Publicidad:
La Coctelera

La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

27 Febrero 2008

Presentación de un libro


Ayer he presentado públicamente este libro, leyendo el texto que inserto a continuación, con la intención de informar sobre los mitos que nos mantienen en el infantilismo pre-lógico, del que sólo se puede salir con el uso razonable de nuestro juicio crítico, ese que nos hace abandonar la infancia para convertirnos en adultos.

Gonzalo Puente Ojea, Vivir en la realidad. Sobre mitos, dogmas e ideologías. Madrid, Siglo XXI, 2007.

He aceptado con ilusión, pero también con cierto temor, la invitación que me hizo Gonzalo Puente Ojea para presentar su último libro; último de una saga de once títulos, con un denominador común: la desmitificación de los mitos y creencias trascendentes que han acompañado a la humanidad desde sus mismos comienzos como especie animal razonante. Con ilusión, porque me va a permitir participar en esta cruzada incruenta contra la falsedad mítica de las religiones, y con temor porque no me siento cualificado para resumir con acierto cuanto de verdad histórica y científica se encierra en estas páginas.

Debo expresar, por tanto, mi sincera gratitud al amigo Puente Ojea, pleno de saberes y de experiencia vital, por haberme propuesto para este empeño, en el que espero defraudar lo menos posible. No creo ser el más apropiado, ni tengo méritos suficientes para hacer esta presentación con éxito, como no sea el de lector impenitente de sus libros, a los que tanto debo en mi propia formación ideológica. El que ahora me propongo presentar tiene un título sorprendente: Vivir en la realidad. Pero, puede pensar cualquiera: ¿es que no vivo en la “realidad”? ¿Acaso el mundo en que vivo no me está golpeando continuamente con los duros mazazos de una triste y patética realidad? ¿Por qué me propone como algo nuevo “vivir en la realidad”, si ya no existen, para nuestra desgracia, ni Olimpos ni Arcadias, y Platón hace siglos que nos abandonó? ¿Qué es, en definitiva, la realidad para Puente Ojea? Algo tendrá que ver con la destrucción de los mitos, fetiches y supersticiones de la gran masa de los crédulos que se aferran a los usos, costumbres y tradiciones heredadas, sin usar su juicio crítico, de espaldas a los incesantes descubrimientos científicos. La realidad, como dicen los neurólogos, está en nuestro cerebro. Los sentidos no hacen más que enviarle chispas eléctricas, que se codifican en las neuronas y se asocian con las experiencias guardadas en la memoria. Intentaré explicaros lo que he aprendido en estas densas páginas, de lectura no fácil, pero de contundentes conclusiones, tanto religiosas como políticas.

El mes pasado asistí a la presentación de este mismo libro en el Ateneo de Madrid. El catedrático Antonio Piñero, que lo presentaba, destacó las virtudes del autor, al que reconocía profundos conocimientos, un claro afán docente y unas ideas estimulantes, pero, sobre todo, un esfuerzo intelectual contra toda clase de mitos y una valentía a prueba de contratiempos. En efecto, Puente Ojea es un desmitificador, que me recuerda el grabado de Goya, en el que la “Divina Razón” ahuyenta con un látigo a los cuervos de la ignorancia y la maldad. Precisamente, este libro se construye contra la falacia de tres mitos, condensada en sus tres capítulos: el mito religioso, el mito cristiano y el mito político. Un libro denso y trabajado a conciencia, con un trasfondo apabullante de lecturas ajenas y reflexiones propias.

