La experiencia religiosa

San Jerónimo, de Salzillo
Catedral de Murcia
El psicólogo canadiense Michael Persinger llevó a cabo en los años ochenta del siglo XX una serie de experimentos cerebrales con un millar largo de personas, a quienes estimulaba eléctricamente en el lóbulo temporal derecho, llegando a la conclusión de que la “experiencia religiosa” es un producto del cerebro humano, modulado por la historia personal de cada individuo. Esto era así porque en estos sujetos se provocaba la sensación de estar en la presencia de seres espirituales, como Jesús, la Virgen María, Mahoma o Buda, según su respectiva cultura (Neuropsychological basis of God beliefs, 1987). Conclusión apasionante que me ha hecho sentir la necesidad de profundizar en el tema, para buscar los orígenes de la religiosidad.
Parece ser que la religión, entendida como búsqueda de lo sagrado, ha estado presente en nuestra especie desde sus comienzos, como algo innato en el ser humano. Claro está que no todos los individuos de la especie han mostrado el mismo interés por entender y razonar las causas y consecuencias de esa búsqueda, casi siempre infructuosa para la inmensa mayoría. La espiritualidad de los más se ha limitado a seguir los pasos, enseñanzas y consejos de chamanes, brujos, gurús, pastores, imanes y sacerdotes de sus culturas respectivas. Estos “intermediarios” entre la humanidad y la (supuesta) divinidad son realmente “profesionales de una liturgia”, porque los ritos son consustanciales a la experiencia religiosa, de tal forma que sin ellos no hay tal experiencia. No sólo en las religiones monoteístas. En todas el “sentimiento” de “conexión divina” se produce en una especie de trance, en el que desaparece la conciencia individual y se alcanza en grado máximo la “visión orgásmica” de la divinidad, en un momento de “éxtasis”. Visión que convierte al visionario en “místico”, es decir, persona que “siente” a Dios, porque sólo el sentimiento puede alcanzar el éxtasis, algo ajeno a la razón. En el siglo II Tertuliano ya afirmaba que a Dios solamente se podía acceder mediante una visión.
Todos los líderes religiosos han sido “visionarios”, como los profetas de todos los tiempos, y en todas las religiones. Hay místicos judíos, cristianos, musulmanes, budistas, hindúes, etc. cuyos éxtasis, al acomodarse a la cultura recibida, nos dicen claramente que esas visiones no tienen existencia real, aunque el místico así lo crea. El misticismo es un producto cerebral, como todo lo humano, que puede ser provocado por alucinógenos naturales (como ciertas drogas) o por el propio cerebro(las endorfinas) en un caso por el consumo y en el otro por diversos rituales o controles, según la técnica empleada, como nos dice el profesor Francisco J. Rubia en La conexión divina. La experiencia mística y la neurobiología (2003). Las experiencias de éxtasis religioso se pueden producir por la estimulación de algunas estructuras cerebrales, como el sistema límbico. Es decir, tienen una base neurológica. Estas estimulaciones pueden ser pasivas, de represión sensorial (ayuno, control de la respiración, privación de deseos, dolor corporal, continencia sexual) o activas, producidas por el consumo de alucinógenos, como afirma R.G. Wasson en The Road to Eleusis, que modifican la química cerebral, o también por los rituales rítmicos, monótonos y repetidos, como las danzas frenéticas de los derviches giróvagos del islamismo sufí. En definitiva, la pedagogía espiritual del misticismo se orienta a la alteración de los estados de conciencia, mediante la oración, la meditación, la anulación de los sentidos y los deseos más elementales, los rituales y castigos corporales, que estimulan el sistema límbico cerebral (hipocampo, amígdala) instalado en las profundidades del lóbulo temporal derecho. Las mortificaciones de san Jerónimo y demás ascetas cristianos tiene, pues, un componente de estimulación cerebral, perfectamente estudiado y comprobado por los científicos.
Cuando pienso en mí mismo y en mi entorno comprendo que existe una realidad interna, a la que accedemos con dificultad, llamada inconsciente, que gobierna la gran mayoría de nuestras decisiones, creencias y actividades. Casi todos los humanos la llaman alma, indebidamente, porque no pasan de ser conexiones cerebrales que, si fallan, anulan no sólo cualquier sentimiento religioso, sino la propia personalidad. ¿Qué soy yo sin mis neuronas? ¿No consiste la decrepitud en la muerte lenta pero implacable de las células cerebrales? Afortunadamente, mis conexiones neuronales todavía funcionan y soy capaz de reflexionar sobre esas creencias religiosas que me han impedido hasta la madurez la libertad de conciencia. Con diversos nombres (Yahvéh, Dios, Alá) un Ser Superior domina la vida y la muerte de todos los creyentes monoteístas. Un Ser que imaginamos, por la poderosísima fuerza de la imaginación, pero que no podemos "ver" (sentir) si no alcanzamos la “visión mística” de los pocos elegidos (en la mayoría de los casos auto-elegidos, auto-sugestionados) que no quieren guardar para sí las excelencias del placer espiritual y se sienten obligados a conseguir muchos prosélitos para su fe. Aunque a veces, pasado el momento místico, han de luchar contra el enemigo de la conciencia hipócrita que constantemente les acusa.
Los grandes avances de la ciencia neurológica permiten hoy reducir la experiencia religiosa (que, por supuesto, siempre es individual) a una alucinación producida por diversos efectos, todos mensurables. Los seres sobrenaturales han nacido en nuestro cerebro y allí siguen, con mayor o menor fortuna en cada caso. Si alguien es feliz con ellos, debemos respetar sus sentimientos, aunque sepamos que la ciencia nos dice todo es producto humano, que ha nacido con nuestro cerebro y que con él ha de morir. A fin de cuentas, si no creemos en otro mundo, ¿por qué privar de la felicidad a quien la disfruta en éste? Vandalio.


josue dijo
soy feo jajajaj
11 Noviembre 2008 | 03:16 PM