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La Coctelera

La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

15 Diciembre 2006

El sexo divino

Cristo crucificado de B. Cellini
San Lorenzo de El Escorial (Madrid)

En el largo proceso de la hominización (¿un millón de años?) la mente humana tuvo que ir “humanizándose” lentamente (“Natura non facit saltus” decían los antiguos). Ignoro (aunque temo que no) si hemos llegado en la actualidad a la perfección última y definitiva del cerebro. (¿Podremos seguir evolucionando?)
En cualquier caso, imagino la inmensa perplejidad del homo sapiens, desde sus comienzos, ante lo que contemplaba como “extraño”, la naturaleza y los demás seres vivos que le rodeaban, sin percatarse de que él también formaba parte de esa naturaleza. Es lógico que una de esas “extrañezas” fuese todo lo relativo a la concepción, nacimiento y muerte de un nuevo ser. Las preguntas no se hicieron esperar: ¿Por qué se necesitan dos individuos “complementarios” para dar origen a una nueva vida? ¿Por qué el sexo produce placer? ¿Por qué el parto produce dolor? Son enigmas que han acompañado a la humanidad durante miles de años y han dado origen a variadas interpretaciones que, en último término, siempre conducen al responsable de la vida, que para la inmensa mayoría, siempre es el creador.
Hemos de hablar, por tanto, del sentido religioso del cuerpo y de la sexualidad, un misterio que fascina, al remitir la respuesta a los tiempos oscuros, cuando el dios desconocido, imaginado, tomó la decisión de la separación de sexos. ¿Y cual sería el sexo del dios? Durante los primeros milenios, la creencia más extendida fue de la considerar a la divinidad con cuerpo femenino, porque, como escribe P. Rodríguez: “Ese ser invisible y todopoderoso sólo podía ser mujer, jamás varón. Solamente quien posee el maravilloso poder del parto puede ser tomado, por analogía, como capaz de originar cuanto está vivo” (Dios nació mujer, 1999). Así, como dice el mismo autor, “las diosas femeninas dominarán los panteones religiosos...Durante más de veinte milenios no hubo otro dios que la Diosa paleolítica”. Es lo que nos dicen los vestigios conservados de aquellas épocas de pasos vacilantes y temerosos: las imágenes femeninas de arcilla con el pubis remarcado, pinturas rupestres de vulvas estilizadas, vientres grávidos de una hembra humana: era la Gran Diosa.
Los egiptólogos saben que, antes de la unificación del Bajo y Alto Egipto, a comienzos del siglo XXXI a.C., eran dos, la “Diosa Buitre” y la “Diosa Serpiente”, las diosas dominantes en ambos reinos. Más tarde, en la antigua Grecia, fue la diosa Gea, la Tierra, la “madre de todos los dioses”, título que le arrebató su nieto Zeus. Y en la misma cultura griega, como en las culturas mesopotámicas, el mito se transformó, en beneficio de los dioses masculinos, cuyos ídolos fueron apareciendo hacia el milenio VI a.C. Entonces, todos los dioses jóvenes que cumplían como amantes de la Diosa eran hijos de la propia Diosa, y debían ser sacrificados anualmente. Recordemos los mitos de las relaciones incestuosas de Afrodita y Cibeles con sus respectivos hijos, Adonis y Atis. Como afirma Gerda Lerner, “el código de Hammurabi (1750 a.C.) señala el comienzo de la institucionalización de la familia patriarcal” (La creación del patriarcado, 1990). De forma similar a las sociedades mesopotámicas, el pueblo hebreo, al organizarse como sociedad confederada de tribus, adoró a un dios varón, de perfil absolutista, guerrero y muy varonil, relegando a la mujer, y por ende a la Diosa Madre, a un papel secundario.