Pero lo que verdaderamente hay que destacar en nuestro embajador es su indudable “valentía”. Porque enfrentarse al mito religioso en esta sociedad, que vive de prácticas y costumbres ancestrales de infantilismo espiritual, es coger el toro por los cuernos. Lanzar al público ideas contrarias a la fe heredada, reflexionar y predicar la verdad científica, sin supersticiones ni ilusiones míticas, es incompatible con la indiferencia, la ignorancia, la mala conciencia o la sumisión gregaria. Por eso, Puente Ojea es silenciado por los medios de comunicación, por la crítica sometida a lo políticamente correcto, por los avestruces que cierran los ojos y entierran su cabeza ante el peligro. Comprendo su decaimiento, por más que sea temporal, porque para un escritor el silencio es más vejatorio que la crítica. Si te critican, sabes que eres leído, que has golpeado en la mente del prójimo; pero si eres silenciado o ninguneado, lo más probable es que no te hayan leído, y su silencio habrá que achacarlo al odio, a la venganza, al miedo, o lo que es más triste, al menosprecio.

Lo que intenta con sus libros es “iluminar” la realidad, hacernos ver qué es la realidad y qué debemos hacer para vivirla “realmente” sin concesiones al idealismo espiritualista, que la desvirtúa. Quiere no sólo destruir esos mitos, que han regado de sangre los cinco continentes, sino dar un aldabonazo en nuestra conciencia para que nos alejemos de los predicadores del engaño religioso y nos abracemos con decisión al sentido común, que es, como sabemos, el menos común de los sentidos, y a las conclusiones de la ciencia, que nos abren los ojos cada día con nuevos y sensacionales descubrimientos, que afectan a las creencias, y a los que hacemos oídos sordos, por una culpable ignorancia, como si estos temas sólo interesaran a las mentes científicas.

Toda persona culta sabe, o debe saber, quién es Gonzalo Puente Ojea, cuáles son sus coordenadas ideológicas, sus preocupaciones intelectuales, su dedicación a la difusión de la verdad “real” frente al error de la ilusión y del idealismo embaucador. Más que su profesión, interesa su vocación de escritor, empeñado en “levantar el velo de Isis”, para obligarnos a todos a mirar fijamente a los ojos de la diosa, que nos advierte de su engañosa realidad, seductora de los pobres humanos durante milenios. Puente Ojea viene a decirnos que estamos engañados, que no existe ningún dios omnipotente, ni creador, ni misericordioso, ni providente. Que estamos obligados a sacudir las creencias aprendidas y a empeñar nuestro discurso razonante en la búsqueda de la “verdadera verdad”, que no es otra que la dura realidad de la materia, sin ningún espíritu divino que la haga salir de la nada.

Siguiendo la estela de Epicuro y de miles de intelectuales posteriores, Puente Ojea se declara ateo convencido. De hecho, su libro más significativo se titula Elogio del ateísmo. Pero no caigamos en el error de pensar que eliminando a la divinidad de nuestras preocupaciones hemos llegado a la meta de la realidad. Todavía hay un escalón que subir, una torre más alta que conquistar. Porque la idea de dios tiene un basamento que suele pasar desapercibido, pero que es imprescindible para construir el mito de la divinidad. Me refiero al alma, al espíritu, a los espíritus inventados por los primitivos humanos, fantasía que ha dominado el pensamiento, los sentimientos y la conducta de la especie hasta el día de hoy, construyendo las ideologías religiosas sobre arenas movedizas.

Hagamos una prueba. Imaginemos que charlamos en la intimidad con nuestro mejor amigo. Si le pregunto: ¿tú crees que Dios existe?, responderá con un gesto de suficiencia, que él, intelectual progresista, no reconoce ningún lazo de sometimiento religioso, y que, por supuesto, no cree en Dios. Pero si le pregunto: ¿tú crees que tenemos un alma?, dudará, porque, según comenta, el alma es algo necesario para entender el funcionamiento de la vida, las emociones, la conciencia, el sentimiento del yo y todas esas funciones que no vemos pero que experimentamos, incluidas las fantasías del sueño. Otra cosa será admitir que, después de la muerte, mi alma vaya a vivir otra vida, separada de mi cuerpo, al menos durante una temporada, hasta que la trompeta final nos convoque a esa fantasmagórica reunión de los cuerpos resucitados, el más absurdo de los dogmas católicos.

