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La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

25 Noviembre 2006

El cerebro nos engaña

Psique es seducida por el dios Cupido, símbolo del Amor. Museo del Louvre.

Imagino una noche estrellada. ¡Qué maravilla! Pero el sentido de la vista me está engañando. Mejor dicho, es el cerebro quien recibe la información sensorial y me engaña en una primera etapa. Porque lo que veo me dice que esos puntos brillantes están todos en el mismo plano, inmovilizados. Sin embargo, cuando hago uso de mi razón, ilustrada por mis conocimientos astronómicos, comprendo que esa maravilla es engañosa. No sólo las estrellas están en diferentes planos, a millones de kilómetros, sino que están en perpetuo movimiento, completando un recorrido de unos 250 millones de años de duración en órbita alrededor de la galaxia. La misma Tierra que nos cobija está en rotación permanente, sin que nos demos cuenta. O estamos boca abajo, según nuestros coordenadas, cuando todo sugiere que la cabeza está siempre por encima de los hombros. Pero deshacer el engaño no es fácil para quien no cuenta con los complejos conocimientos necesarios. La ignorancia ha dominado siempre al homo sapiens y ha favorecido el nacimiento de todas las religiones.

“El cerebro nos engaña” es la conclusión favorita del profesor Francisco J. Rubia, quien ha titulado así uno de sus estudios neurológicos (El cerebro nos engaña. 2001). Ya sabíamos que los sentidos no son de fiar, pero, a su parecer, tampoco lo es nuestra razón. Incluso la conciencia del YO también es una ilusión cerebral, que puede almacenar en una vida hasta ciento treinta personalidades distintas, unidas por el hipocampo, órgano que desarrolla su actividad en el sistema límbico, lo más profundo de nuestro cerebro. Como cambiamos continuamente, incluidas las células de nuestro cuerpo, somos unos organismos cambiantes, con la conciencia de haber vivido varias vidas. ¿Soy yo, realmente, en mi madurez, el mismo niño que recuerdo? Ciertamente no, porque uno de los factores que más interactúan en ese cambio es la cultura. Una persona sin estudios, aislada de la sociedad, difícilmente saldrá de la infancia cultural y no vivirá una vida plena de humanidad.

También la espiritualidad es cambiante, se puede provocar mediante experiencias rituales y procesos místicos, muy vívidos en personas sensibles. Desde luego, el cerebro nunca me dirá la verdad de la religión, sencillamente porque no la sabe. El cerebro lo que hace es producir endorfinas, productoras de placer, que me van indicando lo que debo o no debo hacer para mi supervivencia. Porque, a juicio del profesor Rubia, la libertad es también una ilusión cerebral. “No hacemos lo que queremos, sino que queremos lo que hacemos”, afirma el neurólogo en un juego de palabras. Es la corteza cerebral la que va “creando” la realidad. Así, los colores no existen fuera de mi mente ... ¿Quién lo diría? Pues sí. El cerebro es el autor de cuanto vemos, pensamos y sentimos. Apretando más las tuercas, podría decirse que la materia (el cerebro) es la que crea la espiritualidad, basándose en alteraciones de orden neuronal, como la epilepsia, que dio grandes místicos (San Pablo, Santa Teresa y un largo etcétera)o inducidas por efectos mecánicos o psíquicos. Esto se conoce en neurobiología como el “síndrome de Gastaut-Geschwind”. La experiencia religiosa no depende, pues, de la razón sino del sentimiento, exacerbado por motivos ajenos a la propia religiosidad. En contra del pensamiento común, esto es lo que la ciencia nos enseña.

El cerebro, que almacena nuestras impresiones en la memoria, guarda lo que cree importante para la supervivencia. Pero tampoco la memoria es de fiar. Todo el proceso memorístico es inconsciente, porque también se almacenan recuerdos que influyen en nuestra conducta, pero que no conocemos, y que a veces nos sorprenden a nosotros mismos. Dice el mismo profesor que el cerebro “necesita información, y cuando no la tiene la inventa”. No le importa que sea falsa, con tal de que cumpla puntualmente la suprema finalidad: la defensa del organismo, la supervivencia. No ha de extrañar, pues, que el cerebro humano sea generador de fabulaciones y creador de mitos. La parte frontal del cerebro (que es la incorporación más moderna en la evolución) es la que nos permite vivir en sociedad, al inhibir los instintos y ordenar la conducta con la única finalidad de proteger la vida y la continuación de la especie.

Con estas premisas, no resulta difícil comprender que también la religión es un producto engañoso del cerebro. Porque es necesaria para mantener la esperanza en los seres humanos más desprotegidos. Los más llegaron a pensar, desde el comienzo del razonamiento, que la materia debía estar imbuida de algún tipo de esencia espiritual o alma que la hace vivir. El filósofo griego Aristóteles propuso la teoría de la “fuerza vital” o “psique” que dotaba a los organismos vivos de notables propiedades, como el movimiento y la autonomía, el deseo y el amor. (En cualquier caso, esta psique aristotélica era diferente de la posterior “alma” cristiana, que es imaginada como una entidad independiente del cuerpo). Aunque el vitalismo está hoy desacreditado, y no necesitamos de una fuerza semejante para explicar lo que sucede en nuestro interior, resulta imprescindible la idea de un “algo” no material para entender la respuesta de un organismo vivo a su entorno sin vida. Esto, para algunos autores como Paul Davies, es simplemente un pack de información, es decir, un software compuesto de células neuronales que están en continua y vertiginosa comunicación.

El cerebro nos engaña al hacernos creer en la necesidad absoluta de un ser superior, responsable de nuestra vida, desde el nacimiento hasta la muerte, y más allá. Admitido el engaño, aunque sea provisionalmente, permanece la eterna pregunta: Si prescindimos del dios creador y providente, ¿qué nos queda para entender nuestra vida? La respuesta está en la ciencia. Acerquémonos a la naturaleza con humildad y repitamos la pregunta. Nos responderán miles de científicos, ese tesoro escondido de la especie humana, que día a día van descubriendo sus secretos y sustituyendo las creencias por las certezas. Aún así, nunca desaparecerá la suspicacia del creyente religioso, que recela de las afirmaciones científicas. Al fin y al cabo, los científicos son hombres, no dioses. Por comodidad, la mayoría prefiere basar su fe en el engaño.

¿Incluidos los sentimientos? ¿También somos engañados por el beso del Amor? Desde luego, nada hay menos romántico que las conclusiones de la razón, que también puede engañarnos. Vandalio.

Tags: cerebro, fe, engano

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Jenny Lizet Hernández Vicente

Jenny Lizet Hernández Vicente dijo

Realmente la pregunta si ¿prescindimos de un dios creador que nos queda para entender nuestra vida? no esta en la ciencia, quien produce la ciencia, pues humanos como nosostros, que no tienen sabiduria mas haya, y no pueden darnos la respuesta, Dios mismo la da, en su palabra, la Biblia, hay se encuentra la respuesta a esta y amuchas preguntas mas, deberias de hecharle un ojo, y ver xti mismo qe hay esta la respuesta y solucion a esa frustracion qe no te deja estar... si existe un Dios creador de todo.... qe nos ama, y desea qe nos acerquemos a el como un amigo intimo, como un padre y consejero... que promete un futuro inigualable diferente al qe nosotros vivimos, pero solo si nos acercamos a el, DE LA FORMA QE EL APRUEBA, ... y qe se llama el JEHOVA.... punto.

18 Octubre 2008 | 02:21 AM

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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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