La colina sagrada
Voy, como en peregrinación, en busca de la Colina sagrada (Kryziu Kalnas) que descuella, siendo tan poca cosa, en las infinitas llanuras del norte de Lituania. El nombre bien podría ser el de una superproducción cinematógráfica en los años dorados de Cinecittà. Pero no. Su nombre evoca la “santidad” de un terreno que se eleva a muy poca altura en la región báltica de Siauliai. Lugar bendecido por el papa Juan Pablo II, y que la cristiandad venera como altar del sacrificio. Miles y miles de peregrinos dejan allí, clavadas en tierra, las cruces de madera que, de todas formas y tamaños, simbolizan el testimonio de fe de muchas generaciones. Pisar aquella colina supone, para los creyentes, un acto de solidaridad comunitaria en la misma fe católica, pero también un desagravio a tanta sangre derramada por esa fe. Comenzó siendo un cementerio de cuerpos, pero después se convirtió en un semillero de ideales compartidos del que se espera broten nuevas flores de santidad. Hoy día, las cruces allí clavadas no son sólo ni mayoritariamente lituanas, sino que provienen de todos los rincones del mundo católico
El lugar, sin mayores connotaciones sagradas que el recuerdo de los mártires que han derramado la sangre por sus creencias religiosas desde hace tres siglos, no tiene nada de misterioso, conmovedor o místico. Es, más bien, una vulgar colina, de aspecto tétrico y repulsivo, venerada por los fieles católicos, sembrada de cruces, símbolos de una fe que, en sus orígenes, fue la misma fe del patriarca Abraham, el hebreo elegido como “padre de los creyentes”, aunque después se bifurcara en dogmas y ritos diferentes para reverenciar, amar y obedecer al mismo dios creador.
La historia de la colina está vinculada a la defensa política y religiosa de los lituanos frente a los despóticos caprichos del zar de todas las Rusias, dispuesto a implantar la ortodoxia en todos sus dominios. En 1831 y 1863, fechas de esas rebeliones bañadas en sangre, los rebeldes lituanos, básicamente católicos, fueron enterrados aquí y recordados con una cruz, símbolo cristiano por excelencia. Pasados los años y los motivos iniciales, la piadosa costumbre se ha institucionalizado y las peregrinaciones de católicos romanos se multiplican, dejando todas su recuerdo en forma de cruz, comprado allí mismo, entre otros objetos religiosos cuya venta produce no pocos beneficios a los dueños de tan singular mercadillo. Lituania muestra así su ferviente sumisión a Roma, a pesar de lo deseos zaristas y de haber sido invadida en el siglo XVI por las ideas luteranas que aún conservan los países vecinos.
Son muchas las reflexiones que provocan la vista de esta superpoblada y muy visitada santa colina. La más llamativa es el mal gusto dominante en la ordenación (inexistente) en la colocación de las cruces, clavadas a ambos lados del camino ascendente de la colina, donde la cruz más reciente roba espacio y prioridad a la más antigua, sin orden ni concierto. El caos se reproduce al constatar que el tamaño de la cruz se corresponde con el precio que se paga por ella, y que los menos favorecidos cuelgan sobre las cruces de mayor tamaño otras más pequeñas, imposibles de clavar en tierra. El capricho más absoluto se impone sobre la disciplina porque no existe allí ninguna autoridad ni civil ni eclesiástica que la ordene
Lo fundamental es que los peregrinos evocan con respeto y veneración a los mártires católicos sacrificados por su fe, en cualquier época o país, y en cualquiera contienda de enfrentamiento, generalmente religioso, aunque sea de hermanos en la misma fe original. El origen lituano ya se ha convertido en recordatorio universal de la sangre derramada en defensa de las creencias católicas. Y el catolicismo oficial, tan aficionado a coleccionar reliquias de santos, encuentra en esta colina un relicario ideal, aclamado y reverenciado por el pueblo, en cuyas entrañas se conservan el cuerpo y la sangre de miles de católicos enfrentados a la herejía ortodoxa de los zares. Un cementerio santo, una colina sagrada donde sólo reposan los rebeldes lituanos y polacos ¿Se ofrecieron todos voluntariamente al sacrificio? Poco importa.
La Iglesia católica reserva para ellos un sitio preferente en el cielo de los santos, aunque el triste recordatorio de la muerte se imponga sobre la alegría de saber que todos ellos alcanzan la gloria celestial. Como ocurre con el Islam y su promesa de un paraíso hedonista al fanático que se suicida aniquilando infieles
Pero no puedo evitar la denuncia de la hipocresía católica, que con tanta reverencia se ocupa de sus mártires y olvida la sangre, los caudalosos ríos de sangre que ella misma ha provocado en las innumerables guerras de religión en las que ha participado, contra sus propios hermanos en la fe bíblica. Nadie puede olvidar el genocidio de los cristianos cátaros de Francia en el siglo XII, a los millares de musulmanes masacrados por los cristianos en las Cruzadas medievales, a los fieles a la ortodoxia eslava, a los millones de cristianos “protestantes” que regaron con su sangre los suelos de Europa en el siglo XVI, las “cacerías” de brujas, blasfemos, bígamos, judaizantes y herejes que cayeron bajo las férreas manos de la Inquisición, en torturas sin piedad, condenas injustas, muertes a garrote vil o en hogueras donde los pecadores purgaban sus culpas ideológicas a fuego lento. La Iglesiacatólica sólo se ha portado bien con los suyos, cuyo recuerdo sustenta, anima y fortalece la represión moral que ha de mantener a los fieles en la verdad, en su” verdad, frente a la “otra” verdad, defendida por creyentes tan fanáticos o más que ellos
Pero no tienen nada de extraño estos comportamientos sanguinarios en las religiones bíblicas, obedientes servidoras del más sanguinario de todos los dioses que imaginó la antigüedad. Prescindiendo de toda otra reflexión sobre la existencia de algún dios, es imposible absolutamente que Yahvéh, el odioso dios de "la Biblia", aceptado y venerado por judíos, cristianos y musulmanes, tenga algún parentesco con ninguna clase de divinidad. Es el dios del desprecio absoluto por las criaturas ¡”no elegidas”! por él, a las que persigue a muerte. ¿Qué tiene de extraño que sus seguidores –judíos, musulmanes y todas las sectas cristianas- sigan su ejemplo y no tengan reparo en derramar la sangre del “enemigo” en su (destructiva) fe?
La “colina sagrada” lituana es una simple muestra más del arraigado fanatismo cristiano y de la irracionalidad que se perpetúa, generación tras generación, en millones de personas adultas incapaces de reconocer la superstición y de seguir la senda de la racionalidad. El sentimiento religioso es individual e intransferible, como lo es la prometida salvación. Fetiches como esta colina sirven tan sólo para cohesionar a un grupo, uniendo con el pegamento de la fe compartida las esperanzas individuales. Aunque a nadie perjudiquen estos rituales de muerte, son letales para un futuro en el que la humanidad llegue a ser patrimonio de la razón, lo único que nos dignifica en el cómputo general de la biodiversidad. Vandalio

