unción del sacerdocio". Para conseguir esta licencia bastaba con abonar algunas libras, desde las 15 que se pedían a los bastardos, hasta las 310 de los eunucos. (¡Era un sacrilegio ser ‘ungido' sin tener ‘a punto' los órganos viriles!).</p>
<p>Me resulta inexplicable, no obstante, que la tarifa por la consagración para los tuertos del ojo derecho fuera cinco veces mayor que para el tuerto del ojo izquierdo (!). <em>Tarifas, tasas, indulgencias</em>, <em>venta de reliquias, beatificaciones, </em>todo es lo mismo: acumulación de beneficios pecuniarios por la ‘venta' de beneficios espirituales. La denuncia ‘protestante' por estos abusos de poder supuso para la Iglesia católica la pérdida de más de doscientos millones de cristianos europeos en el siglo XVI. Lo que no impide que esos ‘protestantes' hayan cometido tantos abusos como los católicos. No hay más que recordar la vida de Enrique VIII, que se autoproclamó "cabeza de la Iglesia" de Inglaterra, sin escrúpulos para decapitar a cuantos se oponían a sus abominables deseos, carnales o políticos. <strong></strong></p>
<p>Durante el siglo IV se había consumado, gracias al poder del dinero, la obra infernal de aniquilación del ‘espíritu' de Jesucristo, a quien renunciaron sus dirigentes por amor al lujo, la codicia y la ambición, aunque manteniendo la ‘ficticia' máscara de servidores de un Dios inexistente, pero amable y misericordioso, al que traicionaron sin que se percataran sus fieles creyentes. Fue una obra maestra de la hipocresía. Pero esta deshonrosa ‘transformación' continuó en los siglos posteriores, hasta que, con la llegada del siglo XIX, se fueron ocultando más y más las groseras costumbres eclesiásticas y el rostro ‘visible' de la Iglesia se fue moralizando y acercando a la demanda espiritual de los creyentes, aunque sin renunciar a lo conseguido mediante el engaño y el cinismo. Esta postura acomodaticia tiene su contrapartida en la constitución <em>Pastor</em><em> aeternus</em>, del concilio Vaticano I (1870), convocado por el papa Pío IX, fanático y mujeriego, según la biografía redactada por Rodríguez-Solís (<em>La santidad del Pontificado</em>, El Museo universal, 1986), gracias a la cual se convirtió en dogma católico la <em>infalibilidad </em>pontificia, con la cual no estaban de acuerdo más de doscientos prelados, que se ausentaron de la sala para no votar semejante despropósito (August B.Hasler, <em>Cómo llegó el Papa a ser infalible. Fuerza y debilidad de un dogma, </em>Planeta, 1980).<em> </em></p>
<p>Para la Iglesia, ‘el fin siempre justifica los medios". (¿No soy el Vicario de Cristo? se pregunta el papa, y se responde a sí mismo, convirtiéndose en ‘Dios en la Tierra'. ¡Pobre Dios, que tiene semejantes ‘vicarios'!). "La Iglesia católica necesita ser fundamentalista para así continuar sobreviviendo", afirma el teólogo alemán (disidente) Horst Herrmann, autor de una obra demoledora: <em>Dos mil años de tortura en nombre de Dios </em>(Flor del Viento, 1996), donde se especifica que la Iglesia está segura porque la gente busca seguridad ante todo, aunque sea un fraude eclesiástico, porque "siempre es más fácil buscar la seguridad que la libertad". Baste para completar esta información, la lectura detallada del libro de Gonzalo Puente Ojea, <em>Fe cristiana, Iglesia, poder </em>(Siglo XXI, 1991), en cuyo último capítulo "Siempre igual a sí misma", se dice que "una dilatada experiencia histórica nos muestra que la ignorancia ha sido y sigue siendo la aliada natural de la Iglesia y el mejor preservativo de la fe". (Continuará)</p>
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La bitácora de Vandaliohttp://s3.amazonaws.com/lcp/fap/myfiles/pinocho65x65.jpghttp://fap.lacoctelera.net/post/2009/11/18/ojos-no-ven-147OJOS QUE NO VEN (147)2009-11-18T09:49:11+00:002009-11-18T09:49:11+00:00
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<p align="center"><strong>La cristiandad (13)</strong></p>
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<p>Las enseñanzas de Jesús sobre las riquezas son tan explícitas que resulta sorprendente el descaro con que la Iglesia (es decir, sus pastores y teólogos) las quiere enmascarar con sofismas impresentables. Leemos en Marcos y en Mateo la sentencia más estremecedora: "Es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino de Dios" (Mc 10:25) y "Os digo en verdad que difícilmente entrará un rico en el Reino de los Cielos" (Mt 19:23). A una pregunta comprometedora, responde Jesús: "Las zorras tienen madrigueras y los pájaros del cielo nidos; en cambio, el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza" (Mt 8:20 y Lc 9:58).</p>
<p>Una de las bienaventuranzas condena el amor a las riquezas: "¡Ay de vosotros, ricos, porque ya tenéis vuestra consolación!" (Lc 6:24) que se completa con la controvertida leyenda de la <em>Biblia BAC</em>: "Felices los que tienen espíritu de pobres/ porque suyo es el Reino de los Cielos" (Mt 5:3). El dinero es incompatible con la entrega a la divinidad, como se lee en Lucas: "Ningún criado puede ser esclavo de dos amos. No podéis ser esclavos de Dios y del dinero" (Lc 16:13). Finalmente, es el desprendimiento de las riquezas la mejor garantía de alcanzar la felicidad eterna: "Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos bolsas que no envejezcan, un tesoro inagotable en los cielos, donde no llega el ladrón ni hace estragos la polilla; pues donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón" (Lc 12:33-34).</p>
<p>La Iglesia primitiva siguió puntualmente estos consejos evangélicos (en algunos casos fueron condenados por ‘herejes') los cuales respondían a las enseñanzas judías del Antiguo Testamento, para cuyos autores el dinero, madre de todas las maldades, conduce al infierno. Doctrina que respetaban escrupulosamente los esenios y los primeros cristianos, que practicaban la caridad poniendo parte de sus bienes en una ‘caja común'. "A cada uno se repartía según su necesidad", se lee en los <em>Hechos </em>(4:32). Como dice Deschner, "la semilla cristiana fructificó en un sustrato de pobreza". Parece que esta caridad fue el factor que más contribuyó al éxito apostólico. El mismo Tertuliano, algo después, escribió que "todo lo tenemos en común, salvo las mujeres". Pero pronto la tensión doctrinal sobre la pobreza comenzó a relajarse. No mucho, al principio, pero lo suficiente para que, en el siglo II, ya las comunidades cristianas no fueran solamente de pobres. El hereje Marción, que aceptaba el mensaje de Jesús, era un acaudalado naviero del Mar Negro, que se movía en el mundo romano del comercio, presidido por <em>Pecunia</em>, diosa del dinero.</p>
