La Santa Camisa

La Santa Camisa, reliquia de la catedral de Chartres
Reconozco que no podré olvidar el aldabonazo emocional que sentí en mi envejecido cerebro al contemplar, allá en la oscura girola de la catedral francesa de Chartres, uno de los relicarios más venerados de la cristiandad. Las sinapsis de mis neuronas debieron trabajar a una velocidad ya casi olvidada, al mismo ritmo de los rápidos latidos de mi corazón. Había intuido, en unos segundos, la razón última de las grandes catedrales góticas, de las que Chartres había sido modelo durante varios siglos.
En ese momento no me preocupaban ni las novedades arquitectónicas de la obra, ni la significación del laberinto en el centro de la iglesia, ni los secretos alquímicos que dieron lugar a esa maravillosa invención de las vidrieras de color, ni la anchura, ni la desmesurada altura, ni el triforio, ni los arbotantes, ni las escenas bíblicas de pórticos y tímpanos, el “catecismo de los pobres analfabetos” medievales. No podía apartar la vista y el pensamiento de aquella urna de cristal donde se custodiaba un trozo de tela ajada, de un color marfil, tras las recias verjas medievales de la capilla, iluminada por unas tenues velas encendidas por la devoción de los fieles. Era la reliquia más preciada por los cristianos, cedida a esta catedral por el rey de los francos Carlos el Calvo, nieto de Carlomagno. Nada menos que la “Santa Camisa” que portaba la Virgen María el día en que el ángel Gabriel le anunciara su milagroso embarazo.
Al parecer, la noticia más antigua que se tiene del lienzo mariano se remonta al siglo IX, como propiedad de la emperatriz Irene de Constantinopla. Así que no podemos saber cuál fue su historia durante más de ocho siglos, ni cómo llegó a las manos de la emperatriz. Lo que sí parece cierto es que, a partir de entonces Chartres se convirtió en centro de peregrinación de los fieles cristianos, al mismo nivel que Roma o Santiago de Compostela. Bajo el coro de la catedral gótica se pueden contemplar los vestigios de las catedrales precedentes, la merovingia y la carolingia, y restos importantes de la iglesia románica, comenzada a construir en 1020 y que desapareció en un incendio casi dos siglos más tarde.
Las peregrinaciones para ver la Santa Camisa fueron en constante aumento, hasta el punto de que, a finales del siglo XII, se decidió construir una iglesia gigantesca, innecesaria para un pueblecito de unos pocos miles de habitantes, pero capaz de acoger a esos cientos de fieles que a diario venían de todas partes a venerar la sagrada tela. Es el momento en que Bernardo de Claraval, el monje fundador de la Orden Templaria, incansable predicador de las Cruzadas contra los infieles y promotor de la entonces casi inexistente devoción mariana, diseña la casi milagrosa arquitectura, después conocida como “gótica”, de soluciones novedosas, rompedoras con la tradición románica, cuyos secretos orígenes debió llevarse a la tumba. Como se llevó el secreto de su financiación, de la formación de tantos operarios como hicieron falta para construir algo tan distinto a todo lo conocido, y los nombres de los arquitectos y maestros de obra que lo hicieron posible. Nadie hasta hoy ha sabido reconocer cuánto debe la Iglesia católica a estos y a otros muchos secretos que adornan la biografía de San Bernardo de Claraval.
Cualquier persona que, precindiendo de la fe, repase la historia y la significación de las reliquias para las creencias de las crédulas multitudes, deberá ignorar esta de la Santa Camisa como objeto de culto. Si existen otras reliquias de dudosa autenticidad, de falsedad contrastada y de sangrantes ridiculeces, como los múltiples prepucios del niño Jesús, esta veneración por una tela que, menos aún que la Santa Síndone, puede ser reconocida como auténtica, es una constatación histórica de que las creencias no pasan por el tamiz de la razón, de que la sensatez huye de los creyentes y de que el absurdo se instala sin mayor problema en las conciencias de quienes sólo ven lo que quieren ver.
Tal es la evidencia de este absurdo que hasta los mismos responsables de la Iglesia de Chartres ocultan esta reliquia cuanto pueden, haciendo que la ignoren los folletos que van a parar a manos de los turistas. Como las mías, que fui pensando sólo en la Virgen Negra de la cripta medieval y me encontré con este verdadero tesoro de la Santa Camisa. Reliquia que me hizo comprender los arenosos fundamentos de la fe cristiana, y de los inconfesables métodos de adoctrinamiento que la cristiandad ha sufrido durante casi veinte siglos, abusando de la credulidad de un pueblo ignorante y desgraciado que solamente busca el consuelo y la esperanza, aunque sea sacrificando los avisos en contra de una razón que es el único atributo que les permite ingresar en el selecto club de los humanos.
Vandalio.


Amarilys dijo
Estoy buscando la Oracion De La Santa Camisa y se me ha hecho dificil conseguirla. Si sabe de alguien que la tenga o si usted la tiene y no hay problema en enviarmela po correo electronico se lo agradeceria muchisimo.Se la recomendaron a mi mama para cuendo hay problemas con los hijos.Muchas gracias por su atencion.
2 Enero 2007 | 05:03 PM