Alma y espíritu

Don Quijote en su
lecho de muerte.
Aguafuerte por A.Lalauze.
La creencia popular en almas y espíritus, que acompaña a la especie humana desde el comienzo de los tiempos, quizás un millón de años, ha de ser reconsiderada a la vista de los nuevos avances de la ciencia neurológica. Si para los no-creyentes, el alma es un “mito”, para los científicos, que avanzan en sus teorías sin dejarse atrapar por los memes religiosos, el alma “es” el cerebro, algo muy distinto del “está” que se recoge en “el alma está en el cerebro”, como se intitula el citado libro de Eduardo Punset (2006).
A comienzos del siglo XVII, aparecía en las librerías de las más cultas capitales del continente europeo la novela española con las aventuras del “ingenioso caballero” Don Quijote de la Mancha, que marcaría el inicio de la renovación novelesca. Cuando Don Quijote enferma, al final de su vida, el médico le recomienda que “atendiese a la salud de su alma, porque la del cuerpo corría peligro”. En consecuencia, llama a un confesor, porque “en tales trances como éste no se ha de burlar el hombre con el alma”. Llegada la hora, “entre compasiones y lágrimas de los que allí se hallaban, dio su espíritu, quiero decir que se murió” (II, 74).
En esta breve secuencia se encuentran dos anotaciones pertinentes para comprobar que el siglo XVII europeo estaba todavía empapado de la doctrina cristiana, defensora a ultranza del dualismo y de la sinonimia alma-espíritu en sus enseñanzas religiosas. Es de notar la normalidad con que el moribundo habla de su alma como algo diferente de su cuerpo, que puede también estar enferma, y a cuya salud hay que atender. Es el meme del dualismo, que se ha ido transmitiendo de generación en generación, en casi todas las civilizaciones humanas, desde que el hombre comenzó a enterrar a sus muertos con los rituales de la incipiente religión. La civilización egipcia codificó estas creencias y costumbres en El libro de los muertos, creyendo en otra vida y momificando a los fallecidos con un riguroso y complicado ceremonial, que les permitiera acceder a un mundo ultraterreno.
Han transcurrido desde entonces casi cinco mil años y en las mentes de la mayor parte de la humanidad se siguen aceptando tales ideas, con total aceptación de su realidad, como la salida del sol cada mañana. El alma existe, se dice, aunque nadie la haya visto. Detrás no hay más que el testimonio de los temerosos visionarios de la prehistoria y posteriormente de todas las religiones creadas y por crear. Porque la existencia del alma individual es la “piedra angular” de todo edificio religioso. El sustrato animista está presente en todos los templos y religiones.
La segunda consideración que se debe hacer, al comentar la muerte de Don Quijote es la equivalencia de alma y espíritu en la mente del novelista (y de toda la sociedad de entonces), algo que no se debe aceptar sin más, ya que, aunque todas las almas pudieran ser espíritus, no todos los espíritus son almas. Dios mismo, en la doctrina católica, es espíritu “puro” (como si pudiera existir uno impuro); y si los espíritus (confundidos con las almas) son individuales, ¿cómo diferenciar al creador de sus criaturas? No es posible profundizar en los argumentos, pero sí en la necesidad de ir reflexionando sobre el animismo y sus consecuencias en nuestra visión de la vida. Como dice Puente Ojea: “La ficción animista condenó al ser humano a existir encadenado a crueles poderes ilusorios forjados por su propia mente”.
En efecto, según creo, el hombre, mediante su imaginación, ha sido el creador de todo lo invisible: los espíritus, el alma, los dioses. Los primeros homínidos, al tener conciencia de sí mismos, buscaron desesperadamente una explicación para todo lo que percibían sus sentidos, dando rienda suelta a esa maravillosa facultad que los diferenciaba de los demás simios, que conocemos como “imaginación” . Esta facultad les permitió “deducir” de la vida orgánica con la que convivían la idea de unas entidades invisibles ( “espíritus”) que dieran energía vital a la materia, no sometidas a la muerte y a la putrefacción. Estas creencias se transmitieron, como uno de los más sagrados memes, de generación en generación, sin imposición de nadie. Alma y espíritu están, pues, unidos en la mentalidad primitiva y en la de aquellos humanos que en la actualidad no han sabido –o querido- entender lo que nos enseñan las neurociencias: que “somos” nuestro cerebro, sin necesidad de ninguna entidad espiritual que lo anime y dirija, y mucho menos que tenga, como afirman las religiones, la posibilidad de vivir en otro mundo invisible, separada del cuerpo donde habitaba.