<p>El papa Calixto I era banquero (‘prestamista') al ser elegido a principios del siglo III, y fue el que ordenó que los vasos necesarios para la liturgia fuesen de plata. Posteriormente, los Santos Padres comenzaron a ‘interpretar' la riqueza en sentido opuesto a la doctrina evangélica. San Gregoirio Nacianceno ve en las riquezas un don de Dios, y san Basilio aconseja la caridad por ‘egoísmo': "Quien da a un pobre, presta al Señor y obtiene su lucro" (¿capitalismo inicial del cristianismo?). El sofisma llega a las obras de san Juan Crisóstomo, el gran orador ("Pico de oro") cuando escribe que "En aquellas cosas más importantes, el pobre y el rico están equiparados: ambos participan del placer del aire y del agua, de toda la naturaleza. Y ambos tienen la posibilidad de alcanzar la eterna bienaventuranza". Para san Agustín son "necesarias y provechosas" las diferencias sociales: "lo censurable no es el dinero, sino la codicia", con lo que bendice las riquezas eclesiásticas, que pone al mismo nivel del Estado: "Es forzoso que haya propiedad privada del Estado y de la Iglesia". En todo caso, los bienes de la Iglesia quedan ‘justificados' como "propiedad de los pobres" (!). </p>
<p>El abandono de la primitiva ‘caja común' tuvo lugar en cuanto aparecieron las diversas jerarquías para el ‘servicio' de la Iglesia, ya que, siguiendo la doctrina de san Pablo, quien se entrega al servicio del altar, debe vivir del altar. El inicio de esta vida comunitaria fue la concentración en una sola ‘bolsa', la del obispo, de cuanto se recogía, para después distribuirlo entre los más pobres. Así se fue acumulando, además del poder económico, inevitablemente, el poder temporal y la fortuna personal del episcopado. Pero las donaciones no se limitaban a la limosna, sino que, a medida que el cristianismo se iba extendiendo a otras capas sociales, llegaban a manos del obispo herencias cuantiosas y fincas rústicas y urbanas en todas las comunidades del Imperio.</p>
<p>Al parecer, la primera fue en Roma, a comienzos del siglo II, una finca en la via Ardenatina, propiedad de la princesa Donatila, pariente del emperador Diocleciano, de la cual se conservan las catacumbas de su nombre. Según Deschner, "en el siglo III la iglesia de Roma poseía dinero suficiente para ayudar a 46 presbíteros, 7 diáconos, 7 subdiáconos, 42 acólitos y 52 exorcistas, además de socorrer a más de mil quinientos pobres". En los albores del siglo IV, la iglesia de Alejandría poseía una flota mercantil propia, con sus correspondientes astilleros. La de Constantinopla, numerosas fincas y más de mil locales comerciales, anejos a los más concurridos baños públicos, también de su propiedad. Todo fue posible gracias al <em>Edicto de tolerancia</em> (313) por el que las diócesis cristianas se convirtieron en corporaciones titulares de derechos jurídicos, entre ellos el de patrimonio.</p>
<p>Otras fuentes de ingresos fueron, desde la protección de Constantino, los continuos ‘regalos' del emperador, como las basílicas romanas, y el palacio lateranense, futura residencia papal, los bienes confiscados a los templos paganos y a los herejes convictos, la usura y la venta de cargos al mejor postor, costumbre documentada sin posible duda en todas las historias eclesiásticas (<em>simonía</em>). El nombre viene del ‘hereje' Simón el Mago quien, en el siglo III, quiso comprar los ‘poderes del Espíritu Santo'. Ya en el siglo IV, gracias a tanta abundancia de bienes, y al reparto ‘familiar' de esos mismos cargos y prebendas (<em>nepotismo</em>) se ahondó el abismo que separaba a ricos y pobres. En la iglesia oriental, los emperadores cristianos también rivalizaron en mimar a las comunidades de su imperio. El más destacado fue Justiniano (527-575), que construyó la catedral de Santa Sofía en cinco años, dando ocupación a diez mil obreros y reconoció por primera vez la primacía de la sede romana. Pero estas ‘subvenciones' y la protección del poder civil no son suficientes para explicar el vuelco doctrinal que sufrió el cristianismo en unas pocas generaciones. (Continuará)</p>
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<p align="center"><strong>La cristiandad (12)</strong></p>
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<p>El siglo XIV comienza con Benedicto XI, que murió envenenado (1304). Clemente V fijó su corte en Aviñón en el año 1309 y fue famoso por vender toda clase de dignidades. Avaro de riquezas, pactó con el rey francés la persecución y extinción de los Caballeros Templarios, para apoderarse de sus cuantiosos bienes. En un solo día de octubre de 1307 fueron entregados a la hoguera el Gran Maestre y sus colaboradores. El papa Benedicto XII, que falleció "cubierto de llagas producidas por sus escandalosos vicios" en 1342, según el historiador La Chatre, era "hijo incestuoso de Juan XXII y de su hermana". Con el papa Urbano VI, arzobispo de Nápoles, papa de Roma, y Clemente VII, papa de Aviñón, consagrados el mismo año de 1378, comienza el gran cisma que ensangrentó a Europa durante medio siglo.</p>
<p>Cada uno tenía sus fieles, incluso entre los santos, porque santa Catalina de Siena era partidaria de Urbano y Vicente Ferrer de Clemente. Cisma que prosiguió con Bonifacio IX y Benedicto XIII, el famoso y terco español <em>Papa Luna</em>, que terminó sus días sin abdicar de la tiara en su retiro de Peñíscola a los 90 años, después de haber sido condenado en el concilio de Pisa (1417) por contumaz, hereje y cismático. Pero el cisma continuó durante el siglo XV. Frente a la contumacia de Benedicto XIII, se fueron sucediendo en Roma Inocente VII, Gregorio XII Alejandro V, Gregorio XII, Juan XXIII y Martín V, hasta que, finalmente, falleció el aragonés en 1424, al parecer, envenenado, dando fin al cisma en julio de 1429.</p>
<p>Uno de los más indignos papas del siglo XV fue Juan XXIII, el ‘hermoso' cardenal Baltasar Cossa, coronado en 1410. "Hombre sin fe, se burlaba de las leyes divinas y humanas... Desfloró religiosas, tuvo incesto con su cuñada y violó a sus tres hermanas", dice el historiador La Chatre. "Degradado del sacerdocio, fue conducido a la hoguera con una túnica en la que se leía la palabra ‘hereje' y una coraza inquisitorial con diablos y llamas pintadas". (Tomando su nombre, el papa Juan XXIII del siglo XX quiso eliminar de la historia papal a su abominable antecesor haciendo creer que no existió. Pero el pasado, aunque se pretenda borrar, existe para siempre).</p>
<p>Como se temía, en mayo de 1453 la ciudad de Constantinopla, rival de Roma, cayó en poder de los turcos, durante el pontificado de Nicolás V, al que siguió el anciano de Valencia, cardenal Alfonso de Borgia, que subió al papado con el nombre de Calixto III (1455-58), el primero de una saga sacrílega que se continúa con el cardenal Enas Silvio Piccolomini (1458-1464) que tomó el nombre de Pío II, cuyos ‘amores' con algunos mancebos fueron condenados por el pueblo, y sus escritos lo "deshonran para todos los siglos". Paulo II, su sucesor, era tan afeminado que "se pintaba como las mujeres". Al franciscano Sixto IV (1471-1484) le acusa el escritor Maquiavelo de haber desflorado a sus dos hermanas siendo cardenal, y según otro historiador, "estableció lupanares públicos que le valían veinte mil ducados anuales". Por fin, el valenciano Rodrigo Borgia, sobrino de Calixto III, fue elegido papa el 11 de agosto de 1492, al mismo tiempo que Cristóbal Colón ponía pie en tierras americanas. Con su amante Catalina Marozia tuvo nueve hijos, el último de los cuales fue la hermosa Lucrecia, a la que convirtió en su concubina (¡¡). Gobernó la Iglesia con el nombre de Alejandro VI, de indigna memoria.</p>
