La maldad suprema
“Servid a Yahvéh con temor,
Con temblor besad sus pies,
No se irrite y perezcáis en el camino,
Pues su cólera se inflama de repente”.
Canto bíblico del Salmo 2, 12 (s. X a.C.)
Los biólogos se pasan los años buscando el origen de la vida. Los sociólogos –y no lo teólogos, contra lo que pudiera parecer- lo hacen buscando, entre otras cosas, el origen de las religiones. O mejor, del sentimiento religioso. Lo que significa bucear en las oscuras profundidades de la conciencia humana. Y no resulta empresa fácil para quienes no son capaces de desprenderse de la costra ideológica que les paraliza desde la infancia, en uno u otro sentido. ¡Qué difícil es ser neutral en la batalla incruenta de las ideas adquiridas contra las heredadas!
Por ejemplo, la idea de un Dios bondadoso, creador y providente, que ama y cuida a los humanos. Idea engañosa, que no se corresponde con la realidad, como vemos a diario. Los descubrimientos arqueológicos de la prehistoria han sacado a la luz los vestigios del primitivo acercamiento a la divinidad –a las divinidades- como sencillos ídolos o dioses, en forma de tablillas grabadas en placas de pizarra o monolitos de alabastro con groseras indicaciones antropomorfas. Eran los dioses protectores de tribus, clanes o familias, todos benéficos, pero imaginados, como es lógico pensar, en una conciencia emergente en la cual no había más que una religiosidad individual o tribal.
La formación de las primeras ciudades y civilizaciones multitudinarias obligó a los rectores sociales a presentar al pueblo una imagen divina algo diferente. Los animales pasaron a representar el tótem, animado y con poderes sobrenaturales, como en Egipto. El ultramundo pasó a estar gobernado por dioses de la más variada catadura, quizás con un denominador común: su poder sobre los humanos, administrado en su nombre por el mandatario, rey o faraón, que cubría su indigencia y miseria, común a todos .los mortales, con el manto de esa supuesta divinidad, fuese un astro como el sol, animales como el halcón o la vaca sagrada, es decir, con una realidad “visible” a lo súbditos.
El gran cambio en el pensamiento mágico ocurrió cuando un pueblo, el hebreo (los hibiru de Egipto) vio la necesidad de adorar a un dios “invisible”, que suscitara el temor, como única forma de unir a todos los suyos para apoderarse de unas tierras ya ocupadas y formar una gran nación. Como no había otra manera de conseguirlo que la guerra y la sangre, “alguien” tuvo la ocurrencia de tratarlos como “pueblo elegido” por un dios único y todopoderoso, no visible a los sentidos pero muy presente en la palabra de los visionarios profetas, al que debían adorar y temer, sobre todo temer. La historia antigua del pueblo hebreo, después de Israel y de Judá, fue conservada en cientos de textos sobre papiros egipcios, escritos por muy diversas personas durante casi mil años en las tierras conquistadas – la tierra prometida de Canaán- o en el destierro de Babilonia. Se supone que los hebreos entraron en Palestina en el s. XIII a.C. y se calculan tres siglos entre la salida de Egipto y la construcción del templo de Jerusalén.
No importan aquí los detalles. Sí es preciso, sin embargo, tener presentes dos características de ese dios único, origen de las tres religiones monoteístas: judaísmo, cristianismo, islamismo. La primera es su pretendida existencia inmaterial, irreal, invisible (hecho que contradicen otros pasajes, en los que es “visto” por algunos) de la que sólo se tiene noticia por las “visiones” de los profetas, como queda recogido en el salmo 89, v.20: “Hablaste a tus amigos en visión”. Este y otros pasajes son propuestos por los exégetas como revelación, es decir, palabras del dios supremo “reveladas” a los devotos hebreos durante el sueño (aunque alguna vez estaban despiertos). Es decir, las personas que “hablaron” con Dios eran unos visionarios, que imaginaban recibir exhortaciones, consejos y mandamientos de un dios Creador, en sus místicas ensoñaciones, con la orden de divulgarlos después al pueblo “elegido”. En otras palabras: los profetas “imaginaron” a Yahvéh, quizás con la buenísima intención de tener sometido al pueblo hebreo durante el largo éxodo por tierras de Palestina. Lo consiguieron, pues, con el miedo a ese dios escondido en los cielos (o habitando en el monte Sión, como dicen las textos bíblicos) que provocaba esas “revelaciones”. Porque Jahvéh es el dios del terror, iracundo y colérico, “más temible que todos los dioses”, como se canta en el salmo 136 (Con lo cual se concede que había múltiples dioses).
A pesar de cuanto se ha transmitido de generación en generación en la educación religiosa de los pueblos monoteístas, el amor y la misericordia de ese dios resulta muy sospechosa. Quien se interese por la verdad, debe coger en sus manos el conjunto de libros sagrados del pueblo hebreo, que conocemos como Biblia, y leer “todos” los pasajes, no sólo los seleccionados en la liturgia. Así, encontraremos que es el mismo dios que maldice a los que no le obedecen, a quienes condena a comer la carne de sus hijos (Lv 26, 14-39), que ordena apedrear a las jóvenes que no puedan demostrar su virginidad (Dt 22, 13-21), que exhorta a los israelitas a exterminar sin piedad a los cananeos y demás tribus que impiden la instalación en la tierra prometida (Dt 2,16; 20,10), que comete el mayor genocidio de la historia de la humanidad, eliminando a los humanos, exceptuando a ocho personas y a todos los animales, a perecer ahogados por el diluvio (Gn 7, 21-24), que destruye a Sodoma y Gomorra, con todos sus habitantes, por medio de un fuego de azufre, castigados por una ley que todavía no había sido dada a nadie (Gn 19, 17-26), que bendice la esclavitud y la poligamia ((Ex 21), que ordena la muerte para los adúlteros y homosexuales (Lv 20, 10), que desprecia a la mujer, la cual depende en todo del hombre y es un botín más para consuelo del guerrero vencedor (Gn 3, 16).
La guerra santa, contra lo que muchos creen, no es privativa de los musulmanes. Muchos siglos hace, fue puesta en práctica por Josué, siguiendo las órdenes de Jahvéh: “Pasaron a cuchillo a todo ser humano hasta acabar con todos. No dejaron a ninguno con vida. Tal como Yahvéh había ordenado a su siervo Moisés, éste se lo había ordenado a Josué, y éste lo ejecutó” (Jos 11,14). La orden de Yahvéh es terminante al comenzar la conquista de la tierra prometida: nada de supervivientes, todos deben ser eliminados, hombres, mujeres y niños, sin piedad porque son los enemigos de Dios y de su pueblo (Dt 2, 16-36). La toma de Jericó es un buen ejemplo de esa maldad, que
Por lo visto, Yahvéh sólo colmaba su cólera con la muerte del desobediente (Jos 7,12). Sin misericordia, Josué apresó al (supuesto) traidor Acán, apedreándolo y quemándolo en la hoguera con toda su familia. El relato finaliza, con mano insensible: “Así Yahvéh calma el furor de su cólera” (Jos 7, 25). Como dice el salmista, Yahvéh reserva su bondad “para los que le temen” (Sal 31, 20). El dios de amor, sabiduría y misericordia, se irrita con facilidad y exige una sumisión completa por el terror: “¿Quién puede resistir, a ti el terrible/ ante tu faz, bajo el golpe de tu ira?” (Sal 6,8). Estas afirmaciones, más propias de un rey humano, llenan las páginas de
Todas estas reflexiones me han venido a la mente mientras iba leyendo el “análisis de

