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La Coctelera

La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

29 Noviembre 2006

El mito del alma

Prometeo da vida al hombre
con el fuego de los dioses

Madrid. Colección Real.

El científico español Eduardo Punset ha definido el alma como “un conglomerado de neuronas”, al presentar su último libro El alma está en el cerebro (2006). Con palabras más poéticas la había definido el embajador-filósofo Gonzalo Puente Ojea en su libro El mito del alma (2000) desgraciadamente ignorado por la crítica. En sus apretadas y muy documentadas páginas pronostica que “algún día, quizás no tan lejano, las neuro-ciencias podrán explicarnos...cómo se forjó cerebralmente en la mente del hombre prehistórico la idea de alma, pórtico de la religión y sostén primordial de la visión mítico-religiosa de la realidad, que alimenta la conciencia de los creyentes...Saldrá entonces la humanidad culta de las fantasías míticas que nutren la fe religiosa, y paulatinamente los traficantes en salvación tendrán que dejar su lugar a mejores pedagogos de la felicidad humana”.

Desgraciadamente, ese día parece que tardará en amanecer aún muchos años. La inmensa mayoría de los humanos actuales siguen creyendo fanáticamente en la doctrina dualista, que divide al hombre en cuerpo y alma, por parecerles imposible que la materia sea el origen del pensamiento y demás funciones cerebrales que suelen ser entendidas como “espirituales”. Los libros que defienden la posición contraria, materialista, son una gota de agua en el inmenso océano de la literatura apologética de la religión (de todas las religiones). Entre ellos quiero destacar el escrito años atrás por un Premio Nobel de Medicina, Francis Crick, descubridor de la estructura molecular del ADN, titulado muy expresivamente en inglés The Astonishing Hypopthesis (1990) y con mucha mayor claridad en español, La búsqueda científica del alma (1994). Ya en la introducción advierte que “un neurobiólogo moderno no ve necesidad alguna de tener un concepto religoso del alma para explicar el comportamiento de los humanos y de otros animales”; y un poco más adelante: “Muchas personas bien formadas, sobre todo en el mundo occidental, también comparten la creencia de que el alma es una metáfora y de que no existe vida personal ni antes de la concepción ni después de la muerte”.

Es exactamente lo contrario de lo que enseña el catecismo católico, a saber, que “el alma es un ser vivo sin cuerpo, que dispone de razón y libre voluntad”. En su deseo ancestral –recordemos a Pablo de Tarso- de humillar y menospreciar la carne y sus exigencias, la Iglesia de Roma llega a confundir al creyente, que no sabe si conviven en su YO dos seres diferentes, un “ser vivo sin cuerpo” y un cuerpo que, para vivir, necesita la vida de ese otro ser, al que está unido por misteriosa simbiosis, pero que es “otro” distinto y separable. Si carece de razón y de voluntad, ¿para qué sirve la carne corporal? Y si los principales atributos de la humanidad residen en el alma, ¿para qué necesitamos el cuerpo? En todo caso, ¿en qué consiste y cómo se realiza esa unión entre un ser material y otro espiritual? Desde mi punto de vista, no se deben cargar las tintas negras contra los primeros filósofos, cristianos o no, que fueron modelando y remodelando las ideas platónicas sobre el alma a lo largo de los siglos. Nadie hasta nuestros días podía tener conocimiento de los misterios encerrados en el cerebro. Al fin y al cabo, sus deducciones, tanto las filosóficas como las teológicas, parecían responder a la evidencia cotidiana de que los procesos cognitivos, como la inteligencia, la memoria, los sentimientos y la voluntad eran independientes de las funciones carnales. No creo que nadie les pueda reprochar sus conclusiones, así como la defensa del animismo frente a otras posturas materialistas.

Pero hoy sabemos que no tenían razón, y debemos asumir como ciertos los postulados de la ciencia. Las pruebas de la existencia del alma presentadas por la religión como irrefutables son “tan endebles, dice Crick, que sólo pueden aceptarse mediante un acto de fe ciega”. Este es el meollo de la cuestión. La fe es necesaria para la creencia en el alma inmortal. Y si la ciencia, estudiando pormenorizadamente las estructuras y comportamiento del cerebro humano, concluye que el alma no es en absoluto necesaria para explicar ese comportamiento, destruye por su base el andamiaje religioso que ha sostenido durante siglos la doctrina religiosa, que hace del alma un ser espiritual destinado a una vida eterna, mientras el cuerpo se pudre en la fosa. Mucho más atrevida y sensacionalista es la idea de la resurrección de la carne, pero responde a un planteamiento distinto que merece capítulo aparte.

El estudio del origen de la vida no ha dejado de preocupar a los científicos, aunque las teorías puedan ser distintas, discutidas y todavía no consensuadas. Pero lo cierto es que se multiplican los estudios y que no cesa el debate. Como español, mencionaré al profesor L. Garzón Ruipérez, autor de Historia de la materia. Del Big-Bang al origen de la vida (1994), a J. Pérez Mercader, astrofísico que se pregunta ¿Qué sabemos del universo? De antes del Big-Bang al origen de la vida (1996) y al catedrático Francisco Mora, entre cuyos trabajos de proyección mundial se encuentra El problema mente-cerebro (1995). En definitiva, el cambio está siendo tan trascendental que ya quedan desfasadas la religión y la filosofía, en beneficio de la ciencia: “La filosofía pregunta y las neurociencias responden”. Las teorías filosóficas, mera elucubración sin respaldo empírico, tienen que dejar paso a las ciencias de la naturaleza, a la psicología evolutiva y a la neurobiología. En el cerebro humano están, escondidos, los secretos cuya “iluminación” científica despejará las dudas sobre la conciencia, el alma “inventada” y el verdadero origen de los pensamientos, sentimientos y emociones que dirigen nuestra vida.

Una de las más bellas páginas de la mitología clásica es el mito de Prometeo, que infunde el alma en el cuerpo humano con el fuego sagrado de los dioses. Aunque sea a través de un intermediario, la idea expuesta es que el origen del alma es divino, lo mismo que pensaban sumerios, egipcios y todas las culturas de las primeras civilizaciones. La Iglesia Católica tuvo bien poco que modificar, siguiendo la filosofía platónica. Pero todo este edificio secular se ha venido abajo por obra de las neurociencias. Nadie ha de avergonzarse ni pedir disculpas por ello. Pero ha llegado el momento de sustituir los postulados de la Fe por los de la Ciencia, que ha vencido definitivamente a la comodidad del pensamiento heredado, de las costumbres arraigadas y de la doctrina repetida sin el tamiz de la razón. Vandalio.

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2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Antonio Pizarro

Antonio Pizarro dijo

¡ Hola Vandalio! Te escribo para agradecerte tu comentario al hilo del libro de GPO. Yo había comprado el libro y cuando me disponía a leerlo alguien se me adelantó y lo robó. Espero le haya ayudado. Ahora ando en busca del libro nuevamente para ver si, por fin, puedo leerlo. He tomado nota de los que mencionas en tu comentario. Una de las cosas que me gustaría poder hacer algún día es conocer y agradecer personalmente a GPO su contribución. Un saludo cordial. Pizarro.

24 Mayo 2009 | 04:45 AM

Francisco Aguilar Piñal

Francisco Aguilar Piñal dijo

Amigo Antonio Pizarro: Gracias por tu comentario.Puedes localizar a GPO escribiendo a la calle Rodríguez Marín, núm. 88, 6ºB. Madrid, 28016.

24 Mayo 2009 | 12:44 PM

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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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