<p>A partir del siglo XV el papa actuó como un soberano temporal, abandonando la espiritualidad de la institución que presidía ‘de carácter divino', pero convirtiendo a Roma en un foco cultural de admirables consecuencias. Sin embargo, si pienso que el siglo XV sobrepasó en corrupción a los anteriores y fue el precursor del todavía más corrompido siglo XVI en la historia de la cristiandad, saco la conclusión de que mis padres no me hubieran bautizado si hubieran conocido que la hipocresía eclesiástica ha ocultado sistemáticamente tales horrores de inmoralidad en sus dirigentes, cada vez más alejados de las enseñanzas morales y doctrinales del <em>Evangelio </em>cristiano.</p>
<p>Llegado a este punto, debo retroceder un milenio para profundizar un poco más en las razones de ese cambio tan drástico de comportamientos en los seguidores de Jesús de Nazaret, cuya divinidad predican sin poner el menor empeño en seguir sus huellas de honestidad, piedad, mansedumbre, austeridad y desapego a las riquezas mundanas. ¿Qué tiene que ver la Iglesia primitiva con las aberraciones que la han manchado en su historia posterior? En frase que tomo de Antonio Gala, "a los más despreciables papas los engulle el tiempo y los digiere". Como a todos nosotros. Pero ninguna institución debe olvidar su pasado, aunque esté manchado por los pecados de algunos de sus miembros. Todos forman parte de la masa, y si la levadura es de mala calidad, se resentirá el resultado final, que no será del gusto de todos. Pero la historia no se puede ‘recomponer' ni ocultar. Si la Cristiandad del siglo XXI quisiera cumplir ‘de verdad' con el mensaje de su fundador, lo que debería hacer es avergonzarse de su pasado, pedir perdón por sus pecados (como ha empezado a hacer tímidamente y sin verdadera contrición) y retomar el camino evangélico. El primero, y quizás el más difícil de cumplir, es renunciar a las riquezas materiales, que obstruyen la puerta del Reino de los Cielos. (Continuará).</p>
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<p align="center"><strong>La cristiandad (11)</strong></p>
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<p>Es imposible resumir en unas pocas páginas la Historia de la Cristiandad, tan rica en anécdotas y sucesos de toda índole, pero basta con unas pinceladas para comprender, con el refrán español, que "no es oro todo lo que reluce". Consolidada la primacía del obispo de Roma y su doctrina cristiana como la ‘oficial' de la Iglesia, no disminuyeron, sino al contrario, aumentaron las interminables querellas con las demás iglesias, que se oponían a ese primado y a su adoctrinamiento religioso, e incluso político. Cada grupo, empecinado en su soberanía, creía ser el depositario de la ‘verdadera fe' de Jesucristo, aunque ninguno de ellos la respetara, ni en la teoría ni en la práctica. En los siglos V y VI se van separando del papa de Roma pueblos enteros (Siria, Persia, Armenia, Etiopía) cuya independencia nacionalista se vio favorecida. paradójicamente, por la expansión del Islam, que las respetó al principio, sobre todo en Egipto.</p>
<p>Pero no se puede, al tratar del siglo X, orillar la ‘leyenda' de la posible<em> Papisa Juana</em><em>,</em> de cuya existencia dudan casi todos los historiadores, pero que su sola posibilidad da idea del negro abismo en que había caído la cristiandad en esos tiempos cubiertos de indignidad. Su ‘historia', relatada por Mariano Scoto, es recogida por Rodríguez-Solís en su citada obra <em>La santidad del Pontificado. </em>Prescindiendo de sus antecedentes, cuenta la leyenda que Juana (Isabel o Margarita en otros autores) se enamoró perdidamente de un monje de la abadía alemana de Fulda, donde ingresó disfrazada de hombre, con el nombre de Juan "el inglés", donde adquirió en pocos años una gran sabiduría. A sus veinte años, el hábito de monje ocultaba su identidad, y al fallecer su amante marchó a Roma, donde nobles, cardenales y frailes admiraban su talento, hasta el punto de proponer su candidatura para ocupar la silla de Pedro, cosa que consiguió al ser consagrada en la basílica de San Pedro, sin que nadie dudase de su condición masculina.</p>
<p>Ejerció el pontificado con sensatez y virtud, confiriendo órdenes sagradas, dando besar sus pies a los obispos y dirigiendo hábilmente la política de la Iglesia, hasta que se enamoró de un cardenal, que la dejó encinta. Continúa la relación con estas palabras: "En una procesión de rogativas, yendo a caballo, revestida de los ornamentos pontificales, al llegar a la basílica de san Clemente, los dolores de parto fueron tan grandes que soltó las riendas y cayó del caballo, lanzando horribles gritos hasta que, destrozadas las sagradas vestiduras, dio a luz un niño mientras expiraba. Allí mismo la enterraron con su hijo, que fue ahogado por los sacerdotes. Se levantó sobre su tumba una estatua de mármol como <em>papisa</em>, que fue destruida por Benedicto III pero cuyas ruinas aún se veían en el siglo XV". No termina aquí la historia porque, a partir de entonces se estableció la costumbre de la <em>silla horadada</em>, que estuvo vigente hasta el pontificado de León X , en el sigo XVI. En ella hacían sentar al papable, con las piernas abiertas para "mostrar su virilidad". Dos diáconos lo palpaban y confirmaban su masculinidad al grito de "¡Ya tenemos papa"! La historia de Juana puede ser pura leyenda, pero esta ceremonia no se puede entender sin ella.</p>
<p>Los primeros años del siglo XI fueron testigos de una escandalosa ‘subasta' que tres papas reconocidos como tales y consagrados, Benedicto IX, Silvestre III y Juan XX, que en la misma Roma convivieron y pactaron, vender en pública subasta, después de gastar grandes bienes eclesiásticos en orgías nocturnas, la cátedra de san Pedro. El que ofreció la mayor suma fue entronizado bajo el nombre de Gregorio VI en el año 1044, pero dos años después fue depuesto por el emperador Enrique III por haber comprado la tiara. En 1053 el papa León IX, benedictino alemán, luchó contra los normandos, al frente de las huestes cristianas, cubierto, al estilo caballeresco, con coraza, lanza y espada. Veinte años más tarde, el cluniacense Gregorio VII entró en el cónclave a los sesenta años, protegido por gente armada. Era tal su fe en el poder papal que dejó escrito: "El poder espiritual se encuentra por encima del temporal. El papa es el representante de Dios en la tierra y el que debe gobernar el mundo. A él solo pertenecen la infalibilidad y la universalidad, y sólo puede ser juzgado por Dios. Los cristianos se encuentran sometidos a sus órdenes y deben degollar a sus príncipes, padres o hijos si él lo manda. No existe ni el bien ni el mal, sino en las cosas que el papa ha condenado o aprobado". ¿Algún otro déspota o tirano ha dicho algo semejante a lo largo de la historia?</p>