Puente Ojea insiste, una y otra vez, en que la idea de un dios es secundaria, que todo empezó por la invención de los espíritus, del alma individual, y posteriormente, de la divinidad, espíritu elevado a la categoría suprema. Así, pues, el primer mito a derribar es el animismo. En este punto sus conclusiones son tajantes: “La impugnación radical de este mito fundacional ya no tiene su sede en las caducas argumentaciones metafísicas y silogísticas en el marco de la tradición platónico-aristotélica bautizada por Tomás de Aquino, sino en el severo dominio de las ciencias empíricas, y en particular de todas las neurociencias”. Es decir, que ni el platonismo, ni el escolasticismo, ni el cartesianismo, con su ya marchitada doctrina dualista, pueden ofrecernos más que especulaciones de más o menos interés histórico-filosófico, sino que la respuesta adecuada a tantas preguntas sólo puede encontrarse en la ciencia, y más concretamente en las neurociencias. “Vivir en la realidad, dice el autor en la última página del libro, es liberarse de la falsedad en sus diversas manifestaciones metafísicas, religiosas, psicológicas y políticas”.

Esa falsedad, a la que hay que rebajarle una excesiva carga de voluntarismo, para dejarla en simple error fanático, involuntario en la mayoría de los casos, es el ambiente intelectual en el que ha vivido la humanidad desde sus comienzos. La mayoría de los humanos hemos sido víctimas de nuestra condición de inmadurez racional que a algunos les dura hasta los últimos momentos de la vida. Yo no puedo reprochar a mis honestos y amables predecesores que hayan vivido en ese error inducido, porque carecían de los medios necesarios para salir de él. Incluso a los más conspicuos filósofos, que han especulado y sentenciado sobre la verdad de la trascendencia, sin más instrumentos que su razón. Todos han navegado en las procelosas aguas de la metafísica, sin una tabla salvadora de verdad empírica. Nada digo de los teólogos, que han naufragado en una disciplina no científica. Porque la Teología, contra lo que tantos proclaman, no es una ciencia. No lo puede ser porque el teólogo carece de libertad para investigar y proponer, ya que ha de obedecer y someterse a unos prejuicios y creencias dogmáticas incompatibles con la libertad de pensamiento y de investigación, sustrato de la ciencia.

La búsqueda de la verdad ha cambiado de rumbo radicalmente en la segunda mitad del siglo XX. A la filosofía y a la teología han sucedido los trascendentales avances de la ciencia empírica, sobre todo en el estudio del cerebro. El bioquímico londinense Sir Francis Crick, premio Nobel de Medicina en 1962 por su descubrimiento de la estructura molecular del ADN, prosiguió sus investigaciones hasta dar un paso decisivo en el estudio del cerebro, que se titula en español La búsqueda científica del alma (1994), “hipótesis desconcertante” y senda científica por la que han seguido cientos de estudiosos de esa maravilla de la naturaleza que guarda el secreto de nuestra identidad, es decir, de nuestra mente y de nuestra conciencia, producto efímero de la compleja actividad de los millones de neuronas que conforman el cerebro humano. El concepto de alma no es ni una realidad espiritual ni siquiera una metáfora. Es un producto ilusorio de nuestra imaginación. Pero el profesor Crick es consciente de que esta verdad será difícil de asimilar por la mayoría de los mortales: “No resulta fácil creer que somos el resultado del comportamiento minucioso de un conjunto de células nerviosas”. Es, desde luego, una “hipótesis revolucionaria”, pero en el siglo XXI ya nadie debe ignorar que el alma, como ente espiritual, distinto del cuerpo, es un mito que debemos rechazar.

