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La Coctelera

La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

14 Febrero 2007

Ciencia y creencia

Ciencia y fe

El profesor Eduardo Punset afirmaba hace poco que “la barrera entre ciencia y sociedad saltará por los aires en los próximos años” (Cara a cara con la vida, la muerte y el universo. Barcelona, 2004). Esta afirmación presupone que hasta hoy la sociedad ha vivido de espaldas a la ciencia, o al menos que una sutil barrera de incompresión la ha separado de ella, mientras era dominada por la teología, una pseudo-ciencia basada en las enseñanzas dogmáticas de la fe. Esto ha ocurrido ininterrumpidamente desde los orígenes de la humanidad hasta nuestro siglo XVIII. Desde entonces acá los avances de la ciencia han sido tales que cada día se ha ido profundizando más el abismo que separa la ciencia moderna de las anticuadas creencias, incluso las amparadas por la filosofía.

Alguien podrá escandalizarse del calificativo de”pseudo-ciencia” aplicado a la en otros tiempos sagrada teología. Pero no hace falta mucha elocuencia para convencer de que no pueden ser admitidos entre las ciencias, exclusivamente experimentales, unos estudios cuya finalidad es meramente explicativa, consistente en la exposición de unos dogmas de fe, sin posibilidad alguna de negarlos ni mucho menos someterlos a la experiencia. La teología da por supuesta la creencia, carece de libertad para opinar fuera de la fe y se aleja cada vez más de la ciencia, aunque haya sesudos maestros que intenten enseñarla en pomposas universidades públicas o privadas. El objeto de sus elucubraciones, fundamentadas en libros antiguos y fantasiosos, cuando no claramente crueles, inmorales y manipulados, como la Biblia judeo-cristiana, que tratan de algo tan incognoscible como los atributos de un ser eterno, producto de la humana imaginación, que ha recibido varios nombres a lo largo de la historia, pero que en nuestro mundo occidental moderno conocemos como Dios, a la vez creador, conservador, redentor y juez de esta pobre humanidad.

Un ensayista cristiano y español de nuestros días, Enrique Miret Magdalena, preso de su insistente interés por encontrar un nuevo“dios”, integrador de todas las corrientes religiosas que circulan por el mundo, se pregunta ingenuamente en su último libro: ¿Dónde está Dios? (Madrid, 2006). Ingenuidad que supone que un ser infinito tiene que “estar” en algún sitio (o en alguna doctrina). Se considera un teólogo, pero se aparta de los dogmas cristianos y postula una religión universal, un entente cordial, un consenso de creyentes en un Dios hecho a medida de todos y cada uno, sin dogmas excluyentes ni doctrinas centrífugas: una religión unitaria que a todos contentara, sin excluir a nadie. La ingenuidad del presunto teólogo “progresista” es muy similar a la de los políticos que pretenden implantar en el planeta Tierra una gran Alianza de Civilizaciones. Pero mucho más absurdo por tratarse de doctrinas religiosas, de temas espirituales, que no dependen de la voluntad humana. Todo es un voluntarismo sin posible éxito.

Desde sus orígenes, la humanidad ha convivido con las más diversas creencias en dioses extraterrestres, invisibles y despóticos amos de vidas y haciendas. Nuestros ignorantes antepasados han creído a pies juntillas cuanto su fantasía les señalaba como verdades evidentes. El sol y la luna eran “discos” luminosos, pero no globos materiales o esferas suspendidas en el aire por efecto de la atracción universal. Los puntos luminosos de una noche estrellada estaban en un mismo plano, cuando hoy sabemos que las distancias que los separan pueden ser de millones de años-luz. Los humanos que comienzan a preguntarse por los fenómenos naturales a partir del siglo XVII, fabricando microscopios y telescopios, saben que sus hipótesis contradicen lo escrito en la Biblia, libros sagrados donde los creyentes encontraban todas las respuestas. Pero, después del Renacimiento, y sobre todo, desde la Ilustración europea del siglo XVIII, la libertad de pensamiento alimenta el espíritu crítico que desembocará en la gran explosión científica del siglo XX. ¡Pero sólo aceptada por la minoría que, enfrentándose a los postulados religiosos, reconoce los avances de la ciencia! Para la inmensa mayoría de los humanos, sin embargo, el planeta Tierra sigue siendo el centro del universo, y el ser humano está en la cima de la evolución animal, como soberano que puede hacer y deshacer a su gusto con los demás seres vivientes, puestos ahí por un creador para su servicio y sustento.

Por eso, uno de los problemas para que las ideas científicas sean populares es la afirmación de que los seres humanos no somos especiales, sino que formamos parte de una misma naturaleza. ¿Cómo convencer a un creyente dogmático de que el hombre no ha sido creado por ningún designio superior, de que forma parte de una misma materia que los demás animales y plantas, que es fruto de una evolución de la especie, o de que está construido con los mismos átomos (unos 200) que las piedras o los insectos? Cada ser se distingue por la peculiar disposición de estos átomos, que pueden formar minerales cristalizados o neuronas cerebrales, según su peculiar combinación. ¿Qué mayor humillación para el hombre que el saber que su origen está en las bacterias, microbios desconocidos para nuestros abuelos? ¿O que, sin la desaparición de los dinosaurios, hace 65 millones de años, nunca hubiéramos existido? Extinguidos (a lo que parece por gigantescos movimientos sísmicos y volcánicos, según las últimas teorías) estos gigantescos depredadores, cuya existencia nadie conocía a comienzos del siglo XX, pudieron vivir y desarrollarse en nuestro planeta unos pequeños mamíferos, que, pasados millones de años, darían origen a la especie humana, una entre miles.