<p>Otro monje cluniacense, proclamado papa con el nombre de Urbano II (1088-1099), fue quien preparó la primera <em>cruzada</em> contra los árabes, a petición del emperador bizantino Alejo Comneno, que le prometió el reconocimiento de ‘obispo universal' y el sometimiento a Roma de todas las iglesias si conseguía que los príncipes de Occidente acudieran a Oriente para librarle del enemigo musulmán. Dicen los historiadores que consiguió reunir un ejército de seiscientos mil hombres y cien mil caballos, algo insólito hasta entonces, pero que no iban a defender la fe sino a saquear y atropellar cuanto encontraban a su paso, hasta el punto que algún historiador comenta que las doncellas se mataban por no caer en sus manos.</p>
<p>Del siglo XII el cardenal Baronio confiesa que "no parecía sino que el Anticristo gobernaba la Iglesia". Como cada ‘papable' tenía detrás un ejército dispuesto a sostener su causa, no es extraño que el papa Inocencio II y el antipapa Anacleto II fueran consagrados, por convenio pactado, el mismo día 23 de febrero del año 1130, siendo el primero cardenal y el segundo monje cluniacense. Estos y otros sumos pontífices que les sucedieron no conocieron día de descanso, luchando entre sí, con altercados, reyertas y excomuniones lanzadas de un papa contra otro. La primera acción en defensa de la doctrina fue por obra del papa Lucio III (1181-85) quien en un concilio del año anterior había autorizado la creación de la ‘Santa Inquisición', para perseguir y condenar al tormento y al fuego de la hoguera a los cristianos <em>valdenses</em>, herejes del sur de Francia, antecesores de los <em>bogomilos, </em>los <em>albigenses </em>y los <em>cátaros</em>, que sufrieron la misma suerte un siglo después.</p>
<p>Después de Urbano II, otros papas siguieron bendiciendo y animando a ir a las <em>cruzadas</em> contra el infiel: Gregorio VIII, Clemente III, Celestino III, Inocencio III, Honorio III, Gregorio IX, Inocente IV, Gregorio X, Martín IV y Nicolás IV, fallecido en 1293, después de haber hecho recaer sobre los frailes dominicos la responsabilidad de la horrible Inquisición. Fray Mateo París, autor de la historia del siglo XIII, escribe que "Roma es una infame prostituta que sobrepuja a Sodoma y Gomorra: los desarrapados frailes caen sobre los pueblos armados de bulas, se adjudican las rentas y al que rehúsa lo excomulgan, mientras papas tiránicos desprecian el Evangelio y saquean a los pueblos". Después de dos años de "Silla vacante" fue elegido el último papa del siglo XIII, Bonifacio VIII (1294-1303), a quien se le atribuye la máxima de "es necesario vender en la Iglesia todo lo que los tontos quieran comprarla". Los testimonios son tantos y tan variados que es imposible reducirlos todos a la condición de dardos envenenados contra la Iglesia. Ya lo dijo Jesús: "La verdad os hará libres".(Continuará).</p>
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<p align="center"><strong>La cristiandad (10)</strong></p>
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<p>Existe un <em>Diccionario de los papas</em> (Destino, 1963) poco fiable, si nos atenemos a las biografías ‘edulcoradas' que publica, pero que no oculta algunos de los pasajes más escabrosos del Papado. Por ejemplo, la vida de Benedicto V (964) quien al poco de ser proclamado violó a una joven romana y tuvo que salir huyendo hacia Constantinopla, llevándose parte del tesoro pontificio. "Finalmente, dice el profesor Rodríguez, halló la muerte a manos de un marido poco dado a compartir su esposa con nadie, por muy Santo Padre de la Santa Madre Iglesia católica que fuese, y su cadáver, acribillado por un centenar de puñaladas, fue arrastrado por las calles y arrojado a una alcantarilla".</p>
<p> Juan XV (986-996) fue, al decir de Mabillon, el primer papa que canonizó a los santos, a imitación de las apoteosis paganas, en la persona del obispo san Udalrico, en el año 993. El papa alemán Gregorio V (996-97) excomulgó al antipapa italiano Juan XVI, al que hizo pasear por la ciudad montado al revés sobre un asno, después de haberle cortado la nariz y la lengua y con las vestiduras rasgadas. El último pontífice del siglo X fue el estudioso químico Silvestre II (999-1003), llamado antes Gerberto, obispo de Rávena. Entre sus útiles inventos se recuerda el reloj con balancín, que estuvo en uso hasta 1650, en que fue sustituido por el péndulo.</p>
<p>Pero, en general, durante el primer milenio, la Sede Apostólica estuvo ocupada por algunos papas indignos, ambiciosos de poder, al que llegan sin escrúpulos, aunque la elección estuvo reservada desde 1274 al <em>cónclave </em>(‘cum clavis', bajo llave). Pero la indignidad llega a su cima cuando nos enteramos de que hubo papas que fueron hijos de sacerdotes, de obispos o de papas, el caso más evidente de lujuria y <em>nepotismo</em>. Entre otros, se citan los nombres de Bonifacio I (418-423), Félix III (483-492) y Agapito I (535-536), hijos de sacerdotes; Adriano II (867-872), hijo de obispo; Silverio (536-540), hijo del papa Hormisdas y Juan XI (931-935), hijo del papa Sergio III y de su amante Marozia, hermanastro de Alberico II (932-954), que los encarceló y asesinó.</p>
<p>Continuando la historia de estos "siglos oscuros", los historiadores de la Iglesia más ortodoxos llaman a los pontífices del siglo X "simoníacos, tiranos, sodomitas, ladrones y asesinos". Una serie de epítetos capaces de escandalizar al más timorato, si no hubieran sido dichos por personas tan adictas a la Iglesia como el cardenal Baronio. Del pontífice Sergio III (906-911) dice el mismo historiador eclesiástico que "es un bandido digno de la cuerda y el fuego, un monstruo execrable, que es imposible creer que haya sido papa legítimo". Uno de esos hijos del pecado fue consagrado papa con el nombre de Juan XI, ya citado, que "se entregó a incestuosos amores con su madre" ¿Cuántas de estas noticias, que manchan la historia de la Iglesia, han sido comunicadas a sus fieles creyentes? Es inevitable dirigir la mirada al pasado para entender el presente.</p>
<p>El erudito Muratori, en un escalofriante relato, nos cuenta cómo el papa Esteban VI (896-897) hace desenterrar el cadáver del papa Formoso I, nueve meses después de ser sepultado, para que lo juzgase un tribunal en la Basílica Lateranense, y lo declarase culpable de usurpación de la tiara. En consecuencia, Esteban ordena cortarle los tres dedos de la mano derecha con que bendecía al pueblo, se le corta la cabeza y el resto de su cuerpo es arrastrado por las calles de Roma para ser arrojado finalmente a las aguas del Tíber. En represalia, los secuaces de Formoso asesinan a Esteban por estrangulamiento. El papa Bonifacio VI (898), de vida escandalosa, sólo gobernó durante dos semanas, y murió envenenado. Antes de llegar al milenio, en este ‘maldito' siglo X, gobiernan la Iglesia 26 Papas, de los cuales nueve murieron asesinados (Esteban VI, León V, Cristóforo, Juan X, Juan XII, Bonifacio VII, Juan XIII, Gregorio V y Juan XVI).</p>
