PAÍS VASCO
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El deseo de ruptura del nacionalismo vasco tiene muy pocos años, aun cuando el orgullo de una “identidad” propia sea tan antiguo como las raíces de los pueblos en la prehistoria. Pero es que lo mismo puede decirse de todas las formaciones tribales, independientes y separadas entre sí por la propia dinámica constitutiva de las primeras formaciones humanas. En el caso de Vasconia, la defensa del euskera como idioma singular conservado en Europa, sin dependencia de ningún otro idioma vivo, que obliga a su conservación por parte de todos, no invalida la afirmación científica de que “el vasco es tan europeo como cualquier otro europeo”, sin nada peculiar en su ADN mitocondrial, como han demostrado las investigaciones genéticas de Bryan Sykes [1]. Así, pues, quienes defienden una identidad étnica superior y distinta del resto, deben saber que su argumentación no es científica. Y si pasamos a la historia, ningún vasco que conozca las relaciones con los demás pueblos de la península ibérica podrá empuñar el arma del agravio, como pueblo especialmente maltratado por el resto de los españoles, hasta los tristes años de la dictadura. Es más, sería necio ignorar cuánto debe España, incluida la evolución fonética del castellano, a los nobles hijos de aquellas tierras. Tanto Navarra como Vasconia formaron siempre parte esencial de la historia cultural, política y económica de España.
Ya en el siglo XI, en plena reconquista, Alfonso III de León se firmaba ”rex totius Hispaniae” y el título que aparece en el acta de traslación del rey navarro Sancho III a San Millán, en 1030, es el inequívoco de “Hispaniarum rex”. En el mismo siglo, Guipúzcoa se unió voluntariamente a Castilla, apartándose de los euskaldunes de Navarra, a los que veía como enemigos. Parece mentira, pero en
El señorío de Vizcaya y las dos provincias vascongadas fueron siempre la niña mimada de
Los conceptos de nación y de patria han ido forjándose durante siglos, pero hasta
Idéntica imagen difusa encontramos en otra palabra, país, que se emplea a veces como sinónimo de las anteriores, sin mayor precisión. “Región, Reino, Provincia o territorio” la define el Diccionario de Autoridades (1726-39), acepción que le sirve al catalán Capmany para enlazar la idea de nación con la de patria, a comienzos del siglo XIX: “Donde no hay nación no hay patria; porque la palabra país no es más que la tierra que sustenta personas y bestias al mismo tiempo” [7]. Es decir, de un lado los habitantes y los nacidos; de otro, la tierra que los sustenta o los ha visto nacer. En este sentido, País Vasco es un concepto puramente geográfico, sin connotaciones políticas, al que se ha llegado después de varios siglos de incesante y apasionada búsqueda de una singularidad étnica y lingüística, quizás por analogía con el Pays Basque de Francia. Pero tan impreciso que ni siquiera tiene seguros sus límites territoriales.
Lo cierto es que nunca existió unidad social ni política en la cornisa cantábrica, desde las estribaciones del Pirineo hasta los Picos de Europa, donde comenzaba el territorio de las tribus astures de la prehistoria. Entre uno y otro límite convivieron diferentes familias tribales: váscones (navarros), caristios, várdulos, autrigones y cántabros, quizá con una cierta unidad lingüística, defendida por Caro Baroja, como sustrato anterior a la invasión celta, y con un temperamento belicoso y rebelde, amante de la libertad, que se enfrentaron con valor a los soldados de Roma, a los que, finalmente, se sometieron. Durante la romanización, el territorio conquistado tomó el nombre jurídico-militar de Cantabria, que los vascos asumieron después de la invasión árabe como propio, reflejado incluso en la devoción popular, llevada al teatro en la comedia nueva de Francisco Gómez, Iris de paz en Cantabria, Nuestra Señora de Aránzazu (1736), de la que se conserva un precioso ejemplar en
Julio Caro Baroja, con la casa familiar a orillas del Bidasoa, y por tanto en la tierra originaria de los váscones, señalaba el vascocantabrismo como una de las “ideas fuerza” dominantes en la historia vasca. Esta tesis, que supone el deseo de asumir como propio el temperamento bravío e indomable de los cántabros, da por sentado que la tierra del pueblo vasco debe llamarse Cantabria. Fue un historiador jesuita, el P. Juan de Mariana, quien sancionó con su autoridad este nombre como propio de la patria vasca, en su Historia General de España (1592), originando las múltiples y agresivas polémicas de la historia posterior, entre quienes ven en el vascocantabrismo la verdadera ascendencia del pueblo vasco y los que consideran que no pasa de ser un mito inventado por algunos interesados en demostrar su amor a la independencia, sin hacer ascos a burdas falsificaciones [8]. Tal es el caso de otro jesuita, Gabriel de Henao, que saca a la luz en 1689 unas pretenciosas Averiguaciones de las antigüedades de Cantabria, enderezadas principalmente a descubrir las de Guipúzcoa, Bizcaya y Álaba, provincias contenidas en ella. En el siglo XVIII es otro jesuita, el P. Larramendi (1690-1766), quien defiende la misma tesis, sin tener escrúpulos en corregir la descripción geográfica de Estrabón, siendo duramente atacado por el agustino Enrique Flórez (1702-1773), el cual rechaza la identificación de cántabros y vascos en su obra
El testimonio literario más inequívoco es el de Cadalso, que en la carta XXVI de sus Cartas marruecas, al señalar las diferencias culturales de las regiones españolas, comenta: “los cántabros, entendiendo por este nombre todos los que hablan el idioma vizcaíno...tienen entre sí tal unión que la mayor recomendación que puede uno tener para con otro es el mero hecho de ser vizcaíno...El señorío de Vizcaya, Guipúzcoa, Álava y el reino de Navarra tienen tal pacto entre sí que algunos llaman estos países las provincias unidas de España”. Por los mismos años, el bibliotecario Estala usa idéntico adjetivo aplicado a un sacerdote vasco, cuando desvela la verdadera autoría de una dura crítica literaria al Filósofo enamorado de Forner, que fue la causa de la ruptura de ambos literatos, al escribir que fue obra de “un tal Iriarte, al que llamábamos el cura cántabro” [10]. Creo que ambos testimonios tienen fuerza suficiente para defender la tesis de que, a finales del siglo XVIII, ni existía la denominación de “País Vasco” ni sus habitantes se sentían políticamente agraviados por ser adjetivados como “cántabros”, ya que era la común denominación que ellos mismos habían elegido, dentro de una comunidad de intereses.
