El calvario de la ortografía
¡ay!--hay--ahí
En sentido metafórico, sufrir un calvario es la sucesión de afrentas y pesadumbres que alguien ha de soportar contra su voluntad, sin ver el final de tanto dolor, lo que aumenta aún más el sufrimiento. No se trata aquí de que la ortografía sea un calvario para quien escribe (lo cual sucede a veces con las personas más sensibles y puntillosas) sino de lo que ella, la ortografía, ha de sufrir por nuestra culpa. Todo aprendizaje humano es lingüístico, se basa en la comunicación de ideas, que solamente pueden nacer encarnadas en la materia de la palabra. Nadie puede pensar sin usar conceptos, que son representados mentalmente por frases coherentes y significativas.
Esta comunicación puede ser oral, desde luego, pero también escrita, desde hace poco más de tres mil años. Hay quien añade una tercera vía, que no necesita voces ni signos, inter-mental o telepática, con que se colma la deseada perfección del hombre. Pero, sin llegar a esa meta soñada, lo normal es la palabra, expresada por la voz o por la grafía de la escritura. Grafía que las diferentes civilizaciones que han poblado el planeta Tierra a lo largo de la historia, han ido creando y reformando, hasta conseguir unos códigos de signos convencionales que sirvieran de base para la comunicación más comprensible, al mismo tiempo que fácil y exigente.
Como ninguna persona sensata puede admitir hoy los mitos adánicos, entre los que se encuentra la leyenda de que nuestros primeros padres ya conocían, por ciencia infusa, el lenguaje perfecto, hay que reconocer con la ciencia filológica que las diferentes lenguas y dialectos con que se entienden hoy los humanos se han ido formando poco a poco, lo mismo que su expresión gráfica. La comunicación ha sido la compañera inseparable de la hominización, desde que se fueron transformando los órganos fonadores de los grandes simios, principal distinción del género homo.
La lengua hablada por los sumerios, por los egipcios, por los fenicios, por los chinos, por los árabes, por los hebreos, por los griegos y otras sociedades antiguas tenía su correspondencia de signos gráficos, muy diferentes entre sí. Pero todos ellos sistemáticos, es decir, formando parte de un código propio o sistema lingüístico. Nuestra lengua española, que en su origen fue simplemente una hija “rebelde” del idioma latino, nacida en un humilde rincón de Castilla, tiene también, como es lógico, su propio sistema, con su específica gramática, su sintaxis, su fonética y su ortografía, igual que lo tienen los demás sistemas lingüísticos hablados en el mundo.
No es fácil su aprendizaje en los casos de excepción, pero sí es absolutamente necesario su conocimiento para el progreso individual y social. La ortografía actual, que nos enseña el uso correcto de los signos de la escritura, apenas si tiene siglo y medio de existencia, en que ha sufrido su peculiar Calle de la Amargura. Desde que, en 1517, Antonio de Nebrija propuso la fijación de las normas ortográficas del español, como una consecuencia de la invención de la imprenta y de la extensión del saber, la ortografía siguió vacilante hasta 1741, año en que la Real Academia Española unificó los varios intentos de reforma, publicando la primera Ortografía “oficial”.
Todo esto, que pertenece a la historia, sirve para destacar el gran interés de nuestros antepasados por la conservación y mejora de la lengua escrita, a la que respetaban como vínculo inmaterial millones de personas, aquende y allende el océano Atlántico. En la actualidad, la “ortografía panhispánica”, es promovida y apoyada por todas las Academias de la Lengua de ámbito hispano, incluidas la filipina y la nortemaericana.
Algo muy distinto es lo que podemos observar en la despreocupada masa de los hablantes. Hoy se desprecia –sobre todo los jóvenes- la ortografía como corsé insufrible, que impide escribir como apetezca. No importa que el criterio de la norma sea etimológico, fonético o de uso consagrado. Su calvario no ha hecho más que aumentar con el paso de los años. Muchos estudiantes llegan a la universidad, y salen de ella, sin graves problemas de conciencia a la hora de escribir. Una falta de ortografía no pasa de ser, en su opinión, más que un descuido disculpable. Pero el respeto a la lengua y a las normas ortográficas es tan fundamental que, de seguir así, el idioma estaría condenado a la confusión y a su desaparición como elemento de comunicación escrita.
Me refiero, naturalmente, a las faltas comunes y al mal uso de los signos de puntuación. No es lo mismo escribir “amo” que “amó”, “piso” que “pisó”, “hacia” que “hacía”. Un signo tan minúsculo como el acento puede cambiar el significado de una palabra. Pero mucho más grave, a mi parecer, es el uso indiscriminado entre los usuarios del móvil, en especial entre las nuevas generaciones, de las abreviaturas y signos fonéticos ajenos a la ortografía normalizada. El ahorro y sustitución de signos puede llevar a una lengua “privada” que termine por crucificar al idioma común que nos une desde hace siglos.
En los últimos años, con sus críticas y precisiones, varios “cirineos” han intentado aliviar a la ortografía de este calvario, al parecer con escaso éxito. Desde el polémico “manifiesto” de mi amigo José Polo (1990) se han ido sucediendo los libros de José Antonio Benito Lobo (1992), José Iglesias Díaz (1999), Leonardo Gómez Torrego (2000), José Martínez Sousa (2004) y José Antonio Millán (2005). Mi intención con este aldabonazo en la “Red” no es otro que contribuir, sin pretensiones, a que este calvario de la ortografía no sea cuesta arriba sino cuesta abajo. Alguien leerá esta anotación y se sentirá motivado para difundir estas “piadosas” reflexiones de ayuda a un reo condenado.
Aprender a escribir correctamente es tanto enseñanza como educación, indispensable para la madurez cultural de una persona, que ha de admitir y aceptar los límites de la libertad individual, en aras de la exacta comprensión del pensamiento propio o ajeno. Y no nos vale acudir, como remedio de nuestra mala formación, a un sencillo programa de ordenador que arregle nuestros fallos. Algo por dentro nos acusará de ser inferior a una máquina, programada por alguien más culto que nosotros. Vandalio.