<p>Con Juan XII (955-963), retoño extramatrimonial de Alberico, la sede romana llegó a la bajeza más extrema, ya que no sólo "convirtió el palacio papal en un burdel", sino que, ajeno por completo a la responsabilidad de su cargo, gustaba de invocar a los dioses paganos, celebraba la misa sin comulgar y cometió incesto con sus hermanas, violando a cuantas devotas "peregrinas" llegadas a Roma se ponían a tiro. Este papa sacrílego fue el que coronó emperador a Otón I el 2 de febrero de 962, en San Pedro de Roma, dando comienzo el "Sacro Imperio Romano", que se mantuvo hasta su desaparición en 1806. Juan XIII (965-972) era también hijo de obispo según el ‘oficial' <em>Liber Pontificalis,</em> y hubo de entrar en Roma al frente de un ejército propio. El papa Juan XIV (983-984) estuvo preso durante cuatro meses en el castillo de Sant'Angelo por intrigas de Bonifacio VII (984) que le suplantó. De nada le sirvió, porque a los pocos meses el pueblo romano lo despojó de sus vestiduras pontificales, fue asesinado sin piedad y su cadáver arrastrado por las calles de Roma. El papa Juan XV (985) también fue hijo de sacerdote y hubo de huir de Roma. Le sucedió Gregorio V (996-999) biznieto del emperador alemán, de 24 años, que a los pocos días coronó en Roma como emperador a su primo Otón III.</p>
<p>Esto sólo en el primer milenio. En el segundo, baste recordar que el poeta italiano Dante Alighieri, en su <em>Divina Comedia </em>vio los tormentos que sufrían en el octavo círculo del <em>Infierno</em> tres papas de los siglos XIII y XIV: Nicolás III (1277-1280), Bonifacio VIII (1294-1303) y Clemente V (1305- 1314). Dante, como es conocido, era un ferviente católico. Durante todo el siglo XVI los papas siguieron con sus amantes y teniendo hijos sin ningún escrúpulo: Paulo III Farnese (1534-1549) era hermano de la amante de Alejandro VI y fue padre de varios hijos; también los tuvieron Julio II (1503-1513), Pío IV (1559-1565), Gregorio XIII (1572-1585) y el gran libertino Alejandro VI. Así es la historia, muy esquemática, de los obispos que han ocupado en los primeros siglos la Sede Apostólica. Pero hemos de tener presente también (sin que sirva de excusa) que eran malos tiempos, tanto para la historia política de Europa, como para la Iglesia, que ha de enfrentarse a las herejías del patriarca Nestorio, del obispo Pelagio y del archimandrita Eutiques, y finalmente a la arrolladora invasión de los bárbaros del norte, que comenzó en el año 410 con el saqueo de Roma por el rey Alarico, y de los sarracenos, con la invasión de la península ibérica en el año 711. (Continuará).</p>
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<p align="center"><strong>La cristiandad (9)</strong></p>
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<p>Las luchas y rivalidades de la jerarquía eclesiástica dieron lugar a rupturas cismáticas y a enfrentamientos físicos, a veces con derramamiento de sangre. La ambición podía más que el amor a Jesucristo. Se pueden contabilizar hasta 37 <em>antipapas, </em>porque las elecciones dependían del pueblo en los primeros tiempos y ninguno de los elegidos quería dar su brazo a torcer. La historia nos conserva los nombres de estos ambiciosos ‘luchadores' por Cristo, deseosos de poder más que de hacer el bien a los humanos: Cornelio contra Novaciano, san Hipólito contra san Calixto en el siglo III (¡los dos santos!); Marcelo I, Milcíades y Silvestre I, Liberio y Félix II en el siglo IV. En el año 378 un sínodo romano habla ya de obispos que amenazan de muerte a otros obispos, que les persiguen y les ‘roban' su obispado. El papa español Dámaso I (366-384) mediante el terror y el soborno venció a su oponente, el diácono Ursicino, con altercados sangrientos en la basílica de Santa María la Mayor, donde "con la tiara en la cabeza y la maza de armas en la mano" al frente de sus partidarios causó una terrible matanza. El emperador Graciano fue testigo del golpe de efecto que produjo el encumbramiento de Dámaso, el primer papa que hizo de Roma la única "Sede Apostólica".</p>
<p>Pero las barbaridades sangrientas fueron en aumento. El patriarca de Alejandría Proterio fue asesinado durante la misa del Jueves Santo, "por una furiosa turba de cristianos, cuyo cadáver despedazaron y quemaron", naturalmente, por motivos ideológicos. El papa Gelasio dejó en paz a los invasores godos, pero arremetió duramente contra las iglesias cismáticas de Oriente. Siempre por motivos políticos, bajo el pontificado de Anastasio II (496-98) tuvo lugar la conversión al catolicismo de Clodoveo, rey de los francos, y bajo el de Pelagio II (578-590) la de Recaredo, rey de los visigodos. La gran conmoción en el mundo cristiano, en este siglo VI, fue el asesinato del papa Silverio (536-537) por el que fue su sucesor, el criminal papa Vigilio (537-555), que fue encarcelado durante ocho años por el emperador Justiniano, y según cuenta su biógrafo, era tan colérico que "mató a bastonazos a un niño que no quiso acceder a sus infames caricias", siendo apedreado por el pueblo de Roma. También dice que los obispos africanos lo excomulgaron por "apóstata". Un brevaje "emponzoñado" la causó la muerte.</p>
<p>No obstante estos hechos delictivos, el emperador Justiniano (527-565) supuso el triunfo definitivo de la Sede de Roma, siempre que se doblegara a los deseos imperiales. A partir del papa Pelagio (556-561) se debía contar con la confirmación del emperador para la consagración papal. Se consolidaba así la sumisión de la Iglesia al poder civil, la fusión de política y religión, fundidos el Altar y el Trono, para eliminar de la faz de la Tierra a cuantos enemigos se alzaran contra la Iglesia católica, tanto doctrinal como administrativamente. Durante los siglos VII y VIII, a pesar de la invasión árabe en Europa, no cambiaron, antes bien empeoraron las bárbaras costumbres de la jerarquía católica, algunos de cuyos prelados no sabían ni leer ni escribir. Así, el papa Constantino (708-711) mandó arrancar la lengua al antipapa Félix, lo mismo que hizo Esteban III (768) con el arzobispo Teodoro y con el antipapa Constantino, al que ordenó sacar los ojos con un hierro candente, como hacía con todos sus opositores. ¡Así se comportaban los jerarcas eclesiásticos en esta verdadera Edad del Hierro del pontificado!</p>