El sintagma País Vasco, que hoy nos parece tan natural, hubo de abrirse camino a lo largo de los años, con la dura competencia de otras denominaciones. Cuando el conde de Peñaflorida funda la “Sociedad Bascongada de los Amigos del País”, excluye a los navarros, pensando sólo en los vascos de las tres provincias, unidos por unas manos enlazadas y un lema común “Irurac Bat” (Tres en una). Da por entendido que el País de referencia es el de las tres provincias, que ya sentían la necesidad de una actuación conjunta, sobre todo en la política cultural y económica, aunque sin usar más nombre definitorio que el de Bizcaya o Cantabria. Llegar al nombre de País Vasco ha supuesto, desde luego, una vacilación secular digna de estudio. Porque, aunque se sobreentiende que el título de
Es un hecho, por otra parte, que, desde la creación del Señorío de Vizcaya, alternó en el uso popular Cantabria con el nombre de Bizcaya, que es el que aparece ya en los mapas del siglo XVIII. Lo mismo que en los raros “Kalendarios” y “Guías de forasteros” anuales que, como el de 1757, incluyen un mapa de la península rotulando toda la cornisa cantábrica como Bizcaia [13], sin diferenciar
Todavía en 1804,
Para mayor confusión, por las mismas fechas, algunos vascos del 98, como Unamuno, preferían resucitar el nombre de Vasconia, más acorde con la derivación latina, que tuvo su origen en el siglo VII, cuando los francos crearon el Ducado de Vasconia. Lo normal en España, sin embargo, es seguir hablando hasta fin del XIX de las tres Provincias Vascongadas. Hay quien escribe sobre el País Vascongado (1878) o de
Las reivindicaciones fueron constantes hasta 1917, año en que las Diputaciones de las tres provincias solicitan del rey Alfonso XIII la autonomía para el territorio, derecho que no fue reconocido hasta
Francisco Aguilar Piñal
[1] Bryan Sykes, Las siete hijas de Eva, Madrid, Debate, 2001, pág. 150.
[2] Todavía en 1754 se publica una Real Cédula “sobre que a los vizcaynos, como a nobles hijos-dalgo, notorios de sangre, no se les impongan penas afrentosas que lastimen su pundonor” (Hay ejemplar en
[3] Por ejemplo, en el manuscrito que especifica la “Razón de lo que pertenece al Patrimonio Real en el Señorío de Vizcaya y las dos Provincias confines de Guypúzcoa y Álava, y de los Fueros que tiene el Señorío, y privilegios que gozan las dos Provincias”. (Biblioteca Nacional de Madrid, Ms.17837/9).
[4] Manuel Lanz de Casafonda, Diálogos de Chindulza, ed. de F. Aguilar Piñal, Oviedo, 1972, p. 86.
[5] Se trata de la dedicatoria de una Relación anónima de la guerra entablada con los portugueses en
[6] Véase el capítulo II de la obra de Pedro Álvarez de Miranda, Palabras e ideas: El léxico de
[7] Antonio de Capmany, Centinela contra franceses, Valencia, 1808. Citado por Álvarez de Miranda en su mencionada obra.
[8] Antonio Duplá y Amalia Emborujo, “El Vascocantabrismo: mito y realidad en la historiografía sobre el País Vasco en
[9] Se conserva un ejemplar de sus Constituciones en
[10] Cita debida a Mª Elena Arenas, biógrafa de Estala.
[11] Pueden verse ejemplares en San Sebastián, Biblioteca Koldo Mitxelena, J.U. 3635 y 3636.
[12] Puede consultarse el tomo X de mi Bibliografía de autores españoles del s.XVIII (2002).
[13] Conozco ejemplares de este raro impreso en el Palacio Real (I.L.1003), en el Congreso de los Diputados (S.3297) y en
[14] Jon Juaristi, El linaje de Aitor, Madrid, Taurus, 1987.


epiiex dijo
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4 Diciembre 2010 | 10:34 PM