Estas valoraciones de lo sobrenatural son, como era de esperar, destructivas del animismo como doctrina religiosa y suponen un giro radical en la concepción del homo sapiens como hijo de Dios, destinado a la gloria eterna, como enseñan todas las ideologías de salvación. No sólo las Iglesias cristianas, con sus variantes históricas, sino las demás confesiones basadas en el reconocimiento del alma como "ser para la eternidad". También suponen un golpe mortal para cuantas actividades supersticiosas se fundamentan en la creencia de espíritus, fantasmas o almas desencarnadas que se comunican con sus seres queridos.
Aceptar que la idea del alma es sólo un mito ancestral no impide reconocer su vigencia en las sociedades humanas como el motor invisible de la esperanza en una vida futura, donde se alcance no sólo la felicidad sino una justicia definitiva y eterna. Si el ser humano, a pesar de cuanto va descubriendo la ciencia, no quiere abrir los ojos a las verdades científicas tan arduamente conseguidas, prefiriendo mantenerse en la cómoda posición de quien se abraza sin rechistar a ideas, costumbres y tradiciones seculares, por muy absurdas que le parezcan, está en su perfecto y legítimo derecho. Pero no es admisible, en aras de ese mismo derecho individual, la persecución religiosa, la saña en el castigo inquisitorial ni la muerte del hereje disidente.
Me horrorizan las imágenes, por ejemplo, de Santiago "Matamoros" blandiendo la espada contra el infiel musulmán. Como me horrorizan también las conquistas islámicas a sangre y fuego, o el holocausto judío. Las religiones monoteístas están, por necesidad ideológica, condenadas al fanatismo, al considerar que su dios y su religión son los únicos verdaderos, sin querer entender que esos dioses son tan inventados como los demás. Por mi parte, aunque defienda mis ideas por la escritura, respeto que cada uno piense como quiera, si en ello encuentra su felicidad. Si, como creo, no existe el alma individual destinada a una vida futura ni otra vida después de la muerte, nada voy a conseguir batallando contra la superstición. Me basta con lanzar al aire mis pensamientos, en forma sosegada, por si alguien encuentra en ellos alguna brizna de paz y felicidad. Si las falsas ideas han de mutar con el tiempo, sin más ayuda que la fortaleza del razonamiento y los hallazgos de la ciencia, ¿por qué dedicar el mío, tan escaso, a esa lucha imposible de cambiar la forma de pensar de los demás?.
No hay, según mi parecer, más que un mandamiento efectivo para toda la humanidad, ordenado por la razón: no hacer daño a nadie, si no es en defensa propia. Y por encima de todo, la libertad de conciencia, que admite no sólo el sentimiento religioso de cada uno sino incluso la negación de ese sentimiento, es decir, el escepticismo, el agnosticismo o el ateísmo. La felicidad, que todos perseguimos, a mí me llega por la posibilidad de manifestar con libertad lo que pienso, por contrario que sea a lo tradicionalmente admitido. Aunque niego, por absurda, la existencia del alma como ser independiente, destinado a la eternidad, no me importaría reconocer con la palabra "espíritu" al conjunto de mis actividades neuronales, destinado a desaparecer como todas mis células. Si mi alma es una simple metáfora de mi cerebro, el conjunto "natural"de mis facultades mentales, sin necesidad de acudir a soluciones "sobrenaturales", soy feliz porque, al fin de mi vida, he llegado a comprender lo absurdo de las verdades aprendidas en la niñez. Esta felicidad es la que nace de la verdadera libertad de conciencia y de pensamiento. Vandalio.