<p>En su historia <em>La santidad del Pontificado </em>(El Museo Universal, 1986) el español Enrique Rodríguez-Solís suma hasta veinte pontífices que murieron envenenados, siendo uno de los primeros Sixto III (432-440) que consagró la primera basílica dedicada a la "Virgen María", cuya advocación de "Madre de Dios" fue sancionada en el Concilio de Éfeso del año 431, convocado por el emperador Teodosio II. El papa León I, el "Magno" (440-461) es figura destacada en el papado por ser el primero que se ensalzó a sí mismo con el <em>Nos </em>mayestático, que revela una arrogancia insuperable porque "Dios le había encumbrado a lo más alto". Ya no había diferencia entre el emperador y el obispo de Roma, que era ya, en el siglo V, "el mayor latifundista de todo el Imperio romano". Consecuente con sus ideas de dominio absoluto, tan contrarias al mensaje de Jesús, León cimentó y amplió las pretensiones del poder papal. Dejó escritos casi cien sermones y el doble de cartas, donde queda reflejado como un "déspota espiritual" y "señor feudal", que pretende elevar la condición sacerdotal por encima de la social, prohibiendo la ordenación, no sólo de esclavos sino de los que carezcan de un "linaje adecuado", al mismo tiempo que se humilla ante el emperador, halagándole su inerrancia en materia doctrinal, porque está iluminado por el Espíritu Santo, "que mora en Vos, y no hay error que pueda confundir a Vuestra fe". </p>
<p>La gloria más esplendorosa la alcanzó León en el año 452, cuando los hunos, con Atila a su cabeza, irrumpieron en Italia y se presentaron a las puertas de Roma. Presidiendo una comisión de legados imperiales, el papa León consiguió la retirada del invasor, lo cual le valió en la posteridad el honroso título de "salvador de Europa". La Iglesia católica le recompensó incluyendo a este tenaz ‘inquisidor' entre sus papas más insignes, elevándolo a los altares y reconociéndolo como "Doctor de la Iglesia" en el año 1754. A este título hay que sumar el de "Magno", que sólo comparte con Gregorio I (590-604), el primer papa benedictino, arrogante como el que más, ‘endiosado' en su condición de ‘pontífice máximo', que inició la costumbre de hacerse besar los pies por todos, incluso los monarcas. A su muerte fue objeto de un culto insólito que le condujo no sólo a la santificación sino, naturalmente sin pretenderlo, a la ridícula creencia en las reliquias, ‘milagrosamente multiplicadas', ya que, su cabeza, según piadosas tradiciones, se conserva en cuatro lugares: Constanza, Praga, Sens y Lisboa.</p>
<p>El rey Carlomagno, que volvió a Roma en el año 774, se quejó al papa, según dicen los cronistas, "de la horrible conducta del clero italiano, que compraba esclavas, vendía doncellas a los sarracenos y sostenía casas de juego y lupanares". Caso insólito en el papado fue lo ocurrido con Pascual I (817-824) que ordenó sacar los ojos y decapitar (algo muy común en la política de auellos ‘tiempos oscuros', pero incompatible con la ‘santidad' predicada por el Papado) en el mismo palacio de Letrán a dos funcionarios de la curia romana. Este suceso, que se repitió tantas veces en la historia, no tendría más relevancia si no fuera porque este papa fue declarado santo por obra del historiador César Baronio (finales del siglo XVI) pero borrado del santoral en 1963, cuando se hizo evidente a la Santa Sede la maldad intrínseca del papa Pascual.</p>
<p>En esta época comenzó la agria polémica sobre el culto cristiano a las imágenes, que terminaría por dividir al clero, enemistado entonces con el emperador, que se oponía a ese culto, pero que había sido admitido como dogma por la Iglesia en el año 795, siendo papa Adriano I. En represalia, el emperador de Oriente, León Isáurico, hizo destruir todas las imágenes de las iglesias, lo que agravó el cisma de Oriente, aumentado cuando el papa Martín I (882-884) excomulgó al patriarca Focio. Su sucesor, Adriano III (884-85) de quien se dice que "compró" el pontificado, fue el primero que cambió de nombre, pues antes se llamaba Agapito. El papa Esteban IV (896-97), que era hijo de una prostituta, fue destronado y encerrado en un calabozo. De él dice el cardenal Baronio que "nunca los papas cometieron tantos crímenes" en tan poco tiempo.</p>
<p>El papa Benedicto III (855-858) fue el primero que usó el título de <em>Vicario de San Pedro, </em>continuado por sus sucesores hasta el siglo XIII, en que se sustituyó por <em>Vicario de Jesucristo.</em> Del papa Juan VIII (872-882) dicen las crónicas de la abadía de Fulda que "murió a martillazos por los parientes de una dama romana, cuyo marido era el amante del papa" y deseaba sucederle. Los diez años de su ‘reinado' fueron particularmente belicosos ("furor bélico" dicen las crónicas) para defender y agrandar las posesiones pontificias, en especial contra los sarracenos, que vieron cómo el papa de Roma se ponía al frente de la primera flota papal y les arrebataba 18 naves en el Cabo de Circe. No invento nada. Estos escandalosos sucesos están narrados por los historiadores no comprometidos con la Iglesia, y que todos pueden consultar. Pero aún no había llegado el siglo X, cuando la podredumbre de Roma alcanzó su mayor hedor, mientras en Córdoba brillaba en todo su esplendor la cultura musulmana. (Continuará).</p>
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<p align="center"><strong>La cristiandad (8)</strong></p>
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<p>Algunas "mentiras" de la Iglesia, tanto doctrinales como morales, han sido recogidas en el libro de P. Rodríguez, <em>Mentiras fundamentales de la Iglesia Católica</em> (Ediciones B, 1997), que recomiendo por su claridad expositiva y su exhaustiva y documentada bibliografía. Una de las ‘mentiras' que se estudian en el libro es, precisamente, la que otorga al apóstol Pedro la "primacía" de la Iglesia, base teórica de la <em>infalibilidad </em>pontificia declarada casi veinte siglos después de nacer la religión cristiana, y cuyo lema publicitario, tomado del evangelio, figura en la grandiosa cúpula del primer templo de la cristiandad, la basílica romana de San Pedro: <em>Tu es Petrus et super hanc petram aedificabo ecclessiam meam et tibi dabo claves regni caelorum </em>("Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y te daré las llaves del reino de los cielos").</p>
<p>Ambas metáforas están tomadas del evangelio de Mateo (Mt 16: 18-19) pero según los obispos orientales fue un texto intercalado en el siglo IV por los partidarios del obispo de Roma, rivales del obispo de Constantinopla. Texto clave para la doctrina del pontificado que sólo aparece en Mateo, mientras que lo ignoran los demás evangelistas, como se debe recordar, ausencia que no se pueda explicar más que por la falsificación intencionada. Son palabras que Jesús nunca pronunció, según Deschner, o hay que interpretarlas, según la mayoría de los teólogos imparciales. Ni Jesús instituyó el papado, ni Pedro fue obispo de Roma. Hay más argumentos en su contra: en la iglesia de Jerusalén, los primeros cristianos obedecían a Santiago, el hermano de Jesús, no a Pedro. Por su parte, Pablo, el ‘apóstol de los gentiles', acusa públicamente a Pedro de hipócrita, impensable si lo considerase la máxima autoridad de la Iglesia. Además, el mismo Pedro en sus <em>Epístolas</em> nunca se pronuncia como máxima autoridad, cosa absurda si de verdad lo fuese. Aunque rehabilitado, Pedro tenía que sentirse avergonzado de haber negado cobardemente a Jesús, algo que sí relatan los cuatro evangelios sin excepción. Para mayor evidencia, el concilio de Jerusalén, del año 58, en el que Pedro tomó la palabra, no fue presidido por él, sino por Santiago, el hermano de Jesús, según las <em>Actas </em>(15: 13-22).</p>