La evolución de los mitos en la Grecia clásica fue algo diferente. Zeus, que es llamado “Metropator” (es decir, Padre y Madre) en un himno órfico, se comporta en sus relaciones como un ser tanto heterosexual como homosexual, es decir, bisexual. Se cuentan sus numerosas conquistas femeninas (transformándose en cisne, en toro, en lluvia de oro) pero también las tuvo con jóvenes masculinos, como el bello Ganímedes, al que rapta transformado en águila. Incluso se comporta como hembra, al ser emasculado, y se saja la ingle, como cuenta Dionisio, para hacerse una cavidad al modo de vagina, que le pudiera permitir el parto de su hija Atenea. Otros tres dioses, hijos de Zeus, son concebidos sin concurso de mujer: Dionyso, Agdistis y Adonis, divinidades bisexuales. En el mundo clásico tanto la bisexualidad como el travestismo, cambio de sexo y de rol, las violaciones y castraciones, el hermafroditismo, la zoofilia y la androginia son palabras de uso común, aunque en Roma los niños nacidos andróginos, es decir, con los dos sexos, eran sacrificados nada más nacer, como seres mostruosos y portadores de maleficios, arrojándolos al mar o siendo enterrados vivos.
Todo esto lo cuenta el doctor Sabino Perea, experto en el mundo clásico, quien añade que “los filósofos neoplatónicos y los cristianos primitivos insistieron en buscar una explicación alegórica –especulativa- para entender el origen del mundo a partir de los elementos macho y hembra primigenios como parte de la divinidad” (El sexo divino, 1999). Uno de los apologistas cristianos, Clemente de Alejandría, explica que Adán era “hombre y mujer” porque estaba hecho a imagen y semejanza de Dios. Las personas creyentes y piadosas pueden escandalizarse, porque las enseñanzas cristianas han omitido siempre tratar del “sexo divino”, quizá para no enredarse en complicadas disputas teológicas, como fue el caso de los ángeles. Los teólogos cristianos nunca han querido tratar el tema y, de hecho, en el catecismo de la Iglesia Católica no se habla para nada del sexo de Dios, porque es un ser espiritual, pero tampoco de Jesús, el “hijo de Dios”, “en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado” (Concilio Vaticano II, “Gaudium et spes”, 22,2). Si es así, ¿por qué avergonzarse de los órganos sexuales de Jesús, siempre ocultados por la imaginería cristiana? Por los mismos años en que se cubrían con “bragas” superpuestas los órganos genitales de las magníficas pinturas de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, el genial escultor italiano Benvenuto Cellini esculpía para el monasterio madrileño de El Escorial, donde se conserva, un espléndido crucificado en mármol, que exhibe sin pudor sus atributos varoniles (y que los devotos monjes de ayer y de hoy ocultan con un paño de seda).
Como es sabido, la intransigencia cristiana sobre todo lo relacionado con el sexo tiene su origen en la doctrina paulina, y después, en las enseñanzas de san Agustín de Hipona, un obseso de la castración sexual, de la culpa de la mujer en la condena del hombre y de la herencia maldita del pecado original. Desde entonces, la Iglesia, que encubre su misoginia con las devociones marianas, aborrece el sexo, que admite sólo, con determinadas condiciones, para la procreación. En la Trinidad, dogma principal de su doctrina, no existe la feminidad. El Espíritu Santo es asexuado, como tal espíritu. El Padre y el Hijo son varones, representados y predicados siempre como tales. Si el hombre fue creado “a imagen y semejanza de Dios” ¿a semejanza de quién fue creada la mujer?
Se debe concluir que, a pesar de tantos siglos de elucubraciones, todavía no se tiene una idea clara, ni siquiera en la doctrina cristiana, de la realidad divina, de las causas de la sexualidad, ni de cómo es posible que seamos la “imagen” de un dios que carece de cuerpo, de sexo y de sentimientos. Porque nada de eso hay sin un cerebro que lo produzca, lo dirija y lo organice. Cabe preguntarse si también nuestro cerebro es “imagen” de Dios, que carece de él. Paradoja tras paradoja, me quedo con la sensación de que el “sexo de los dioses” es un mito tan antiguo como el de los ángeles, un invento del homo sapiens para “humanizar” a los imaginados espíritus, pobladores de sueños y padres de los misterios incomprendidos. Vandalio.

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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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