En el mismo campo del estudio neuronal se han situado en los últimos treinta años, científicos de fama universal, como Antonio Damasio, Matt Ridley, Paul Davies, Paul y Patricia Churchland, R. Jackendoff, V. Stenger, Stephen Hawking, D. Wegner o el catedrático de Psiquiatría de Harvard, John J. Ratey, autor de un conocido Manual de instrucciones del cerebro, donde se sintetizan los últimos descubrimientos sobre el funcionamiento cerebral, las percepciones, la memoria, las emociones, el lenguaje y las procesos de la conciencia. En España contamos con excelentes neurólogos, cuyos nombres deben ser conocidos, como Manuel Martín Loeches, de la Universidad Carlos III; Nicanor Ursúa, de la Universidad del País vasco; Francisco Mora y Francisco Javier Rubia, de la Complutense de Madrid; Nicolas Acarin, jefe de neurología del hospital Vall d’Hebron, de Barcelona; Fernando García de Haro, psiquiatra del Hospital madrileño Gregorio Marañón; Ramón Lapiedra, catedrático de Física teórica de la Universidad de Valencia. Todos ellos han publicado imprescindibles estudios sobre el cerebro. Este último, en su libro sobre Las carencias de la realidad, asevera que la gran revolución científica del siglo XX, después de la teoría de la relatividad, es el descubrimiento de la física cuántica, que aspira a describir las leyes fundamentales de la naturaleza, mediante el estudio de la mecánica cuántica, a escala microscópica. Sus resultados, dice, “son contrarios al sentido común, pero están respaldados por múltiples experimentos”.

La actividad mental es una mera función del cerebro, como se encargan de explicarnos quienes lo investigan, con una minuciosidad impensable hasta el día de hoy. Todo sentimiento, pensamiento, recuerdo, volición, acto de lenguaje, de conducta moral o inmoral, doloroso o placentero, tiene su origen en las redes neuronales. Incluso se ha llegado a decir que la falta de un pliegue en la corteza cerebral podría explicar la genialidad de Einstein. En el rincón del cerebro conocido como glándula pineal, allí donde Descartes pensaba que estaba la sede del alma, sólo se ha descubierto la melatonina, hormona que regula el ritmo vital de los animales. Y ya sabemos que, gracias las nuevas tecnologías, es posible captar la imagen de un pensamiento en milésimas de segundo. Conocemos el lugar exacto del cerebro donde se puede actuar quirúrgicamente para dejar a una persona sin habla, sin visión, sin memoria o sin la capacidad de leer o escribir. ¿No eran éstas las funciones reservadas al alma?

Es tal la importancia y la envergadura de la investigación cerebral, que ya han aparecido en muchos estudios superiores varias disciplinas de las Neurociencias, siendo la Neurociencia cognitiva el centro de todas estas materias relacionadas con el cerebro, ninguna de las cuales tienen al alma como supuesto necesario del conocimiento. El genial antropólogo británico E.B. Tylor, de finales del siglo XIX, a quien debe Gonzalo Puente Ojea su entrega apasionada a la antropología, fue el primero en hablar de la “invención animista”, sin saber, por supuesto, nada de sinapsis neuronales, ni de electroencefalogramas, ni de los progresos acelerados que iban a dar lugar al sensacional despliegue de las neurociencias. Su afirmación de que “todas las formas de religión son tributarias del animismo” fue la base de partida para el despegue intelectual de nuestro diplomático, reflejado en la docena de títulos que ha dado a luz en los últimos treinta años. En este de Vivir en la realidad consolida sus posiciones ideológicas sobre pilares de conocidos científicos. El neurobiólogo Rodolfo Llinás, a quien debe la idea de que las funciones cerebrales son producidas por la controlada actividad eléctrica de las neuronas, con diversas oscilaciones de voltaje, que ha ido evolucionando con la especie, pero que de ninguna manera apareció de pronto, como sugiere la idea de un alma eterna, creada inmortal, motor de toda función cerebral de la persona. El cerebro ya no es un problema filosófico, sino científico, cuya capacidad se mide en herzios, como las pilas. Llega a decir, extremando sus pasmosas afirmaciones que “con arquitecturas funcionales adecuadas, sería posible generar una “conciencia” en otras entidades no biológicas”, como los robots.