<p>Los historiadores ponen en duda, incluso, que Pedro hubiese estado en Roma, ni que allí fuese martirizado, siendo su obispo, como dice la tradición. Ni de esto ni de nombramiento de sucesor se dice nada en ningún texto paleocristiano. En consecuencia, la comunidad cristiana de Roma fue fundada por desconocidos judeocristianos, aunque según ‘piadosas tradiciones' de la Iglesia primitiva (no antes del año 200) Pedro fue martirizado en la Via Apia y Pablo en la Via Ostiense, creencias aprovechadas por el emperador Constantino para engrandecer la capital del Imperio con la construcción en ambos lugares de sendas basílicas: San Pedro, en la colina Vaticana, y San Pablo "extramuros", en la Via Ostiense. La primera, iniciada en el año 324, fue bendecida por el papa Silvestre dos años más tarde. La segunda, muy reformada, fue consagrada por el papa Siricio en el año 390. Otras dos grandes basílicas, como se sabe, debe la cristiandad romana a Constantino: San Juan de Letrán, llamada también Constantiniana, y San Lorenzo Extramuros, dedicada por el emperador a la memoria del subdiácono español Lorenzo, de enorme popularidad, que gobernó a la Iglesia durante tres años de sede vacante (303-306) y fue cruelmente martirizado. Fallecido Constantino, aún se levantó una quinta basílica, Santa María la Mayor, en el Esquilino, gracias a una ‘visión' nocturna del papa Liberio (352-66).</p>
<p>La iglesia primitiva estuvo dirigida en Jerusalén por un ‘consejo' o ‘sanedrín', al estilo judío, presidido por Santiago, a quien tras su ejecución en el año 62 sucedió Simeón, hijo de Cleofás y primo de Jesús. En esos años la iglesia de Roma no era más que una pequeña sinagoga, sin mayor trascendencia, pero pronto se fueron perfilando los diversos grados en la jerarquía eclesiástica, a imitación de la burocracia imperial: <em>diáconos, presbíteros, y obispos</em>, que en Oriente se denominaban <em>patriarcas, </em>título que, a partir del siglo V<em> </em>se reservó para las cinco<em> </em>sedes principales: Alejandría, Antioquía, Constantinopla, Jerusalén y Roma, que fue la última en tener ese rango, en la cuarta generación cristiana.</p>
<p>La lista más antigua de los obispos romanos la facilitó Ireneo, obispo de Lyon, en su obra <em>Adversus haereses,</em> entre los años 180 y 185, sin mencionar la primacía de Pedro. Por su parte, el <em>Liber Pontificalis, </em>que es el libro oficial de los papas, mencionaba a un tal Lino como el primer obispo de Roma, pero una ‘modificación' en el siglo VI lo traslada a un segundo lugar, para dejar sitio a Pedro. El primado apostólico de Roma no fue sino una ‘acomodación' de la Iglesia para que su sede principal coincidiera con la capital del Imperio. En la Biblioteca Vaticana, como afirma Castro Zafra, se conservan 19 códices en los que aparecen las series o catálogos de los Papas. Ninguno de ellos ha sido escrito antes del siglo X. En el año 381 el Concilio de Constantinopla, convocado por el emperador Teodosio, decide y proclama que "el Obispo de Constantinopla tiene la dignidad de Primado, después del Obispo de Roma". El embrollo aumenta cinco siglos después, cuando en el IV Concilio de Constantinopla se proclama que los cinco Patriarcas orientales son también Papas. Así hasta el siglo XI, en el que se produce la ruptura definitiva entre la Iglesia de Roma y la de Constantinopla.</p>
<p>La denominación de <em>papa</em> (padre) no es tampoco original, ya que la usaban hacía tiempo los patriarcas de Oriente. Esta designación aparece por primera vez referida al obispo de Roma en una lápida del siglo IV, aunque su uso no se generaliza hasta el siglo VIII, y no se convierte en privilegio exclusivo de los obispos de Roma, dice Deschner, "hasta el segundo milenio". Por su parte, el título de <em>Sumo Pontífice</em>, que tiene reminiscencias del código civil, se aplicó a todos los obispos hasta la Alta Edad Media. Además, es rigurosamente histórico que ninguno de los "Santos Padres" de la Iglesia (Cipriano, Ambrosio, Atanasio, Basilio el Grande, Jerónimo, Agustín) reconoce en sus escritos la primacía de Roma. Lo mismo hay que decir de los primeros sínodos o concilios, que no eran convocados por ningún papa (¡como que no existían!) sino por el emperador, que se comporta como la máxima autoridad eclesiástica. La oposición a Roma fue especialmente intensa en África, donde la cristiandad era más numerosa, ya que, a comienzos del siglo V se contaban allí 470 sedes episcopales. Al llegar el siglo XV las disputas sobre la primacía se sustanciaron en un nuevo dogma, al decretar el concilio de Basilea (1439) que por encima del Papa está siempre el Concilio general. (Continuará).</p>
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<p align="center"><strong>La cristiandad (7)</strong></p>
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<p>Naturalmente, no todos los cristianos estaban de acuerdo con la nueva situación de ‘colaboración política' con el poder del Estado y nacen los anacoretas del desierto, retirados del mundo naciente de ‘funcionarios eclesiásticos' sumisos con el poder y ajenos al mensaje de Jesucristo. Al sur de Egipto, el monje Pancomio funda el primer cenobio cristiano, en el siglo IV, para vivir una vida de recogimiento y oración que tendrá gran acogida en la historia de la Iglesia, primero en los monacatos y retiros de ascetas, y después en las múltiples comunidades de frailes ‘predicadores' (dominicos), ‘mendicantes' (franciscanos, conventuales y capuchinos) o ‘de clausura' (benedictinos, cistercienses, cluniacenses, etc.) con sus respectivas comunidades femeninas, de gran influencia en la cristiandad medieval. Posteriormente, otras órdenes o congregaciones religiosas han entendido el seguimiento de Cristo como la entrega incondicional a las necesidades de la Santa Sede. Así el español Ignacio de Loyola, fundador de la <em>Compañía de Jesús </em>(1546) o el también español José María Escrivá, fundador del <em>Opus Dei </em>(1928), ambas ‘obras de Dios' detestadas por los hombres, por su hipocresía y arrogancia, que nada tienen que ver con el monacato medieval.<em></em></p>
