Seis mil millones
Aseguran los demógrafos que la población mundial ha superado ya los seis mil millones de habitantes, mil millones más que en 1987. Y se oyen las voces científicas que profetizan una catástrofe si no se detiene el crecimiento, por la imposibilidad de alimentar a tanto ser hambriento. Se estima que en sólo un año han llegado a este mundo cerca de cien millones de seres humanos. Dentro de dos siglos, si se cumplen estas dramáticas previsones, la población mundial rondará los doce mil millones. Antes de llegar a este suicidio colectivo, el crecimiento, sostenido pero desigual, alcanzará cotas altísimas de desnutrición y de violencia desaforada en algunos países por conseguir, no ya los avances del bienestar, sino simplemente los mínimos necesarios para la vida. Con lo cual queda profetizado que, si se cumplen las previsiones, este milenio verá la muerte masiva de media humanidad. Por fortuna, ni el que esto escribe, ni sus lectores, veremos tal desastre, que podría aniquilar, quizá para siempre, a la especie humana.
Mientras que en el entorno europeo el crecimiento se ha detenido, incluso ha bajado, en otros países la superpoblación es inquietante desde el punto de vista demográfico, ya que el 95 por ciento de ese crecimiento se habrá producido precisamente en los países subdesarrollados. La tasa media de fecundidad en África es de seis hijos por mujer, y más de cuatro en muchas regiones de Asia. Esto supondrá, de hecho, que la grieta de la desigualdad se hará más ancha y profunda cada día. Desigualdad, por supuesto, en número de individuos, pero también en la distribución de la riqueza, que ha obligado hasta ahora a distintas políticas gubernamentales. Mientras en Europa la constante disminución de la tasa de nacimientos pide urgentemente una generosa protección a la familia, en China se ha impuesto, por el contrario, el control obligatorio de la natalidad. Pero nadie con un mínimo de sensibilidad, tenga la fe que tenga, puede asistir impasible al trágico espectáculo de los niños que mueren literalmente de hambre, como nos muestran a diario los televisores. Y nosotros, impotentes, cuando no indiferentes, ante la tragedia, sin querer darnos cuenta de que la humanidad necesita para sobrevivir el equilibrio demográfico y el reparto de los bienes naturales. Lo que parece de sentido común, desde luego, es que la raza humana no puede soportar un crecimiento indefinido. Los grandes progresos de la medicina, que han duplicado en pocos años la esperanza de vida, con el consiguiente envejecimiento de la población, han compensado las bajas producidas por las incesantes guerras y las grandes catástrofes naturales, pero todo parece estar a favor del crecimiento mundial, y la concentración masiva que se producirá en las grandes ciudades hará cada día más difícil la supervivencia.
Ante la realidad de los seis mil millones actuales, y los doce mil anunciados ¿cuál será el horizonte de felicidad que encuentren los nietos de nuestros nietos? Nadie en su sano juicio puede permitirse el lujo de apostar por el crecimiento ilimitado de la humanidad. Parece que la población europea disminuirá a partir del próximo milenio, en contra de lo que sucederá en los países más pobres. Pero esto no es ningún consuelo, ni siquiera para la opulenta Europa, que se verá invadida por los más desesperados. Mucho menos para los desgraciados que nacerán ya condenados a la miseria. Algo hay que hacer, y pronto. Todos los expertos son partidarios de favorecer la planificación familiar, sobre todo en el llamado Tercer Mundo. No hay más solución que extender lo más posible la idea de la paternidad responsable, que nos mantenga cerca de los límites actuales. Sin poner trabas, ni eclesiásticas ni civiles, al control de natalidad, por todos los medios posibles. Pero control en libertad. Sin la rígida prohibición china ni el aliento religioso a la máxima procreación, que ignora las anunciadas catástrofes demográficas, abandonándose en manos de la imaginada providencia divina. Como se puede leer en el famoso Código da Vinci, de Dan Brown, “el nuevo milenio ha llegado y el mundo sigue en la ignorancia”. Como parece evidente, estamos gobernados por mediocres ignorantes.
El mundo desarrollado ha de ayudar, siquiera sea por egoísmo, al subdesarrollado. Pero, además de la ayuda económica, se necesita llevar a la población femenina una verdadera conciencia del valor de la procreación, no siempre deseable ni conveniente. Si la ignorancia es la que convierte a la mujer en una máquina de hacer hijos, la educación en la maternidad responsable hará que sepan tomar las decisiones por sí mismas, frente a creencias y costumbres en contrario. Esto lo han entendido ya muchos misioneros que, en países de una explosión demográfica incontrolada, predican los métodos anticonceptivos como forma de asegurar una mejor calidad de vida, impidiendo el nacimiento de hijos no deseados.
No todos los óvulos de la mujer están destinados a la fecundación. La sabia naturaleza ha convertido la vida en un sorteo de lotería. Las semillas de todas clases que produce están condenadas a la desaparición en un altísimo porcentaje. La vida del hombre no es una excepción, digan lo que digan los fanatismos religiosos. A pesar de que la humana es la única especie que intenta salvar a los suyos de la enfermedad y de la muerte, con mayor fortuna cada día, también tiene fecha de caducidad. Mejor será contener la natalidad allá donde sea necesario que asistir a la hecatombe sangrienta que se atisba para el futuro de los Cromañones. Quizás, destruida esta humanidad, aparecerá otra más evolucionada, que nos estudiará con piadosa curiosidad, como nosotros a los desaparecidos Neandertales. Vandalio.

