El naufragio de los misterios

En el excelente librito de Juan Ignacio Ferreras Diálogos del ateo (Ed. Vosa), con cuyas afirmaciones estoy de acuerdo en casi todo, hay un capítulo sobre el absurdo y el misterio con el que no me puedo identificar. Al hacer equivalente religión y misterio, su conclusión me parece errónea. Rechazar el misterio, como si de una religión se tratara, es añadir una trascendencia religiosa al absurdo de la vida. No creo que haya nada más evidente para una mente razonablemente juiciosa que la sensación de que el misterio nos rodea por todas partes. Y no por eso hay que asociar la idea de misterio a ningún ser superior, a no ser que entendamos por dios a la propia naturaleza, madre y propietaria de todos los arcanos que nos atemorizan. Una cosa es el misterio y otra muy distinta la fe religiosa, aunque ésta venga trufada de misterios inexplicables.
Tampoco estoy de acuerdo con Antonio Gala cuando señala a los eclesiásticos como “administradores del misterio”. En todo caso, será de la fe, de cualquier tipo de fe, entendida como la creencia en dioses imaginados. Digamos que hay misterios ajenos a la fe, que ensanchan el concepto hasta instalarlo en campo neutral o laico, donde la ciencia juega su mejor y más excitante partido. La tendencia natural de la mente humana, sobrecogida por lo que no comprende, es la de atribuir a un poder sobrenatural cuanto de misterioso encuentra en su corta vida. Pero no creo que esta tendencia psicológica sea lo sustancial de la fe religiosa, la cual se explicita, en definitiva, en una doctrina más o menos estructurada, manipulada en muchos casos, que pretende la explicación total del misterio de la vida. Sin dar más argumentos que las revelaciones de un “libro sagrado”, cuyas páginas, aunque sean muestra de un despotismo y crueldad sin límites, se toman por mensajes de la divinidad.
Si hay algo excepcional, que no se entiende, se vuelca en el saco de los “milagros” y engrosa el contenido de la fe, sin más atributos que su cualidad misteriosa. Así, la fe en el misterio ha ido navegando durante miles de años sin contratiempos, hasta que la Ciencia ha puesto en peligro de naufragio a las creencias irracionales. No solamente a los “milagros” más enraizados en una doctrina religiosa, sino también a otros objetos y sucesos inexplicados más alejados de la religión. Aún hoy los científicos buscan con entusiasmo apasionado la explicación natural de fenómenos como la construcción de las grandes pirámides de Gizeh, la desaparición de la Atlántida, la génesis espontánea de las caras de Bélmez, la causa de los dibujos de Nazca o la misteriosa aparición anual de los círculos de trigo. La Ciencia, por supuesto, no ha encontrado todavía la solución a estos misteriosos fenómenos, porque prefiere dedicarse a otros de mayor trascendencia para el futuro del hombre.
Lo único cierto, según me parece, es que la curiosidad, esa gran pasión humana que mueve a los científicos, ha sido anulada en la mayoría de las personas por la cómoda sumisión a las ideas recibidas y asimiladas, en la transmisión cultural de una fe. Los científicos se mueven, por el contrario, con la única obsesión de descubrir los oscuros misterios de la naturaleza, incluidos, por supuesto, sus propios misterios humanos, como parte de esa naturaleza. Desde el descubrimiento del fuego, el hombre no ha dejado de progresar precisamente por la enorme curiosidad de ver más allá de nuestros sentidos y de las “verdades” transmitidas. Algunos, paralizados por sus creencias, han puesto límites religiosos a sus investigaciones, pero los que no los han puesto, han conseguido cruzarlos en beneficio de la entera humanidad. A despecho de las fantasías de la fe, los avances científicos han obligado a modificar algunos planteamientos religiosos contrarios a la razón y al sentido común. Los ejemplos más evocados son los de Giordano Bruno y Galileo, víctimas de la lectura sacralizada de la Biblia. Pero la Ciencia ha seguido aclarando los misterios en muchas otras materias, no sólo en el supuesto heliocentrismo, el origen y expansión del universo, sino en la física , la química, la biología, la anatomía y medicina, la genética y en todas las demás ciencias naturales. Imposible resumir aquí tantos hallazgos, cuya importancia se puede calibrar en cualquier diccionario científico.
Lo que me interesa destacar es que los misterios, instalados desde antiguo confortablemente en la nave de la fe religiosa, han ido desapareciendo a la misma velocidad que los descubrimientos de la Ciencia, los cuales iban removiendo las aguas y provocando su naufragio. Siempre quedará, desde luego, algún fenómeno misterioso por descubrir, pero lo hecho hasta ahora ha conseguido dañar la línea de flotación de esa nave, sustituyendo los errores “revelados” o los fenómenos incomprendidos por la verdad contrastada; las teorías religiosas, basadas en la fe, por las teorías científicas, basadas en el experimento y el discurso argumentado. El hombre sólo estará a salvo de la falsedad cuando hayan naufragado totalmente los misterios. Menos uno, el Infinito, que es el único impenetrable, insondable, que permanecerá por siempre en el fondo del abismo de la conciencia humana, enigma sin resolver que perturba desde siempre a la especie humana. Algunos lo confunden, indebidamente, con la divinidad. Vandalio
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