Humanos caníbales

Canibalismo en Atapuerca
¿Somos caníbales los humanos? Según las evidencias históricas y las hipótesis científicas, la respuesta es sí. Aunque me produzca repugnancia invencible, aunque jure y perjure que yo nunca me alimentaré con carne humana, el canibalismo está presente en nuestra especie desde los comienzos de la hominización hasta nuestros días. Bien es verdad que la frecuencia de los actos caníbales ha ido disminuyendo con los siglos, en la misma proporción en que se han consolidado los valores morales, pero la costumbre no ha desaparecido totalmente, como demuestra el reciente caso alemán, de dos varones que acordaron por internet un festín caníbal, llevado a la pantalla en la película de Martin Weiz Grimm love story, premiada en la 39ª edición del festival de Sitges.
Aunque nos cueste reconocerlo, descendemos de una larga serie de generaciones de asesinos sin complejo de culpabilidad, porque el sentimiento de culpa no es genético sino cultural, y se ha ido fraguando a lo largo de los años, por motivos religiosos o culturales. Nuestra especie homo no ha llegado al extremo del canibalismo intrauterino de los tiburones, pero no ha tenido inconveniente en alimentarse con la carne de sus propios familiares adultos o jóvenes, con especial predilección por la de los más pequeños, como sabemos hoy por las excavaciones de la Gran Dolina, en Atapuerca, un yacimiento próximo a la ciudad española de Burgos. Como estos restos tienen una antigüedad de más de 800.000 años, “se trata de las evidencias más antiguas de antropofagia de la historia de la Humanidad”, practicada aquí “durante cientos de años”, según afirma el profesor Eudald Carbonell.
Siendo esta costumbre natural y la especie humana depredadora por naturaleza, que mata para vivir, “¿qué complejos procedimientos de culturación han permitido desactivar su placer homicida?”, se preguntaba Freud. Si al canibalismo inicial no se oponían ni la naciente razón ni los sentimientos de amistad o fraternidad, la única respuesta posible a esta pregunta es el nacimiento de los valores morales en las generaciones posteriores, a causa de la fe en las divinidades inventadas para organizar las comunidades humanas, o bien de los propios líderes, que necesitaban multiplicar los brazos para atender a las tareas agrícolas que garantizaban el alimento. Porque no están claras las razones del canibalismo. Se puede buscar la carne de un humano vivo o de un humano muerto. En ambos casos, puede haber motivos ajenos a la necesidad. Por ejemplo, comer la carne de un guerrero enemigo para asimilar su fortaleza física; de un familiar para heredar sus virtudes; de una persona escogida para un sacrificio religioso; de cualquier congénere para mantener la supervivencia, agresión asesina reservada a los humanos. Los antropólogos afirman, como conclusión de sus investigaciones sobre los huesos conservados, que uno de los manjares más apreciados eran la médula ósea y el cerebro. Es lo que insinúa Eric von Daniken como explicación para el origen del homo sapiens: la evolución del cerebro homínido, causa del aumento de su volumen y de su inteligencia, fue debida precisamente a la ingestión del cerebro de los grandes simios, incluido el género homo, cuyos cráneos aparecen con frecuencia horadados para extraer la masa encefálica. Esto no lo ha hecho ningún otro animal.
Pero asesinar a un congénere vivo para comer su carne por un placer homicida es algo extravagante, reservado a los humanos, apenas conservado en las sociedades civilizadas. Pero no erradicado completamente. Pensemos en lo sucedido a los misioneros, por ejemplo, en tierras de humanos salvajes. En las Islas Salomón se prepara un plato, dicen que exquisito, de “carne humana a la piedra”; en Nueva Guinea hay tribus caníbales, como los asmat, los korowais, los damis,etc, que gustan del “cerebro hervido con caña de bambú”; en las Islas Fidji se asan los cadáveres enteros, después de extraer las entrañas, para consumo de los jefes de la tribu; en las selvas del Brasil es muy apreciado el “ragout de carne humana”; en las Islas Marquesas, las nalgas es el manjar más delicioso, reservado para los sacerdotes. Los dogones de Africa ingieren en sus ceremonias los prepucios de hombres vivos. Es tal la adicción que produce el consumo de carne humana que, según el antropólogo forense español José Manuel Reverte, “quienes la comen quedan enganchados”. Alberto Cardin, en su libro Dialéctica y canibalismo, asegura que hoy en día aún existen unos tres millones de caníbales en nuestro planeta. Unos son impulsados por motivos religiosos, otros por costumbres ancestrales, otros simplemente por la falta de comida. Es el “canibalismo de subsistencia”, que aún se encuentra en la Rusia profunda, en el interior de Brasil, en las zonas más abatidas por seculares odios y guerras persistentes. En el libro Caníbales de Martin Monestier, se vaticina que, por el desmesurado aumento de seres humanos desnutridos en los países más pobres, en el futuro se autorizará la donación de cadáveres para su consumo.
Espero no ser testigo de tan terribles presagios. Aunque parece que muchos de mis coterráneos gustan de estas historias de terror, aunque sean imaginadas. ¿Cómo, si no, explicar el éxito de novelas y películas como las que relatan las andanzas y los inhumanos extravíos de Hannibal Lecter, en El silencio de los corderos (1991), o en sus continuaciones Hannibal (1999) y Hannibal raising (2006)? Decididamente, la humanidad puede dividirse en dos, según su actitud ante el canibalismo, pero por fortuna el equipo de los caníbales está constituido por enfermos psicópatas o humanos no civilizados, entre los que no me encuentro. Vandalio.


molinera dijo
El tema del canibalismo es difícil de aceptar pero el hecho es que existió, existe y en épocas de crisis y en personas con determinados problemas mentales reaparece. Cuando el hambre ha reaparecido, en circunstancias extremas, también ha reaparecido el canibalismo. Hace poco leí unos fragmentos espeluznantes sobre hechos acaecidos durante la Revolución Soviética. Ha veces he tenido conversaciones sobre el tema con gente presuntamente culta y no aceptan que sea así. En fin, aceptar la propia naturaleza es un paso más para conocer nuestras limitaciones biológicas.
5 Noviembre 2006 | 11:12 AM