La vida de nuestra especie ha estado sumida en la superstición y en las falsas creencias hasta hace bien poco tiempo, cuando la ciencia ha alcanzado su madurez, para demostrarnos con argumentos irrefutables que los antiguos misterios están cada día más al alcance del entendimiento humano. No ha llegado a sus últimas consecuencias, pero sin duda llegará. ¿Quién, entre los sabios de los últimos siglos, podría siquiera intuir que el átomo está compuesto de partículas aún más pequeñas? Recordemos que átomo, palabra griega, significa “sin posibilidad de división”. Pues bien, en 1986 recibió el premio Nobel de Física por sus trabajos en los laboratorios de IBM en Zurich, el científico Heinrich Rohrer, que descubrió las partículas elementales de que se compone el universo en el STM (Scanning Tunneling Microscope). La nanotecnología, palabra ajena al vocabulario científico de nuestros padres, estudia ya con precisión las partículas infinitesimales que se esconden tras los átomos, aproximándose con paso firma a la demostración última de que la energía y la materia con la misma cosa, algo impensable antes de Einstein. La física cuántica, que no puede ser ajena a ningún científico experimental, explica ya muchos de los antiguos misterios.

Pero si las creencias físicas de nuestros mayores, y no digamos de los antepasados primitivos o medievales, han sido sobrepasadas por las experiencias y demostraciones científicas del siglo XX, las creencias míticas (o espirituales) se han ido desmoronando con la misma rapidez, aunque todavía sigan vigentes en la conciencia de la mayor parte de los humanos. Entre éstos, son precisamente los científicos quienes deben reconocer que la ciencia y la fe van por caminos opuestos. No se entiende que un científico honesto, al tanto de todos los descubrimientos, pueda conciliar lo que sabe por la ciencia y lo que admite por la creencia religiosa. Si por deducción filosófica, con Lucrecio a la cabeza, se han ido incorporando a las filas del ateísmo multitud de humanos pensantes de todas las épocas, no es menos cierto que esta incorporación se ha basado hasta hoy en elucubraciones mentales, sin fundamento científico, que llevó la duda a casi todos los filósofos, incluyendo a los más grandes, como Descartes, Spinoza, Kant o Voltaire, a no cuestionar la existencia de un dios creador. Quienes se atrevieron a llegar a las últimas consecuencias de la inexistencia de ningún tipo de dios, carecían de conocimientos científicos, como el cura francés Jean Meslier, que publica el primer libro ateo, aparecido en 1729, con el título de Demostraciones claras y evidentes de la vanidad y falsedad de todas las divinidades y de todas las religiones del muindo. Tras él, otros filósofos, como el barón de Holbach, La Mettrie, Helvetius, Feuerbach, Nietzsche, proclamaron su ateísmo sin tener más argumentos que los puramente filosóficos. La ciencia de su tiempo no permitía otras conclusiones.

Pero ya, después de la gran explosión de hallazgos científicos del siglo XX, no hay excusa posible para la superstición religiosa. Quienes prefieran la fe que calma las dudas de la mente a la razón que indaga y a la ciencia que encuentra la respuesta a esas dudas, no pueden ser contados entre los verdaderos científicos. En los laboratorios de la biología molecular, de las neurociencias, de la astrobiología, y demás centros de experimentación, es donde se van articulando las verdades que explican el origen, funcionamiento y significado de la naturaleza, de la que todos formamos parte. La física y la química, el estudio del cerebro y de la vida animal han sustituido a la filosofía en el conocimiento de la verdad. El sapere aude kantiano (¡atrévete a saber!) ha sido ignorado por los filósofos apocados, pero el testigo ha sido recogido por los científicos que carecen de escrúpulos religiosos. Quien se someta a los postulados de la creencia religiosa nunca podrá ser un científico imparcial y creíble porque carece de libertad. Ciencia y creencia van por caminos tangenciales que nunca podrán encontrarse. Cada uno lo ve según su propio observatorio. Es el mundo al revés, sin posibilidad de unirse en la misma óptica.

Vandalio

fap1931@telefonica.net

Tags: fe, ciencia

servido por Francisco 2 comentarios compártelo

2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

beturio

beturio dijo

Hola Vandalio: De pequeño me inculcaron que la palabra "librepensador" era lo sumo de todo lo detestable. Con los años, tengo diez, menos que Vd, creo que es la más hermosa del castellano. De sobra sabrás que ir en esta vida por libre es lo más caro del mundo. ¡Que políticamente incorrecto escribir que Miret es ingenuo y Zapatero idem!.

Yo no se por qué le hacia catedrático jubilado de y en Sevilla. Por Wikipediaveo que no es así. Leyéndole me explico por que no ha vuelto a Serva la Bari, aunque sea Vd. incondicional de su belleza. Por cierto, habrá que actualizar su reseña profesional en Wikidepedia, para que diga que además de filólogo e historiador es Vd un filósofo que se explica como un buen libro abierto. Me imagino que más de uno de los miembros de las Buenas (Pías) Letras Sevillanas estará incómodo con su presencia en tan hispalense institución.
Le seguiré leyendo.
Saludos
Beturio

17 Mayo 2007 | 10:15 AM

francisco aguilar piñal

francisco aguilar piñal dijo

Gracias, Beturio (@? nunca se sabe en este mundo virtual).
Ser "librepensador" es lo único racional (y por tanto, humano) que se debe ser en la vida. Lo restante es "borreguismo" animal.

Nunca fui catedrático. Sólo "curioso" de las letras y (¿por qué no?) de las ciencias. No presumo de filósofo, pero sí de escribir claro y sincero. Creo que este es el primer comentario que recibo en esta bitácora. Si te he suscitado amor a la verdad y a la belleza, me compensa de todo.

Un abrazo extra-académico. Vandalio.

17 Mayo 2007 | 09:49 PM

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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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