Puente Ojea busca su segundo apoyo científico en otro gran estudioso de la conciencia, Daniel Dennet, empirista sin reservas, que repite su negación del dualismo cartesiano apoyando la tesis de que la existencia de las almas es imposible, porque la conciencia humana es un producto de la evolución, tanto biológica como cultural. La mente, es decir, el alma, según Dennet, “no pasa de ser un conjunto de funciones materiales del cerebro”. Y añade que “la divisoria antropológica entre el mundo de la ciencia y el mundo de la fe se sitúa hoy en esa falsa creencia en el alma como algo diferente del cuerpo”.

Le sigue la exposición de las tesis del biólogo escocés Richard Dawkins, que da un paso más y afirma que los errores genéticos son nuestros verdaderos creadores, son “la razón última de nuestra existencia”. Si los genes de cada célula contienen la información biológica necesaria para el diseño de un nuevo ser, los memes son los replicadores culturales que modifican nuestro cerebro, por la presión del ambiente que nos rodea y que nos esclaviza a una ideología dominante. (Por cierto, y entre paréntesis, aconsejaría al autor que se olvidara del femenino memas, que utiliza siguiendo la opinión de Balari, para volver al masculino memes, que se acomoda mejor a la lengua española, por atracción analógica con los genes). La importancia primordial de los memes para el nacimiento de las religiones se fundamenta en la fuerza de la fe ciega, que “asegura, dice Dawkins, su propia perpetuación por el simple e inconsciente recurso de rechazar o desalentar una investigación racional”.

El abanico de problemas que nos desconcierta a partir de la negación del alma es apabullante y afecta a la libertad, la responsabilidad, la culpa, la moral y sus anejos de sacrificio o hedonismo, a la viabilidad de la voluntad y tantos otros misterios de origen psicológico, relacionados con el determinismo o indeterminismo de la persona. Por su parte, el discapacitado investigador más famoso de la historia, el catedrático inglés Stephen Hawking, que prefiere hablar de inteligencia, en vez de conciencia, proclama que todo se reduce a leyes químicas y físicas. Todo lo contrario de los visionarios animistas, como el sueco del siglo XVIII Swedenborg, quien declaró que tomaba el té con el mismo Jesucristo, como relata Borges, y conversaba con los espíritus angélicos, los cuales le impulsaban a demostrar científicamente la existencia e inmortalidad de las almas. A pesar de ser un gran científico, la demencia mística pudo con su vida. “Si las leyes científicas son correctas, Dios es un extraño y debe ser eliminado”, leía Puente Ojea en la revista Scientific American, hace un año, cuando remataba la redacción de este libro.

Las inmediatas consecuencias del mito animista es la de buscar al alma espiritual un destino final muy distinto al del cuerpo, condenado a la descomposición. De aquí la doctrina de la salvación, firme columna del edificio religioso. Salvación ¿de qué? De la desaparición, por supuesto. Si no ha de ser inmortal ¿para qué queremos el alma? Entrar con esta batería de argumentos contra el dualismo es dar la batalla por ganada, aunque el adversario, cegado por la fe, no se rendirá fácilmente. Descartando las demás religiones orientales, como el budismo y el jainismo, que también entran en sus consideraciones, Puente Ojea de dedica fundamentalmente a rebatir el mito cristiano, aunque, a grandes rasgos, lo mismo se puede aplicar a las religiones monoteístas bíblicas, el judaísmo y el islamismo, reivindicadoras de idéntico fanatismo mítico y exclusivista. Tan visionario fue Abraham como Mahoma o como el evangelista Marcos, discípulo de Pablo de Tarso, el judío que se convirtió en el creador del Cristo Redentor en un ataque epiléptico.

