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La Coctelera

La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

17 Abril 2008

Grandeza de la Apostasía

"El Paseo de la Libertad"

R.I.P.A.

Aquí descansan los restos de D. Francisco J. Barnés y Tomás, Doctor en Teología y Filosofía y Letras, Licenciado en Derecho, Catedrático Numerario de esta Universidad Literaria.

Fue sacerdote católico. Mientras creyó en el dogma, practicó los actos de la Religión con dignidad y escrupuloso respeto; cuando después de maduro examen y ejercicios continuados de razón, dejó de creer en el orden sobrenatural (que juzgó fanático), su carácter sincero no le permitió continuar una vida estéril, farisaica, burlando y explotando la credulidad de las gentes. Prosiguió a la naturaleza, nuestra común madre; contrajo matrimonio con digna mujer; fue padre de familia, cuyos deberes no descuidó un instante; y en el trato social con toda clase de personas, se ofreció como hombre sin fuero ni privilegio religioso, no creyó en otros milagros, que en la instrucción y trabajo humanos.

Falleció en la paz de Dios el día 5 de marzo de 1892. A los 58 años de edad.

Este sorprendente epitafio mortuorio se puede leer en una lápida del camposanto de Sevilla, muy cerca de los lujosos mausoleos dedicados a sus difuntos por las más pudientes familias sevillanas, que rezuman tanta piedad cristiana como vanidad mundana, y no lejos de los artísticos monumentos de fervor popular en memoria de los grandes del toreo, como la familia Gallo, encabezada por Joselito, y la familia Rivera, con la colosal escultura de “Paquirri”. Naturalmente, la lápida en cuestión, abandonada y descuidada por el tiempo, queda al margen del cementerio cristiano, en un recoleto paseo de cipreses que está rotulado como “Paseo de la Libertad”. Allí están olvidados, como culpables de su deshonra, los restos de judíos, musulmanes, herejes, apóstatas y ateos, hijos malditos de Sevilla, la ciudad de la Giralda musulmana, pero cristianizada, la Tierra de María Santísima, la del Señor del Gran Poder, de Pasión, del Amor, de tantos crucificados que, como fetiches de un culto mítico, son adorados por las calles de la ciudad en la celebérrima Semana Santa, emocionante para propios y extraños.

Imagino que la copia textual de esta lápida, que lleva más de un siglo esperando que alguien la haga pública, será acogida con alborozo por la familia sevillana Rodríguez Prieto, que en febrero de 2007 declaraba públicamente su apostasía. Excepto la madre, que mantenía su apego a la fe cristiana, el padre y sus diez hijos, todos mayores de cuarenta años, decidían abandonar esa misma fe, declarándose ateos y anunciando su renuncia a pertenecer a la Iglesia Católica, en la que estaban inscritos desde el bautismo. Todos se fotografiaron, sonrientes, tal como aparecen en la web de 20minutos.es, conscientes de haber realizado un acto, no sólo importante en sus vidas, sino de haber tomado el camino más seguro para la felicidad. Disidentes de la doctrina predicada por el catolicismo, han tenido la valentía de que han carecido tantísimos hijos de la Iglesia, incapaces de enfrentarse a la condena social de los cristianos.

Pero el caso de este sacerdote, natural de Lorca, y catedrático de la Universidad de Sevilla, que se decide a dar este paso crucial en su vida, a mediados del siglo XIX, es poco frecuente en los anales de la heterodoxia. Alguno hay, como el escritor Blanco White, que se inclina por cambiar de Iglesia, pero sin abandonar su fe en el Cristo de la niñez. Los más se resignan a vivir en el disimulo y la hipocresía, o a abandonar secretamente sus hábitos y creencias. Apostasía es una palabra cargada de sentidos negativos y denigrantes, insulto y menosprecio, rechazo social y condena total de amigos y familiares. Sin embargo, está nimbada de una dignidad suprema, como que es uno de los actos de voluntad que más dignifican al ser humano. Si la Iglesia Católica la considera como un pecado de soberbia, y predica la metáfora de “separar, cortar un miembro podrido”, nada hay más cierto que el valor del apóstata, quien considera podrido, precisamente, al cuerpo doctrinal del que se separa. Es lo que debiera hacer toda persona que, al llegar a la madurez de pensamiento, comprende la falsedad de lo aprendido y decide voluntariamente renegar de la fe del bautismo impuesto.

