Resurrección de la carne

En el ocaso de
A diferencia de las medievales Danzas de la muerte, que anunciaban la pérdida de los placeres terrenales, este grabado supera el terror suscitado por el fin de la vida y la sátira de las vanidades que mueven a los humanos en su desesperado tránsito por el planeta Tierra. Ya quedaban superados, entre otros, los grabados de Hans Holbein el Viejo, y Wolgemut se enfrenta con acierto a una visión distinta, pero también basada en las creencias cristianas. Ahora lo que prima en el grabado es la alegría por la resurrección de los cuerpos, que asume la sociedad renacentista, en su ciego optimismo por la continuidad de la vida, predicada enlos púlpitos de Europa. En España se hacen eco de las preocupaciones medievales algunos poetas, casi todos clérigos, que escriben diálogos y farsas teatrales sobre este mismo tema durante el siglo XVI, desoyendo el optimismo procedente del norte de los Pirineos. El tema llega hasta la segunda parte de Don Quijote de
La creencia en la resurrección de los muertos no es original ni privativa del cristianismo. La idea de un más allá fue imaginada desde el comienzo de la especie humana, pero la resurrección y posterior retribución individual tras la muerte no queda explicitada hasta la religión irania fundada por Zoroastro en el siglo VI a.C., cuando Palestina sufrió la cautividad de Babilonia (
En el Nuevo Testamento ya se relatan más casos de resurrección de difuntos, como Lázaro, que también murieron después, pero todo parece una preparación para el dogma básico de la doctrina cristiana: la resurrección de Jesús, el Cristo, que asciende a los cielos para vivir eternamente con el Padre. Lo cierto es que, antes de Cristo, ya hubo en la leyenda popular otros ilustres resucitados, como Osiris, Attis, y Mitra. Pero en vida de Jesús, el judaísmo oficial no estaba muy definido en esta materia. Mientras los fariseos sí creían en otra vida, los saduceos la negaban. El cristianismo primitivo, con Pablo de Tarso a la cabeza, toman la creencia farisaica como el pilar básico de la nueva religión. Lo más importante, insustituible en el credo cristiano, es la resurrección gloriosa y triunfante de Cristo, porque, como dijo Pablo a los suyos, “Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe”.

Cristo resucitado, según el Greco
Hasta entonces, siempre se había hablado de la resurrección de los muertos, pero san Clemente es el primer Padre de
En todo caso, creer en al resurrección es sólo cosa de fe. Nada en la ciencia puede amparar esta creencia. Es absolutamente imposible que unas células que no solamente han muerto, sino que sus átomos se han convertido en partes de otro ser, puedan volver a unirse para hacer resucitar un cuerpo ya inexistente. Aunque en el caso de Jesús el cuerpo no estaba descompuesto todavía, su resurrección se hace de forma “gloriosa”, es decir, con unas cualidades que no tenía antes de morir. Vencedor de la muerte, ese cuerpo –como el de todos los justos- está destinado a vivir para siempre, sin posibilidad de una nueva muerte. Es un cambio de materia que la ciencia no puede admitir. El cuerpo resucitado (en el supuesto del creyente) no es el mismo que el cuerpo anterior sujeto a la muerte. Por tanto, si resucitara a nueva vida, no sería yo sino otra “persona” distinta. Cuántos pensadores, incluidos los cristianos, se han hecho la misma pregunta: ¿cómo van a reunirse de nuevo las partes de mi cuerpo devorada por animales carroñeros o insectos y gusanos, ya desaparecidos a su vez? ¿Y qué decir de la incineración, que repartirá mis células entre el polvo de la tierra y el solar invisible de los vientos? No es preciso insistir demasiado, sabiendo que no todos los huesos están prestos para alzarse de sus tumbas y danzar frenéticamente de alegría. Porque, en la mayoría de los casos, ya no hay huesos a los que dar vida.

Cristo resucitado, según Rubens
Por las mismas razones es absurdo y cruel pensar en un “cielo” de cuerpos “resucitados”. ¿Qué cuerpos? ¿Los mismos del momento de la muerte? ¿Por qué no, con veinte años, en plena juventud? ¿Y qué decir de los miles de millones de seres humanos que han vivido con taras hereditarias, con deformaciones y mutilaciones, con enfermedades mentales como el autismo o la demencia? Si el cielo prometido es así, será sin duda el más agobiante de los infiernos, cuyos habitantes producirán espanto, no alegría sana y felicidad completa. Aunque las religiones monoteístas se apresuran a enseñar que la omnipotencia divina -¡naturalmente!- todo lo puede y a todos resucitará con unos cuerpos modélicos. Es como si se pretendiera una nueva creación, con seres nuevos, que ya no tienen nada que ver con esta desgraciada humanidad. ¡Qué farsa! ¡Qué engaño manifiesto, contando siempre con la mansedumbre y sometimiento de los fieles! La promesa eclesiástica de una eterna felicidad no es más que un cuento agradable para niños. Si Dios existiera, habría de ser necesariamente sólo espíritu inmaterial. Y si los humanos estamos llamados a acompañarle en esa aburridísima eternidad, habríamos de ser también espíritus, algo incompatible con la razón, con la experiencia de mi personalidad y con la doctrina que nos quieren imponer sobre la resurrección de los cuerpos, dogma de fe impresentable de las religiones monoteístas. Vandalio.


Juan Granda V. dijo
bravo pensar que ahora este señor Rubens piensa de una forma tal que deberia ser el creador de todo por cuanto deduce el pensamiento de la resurrecion hasta cuando las personas vamos a querer saber todo es imposible llegar a pensar como Dios sino ya seria Dios por cuanto ya no me es superior pensar que la promesa de la resurrecion es de cuerpos gloriosos y no de los inertes que poseemos ahora
20 Marzo 2009 | 10:43 PM