Pasando del método científico al histórico, Puente Ojea repasa sus conocidos argumentos sobre la fabulación evangélica, iniciada por Marcos y seguida por los demás evangelios canónicos, con rechazo interesado de los ochenta y tantos restantes, apócrifos para los primeros teólogos que dejaron establecido el canon. Por supuesto, la fabulación paulina del Cristo salvador vale tanto para la Iglesia Católica como para el resto de los cristianos, desde los luteranos a los ortodoxos, o a los cientos de sectas en que se hallan divididos los seguidores del Evangelio. Todos ellos, creyentes en Cristo, miles de millones, viven inmersos en el mito. Unos de buena fe, otros con engaño asumido y remunerado. El homo sapiens, homo religiosus por naturaleza, es de vida tan corta y tan frágil, que necesita agarrarse a un clavo ardiendo para defender su escaso patrimonio de felicidad, aunque sea imaginada y efecto de un meme heredado difícil de desarraigar. Como resumen de su pensamiento, el autor escribe que “la fe pospascual ha nacido de un salto histórico y teológico tan inverosímil que la única cuestión que queda por explicar es cómo se produjo ese salto. El evangelio de Marcos, a partir de la cristología forjada por Pablo veinte años antes, es un documento excepcional para descubrir la asombrosa tergiversación histórica que llevó del Jesús judío al Cristo de la fe”.

Finalmente, el mito político, consecuencia de la historia eclesiástica de los últimos veinte siglos, se entiende solamente a partir de la interacción entre los Estados y el complejo entramado de la Iglesia con el poder político desde el siglo V, que ha ido en aumento hasta que los súbditos se transforman en ciudadanos, por sucesivos golpes revolucionarios en el Occidente cristiano. En España, cuya historia conoce bien el diplomático Puente Ojea, las sucesivas etapas monárquicas o republicanas han perfilado unas relaciones con altibajos, sin llegar nunca a la armonía ideal entre ambos poderes, que solamente se puede conseguir mediante la adopción de la doctrina laicista, que supere la insuficiente declaración constitucional de no-confesionalidad. El laicismo no es enemigo de ninguna religión, ni de creencias o convicciones, sino que las ampara a todas por igual. Una conciencia libre es el requisito primero de todas las libertades que pueda reclamar un individuo. Esta decisiva conquista intelectual y política, definida como supremacía de la libertad de conciencia sobre todo otro poder es el signo y nota distintiva de Occidente como cuna de la doctrina de los derechos humanos. Por ello, concluye el autor, el Estado no debe tener preferencia por ninguna convicción religiosa, atea o agnóstica, sino limitarse a protegerlas a todas en su existencia legal, “como lo hace con cualesquiera otras asociaciones civiles de derecho privado”.

Los mitos son creencias infundadas, supersticiones que han derivado en costumbre, pajarracos de enormes alas que ocultan el sol de la verdad, pero que, de hecho, orientan la vida de miles de humanos de ayer y de hoy a los que debemos respetar pero que conviene instruir para que salgan de su voluntaria ignorancia. En este sentido, creo que Gonzalo Puente Ojea no nació para diplomático, sino para destruir los mitos que dominan a la mayoría de la humanidad. Su vida no tendría sentido si sólo hubiera sido embajador ante la Santa Sede; el sentido de su vida está contenido en la impagable Biblioteca Gonzalo Puente Ojea, que perdurará para enseñanza y desmitificación de las futuras generaciones. VANDALIO.

servido por Francisco sin comentarios compártelo

sin comentarios · Escribe aquí tu comentario

Escribe tu comentario


Sobre mí

Avatar de Francisco

La bitácora de Vandalio

Madrid, España
ver perfil »
contacto »
Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
Estadisticas y contadores web gratis
Estadisticas Gratis

Fotos

Francisco Aguilar Piñal todavía no ha subido ninguna foto.

¡Anímale a hacerlo!

Buscar

suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

¿Qué es esto?

Crea tu blog gratis en La Coctelera