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La Coctelera

La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

26 Noviembre 2006

Los contenidos de la fe

Trinidad en un capitel
del Pórtico de la Gloria (siglo XII)
Catedral de Santiago de Compostela
(España)

Muchas personas piadosas suelen confundir la doctrina religiosa con la moral. Incluso con la liturgia o las costumbres. Pero son cosas distintas, aunque estén comunicadas. La doctrina religiosa –cualquier doctrina- es el conjunto de “verdades reveladas” que conforman la base doctrinal de uns creencias religiosas. Ni el esfuerzo ascético o la contemplación mística, que buscan la unión con la divinidad por el éxtasis, pueden ser asimiladas a la fe, cuyos contenidos son de orden intelectual, aunque envueltos en el misterio. No hay fe sin misterio, aunque ciertamente hay muchos misterios que no tienen nada que ver con la fe. Misterios que, poco a poco, la ciencia va desvelando.

Las doctrinas morales son corolarios de la fe. Pero así como las distintas creencias son incompatibles, y cada una reclama para sí la posesión de la verdad, las normas morales pueden –y deben- unificarse en una ética universal que acabe con las crueles y sangrientas guerras de religión. Todos tenemos, con independencia de las creencias que profesemos, unos valores morales que rigen nuestra conducta. El sentido del bien y del mal no depende de la fe, sino de la firmeza de esos valores. Ninguno es malvado por seguir las enseñanzas de Jesús, de Mahoma, de Buda o de cualquera otro líder religioso. Nadie es inmoral por su fe, sino por su comportamiento. La moral del ateo es tan respetable como la de un cristiano (mejor, en muchas ocasiones).

En cambio, los contenidos de la fe reclaman la sumisión de la razón, porque son irreconciliables. Si para la inteligencia carece de credibilidad lo absurdo y lo irracional, para la fe esta es la sustancia misma de sus contenidos. Ya lo dijo Tertuliano: Credo quia absurdum (“Lo creo porque es absurdo”). Y lo remacha el catecismo católico: “Fe es creer lo que no vemos”. Es preciso, por tanto, fiarse de alguna autoridad que lo enseñe, contra toda evidencia, por sumisión de la mente individual a lo irracional y misterioso. Esta sumisión es emotiva: se aceptan las ideas ajenas por haberse sometido a esa autoridad “de una manera semihipnótica”, como diagnostica Erich Fromm en su libro Man for himself (trad. al español como Ética y psicoanálisis, 1953). El autor, que distingue entre fe racional y fe irracional, las describe así: “La fe irracional es una convicción fanática de algo o en alguien, que tiene su origen en la sumisión a una autoridad irracional, personal o impersonal. La fe racional, en contraste, es una firme convicción basada en una autoridad productiva, intelectual y emocional...que radica en la experiencia, en la confianza en el propio poder para pensar, observar y discernir”.

Los contenidos de la fe católica, que reclaman una sumisión absoluta de la razón, son de por sí misteriosos, y están condensados en la fórmula del Credo, que tiene ya más de quince siglos de vida, al que se han sometido mentes preclaras de la humanidad, de poderosa inteligencia pero sin libertad de conciencia. Un filósofo, un teólogo, o un científico, cuando en sus elucubraciones, investigaciones o discusiones se detienen ante los contenidos de la fe, no son fiables porque carecen de libertad para razonar. La barrera de la fe es incompatible con el pensamiento libre, con el juicio crítico y con los descubrimientos de la ciencia. Si hiciéramos caso de Freud, que explicó la religión como una forma de neurosis, muchos sabios de firmes creencias en lo irracional, serían grandes neuróticos.

Si la fe exige sumisión y obediencia, negando la libertad de pensamiento y de conciencia, la consecuencia inevitable es que la desobediencia se considera el pecado capital, fruto de una soberbia humana que pretende hacer frente a la misma divinidad (por supuesto, la divinidad inventada y predicada por los predicadores de la fe). Ante el misterio no cabe más que la inclinación humilde y la suspensión del juicio. Dios está en el origen de toda explicación, por irracional que parezca. Un católico está obligado a comportarse según unas reglas morales, pero mucho antes a creer en los dogmas de su fe, establecidos por los llamados Santos Padres y Concilios en el transcurso de los siglos. Ni siquiera los primeros cristianos, tan devotos y crédulos, tenían conciencia de los misterios que debían aceptar, ya que hubo discusiones sin cuento, herejías y excomuniones en los primeros siglos de la Iglesia.

Hoy día, la Iglesia Católica enseña como verdades inamovibles doctrinas absurdas como la idea de la Trinidad, es decir, que Dios es Uno y Trino, aunque único en su realidad sobrenatural. Que Jesús de Nazaret es el Hijo muy amado del Padre, y que el conocido como Espíritu Santo (la paloma blanca de los artistas) infunde la gracia de la fe en los creyentes. Que las especies de pan y vino de la eucaristía son el “verdadero cuerpo y sangre” de Jesús, que baja a la Tierra, desde su confortable solio celestial, cada vez que un sacerdote lo invoca según unas normas litúrgicas. Que el mismo Jesús sigue vivo junto al Padre, que lo ascendió a los cielos después del horrible sufrimiento de su pasión. Que el Padre fue el creador de cuanto existe y que el Espíritu Santo engendró milagrosamente al Hijo en el seno virginal de María. Que todos estamos llamados a la felicidad eterna, con tal de que en el momento de la muerte pertenezcamos al club de los elegidos.

Pero lo más asombroso es que la misma Iglesia obligue a creer que es “Una y Santa”, cuando sabemos que es la más dividida de las Iglesias, con miles de sectas que reclaman para sí la verdadera adoración al Cristo Redentor. Y cuya santidad es una de las más sangrantes hipocresías que conoce la historia, que sirve para cubrir las notorias infidelidades, corrupciones y vejaciones que la han acompañado en todos los tiempos, comenzando por los propios sucesores de Pedro, acusados de incestos, crímenes y engaños, después de haber abandonado la pobreza del fundador por la riqueza y el lujo de la sede vaticana. ¿Alguien se puede imaginar a Jesús de Nazaret residiendo en el Vaticano y asistiendo a sus multitudinarias ceremonias con la pompa de la Curia romana?

Esta es la fe en la que no quiero permanecer. Vandalio.

Tags: religion

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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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