El texto del epitafio transcrito más arriba fue, sin duda, redactado por los hijos del difunto, autor de Prolegómenos de Historia Universal (Sevilla, 1880) uno de los primeros libros de texto universitarios sobre la materia. Sus hijos, Francisco y Domingo Barnés y Salinas, gracias a la educación recibida en casa de sus padres, se consagraron al estudio, llegando a ser también catedráticos universitarios y miembros activos de la sociedad política. Ingresaron en el partido Izquierda Republicana, de Azaña, fueron diputados en las Cortes republicanas, y el mayor, Francisco, casado con Dorotea González de la Calle, ministro de Instrucción Pública en sustitución de Fernando de los Ríos, en 1933 y 1936. Ambos fueron, además miembros del Patronato de Misiones Pedagógicas (1931-36) y reconocidos “krausistas”, agrupados en la Universidad de Sevilla en torno al catedrático Sales y Ferré. Heterodoxos y anticlericales, como se pone de manifiesto en el epitafio(aunque, al final, se escapa por una rendija del subconsciente la palabra “Dios”).

La Iglesia Católica, en unas diócesis más que en otras, pone toda clase de trabas, reparos e inconvenientes para poner al margen de la partida de bautismo la palabra maldita: “Apostató”. En realidad, es reconocer el fracaso de su predicación. Pero poco importan las anotaciones marginales, ni las falsas estadísticas. La apostasía es un problema muy personal, que no depende ni se deja influir por unas letras de más o de menos. Lo que prima siempre por encima de papeles y presiones ajenas es la libertad de conciencia, que colma de felicidad a quien se siente libre de ataduras doctrinales. Esta libertad es la que me invita a declarar la grandeza de la palabra Apostasía, que la jerarquía eclesiástica se ha encargado de anatematizar, y de castigar, incluso con el fuego, desde que condenó al emperador Juliano “el Apóstata” porque intentó restaurar el paganismo. Nunca aprendió, ni aprenderá, por mucho que predique lo contrario, que la libertad es lo único que dignifica al hombre, con independencia de sus facultades o sus creencias. Y que no hay más fieles que quienes lo son voluntariamente.

No seré yo quien haga prosélitos, ni del ateísmo ni del anticlericalismo (que no son palabras sinónimas), aunque sí defienda la libertad de conciencia para entrar o salir de una determinada religión, según el juicio crítico de cada cual, asistido por la razón, que le indicará qué es lo mejor para alcanzar el sosiego espiritual y la alegría que conduce a la felicidad. En esto consiste la grandeza de la Apostasía. Tal como vieron y constataron los hijos del sacerdote apóstata: “mientras creyó en el dogma”, sirvió a la Iglesia con dignidad y respeto. Cuando “después de maduro examen y ejercicios de razón, dejó de creer en el orden sobrenatural”, se apartó de una vida que consideraba “farisaica” y contrajo matrimonio. La hipocresía es incompatible con una mente libre y honrada, que no es capaz de asimilar el engaño ni de transmitirlo como verdad. Vandalio.

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1 comentario · Escribe aquí tu comentario

angelitadecristal

angelitadecristal dijo

Hola, despues de la tardanza, vuelvo a sus textos
que me parecen sumamente interesantes.
Como no estar de acuerdo con usted cuando fundamenta tan bien sus opiniones.

saludos desde Mèxico y !!que viva la apostacia!!!

8 Mayo 2009 | 04:38 AM

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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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