<p>A pesar de tanto esfuerzo ‘militante', la Historia de la Cristiandad enseña que tampoco la Iglesia de Jesucristo logró la unidad doctrinal, tan deseosamente buscada, por la sencilla razón de que la ‘verdad' no puede imponerse ni por la coacción ni por la espada. En sus dos mil años de existencia ha conocido cismas y divisiones en las creencias, pero también en la jerarquía, ambiciosa de poder, en permanente rivalidad con la soberanía civil, y entre sus propios miembros eclesiásticos. La Historia de la Iglesia no se puede entender sin esta tensión, muchas veces sangrienta, entre ‘ortodoxia' y ‘heterodoxia', entre bondad y ambición. Todos cristianos, pero el más fuerte denigrando al disidente, acusado de ‘hereje', indigno de la gloria de Cristo. La Historia de la Iglesia es, por tanto, en gran parte, la historia de las herejías, porque las ha habido a centenares, como se puede comprobar en la <em>Enciclopedia de los herejes y las herejías </em> (Robin Book, 1998).</p>
<p>La verdad religiosa, en frase que se atribuye a Oscar Wilde, "es sencillamente la opinión que ha sobrevivido". Frase que da a pie a Michael Arnheim para afirmar, como conclusión de sus estudios, que "sólo en este sentido puede decirse que el cristianismo es verdadero. El único problema es que esta definición de la verdad lo acerca peligrosamente a lo que sólo puede llamarse de una manera: la gran mentira" (<em>¿Es verdadero el cristianismo? </em>Crítica, 1985). Sin ser tan explícito, Antonio Piñero concluye su estudio sobre <em>Los cristianismos derrotados</em> diciendo con autoridad que "Hoy se cuentan, como mínimo, unas quinientas confesiones cristianas de cierta envergadura. Parece empresa titánica e imposible luchar contra esa variedad, pues la diversidad polimórfica pertenece a la esencia misma del cristianismo desde su nacimiento". ¿No reconoce con estas palabras que el Dios cristiano es una ‘quimera' irreal, producto de muy distintas imaginaciones ‘visionarias', nombre mítico, sin más respaldo real que la estadística de fieles creyentes?</p>
<p>Como todas las instituciones integradas por seres humanos, la Iglesia católica habrá tenido miembros de sana moral y otros de moral desviada o incluso criminal, pero a los fieles no se les debe ocultar la ‘verdadera' historia de la institución, por más que la intención sea la de ofrecerles una visión modélica, de la que puedan sentirse orgullosos, aunque la realidad sea muy distinta. Ejemplaridad histórica que se ha de hacer visible en sus máximos dirigentes, llamados a dirigir la grey por caminos de salvación. Y aquí es donde encontramos, a veces, la miseria espiritual más absoluta, que muchos cristianos ignoran, pero que todos tenemos derecho a conocer, lo mismo que la historia civil del mundo en que vivimos, aunque sea un caos de pueblos fanáticos y soberbios, de doble moral, entregados siempre al saqueo, a la destrucción y al asesinato por un trozo de tierra, pero sobre todo por un ápice más de poder, la ambición que ha sido la ‘marca' indeleble del paso del hombre por la Tierra.</p>
<p>Historia humana también la de cuantas religiones, aun en los rincones más inhóspitos, se han ‘inventado' algunos ‘visionarios' humanos, movidos por sus alucinaciones, que han intentado dominar las conciencias de los demás por el temor, la astucia, la intimidación, las falsas promesas o el señuelo de la eterna felicidad. Historia innoble la del cristianismo, que cambia de rumbo en el siglo IV, cuando la religión de Jesucristo ‘toca' el poder y se lanza a una loca carrera de dominación propia y exterminio del adversario, con anatemas, condenas y amenazas, incluso con derramamiento de sangre, baldón que se procura ocultar a los fieles, con piadosas consideraciones sobre el cambio de tiempos y costumbres. Nada más indigno que la inicua obsesión de ocultar el pasado para magnificar el presente.</p>
<p>Todo fiel cristiano tiene derecho a conocer la historia ‘verdadera' de la institución a la que pertenece Ha de saber, por ejemplo, que entre 1450 y 1750, al menos cien mil mujeres y hombres fueron ejecutados en Europa y América, acusados de brujería y pacto diabólico, acusación falta de pruebas, porque se sustenta en difamaciones y confesiones arrancadas mediante la tortura. Ha de saber que los últimos caballeros de la Orden del Temple, devotos cristianos a las órdenes de la Santa Sede, fueron torturados y quemados vivos en el siglo XIV por orden papal. Ha de saber que durante más de siete siglos la conocida como ‘Santa Inquisición' no tuvo más empeño que ‘defender la fe' persiguiendo, condenando y ajusticiando a miles de seres humanos que habían usado su derecho primario a ejercitar su razón y exponer sus ideas, fuesen judaizantes, protestantes, conversos, brujas, sodomitas o simplemente científicos alejados de la doctrina ‘oficial' de la Iglesia.</p>
<p>Ejemplos dignos de recuerdo son: Arnaldo de Brescia, monje agustino que fue ahorcado, quemado y sus cenizas arrojadas al río Tíber en el año 1155. Los albigenses y cátaros, que avergonzaban a la Sede Romana por su espiritualidad y pureza de costumbres, fueron condenados a muerte en el año 1199 por el papa Inocencio III, acusados de ‘herejes'. Murieron asesinados o se suicidaron en sus posesiones del sur de Francia, desde Bézier hasta Carcassonne y Montségur. En el año 1318 fueron quemados varios "fraticelli" (franciscanos) en Marsella por predicar la pobreza y contra la corrupción de la Iglesia. La hipocresía de la Curia Romana, al entregar a los reos al brazo secular para ejecutar la sentencia, llegaba al extremo de ordenar el fuego y no la decapitación habitual para que no hubiera derramamiento de sangre ("sine sanguinis effussione").</p>
<p>La hoguera fue también el destino de célebres ‘disidentes' católicos, como el fraile dominico Savonarola en 1498 o Ghiordano Bruno, quemado públicamente en Roma de orden del cardenal Belarmino (en los altares desde 1930) por defender que la Tierra gira alrededor del Sol, tesis que le valió también la condena a Galileo Galilei durante el papado de Urbano VIII (1623-1644). Tanto la doncella Juana de Arco como el inglés Hugo Latimer, murieron también en la hoguera y en 1553 lo fue el español Miguel Servet, aunque en esta ocasión la orden era del protestante Calvino, rehabilitado hace unos meses por el Vaticano, en el colmo del cinismo oportunista. El protestante Juan Hus, Rector de la Universidad de Praga, fue quemado también en la hoguera en 1415.</p>
<p>Son hechos contrastados, de los que nadie puede dudar. Pero estos datos, con ser escandalosos en la Iglesia de Jesucristo, no pueden hacer olvidar otros realmente increíbles, capaces de quitar la fe a cualquiera que no la siga con fanatismo y ceguera espiritual. Pocos pero distinguidos ejemplos de una costumbre inhumana que ha manchado de sangre las manos y el corazón de los más fanáticos inquisidores de la Iglesia católica, para los que no hay posibilidad de perdón. La doctrina monoteísta nunca puede permitir la libertad de pensamiento, pero al menos pudiera respetar la vida de los que piensen algo distinto. Son datos históricos que la Iglesia ha intentado borrar por todos los medios, porque "Ojos que no ven, corazón que no quiebra". (Continuará)</p>
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